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sábado, 7 de junio de 2025

Simios apóstoles. Juan Bonilla

 


Juan Bonilla (Jerez, 1966) es poeta, narrador, periodista, ensayista, editor, articulista y traductor. Dirige la revista Calle del Aire que publica la editorial Renacimiento. Recoge en este volumen “reflexiones y ocurrencias muy al tuntún de los días”. Algo que es muy de mi gusto.

En Simios apóstoles, Bonilla nos habla en primer lugar de ese deporte al que ha dedicado la mayor parte de su vida intelectual: el periodismo cultural. Su extraordinaria capacidad para cambiar las cosas de sitio le permite aprovechar las citas de Gómez de Serna, de Francisco Rico o incluso de Harry el Sucio para poner de manifiesto que lo importante es la capacidad que el crítico tenga de emocionar, “entendiendo emocionar como movernos hacia alguna parte distinta al punto donde estamos”. Rechaza la crítica destructiva y nos advierte del peligro constante de una clase de periodismo que busca procesos de verificación a partir de filtraciones interesadas.

Completa Bonilla unas estupendas páginas dedicadas a la fotografía en el apartado de Fotogenia. En especial las que dedica a Chema Madoz y a Frances Woodman. Quien tenga interés en este arte puede muy bien comprar el libro leer estas páginas y cerrarlo. Habrá amortizado de sobra el precio. No menos atractivas resultan aquellas en las que el jerezano nos entretiene con amenidad hablando de Borges y Bioy. Pareja que gozaba “repitiendo las desdichas [y debilidades] de todo el mundo”.

Antes que nada, el lector, dice Bonilla, es un elector. Alguien que de alguna forma libera la vida contenida en el libro “y al abrirlo le diga: levántate y habla”. Leer “es ocuparse, o sea, llenarse de algo, encargarse de algo”. Usando a Don Quijote como señor “de los lectores activos”, indica Bonilla que forman estos una especie capaz de “agrandar la propia literatura, aquellos que se diría impelidos para utilizar lo leído con afán de llegar a un sitio distinto que, estrictamente, no estaba en el texto utilizado de trampolín”.

En el marco de la cultura de la cancelación, Bonilla hace referencia no solo a aquellos que pretenden que confundamos vida y obra de escritores y artistas, sino especialmente al impacto que la misma provoca sobre determinados aspectos humanísticos. En este sentido cuenta Bonilla la experiencia que tuvo cuando pretendió hacer una exposición sobre la figura de Lolita, el personaje de la novela de Nabokov. La institución después de estudiar el proyecto admitió que la exposición parecía necesaria, pero “no vemos razón alguna para que seamos nosotros quienes corramos el riesgo de hacerla y generar una polémica que mancharía nuestro prestigio”.

Se muestra Juan Bonilla espléndido al ceder a la tentación de decirnos que la Cultura es sobre todo una tarea que genera entusiasmo. “Me acordaba de instantes importantes, si importar significa traer de fuera lo que uno no produce por sí mismo…, de cuando yo tenía 18 años y [Borges en Sevilla] hablaba de la filosofía como una rama de la literatura fantástica… de una tarde en la Universidad Autónoma de Barcelona [donde un historiador enseñaba] que los sumerios al verbo escribir le llamaban ‘hacer surcos’, o sea, sembrar, y al verbo leer le llamaban ‘recoger el fruto’… Y recuerdo una conferencia de Carmen Martín Gaite acerca de que… en el mismo momento en que está siendo escrito [cada texto] ya está inventando de algún modo a su interlocutor futuro”.

 


sábado, 5 de abril de 2025

A vuelo de pájaro. Cuadernos. Marcela Serrano

 


La obra que tenemos entre las manos pertenece a ese género ecléctico de los diarios y el cuaderno de notas del escritor. Ciertamente parece participar más de los primeros que del segundo porque todas las entradas están fechadas. Con A vuelo de pájaro la santiaguina confirma su giro de huida de la ficción que ya comenzó en su anterior novela El manto publicada en 2019.

El texto está dividido en tres cuadernos que se corresponden con el trienio de 2020 a 2023: Cuaderno de delicias, Cuaderno del asombro y Cuaderno del sol. El primero de ellos pertenece al año de la pandemia y la escritora se detiene constantemente en la búsqueda de las pequeñas cosas que dan significación a la vida, delicias que cobran vida en “el agua tibia de la piscina a la seis de la tarde”, en los olores del campo [Marcela vive mucha parte de su tiempo en una casa de campo situada en el valle de Mallarauco en la zona central de Chile], en el gallo que canta a lo lejos “probablemente dándome la razón”, en las uvas del parrón, en nuestra capacidad humana de lidiar con la ofensa…

La fugacidad y la fragilidad definen el asombro, fuerza motriz con la que la autora pone en marcha su maquinaria compositiva. Confiesa “escribo todo el día en mi mente. Luego olvido”. Lee con humildad y admiración hacia las palabras de los otros. Ve una serie turca, ama su soledad por encima de todas las cosas, mantiene una lucha constante contra las moscas y las arañas (no tolera su insolencia, su presencia impuesta), pasea con sus animales (perros y gatos), recibe las visitas de sus hijas, sus hermanas y su nieto Marcel por el que siente una inclinación absoluta.

El último cuaderno está dedicado a la plenitud, a disfrutar del sol en el rostro y dejar atrás las sombras. Viaja a Roma con su nieto “pájaros sobre el Tíber, helados de pistacho con nocciola, las visitas repetidas a Santa Maria Trastevere…

La lectura es una fiesta continua de encuentros y charla amena e inteligente. No bien entra uno se tropieza con Pessoa que saluda al sol en el último día de su vida, unos pasos más allá descubres la presencia de Borges advirtiendo a su contertulio que “no pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. El discreto Homero que apela al refinamiento, a la elegancia, a dejar la estridencia fuera del espíritu acompañado de sus héroes y semidioses. La punzada de soledad de Canetti que insiste en “narrar y narrar para soportar la existencia y el dolor… para calmar -dice mirando a Pessoa- el desasosiego”. En el jardín está Oscar Wilde: “Una flor florece para su propia alegría”. Marcela dice que ella escribe “porque toda otra actividad me horroriza”. Fiesta literaria porque, al fin y al cabo, estamos ante el cuaderno de una escritora que cumple con sus deberes de anfitriona. Nos presenta a una pluralidad de escritores chilenos que no conocemos. La novelista Carla Guelfenbein (1959, Santiago) que “sabe hurgar en el alma humana”, el filósofo Roberto Torretti (1930, Santiago), a los poetas Armando Uribe (1933-2020), Jorge Teillier (1935-1996), Stella Díaz Varín (1926-2006), Elvira Hernández (1951, Lebu), Gabriela Mistral (1889-1957) y Rosabetty Muñoz (1964, Ancud). El poeta chileno Alfonso Alcalde (1921-1992) es uno de sus preferidos: “Hoy pedí prestado / el sol a mis vecinos / ‘una pobre hebra de luz’ / -les dije- / algo para andar / sobre la tierra / con una despavorida sombra / a cuestas”. A tus lectores, Marcela, les importa, y mucho, cuánto has leído.

Pero los Cuadernos están llenos de otras cosas, muchas otras. Hay pequeños cuentos (el de ‘La rana’ es exquisito), revelaciones (me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria), reflexiones (la capacidad de amar termina por aturdirse ante la degradación moral), pequeñas pinceladas de sí misma y de su familia (una abuela vasca y una madre escritora), de preguntas sin respuesta (¿de qué mierda estamos hechos?), de música (Brahms, Beethoven, Satie… porque cuando la música llega arrasa con todo).

Marcela Serrano (1951, Santiago) es una escritora que apaga el ruido de muchos otros: es el silencio de la escritura hecha con buena letra.