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domingo, 3 de abril de 2016

El Ramayana.


Tan legendario como Homero resulta Valmiki, el autor del Ramayana, y es perfectamente posible que ambos fueran contemporáneos. Lo cual no deja de ser sorprendente en la medida en que estamos hablando de obras auténticamente emblemáticas, absolutos monumentos literarios.

El Ramayana, las aventuras del príncipe Rama, es la más pura representación del alma india, tan actual hoy como hace tres mil años. Esta contemporaneidad es fácil de entender: estamos ante un poema de amor. El príncipe Rama pertenece a la noble estirpe de los descendientes de la dinastía solar por la rama de Ayodhya. Primero Valmiki fue bandido, más tarde anacoreta, después se transformó en sabio y conoció la historia del príncipe Rama y su esposa Sita. Brhama, el creador, le prestó su ayuda para convertirse en poeta.


Todos los habitantes de Ayodhya eran felices y virtuosos. El afán de lucro era ignorado y con él también la pobreza. A la inconquistable Ayodhya la defendían los más valerosos guerreros mandado por el rey Dasharatha. El rey y todos los funcionarios y guerreros eran sumamente respetados. En ese país nadie mentía. Solo parecía existir un problema: la falta de descendencia del rey. Sumantra, el consejero del  rey, propone que se exponga el caso al sabio Rishyashringa que vive en el país de Anga, cuyo monarca es Romapada.

Tras la ceremonia, las tres esposas de Dasharatha concibieron. Kausalya dio a luz a Rama; Kaikeyi, a Bharata, y Sumitra trajo al mundo a los gemelos Lakshmana y Shatrughna. Rama, el mejor de todos, siente predilección por su hermano Lakshmana. Por su parte Bharata la tiene por el otro gemelo, Shatrughna. El gran sabio Vishvamitra acude a la corte de Dasharatha para que le ceda a su hijo Rama, el único capaz de acabar con los demonios Maricha y Subahu. Rama lucha con Taraka, la madre de Maricha. Después de acabar con la demonio, Vishvamitra enseña a su pupilo los secretos de las armas celestiales, con las cuales logra rechazar a los malvados Maricha y Subahu.

En compañía de su hermano Lakshmana y su maestro Vishvamitra, Rama acude a visitar a Janaka, el rey de Mithila. Por el camino, Vishvamitra le cuenta a Rama la historia de sus antepasados y del Ganges celeste, la Vía Láctea. Janaka tenía una hija, Sita, y un arco, Rudra, y decidió unirlos. Cinco mil soldados son necesarios para mover el arco divino, regalo al rey de Mithila de Varuna, el señor del océano. Rama tensa el arco de Rudra que se parte por la tensión y Janaka entrega a su hija al príncipe. Dasharatha y su corte asiste a la boda. Sin embargo, al regresar a Kosala un poderoso y temible brahmán, Parashurama, desafía a Rama. Con asombrosa facilidad Rama armó el arco de Vishnú que le ofreció el brahmán y la saeta reduce a nada las ascesis de Parashurama.


Doce años después, el rey decide dejar el poder en manos de su hijo Rama. Sin embargo, la reina Kaikeyi, la madre de Bharata, cae en la trampa de la jorobada Manthara y atribuye al rey una intencionalidad malvada que no poseía. Desharatha con inmensa desesperación accede a los deseos de su tercera esposa: el príncipe será Bharata y Rama partirá al destierro. No se marcha solo, su hermano y su esposa lo acompañan. No hay ni pena ni rencor en quien posee la virtud en grado tan alto como Rama. Su misión es salvar el honor de su padre a costa de renunciar a un reino.


Ayodhya, la inexpugnable, queda vencida y arruinada por la tristeza tras la marcha de Rama. Los tres desterrados atraviesan el río Ganges y el Yamuna, se internan en el bosque Dandaka y construyen un refugio en la colina celestina de Chitrakuta. Mientras tanto el rey Desharatha expira y los mensajeros tardan siete días en llegar al lejano país de Kekaya, donde se encontraban Bharata y Shatrughna. A su regreso Bharata queda horrorizado de la situación y, especialmente, del culpable, su madre, la reina Kaikeyi. El pueblo entero de Ayodhya encabezado por Bharata llega hasta la colina de Chitrakuta para pedirle a Rama que regrese. Sin embargo, nadie logra hacerle cambiar de opinión. Bharata reinará en nombre de Rama y para dejarlo claro coloca las paduka (sandalias de madera) de su hermano sobre el trono mientras él resuelve los asuntos sentado en los escalones.


Diez años y algún demonio después, los tres exiliados viven en Pañchavati, a orillas del río Godavari, un lugar muy parecido a la colina de Chitrakuta. Catorce mil demonios son abatidos por el arco de Rama. Ravana, el rey de los demonios, se encoleriza al conocer la derrota de su ejército y concibe la idea de secuestrar a Sita, la esposa de Rama, también conocida como Vaidehi o Janaki. Pese a la oposición de Jatayu, el rey de las águilas, Ravana logra conducir a Sita hasta su palacio de Lanka, pero no doblega su voluntad. En consecuencia, el abominable demonio ordena encerrar a la bellísima Janaki en el jardín Ashoka y le concede un período de reflexión de doce meses durante los cuales los miramientos se alternaran con las amenazas.


Los primeros signos de la desaparición de Sita, enfurecen a Rama por primera vez en su vida. El heroico comportamiento de Jatayu, la reina de las águilas, que muere en brazos del príncipe y las palabras sensatas de Lakshmana, acaban por calmar a nuestro héroe cuyo propósito inicial era la destrucción de los Tres Mundos. Pero la desesperación, “abyecta debilidad” del espíritu, regresa un día del mes de Chaitra en el bosque de Matanga. De nuevo es Lakshmana quien ha de restañar la dignidad quebrada de su hermano a quien recuerda que “es invencible el que sigue luchando”. El encuentro con Sugriva, el rey de los monos, le proporciona al príncipe de Kosala una prueba del secuestro de su amada Vaidehi. Sugriva vive en el exilio y sin la compañía de su esposa. Las mismas circunstancias en las que se encuentra Rama.


A los cuatro puntos cardinales envía su ejército Sugriva, después de que Rama le ayude a recuperar su reino de Kishkindha, con el fin de encontrar el rastro de Sita y su raptor. Cien mil monos sentados en la arena frente al mar esperan la muerte en medio de la desesperación después de haber recorrido el país entero sin encontrar el escondijo de Ravana. Alguien escucha sus lamentos: Sampati, la hermana de Jatayu. Su prodigiosa vista de águila alcanza hasta más allá del océano del sur, en dirección a Lanka (Sri Lanka), la isla donde está cautiva Sita. Hijo del viento, Hanuman, el jefe de las tropas, vuela como antaño lo hacían las montañas en dirección a la isla de Ravana con el pensamiento fijo en Rama.


Maruti, el otro nombre con el que es conocido Hanuman, se introduce en la ciudad de Ravana disfrazado de pequeño mono. Encaramado al carro de Ravana, el prodigioso Pushpaka capaz de volar a la velocidad del pensamiento, localiza el gran gineceo del ogro. Pero allí no encuentra a Maithili. Desesperado después de una búsqueda exhaustiva, Maruti repara en el jardín escondido tras unas altas murallas, es el jardín Ashoka. Allí, rodeada de ogresas infames, vive cautiva la princesa. Sin embargo, Hanuman, antes de partir para dar aviso a Rama del hallazgo de la princesa, decide destruir la ciudad de Lanka. Vence, uno tras otro, a los demonios y capitanes que Ravana le envía. Cuatro tigres feroces conducían el carro de Indrajit, el hijo mayor del rey de los demonios, desde el cual lanza contra Maruti una flecha mágica inmovilizadora. Las diez cabezas de Ravana se detienen a contemplar al enemigo vencido. Es entonces cuando Hanumann expone con toda sinceridad la naturaleza de su misión: Sita debe volver al lado de Rama.


¡Este mono está loco! Ravana ordena su ejecución. Vibhishana, el hermano menor de Ravana, lo impide. La vida del mensajero debe ser respetada. El castigo de prender fuego a la cola de un mono es una mala idea. Antes de regresar, Maruti incendia la ciudad del enemigo de Rama. En no menos de trescientos setenta millones de guerreros se calculan las fuerzas de Ravana. Pero un no menos poderoso ejército de monos y osos encabezado por Rama, Laskhmana, Sugriva y Hanuman, se dirige hacia Lanka para rescatar a la princesa secuestrada (es inevitable que el pensamiento se nos desvíe hacia el relato de Homero). Vibhishana es el único partidario de devolver a Sita. Tampoco Kumbhakarna, el más fuerte de los hermanos, está de acuerdo con el proceder de Ravana. Sin embargo, este último acepta quedarse en Lanka al contrario que su hermano Vibhishana que se marcha buscando la protección de Rama. No podía Ravana darse por vencido. Sobre él pesaba la maldición de Brahma, si tocaba a una mujer en contra de su voluntad la cabeza le estallaría, y su deseo hacia Sita es enorme.


Frente a frente los ejércitos se contemplan mutuamente, los rescatadores en la montaña Suvela y los ogros en el monte Trikuta. El campamento de Rama frente a la ciudad de Ravana. Los primeros combates dan ventaja a los sitiados e incluso Rama y Laskhmana son puestos fuera de combate por las saetas de Indrajit, el hijo mayor de Ravana y vencedor de Indra. El águila Garuda, el gran rey de todas las aves y montura de Vishnú, tiene que socorrer a los dos hermanos. Inmediatamente los capitanes de los demonios comenzaron a caer. Hanuman puso fin a la vida de Dhumraksha; Angada, el príncipe del  reino de Kishkindha, le cortó la cabeza al feroz Vajradamshtra; Hanuman repitió la demoníaca muerte con Akampana; Nila aplastó con una pesada roca la cabeza del jefe de las fuerzas de Lanka…


Ravana entra en liza y derrota sucesivamente a Nila, Hanuman y Laskhamana, pero resulta vencido por Rama. Humillado, el rey de los demonios tiene que retirarse. Le queda una última oportunidad: el gigante Kumbhakarna, el terror de los dioses. El problema era que el gigante dormía mucho y muy profundamente. Se necesitó una manada de mil elefantes para despertarlo. A punto de aplastar al ejército de los pueblos del bosque, Rama le cortó la cabeza al gigante con una flecha regida por Indra. Mahodara y Mahaparshva, los dos hermanos que le quedaban a Ravana, trataron de consolarle por la pérdida del gigante Kumbhakarna. Sin embargo, no tardaron también en morir. Indrajit es el último de los singulares héroes de los demonios que queda en pie. Ya antes había demostrado su enorme poder al dejar fuera de combate al mismísimo Rama. Hanuman primero y luego Vibhishana tuvieron que socorrer a los hijos de Dasharatha.


La muerte de Indrajit a manos de Laskhamana encolerizó a Ravana. Tan graves fueron las heridas que el rey de los demonios causó al hermano de Rama, que otra vez Hanuman tuvo que volar hasta el Himalaya para sanar sus heridas con las cuatro hierbas sagradas. A solas los dos grandes enemigos intercambias armas sagradas, pero la lucha parece desigual y los dioses envían ayuda a Rama que lucha a pie en clara desventaja con su enemigo que se mueve sobre el  prodigioso Pushpaka. La noche se acerca y todos saben que el tiempo de oscuridad es el mejor para un demonio. Rama recobra las fuerzas durante el tiempo suficiente para lanzar con su arco el proyectil de Indra que impacta contra el pecho del malvado Ravana. 


La especie de ordalía de Sita pasando a través del fuego parece responder a una suerte de religitimación post-secuestraria. Vibhishana, el nuevo rey de Lanka, pide a Rama que permanezca algún tiempo como su huésped, pero Rama tiene prisa por regresar a Ayodhya: han pasado ya los catorce años de exilio. Por fin, la corona de los Ikshvaku, los herederos de la dinastía solar, reposará sobre la cabeza de Rama. Pero la felicidad durará, muy poco, el tiempo justo para que los rumores sobre la pureza de la reina tras el secuestro comiencen a surgir. Rama repudia a su esposa Sita y la abandona al otro lado del Ganges.


Valmiki recoge y protege a la reina y a sus dos hijos gemelos. Lava y Kusha crecerán en el bosque y muchos años después se presentan ante Rama para recitar el poema que había compuesto su maestro: el Ramayana. Sita regresa, pero inmediatamente la diosa Dharani abre sus entrañas y deposita junto a su trono el más puro de los espíritus: su hija Sita. Rama llora y su rabia conoce límites. Brahma tiene que acudir para calmarlo.
Tras decenios de soledad y buen gobierno, la muerte llama a la puerta de Rama para descubrirle que su espíritu es, en realidad, el del gran dios Vishnú, la realidad absoluta manifestada y no hay, tal vez porque no sea posible, una unión posterior con el espíritu de Sita.  


sábado, 1 de marzo de 2014

El Mahabharata. El desenlace.



La restitución de su reino a los Pandava es un acto de justicia. Así lo entiende Krishna, su hermano Balarama y el gran guerrero Satyaki, llegados todos de Dvaraka; también se pronuncia en este sentido el rey Drupada, el padre de Draupadi. A fin de evitar la guerra Yudhishthira reduce sus derechos a la restitución de Indraprastha y cinco aldeas a su alrededor, pero Duryodhana rechaza la petición y desoyendo los consejos de su padre y de Vidura dice: “Estoy dispuesto a renunciar a todos mis posesiones, al trono, a la vida, pero no puedo vivir en paz con los hijos de Pandu. No les cederé ni la tierra que cubre la punta de una aguja”. Dhritarashtra, el rey ciego, el padre de Duryodhana, se levanta y se marcha en un profundo silencio. Krishna hace un último intento de paz que es rechazado y desvela a Karna su verdadero origen con el propósito de que abrace la justa causa de los Pandava, sin embargo Karna, el único capaz de enfrentarse a Arjuna, mantiene su fidelidad hacia los Kaurava.


Los Pandava designan comandante en jefe de sus tropas a Dhrishtadyumna, el hijo de Drupada. Duryodhana y los Kaurava nombran jefe de su ejército a Bhishma, el Venerable antepasado, quien dividido entre ambos contendientes, afirma que combatirá solo diez días y cada día abatirá a diez mil soldados, pero no se enfrentará con ninguno de los Pandava. Los dos ejércitos se dirigen hacia Kurukshetra, el campo de batalla sagrado. La batalla que durará dieciocho días y una noche es relatada por Sanjaya, el amigo y cochero real de Dhritarashtra, a quien Vyasa le dio el don de la visión celestial. Junto al estandarte del mono que ondea en el carro de Arjuna, Krishna contempla la pesadumbre del Pandava que ha de enfrentarse a sus propios parientes, a sus maestros y a sus amigos. Los dos ejércitos esperan a que Arjuna comprenda la sabiduría impregnada en las palabras de Krishna, es el conocido como Canto del bienaventurado, el Bhagavad Gita.


El primer encuentro entre ambos ejércitos es bello, después el polvo tapará al sol y los muertos cubrirán el campo. En el segundo día de combate el protagonismo se lo llevan Arjuna y Bhimasena, pues son tales los estragos que causan entre las tropas de los Kaurava que estas se ven obligadas a retirarse. Bhishma quiere vengar la derrota del día anterior y dispone sus tropas con la formación del águila. Yudhishthira adopta la defensa de la media luna. La corona de fuego de las flechas de Bhishma causa pánico y Arjuna se ve obligado a intervenir utilizando la terrible Mahendra que origina una lluvia cerrada de flechas sobre el ejército de los Kaurava. El cuarto día es una nueva derrota para los Kaurava, cinco de ellos mueren con la maza de Bhimasena. Bhishma lo sabe bien, Vishnú, el Señor supremo, está con los Pandava reencarnado en Arjuna y Krishna. Los suicidas Trigartas se lanzan contra Arjuna después de dos días de combates igualados. Es el séptimo día de lucha. A Bhimasena se le escapa por muy poco el gran guerrero Kritavarman y después es el mismísimo Bhishma quien ha de arrojarse del carro para no morir aplastado por la maza de Bhimasena. Los Kaurava parecen estar al filo de la derrota. En el octavo día los Kaurava son duramente castigados por Ghatokacha, el hijo de Bhimasena, y Duryodhana le retira a Bhishma su confianza. Su sustituto es el invencible Karna que hasta ahora se ha mantenido en la sombra. Es ya el décimo día, el último para Bhishma según él mismo predijo. Las flechas de Arjuna lo traspasan tantas veces que cuando se desploma no llega a tocar el suelo. Pero ni siquiera los ruegos de paz del venerable Bhishma mueven a Duryodhana a pactar con los Pandava.


Drona es el nuevo comandante en jefe de las tropas de los Kaurava. Aislar a Arjuna es la única estrategia posible. El duodécimo día los Kaurava consiguen una victoria significativa: dan muerte al hijo de Arjuna, Abhimanyu. El Pandava jura venganza contra Jayadratha, rey de los Sindhu. Gracias a Krishna, la cabeza de Jayadratha rueda a los pies de su padre lo que convierte a este en víctima de su propia maldición. El golpe siguiente lo dan los Kaurava, aunque a un alto precio porque Karna se ve obligado a utilizar la única arma capaz de matar a Arjuna, para acabar con Ghatokacha –el hijo de Bhimasena-. Drona, el invencible maestro de armas, acaba con Drupada y su hijo Drhishtadyumna, jura acabar con la vida del aliado de los Kaurava. Drona efectivamente muere, o por mejor decir, se deja morir, pero Yudhishthira se ve forzado a mentir por primera vez en su vida y el carro del justo “que siempre rodaba a cuatro pulgadas del suelo, desciende con estrépito y toca el polvo del campo de batalla”. Tal es la matanza que sigue a la desaparición del maestro Drona que su cuerpo no se encontrará jamás. Karna es el nuevo comandante de los Kaurava. Es el decimoséptimo de la batalla. En este día Bhimasena tomará venganza sobre el segundo de los Kaurava, Duhshasana, y Arjuna dejará de sin comandante a sus primos. Yudhishthira acaba con su tío el rey del país de Madra, Shalya. Al terminar el último día, de todo el ejército de los Kaurava, más de un millón de hombres, no quedan sino cuatro. El último combate lo protagonizan Bhimasena y Duryodhana. Balarama, el hermano de Krishna, reprocha a los Pandava el empleo constante de la astucia y el golpe bajo para derrotar a los Kaurava. Ciertamente es así, confiesa Krishna, pero de alguna arma ha de servirse la justicia para conquistar la victoria.


Krishna consuela al rey ciego y su esposa, Gandhari, y le acometen presentimientos funestos sobre el futuro de los Pandava. Ashvatthaman, el hijo de Drona, jura venganza por la deshonrosa muerte de Duryodhana. Le acompañan el maestro Kripa y Kritavarman. El plan de Ashvatthaman es atacar a los Pandava mientras duermen, algo vergonzoso para un verdadero guerrero. El intento resulta inútil y es entonces cuando Ashvatthaman se inmola en honor de Shiva. El sacrificio mueve a Vishnú, el Señor supremo, el Gran Dios, que hasta ese momento había estado al lado de los Pandava, a variar su elección. Ashvatthaman como un demonio extermina a todo el ejército, incluso a los hijos de los Pandava cuya descendencia queda así comprometida. Draupadi reclama el castigo del asesino, pero ya no correrá más la sangre porque Krishna y Vyasa (el abuelo de los hijos de Pandu), anticipan el castigo: “Durante tres mil años sin tener comercio con nadie en absoluto, sin compañía, vagarás por los desiertos, encorvado bajo el yugo de todas las enfermedades” y sin otro refugio que el bosque. Krishna augura que Uttarâ, la esposa del hijo de Arjuna, Abhimanyu, dará a luz a un niño que será rey durante sesenta años y se llamará Parikshit. Así los Pandava se prolongarán en el tiempo. El tiempo que calmará un dolor que es hondo, el de Dhritarashtra y Gandhari que han perdido a sus cien hijos y el de Yudhishthira que ha de tomar un trono manchado por la sangre de su hermano Karna, de sus primos y amigos. Bhishma que durante cincuenta y ocho días permaneció sobre un lecho de flechas esperando la muerte, mostró a Yudhishthira el camino del buen soberano. Los sacrificios hacen de Yudhishthira un hombre puro y un rey con el alma en paz. Krishna rescata de la muerte al único sucesor de los Pandava y le pone el nombre anunciado de Parikshit, “El que se prolonga”. Durante quince años Dhritarashtra fue objeto de la máxima consideración. Después pidió permiso a Yudhishthira para retirarse al bosque y dedicarse a la oración y la ascesis.


Sauti cuenta que Vaishampayana contó a Janamejaya la aparición a orillas del Ganges de los antepasados de los Kaurava y los Pandava y que treinta seis años después de la batalla de Kurukshetra, negros presagios volvieron a inundar la tierra. Y resultó que Krishna había abandonado su cuerpo después de que los dos clanes guerreros de Dvaraka, el reino de aquel, se hubieran exterminado luchando entre sí. Arjuna, el gran amigo de Krishna, celebró los ritos funerarios y recogió a los pocos habitantes que quedaban en Dvaraka, fundamentalmente mujeres, niños y ancianos. Un grupo de bandidos reveló a Arjuna que el tiempo había pasado y a duras penas consiguió salvar a una parte del convoy y llegar a Indraprastha. Poco después, seis peregrinos, los cinco Pandava y Draupadi, vestidos con pieles de gamo y cortezas de árbol, abandonaban Indraprastha camino del monte Meru, la montaña más alta, la morada de los dioses. Por el camino uno tras otro van muriendo. Queda Yudhishthira y un perro vagabundo que les ha acompañado durante el largo viaje. El dios Indra baja a buscar a Yudhishthira, pero este se niega a aceptar la invitación del dios si antes no se ocupa del perro. La virtud del Pandava la confirma su mismo padre que se había ocultado en el fiel animal.


El Mahabharata está construido con millones de imágenes apiñadas y el lector tiene la impresión de hallarse en un territorio de inmensa belleza en el que nada sobra porque todo lo abraza. Los héroes lo son en la medida en que construyen su propio universo y conocen que aquí lo que protege es protegido y lo que destruye es destruido. Hay, desde luego, un orden secreto que desde el principio se siente como universal, pero que solamente se construye en el interior del hombre. Tan inmenso y denso es el material narrativo de la epopeya india que el hombre actual, acostumbrado a la paja seca y áspera de la literatura contemporánea, se ve obligado a detenerse continuamente para construir rápidos relatos yuxtapuestos. El texto está plagado de soberbios sacrificios, de oscuros presagios y también de los más miserables sentimientos humanos, pero todo ello es tan sorprendente como familiar, tanto como las palabras apaciguadoras de Vidura que nunca son escuchadas. De eso, del hombre, de la vida, del destino, de la implacable maldad y de la inmarcesible misericordia, de un orden amenazado y de un arma todopoderosa, de una época de destrucción que lo es también de leyenda. El Mahabharata es omnímodo y para probarlo basta recordar la escena en la que Krishna prolonga indefinidamente la túnica de Draupadi para que esta no quede desnuda y pierda su dignidad. ¿No cabe ahí casi todo?

viernes, 14 de febrero de 2014

El Mahabharata. Kaurava contra Pandava.




Los hijos de Pandu crecieron felices, pero un día cuando Arjuna tenía catorce años, Pandu no pudo resistir su deseo y pese a la oposición de su esposa Madri que conocía la maldición yació con ella y Pandu murió. Madri lo acompañó en la pira funeraria y Kunti con los Pandava fueron recogidos por Bhishma que los condujo hasta Hastinapura para que se educasen con sus primos, los Kaurava. Anunció Vyasa a su madre Satyavati, la reina madre, que los días dichosos habían terminado y que los de sufrimiento estaban a punto de empezar porque los Kaurava sembrarían la destrucción. Satyavati y sus dos nueras, Ambika y Ambalika, se retiraron al bosque. Duryodhana, harto de ver a los Kaurava siempre superados por los Pandava, intentó envenenar a su primo Bhimasena, pero los Pandava decidieron pasarlo por alto. Poco después con ocasión de un torneo, Karna, el hijo de Kunti y del dios del Sol hizo su aparición, pero como había sido criado por un carretero, los Pandava los despreciaron y el astuto Duryodhana le ofreció su protección.


La trampa que inmediatamente prepara Duryodhana no acabó con los Pandava, pero sí los llevó a una precaria situación: fueron dados por muertos y tuvieron que vagar perdidos por el bosque. Recalaron los Pandava en el reino de los Panchala, cuyo rey, Drupada, había organizado un torneo para casar a su hija la bella Draupadi. Hasta allí llegaron también el hermano de Kunti, Krishna, junto con su hermano Balarama, de la familia de los Yadava, venidos desde Dvaraka. Duryodhana, el mayor de los Kaurava, no reconoció a los Pandava que se habían disfrazado de brahmanes. Nadie superó las pruebas hasta que se alzó Arjuna. Draupadi se convirtió en la esposa de cada uno de los cinco Pandava y se dice que cada noche volvía a ser virgen. Todo esto llegó hasta Hastinapura y los Kaurava fueron a quejarse al rey Dhritarashtra porque los Pandava no habían perecido en el fuego de Varanavata.


Buen momento este para intentar agrupas los apoyos con los que cuenta cada uno de los bandos, ya claramente perfilados. A los Kaurava se ha sumado Karna y Shakuni, tío materno de los Kaurava y por tanto hermano de Gandhari. Cuentan también con los tres fieles consejeros del rey Dhitarashtra, esto es, Bhishma, Drona –el gran maestro de armas que instruyó a los Kaurava y los Pandava-, y Vidura. A ellos hay que añadir a Kripa, el otro gran maestro de armas, y a Ashvatthaman, el hijo de Drona. El venerable Bhishma aconseja repartir el reino entre los Pandava y los Kaurava, opinión que mantienen los otros dos consejeros. Los Pandava con el apoyo del rey Drupada y su hijo Dhrishtadyumna y de la familia de los Yadava, porque Kunti pertenecía a la dinastía de Yadu, aceptan la división del reino y gracias a Vishvakarman, el maestro de obras universal, construyen Indraprastha, ciudad que muy pronto se hará célebre. Todo parecía en calma cuando Arjuna viola el acuerdo al que había llegado los cinco hermanos de respetar durante un año la alcoba matrimonial de Draupadi y ha de partir al exilio que se extenderá durante ocho años. En este tiempo Arjuna se casa con Subhadra, la hermana de Krishna, y da a luz a un niño llamado Abhimanyu y después regresa a Indraprastha.


En la batalla entre Agni, el dios del fuego, e Indra, Arjuna y Krishna apoyan al primero y obtienen de él dos armas maravillosa: el arco Gandiva, cuyo ruido siembra el pánico en el corazón de cuantos lo oyen, y el disco invencible Chakra que regresa a la mano después de matar a los enemigos. Maya, un demonio artista, construye para Yudhishthira, el primogénito Pandava, una incomparable sala de asamblea en Indraprastha y necesita de una gran hazaña para hacerse coronar rey de reyes. El rey de Magadha, el poderoso Jarasandha, secundado por el rey Shishupala, que se ha adueñado de la región central de la India después de haber hecho prisioneros a más de veinte reyes, y se comporta de forma contraria al código del honor, es el prototipo de la injusticia. Bhimasena, después de trece días de combate cuerpo a cuerpo, venció a Jarasandha, desgarrándolo en dos mitades. Obtenida así la gran hazaña, Yudhishthira manda recaudar los tributos necesarios para llevar a cabo el sacrificio real, el raja-suya, propio de quien se siente rey de reyes. Durante la ceremonia Yudhishthira distingue a Krishna, lo que irrita al rey Shishupala. Entonces Bhisma, el Venerable, relata la historia de Krishna que es Vishnú, el increado, el no-nacido, el perfecto. Shishupala no se deja convencer y comienza a insultar y a blandir sus armas como armas contra Bhishma y también contra Krishna. Este le perdonará cien veces y agotado este número le decapitará, para ello a Krisha le basta con pensar en Chakra, el disco invencible.

Terminado el sacrificio Vyasa regresó a la montaña Kailasa, la morada de Shiva, pero antes indicó a Yudhishthira que la muerte de Shishupala no había alterado los malos presagios. Duryodhana regresó a Hastinapura lleno de envidia por la riqueza y bienestar de sus primos. Vidura no puede evitar que el rey ciego acepte la propuesta de su hijo Duryodhana y los Pandava son retados a una partida de dados. Yudhishthira pierde primero todo su tesoro, luego todo su imperio, más tarde a sus propios hermanos y a él mismo que se convierte en esclavo de los Kaurava; solo le queda una cosa, su esposa Draupadi. La desdichada reina convertida ya es esclava, invoca a Vishnú, es decir a Krishna. Duhshasana, el segundo de los Kaurava, comenzó a arrancarle la ropa a Draupadi, pero Krishna iba añadiendo nuevos vestidos. La dignidad de Draupadi salva a los Pandava y el rey ciego, alertado por los pésimos presagios que traía Gandhari, acepta el consejo de Vidura: todo vuelve a su estado inicial, como antes de la partida, pero las humillaciones no pueden ser borradas.


Duryodhana no se conforma y torna a visitar a su padre, quien hace regresar a los Pandava para una nueva partida. En esta ocasión los perdedores habrán de abandonar todas sus posesiones y convertirse en ermitaños durante doce años, al cabo de los cuales habrán de regresar y vivir un año en sociedad sin ser reconocidos, sólo entonces recobrarán todos sus derechos. Los Kaurava harán trampas y los Pandava perderán. Los hermanos con su esposa Draupadi y un grupo numeroso de leales parten para el exilio, buscan la virtud, el desapego por las cosas de este mundo. Yudhishthira pronuncia los ciento ocho nombres del Sol y este le entrega un vaso que siempre estará lleno de comida hasta que Draupadi quede saciada, por esa razón el rey y su esposa siempre comen los últimos. Yudhishthira se inclina por el perdón, hecho que el resto de sus hermanos y Draupadi consideran inadecuado. Arjuna por consejo de Vyasa debe partir en busca de armas divinas que estén a la altura de su valía.

Armado con Gandiva, el arco invencible, y sus dos aljabas siempre llenas de flechas, Arjuna marcha hacia el Himalaya para encontrarse con su padre, el dios Indra. Shiva le entrega a Arjuna el arma Pashupata, invencible y única que puede ser lanzada con el pensamiento, con la vista y con el arco. Yama, el dios de la Muerte, le entrega su propia maza, aquella que nadie puede esquivar. Muchas otras armas le fueron cedidas a Arjuna y durante cinco años permaneció en la ciudad divina de Amaravati instruyéndose en el arte del manejo de las armas divinas. Antes de regresar con sus hermanos Arjuna acabó con los Nivatakavacha, una tribu de unos treinta millones de demonios.


Duryodhana, Shakuni y Karna, sabedores del lugar donde se encontraban los Pandava, acudieron con un numerosísimo ejército, pero acaeció que el lugar que habían elegido para acampar, lo habían ocupado los habitantes de las nubes guiados por Chitrasena, el maestro de danza de los seres celestiales. La derrota de los Kaurava fue tan severa que corrieron a pedir ayuda a sus primos. Yudhishthira olvidó las villanías pasadas porque “sacar a un enemigo de una situación apurada es todavía más hermoso que convertirse en padre”. Los Gandharva, los habitantes de las nubes, súbditos de Chitrasena, se burlaron de Arjuna cuando este les pidió que pusieran en libertad a Duryodhana, quien finalmente tuvo que prosternarse ante Yudhishthira para recuperar la libertad. Profundamente ofendido Duryodhana decide volver a Hastinapura, abdicar a favor de su hermano Duhshasana y ayunar hasta morir. Tal resolución preocupó a los espíritus de las tinieblas que veían como uno de los suyos se rendía. Comenzaron a adularlo con mentiras, le prometieron ayuda y convertirle en el dueño del mundo. ¿Quién puede negarse?

Próximo ya a vencer el plazo del exilio, Indra, el protector de los Pandava, se dispuso a arrebatar a Karna, aliado de los Kaurava, la armadura y los pendientes que le hacían invencible, pero el Sol, padre de Karna, advierte a su hijo de las intenciones de Indra. Karna entrega las prendas de su invulnerabilidad a Indra, pero a cambio exige de este la entrega de Shakti, el arma absoluta capaz de aniquilar a cualquier adversario, que Karna pretende emplear contra Arjuna.


Los Pandava eligieron el país de los Matsya donde reinaba Virata para pasar el año decimotercero, aquel en que no debían de ser reconocidos. Después de diez meses de tranquilidad, Kichaka, el comandante en jefe del ejército del rey, comenzó a acosar a Draupadi. Bhimasena acabó con la vida del villano. La violenta muerte de Kichaka levantó las sospechas de Duryodhana y mandó al rey de los Trigarta, Susharma, para que robara al rey Virata sus rebaños. Los Pandava, que están obligados a favorecer a su anfitrión, deciden intervenir aplastando los ejércitos de Susharma y haciendo a este prisionero. Pero Duryodhana aprovecha la ocasión para atacar por el otro extremo del país de los Matsya. En palacio no hay nadie más que el pretencioso hijo de Virata, Uttara, y un eunuco, cuya verdadera identidad se corresponde con Arjuna. El ejército de Duryodhana oyó la espantosa vibración de Gandiva y sufrió la acción de Sammohana, el proyectil que trae el sueño. Arjuna recupera el rebaño y después de infringir numerosas bajas al enemigo y cortar de las vestiduras blancas de Kripa y de Drona, de las amarillas de Karna y de las azules de Duryodhana, un trozo, abandona el campo de batalla ante la estupefacción de quienes lo tenían rodeado. Duryodhana se retira a Hastinapura. Virata entrega la mano de su hija Uttarâ al hijo de Arjuna, Abhimanyu. El exilio ha terminado.

martes, 4 de febrero de 2014

El Mahabharata. Los Bharata.

         


            Parashara, célebre ermitaño, seduce a Satyavati, hija de un rey de los pescadores, en el curso de la travesía por el río Yamuna. El ermitaño hace surgir una niebla tan espesa que ni la noche pudo atravesarla y sustituyó el olor a pescado de Satyavati por un embriagador perfume, razón por la cual pasó a ser conocida como Ghandavati, la perfumada. Fruto de sus amores nacerá Vyasa en una isla del mismo río Yamuna donde fue concebido. Fue apodado Dvaipayana: “El que nació en la isla”. Vyasa nace para crear el gran poema de la India con la ayuda de Brahma. Este concede su bendición a Vyasa y para su redacción le envía a Ganesha, el dios con cabeza de elefante famoso por la belleza de su escritura, hijo del Gran Dios Shiva. Es el Mahabharata.

           


          Sauti, el narrador, se presenta ante un grupo de sabios y ermitaños en el bosque Naimisha, dispuesto a confirma la sospecha que corre entre ellos. Sí, efectivamente, Sauti ha escuchado el Mahabharata de labios de Vaishampayana, discípulo de Vyasa, mientras se hallaba en la corte del rey Janamejaya. Un día el padre de Janamejaya, el rey Parikshit, causó una humillación al brahmán Shamika y el hijo de este maldijo al rey, anunciando su muerte por el veneno de la serpiente Takshaka. El rey Parikshit tomó mil precauciones pero en el último instante del plazo, Takshaka logra darle muerte enroscándose alrededor de su cuello.
           
La acción de Takshaka, el príncipe de las serpientes, puso en guardia al rey de las serpientes, Vasuki, quien preocupado por la reacción de Janamejaya, decidió asegurar el futuro de las serpientes casando a su hermana Jaratkaru con un asceta del mismo nombre. El hijo nacido fue llamado Astika, era serio, inteligente y virtuoso. Como era de temer Janamejaya se acordó de su padre y el gran brahmán de la casa real consigió que los súbditos de Vasuki fueran arrojándose al fuego gracias a un encantamiento. Takshaka se refugió junto al dios Indra, pero este ante la insistencia de los brahmanes acabó cediendo y fue la intervención de Astika la que evitó que el príncipe de las serpientes se precipitara en el fuego.
           

Cuenta Sauti estando en este sacrificio apareció Vyasa, tataraabuelo del rey Janamejaya, y este le ruega que cuente la historia de los Kaurava y los Pandava. El discípulo de Vyasa, Vaishampayana, asegura que lo que no está presente en el Mahabharata no existe en otro lugar. Janamejaya arde en deseos de escuchar la historia completa. Y dijo Sauti a los suyos cómo empezó Vaishampayana a cantar la epopeya de los Bharata.
           
La historia comienza con el rey Dushyanta, padre de Bharata, quien un día organizó una cacería, en el transcurso de la cual y al internarse por el bosque halló a una joven en el interior de una cabaña de ermitaño. La joven le cuenta que un santo ermitaño llamado Vshvamitra había adquirido tales poderes que el mismo rey de los dioses, Indra, se mostró preocupado y decidió mandar a la ninfa Menaka para que lo sedujera. La ninfa alumbró a Shakuntala que fue recogida por el sabio Kanva y criada en el bosque. El joven rey pidió a Shakuntala que fuera su esposa y esta aceptó con la condición de que su hijo fuera el heredero del reino. El hijo se crió entre los ermitaños y se llamó Bharata y reinó con tanta diligencia que fue tomado por modelo por sus sucesores, los Bharata, y por todos los habitantes del país, el país de Bharata.


 
El vigésimo segundo rey que sucedió a Bharata fue Shantanu, el Pacificador, que poseía la rara cualidad de devolver la paz a las almas, tal vez porque el sabio Mahabhisha había elegido a Shantanu para renacer en la Tierra, después de que un incidente en el cielo de Brahma condenara a Mahabhisha y a la diosa Ganga a descender adonde reina el sufrimiento.

La bella diosa del río Ganges, es decir Ganga, en su camino hacia la Tierra encontró a los ocho Vasu que también habían sido desterrados y para aliviar su sufrimiento obtuvieron de Ganga la promesa de que serían que arrojados al agua en cuanto nacieran, a excepción de uno de ellos que habría de quedarse en la Tierra.

Shantanu prendado de los encantos de Ganga acepta la condición que esta le impone para convertirse en su esposa: no hacer preguntas, pues aquella sabía que su compromiso con los Vasu no sería entendido por Shantanu. Mantuvo este su promesa hasta el nacimiento de su octavo hijo, momento en el cual ante el temor de que también este acaba en las aguas del río, faltó a la palabra dada y le pidió explicaciones a Ganga quien abandonó a Shantanu llevándose consigo a Devavrata, “promesa divina”, el hijo que no regresó al lado paterno hasta que se hubo convertido en un noble joven.

Devavrata renuncia al trono y al matrimonio, para que su padre, Shantanu, pudiera unirse a Satyavati, ya que el padre de esta, el rey de los pescadores, había impuesto como condición para permitir la unión que su nieto fuera el único heredero. Tan sobrehumano fue el sacrificio de Devavrata que desde entonces fue llamado Bhishma, “El terrible” y Shantanu lo bendijo diciéndole que viviría tanto tiempo como quisiera.


Shantanu y Satyavati vivieron muchos años felices y tuvieron dos hijos, Citragada, el mayor, que reinó poco tiempo tras la muerte de su padre, y Vichitravirya. Como a la muerte de su hermano Vichitravirya era aún menor, Bhishma se hizo cargo de la regencia y buscó esposa para su hermanastro. Vichitravirya se casó con dos hermanas, Ambika y Ambalika, hijas del rey de Kashi. Sin embargo, murió joven, víctima de la propia pasión que sus esposas despertaban en él, y sin descendencia. Satyavati rogó a Bhishma que olvidara su promesa de celibato y se uniera con las viudas de su hermanastro, pero Bhishma rehusó. Así pues, no le quedó otra solución a Satyavati que llamar a su hijo Vyasa y se cuenta que para recibirlo primero saludó al anacoreta con respecto y después al hijo con amor. Vyasa consiente en remediar el peligro de un reino sin rey y yace con cada una de las esposas de su hermanastro Vichitravirya. Vyasa no era atractivo y Ambika cerró los ojos cuando lo vio entrar en su lecho y no los volvió a abrir hasta que se fue. Vyasa dijo: “El hijo deseado nacerá, tendrá la fuerza de mil elefantes y será padre de cien hijos, pero será ciego por el pecado de su madre. Su nombre será Dhritarashtra”. La segunda esposa, Ambalika, no cerró los ojos, pero palideció y tembló cuando vio al rudo Vyasa. Su hijo se llamó Pandu y nació pálido y enfermizo. Styavati le rogó a su hijo que, dadas las circunstancias, volviera a yacer con la primera esposa. Ambika simuló aceptar, pero la noche del encuentro se hizo reemplazar por una sirvienta. Su hijo sería sabio entre los sabios y la gloria le sonreirá, se llamara Vidura. Así la satya-yuga, la edad de oro o edad de la verdad reinó sobre la ciudad de Hastinapura. Bhishma educó a sus tres sobrinos como si fuera hijos. Ni Dhritarashtra por ciego, ni Vidura por bastardo, podían reinar así que el elegido fue Pandu.

Dhritarashtra se casó con Gandhari, quien desde entonces se colocó una venda en los ojos diciendo: “¿Por qué voy yo a ver el mundo si mi marido no lo ve?”.


Pandu tuvo dos esposas, Kunti y Madri. Kundi ya tenía un hijo cuando se casó con Pandu, era el hijo de Vivasvat, el dios del Sol, su nombre fue Karna y nació recubierto con una armadura adherida a la piel. Karna fue criado por Adhiratha, la mujer de un carretero. La segunda esposa, era costumbre que el rey tuviera dos mujeres, fue Madri, pero temeroso el rey de que se repitiera la historia de su tío Vichitravirya, no pasó más de treinta días con sus dos esposas. Después partió a la guerra y como regreso victorioso fue apodado “el león de Hastinapura”. Sin embargo, poco después cayó sobre Pandu una extraña maldición: moriría se si acercaba a sus esposas como marido. Entonces Kunti recordó que tenía el poder de invocar a cualquier dios y primero llamó al dios de la Virtud, Dharma, y concibió a Yudhishthira que será un modelo de virtud entre los hombres; luego llamó al dios del Viento, Vayu, y el segundo hijo de Pandu se llamó Bhimasena, tan fuerte como un gigante; finalmente el invocado fue Indra y el tercer hijo se llamó Arjuna que será invencible. Madri se quejó y Kunti le transmitió la formula de evocación, así Madri concibió a dos gemelos, Nakula y Sahadeva, que por su belleza e inteligencia superarían a los gemelos divinos Ashvin. Estos son los cinco hijos de Pandu, los Pandava.

Por su parte Dhritarashtra tuvo cien hijos y una hija, todos nacidos del interior de ciento un calderos en los que Vyasa había introducido un trozo de carne cortada de una bola de carne desprendida del vientre de Gandhari. El primogénito Duryodhana trajo muy malos augurios y aunque el sabio Vidura le aconsejó que no le reconociera, Dhritarashtra no renunció a su hijo. Estos son los cien Kaurava.

domingo, 29 de diciembre de 2013

El Mahabharata. Los Kaurava y los Pandava.

                                                   Vshvamitra + MENAKA (ninfa)
                                                                      |
                                   Dushyanta  +  SHAKUNTALA
                                                      |
                                                  Bharata
                                                      |
         Parasha + SATYAVATI +  Shantanu (20º) + GANGA
                          |                       /        \                         |
                 (1)  Vyasa  Vichitravirya  Citragada     Devavrata·Bhishma



(1)
       Vyasa + {AMBIKA –criada- Y AMBALIKA} + Vichitravirya
                                  |             |                       |                          |
 Gandhari  +  Dhritarashtra      Vidura           Pandu (2)               Ø
                  |
   L O S   C I E N   K A U R A V A



(2)
   Vivasvat (*)  + KUNTI           +                      Pandu  + MADRI
        |                     /                    |                     /             |
Karna Yudhishthira (♠) Bhimasena (♣) Arjona (♥) Nakula y Shadeva (♦)
              ════ ═════ ═════ ═════ ═════ ═════ ════ 

                                    L   O   S       P   A   N   D   A   V   A


(*) Dios del Sol.
(♠) Hijo del dios de la Virtud.
(♣) Hijo del dios del Viento.
(♥) Hijo de Indra.
(♦) Gemelos hijos de los gemelos divinos Ashvin.







martes, 17 de diciembre de 2013

El Mahabharata.


De una obra universal a otra. De la Mancha a la India porque el corazón humano es el mismo siempre y en esa búsqueda eterna del misterio que nos envuelve, hemos decidido indagar en las grandes obras, aquellas en las que el hombre se ha dejado la piel. Epopeyas de hombres y dioses. La elección ha recaído en el Mahabharata. De los textos que están disponibles y son accesibles a nuestras limitadas pretensiones nos quedamos con el más reciente que se debe a Serge Demetrian publicado por la editorial Sígueme y que se basa en la tradición oral. Desde luego puede utilizarse cualquier otro texto.