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martes, 19 de diciembre de 2017

Cien años de soledad. Gabriel García Márquez






La nostalgia y la soledad, elementos inevitables que siempre acompañan al hombre, se engarzan de forma admirable en el íncipit de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. La soledad del que va a morir que se entrega a la nostalgia de sus recuerdos. 

Macondo era por aquel entonces, cuando José Arcadio Buendía llevó a su hijo a conocer el hielo, una aldea situada en las proximidades del Paraíso, recién expulsado el hombre y la mujer de su centro. Los fierros mágicos de Melquiades, un gitano con manos de gorrión alborotaban la aldea despertando el alma de las cosas. Aunque el que resultó de verdad alborotado fue José Arcadio Buendía. Probó con el imán y descubrió que no eran los primeros en habitar esa tierra; estudió el potencial bélico de la lupa, y descubrió la esfericidad  terrestre. Para entonces Melquíades era ya un gitano avejentado por tanta enfermedad viajera. Le regala un laboratorio de alquimia que desprendía un olor del demonio. 

En medio de ese pandemónium alquímico –cuyo mayor éxito ha sido reducir un puñado de doblones de oro a un “chicharrón carbonizado”- aparece Úrsula Iguarán “aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán”. Cierren, por favor, la novela durante un rato y continúen después respirando el tibio olor de albahaca. 

La culpa de que José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán se hubieran casado la tenía el pirata Francis Drake. El temor a engendrar iguanas, dada la proximidad familiar de los contrayentes, hizo que Úrsula durmiera protegida por un pantalón de lona de velero hasta cierta noche en la que Prudencio Aguilar perdió una pelea de gallos. Después José Arcadio, Úrsula y un puñado de vecinos fundó Macondo para darle al fantasma de Prudencio un poco de paz.  

El soplo de alivio de sus padres hizo que volara de su cabeza cuadrada cualquier resto de imaginación. José Arcadio Buendía había nacido antes de llegar a Macondo sin “ningún órgano de animal”. Su hermano, Aureliano, había llorado en el vientre de su madre y nacido con los ojos abiertos.

Cuando, un jueves de enero, nació Amaranta, sus dos hermanos gozaban ya de los encantos de Pilar Ternera. Fue aquel año en el que los gitanos volvieron trayendo consigo esteras voladoras. El anuncio de su futura paternidad devolvió al laboratorio al joven José Arcadio donde duró el tiempo justo que tardaron en marcharse los gitanos. Úrsula salió tras su hijo metido a gitano y José Arcadio tuvo que ocuparse de la niña Amaranta. No regresó sola: había descubierto la salida de la ciénaga.

Al hijo de Pilar Ternera lo llamaron Arcadio para evitar confusiones y de su crianza se encargó la india guajira Visitación. Animada por su gesta liberadora, Úrsula abrió, en un Macondo completamente transformado, un negocio de animalitos de caramelo ensartados en palo de balso. José Arcadio Buendía sustituye la materia del laboratorio por la de las calles y el joven Aureliano toma el relevo alquímico. La llegada de Rebeca con el saco de huesos de sus padres es anunciada con anticipación por Aureliano; se trata, al parecer, de una prima lejana de Úrsula y, por tanto, también de José Arcadio Buendía, de no más de once años que todavía se chupa el dedo. El salvajismo de Rebeca lo remedió Úrsula con ruibarbo y tollinas.

Rebeca fue la primera infectada de la peste de insomnio que destruía los recuerdos. A los forasteros durmientes les colgaron una campanilla del cuello y a las cosas les pegaron letreros por debajo para no olvidar sus nombres. El pasado no llegaba más allá del canto de la alondra en el laurel del martes. Fue entonces, en medio del tremedal del olvido cuando apareció Melquiades resucitado. ¿Quién mejor que un muerto para descubrir el remedio contra el mal macondino? El nuevo invento del gitano era el daguerrotipo. De esta época del daguerrotipo melquiadano data el aumento del negocio de dulces de Úrsula cuando ya Aureliano que se había convertido en un consagrado maestro de la platería. 

Unos años después, al descubrir la adolescencia en el patio de los bordados –más bella en Rebeca que en Amaranta-, Úrsula decidió ampliar la casa. Dos salas, una más formal que la otra. Un comedor para doce servicios. Y nueve dormitorios alrededor de un largo corredor protegido por un jardín de rosas. Úrsula no se olvidó de Melquiades para quien encargó una habitación propia al lado del taller donde trabajaba la plata Aureliano. Con las obras ya casi terminadas, llega a la casa la orden del corregidor Apolinar Moscote de pintar la fachada de azul. Nunca hasta entonces había habido en el pueblo otra autoridad que la de José Arcadio. Este lo declaró inmediatamente su enemigo y Aureliano se enamoró perdidamente de la hija menor del corregidor, Remedios Moscote con tal solo nueve añitos de edad.

Pero Úrsula pensó que la reforma no debía quedarse solo en cosa de albañiles y encargó para la inauguración de la casa nueva y blanca un montón de cosas: una pianola, muebles vieneses, cristales de Bohemia, vajilla de las Indias, manteles de Holanda… Con la pianola llegó Pietro Crespi que enseño a bailar a Amaranta y Rebeca. La súbita amistad entre Rebeca Buendía y Amparo Moscote dio esperanzas Aureliano. Le cupo a Melquiades el honor de inaugurar el cementerio de Macondo. 

Amaranta no está dispuesta a permitir que su “hermana” Rebeca tome estado en Pietro Crespi. Tampoco Prudencio Aguilar parecía estar dispuesto a dejar en paz a su asesino y tan pronto como los muertos señalaron el lugar de enterramiento de Melquiades, se personó ante José Arcadio Buendía. Y entonces el tiempo se paró en un lunes y José Arcadio Buendía tuvo que ser amarrado al tronco del castaño del patio.

Un domingo de marzo, Aureliano Buendía y Remedios Moscote se casaron ante el padre Nicanor Reyna. El cura decidió quedarse para remediar tanto desorden religioso como encontró en el pueblo y a fin de recaudar fondos para una iglesia se dedicó a tomar chocolate y a levitar. Remedios muere, Rebeca posterga sine die su matrimonio con el italiano y el desaparecido José Arcadio regresa. A estas alturas los años que le quedan a Arcadio para comparecer frente al pelotón de fusilamiento son ya pocos y el último de sus recuerdos fue para Remedios.

José Arcadio y Rebeca se enamoran y abandonan la casa. Úrsula impone nuevo luto por la pérdida de dos hijos. Pietro Crespi ofrece a Amaranta, la cual enamorada desde hace muchos años del italiano responde con sorprendente pasividad. Aureliano se hace liberal, pero rechaza la brutalidad del matarife enfermo de sangre. Ese es un momento especial de la novela: Aureliano vigila a sus amigos con una pistola bajo la camisa, va por las tardes a tomar café con sus hermanos José Arcadio y Rebeca y a las siete juega una partida de dominó con su suegro. Tres meses después, estalló la guerra.
Con un rebenque alquitranado tuvo que poner Úrsula orden en Macondo después de que Aureliano se fuera a la guerra. En un acto de incompresible soberbia, Amaranta recha al amor de su vida, el italiano de la pianola que desesperado se quita vida entre lámparas iluminadas y cajas musicales abiertas. Una venda negra alrededor de su mano quemada en las brasas se convirtió en la seña de identidad de la Amaranta sobreviviente. Arcadio conoce a Santa Sofía de la Piedad y enseguida la hará viuda tras una insensata acción que le conduce al paradón: frente a la ventana que en el momento de la ejecución abría Rebeca, se despide Arcadio del mundo. Capturado también el coronel Aureliano no parecía que fue a correr mejor suerte. Rebeca tuvo buena culpa en la liberación del coronel.

Una tras otras las sublevaciones protagonizadas por Aureliano se sucedieron. Santa Sofía vivía en la casa familiar de los Buendía con tres nuevos retoños: la niña, a la que pusieron Remedios, la bella, y los dos gemelos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo. Pero la novedad más acusada cuando el coronel regresó a Macondo un año después, fue el suicidio inexplicable de su hermano José Arcadio. Rebeca se enterró en vida en el interior de su casa.

Por la época en que Amaranta estaba localmente enamorada del italiano de la pianola, el después coronel Gerineldo Márquez, el mejor hombre del coronel Buendía, le había declaro su amor. Se murió el patriarca José Arcadio Buendía y una lluvia de flores pequeñas y amarillas le despidió. Después Aureliano José, también hijo de Pilar Ternera, se unión a su padre, el coronel Aureliano. La leyenda de este comenzó a formarse después de que los liberales y conservadores llegaran a un acuerdo de reconciliación. Se le situó la coronel en infinidad de lugares promoviendo alzamientos con el fin de unificar las fuerzas federalista de la América Central. Hasta el nuevo alcalde de Macondo, el general conservador José Ramón Moncada, lo admiraba de veras.

La aventura aureliana duró muchos años. El padre Nicanor fue sustituido por el padre Coronel a quien llamaban El Cachorro. Bruno Crespi, el hermano de Pietro, se casó con Amparo Moscote y su almacén de juguetes no dejó de crecer. De la escuela se hizo cargo don Melchor Escalona, maestro viejo con métodos pedagógicos expeditivos. Vuelve Amaranta a ser protagonista del deseo. En este caso el de su propio sobrino, Aureliano José. Comienzan a aparecer los diecisiete Aurelianos. Al joven Aureliano José lo mata de un balazo el capitán Aquiles Ricardo, aunque es preciso notar que el capitán murió primero.

Cuando el coronel Aureliano regresó a Macondo tuvo primero que conquistársela al general Moncada. Un aire de extrañeza que era más de resistencia a la nostalgia, le pareció a Úrsula que emanaba de lo más hondo del ser de su hijo. Gerineldo Márquez, otra vez jefe civil y militar de Macondo, renovó sus visitas a Amaranta. Esta lo mantuvo cuatro años cerca de ella sin aceptarlo y sin rechazarlo, y cuando Remedios la bella tomó partido por el coronel, Amaranta la expulsó del costurero donde los encuentros tenían lugar. Después, decidió, borracha de soledad, encerrarse en su habitación y despedir definitivamente a su último pretendiente.

Esa misma soledad de podredumbre estaba ya plenamente desarrollada en el corazón del coronel Aureliano hasta tal punto que solo con dificultad podía reconocer el rostro de su madre. A veinte leguas de Macondo, el coronel firmó el armisticio de Neerlandia, bajo una ceiba gigantesca y después se pegó un tiro que no lo mató. El gobierno le puso vigilancia en la casa y fue entonces cuando la belleza de Remedios provocó el primer muerto: un joven comandante de la guardia que custodiaba a Aureliano. 

Un nuevo giro de la rueda del tiempo macondino nos lleva hasta el último recuerdo de Aureliano Segundo en su lecho de muerte: el nacimiento de su hijo José Arcadio, el cuarto y último de los José Arcadio de la saga.  La limpieza de ese espacio de construcción creativa que es el tiempo sin tiempo de Melquiades es ofrecida al siguiente continuador después del paréntesis de la guerra. Pero quien regresa no es el coronel, sino Aureliano Segundo. Los gemelos, hijos de Arcadio y Santa Sofía de la Piedad, único hilo que a punto estuvo de quebrarse y extinguir a los Buendía antes de tiempo, en algún momento de su adolescencia o juventud giraron sus nombres. Así Aureliano parece un José Arcadio y José Arcadio tiene el aspecto de un Aureliano. Aunque comparte mujer, Petra Cotes, será Aureliano quien la convierta en concubina.

Con Petra Cotes llegó la peste de la proliferación y fue tal la riqueza que Aureliano Segundo empapeló la casa familiar, por dentro y por fuera, con billetes de a peso. Úrsula ordenó retirar el papel moneda y sus ruegos de pobreza no fueron atendidos, antes al contrario, pues apareció un san José grande relleno de monedas de oro. Pero fue el dinero quien le buscó el destino a Aureliano Segundo. Tenía la suficiente para financiar el descabellado proyecto de su hermano de convertir en navegable el río. Y así resultó que en el único barco-balsa que llegó hasta Macondo viajaban las matronas francesas que dieron lugar al delirante carnaval en el que Aureliano Segundo conoció a su futura esposa, Fernanda del Carpio.

La reina de ese carnaval fue Remedios, la bella. Para entonces, el coronel Aureliano no era ya más que un hombre envejecido que fabricaba pescaditos de oro en el taller que luego cambiaba por monedas de oro con las cuales volvía a fabricar más pescaditos de oro. Hubo una segunda reina, Fernanda del Carpio cuyo príncipe hubo de atravesar un “páramo amarillo donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios” para llegar a la ciudad de los treinta y dos campanarios. La familia Buendía le fue hostil y el marido le salió adúltero. 

El coronel se levantaba a las cinco de la mañana y junto con un tazón de café sin azúcar se encerraba todo el día en su taller hasta que a las cuatro de la tarde arrastraba una manta deshilachada y un taburete hacia el porche de la casa por si acaso llegaba a ver pasar su propio entierro. Los diecisiete Aurelianos comparecieron en Macondo para el jubileo del coronel y el padre Antonio Isabel los marcó con una cruz de ceniza en la frente. Uno de ellos, Aureliano Triste, fundón una fábrica de hielo y tuvo la ocurrencia de traer el tren hasta Macondo. Otro Aureliano, el Centeno, se quedó a cargo de la fábrica de hielo de su hermano inventando en su ausencia el helado. Una de las primeras cosas que trajo el tren fue una planta de electricidad. El cine, que llegó después de las manos de Bruno Crespi, encrespó los ánimos de los macondinos por considerarlo una estafa. 

Un miércoles llegó en el tren de la once a Macondo el señor Herbert, probó los bananos y la historia cambió. La historia se mueve por cosas tan banales como invitar a un gringo a comer guineo. Fue la peste del banano. Por entonces, Remedios, la bella, salió volando por el aire a las cuatro de la tarde agarrada a la punta de una sábana. A las dos de la tarde de un jueves, José Arcadio salió para el seminario con la ilusión de cumplir el deseo de su tatarabuela Úrsula de convertirse en Papa. Su hermana Meme, Renata Remedios, abandonó Macondo también para formarse. Por entonces, Amaranta comenzó a tejer su mortaja y la voracidad de Aureliano Segundo llegó a su cénit en un duelo sin precedentes con la Elefanta, Camila Sagastume. 

Fernanda del Carpio vivía entre tres fantasmas vivos, a saber, Úrsula, Amaranta y Santa Sofía de la Piedad; un fantasma muerto, José Arcadio Buendía, y una sombra, el coronel Aureliano. Hay, sin embargo, alguien más, un marido que va y viene a intervalos más bien irregulares de la casa de su concubina. Del coronel diremos que después de que el coronel Gerineldo Márquez se negara a secundarle en la última guerra, se encerró más aún en el interior del taller y en hueco de su soledad. Murió un martes, once de octubre, con la cabeza apoyada en el castaño del patio mientras orinaba.

Cuando Fernanda inició su correspondencia con los médicos invisibles ya había nacido la pequeña Amaranta Úrsula. Curiosamente el acercamiento de Aureliano Segundo a su hija Meme contrarió más a Petra Costes que a Fernanda. La muerte se le anunció a Amaranta en forma de cliente de sastrería. El lino lo pidió bayal y ella misma tejió la urdimbre durante cuatro años. Luego inició el bordado que primero retardo y luego aceleró. A las ocho de la mañana del cinco de febrero dio la última puntada y anunció a todos que moriría esa misma tarde declarándose dispuesta a llevarle a los muertos los avisos de los vivos.   

Las mariposas amarillas que acompañaban siempre a Mauricio Babilonia se colaron en los sueños de Meme. A escondidas en un baño lleno de alacranes y mariposas fue concebido Aureliano Babilonia y de esas misma forma lo crio su abuela Fernanda. Cuando un disparo de guardia nocturna derriba a Mauricio del tejado de la alberca, las mariposas amarillas cambian el objeto de su admiración. Y solo después de que la última muriera, madre e hija llegaron hasta el convento de la ciudad de los treinta y dos campanarios. Allí dejó Fernanda a Meme. No sabemos si regresó para verla, si fue así Meme no despegó nunca más lo labrios con intención comunicativa. 

La llegada a Macondo del ejército para poner fin a la huelga en la compañía bananera fue de los poco instantes que devolvieron la vida a Santa Sofía de la Piedad. En tres artículos de ochenta palabras el general Carlos Cortes Vargas declaró malhechores a los huelguistas y autorizó que se les balaceara. Un tren de doscientos vagones empujado por tres locomotoras llevó los tres mil cadáveres hacia el mar. Tres horas después no quedaba en Macondo rastro alguno de la masacre y el gobierno se había encargado de hacer circular un bando que informa del regreso de los huelguistas a su quehacer gracias a un acuerdo entre las partes en conflicto. Y para celebrarlo se decretaron tres días de fiesta que comenzarían una vez que dejara de llover.

Cuatro, once, dos. Años, meses, días. Ese fue el tiempo del diluvio sobre Macondo. Con la misma aplicación que José Arcadio Segundo solía poner en todos sus proyectos, se dedicó tras la matanza a leer los incomprensibles signos de los libros de Melquiades. El soliloquio de Fernanda es un monumental catálogo de los excesos de la autocompasión compuesto con una maestría de orfebre: las ojeras de violeta, las astromelias en el fondo de las bacinillas blasonadas, los lacres sellados con anillos, las palmas funerarias tejidas a mano y las damas de nación. Mientras Fernanda y Aureliano Segundo resolvían sus problemas de linaje y hambre, los pequeños, Úrsula Amaranta y Aureliano Babilonia, aceleraron sus pasos por el sendero del salvajismo. 

Úrsula olvidó su promesas de morir cuando escampara y a pesar de su ceguera se puso a recomponer una casa que se caída a pedazos. José Arcadio Segundo se negó a salir del cuarto de Melquiades en el que había encontrado la paz al lado de los libros. Un viento abrasador sustituyó a la lluvia, el dinero se hizo escurridizo y los animales estériles. Úrsula se murió un jueves santo de mucho calor con una edad tan extensa que no quedaba nadie para recordarla fuera de la familia. Ese mismo año le tocó el turno a Rebeca muerta enroscada como un camarón. El olvido se había apoderado de tal forma de Macondo que ya casi nadie recordaba al coronel Aureliano y los gitanos tuvieron que volver a empezar con la lupa y el fierro imantado. 

José Arcadio Segundo se convirtió en el macondino de mayor sabiduría y enseñó a leer a su sobrino Aureliano Babilonia. Algo había adelantado José Arcadio Segundo sobre la lengua de los pergaminos de Melquiades. En ese cuarto donde siempre era marzo y lunes los caracteres parecían piezas de ropa puestas a secar en un alambre. Meses después de que Úrsula Amaranta se marchara a Bruselas para estudiar, los gemelos perecieron a la vez: José Arcadio encima de los  pergaminos de Melquiades y Aureliano en la cama de Fernanda. Los enterraron en tumbas equivocadas para restablecer en la muerte el orden del nacimiento. 

A medida que Aureliano Babilonia iba avanzando en el conocimiento del sánscrito, el cuarto de Melquiades se fue tornando vulnerable al tiempo. Las hormigas coloradas, la maleza y los bordones de telarañas habían comenzado una colonización irremediable de la que solo Santa Sofía de la Piedad fue consciente. Fernanda y Aureliano se quedaron solos en la casa y hasta, diría uno, que en el pueblo. El ruido de la pluma rasgando el papel, el del interruptor y el de las oraciones era todo cuanto Aureliano sabía de la vida de Fernanda. Dos soledades yuxtapuestas se encontraban en el vértice de la cocina.

Aureliano conservó el cadáver de Fernanda durante los cuatro meses que tardó en llegar José Arcadio. Este pobre muchacho sirve de punto de intersección de toda las desacertadas locuras de los Buendía: guerras, muertes, gallos, fantasmas, monstruos… Cuando habían comenzado a entenderse, otra vez la muerte cruzó el camino y se llevó al más débil. Aureliano permaneció solo hasta la llegada de Amaranta Úrsula. Aunque no llega sola, sino acompañada de Gastón, su esposo belga. 

Amaranta Úrsula reformó toda la casa e infectada por el virus de los Buendía que hacen para deshacer, decidió esperar el plazo prometido a su esposo para tener hijos. Aureliano, aunque continuaba con las narices metidas en los pergaminos de Melquiades, había logrado hacer amigos. En la librería del catalán conoció a Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel. Hablaban los cinco del empeño del hombre de acabar con las cucarachas, de las putas ficticias de trajecitos floreados, de la realidad histórica del coronel Aureliano Buendía y de la compañía bananera. 

A punta del incestuoso revólver de los Buendía, la tía se entregó al sobrino. A Pilar Ternera la enterraron con más de ciento cuarenta años sentada en su mecedora. El librero catalán liquidó los libros y se volvió a su tierra envuelto en la misma añoranza que trajo. El estallido pasional que los dos últimos Buendía era lo único de verdad que ocurría en Macondo, la ciudad que se desintegraba poco a poco. Gastón pareció encantado de tener un pretexto para desaparecer. El último Aureliano, fruto de los amores incestuosos de tía y sobrino, nació con cola de cerdo: era el fin.

Criticó Cortazar la novela realista que se limitaba a “parafrasear la circunstancia”. Alejo Carpentier dejo dicho que en América lo maravilloso forma parte de la realidad cotidiana, habida cuenta de la fe de sus habitantes en el milagro, mientras que en Europa, donde los discursos han sustituido a los mitos, lo maravilloso es invocado de manera artificiosa, con trucos de prestidigitación. Es esta la corriente de lo real-maravilloso.

¿Sorprende o ya no sorprende que el agua hierva solo en los cazos, que un reguero de sangre avise de una muerte, que llueva cerca de cinco años seguidos, que hayas pestes de insomnio donde se pierden los recuerdos? Algunos niegan ya sorpresa alguna como viejos macondinos; otros siguen buscando algún atajo de caudillo liberal que explique por qué carajo guerreamos.








domingo, 23 de noviembre de 2014

El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez.


Atormentado por la memoria, el refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour había puesto punto y final a su vida. Los detalles se solapan con ánimo encubridor: el olor de los amores contrariados, la guerra, las fotografías de niños, el magnesio para los relámpagos, el ajedrez, el cianuro, el catre de campaña, las muletas, el gran danés, la alcoba-laboratorio, los resquicios amordazados, los frascos, las revistas, el polvo ausente… Su viejo amigo, el doctor Juvenal Urbino, se hace cargo de las primeras diligencias y de las últimas voluntades. La noche anterior, la víspera de Pentecostés, Jeremiah había ido al cine de don Galileo Daconte. Este era el plazo irrebasable: el día de Pentecostés siguiente a cumplir sesenta años. Así lo había fijado el mismo Jeremiah. El suceso había ocurrido en una ciudad caribeña y costera donde en invierno las letrinas rebosaban y en verano los vientos se llevaban a los niños por el aire. Allí, los más viejos portaban aún en el pecho la marca real de los esclavos. Es gustoso situar la acción en los años treinta o cuarenta del siglo pasado. Tal vez por los tres mil libros “idénticos empastados con piel de becerro y con sus iniciales [las del doctor Urbino] doradas en el lomo”. O quizás por el silencioso desplante histórico que el loro del doctor Urbino protagonizó durante la visita del presidente de la República de Colombia, don Marco Fidel Suárez.


El mismo día que Jeremiah falleció, el loro real de Paramaribo que doña Fermina Daza había regalado a su marido el doctor Urbino, se escapó. Pero aquel día era especial para el viejo médico porque además de la muerte de su amigo, el doctor Lácides Olivilla, su más amado discípulo, celebraba las bodas de plata. De manera que por un día bien podía Juvenal Urbino olvidar las muchas encrucijadas de incomprensión a las que la vida lo había sometido. Pero eso se convirtió en un descuido imperdonable porque después de la sagrada siesta, en un momento de pausa en la lectura y mientras se balanceaba ligeramente en el mecedor, el doctor lo vio: el sirvergüenza del loro en la rama más baja del mango, casi a la altura de la mano. Eran poco más de las cuatro de la tarde del día de Pentecostés, cuando el doctor se dio cuenta de que la vida se le iba tras la escalera a la que se había encaramado, sin más tiempo que para despedirse de su esposa: “Solo Dios sabe cuánto te quise”.


En medio de las urgencias que una muerte de tanta significación trae consigo, una figura ignorada hasta entonces, Florentino Ariza, puso algunos remedios y fue uno de los pocos que aguantó bajo la lluvia hasta que el cuerpo del doctor Urbino reposó en el mausoleo familiar. Despedido el velatorio post-inhumatorio, Florentino Ariza no se anda por las ramas, se presenta ante la viuda del doctor y renueva allí mismo unos votos de amor que ya habían cumplido sus bodas de oro. Naturalmente que doña Fermina Daza lo despide con cajas destempladas. Cincuenta y pico años antes del entierro del doctor Urbino, el telegrafista Lotario Thugut había mandado a Florentino a casa de Fermina para entregar un telegrama y para dar inicio a un intercambio de misivas que terminaron en compromiso de noviazgo. Pero el tratante de mulas y padre de Fermina, Lorenzo Daza, puso a su hija fuera del alcance del pretendiente, transportándola a lomos de una mula, como si fuera pescado en salazón, por las veredas de la Sierra Nevada de Santa Marta, hasta llegar a una pequeña población, Valledupar, repleta de gallos, acordeones, jinetes, cohetes y campanas. La prima Hildebranda Sánchez recibió a la desamparada Fermina y poco a poco le hizo ver que es posible ser feliz contra el amor. Y año y medio después de la separación, al girar la cabeza en un revuelo de mercado, Fermina se da cuenta del desencanto brusco que el rostro de Florentino causa en su corazón. Percibe en un solo instante sus “aires de perro apaleado [y] su atuendo de rabino en desgracia”.


Cuando a los veintiocho años el doctor Juvenal Urbino regresó de París tras completar sus estudios, una epidemia de cólera morbo había convertido al pueblo en algo remoto y ajeno. Ocupó el consultorio del padre fallecido y lucho contra letrinas y basuras. También el trabajo le llevó al doctor Urbino hasta Fermina por sospecha de apestamiento, pero le costó mucho más que una borrachera de anisado y una serenata con piano y pianista llegar hasta el corazón de la hija de Lorenzo Daza. La llegada de la prima Hildebranda resultó capital. Cierto día que ambas salían de ser retratadas, el landó de los caballos de oro del doctor Urbino las rescató de en medio de la turba que había comenzado a burlarse de su aspecto. Y entonces el interés de la prima por dueño de la casa del Marqués de Casalduero, despertó en Fermina las “chispas de azufre… de los años que le faltaban por vivir” y no quiso hacerlo sola.


Si algo podía poner remedio a la noticia de la boda de Fermina era iniciar los preparativos del exilio del desamor. Y un domingo de julio a las siete de la mañana Florentino tomó el navío de la Compañía Fluvial del Caribe que llevaba el nombre de su padre: Pío Quinto Loayza. En un viaje de ida y vuelta buscó Forentino el olvido en las aguas del río Magdalena y el consuelo en los brazos de Rosalba. Y más tarde, bajo las bombas del general rebelde Ricardo Gaitán, en los de la viuda de Nazaret, “una mujer de recursos pueriles, que además no paraba de hablar en la cama de su congoja por el esposo muerto”. Los amores terceros lo fueron en cueros con Ausencia Santander que desnudaba a los hombres como si fueran un pescado vivo. Los clandestinos de la succionadora Sara Noriega. Los mensajeros de la malograda Olimpia Zuleta. Vinieron después algunos cientos más hasta completar más de una veintena de cuadernos, todas rendidas ante este menesteroso del amor. Amores de esposo infiel sin traición.


En parecidos términos teóricos podía decirse que el doctor Urbino y Fermina se habían casado más por desafío que por amor, pero en su viaje no había caimanes en los playones, ni gallinazos, ni niños dormidos dentro de jaulas. El lujo de atravesar el Atlántico predispone el espíritu para el amor y, sin duda, de París se vuelve con un baúl lleno de objetos y, también, de recuerdos. Fermina regresó embarazada y la capacidad intacta de resumir dos años de viajes y matrimonio en cuatro palabras: “Más es la bulla”. Por las referencias que la novela proporciona debemos estar en la última década del siglo XIX porque Victor Hugo ya estaba muerto, pero aún vivía Oscar Wilde.  

Cuando Florentino vio a Fermina embarazada tomó dos decisiones: ganar fortuna y nombre y esperar la muerte del marido. Con esta determinación Florentino fue a visitar a su tío León XII, el magnate de la navegación fluvial presidente de la Compañía Fluvial del Caribe. Y sin poner más carne en el asador que el cuerpo mismo de Fermina, Florentino llegó a Presidente y Director General.


Regresada del dilatado viaje de bodas, Fermina se dio cuenta de que estaba a punto de iniciarse su cautiverio. Seis años vividos entre el color venoso de las berenjenas de doña Blanca, la suegra, y la imbecilidad de las dos cuñadas. El espanto no es eterno y muerta doña Blanca, Fermina regresó por segunda vez de París embarazada. El noble y odiado palacio del Marqués de Casalduero fue vendido para dar inicio a las obras de la quinta de La Manga, donde a las berenjenas se les eliminó el veneno convirtiéndolas en puré. La crisis, la única crisis, del matrimonio coincidió con el torneo de ajedrez en el que Jeremiah de Saint-Amour se enfrentó a cuarenta y dos adversarios. La desgracia tuvo que ver con el afán husmeador de Fermina y la reconciliación con cierta mediación del arzobispo de Riohacha.

Cuando Florentino oyó las campanas de la catedral doblar por la muerte del doctor Urbino, las trampas de compasión de Florentino Ariza habían terminado de girar. Al fin “la muerte había intercedido en favor suyo” y es entonces cuando comprendemos cómo cincuenta años de tregua pueden desembocar en una noche de torpeza. Después vinieron las cartas que en realidad no eran más que hojas sueltas del libro de la vida, y las visitas, todos los martes a las cinco, que muy pronto reivindicaron un lugar familiar junto a la baraja, los almuerzos y las flores. Sin embargo, las escaleras se encargaron de trastocar dos meses de felicidad y retrotraer el intercambio epistolar a la estéril ñoñería de los versos melancólicos. Del resto, mejor olvidar.


miércoles, 8 de junio de 2011

Gabriel García Márquez. Tertulia.

Hay cientos de monografías, artículos y textos publicados sobre Gabriel García Márquez y su mundo novelístico, y para hacerse una idea basta con echar un vistazo a la página especial que el Centro Virtual Cervantes ha dedicado a la de Aracataca. Se hace preciso, por tanto, una recia osadía para contar algo sobre Gabo que tenga un mínimo interés. Quien quiera indagar en sus primeros años de andadura por el mundo, tiene a su disposición, entre otras obras, la autobiografía Vivir para contarla. Por nuestra parte basten unas notas. G. G. Márquez nace en la localidad bananera mencionada del departamento de Magdalena en Colombia el 6 de marzo de 1927. El padre, Gabriel Eligio García, era boticario y la madre, Luisa Santiaga Márquez Iguarán, era hija del coronel Nicolás Márquez, de talante liberal y veterano de la Guerra de los Mil Días, y de Tranquilina Iguarán. Los primeros años de su vida, los pasa Gabriel con sus abuelos. Después en 1936 se traslada con sus padres al departamento de Sucre, donde comienza sus estudios que continuará en Barranquilla. Ya por entonces comienza a escribir en revistas. En 1947 se matricula en la facultad de Derecho, comienza a publicar alguno de los cuentos que luego integrarán el libro Ojos de perro azul y sufre la pérdida de su abuela, la cual muere ciega y afectada por la locura. En 1955 publica en Bogotá su primera novela La hojarasca, cuyo manuscrito había sido rechazado por la editorial Losada (¡qué alivio saber que también él sufría el rechazo de las editoriales!) Trabaja como periodista y con muy pocos recursos pasará por Madrid, París y Londres hasta acabar en La Habana en 1959 con el triunfo de la revolución castrista. Sucesivamente, publica El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande. En 1967 aparece Cien años de soledad y reside en Barcelona hasta 1975. Al año siguiente se traslada a México, poco después problemas políticos y personales provocarán la ruptura de la amistad entre G. G. Márquez y Vargas Llosa. En 1982 es Premio Nobel de Literatura con tan sólo 55 años.

La publicación en 1962 del libro de relatos bajo el título Los funerales de la Mamá Grande, se hizo en Xalapa por la Universidad Veracruzana y a propuesta de Álvaro Mutis. Llaman la atención dos relatos: el que da título al libro y muy especialmente La prodigiosa tarde de Baltazar. En el primero G. G. Márquez utiliza la ironía y el sarcasmo para contar el final del matriarcado que la Mamá Grande, cuyo verdadero nombre es María del Rosario Castañeda y Montero, había ejercido sobre Macondo en el último siglo. La Mamá Grande lo era todo en Macondo, de ella se vendían escapularios y medallas con su imagen y el día de su cumpleaños disponía los matrimonios del año siguiente. Moría virgen y sin hijos siendo su patrimonio procedente de tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia. Esta circunstancia unida a la presencia del Sumo Pontífice en los funerales y a la necesidad que tuvo el Presidente de la República de declarar algo así como el estado de excepción, para poder estar presente en las exequias, sugiere que la realidad en la que vive Macondo trae causa de la conquista española. Es, desde luego, una narración presidida por lo esperpéntico que el narrador hace “recostando un taburete a la puerta de la calle” antes de que los historiadores se apoderen de lo que califica como conmoción nacional, de algo de lo que se hablaba en el interior de los ascensores de la capital y que no era otra cosa que el último coletazo de un régimen medievalista. Al final, el autor abre una doble puerta: la del egoísmo y el desorden (los sobrinos herederos comienzan a desmantelarlo todo) y también la de la esperanza y la libertad para el pueblo.

El segundo relato, La prodigiosa tarde de Baltazar, es muy distinto. Baltazar, un carpintero, construye una jaula y la cuelga del alero. No era un trabajo cualquiera, resultó ser la jaula más bonita del mundo, pero él, Baltasar, no lo sabía, creía que no era más que una jaula, bien hecha eso sí, a la que había dedicado quince días de trabajo. Esta es la primera nota de todas: el artista crea belleza, pero la trascendencia de su trabajo no depende de él sino de los demás, son estos quienes le otorgan la condición de obra de arte. Se forma un tumulto de gente frente a la casa de Baltazar, todos quienes admirar la jaula. Pero el éxito comienza a cobrarse su precio: Baltazar debe afeitarse para mejorar su aspecto, la jaula pasa del alero a la mesa del comedor y es necesario discutir el precio que se va a pedir por la jaula. Baltazar se conformaba con veinte pesos, pero Úrsula su mujer le dice que ha de pedir sesenta. El médico Octavio Giraldo se interesa por la jaula y está dispuesto a comprarla para regalársela a su mujer, quien adora los pájaros. Baltazar se niega porque la jaula se había hecho por encargo del hijo de don Chepe Motiel, el cacique del pueblo, y una cosa que ya está vendida no puede volver a venderse, dice el carpintero. Pone así G. G. Márquez el acento en el  contenido moral que ha de presidir la labor del artista: no debe éste tener en los intereses crematísticos una referencia ni siquiera secundaria de su trabajo. El arte tiene otro objetivo que es el de transformar la sociedad. A ello asistimos cuando don Chepe reprocha a Baltazar el no haber contado con su consentimiento para cerrar el trato con su hijo. Es entonces cuando Baltazar da el paso definitivo, al regalar la jaula a Pepe, el hijo de don Chepe que se siente humillado por el acto. De alguna forma el humilde ha salido victorioso en su combate con el poderoso y de ahí la celebración que tiene lugar seguidamente. Ocurre sin embargo que la victoria no es más que momentánea y Baltazar acabará tirado en la calle y descalzo, con tal mal aspecto que las mujeres que pasaban lo creían muerto. Hay una crítica agria a la revolución de los pobres.

Naturalmente que se comentaron otros cuentos. Por tratar de forma contrapuntística al amplio registro narrativo en el que se mueve G. G. Márquez, salió a colación el relato La santa, donde el sentido del humor es el absoluto protagonista dando una vuelta de tuerca de más, o quizá de menos, al esperpento. La niña santa incorrupta que el padre acaba paseando por Roma en el interior de un estuche de violonchelo, en busca de un Papa que se decida a escucharle, provoca situaciones ridículas en las que subyace una vuelta a los orígenes del culto a la muerte tan propio del catolicismo.

Se habló, no podía ser de otra manera, de esa forma de entender la realidad que se ha dado en llamar “realismo mágico”. Alguno de los tertulianos, muy acertadamente, sostuvo que un taxista colombiano no se sorprendería en absoluto de lo que cuenta G. G. Márquez en sus cuentos o novelas, porque lo fantástico no sería para él otra cosa que una parte de la realidad, precisamente aquella realidad que permite comprender el resto y sin la cual todo carecería de sentido. Es en la búsqueda del sentido de la realidad, donde mejor encaje tiene el carácter mágicamente europeo del realismo de G. G. Márquez.

Ha sido un placer contar con vosotros durante estos meses, como sabéis la llegada de la época de verano hace muy difícil que podamos reunirnos por lo que es preferible reanudar la tertulia al comienzo del curso escolar. Podéis utilizar los comentarios para hacer sugerencias sobre las lecturas veraniegas. Buen verano a todos y muchas gracias.