lunes, 6 de febrero de 2012

Empezar a leer "Sinfonía para Sonia"


UNO

No podía creer que aquel rostro fuera el de ella, ninguno de sus rasgos la recordaba, ni aun la frente prominente y saltarina en otros tiempos, ofrecía ahora algo más que una tira de papel acartonado y macilento. No parecía posible que en tan poco tiempo, la enfermedad hubiera reducido su cuerpo hasta un estado que hacía difícil reconocerla. Sentí una lástima inmensa, un vacío redondo que me empujó hacia atrás. Giré la cabeza y lo vi mirándome, los brazos cruzados sobre el pecho, de pie, con un traje oscuro y una camisa blanca, sin corbata. Inspiró profundamente y se aproximó. Era él, Ernesto, el marido de Milagros. «¿Qué diablos hace aquí?» pensé extendiéndole la mano.
-Lo…, siento tanto que… -dije.
Tiró de mí. Me abrazó con fuerza, casi con rabia. Noté sus lágrimas mojándome el cuello y su aliento en la nuca. Mis manos en sus hombros esperaban. Después levantó la cabeza y me miró con la boca abierta. Él, sin embargo, no había cambiado nada, al menos en los tres últimos años, justo el tiempo que llevaban separados. Su aspecto era el de siempre, el mismo de aquel día en mi despacho cuando llegó para firmar el convenio de separación con un traje oscuro, una camisa blanca y sin corbata. Como ahora, casi igual que entonces. Le expliqué los términos del acuerdo: disponía de tres meses para abandonar la casa y recoger sus cosas, tiempo suficiente para encontrar algo en alquiler o compra; los chicos se quedaban con Milagros pero eran libres de convivir con cualquiera de los progenitores o hacerlo por su cuenta: su edad, veintiuno y veintitrés años, lo hacía aconsejable; no había pensiones, reproches y ni siquiera liquidación que realizar dado el régimen de separación de bienes. Le pregunté si tenía alguna duda. «No», me dijo, «sólo que me gustaría saber por qué se separa Milagros, no lo entiendo”. Naturalmente que no le contesté, esa no era cuestión mía, al menos no lo era como letrada. Me limité a indicarle dónde debía de firmar. En realidad yo tampoco sabía las razones que tenía Milagros para la separación. Lo que me había dicho era poca cosa. Que Ernesto era una molestia constante para ella y sus hijos, que cada uno llevaba mucho tiempo haciendo lo que quería y que de esta forma ella dispondría de más tiempo para los chicos. No pude evitar indicarle, que sus hijos tenían una edad en la que ya no necesitaban más que una palmadita en la espalda para animarlos a dejar el cobijo familiar. Pero Milagros lo negó. Seguían dependiendo de ella para casi todo. Continuaba lavándole la ropa al mayor, Domingo, que convivía con una mujer diez años mayor que él y, aunque hacía años que trabajaba en una empresa de embalajes, era Milagros quien atendía todas sus necesidades económicas. El pequeño, Jesús, haraganeaba en su habitación con el pretexto de unos estudios muy detallados sobre el arte culinario. Milagros me hablaba de un nuevo programa informático de platos virtuales que acabaría por convertir a su Jesús en un gran chef, y Milagros sonreía feliz, o casi feliz, porque, decía, «siempre hay algo que me preocupa y no me deja disfrutar». Eso de preocuparse en exceso era una de sus constantes quejas, y no le faltaban razones. Además de malcriar a sus dos desarrollados hijos, debía de atender a su madre, una anciana devorada por la diabetes que ocupaba el piso de abajo, viuda y ciega. El de arriba lo utilizaba Milagros y su hijo Jesús. Doña Mercedes vivía con Inés que la atendía y cuidaba. Tenían la misma edad y siempre habían estado juntas, era decía Milagros refiriéndose a Inés, «una reminiscencia del pasado, pero muy útil, porque mi madre, como esas damas antiguas, no soporta la soledad».
Ernesto cogió una de mis manos y se la aproximó a la boca. Sabía que no llegaría a besarla. Que en estas circunstancias no prescindiera de su engolada caballerosidad me indignó y alejé mi mano de sus pretensiones. Sus añejas normas de urbanidad movían primero a la sorpresa, luego a la hilaridad y más tarde a la incomodidad. Esa grandilocuencia ernestina obligaba a Milagros a disculparse continuamente utilizando pequeñas chanzas, coletillas aprendidas con los años y las situaciones. Muchas veces Milagros se quejaba de los problemas que la soberbia de Ernesto le causaba. Él no entendía que su mujer tuviera que disculparse por utilizar las más pulcras y honestas reglas de educación en sus relaciones con los demás. Solía Ernesto al tiempo de ser, siempre debidamente, presentado, inclinar levemente la frente y recitar unos agudos versos de no sé qué capitán español de los medalleros siglos. Imagino la turbación del recién presentado que tras alabar el conocimiento de los clásicos, emprendía una huída tan veloz como las circunstancias le permitían. En cualquier caso, las llamadas de atención que le dirigía Milagros caían en el saco roto de las enfermedades espirituales. Pasada esa primera impresión que Milagros llamaba «el sombrerazo», sobrevenía un escrutador silencio por parte de Ernesto, durante el cual sus diminutos ojos claros capturaban las palabras de los demás como objetos que giraran en el aire. Milagros lo miraba y buscaba una salida mordiéndose los labios. Ernesto necesitaba tiempo, un tiempo muy prolongado para que todo le llegara al pensamiento, por eso recurría a lo aprendido.
Temí que se molestara por mi gesto, pero no pareció notarlo. Se inclinó y me habló quedamente.
-Ha sido un caso de verdadera mala suerte, Sonia. Una de esas bacterias contra las que no hay nada que hacer.
-Entonces… ¿Nada tiene que ver con la leucemia?
-Estuve hablando con los médicos y, en su opinión, la leucemia no estaba curada y sus defensas no eran las de una persona normal, pero la causa de la muerte nada tiene que ver con la enfermedad de la sangre, ha sido una infección la que se la ha llevado.
-¿Una infección? Pero eso, eso es muy raro ¿no?
-Menos de lo que se piensa, querida Sonia. Sus constantes visitas al hospital, el transplante de médula ósea, las pruebas…
-Pero entonces se trata de una bacteria hospitalaria.
-Sí, eso creen los doctores. Al parecer, esas son las más peligrosas por su resistencia a los antibióticos.
-Ya…, comprendo. ¿Has hablado con los chicos?
-Sí, han salido fuera un momento; enseguida vuelven. Confío en que lo superarán.
-Claro, son jóvenes… ¿Y doña Mercedes?
-No sabe nada. Nadie se ha atrevido a decírselo. A mí no puede ni verme y los chicos… No sé si ellos… Quizás tú…
-¡¿Yo?!
-Sí, habíamos pensado que eso era lo mejor.
Negué con la cabeza mientras mis manos rompían a sudar. Arriba, allá en todo lo alto de la carpa, desnuda y a punto de dar el triple salto mortal desde un trapecio que oscilara de un lado al otro, no hubiera sentido tanto vértigo y desamparo. Miré a mi alrededor buscando algo a lo que aferrarme, un empleado del tanatorio entró por la puerta y Ernesto se disculpó. Hubiera dado cualquier cosa por cambiar mi identidad. Busqué una silla y me dejé caer. Desde allí los miré hablar. La desesperación de esa mujer cuando recibiera la noticia me sobrecogió. Y yo, precisamente yo, era la persona que debía comunicárselo. Era cierto que Ernesto no parecía una buena opción, Milagros había cargado las tintas contra él y doña Mercedes le reprochaba la poca atención que siempre le había dispensado a su hija. Sus nietos, los chicos de Milagros, ¿cómo iban a afrontar tan difícil situación?, carecían de habilidades para dar consuelo, para transmitirle un mínimo de entereza. Quedaba Sebastián, el hermano de Milagros, pero no cabía contar con él, muy probablemente ni siquiera lo hubieran avisado de la muerte de su hermana. Entonces caí en la cuenta de que yo misma disponía de su teléfono: había hablado con él varias veces después  del transplante de médula. Se prestó a ello con tanta naturalidad, que hasta me dio coraje la frialdad con la que Milagros lo recibió. Después de veinte años de ausencia deliberada, de haberse convertido en dos perfectos desconocidos, hasta el punto de que si se hubieran cruzado por la calle no se hubieran reconocido, resultó que la enfermedad del uno sólo encontraba curación en la sangre del otro, la misma sangre que recoloca la vida lastimando orgullos. Le pedí perdón no sé muy bien en nombre de quién ni para qué. Todo lo que me dijo fue que le acompañara a tomar un café. Y allí, de pie, en la barra de un bar de hospital se echó a llorar como un niño. Nunca he sabido consolar y me limité a esperar a que la emoción pasara. Pensé que se trataba de un sentimental y que, tal vez, yo me había excedido con las palabras. Removí el café e hice sonar la cucharilla contra la taza. Él pareció entender la llamada de atención y se disculpó. Me confesó que hacía tres meses había perdido a su esposa después de una dura lucha contra un cáncer y que los hospitales le causaban una profunda impresión. Eso estaba mejor, me dije, con el propósito de corregir mi pensamiento que había iniciado una búsqueda insidiosa. Lo acompañé hasta el coche, me pareció que realmente estaba afectado y le dije adiós con la mano desde la punta de las escaleras de acceso al hospital. Esa fue la primera y la única vez que lo vi. Después me telefoneó varias veces para saber la evolución de su hermana. Nunca se lo comenté a Milagros, temía su reacción. Y ahora ambos, doña Mercedes y Sebastián, madre e hijo, que no saben de la muerte de Milagros, reunidos los tres en mi pensamiento. Qué extraña la muerte, que une y separa; qué extraños los humanos que nada saben de las pretensiones de aquélla.
Salí y oí llorar a un niño, a un niño que pasaba junto a la fachada del tanatorio y pensé que Milagros ya no podía verlo pasar llorando, que tampoco doña Mercedes ni Sebastián lo verían pasar llorando. Entonces caí en la cuenta de que ni siquiera yo lo hubiera visto pasar llorando si Milagros no estuviera ahí dentro. Crucé la calle y entré en un bar. Me senté en una mesa y le indiqué al camarero que me trajera un café y un culín de güisqui en una copa grande. Por la ventana miré la calle vacía. Lo llamé cuando el camarero acabó de servir. No pareció sorprenderse por la noticia, pero su silencio me resultó dolido, sincero; dijo que haría todo lo posible por asistir al sepelio. Después me dio las gracias y se despidió. Removí el café y golpeé la cucharilla contra la taza y rompí a llorar.

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