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sábado, 31 de diciembre de 2016

Mil y una noches. Volumen I




“Traerme tintero, papel y pluma de cobre”


De orígenes persa e indio, de originales árabes, de fuentes talmúdicas y del antiguo Egipto, las historias o cuentos incluidos en las Mil y una noches deben su existencia para Occidente al viajero francés Jean Antoine Galland (1646-1715), quien las conoció, tradujo y público a principios del siglo XVIII. Pero, como afirma Vernet –suya es la versión que seguimos-, allí no estaban más que una cuarta parte, aproximadamente, de las mil noches. Su éxito fue enorme, pues antes de terminar de editar los últimos volúmenes fue preciso reeditar los primeros.


Mucho éxito tuvo también en España la versión francesa del médico cairota J.C. Mardrus (1868-1949), traducida por Blasco Ibáñez, aunque es objeto de algunas  críticas por contener ampliaciones caprichosas y apartarse del original árabe.


El esquema o cuadro de rescate que  siguen muchos cuentos no se entiende sin el de aplazamiento que es donde radica el secreto del entretenimiento. Es sorprende lo que la repetición puede conseguir en la mente humana pues lejos de saciar la curiosidad la incrementa acumulativamente.



Los sasánidas eran persas y Sahriyar era un rey persa que dominaba parte de la India y de China. Su hermano Sah Zamán, era el rey de Samarcanda. El amor fraternal provoca, a veces, descubrimientos de alcoba. La libertina esposa de Zamán sucumbió. Pero la desgracia propia cede ante la ajena y es conjurada por esta. Sahriyar regresa ejecuta a su esposa adúltera y se venga con el resto: una mujer cada noche que termina en el cadalso. La hija del visir, Sahrazad, se ofrece para pagar el rescate de las hijas de los musulmanes. Una historia tras otra como una infinita hilera de hormigas que no sabemos si salen del hormiguero o vuelven a él.


El comerciante y el efrit es el primer relato de Sahrazad. El hueso de un dátil mata al hijo de un efrit. Nadie se pregunta cómo es posible que esto sea cierto, ni siquiera los familiares del comerciante al que el efrit ha permitido arreglar sus asuntos antes de ser ajusticiado. Tres jeques que hasta el lugar se han aproximado tratan de comprar la sangre del comerciante al efrit con tres narraciones. Así cada uno de ellos le cuenta una historia para salvar la vida del comerciante, de la misma forma que Sharazad le cuenta la historia al rey para salvar su propia vida. El primer jeque que está acompañado por una  gacela cuenta quién es esta y lo que hizo. El jeque de los lebreles y el de la mula hacen lo propio. Las historias satisficieron al efrit que accede a libertar al comerciante.



La tercera noche Sahrazad comienza el cuento del pescador y el genio. Un pescador pobre que echaba la red cuatro veces al día. En el último intento extrajo un jarrón de cobre del que liberó a un genio rebelde, un marid, el cual había sido encerrado en los tiempos de Salomón. El pescador consigue que el genio regrese al jarrón para volver a encerrarlo y librarse así de la muerte anunciada por el marid.  Sin embargo, el pescador se pone a contarle al genio el ①cuento del rey Yunán cuya lepra fue curada por el sabio Ruyán. El visir envidioso de los favores que el rey prodigaba al sabio quiso enemistarlos. El rey Yunán relata al visir envidioso el ❶cuento del halcón del rey Sindabad. A su vez el visir, como en un duelo de refranes, narra al rey Yunán el ❷cuento del príncipe y la rusalca. El rey quedó convencido de la razón del visir y mando llamar al sabio Ruyán para ejecutarlo y cuando el verdugo estaba a punto de cortarle la cabeza, el sabio, harto de que el rey no atendiera a sus ruegos, le pidió un tiempo para arreglar sus asuntos. Entre estos se encontraba el destino que habría de dar a un libro maravilloso. Al día siguiente el sabio llevó el libro al rey y pidió una bandeja donde habría de colocarse su cabeza después de cortada, la cual con ayuda de unos polvos y del libro hablaría a pesar de estar separada del tronco. El verdugo actuó y también la cabeza del sabio que ordenó al rey pasar las páginas del libro. Poco después el rey murió envenenado por la acción de la sustancia adherida a las páginas.


En la sexta noche el pescador está ya dispuesto a devolver al mar el jarrón, pero en el último instante el genio lo convence para que lo libere. En un lago con peces de colores podrá el pescador echar sus redes una vez al día. Este es el regalo del genio liberado. El pescador lleva los peces al sultán que lo recompensó con generosidad. Pero cada vez que la cocinera intenta cocinar los peces, una aparición frustraba el intento convirtiendo los pescados en negros tizones. Buscando el secreto de los peces, el sultán llega en solitario a un castillo donde una adolescente, mitad humano y mitad piedra, le cuenta la ② historia del joven de piedra. Conocemos que  cada uno de los colores de los peces representa a las cuatro religiones: los blancos son los musulmanes; los azules, los cristianos; los amarillos, los judíos y los rojos son los parsis (zoroástricos). Historia de encantamiento y descubrimiento.



En mitad de la novena noche Sahrazad termina un cuento y da comienzo al siguiente: Historia del faquín con las jóvenes. He aquí lo que la bella mujer carga en la espuerta del faquín: manzanas sirias, membrillo osmanlí, melocotones de Amán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, velas de Alejandría… Una escena un tanto obscena da entrada a tres monjes tuertos que tocan tres instrumentos: un tambor de Mosul, un laúd iraquí y un címbalo persa. En esto estaban los  siete, la compradora tiene dos hermanas, cuando se presenta en la casa, disfrazado de  comerciante, el mismísimo califa de Bagdad, Harún al-Rasid. Masrur, el verdugo, y Chafar, el ministro, acompañan al califa. La atmósfera y los sucesos son de los más extraños, pero todo tienen obligación de guardar silencio: “Nada diréis de lo que no os importa, pues si no oiréis lo que no os ha de agradar”.  Naturalmente que la promesa es quebrantada por la curiosidad y para salva el cuello se recurre, esta es una constante en la serie de Las mil y una noches, a la narrativa. La ① historia del primer saaluk (monje) antecede a la del ②segundo saaluk y esta a la del ③tercer saaluk. Hay en las tres historias una pluralidad de elementos comunes, pero quizás la pérdida del poder en un instante y el paso al exilio y la soledad sea la nota más significativa. 


Salvados todos por las historias de los saaluk, el califa ordena al día siguiente que las tres jóvenes comparezcan a su presencia. Naturalmente que ahora son ellas quienes han de contar: la historia de la primera ① joven y de las dos perras y la de la ② segunda joven y del misterio de los cintarazos. La tercera joven, la compradora que llevó al faquín a la casa, no tiene historia y tal vez por eso termina por casarse con el califa. Es inevitable pensar si no está Sahrazad haciendo un guiño a su señor. 



La historia de la mujer descuartizada la comienza Sahrazad en mitad de la décimo octava noche. Nos quedamos en compañía del califa Harún al-Rasid, de su ministro Chafar y Masrur, el verdugo, que salen por Bagdad para conocer lo que sucede. La aparición de una mujer descuartizada entre las redes de un pescador hace que el califa presione a su visir. Salvar vidas a cambio de historias es ya, a estas alturas, algo habitual. Con el ① cuento de Nur al-Din y su hermano Sams al –Dim, rescata el visir la sangre de su esclavo. ¿Basora, El Cairo, Damasco? ¿Y todo el mismo día? ¿Qué es esto? ¿Acaso Las mil y una noches? ¡Exacto! ¡Pobres mortales! La confusión es mayúscula cuando genios y sílfides se burlan de los hombres. Pero hay, sin embargo, una cierta coherencia. Está la viuda que espera en soledad la llegada de la familia del difunto, la víctima que encuentra consuelo en comer junto a su agresor y una escudilla llena de granada, almizcle y agua de rosas y, en especial, el que marca con una piedra la frente de su padre.


Refiere Sahrazad en la vigésima quinta noche la historia del jorobado, el judío, el superintendente y el cristiano que se anuncia más portentosa que la anterior. Una espina de pescado mata a un jorobado en la casa de un sastre. Pero el jorobado está dispuesto a morir las veces que sean necesarias para que el verdugo vaya pasando la cuerda por el cuello de un judío, un cristiano, un superintendente y, naturalmente, un sastre. Como todos comparecieron ante el sultán de la China y a este le gustaban las historias, preguntó a cada uno de ellos si habían oído una historia más prodigiosa. El primero en contar su relato es ① el cristiano, un copto egipcio. Un joven bellísimo natural de Bagdad hace ganar al cristiano mil dirhemes, pero cuando le invita a comer descubre que le falta la mano derecha. El ❶ bagdadí cuenta al copto cómo perdió la extremidad. No sabemos si es que la historia no le gustó al sultán o es que trataba de animar a los siguientes narradores. En todo caso el grito real fue: “¡Os voy a ahorcar a todos!”. El turno es ahora del ② superintendente que cuenta una historia oída a un hombre al que le  faltaban los pulgares de las manos y de los pies. Le toca el turno al ③ judío que cuenta una historia sin mucha garra, por ello no extraña que el sultán se enfade y reafirme su voluntad de colgarlos a todos a no ser que el sastre… Refiere el ④sastre lo que le ocurrió a un joven comerciante muy rico cuando decidió llamar a un barbero antes de ir acudir a un encuentro amoroso. El barbero, conocido como el Taciturno, parece un tipo inteligente y generoso y el sultán de la China lo hace llamar antes de resolver. No solamente les salva la vida a todos, sino que incluso se la devuelve al jorobado.



El relato de los dos visires en el que se habla de Anis al-Chalis comienza en mitad de la trigésima segunda noche. El rey, parece que de Basora, Sulaymán al-Zayní tenía dos visires, uno bueno, al-Fadl Jaqán, y otro malo, al-Muin Sawí. Después de que el primero comprara una esclava para el rey que nunca salió de la casa del visir, este murió y su hijo, Nur al-Din dilapidó la fortuna de su padre entregándose a una generosidad excesiva. Cuando se vio en la más absoluta pecunia sus amigos le dieron la espalda y se vio en la necesidad de llevar al mercado a su esclava, Anis al-Chalis, para venderla. Sin embargo, la aparición del malvado al-Muin ibn Sawi hizo que el sultán se volviera con ira hacia Nur al-Din. El acierto de este fue huir a la ciudad de la paz donde gobierna el emir de los creyentes, Harún al-Rasid ibn al-Mahdí. 


Pero esta historia no es nada comparada con la gran historia de Ayyub, el comerciante, de su hijo Ganim y de su hija Fitna. A punto de concluir la trigésima sexta noche, Sharazad da comienzo a esta historia. En una situación incómoda, escondido en la copa de una palmera, Ganim escucha el relato de tres ladrones negros y castrados. Después escondieron una caja entre la tumbas. La curiosidad era imposible de contener y Ganim desesterro la caja. En su interior había una adolescente narcotizada cubierta de ricos vestidos. Ganim la llevó a su casa y allí se enamoró de ella y ella de él. La muchacha es la favorita del emir de los creyentes, esto es, Harún al-Rasid. La esposa de este, Zubayda, ha sido quien la narcotizado.  Muy natural parece que Ganim se niegue a mantener relaciones con la favorita del califa porque las cosas que son para el señor no son para el esclavo. De nada sirvió el intento de engaño de Zubayda. El emir recuperó a Qut al-Qulub, pero ordenó encerrarla como castigo y mandó capturar a Ganim que se había  fugado a Damasco.   



Apuró mucho Sharazad, pues poco antes de que llegara la aurora de la cuadragésima cuarta noche dio comienzo a la historia del rey Umar al-Numán y de sus dos hijos, Sarkán y Daw al-Makán. Cuatro esposas, trescientas sesenta concubinas, doce palacios, pero un solo hijo, Sarkán, hasta que la esclava griega llamada Sofía concibe y alumbra a Daw al-Makán y su hermana Nuzhar al-Zamán. Sale Sarkán a guerrear y perdido en un bosque tiene una extraña visión con una mujer muy bella que en combate singular lo derrota. La joven, una cristiana griega, emborracha el corazón del príncipe con vino y amor. Poco después ambos sellan su unión enfrentándose a los patricios griegos que el padre de la muchacha ha enviado después de conocer la presencia del príncipe Sarkán. Ella es Ibriza, la hija del rey de los griegos Hardub, y sabe que Sofía es en realidad la hija del rey de Consantinopla, Afridún. El conflicto aparente entre cristianos y musulmanes esconde una traición que convertirá en víctima al rey Umar al-Numán. Esta será la razón por la que Sarkán abandone a Ibriza y corra hacia su reino. Cien caballeros cristianos frente a otros cien musulmanes, entre los primeros destaca un jinete imberbe y vestido de raso azul que lucha durante dos días en combate singular con Sarkán. Se trata de la mismísima princesa Ibriza y sus cien vírgenes. El rey Umar al-Numán no tardó en enamorarse de la reina Ibriza. Poseída contra su voluntad, embarazada, sin familia, sin patria y sin una verdadera morada… un esclavo negro acaba con su vida, pero antes la reina Ibriza consigue dar a luz. El rey padre clama venganza. Pasan los años, al Makán y al-Zamán han crecido y Sarkán está en Damasco a petición propia a causa de los celos que siente por sus hermanos. Los adolescentes escapan para unirse a los peregrinos que van a La Meca, de aquí fueron a Jerusalén, pero un golpe de fortuna los convierte en enfermos mendigos hambrientos.


Hay seis días de viaje entre Jerusalén y Damasco. Un fogonero acompañó a Daw al-Makán y un beduino salteador de caminos a Nuzhat al-Zamán hasta la ciudad de Siria. La sabiduría y juicio de Nuzhat deja asombrados a los sabios que acompañan al gobernador de Damasco que no es otro que Sarkán, el cual no reconoce a su hermana paterna. Cuenta Nuzhat que Umar ibn al-Jattab tenía por costumbre, cuando cogía a un criado nuevo, imponerle cuatro condiciones: no montar en bestias de carga, no llevar vestidos de lujo, no comer del botín y no retrasar la hora de la oración. Cuenta Nuzhat al-Zamán que al-Hasán al-Basri aseguraba que el alma del hombre no abandona este mundo sin antes haberse lamentado de tres cosas: de no haber disfrutado lo que esperaba, de no haber alcanzado lo que se proponía y de no haber hecho suficiente provisión de buenas acciones para la vida futura.  En medio de la más viva admiración se celebró la boda y Nuzhat al-Zamán concibió esa misma noche. Contento de su buena dicha, Sarkán expresa su alegría a su padre, pero este le devuelve una contestación triste por la pérdida de sus dos hijos. Pero poco después del nacimiento de su hija, Sarkán descubre con quién se ha casado. El pecado es gravísimo y ambos lloran abofeteados por el cruel destino. La niña recibe el nombre de Qúdiya Fa-Kan y la madre es casada con el gran chambelán de Sarkán.



El gran chambelán acompañando de su esposa viaja a Bagdad para entregar el tributo de Damasco al califa Umar al-Numán. En el transcurso del viaje los hermanos se vuelven a reunir y muy poco después llega la noticia de la muerte del emir. Daw al-Makán será el nuevo sultán de Bagdad y Sarkán lo será de Damasco. El visir Dandán cuenta cómo murió Umar al-Numán. Cinco hermosas jóvenes expusieron su sabiduría ante el padre de al-Makán. Hablaron de las virtudes de los cadíes, de las dos únicas reglas por las que se regía el sabio Muhammad ibn Abd Allah: no asociar nada a Dios y no perjudicar nunca a las criaturas de Dios, del ejemplo del imán al-Safii que  dividía la noche en tres partes: una para estudiar, otra para rezar y la tercera para dormir. Pero todo no era más que un trampa para vengar la muerte de la reina Ibriza y el secuestro de la reina Sofía. Umar al-Numán es asesinado y la guerra contra los infieles, aquí los cristianos asesinos, es inevitable. Entre las noches ochenta y ocho y la noventa y cuatro se narra la guerra entre musulmanes y cristianos. La bruja Dat al-Dawait, hija del rey cristiano griego, interviene para quebrar las sucesivas victorias de los islamitas. Su astucia es tan poderosa que consigue con sus tretas apresar al sultán y a su visir. Poco después cae Sarkán que es hecho prisionero con un puñado de hombres. Los tres ilustres son conducidos ante el rey de Constantinopla, Afridún. Sin embargo, los cristianos son tan tontos que después del esfuerzo dejan que los musulmanes se escapen. Prosigue entonces la guerra con Dat al-Dawait intentando sacarle partido a sus poderes de manipulación. En un momento de la batalla, cuando ambos ejércitos están uno frente al otro, de pronto hay un acuerdo en reducirlo todo a singular combate: Sarkán contra Afridún. Aunque no resultó este concluyente, las heridas de Sarkán hicieron entrar en liza al sultán Daw al-Makán quien acabó con la vida del de Constantinopla. Dat al-Dawait cobra venganza y asesina a Sarkán mientras este duerme. Los musulmanes sitian la ciudad cristiana y el visir Dandán trata de entretener a su rey contándole ①la historia del amante y del amado: Tach al-Muluk y Dunya. El visir del gran rey Sulaymán, señor de la Tierra verde y de las Dos Columnas, es un hombre muy valioso, sabe tranquilizar su corazón, dar suelta a la lengua y hablar con elocuencia. Su misión es delicada: solicitar la mano de la bella hija del rey Zahr Sah para su señor. Años después de la unión, un joven mercader relata al hijo del rey Sulaymán, Tach al-Muluk, ❶ la historia de Aziz y Aziza. El encuentro es providencial porque Azziz, el protagonista, acompañará al joven heredero hasta la isla donde habita Dunya. 



Cuatro años duró el asedio de Constantinopla. Al cabo de los cuales el rey Daw al-Makán. El regreso a Bagdad es celebrado por todos. Allí, Kan Ma Kan, el hijo del rey, ha cumplido ya siete años. El fogonero es recompensado con el título de Zabalukán, rey de Damasco con el nombre de al-Muchahid. El emir de Daylam, Bahram; el emir de los turcos, Rustem; y el emir de los árabes, Tarkas, acompañan al Zabalukán durante tres días en su camino a Damasco. El rey Daw al-Makán enfermó y abdicó en favor de su hijo, haciéndose cargo del reino el visir Dandán al tratarse de un niño. Tras la muerte del sultán, el chambelán se hizo con el poder bajo el nombre de rey Sasán. Kan Ma kan se enamoró de su prima Qúdiya y el nuevo rey prohibió la relación. El exilio duró poco. Kan Ma Kan da muerte al bandido Kahardas, Sasán se asusta de la popularidad de su enemigo y planea asesinarlo. Nuestro héroe escapa, pero es capturado por el rey Rumzán, soberano de los griegos. Este rey Rumzán es el hijo de Ibriza y de Umar al-Numán, aquel que nació ante un esclavo negro que mató a la reina Ibriza. La reconciliación va seguida de unos años de paz, solo alterados por una venganza aquí y otra allá.


En la noche ciento cuarenta y seis, Sharazad inicia las historias que hacen referencia a los pájaros y a los animales. Un pájaro acuático que pensaba sobre la rama de un árbol en que el mundo es la casa de aquel que no la tiene, ve aproximarse a una tortuga cuyos consejos no sirven para detener al halcón. Una zorra hostigada por un lobo egoísta se las ingenia para hacer que este caía a un pozo. La comadreja hace culpable al ratón ansioso. Un cuervo listo salva a su amigo el gato de morir entre las fauces de un tigre. Resulta que la zorra y el cuervo son vecinos y, a falta de otro acuerdo, se cuentan cuentos. También son vecinos el puercoespín y una pareja de palomas.  


Unas pocas noches más tarde, Sharazad cuenta la historia de Alí ibn Bakkar y Sams al-Nahar. La favorita del sultán Harún al-Rasid, esto es, Sams al-Nahar, se enamora de un joven de origen persa llamado Alí ibn Bakkar. El flechazo es tan brutal por ambas partes que los desmayos se suceden. Abul Hasán, el amigo de Alí, se ve comprometido en los amoríos y decide marchase a Basora. Amín, un joyero, toma el relevo de Abul Hasán ofreciendo su casa para el encuentro de los amantes. Hay por el medio una banda de ladrones cuyo poco atinado actuar da lugar a que la guardia del califa sorprenda a su favorita con nuestros dos hombres: Amín y Alí. La huida es obligada y, también, la muerte.


La historia del durmiente y del despierto pertenece a las añadidas al texto original por Galland  y no aparece en todas las ediciones. Naturalmente que estas noches no cuentan o por mejor decir los cuentos que contienen han de quedar en las noches pasadas, llenando el hueco del sueño entre los cuentos. Es sabida la costumbre que tenía el califa Harún al-Rasid de disfrazarse y recorrer por las noches las calles de Bagdad acompañado de su fiel Masrur, el portador del sable de la venganza. El joven Abul Hasán ha tomado buena nota de la falta de gratitud de sus conciudadanos y vive apartado. Elige a un forastero cada noche, lo invita a su casa y charla con él. Después le advierte que no volverán a encontrarse. Es el marco donde insertar el cuento del sueño y el que convertir a la muerte en un juego disoluto.


Retomamos el discurrir de las noches originales con la historia de Qamar al-Zamán, hijo del rey Sahramán. La negativa de Qamar a tomar esposa hace que su padre el rey Sahramán no tenga más remedio que castigar semejante desobediencia. Recluido en la torre, el príncipe Qamar se queda dormido. Muy pronto la efrita llamada Maymuna se fija en la belleza del joven y conoce por otro efrit que la reina Budur está viviendo una situación muy parecida a la de Qamar. Su padre, Gayur, rey y señor de las islas y de los mares de China, la ha recluido en su habitación ante su negativa a contraer matrimonio. Los dos efrit reúnen a los jóvenes, pero discuten sobre quién de los dos es más hermoso. Despiertan a los jóvenes por turnos para ver sus respectivas reacciones y después los regresan al sueño.  Otra vez el sueño y la realidad. Un náufrago salvado por los pelos une a los amantes y un pájaro los  separa. La reina Budur ha perdido a su esposo Qamar y abandonada en mitad de los reinos que ha de atravesar hasta llegar a las islas de Jalidán donde reina su suegro, se disfraza de hombre. La piedad hace girar la rueda de la fortuna de Qamar hacia la soledad y la desesperación. La astucia, que promueve una fe absoluta, conduce los pasos de la reina Budur hasta llegar a las islas del Ébano. Allí se reunirán de nuevo y Qamar se convertirá en sultán. 


Al sultán le nacieron dos hijos: al-Amchad, hijo de la reina Budur y al-Asad, hijo de la reina Hayat al-Nufus. La prodigiosa belleza de los muchachos trastornó los sentidos de sus madrastas que se enamoraron de sus hijastros. La concupiscencia y la traición es cosa de las mujeres para los autores de la historia. Por eso, las  reinas reaccionan al rechazo con la venganza y acusan a sus hijastros de haber intentado seducirlas. La huida, única salida posible, llevó a al-Asad hasta un oscuro agujero donde eran torturado y mantenido vivo para el sacrificio. A la ciudad de los mazdeos (zoroastrismo) llegó al-Amchad buscando a su hermano y se convirtió en visir. Por su parte al-Asad quedó bajo la protección de la reina Marchana quien lo liberó de los mazdeos. Aunque su alegría duró poco. Un nuevo instante de abandono rápidamente neutralizado da paso a la reunificación y a la captura del culpable. Bahram, que así se llama el secuestrador y hereje, salva su cabeza convirtiéndose al Islam y contando la ①historia de Nima y Num. Terminada la narración un aluvión de ejércitos rodeó la ciudad como si fueran anillos concéntricos: el ejército de la reina Marchana, el del rey al-Gayur (el padre de la reina Budur), el ejército de Qamar al-Zamán, el del rey Sahramán, señor de las islas de Jalidán y padre de Qamar al-Zamán. Entre desmayos y abrazos se pone punto y final a la historia del hijo del rey Sahramán.


Doscientas cincuenta noches después se cuenta la historia de Alá al-Din Abu al-Samat. Por temor a que lo embrujaran, al-Din fue criado en habitaciones subterráneas hasta que le nació la barba. Pero como es sabido, el destino ha de cumplirse. Solo la misericordia de Dios, ¡ensalzado sea!, le permitió salir vivo del bosque del León. Una inesperado propuesta de matrimonio nada más llegar a Bagdad conduce a nuestro joven a la presencia del emir de los  creyentes que lo convierte en su protegido. Tuvo un hijo llamado Aslán que llegó a ser jefe de los Sesenta, igual que su padre.

domingo, 3 de abril de 2016

El Ramayana.


Tan legendario como Homero resulta Valmiki, el autor del Ramayana, y es perfectamente posible que ambos fueran contemporáneos. Lo cual no deja de ser sorprendente en la medida en que estamos hablando de obras auténticamente emblemáticas, absolutos monumentos literarios.

El Ramayana, las aventuras del príncipe Rama, es la más pura representación del alma india, tan actual hoy como hace tres mil años. Esta contemporaneidad es fácil de entender: estamos ante un poema de amor. El príncipe Rama pertenece a la noble estirpe de los descendientes de la dinastía solar por la rama de Ayodhya. Primero Valmiki fue bandido, más tarde anacoreta, después se transformó en sabio y conoció la historia del príncipe Rama y su esposa Sita. Brhama, el creador, le prestó su ayuda para convertirse en poeta.


Todos los habitantes de Ayodhya eran felices y virtuosos. El afán de lucro era ignorado y con él también la pobreza. A la inconquistable Ayodhya la defendían los más valerosos guerreros mandado por el rey Dasharatha. El rey y todos los funcionarios y guerreros eran sumamente respetados. En ese país nadie mentía. Solo parecía existir un problema: la falta de descendencia del rey. Sumantra, el consejero del  rey, propone que se exponga el caso al sabio Rishyashringa que vive en el país de Anga, cuyo monarca es Romapada.

Tras la ceremonia, las tres esposas de Dasharatha concibieron. Kausalya dio a luz a Rama; Kaikeyi, a Bharata, y Sumitra trajo al mundo a los gemelos Lakshmana y Shatrughna. Rama, el mejor de todos, siente predilección por su hermano Lakshmana. Por su parte Bharata la tiene por el otro gemelo, Shatrughna. El gran sabio Vishvamitra acude a la corte de Dasharatha para que le ceda a su hijo Rama, el único capaz de acabar con los demonios Maricha y Subahu. Rama lucha con Taraka, la madre de Maricha. Después de acabar con la demonio, Vishvamitra enseña a su pupilo los secretos de las armas celestiales, con las cuales logra rechazar a los malvados Maricha y Subahu.

En compañía de su hermano Lakshmana y su maestro Vishvamitra, Rama acude a visitar a Janaka, el rey de Mithila. Por el camino, Vishvamitra le cuenta a Rama la historia de sus antepasados y del Ganges celeste, la Vía Láctea. Janaka tenía una hija, Sita, y un arco, Rudra, y decidió unirlos. Cinco mil soldados son necesarios para mover el arco divino, regalo al rey de Mithila de Varuna, el señor del océano. Rama tensa el arco de Rudra que se parte por la tensión y Janaka entrega a su hija al príncipe. Dasharatha y su corte asiste a la boda. Sin embargo, al regresar a Kosala un poderoso y temible brahmán, Parashurama, desafía a Rama. Con asombrosa facilidad Rama armó el arco de Vishnú que le ofreció el brahmán y la saeta reduce a nada las ascesis de Parashurama.


Doce años después, el rey decide dejar el poder en manos de su hijo Rama. Sin embargo, la reina Kaikeyi, la madre de Bharata, cae en la trampa de la jorobada Manthara y atribuye al rey una intencionalidad malvada que no poseía. Desharatha con inmensa desesperación accede a los deseos de su tercera esposa: el príncipe será Bharata y Rama partirá al destierro. No se marcha solo, su hermano y su esposa lo acompañan. No hay ni pena ni rencor en quien posee la virtud en grado tan alto como Rama. Su misión es salvar el honor de su padre a costa de renunciar a un reino.


Ayodhya, la inexpugnable, queda vencida y arruinada por la tristeza tras la marcha de Rama. Los tres desterrados atraviesan el río Ganges y el Yamuna, se internan en el bosque Dandaka y construyen un refugio en la colina celestina de Chitrakuta. Mientras tanto el rey Desharatha expira y los mensajeros tardan siete días en llegar al lejano país de Kekaya, donde se encontraban Bharata y Shatrughna. A su regreso Bharata queda horrorizado de la situación y, especialmente, del culpable, su madre, la reina Kaikeyi. El pueblo entero de Ayodhya encabezado por Bharata llega hasta la colina de Chitrakuta para pedirle a Rama que regrese. Sin embargo, nadie logra hacerle cambiar de opinión. Bharata reinará en nombre de Rama y para dejarlo claro coloca las paduka (sandalias de madera) de su hermano sobre el trono mientras él resuelve los asuntos sentado en los escalones.


Diez años y algún demonio después, los tres exiliados viven en Pañchavati, a orillas del río Godavari, un lugar muy parecido a la colina de Chitrakuta. Catorce mil demonios son abatidos por el arco de Rama. Ravana, el rey de los demonios, se encoleriza al conocer la derrota de su ejército y concibe la idea de secuestrar a Sita, la esposa de Rama, también conocida como Vaidehi o Janaki. Pese a la oposición de Jatayu, el rey de las águilas, Ravana logra conducir a Sita hasta su palacio de Lanka, pero no doblega su voluntad. En consecuencia, el abominable demonio ordena encerrar a la bellísima Janaki en el jardín Ashoka y le concede un período de reflexión de doce meses durante los cuales los miramientos se alternaran con las amenazas.


Los primeros signos de la desaparición de Sita, enfurecen a Rama por primera vez en su vida. El heroico comportamiento de Jatayu, la reina de las águilas, que muere en brazos del príncipe y las palabras sensatas de Lakshmana, acaban por calmar a nuestro héroe cuyo propósito inicial era la destrucción de los Tres Mundos. Pero la desesperación, “abyecta debilidad” del espíritu, regresa un día del mes de Chaitra en el bosque de Matanga. De nuevo es Lakshmana quien ha de restañar la dignidad quebrada de su hermano a quien recuerda que “es invencible el que sigue luchando”. El encuentro con Sugriva, el rey de los monos, le proporciona al príncipe de Kosala una prueba del secuestro de su amada Vaidehi. Sugriva vive en el exilio y sin la compañía de su esposa. Las mismas circunstancias en las que se encuentra Rama.


A los cuatro puntos cardinales envía su ejército Sugriva, después de que Rama le ayude a recuperar su reino de Kishkindha, con el fin de encontrar el rastro de Sita y su raptor. Cien mil monos sentados en la arena frente al mar esperan la muerte en medio de la desesperación después de haber recorrido el país entero sin encontrar el escondijo de Ravana. Alguien escucha sus lamentos: Sampati, la hermana de Jatayu. Su prodigiosa vista de águila alcanza hasta más allá del océano del sur, en dirección a Lanka (Sri Lanka), la isla donde está cautiva Sita. Hijo del viento, Hanuman, el jefe de las tropas, vuela como antaño lo hacían las montañas en dirección a la isla de Ravana con el pensamiento fijo en Rama.


Maruti, el otro nombre con el que es conocido Hanuman, se introduce en la ciudad de Ravana disfrazado de pequeño mono. Encaramado al carro de Ravana, el prodigioso Pushpaka capaz de volar a la velocidad del pensamiento, localiza el gran gineceo del ogro. Pero allí no encuentra a Maithili. Desesperado después de una búsqueda exhaustiva, Maruti repara en el jardín escondido tras unas altas murallas, es el jardín Ashoka. Allí, rodeada de ogresas infames, vive cautiva la princesa. Sin embargo, Hanuman, antes de partir para dar aviso a Rama del hallazgo de la princesa, decide destruir la ciudad de Lanka. Vence, uno tras otro, a los demonios y capitanes que Ravana le envía. Cuatro tigres feroces conducían el carro de Indrajit, el hijo mayor del rey de los demonios, desde el cual lanza contra Maruti una flecha mágica inmovilizadora. Las diez cabezas de Ravana se detienen a contemplar al enemigo vencido. Es entonces cuando Hanumann expone con toda sinceridad la naturaleza de su misión: Sita debe volver al lado de Rama.


¡Este mono está loco! Ravana ordena su ejecución. Vibhishana, el hermano menor de Ravana, lo impide. La vida del mensajero debe ser respetada. El castigo de prender fuego a la cola de un mono es una mala idea. Antes de regresar, Maruti incendia la ciudad del enemigo de Rama. En no menos de trescientos setenta millones de guerreros se calculan las fuerzas de Ravana. Pero un no menos poderoso ejército de monos y osos encabezado por Rama, Laskhmana, Sugriva y Hanuman, se dirige hacia Lanka para rescatar a la princesa secuestrada (es inevitable que el pensamiento se nos desvíe hacia el relato de Homero). Vibhishana es el único partidario de devolver a Sita. Tampoco Kumbhakarna, el más fuerte de los hermanos, está de acuerdo con el proceder de Ravana. Sin embargo, este último acepta quedarse en Lanka al contrario que su hermano Vibhishana que se marcha buscando la protección de Rama. No podía Ravana darse por vencido. Sobre él pesaba la maldición de Brahma, si tocaba a una mujer en contra de su voluntad la cabeza le estallaría, y su deseo hacia Sita es enorme.


Frente a frente los ejércitos se contemplan mutuamente, los rescatadores en la montaña Suvela y los ogros en el monte Trikuta. El campamento de Rama frente a la ciudad de Ravana. Los primeros combates dan ventaja a los sitiados e incluso Rama y Laskhmana son puestos fuera de combate por las saetas de Indrajit, el hijo mayor de Ravana y vencedor de Indra. El águila Garuda, el gran rey de todas las aves y montura de Vishnú, tiene que socorrer a los dos hermanos. Inmediatamente los capitanes de los demonios comenzaron a caer. Hanuman puso fin a la vida de Dhumraksha; Angada, el príncipe del  reino de Kishkindha, le cortó la cabeza al feroz Vajradamshtra; Hanuman repitió la demoníaca muerte con Akampana; Nila aplastó con una pesada roca la cabeza del jefe de las fuerzas de Lanka…


Ravana entra en liza y derrota sucesivamente a Nila, Hanuman y Laskhamana, pero resulta vencido por Rama. Humillado, el rey de los demonios tiene que retirarse. Le queda una última oportunidad: el gigante Kumbhakarna, el terror de los dioses. El problema era que el gigante dormía mucho y muy profundamente. Se necesitó una manada de mil elefantes para despertarlo. A punto de aplastar al ejército de los pueblos del bosque, Rama le cortó la cabeza al gigante con una flecha regida por Indra. Mahodara y Mahaparshva, los dos hermanos que le quedaban a Ravana, trataron de consolarle por la pérdida del gigante Kumbhakarna. Sin embargo, no tardaron también en morir. Indrajit es el último de los singulares héroes de los demonios que queda en pie. Ya antes había demostrado su enorme poder al dejar fuera de combate al mismísimo Rama. Hanuman primero y luego Vibhishana tuvieron que socorrer a los hijos de Dasharatha.


La muerte de Indrajit a manos de Laskhamana encolerizó a Ravana. Tan graves fueron las heridas que el rey de los demonios causó al hermano de Rama, que otra vez Hanuman tuvo que volar hasta el Himalaya para sanar sus heridas con las cuatro hierbas sagradas. A solas los dos grandes enemigos intercambias armas sagradas, pero la lucha parece desigual y los dioses envían ayuda a Rama que lucha a pie en clara desventaja con su enemigo que se mueve sobre el  prodigioso Pushpaka. La noche se acerca y todos saben que el tiempo de oscuridad es el mejor para un demonio. Rama recobra las fuerzas durante el tiempo suficiente para lanzar con su arco el proyectil de Indra que impacta contra el pecho del malvado Ravana. 


La especie de ordalía de Sita pasando a través del fuego parece responder a una suerte de religitimación post-secuestraria. Vibhishana, el nuevo rey de Lanka, pide a Rama que permanezca algún tiempo como su huésped, pero Rama tiene prisa por regresar a Ayodhya: han pasado ya los catorce años de exilio. Por fin, la corona de los Ikshvaku, los herederos de la dinastía solar, reposará sobre la cabeza de Rama. Pero la felicidad durará, muy poco, el tiempo justo para que los rumores sobre la pureza de la reina tras el secuestro comiencen a surgir. Rama repudia a su esposa Sita y la abandona al otro lado del Ganges.


Valmiki recoge y protege a la reina y a sus dos hijos gemelos. Lava y Kusha crecerán en el bosque y muchos años después se presentan ante Rama para recitar el poema que había compuesto su maestro: el Ramayana. Sita regresa, pero inmediatamente la diosa Dharani abre sus entrañas y deposita junto a su trono el más puro de los espíritus: su hija Sita. Rama llora y su rabia conoce límites. Brahma tiene que acudir para calmarlo.
Tras decenios de soledad y buen gobierno, la muerte llama a la puerta de Rama para descubrirle que su espíritu es, en realidad, el del gran dios Vishnú, la realidad absoluta manifestada y no hay, tal vez porque no sea posible, una unión posterior con el espíritu de Sita.  


sábado, 1 de marzo de 2014

El Mahabharata. El desenlace.



La restitución de su reino a los Pandava es un acto de justicia. Así lo entiende Krishna, su hermano Balarama y el gran guerrero Satyaki, llegados todos de Dvaraka; también se pronuncia en este sentido el rey Drupada, el padre de Draupadi. A fin de evitar la guerra Yudhishthira reduce sus derechos a la restitución de Indraprastha y cinco aldeas a su alrededor, pero Duryodhana rechaza la petición y desoyendo los consejos de su padre y de Vidura dice: “Estoy dispuesto a renunciar a todos mis posesiones, al trono, a la vida, pero no puedo vivir en paz con los hijos de Pandu. No les cederé ni la tierra que cubre la punta de una aguja”. Dhritarashtra, el rey ciego, el padre de Duryodhana, se levanta y se marcha en un profundo silencio. Krishna hace un último intento de paz que es rechazado y desvela a Karna su verdadero origen con el propósito de que abrace la justa causa de los Pandava, sin embargo Karna, el único capaz de enfrentarse a Arjuna, mantiene su fidelidad hacia los Kaurava.


Los Pandava designan comandante en jefe de sus tropas a Dhrishtadyumna, el hijo de Drupada. Duryodhana y los Kaurava nombran jefe de su ejército a Bhishma, el Venerable antepasado, quien dividido entre ambos contendientes, afirma que combatirá solo diez días y cada día abatirá a diez mil soldados, pero no se enfrentará con ninguno de los Pandava. Los dos ejércitos se dirigen hacia Kurukshetra, el campo de batalla sagrado. La batalla que durará dieciocho días y una noche es relatada por Sanjaya, el amigo y cochero real de Dhritarashtra, a quien Vyasa le dio el don de la visión celestial. Junto al estandarte del mono que ondea en el carro de Arjuna, Krishna contempla la pesadumbre del Pandava que ha de enfrentarse a sus propios parientes, a sus maestros y a sus amigos. Los dos ejércitos esperan a que Arjuna comprenda la sabiduría impregnada en las palabras de Krishna, es el conocido como Canto del bienaventurado, el Bhagavad Gita.


El primer encuentro entre ambos ejércitos es bello, después el polvo tapará al sol y los muertos cubrirán el campo. En el segundo día de combate el protagonismo se lo llevan Arjuna y Bhimasena, pues son tales los estragos que causan entre las tropas de los Kaurava que estas se ven obligadas a retirarse. Bhishma quiere vengar la derrota del día anterior y dispone sus tropas con la formación del águila. Yudhishthira adopta la defensa de la media luna. La corona de fuego de las flechas de Bhishma causa pánico y Arjuna se ve obligado a intervenir utilizando la terrible Mahendra que origina una lluvia cerrada de flechas sobre el ejército de los Kaurava. El cuarto día es una nueva derrota para los Kaurava, cinco de ellos mueren con la maza de Bhimasena. Bhishma lo sabe bien, Vishnú, el Señor supremo, está con los Pandava reencarnado en Arjuna y Krishna. Los suicidas Trigartas se lanzan contra Arjuna después de dos días de combates igualados. Es el séptimo día de lucha. A Bhimasena se le escapa por muy poco el gran guerrero Kritavarman y después es el mismísimo Bhishma quien ha de arrojarse del carro para no morir aplastado por la maza de Bhimasena. Los Kaurava parecen estar al filo de la derrota. En el octavo día los Kaurava son duramente castigados por Ghatokacha, el hijo de Bhimasena, y Duryodhana le retira a Bhishma su confianza. Su sustituto es el invencible Karna que hasta ahora se ha mantenido en la sombra. Es ya el décimo día, el último para Bhishma según él mismo predijo. Las flechas de Arjuna lo traspasan tantas veces que cuando se desploma no llega a tocar el suelo. Pero ni siquiera los ruegos de paz del venerable Bhishma mueven a Duryodhana a pactar con los Pandava.


Drona es el nuevo comandante en jefe de las tropas de los Kaurava. Aislar a Arjuna es la única estrategia posible. El duodécimo día los Kaurava consiguen una victoria significativa: dan muerte al hijo de Arjuna, Abhimanyu. El Pandava jura venganza contra Jayadratha, rey de los Sindhu. Gracias a Krishna, la cabeza de Jayadratha rueda a los pies de su padre lo que convierte a este en víctima de su propia maldición. El golpe siguiente lo dan los Kaurava, aunque a un alto precio porque Karna se ve obligado a utilizar la única arma capaz de matar a Arjuna, para acabar con Ghatokacha –el hijo de Bhimasena-. Drona, el invencible maestro de armas, acaba con Drupada y su hijo Drhishtadyumna, jura acabar con la vida del aliado de los Kaurava. Drona efectivamente muere, o por mejor decir, se deja morir, pero Yudhishthira se ve forzado a mentir por primera vez en su vida y el carro del justo “que siempre rodaba a cuatro pulgadas del suelo, desciende con estrépito y toca el polvo del campo de batalla”. Tal es la matanza que sigue a la desaparición del maestro Drona que su cuerpo no se encontrará jamás. Karna es el nuevo comandante de los Kaurava. Es el decimoséptimo de la batalla. En este día Bhimasena tomará venganza sobre el segundo de los Kaurava, Duhshasana, y Arjuna dejará de sin comandante a sus primos. Yudhishthira acaba con su tío el rey del país de Madra, Shalya. Al terminar el último día, de todo el ejército de los Kaurava, más de un millón de hombres, no quedan sino cuatro. El último combate lo protagonizan Bhimasena y Duryodhana. Balarama, el hermano de Krishna, reprocha a los Pandava el empleo constante de la astucia y el golpe bajo para derrotar a los Kaurava. Ciertamente es así, confiesa Krishna, pero de alguna arma ha de servirse la justicia para conquistar la victoria.


Krishna consuela al rey ciego y su esposa, Gandhari, y le acometen presentimientos funestos sobre el futuro de los Pandava. Ashvatthaman, el hijo de Drona, jura venganza por la deshonrosa muerte de Duryodhana. Le acompañan el maestro Kripa y Kritavarman. El plan de Ashvatthaman es atacar a los Pandava mientras duermen, algo vergonzoso para un verdadero guerrero. El intento resulta inútil y es entonces cuando Ashvatthaman se inmola en honor de Shiva. El sacrificio mueve a Vishnú, el Señor supremo, el Gran Dios, que hasta ese momento había estado al lado de los Pandava, a variar su elección. Ashvatthaman como un demonio extermina a todo el ejército, incluso a los hijos de los Pandava cuya descendencia queda así comprometida. Draupadi reclama el castigo del asesino, pero ya no correrá más la sangre porque Krishna y Vyasa (el abuelo de los hijos de Pandu), anticipan el castigo: “Durante tres mil años sin tener comercio con nadie en absoluto, sin compañía, vagarás por los desiertos, encorvado bajo el yugo de todas las enfermedades” y sin otro refugio que el bosque. Krishna augura que Uttarâ, la esposa del hijo de Arjuna, Abhimanyu, dará a luz a un niño que será rey durante sesenta años y se llamará Parikshit. Así los Pandava se prolongarán en el tiempo. El tiempo que calmará un dolor que es hondo, el de Dhritarashtra y Gandhari que han perdido a sus cien hijos y el de Yudhishthira que ha de tomar un trono manchado por la sangre de su hermano Karna, de sus primos y amigos. Bhishma que durante cincuenta y ocho días permaneció sobre un lecho de flechas esperando la muerte, mostró a Yudhishthira el camino del buen soberano. Los sacrificios hacen de Yudhishthira un hombre puro y un rey con el alma en paz. Krishna rescata de la muerte al único sucesor de los Pandava y le pone el nombre anunciado de Parikshit, “El que se prolonga”. Durante quince años Dhritarashtra fue objeto de la máxima consideración. Después pidió permiso a Yudhishthira para retirarse al bosque y dedicarse a la oración y la ascesis.


Sauti cuenta que Vaishampayana contó a Janamejaya la aparición a orillas del Ganges de los antepasados de los Kaurava y los Pandava y que treinta seis años después de la batalla de Kurukshetra, negros presagios volvieron a inundar la tierra. Y resultó que Krishna había abandonado su cuerpo después de que los dos clanes guerreros de Dvaraka, el reino de aquel, se hubieran exterminado luchando entre sí. Arjuna, el gran amigo de Krishna, celebró los ritos funerarios y recogió a los pocos habitantes que quedaban en Dvaraka, fundamentalmente mujeres, niños y ancianos. Un grupo de bandidos reveló a Arjuna que el tiempo había pasado y a duras penas consiguió salvar a una parte del convoy y llegar a Indraprastha. Poco después, seis peregrinos, los cinco Pandava y Draupadi, vestidos con pieles de gamo y cortezas de árbol, abandonaban Indraprastha camino del monte Meru, la montaña más alta, la morada de los dioses. Por el camino uno tras otro van muriendo. Queda Yudhishthira y un perro vagabundo que les ha acompañado durante el largo viaje. El dios Indra baja a buscar a Yudhishthira, pero este se niega a aceptar la invitación del dios si antes no se ocupa del perro. La virtud del Pandava la confirma su mismo padre que se había ocultado en el fiel animal.


El Mahabharata está construido con millones de imágenes apiñadas y el lector tiene la impresión de hallarse en un territorio de inmensa belleza en el que nada sobra porque todo lo abraza. Los héroes lo son en la medida en que construyen su propio universo y conocen que aquí lo que protege es protegido y lo que destruye es destruido. Hay, desde luego, un orden secreto que desde el principio se siente como universal, pero que solamente se construye en el interior del hombre. Tan inmenso y denso es el material narrativo de la epopeya india que el hombre actual, acostumbrado a la paja seca y áspera de la literatura contemporánea, se ve obligado a detenerse continuamente para construir rápidos relatos yuxtapuestos. El texto está plagado de soberbios sacrificios, de oscuros presagios y también de los más miserables sentimientos humanos, pero todo ello es tan sorprendente como familiar, tanto como las palabras apaciguadoras de Vidura que nunca son escuchadas. De eso, del hombre, de la vida, del destino, de la implacable maldad y de la inmarcesible misericordia, de un orden amenazado y de un arma todopoderosa, de una época de destrucción que lo es también de leyenda. El Mahabharata es omnímodo y para probarlo basta recordar la escena en la que Krishna prolonga indefinidamente la túnica de Draupadi para que esta no quede desnuda y pierda su dignidad. ¿No cabe ahí casi todo?

viernes, 14 de febrero de 2014

El Mahabharata. Kaurava contra Pandava.




Los hijos de Pandu crecieron felices, pero un día cuando Arjuna tenía catorce años, Pandu no pudo resistir su deseo y pese a la oposición de su esposa Madri que conocía la maldición yació con ella y Pandu murió. Madri lo acompañó en la pira funeraria y Kunti con los Pandava fueron recogidos por Bhishma que los condujo hasta Hastinapura para que se educasen con sus primos, los Kaurava. Anunció Vyasa a su madre Satyavati, la reina madre, que los días dichosos habían terminado y que los de sufrimiento estaban a punto de empezar porque los Kaurava sembrarían la destrucción. Satyavati y sus dos nueras, Ambika y Ambalika, se retiraron al bosque. Duryodhana, harto de ver a los Kaurava siempre superados por los Pandava, intentó envenenar a su primo Bhimasena, pero los Pandava decidieron pasarlo por alto. Poco después con ocasión de un torneo, Karna, el hijo de Kunti y del dios del Sol hizo su aparición, pero como había sido criado por un carretero, los Pandava los despreciaron y el astuto Duryodhana le ofreció su protección.


La trampa que inmediatamente prepara Duryodhana no acabó con los Pandava, pero sí los llevó a una precaria situación: fueron dados por muertos y tuvieron que vagar perdidos por el bosque. Recalaron los Pandava en el reino de los Panchala, cuyo rey, Drupada, había organizado un torneo para casar a su hija la bella Draupadi. Hasta allí llegaron también el hermano de Kunti, Krishna, junto con su hermano Balarama, de la familia de los Yadava, venidos desde Dvaraka. Duryodhana, el mayor de los Kaurava, no reconoció a los Pandava que se habían disfrazado de brahmanes. Nadie superó las pruebas hasta que se alzó Arjuna. Draupadi se convirtió en la esposa de cada uno de los cinco Pandava y se dice que cada noche volvía a ser virgen. Todo esto llegó hasta Hastinapura y los Kaurava fueron a quejarse al rey Dhritarashtra porque los Pandava no habían perecido en el fuego de Varanavata.


Buen momento este para intentar agrupas los apoyos con los que cuenta cada uno de los bandos, ya claramente perfilados. A los Kaurava se ha sumado Karna y Shakuni, tío materno de los Kaurava y por tanto hermano de Gandhari. Cuentan también con los tres fieles consejeros del rey Dhitarashtra, esto es, Bhishma, Drona –el gran maestro de armas que instruyó a los Kaurava y los Pandava-, y Vidura. A ellos hay que añadir a Kripa, el otro gran maestro de armas, y a Ashvatthaman, el hijo de Drona. El venerable Bhishma aconseja repartir el reino entre los Pandava y los Kaurava, opinión que mantienen los otros dos consejeros. Los Pandava con el apoyo del rey Drupada y su hijo Dhrishtadyumna y de la familia de los Yadava, porque Kunti pertenecía a la dinastía de Yadu, aceptan la división del reino y gracias a Vishvakarman, el maestro de obras universal, construyen Indraprastha, ciudad que muy pronto se hará célebre. Todo parecía en calma cuando Arjuna viola el acuerdo al que había llegado los cinco hermanos de respetar durante un año la alcoba matrimonial de Draupadi y ha de partir al exilio que se extenderá durante ocho años. En este tiempo Arjuna se casa con Subhadra, la hermana de Krishna, y da a luz a un niño llamado Abhimanyu y después regresa a Indraprastha.


En la batalla entre Agni, el dios del fuego, e Indra, Arjuna y Krishna apoyan al primero y obtienen de él dos armas maravillosa: el arco Gandiva, cuyo ruido siembra el pánico en el corazón de cuantos lo oyen, y el disco invencible Chakra que regresa a la mano después de matar a los enemigos. Maya, un demonio artista, construye para Yudhishthira, el primogénito Pandava, una incomparable sala de asamblea en Indraprastha y necesita de una gran hazaña para hacerse coronar rey de reyes. El rey de Magadha, el poderoso Jarasandha, secundado por el rey Shishupala, que se ha adueñado de la región central de la India después de haber hecho prisioneros a más de veinte reyes, y se comporta de forma contraria al código del honor, es el prototipo de la injusticia. Bhimasena, después de trece días de combate cuerpo a cuerpo, venció a Jarasandha, desgarrándolo en dos mitades. Obtenida así la gran hazaña, Yudhishthira manda recaudar los tributos necesarios para llevar a cabo el sacrificio real, el raja-suya, propio de quien se siente rey de reyes. Durante la ceremonia Yudhishthira distingue a Krishna, lo que irrita al rey Shishupala. Entonces Bhisma, el Venerable, relata la historia de Krishna que es Vishnú, el increado, el no-nacido, el perfecto. Shishupala no se deja convencer y comienza a insultar y a blandir sus armas como armas contra Bhishma y también contra Krishna. Este le perdonará cien veces y agotado este número le decapitará, para ello a Krisha le basta con pensar en Chakra, el disco invencible.

Terminado el sacrificio Vyasa regresó a la montaña Kailasa, la morada de Shiva, pero antes indicó a Yudhishthira que la muerte de Shishupala no había alterado los malos presagios. Duryodhana regresó a Hastinapura lleno de envidia por la riqueza y bienestar de sus primos. Vidura no puede evitar que el rey ciego acepte la propuesta de su hijo Duryodhana y los Pandava son retados a una partida de dados. Yudhishthira pierde primero todo su tesoro, luego todo su imperio, más tarde a sus propios hermanos y a él mismo que se convierte en esclavo de los Kaurava; solo le queda una cosa, su esposa Draupadi. La desdichada reina convertida ya es esclava, invoca a Vishnú, es decir a Krishna. Duhshasana, el segundo de los Kaurava, comenzó a arrancarle la ropa a Draupadi, pero Krishna iba añadiendo nuevos vestidos. La dignidad de Draupadi salva a los Pandava y el rey ciego, alertado por los pésimos presagios que traía Gandhari, acepta el consejo de Vidura: todo vuelve a su estado inicial, como antes de la partida, pero las humillaciones no pueden ser borradas.


Duryodhana no se conforma y torna a visitar a su padre, quien hace regresar a los Pandava para una nueva partida. En esta ocasión los perdedores habrán de abandonar todas sus posesiones y convertirse en ermitaños durante doce años, al cabo de los cuales habrán de regresar y vivir un año en sociedad sin ser reconocidos, sólo entonces recobrarán todos sus derechos. Los Kaurava harán trampas y los Pandava perderán. Los hermanos con su esposa Draupadi y un grupo numeroso de leales parten para el exilio, buscan la virtud, el desapego por las cosas de este mundo. Yudhishthira pronuncia los ciento ocho nombres del Sol y este le entrega un vaso que siempre estará lleno de comida hasta que Draupadi quede saciada, por esa razón el rey y su esposa siempre comen los últimos. Yudhishthira se inclina por el perdón, hecho que el resto de sus hermanos y Draupadi consideran inadecuado. Arjuna por consejo de Vyasa debe partir en busca de armas divinas que estén a la altura de su valía.

Armado con Gandiva, el arco invencible, y sus dos aljabas siempre llenas de flechas, Arjuna marcha hacia el Himalaya para encontrarse con su padre, el dios Indra. Shiva le entrega a Arjuna el arma Pashupata, invencible y única que puede ser lanzada con el pensamiento, con la vista y con el arco. Yama, el dios de la Muerte, le entrega su propia maza, aquella que nadie puede esquivar. Muchas otras armas le fueron cedidas a Arjuna y durante cinco años permaneció en la ciudad divina de Amaravati instruyéndose en el arte del manejo de las armas divinas. Antes de regresar con sus hermanos Arjuna acabó con los Nivatakavacha, una tribu de unos treinta millones de demonios.


Duryodhana, Shakuni y Karna, sabedores del lugar donde se encontraban los Pandava, acudieron con un numerosísimo ejército, pero acaeció que el lugar que habían elegido para acampar, lo habían ocupado los habitantes de las nubes guiados por Chitrasena, el maestro de danza de los seres celestiales. La derrota de los Kaurava fue tan severa que corrieron a pedir ayuda a sus primos. Yudhishthira olvidó las villanías pasadas porque “sacar a un enemigo de una situación apurada es todavía más hermoso que convertirse en padre”. Los Gandharva, los habitantes de las nubes, súbditos de Chitrasena, se burlaron de Arjuna cuando este les pidió que pusieran en libertad a Duryodhana, quien finalmente tuvo que prosternarse ante Yudhishthira para recuperar la libertad. Profundamente ofendido Duryodhana decide volver a Hastinapura, abdicar a favor de su hermano Duhshasana y ayunar hasta morir. Tal resolución preocupó a los espíritus de las tinieblas que veían como uno de los suyos se rendía. Comenzaron a adularlo con mentiras, le prometieron ayuda y convertirle en el dueño del mundo. ¿Quién puede negarse?

Próximo ya a vencer el plazo del exilio, Indra, el protector de los Pandava, se dispuso a arrebatar a Karna, aliado de los Kaurava, la armadura y los pendientes que le hacían invencible, pero el Sol, padre de Karna, advierte a su hijo de las intenciones de Indra. Karna entrega las prendas de su invulnerabilidad a Indra, pero a cambio exige de este la entrega de Shakti, el arma absoluta capaz de aniquilar a cualquier adversario, que Karna pretende emplear contra Arjuna.


Los Pandava eligieron el país de los Matsya donde reinaba Virata para pasar el año decimotercero, aquel en que no debían de ser reconocidos. Después de diez meses de tranquilidad, Kichaka, el comandante en jefe del ejército del rey, comenzó a acosar a Draupadi. Bhimasena acabó con la vida del villano. La violenta muerte de Kichaka levantó las sospechas de Duryodhana y mandó al rey de los Trigarta, Susharma, para que robara al rey Virata sus rebaños. Los Pandava, que están obligados a favorecer a su anfitrión, deciden intervenir aplastando los ejércitos de Susharma y haciendo a este prisionero. Pero Duryodhana aprovecha la ocasión para atacar por el otro extremo del país de los Matsya. En palacio no hay nadie más que el pretencioso hijo de Virata, Uttara, y un eunuco, cuya verdadera identidad se corresponde con Arjuna. El ejército de Duryodhana oyó la espantosa vibración de Gandiva y sufrió la acción de Sammohana, el proyectil que trae el sueño. Arjuna recupera el rebaño y después de infringir numerosas bajas al enemigo y cortar de las vestiduras blancas de Kripa y de Drona, de las amarillas de Karna y de las azules de Duryodhana, un trozo, abandona el campo de batalla ante la estupefacción de quienes lo tenían rodeado. Duryodhana se retira a Hastinapura. Virata entrega la mano de su hija Uttarâ al hijo de Arjuna, Abhimanyu. El exilio ha terminado.