viernes, 1 de julio de 2011

El dueño de sus ojos.


-         De dónde es usted –le pregunté.

-         De la luna –contestó ella.

-         ¡Ah!, ahora entiendo el color de sus ojos.

   No tenía previsto bajarme en esa estación. Pero hacía bastante calor dentro del vagón, y se anunció que el tren debía hacer un alto para reparar no sé qué cosa. Los viajeros nos lanzamos entonces al andén en busca de algún refresco, o para estirar un poco las piernas; supongo que cada cual tendría sus motivos. No me atreví a dejar la maleta sola en el tren y por eso me la llevé conmigo, como si fuésemos de excursión. Al cabo, me encontré entre la muchedumbre que proclamaba su indignación por el contratiempo, y aquellos otros cuyos trenes estaban a punto de partir o acababan de llegar; gente que se despedía, que se reencontraba, y gente a la que nadie esperaba, ni de la que nadie se despedía. A fin de cuentas, una estación es como la vida, cada cuál con el destino y la soledad que le tocaron en suerte.
   La encontré en el vestíbulo de la estación: me llamaron la atención su palidez y su forma de moverse, compulsiva y un tanto eléctrica. Destacaba entre el gentío, como lo hace una estrella que rutila en una noche oscura. No pude evitar observarla con detenimiento, y tuve la impresión de que aprovechaba el bullicio para poner en práctica un viejo plan que llevase mucho tiempo pergeñando.

   Sin quererlo me miró, y quedó inmóvil. Yo también la miré. Los ojos se entrelazaron silenciosamente, y una extraña fuerza la acercó a mí:


-         ¿Por qué has tardado tanto?

-         Perdón, ¿me habla a mí? –pregunté.

-         Sí, a ti. ¿Por qué te extrañas?

-         No, por nada. No estoy acostumbrado a que me hablen con tanta sinceridad.

-         ¿Qué llevas en la maleta? –preguntó.

-         ¿En la maleta?, pues verás: llevo medio mundo –contesté después de dudar durante un segundo.

-         ¿Y me lo puedes enseñar?

-         ¡Claro! -le dije-. Busquemos un lugar donde sentarnos.

  Nos sentamos en un banco que había cerca de allí, casi al final del vestíbulo y un tanto apartado. No dejaba de mirarme, y con algo de poca destreza abrí primero la tapa de la maleta en la que llevaba los muestrarios de los encajes y las puntillas.

-         ¿Ves? Esto de aquí son encajes de Paris, mira. Este es el muestrario que llevo para la venta al por mayor. Es el mejor género. ¿Sabes?, para ir por la vida es bueno llevar siempre lo mejor.

-         Y esto para qué sirve –preguntó ella, mientras se tocaba el pelo graciosamente.

-         Bueno, es para embellecer los vestidos y las ropas, y prácticamente cualquier cosa.

-         ¿También a mí?

-         No, no creo que tú lo necesites. Ya eres bastante hermosa; aunque no te vendría mal un poco de sol.

-         No me gusta el sol –contestó, un poco furiosa-. Me produce urticaria; además, ¡con el sol las cosas se ven tan claras!

-         De dónde es usted – le pregunté.

-         De la luna –contestó ella.

-         ¡Ah!, ahora entiendo el color de sus ojos.

-         ¿Y lo demás? –volvió a preguntar, señalando otra vez a la maleta.

-         Bueno, aquí llevo algunas muestras de la lencería más fina que se pueda encontrar. Es una cosa muy importante la lencería, ¿sabe usted? Es como el forro de las personas. Si uno lleva el interior bien vestido, todo lo demás es secundario.

-         ¿Puedo verlo?

-         ¡Claro!

    Abrí algunas de las pequeñas cajas en las que iban pequeñas bragas de seda y sostenes de color beige. Ella lo miraba todo muy sorprendida, como si nunca hubiese visto nada semejante.

  -    Dices unas cosas muy raras –me espetó.

-         Tienes razón. Es lo que pasa cuando se pierde la capacidad de hablar con la gente de lo cotidiano. Se empieza entonces la conversación con uno mismo que       no aporta nada, ni tan siquiera el alivio de hablar por hablar.

-         Pero me gustan las cosas que dices –y sonrió y me enseñó unos dientes pequeños y blancos, que la hicieron parecer más lunática aún. Manejaba entre sus manos uno de los sostenes más finos de la colección.

-         ¿Te gusta? -pregunté-. Puedes quedártelo, si quieres. Bueno, si es tu talla, claro.

    Me miró un rato queda, y acabó por decir.

-         Yo busco otra cosa. Quiero unos ojos como los tuyos.

-         ¿Mis ojos? Pero mis ojos ya tienen dueño –contesté aturdido.

-         ¿Son de otra mujer?

-         No, son de los pájaros.

-         ¿De los pájaros? ¿Qué quiere decir eso?

-         Pues que mis ojos no miran cosas de este mundo, sino de otros. De mundos   muy poco usuales y casi recónditos. No te servirían para nada.

-         ¿El qué?

-         Mis ojos.

-         Ni siquiera para mirarme a mí –preguntó otra vez, y ladeó la cabeza.

-         Para mirarte a ti, a alguien como tú, es mejor usar el corazón. Pero los ojos, los ojos es lo primero que se cansa. ¡Hay que ver tanto, sin quererlo!
   
   Entonces se mordió el labio superior, y se quedó un rato pensativa. Me cogió de la mano, y me dijo:

-         ¿Te marcharás?

-         Creo que sí, en cuanto arreglen el tren.

-         ¿Por qué no te quedas aquí, conmigo?

-         ¿Contigo? Pero… yo tengo que seguir con mis ventas. Mi vida depende de ello, quizá también la de mis clientas.

-         Yo te compro todo lo que llevas en la maleta – dijo.
   
   Desee mirarla, observarla en toda su rareza, y al cabo tuve la sensación de que aquellos ojos eran auténticos, de que aún estaban limpios. De que quizá en ellos se pudiese vivir. Ella sostenía la mirada y yo la correspondía, pero me costaba cada vez un esfuerzo mayor. ¡Que carajo, se estaba tan bien con ella, allí, en el banco, mirando su piel blanca y sus ojos de agua! Pensé entonces que era el momento de tomar una decisión, y por eso rememoré mentalmente lo que había sido mi vida y lo que debería ser después de aquello.
   Pensé, aun sin saber por qué lo hacía, en si yo tenía algo que ofrecerle, algo tan puro como sus ojos. La pena me invadió al descubrir que todos mis sentimientos estaban en búsqueda y captura, y que no me quedaba nada limpio con lo que hacerla feliz. La hubiese tiznado en apenas un segundo. Habría sido como coger un trozo de carbón con un pañuelo blanco recién planchado. Era inevitable.

   A ella no le gustó verme pensar, lo supe porque cuando volví a mirarla sus ojos ya se habían escondido. Unos ojos como esos se aburren pronto, y necesitan que la verdad los ilumine constantemente.
   Sonó un silbato y dieron el aviso. El Revisor sintió un gran placer al destrozar así la vida de la que gente, que comenzó a subir al tren como un rebaño acude al redil. De nuevo volvíamos a estar en sus manos.

-         Bueno me tengo que ir –le dije, mientras cerraba otra vez la cremallera de la maleta. Caí en la cuenta de que no sabía cuántas veces la había cerrado.

-         ¿Ya no volverás, verdad?

-         No lo creo. Tan sólo volvería para verte a ti, pero eso no es una buena idea.

-         ¿Por qué? –me preguntó con una tristeza nueva.

-         Por que no quiero ver como se te ensucian los ojos por mi culpa. Mira, toma esto  - le dije, y metiendo la mano en el bolsillo, saqué el anillo que Oriana me regaló el día en que mi felicidad ya no pudo crecer más. Desde entonces lo había guardado como el mayor de mis tesoros, y siempre solía tenerlo entre mis dedos cuando algo me turbaba, aunque nunca llegué a ponérmelo.


   Se lo alargué, y alcancé a decirle:

-         Es para que te acuerdes de mí.

-         Me lo pondré en los ojos, por si algún día vuelves –dijo ella.

-         No lo necesitas ahí, guárdalo en el corazón; como si tuvieses un amigo, un amigo de verdad. El único que te conoce.

   Me subí al tren y no pude ver qué fue de ella; la gente y cierto pudor no me dejaron. Sé que estaba loca, loca de amor. Y sé que se quedó allí un pedazo de mi vida junto a ella y su luz de luna. Por eso, cuando voy camino de mis negocios, y pasa el tren por la misma estación, me recuesto en la butaca y miro con serenidad por la ventanilla. Quizá algún día la vea del brazo de ese viajero que ella tanto deseaba encontrar: el dueño de sus ojos.


Autor: David Lentisco.

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