Mostrando entradas con la etiqueta Viajes de Alí Bey. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Viajes de Alí Bey. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de agosto de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia (y IV).


 



El Ramadán ha terminado y Alí sale hacia La Meca el 15 de diciembre de 1806, pero ha de esperar a las afueras de El Cairo a que se reúna la caravana con la que atravesará en desierto hacia el este, buscando el canal de Suez. No lleva consigo más catorce, pues buena parte de su equipo ha quedado El Cairo en poder del cónsul español. “En Suez no hay más artistas que los calafates”, allí el mar Rojo es estrecho, no tiene más que cuatro kilómetros de ancho. El viernes 26 de diciembre Alí embarca en un dhaw, que es una nave de una sola vela, con destino a Yedda. El año nuevo lo recibe en las islas Naaman o de los Avestruces que están al sur de Duba. La navegación en el mar Rojo es extremadamente fatigosa por la multitud de escollos que hay que salvar. El 13 de enero tocan por fin puerto en Yedda. Alí llega enfermo y nos cuenta lo que le sucedió en la mezquita con el gobernador. En Yedda un día sopla el viento del norte que es como salido de “la boca de un horno” y al día siguiente sopla el viento del sur y “el aire y todo lo que uno toca quedan impregnados de una humedad pastosa”.




El 21 de enero parte hacia La Meca, no le quedan más que unos pocos kilómetros después de quince meses de viaje desde que salió de Marruecos. Siete vueltas han de darse alrededor de la Caaba en dirección contraria a las agujas del reloj y siete veces se ha de recorrer la distancia entre las dos colinas: Safa y Marua para conmemorar la gesta de Agar. Después, beber agua del pozo de Zemzem, el que Dios abrió para atender los ruegos de Agar. Todo el mundo sabe que “los sultanes jerifes de La Meca tienen un envenenador en su corte” y la cosa es conocida desde “Egipto a Constantinopla”, el mecanismo es sencillo: nadie puede rechazar el agua del pozo de Zemzem sin caer en un acto impío. La estancia de Alí en La Meca coincide con la revolución wahhabí. Relata la llegada de unos seis hombres sin más vestimenta que la propia del peregrino (una toalla o tela enrollada en la cintura y otra que cubre el hombro izquierdo y se anuda bajo la axila derecha), pero portando las armas de los beduinos. El peregrino está obligado a acampar en la explanada de Mina, lugar donde los musulmanes señalan como el escenario del fallido sacrificio de Abraham en la persona de Ismael (los judíos-cristianos afirman que la víctima del sacrificio fue Isaac y no Ismael, y el lugar la roca de Jerusalén). En lo alto del monte Arafat, Jebel Nur, donde el ángel Gabriel entregó a Mahoma el primer capítulo del Corán, hay una pequeña ermita que los wahhabíes han comenzado a derribar cuando llegó Alí, por considerar que esa creencia no es más que mera superstición.




Se ocupa Alí de describir minuciosamente el templo de La Meca tal y como él lo conoció en aquella época, y del cual nada queda en la actualidad. Por eso nos hallamos ante un testimonio de singular importancia. La piedra negra contaba con quince “músculos”, la actual tan solo con ocho. Frente al muro donde está la puerta de la Caaba se hallaba el lugar donde de forma milagrosa salían las piedras que Ismael entregaba a su padre Abraham y con las cuales este construía la Caaba. Las dos colinas sagradas, Safa y Marua que estaban fuera del templo, hoy están incorporadas al mismo. La primera esta señalada con tres arcos, la segunda con tres muros. La gran calle central de La Meca es un mercado continuo donde circulan todas las monedas y productos venidos de la India y de Persia. En La Meca, comenta Alí, no se puede hacer ni encontrar nada, no es un lugar de paso ni tampoco para quedarse, los extranjeros que no dejan de afluir a ella cumplen los ritos religiosos y se van. En La Meca no se puede comprar ni un Corán ni, tampoco, un par de zapatos. No hay ni ciencia ni arte. Alí se muestra muy pesimista con el futuro de la ciudad. Las mujeres mecanas tienen más libertad que cualquier otra dentro de la comunidad musulmana y portan una prenda muy singular en la parte superior del cuerpo: se trata de una enorme camisa de más de dos metros de ancho por unos setenta centímetros de largo que está casi completamente abierta a ambos lados. Hace a continuación Domingo Badía una interesante reflexión sobre el destino del árabe cuyas propiedades se limitan a un camello, una escudilla de madera y un odre, que vive en un país de desiertos, esta sujeto a la superstición y la ignorancia y escribe sin vocales una lengua que se pronuncia de mil maneras. El 26 de febrero de 1807 el sultán Saud, líder de los wahabíes, expulsa de La Meca a turcos y magrebíes y se hace con el poder. Es una revolución religiosa que trata de volver al sentido original y simple del mensaje contenido en el Corán.




El 2 de marzo de 1807 Alí abandona La Meca. Desde Yedda embarca para Yanbu el 21 de marzo. Quiere desde allí viajar a Medina para visitar la tumba del Profeta, pese a la prohibición expresa de los wahabíes. La caravana en la que viaja Alí es interceptada y obligada a regresar a Yanbu. Alí reembarca con destino a Suez, pero unos días después, el 19  de abril, el buque encalla y tripulantes y pasajeros han de pasar varios días en un islote compuesto por “detritus de conchas, crustáceos y zoófitos”. No es este el único incidente, el Mar Rojo está lleno de escollos y pasadizos, poblado por malos vientos y surcado por los más negligentes capitanes que los mares hayan visto. El 10 de mayo Alí llega a la isla Tirán: al norte, el mar del golfo de Aqaba; al este, Arabia y al oeste, la “Tierra de Tur”, la península del Sinaí. En mitad de una espantosa borrasca el buque de Alí dobla el cabo de Ras Abu Mohamed para internarse en el golfo de Suez. Es el 14 de mayo cuando llegan a un fondeadero. Al día siguiente Alí abandona el barco y se sube a un camello: el resto del viaje hasta Suez lo hará por tierra.




En Tur, Alí conoce a un cura cristiano que dice la misa por el rito griego en árabe. El sacerdote depende del arzobispo del monte Sinaí que junto con los de Rusia, Angora y Chipre, y los cuatro patriarcas, a saber, el de Constantinopla, el de Alejandría, el de Jerusalén y el de Antioquia, constituyen los ocho dignatarios independientes del rito ortodoxo. El 23 de mayo entra en Suez, pero sólo unos días después y estando preparada una caravana de ochocientos camellos para El Cairo, el incansable Alí, se une a ella. Por fin el 14 de junio, Alí regresa a El Cairo de donde había partido en diciembre de 1806 y los amigos salen a recibirlo. Pero el 3 de julio Alí ya se ha unido a otra caravana para dirigirse a Jerusalén. El 14 julio ha atravesado el desierto y entra en Gaza. La ciudad está gobernada por un agá turco que depende del agá de Jaffa y ambos obedecen al pachá de San Juan de Acre. A las ocho menos cuarto de la mañana del 23 de julio de 1807 Alí entra en la ciudad santa.




El Haram, el templo, de Jerusalén es un lugar “consagrado por la presencia particular de la divinidad” y, por tanto, “prohibida a los profanos, a los infieles”. Los dos templos sagrados musulmanes son La Meca y Jerusalén. Naturalmente que Alí se está refiriendo a la explanada de las mezquitas, el gran templo erigido sobre el de Salomón y que comprende la Mezquita de la Roca y la Mezquita de Al-Aksa. Esta última es conocida como la “mezquita lejana” por su vinculación con un versículo del Corán. Mahoma se detuvo en Al-Sakhara, la roca, la cual recibió la huella de su sagrado pie. La roca de Al-Sakhara es el peñasco sobre el cual Abraham ofreció el sacrificio de su hijo Isaac, para la tradición judeo-cristiana, o de su hijo Ismael, para los musulmanes. Alí asegura que la roca está custodiada por setenta mil ángeles que se relevan cada día y que a la entrada de esta mezquita de Al-Sakhara está colgada el Mizán, “la balanza eterna, en la que serán pesadas las acciones buenas y malas de los hombre en el día del juicio final”. Pero no es este el único elemento invisible, también lo es el puente de Sirat por donde “los fieles creyentes pasarán con la rapidez del rayo para entrar en el Paraíso, mientras los infieles caerán al profundo abismo del Infierno”. El Sirat está señalado con una columna que sobresale en el exterior del templo.


En el monte Sión está la tumba del Rey David, lugar donde se dice tuvo lugar la última cena de Jesucristo y el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles. En este lugar también han de rezar los musulmanes, desde aquí Alí fue a beber el agua de la fuente de Nehemías, cuya agua los musulmanes aseguran procede directamente del pozo de Zemzem de la La Meca. Alí la encontró distinta. En el Monte de los Olivos, el Jebel Tur para los musulmanes, donde se dice están enterrados setenta y dos mil profetas, Alí encontró una iglesia cristiana donde “se venera un mármol con la huella del pie de Cristo”, es la conocida como Capilla de la Ascensión. Camino de Belén, Alí contempla sobrecogido el resplandor de un meteorito y todos se arrojan al suelo exclamando: “¡Min Alah!”. Entra en Hebrón para visitar la Tumba de los Patriarcas: Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob y Lía. Tapices rojos para ellas y verdes para ellos. El templo que la alberga era mezquita en los años de Alí, antes había sido iglesia y después fue sinagoga. ¡Qué despacio avanzan los hombres! En Belén un monje ortodoxo griego cuida del sagrado lugar de nacimiento de Jesús. De vuelta a Jerusalén, más tumbas, la de la Virgen María y sus padres y esposo y la visita a la Iglesia del Santo Sepulcro. “Los musulmanes rezan oraciones en todos los lugares santos consagrados a la memoria de Jesucristo y de la Virgen, excepto en esta tumba… Consideran que Cristo no murió, que ascendió al Cielo en vida dejando la huella de su rostro a Judas, quien fue condenado a morir en su lugar”.

Alí regresa a Jaffa embarcando con destino a la famosa capital del reino cristiano en la época de las cruzadas, San Juan de Arce, a la que los musulmanes llaman Akka. Es el 31 de julio de 1807. En 1781 el pachá Jezzar había levantado sobre los resto de una antigua iglesia cristiana, la mezquita que lleva su nombre, sorprendente por estar rodeada de un jardín con templetes y animales y por el rico colorido de su interior que la hacen más semejante a una casa de campo que a un templo. Enfrente, al otro lado del golfo, en Haifa, se contempla el monte Carmelo, en el interior de sus cuevas vivió el profeta Elías y dio nombre a la orden Carmelita. Otra orden, en este caso la de los franciscanos, es la que regenta el monasterio enclavado en el lugar donde la Virgen recibió la visita del ángel Gabriel, en Nazaret de Galilea. A la iglesia acuden con regularidad a rezar los musulmanes que reconocen la virginidad de María y la encarnación milagrosa de Jesús.

El 19 de agosto Alí abandona Nazaret y parte hacia Damasco. Bordea el Mar de Galilea, también llamado lago de Tiberíades que está a más de doscientos metros bajo el nivel de mar. Por sus orillas la historia y el mito menudea. Las ruinas de Magdala de donde era originaria María Magdalena, el pozo donde se dice que los hijos de Jacob escondieron a su hermano José antes de venderlo a unos comerciantes egipcios, los tres ojos del puente romano sobre el río Jordán. El 22, Alí llega a la capital de los Omeya, llamada Sham por los árabes. En la inmensa mezquita de los Omeya que se alza apoyada en cuarenta y cuatro columnas, sobre los restos de una catedral y los anteriores de un templo romano, se encuentra enterrada la cabeza de San Juan Bautista. Asegura Alí que en Damasco hay más de cuatro mil fábricas de de paños de seda y de algodón. El zoco está lleno de telas y artículos de guarnicionería y un gentío inmenso recorre bazares, barberías, baños, cafés, mercados…, pero a medida que uno se retira de estos lugares, se aspira el silencio de las calles sin tiendas. Aunque en Damasco hay iglesias y sinagogas, el extremismo del pueblo parece mayor que en Egipto, pues un “cristiano o un judío no puede montar a caballo por la ciudad, ni siquiera ir en burro.” A Damasco llegan tres grandes caravanas: la de la Meca, suspendida en la época que es visitada por Alí, debido a la revolución de los wahabíes; la de Bagdad y la de Alepo. Asegura nuestro viajero que la población damascena posee buena salud y que la media de vida  está entre los setenta y los ochenta años, altísima para la época.

El sábado 29 de agosto de 1807, Alí se une a una caravana que viaja hacia Alepo, atravesando tierras en las que se habla el arameo, probablemente la lengua de Jesucristo. Homs es la primera ciudad importante en la ruta, allí todo está hecho con basalto, lo que le da una aspecto lúgubre a la antigua Emesa, famosa por haber tenido lugar una gran batalla entre las tropas de la reina Zenobia de Palmira y las tropas romanas de Aureliano en el siglo III. En las tierras siríacas donde nos encontramos, Alí describe con mucha asiduidad colinas aisladas con aspecto de escombros, se trata de lo que en arqueología se denomina teles que son acumulaciones de depósitos provocados por la ocupación humana. Evidentemente Alí no podía darse cuenta de su importancia. Hama “es una ciudad considerable…, su población es el doble que la de Homs.” El río Orestes a su paso por la ciudad, mueve una multitud de ruedas hidráulicas, algunas de hasta 20 metros de diámetro, que sirven para elevar el agua hasta los acueductos que la conducen y distribuyen. En los meses de calor la gente duerme en las terrazas o en la misma calle, y allí se viste y asea. El miércoles 9 de septiembre a las tres de la tarde, Alí entra en Alepo, Haleb para los árabes. Alepo no es cualquier lugar y no lo es porque al inicio de nuestro libro Alí dice ser esta su patria chica. De ahí que la aclaración de Roger Mimó sea atinadísima y ella nos remitimos.


Hasta las cinco de la madrugada del sábado 26 de septiembre de 1807, Alí no sale de Alepo. Dos días después llega a Antioquía, Antakya para los turcos, que en aquella época se situaba en el margen izquierdo del río Orentes; aunque había llegado a ser tercera ciudad más importante del imperio Romano, tras Roma y Alejandría, cuando la visita Alí sus dimensiones son muy reducidas. El 29 de septiembre, desciende por el río Orentes hasta el mar Mediterráneo para embarcar hacia Turquia atravesando el golfo de Iskenderun (de donde parece haber salido hace miles de años la isla de Chipre). El 2 de octubre está en Tarso, famosa por ser la patria del apostol San Pablo y por haber tenido lugar en sus cercanía la batalla de Issos entre el ejército persa y el de Alejandro Magno en el siglo IV a. C. Alí parece llevar prisa y no hace más paradas que las que exige el descanso. En tres días atraviesa los montes Tauros y se adentra en la meseta de Anatolia. Atraviesa la provincia de Karamania y se detiene en Konya, la antigua Iconium que aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles como Iconio. Sabemos de la prisa de Alí, pero ignoramos la razón, dice a uno de los tártaros que le acompaña que el 18 tiene que estar en Constantinopla. Pero el 20 aún está en Nicea, famosa por haberse celebrado allí el primer concilio ecuménico de la cristiandad, hasta el día siguiente no llega al mar de Mármara. El marqués de Alenara, embajador de España en Constantinopla, manda a Alí unas barcas y criados para atravesar el Bósforo.

Este brazo de mar que se adentra en la tierra da forma al mejor puerto del mundo, el famoso Cuerno de Oro. Alí visita y describe las mezquitas, pero tienen mayor interés otros detalles que nos ofrece. Las casas están construidas con madera y los repetidos incendios no les disuaden de seguir empleando este material. Hay una calle de orfebres-joyeros y un barrio entero de caldereros. El obelisco que Teodosio mandó trae desde Egipto para colocarlo en el hipódromo de Constantinopla, tenía a unos pocos metros una réplica hecha por los griegos y entre ambos se hallaba la columna Serpentina que Constantino había hecho traer desde el templo de Apolo en Delfos. La cisterna de Filoxeno fue construida para abastecer de agua a la ciudad, pero cuando la visita Alí es ya una hilatura de seda y hoy un restaurante. Hay, dice Alí, un mercado que no pudo visitar donde se “venden a las mujeres blancas y negras”, un barrio para los cristianos griegos, llamado Fanar, y cuyas casas no pueden ser pintadas más que de colores oscuros.Antes de salir hacia la capital del Principado de Valaquia, Alí nos deja unas deliciosas páginas sobre la cuchara de madera que cuelga del bonete de ceremonia de los jenízaros, el sultán turco, Gran Señor, y la situación del Imperio Turco.

Cuatro años ha durado el viaje. Muchas cosas nos han contado Domingo Badía y Roger Mimó, pero lo mejor es quizás que esto no acaba aquí, que hay otro par de viajeros españoles que durante el siglo XIX recorrieron África: Caid Ismail y el Moro Vizcaíno. Nos dejaremos guiar por ellos.

miércoles, 10 de julio de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (III)


 
Recordaremos que fue el 13 de octubre de 1805 cuando Alí subió en Larache a bordo de la corbeta del sultán. A mediodía del 16 atravesaba el estrecho de Gibraltar, el 28 dejaba a la izquierda la roja isla de La Galita frente a la costa tunecina, Lampedusa unos días después tras rebasar el cabo Bon y, tras una violenta tormenta que desvía la nave, las bajitas islas Kerkena. El 11 de noviembre Alí desembarca el Trípoli y es recibido por el pachá de forma muy afectuosa, aunque el hecho de que Alí no salga de casa, nos hace sospechar que está siendo vigilado. La singularidad de las casas tripolitanas está en los dos estrados situados en cada extremo de la estancia principal, de unos ciento treinta centímetros de altura con balaustrada y portezuela; sobre estos estrados se coloca el lecho de los adultos y de los niños y su parte baja sirve de armario donde guardar todas las pertenencias. Trípoli cuenta con siete mezquitas y tres sinagogas. Los judíos son infinitamente mejor tratados que en Marruecos. Los moros tienen reservadas dos cárceles y hay una tercera para los turcos. Los cristianos poseen una capilla con una pequeña campana que es servida por miembros de la Orden Tercera de Roma (la orden seglar de los franciscanos), a la que por cierto dicen que perteneció Cervantes.




Alí embarca para Alejandría el 26 de enero de 1806 a bordo de un velero turco en unión de “mis gentes y mis equipajes”, lo que significa que en Trípoli se ha hecho con un nuevo séquito, pues el anterior quedó en Larache. El capitán pierde el rumbo y el barco arriba a la isla de Sapienza, frente a la ciudad de Modona, en el Peloponeso, que por aquel entonces era turca. Alí saca una mala impresión de la ciudad hasta el punto de referirse a ella como “una morada infernal”. El dueño de la ciudad es un hombre rico y de aspecto rudo llamado Mustafá Shaux que va siempre armado con dos enormes pistolas.

De nuevo a la mar el 21 de febrero, pero la intemperancia y el gusto por el vino del capitán convierten a Alí en piloto de la nave. El 3 de marzo Alejandría está a la vista, pero justo en el momento de enfilar puerto se desencadena una furiosa tormenta que devuelve el barco a alta mar. Es difícil entrar en el puerto de Alejandría, hasta tal punto que el capitán termina fondeando en Limassol, la segunda ciudad más importante de Chipre. Era el 7 de marzo de 1806. El barco hacía aguas por todas partes, el pasaje y la tripulación tenían el aspecto de quien está a punto de expirar, turcos y griegos huyeron espantados del aspecto de la nave y sus ocupantes. Alí viaja por Chipre hacia el noreste, visita Tokhni pueblo formado por “dos colinas, habitada una de ellas por los griegos y la otra por los turcos. Entre ambas fluye un riachuelo bajo un puente de un solo arco, encima del cual se yergue la iglesia de los griegos, dedicada a santa Helena”. Se detiene después en Kornos, un pueblo de alfareros y cipreses. La ciudad de Nicosia, la capital, tiene tres puertas llamadas de Pafos, de Kyrenia y de Famagusta. A la antigua catedral de Agia Sofía los turcos le han añadido dos alminares y unas mamparas de madera en el interior a modo de quibla, para convertirla en mezquita. Alí que entre los marroquíes se hacía pasar por turco, entre los turcos simula ser marroquí.  La visita a Quitaría es decepcionante, Alí la confunde con la patria de Afrodita, Citera. Dos cosas le llaman la atención al catalán: el espeso bosque de moreras que inunda la comarca y las ruinas de un extraño palacio construido en lo alto de una gran roca, conocido como el “palacio de la Reina”. Alí imagina y pide que no se le saque del engaño. Nosotros respetaremos los “fuertes vientos” de esa voluntad.


El 23 de abril Alí parte de Limassol, toma dirección suroeste, quiere visitar la zona de Pafos. Otro intento de hallar el lugar de nacimiento de Afrodita: “Llegué a Kouklia, antiguo palacio que se yergue sobre una colina muy alta. Los habitantes estiman que este lugar era el jardín… de la reina Afrodita”. El laberinto de ruinas formado en torno a Pafos (Palea Pafos y Nea Pafos), se sucede en el interior del triángulo Ktima, Baffa y Koukia: grutas, cavernas, catacumbas, columnas de mármol gris, ciclópeas hiladas de piedra. Se mezclan los siglos: los Ptolomeos de Egipto, los procónsules romanos, el imperio Bizantino y los cruzados, todos esparcidos por el suelo.


El 12 de mayo de 1806 Alí Bey llega a Alejandría. El jeque Ibrahim Pachá sale a recibirlo. La ciudad atraviesa una época de total decadencia y lleva años sumergida en una constante lucha entre los mamelucos y el pachá turco. La Alejandría que conoció Alí Bey no duró más que unos años: en 1882 la flota inglesa someterá la ciudad a un intenso bombardeo iniciándose el protectorado británico de Egipto. Las casas de Alejandría tienen diván y aljibe. Para el transporte se utiliza en la ciudad un pequeño asno o burro de poco más de un metro de altura (más pequeño que el conocido en España como asno de las Encartaciones autóctono del País Vasco), el cual trota tan rápido como un caballo. Alí tuvo la oportunidad de contemplar la pareja de obeliscos conocidos como Las agujas de Cleopatra  situados en el extremo oriental del puerto de levante. Hoy, como es sabido, están uno en Londres y otro en Nueva York. Sí permanece el Alejandría, la famosa y espectacular Columna de Pompeyo, cuya grandiosidad Alí solo percibió cuando se halló frente a ella, pues aislada en un alto como está, el propio cuerpo del espectador es la única medida posible. La visita de Alí a los baños de Cleopatra no puede repetirse hoy por haber desaparecido.


El 30 de octubre de 1806, cinco meses y medio después de llegar a Alejandría, Alí se embarca en una yerme, embarcación descubierta y movida por vela, con la que se adentra en el Nilo. En la primera curva del río se encuentra el fuerte Julián famoso por haberse hallado en su interior la piedra Roseta, que debe su nombre a la homónima localidad situada en sus inmediaciones. Aquí, como en Alejandría, y al contrario que en Marruecos, las casas están cubiertas de ventanas que se protegen con celosías de madera. Con frecuencia el curso del Nilo exige descender de la nave y utilizar la tracción humana. Catorce alminares contó Alí al pasar por Fuwa y admiró espectaculares palomares de seis metros de altura encima de las casas en Zauia. El 10 de noviembre Alí desembarca en El Cairo. Allí se encuentra con Mulay Salama, hermano de Mulay Solimán, el sultán de Marruecos y también con el pachá Mehmet Alí que gobernaba Egipto en nombre del sultán turco y que acabó por convertirse en el fundador del Egipto moderno. En Masar, que es el nombre árabe de Egipto y de su capital, se hallan la espléndida mezquita Al Azhar con sus tres minaretes, la mezquita El Hassanein o de los dos Hassan en la que se veneran los restos de uno de los nietos de Mahoma o la del sultán mameluco Hassan ibn al Nasir, donde la sala hipóstila ha sido sustituida por bóvedas y cúpulas. Alí visita las pirámides de Guiza; no había en aquel momento histórico demasiado interés por estos templos funerarios, la piedra Rosetta acababa de ser descubierta y nadie podía imaginar que en un futuro estas piedras darían de comer a casi tres millones de personas. Naturalmente que tampoco existía la presa de Asuán por lo que era el nilómetro el encargado de marcar la futura abundancia o escasez. Desde lo alto de un monasterio griego Alí alcanza a contemplar la pirámide escalonada de Saqqara y otro copto donde se asegura que la familia de Jesús encontró asilo en su huida a Egipto.

sábado, 25 de mayo de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (II)






Después de cruzar el río Tensift a través de un puente de veintisiete ojos, se llega a Marrakech. Un firmán del sultán convierte a Alí en propietario de una rica finca de recreo llamada Semlalia en las afueras de Marrakech y de una casa conocida con el nombre de Sidi Benhamed Dukali. El sultán no quiere perder el afecto de Alí y le sugiere que pase unos días de descanso en Essaouira, Mogador como la conocen los portugueses. La expedición es tan numerosa que exige de cinco tiendas: Alí viaja con sirvientes y escolta. Cerca de Essaouira, Alí atraviesa un bosque de arganes, ese “precioso árbol que se multiplica por sí mismo”, que se ha hecho famoso por su aceite y que tanta importancia tiene en la cultura bereber. La vida en Essaouira es triste y aburrida, la ciudad está rodeada por un desierto  de arena móvil y en el otro extremo, en la mayor de las islas Purpúreas, hay una prisión. Los hombres se entretienen con escaramuzas y carreras de caballos. Uno sospecha que Alí ha ido a Essaouira a conspirar y así parece deducirse de la fiesta y agasajo que recibe de los pachás de Haha, Chiadma y Sous y de la rapidez con que retorna a Marrakech.
La antigua capital del imperio tiene diecisiete kilómetros de murallas. Muchas de sus calles son tan estrechas que apenas puede pasar un caballo y, desnudas de pavimentos, durante buena parte del año están cubiertas de polvo o de lodo. El alminar de la mezquita almohade Koutoubia es el símbolo de Marrakech y debe su nombre a las librerías que la rodeaban. Tiene Alí la oportunidad de conocer a uno de los dos santones más importantes, se trata de Sidi Alí ben Hamed que con el dinero de las donaciones que recibe compra “armas para los defensores de la fe que le acompañaban”. Resulta evidente la influencia de santos como Sidi Alí y con ellos tuvo tratos Alí Bey para formalizar una alianza con España.


La judería se sitúa muy próxima al palacio del sultán y en ella viven unos dos mil judíos en régimen de esclavitud: son tratados con desprecio y obligado a andar descalzos. Hay orfebres, hojalateros, sastres…
Se refiere Alí a los beréberes como los “árabes montañeses” por referencia al Gran Atlas, los cuales emplean un lenguaje que es distinto del árabe con varios dialectos y por esta razón les augura una desaparición cultural que no se produjo por la intervención francesa, tal y como apunta Mimó en sus notas.
Cinco meses de enfermedad tuvieron a Alí retirado en su finca Semlalia (según Mimó puede deberse a una estratagema que le permitiera ganar tiempo ante las nuevas órdenes recibidas de Godoy). El sultán llega a Marrakech después del eclipse de luna del 15 de enero de 1805, “el sultán nunca permanece mucho tiempo en un mismo lugar”, la causa esté quizás como sugiere Mimó en el escepticismo del pueblo. Las páginas siguientes han de releerse entrelíneas: la conversación de Alí con el sultán, el regalo de dos mujeres enviadas por este, la salida hacia la Meca de aquel, las lágrimas de la despedida… Son de lo mejor.

La digresión que Alí hace a continuación sobre la casa reinante en Marruecos nos permite conocer alguna de sus peculiaridades. Quizá la más llamativa sea las sucesivas guerras civiles que tienen lugar cada vez que el trono queda vacante, pues no hay fijada una norma sucesoria. Remediarlo mediante la aprobación de una constitución, es uno de las misiones de Alí. Así por ejemplo, sólo en la región de Tafilalet cuya capital es Mequinez hay no menos de dos mil jerifes que creen tener derecho al trono. El sultán no tiene más ejército que su guardia personal compuesta por moros llamados Udayas por la tribu a la que pertenecen, y negros esclavos “conocidos bajo el nombre de El-Bujari”, porque estos prestan juramento de lealtad sobre el libro de hadices recogidos por el erudito musulmán.


Alí viaja hasta Fez siguiendo la misma ruta de la ida, es decir, haciendo escala en Rabat. Alí permanece en Fez mucho más tiempo del que parece necesario para preparar el viaje, un mes y medio. Estaba esperando la llegada de notificáis de Godoy y la entrada de tropas del jeque de Boujad. El 30 de mayo de 1805 Alí sale en dirección hacia Argel, pero planta la tienda en sus proximidades para seguir la costumbre árabe de no alejarse mucho del lugar de partida en el primer día de viaje. El camino transcurre por el “corredor de Taza” que es, como nos advierte Mimó, la puerta natural de salida y entrada al territorio por el este, entre las  cordilleras del Rif y el Atlas Medio. Al manantial de Sidi Yahia, muy próximo a Oujda, se llega después de atravesar el desierto de Angad. La proximidad de Melilla y la posibilidad de recibir armas y hombres para la revuelta, justifican los ocupados días de Alí en la ciudad. Donde sí hubo rebelión fue en la cercana Tlemcen, ya en Argelía. Un enviado del sultán le obliga a permanecer cuarenta días en Oujda, tras los cuales Alí debe ser conducido hasta Tánger por dos oficiales y treinta udayas de escolta. El itinerario no es el acostumbrado y más de cuatrocientos árabes armados esperan a Alí en el camino. Los escoltas desaparece y el desierto convierte la huída en una tragedia de la que logra salir con vida gracias a la suerte. A Taza llega Alí el 8 de agosto de 1805. El 16 en las inmediaciones de Alcazarquivir, dos oficiales del sultán le revelan a Alí que su destino ya no es Tánger, sino Larache, ciudad que había sido española en los tiempos del Quijote. En octubre una corbeta recoge a Alí y lo traslada hasta Trípoli. Sin embargo…, todo su séquito queda retenido en tierra por orden del sultán que quiere asegurarse de que Alí se marcha sin llevarse nada. Alí llora, sabe que no volverá.

martes, 19 de marzo de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (I)






En el fortín de Qelat Daba, cerca de Amman, está la tumba de Alí Bey. Domingo Badía Leblich había nacido en Barcelona, más concretamente en el interior de la Ciudadela levantada por orden del primer Borbón español, pues su padre era el secretario del gobernador. Corría el año de 1774 y tan sólo siete años le duró a Domingo Badía su catalanidad, con esa edad abandonó Barcelona y nunca más regresó. Roger Mimó asegura en el prólogo que Badía era culto en extremo, testarudo, soñador e irresponsable, bonapartista, ilustrado por el siglo que abandona y romántico por el que estrena.

Y capaz, capaz de adaptarse a cualquier situación. Cuando Alí Bey regresa de su viaje en 1808, la situación que encuentra en España es muy distinta de la que existía cuando se despidió del “Príncipe de la Paz” (Godoy). Los bonapartistas no dudan en apoyar la publicación de los textos que Badía había recogido durante su largo viaje y le prometen la adquisición de doscientos cincuenta ejemplares de su obra. Sin embargo, cuando aún no se había publicado, la monarquía tradicional es restaurada en Francia en la persona de Luis XVIII. Badía teme perderlo todo y no duda en cambiar la dedicatoria: “Al Rey” en lugar de “A Bonaparte”. Naturalmente que el texto se publicó en francés.

Alí Bey es el “religioso, príncipe, doctor, erudito, jerife (que lleva sangre del Profeta), peregrino, hijo de Osmán, príncipe de los Abasíes (descendientes de Abbas, uno de los tíos de Mahoma)”.

El estrecho de Gibraltar, el eslabón que une “los dos extremos de la cadena de la civilización”, ¿qué mejor sitio para comenzar o terminar? Tánger. Alí Bey, recién llegado, sustituye sus ropas europeas por la almalafa o jaique, una gran sábana con la que cubrirse desde los hombros a los pies. Hay que rasurarse porque es viernes y los hadices de Mahoma exigen no dejar más pelo que el de la barba. Alí es (se finge) turco y las costumbres de Marruecos son algo distintas.  

La circuncisión es una fiesta para todos y el morabito situado a las afueras de Tánger se llena de familiares y amigos, las mujeres ululan, hay soldados, caballos y una banda de seda ciñe la cabeza del niño. El alboroto, los alaridos y una música estridente y disonante no deja oír los gritos de la víctima que es curada con alumbre e hilas.

Los moros en la época que nos describe Alí Bey daban muy poca importancia a la infantería en la guerra y por eso los relevos son simples ejercicios y las guardias se hacen sentados y sin fusil. Todo lo cifran en la caballería y Tánger está llena de caballos.


El caíd es el gobernador y administra la justicia penal, no hay más sentencia que la verbal y se ejecuta inmediatamente. El juez civil es el cadí. Los moros comen sentados en el suelo alrededor de una mesa y mencionan a Dios al comenzar y al terminar; lo hacen con la mano derecha directamente del plato común, el cuscús es la base de la alimentación. La carne o el pescado se suele aderezar con perejil, apio y cilantro. A la novia la llevan dentro de una cesta cubierta hasta la casa del futuro esposo y al muerto en unas parihuelas. El cadáver es llevado deprisa al cementerio, se queda esperando en el exterior de la mezquita mientras concluye la oración y es enterrado sin ataúd; es una forma de espantar al ángel de la muerte.

Los judíos en Tánger no tienen barrio aparte y este hecho incrementa la humillación y el maltrato de que son objeto. Visten de una forma especial que permite su identificación, se ven forzados a caminar descalzos la mayor parte del tiempo y han de rendir vasallaje a todos los musulmanes. La poca habilidad que los moros tienen con las manos hace que sean los judíos quienes se ocupen de la artesanía.

Roger Mimó en la tumba de Alí Bey
Roger Mimó nos explica la misión que llevaba Alí Bey en 1803 cuando llegó a Tánger, y que, naturalmente, no aparece en el libro. España necesitaba  que el sultán Mulay Solimán autorizara la exportación de granos hasta España. Alí Bey debía o bien convencerlo o bien derrocarlo. Y ello explica sus esfuerzos por ganarse la confianza de las autoridades tingitanas.

En África hay dos Nilos: el del Cairo y el de Tombuctú. Dos también son los panes que, envueltos en una bolsa de tela de oro y plata, envía el sultán a Alí Bey. Es un símbolo de fraternidad. Pero la aproximación entre ambos ha sido mérito de la ciencia. Días después Alí Bey sale para Mequinez y Fez.

Ríos anchos, sinuosos, de escarpadas orillas. Refugios naturales “muy adecuados para la defensa”. Tierras donde plantar castillos. El Loukos, el Sebou, el Rdom. El margen derecho de este último nos conduce hasta Mequinez. A una sola jornada está Fez.

Al-Karaouine
En Fez hay más de doscientas mezquinas, sus calles, extremadamente angostas, son oscuras y sucias. Al-Karaouine es la aljama de Fez, pero la más frecuentada es la dedicada al sultán Mulay Idris a quien se atribuye la fundación de la ciudad y uno de los lugares más sagrados de Marruecos. Por la mañana los baños son de los hombres, por la tarde de las mujeres y por la noche de los ricos y de los genios o duendes (yenún). Algo de yin (singular de yenún) tienen las cigüeñas que “muchos creen hombres de unas islas lejanas que, en una determinada época del año, toman la forma de pájaros para venir aquí y que en el momento adecuado regresan a su país donde recuperan la forma humana hasta el año siguiente”. Nos mueve a la incredibilidad que Alí Bey asegure haber hecho entrar en razón a alguno de los sabios sufíes de Fez. Parece pecar también de cierta exageración, y así lo pone de manifiesto Roger Mimó, el pobre panorama cultural que describe. El 13 de enero de 1804, la tierra tembló bajo el suelo de Fez; el epicentro del terremoto se situaba en la costa española.

Alí Bey se aloja en casa de Haj Idris, el almocadén que se encarga de la administración de los bienes que lo fieles donan al sepulcro de Mulay Idris. El enfado de Alí con el sultán parece razonable, al parecer éste trata de retener a nuestro Alí en Fez nombrándole “pendulero imperial”, un trabajo aburridísimo. Por fin sultán llega a Fez y Alí, después de ciertas maquinaciones, logra entrevistarse con él. Alí, no hay que olvidarlo, es uno de los últimos ilustrados. Pero la ilustración no le exime de comportarse como musulmán, cuya cultura no ve con buenos ojos que un hombre de posición no tenga mujeres. Se ve Alí forzado a aceptar una esclava negra de nariz chata. Después del eclipse de sol del 10 de febrero de 1804, Alí parte para Marrakech, antes pasará por Rabat, es el 27 de febrero. En el camino los naranjales de Sidi Kacem, los beduinos del margen izquierdo del río Beht, un bosque de encinas que llega hasta la misma ciudad de Salé. Enfrente Rabat, infectada de piratas moriscos. Alí visita la necrópolis de Chellah, un asentamiento cartaginés en la desembocadura del “río de Rabat” que es como llaman los autóctonos al Bou Regreg.


El 10 de marzo, Alí emprende el camino de Marrakech. El itinerario es seguir por la línea de la costa hasta Azemmour para luego bajar en línea recta. Alí recoge plantas, mide la temperatura y la humedad, marca las coordenadas, describe el suelo y el cielo. Se detiene en Fedala (hoy Mohammedia) y en la vecina Al Dar al Beida (Casablanca), que por aquel tiempo no era más que “un pueblecito encerrado en una gran recinto de murallas” con un pequeño puerto. La alheña o henna es el cultivo de la zona entre el río Hawara y las proximidades de Azemmour, otra ciudad fortificada como la mayoría de la costa. Azemmour fue portuguesa durante algún tiempo y tiene un morabito dedicado a uno de los primeros sufíes de Marruecos. La atraviesa un río, el Oum er Rabia, uno de los más largos y caudalosos del país y sus aguas durante la época de las lluvias se tornan limosas, como las del Nilo.