miércoles, 16 de marzo de 2011

El camino. Tertulia


Miguel Delibes Setién nace en Valladolid el 17 de octubre de 1920 y fallece en la misma ciudad el 12 de marzo de 2010. Novelista español muy apegado a su tierra, estudia derecho y accede a la cátedra de Historia del Comercio, muy pronto comienza a colaborar con el diario El Norte de Castilla, primero como dibujante y luego como periodista de provincias. De su paso por el periodismo Delibes dijo que le fue muy útil porque en él solte pluma y aprendí a decir mucho en poco espacio.
En 1947, con tan sólo veintisiete años escribe su primera novela “La sombra del ciprés es alargada” ambientada precisamente en Ávila, con la que consigue el premio Nadal. En ella ya aparece uno de los temas recurrentes en Delibes: la muerte como acto de despojamiento humano, versión castellana de la pérdida que representa el “te dejo o me dejas” demostrando la falsedad del verso becqueriano que se lamentaba de la soledad de los muertos.  Si la siguiente novela “Aun es de día” (1949) parece mantener la línea emprendida en la anterior, es en “El camino” (1950) donde Delibes da un salto sustancial en su progreso novelístico. No sólo es la estructura narrativa que se monta optando por el punto de vista de un niño de once años, en la noche anterior a su marcha a la ciudad para “progresar” estudiando el bachillerato, sino fundamentalmente por razón del lenguaje y el “tono” que Delibes emplea. Este tono es el fruto de una peculiar manera de entrelazar la visión, ciertamente en ocasiones idealizada, de la vida rural en un pueblo de Cantabria, y la confianza con la que el escritor se sobrepone al mismo punto de vista que adopta merced a un maravillo estilo indirecto. Delibes, al acotar la narración en un espacio temporal muy breve, una noche, tiene la pretensión expresa de mostrar al lector, una realidad que se escapa de modo irremisible. a saber la dicotomía campo/ciudad. Fue este el primer tema que abordó la tertulia.  
Unos expresaron que no hay razones para pensar que Daniel, el Mochuelo, no vaya a regresar al pueblo (por cierto según datos aportados por uno de los tertulianos parece tratarse de la localidad  de Molledo-Portolín en Cantabria, lugar donde Delibes pasó los veranos de su infancia) una vez terminados sus estudios y pueda convertirse, por ejemplo, en médico como le dice uno de los vecinos. Otros sin embargo insistieron en que Delibes traza una nítida marca de separación entre ambos medios, el rural y el urbano, y así se deduce del hecho de que para progresar hubiera que salir del pueblo o de la circunstancia misma de que Tomás, el hermano de Germán, el Tiñoso, que estaba colocado en una empresa de autobuses, y por tanto trabajaba en la ciudad, procediera a cortar ,de la cinta que adornaba la corona enviada por el Mochuelo y el Moñiga, el mote de "Tiñoso", de indudable mal gusto para quien habita en la ciudad. En fin de lo que no hubo duda, fue de que el lector se percata en seguida de que el Mochuelo vive,el abandono del pueblo, como el final de la infancia, de ahí que alguien apuntara que el llanto del Mochuelo que pone término a la novela sea, o el último de un niño o el primero de un adulto. 
También el lenguaje y la prosa de Delibes ocupó un espacio destacado en la tertulia. El lenguaje utilizado por Delibes es, en muchos casos, el propio del mundo rural que posee una significación muy precisa y ahondando en el sentido, eminentemente práctico, que en el ámbito de los pueblos todas las cosas poseen  Valga como ejemplo, el nombre exacto de la "mierda" de las reses, a saber: boñiga y cagajón, por no mencionar palabras que ya en aquella época se habían dejado de utilizar en las ciudades, así: barda, tazar, herrada, acitara… Si el lector actual no puede dejar de reconocer su ignorancia, no es ello óbice para paladear la intensa emoción de conocer a través de Delibes “el nombre exacto de las cosas”. 
Respecto de la prosa del maestro Delibes aunque hubo tertulianos que le achacaron cierta falta de ritmo, la llaneza y simplicidad de las construcciones le dotan de mayor autenticidad y profundidad. En todo caso no puede sino destacarse la variedad de recursos que Delibes emplea: la ironía (basta recordar a las tres Guindillas "desfilando" como hijas de guardia civil, camino de la iglesia), el lenguaje poético ("... un silencio abierto sobre cien sollozos reprimidos...") o los elementos puramente descriptivos muy cercanos al lenguaje cinematográfico (en la descripción del pueblo)
Se dedicaron buenos y agradables minutos a recorrer los apodos de los personajes, las historias particulares de alguno de ellos (las Gundillas se volvieron a llevar la palma) o el sorprendente dato del tiempo que empleó Delibes en escribir la novela (no lo revelaré para no deprimir a los futuros novelistas que nos siguen)
Al hilo de esto último, se comentaron un par de anécdotas con las que podemos dar por concluido este resumen. Una, la negativa de Delibes a tomar parte en un premio literario ante una invitación realizada al efecto, afirmando que no podía aceptarlo por lo que pensarían los demás novelistas, lo que habla de una grandeza ética y humana sobrecogedora (¿cuántos harían lo mismo hoy en día?); y dos, la también respuesta negativa de Delibes a dirigir el diario "El País" por las malas circunstancias personales por las que atravesaba, de nuevo honradez, autenticidad y dignidad. Un ejemplo para todos.
Gracias a todos por vuestra asistencia y entrega. Procurar no sobrecargar la red con vuestros comentarios.
El libro de la tertulia siguiente es la novela del escritor italiano Antonio Tabucchi "La cabeza perdida de Damasceno Monteiro" 
   

lunes, 14 de marzo de 2011

Oriana (relato)


Se abrieron al mismo tiempo. Los ojos en busca de luz, de aire la boca. Y un instante después me desperté; un despertar como un chasquido, como el trueno que surge de la oscuridad en que lo ha dejado el rayo. Me estaba ahogando. Tosí un par de veces, aunque me tapé la boca con el embozo para no despertar a Marga. Ella estaba dormida, y apenas se acomodó entre las sábanas, mientras emitía un leve suspiro en señal de protesta. Cuando se calmó de nuevo, pude escuchar el silbo dulzón del aire entrando y saliendo, suave y rítmico, por los orificios de su estrecha nariz; eso me tranquilizó un poco. La angustia me había llevado a pensar en despertarla, como otras tantas veces había hecho cuando algo en medio de la noche me sobresaltaba, o como en aquella época en la que solíamos abrazarnos de madrugada, colmados de deseo, para amarnos medio dormidos y enajenados. Era ese un amor era tan irreal que, luego, durante el día, su recuerdo parecía el caer en una afable hipnosis. Y la vergüenza que sentíamos hacía que no nos mirásemos a los ojos por si, en verdad, todo aquello no había ocurrido, o por no reconocer que el deseo nos podía llevar tan lejos. Ahora ya no recordábamos la última vez que ocurrió.

    Pero no lo hice, no la desperté. No habría sabido qué decirle, de haberme preguntado: “¡qué te pasa, qué ocurre!”  En absoluto sabía qué me había ocurrido. Un sueño sí, había sido un sueño… mas no, no había sido un sueño. No como otros sueños. En los sueños se ven cosas, se oyen cosas, se habla, se vive; siquiera de un modo absurdo, pero se vive; uno se reconoce a sí mismo y a quienes lo rodean. Se hablan idiomas inexistentes, la gravedad desaparece, la risa es de agua. Esto no había sido un sueño; allí no había nadie, no era algo imaginario: había sido real… otra cosa, una sensación difícil pero real; una aporía, un cortarse los hilos sobre los que se sustenta el espacio… un acabarse algo por dentro, tan pequeño y diminuto que apenas si se pudiera decir que existía, pero cuyo vacío pesaba más que el propio mundo.

   ¿Tendría que ver con el diagnóstico? ¿Habría empezado ya? El médico me advirtió de que podía ocurrir en cualquier momento, de que era necesario estar prevenido. Pero jamás pensé que pudiese doler. No de este modo. Era un dolor sin origen ni destino; horizontal, lo colmaba todo. Y me sentí triste, muy triste, y los ojos comenzaron a inundarse. No pude contener la pena que ahora me asfixiaba e irritaba la garganta hasta hacerme imposible respirar. ¿Por qué me ocurría todo esto? ¿Por qué veía y sentía estas cosas tan raras, desde el día en que recordé a Oriana después de tantos años?

   Intenté serenarme de nuevo. Primero mediante la respiración, y comprendí que no tenía nada que ver con eso. Luego repasé mentalmente todo mi cuerpo para convencerme de que no había de qué preocuparse; no dejaba de repetirme que sólo había sido un sueño muy raro, y nada más que eso: un sueño. Pensé mis pies y mis piernas, el vientre. Recorrí mentalmente las manos, los fuertes brazos… pero al llegar al pecho, ¡oh, Dios!, lo reconocí de inmediato: ¡allí había ocurrido, había sido precisamente allí, bajo la capa coriácea, en algún remoto lugar cerca del corazón! Sentí que el pulso se aceleraba y que la sangre bullía en mis venas. Me faltaba otra vez el aire; miré de reojo a Marga: dormía. ¡Tenía que intentar serenarme, o me iba a dar un infarto! Quizá a causa del diagnóstico se podían sentir esa clase de cosas, quizá fuese un efecto propio del proceso que ya había comenzado. Sí, seguro que se trataba de eso, de un efecto secundario, de un síntoma. ¡Pero lo sentía con tal intensidad y convencimiento!

   Deque supe su cobijo acabé por encontrarlo, o él me encontró a mí. Volvió como en el sueño, aunque esta vez despacio, lentamente, como un dolor viejo que ya no asusta tanto. Fue entonces cuando lo supe, cuando comprendí que había sido una pequeña muerte, un deslizar hacia un talud inexorable. Pude ver que un labrador terminaba su huebra para siempre y que al caer la tarde, viejo y rendido, había mirado a los ojos duros de sus mulas y les había dicho: ¡mañana ya no volveremos! Volvía a mí como un final que ya no admitía principio. Algo había muerto en mí, y sin embargo estaba fuera de mí… Había muerto un pájaro. Un gorrión de ojos llenos de abriles, uno que siempre reía. Sus plumas sobre la tierra, y su pecho volteado hacia el orbe cristalino e inmenso en el que volaban miríadas de pájaros. Desde su frío sentí que me llamaba. ¡Un solo pájaro es tan poca cosa entre millones de ellos! Pero yo estaba muriendo, en soledad, su única e inmensa muerte.
 
 Autor: David Lentisco.

viernes, 11 de marzo de 2011

Mzungu y yo (Cuento)

Maribel Zoya Cerrudo, óleo
Maribel Zoya Cerrudo, óleo
      
  A Maribel Zoya Cerrudo.

Nací en un poblado a orillas del lago Victoria el mismo día que Idi Amin abandonó mi país, Uganda. En casa, no todos éramos negros, con nosotros vivía una mujer tan blanca como la flor del café. Tenía un peto verde y un motokaa venía recogerla y no regresaba hasta que la luna se apagaba. La llamábamos la “Mama” y se ocupaba de traer cosas al poblado. Un día llegó con una pizarra negra, y nos dio a cada uno de los niños una tiza blanca con la que blanqueamos nuestros rostros oscuros, y por la noche jugábamos a reconocer nuestros caras blancas en la oscuridad. Nos enseñaba las palabras en inglés. Decía “hujambo” es “how are you” y luego nos hacia escribir en la pizarra negra. Mi familia tenía una plantación de café y los niños tenían que trabajar. Todos en el poblado, trabajaban en el café. La “Mama” murió  pero nos dejó una niña blanca con la mirada rasgada. Yo me ocupé de cuidarla porque era la mayor de todos los niños de la casa, tenía seis años. Después venía Kisema y más atrás Umbele y Kipua que significa nariz pequeña. A la niña blanca la llamamos Mzungu. Todos me trataban con respeto porque cuidaba de la niña Mzungu. El jefe del poblado, Udole, que significa delgado, me acariciaba la cabeza y daba golpes en el suelo con su bastón de palo de naranja en señal de aprobación. Me quedaba sola en el poblado cuando todos iban a los campo de café porque la niña Mzungu, decía Udole, podía cambiar la forma de las cosas. Comprendí que la niña Mzungu debía aprender el idioma de la “Mama”, y mientras los demás trabajaban, la niña Mzungu y yo, mirábamos las letras y los dibujos en los libros que había dejado su madre blanca. La pizarra debió de esconderla Udole o se la llevaría algún animal, porque no volví a verla después de que la “Mama” muriera. Escribíamos con un palo en la tierra copiando los dibujos y las letras de los libros que había dejado la “Mama”.
Cuando Mzungu se hizo grande, Udole murió y el nuevo jefe del poblado Kiguu, que significa pie pequeño, después de que la planta del café se perdiera, le señaló con el dedo a Mzungu el agujero negro de la luna  blanca y le dijo que se marchara. Mi padre lloraba. Mi madre había muerto unos días antes que Udole y pensé que lloraba por eso. Me pidió que no dejara sola a Mzungu y  me fuera con ella. Mi padre era una persona muy astuta. Me dijo que mi única oportunidad de no morir en la selva era recorrer las zonas boscosas por sus límites a lo largo de toda la Banga, ese brazo de tierra que penetra en el lago Victoria, hasta encontrar a una persona blanca que se hiciera cargo de Mzungu y de mí. “No dudes, hija mía –me susurró en la oscuridad- que cualquier blanco que vea a Mzungu la recogerá. Tú no te apartes de su lado. Pon mucha atención a los ruidos. Si oyes un estampido como de trueno repetido, corre en esa dirección” Después siguió llorando.
Caminamos tres días hasta que oí retumbar, cogí de la mano a Mzungu y comencé a gritar “come on!, come on!” Pero no vimos a nadie. Cuando apareció la luna, Mzungu señaló en la lejanía una luz de fuego que seguimos durante toda la noche. Amanecía cuando vimos el motokaa de la “Mama”. Mi padre tenía razón, los blancos me llevaron con Mzungu.
Ahora vivimos en Jija con una familia de blancos, en un poblado muy grande. Aquí el café es negro y el jefe se llama Adams y pinta cuadros con pintura blanca y negra. Por las noches, Mzungu y yo lloramos por  su "Mama" y por mi padre, pero por la mañanas le sonrío a los ojos cerrados de Mzungu.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Pedro Páramo. Tertulia.


Se impone un intento de resumen (quizás me haya salido un poco largo):

Juan Preciado va a Comala a visitar a su padre, Pedro Páramo, porque así se lo prometió a su madre Dolores Preciado, antes de que ésta muriera. “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro". Y a continuación "Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo"

Abundio, el arriero, también hijo de Pedro Páramo es la persona que conduce a Juan Preciado a Comala. Juan tuvo que esperar en Los Encuentros a que llegara alguien. La referencia al Hades y a Caronte es más que evidente. Dice Abundio: Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno. Le dice además que en Comala no vive nadie y que Pedro Páramo murió hace muchos años. Bien pudo entonces Juan darse la vuelta pues su viaje no tenía ya finalidad alguna. A pesar de eso entra en Comala donde el abandono es evidente: pueblo sin ruidos, pisadas huecas.

Eduviges Dyada (se presenta ella misma) es la persona que acoge a Juan. La casa de Eduviges esta llena de tiliches, de los muebles y trastos de las personas que se fueron del pueblo y nunca volvieron. Eduviges ya conocía que Juan iba a llegar porque su madre, Doloritas, se lo había anuncido. Eduviges dice que Doloritas y ella se hicieron la promesa de morir juntas. Hace siete días dice Juan que murió su madre.

A continuación aparece la infancia de Pedro Páramo relatada en tercera persona, donde se intercalan párrafos en primera persona en los que Pedro Páramo habla de su amor por Susana San Juan desde que eran niños.

Vovemos al relato en primera persona de Juan Preciado. Eduviges le dice que pudo haber sido su madre. Juan se da cuenta de la extrañeza de esa mujer “Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre” Conocemos que Doloritas fue la esposa de Pedro Páramo y que lo abandonó para irse con su hermana Gertrudis. Eduviges habla de Abundio que se quedó sordo y que ya murió, Juan dice que el Abundio que él ha conocido no era sordo, por tanto no debe ser el mismo. Eduviges habla también de Inocencio Osorio, que trabaja de amasador en la Media Luna, se le conocía como Saltaperico por su agilidad en los brincos, era un provocador de sueños, un pulseador, una especie de brujo.

Vuelve la infancia de Pedro Páramo.

Sigue la conversación entre Juan Preciado y Eduviges. Relata la muerte de Miguel Paramo, quien fue amante de la propia Eduviges. Miguel tenía una novia en Contla y encontró la muerte al salta  con su caballo la tapia de piedra que Pedro Páramo había mandado levantar en la Media Luna.

Pedro Páramo recuerda la muerte de su padre. Han matado a tu padre le dice su madre.

Aparece el padre Rentería en el entierro de Miguel Páramo. Conocemos que Miguel había matado al hermano del padre Rentería y violado a su sobrina Ana. El padre Retería acaba aceptando unos monedas de Pedro Páramo a cambio de bendecir el cadáver de Miguel. Asistimos a los remordimientos del padre Rentería por su connivencia con Pedro Páramo. Conocemos que Eduvigis se suicidó y el padre no quiso perdonarla.

Vuelve el relato en primera persona. Damina Cisneros que cuidó a Juan cuando era pequeño, viene a buscarle a la casa de Eduvigis y quiere que e vaya con ella a la Media Luna. Le dice que esa habitación donde se encuentra Juan Preciado, fue donde ahorcaron a Toribio Aldrete y que allí dejaron el cadáver encerrado.

Aparece el personaje de Fulgor Sedano, el administrador de Pedro Páramo. Es él quien ejecuta a Toribio Aldrete y quien hace a Dolores Preciado la proposición de matrimonio de Pedro Páramo (es un matrimonio de intereses por el dinero que les debe a los Preciados). Va contando cómo liquida los asuntos dejados por su padre Lucas Páramo: los Preciados, Toribio Alpedrete y los Fragosos, se trata de propietarios importantes que sucumben a la violencia de Pedro Páramo.

Regresa Juan Preciado con su relato en primera persona. Juan recorre el pueblo con Damiana Cisneros que le dice que el pueblo está lleno de voces, de ecos, le relata que al venir a buscarlo ha visto a su hermana Sixtina que murió cuando Damiana tenía doce años. De pronto, cuando Juan le pregunta a Damiana si está viva, Damiana desaparece. Juan recorre ya en solitario las calles de Colama y escucha las voces:
  • Dos mujeres que huyen de Filoteo Aréchiga que es quien le llega mujeres a Pedro Páramo
  • Galileo que es informado de que acaba de perder sus tierras que han pasado a ser de Pedro Páramo. Es su propio cuñado, el cuñado de Galileo, quien lo extorsiona.
  • Juan entra en una casa donde hay una extraña pareja desnuda. Cuando despierta, el Donis se ha marchado a buscar un becerro y habla con su hermana-esposa. Esta le dice que no sale nunca (tiene la cara llena de pecados), pero a pesar de ello asegura que hay habitantes en el pueblo, está Dorotea, Melquíades, Prudencia el viejo, Sóstenes. Que por las noches se encierran por la cantidad de ánimasque salen (pero ellos Donis y su hermana-esposa sólo tienen media casa con techo, el resto está caído) Juan dice que se quiere irse de Comala y el Donis le dice que espere a mañana.
Donis se va por la noche y Juan se queda con la mujer. Se acuestan en la misma cama y a medianoche Juan siente como la mujer se ha convertido en tierra y se disuelve en su propio sudor. Juan sale y los murmullos lo matan. Cuenta su propia muerte: el frío que salía de su propia sangre es lo que acaba por helarle el alma. Donis y Dorotea lo entierran. Es entonces cuando nos conocemos que Juan está muerto y enterrado entre Dorotea y Susana. Juan le dice a Dorotea que le trajo la ilusión y Dorotea contesta que eso cuesta caro.

Vuelve la tercera persona para contar los desmanes de Miguel Páramo, parece tratarse de los primeros desafueros del hijo del cacique. Miguel hace algún tipo de trato con Dorotea a cambio de que esta reciba comida todos los días. No sabemos en qué consistió el pacto.

Hablan Juan Preciado y Dorotea, ella le cuenta que su vida ha sido tan dura que el cielo está aquí donde está ahora, en la tumba. El padre Rentería le negó la salvación, el cielo, la gloria.

Le comunican a Pedro Páramo la muerte de su hijo. Pedro Páramo recuerda cuando su madre le informó de la muerte de su padre. El padre Rentería presiente la muerte de Miguel y no puede dormir. Recuerda que él fue el responsable de poner ese instrumento de maldad (Miguel) en manos de su padre, porque el padre Rentería llevó al recién nacido a Pedro Páramo diciendo que la madre había muerto en el parto. El padre le dice a Pedro Páramo que con la sangre que lleva el niño no quiere la responsabilidad de quedárselo y Pedro Páramo se queda con el niño. El padre Rentería va a Contla a buscar la absolución del sacerdote, pero este se la niega. Ya entonces el padre Rentería se queja de la gran cantidad de muertos que hay en Comala y de que allí nada germina.

Se introduce la voz de Susana San Juan que recuerda la muerte de su madre. Nadie fue a velarla, nadie al entierro. Debe haber muerto hace mucho dice Dorotea. Voces explicando la venganza que se tomó Pedro Páramo después de la muerte que parece accidental de su padre cuando asistía a una boda. Dorotea le dice a Juan que Pedro Páramo después de la muerte de Susana lo abandonó todo y se sentó en el camino.

Regreso de Susana a Comala. Recuerda Pedro Páramo las veces que intentó hacer regresar a Susana y su padre Barlomé San Juan. Pedro Páramo le dice a Fulgor que necesita que Susana se quede huérfana.

Los desvaríos de Susana y la agravación de su locura.

El Tartamudo le da a Pedro Páramo la noticia del asesinato de Fulgor Sedano. Inicio de la revolución. Pedro Páramo hace llamar a Tilcuate, pero vive pendiente de Susana. Cuál era el mundo de Susana San Juan eso nunca llegó a saberlo.

Susana habla en primera persona desde su tumba.

Los revolucionarios llegan a la hacienda de Pedro Páramo.

Gerardo le informa a Pedro Páramo que Tilcuate ha sido derrotado. Gerardo es el abogado de Pedro Páramo y le dice que se va. Gerardo espera un acto de generosidad que no se produce.

Damiana Cisneros habla de que en un sola ocasión intentó colarse en su habitación Pedro Páramo y lamenta que no lo haya vuelto a intentar. Le ve meterse en la habitración de la chacha Margarita.

Damasio, Tilcuate, informa a Pedro Páramo que no ha sido derrotado. Que se ha unido a los villistas. Damasio le pide dinero. Pedro Páramo le dice que vaya a sacarlo de los ricos de Contla.

Muerte de Susana.

Tilcuate se pone al lado del padre Rentería que se levantó en armas.

Pedro Páramo solo en la puerta grande de la Media Luna se lamenta de la muerte de Susana. Habla en primera persona.

Abundio Martínez cuenta que su mujer Refugio se ha muerto. Va a ver a Pedro Páramo para que le ayude a enterar a su mujer. Abundio mata a Pedro  Páramo que muere desmoronándose como si fuera un montón de piedras.


Varias fueron las ideas e interpretaciones que se discutieron, véamos algunas:

  • La utilización por parte de Juan Rulfo de valores universales (el amor, la muerte, el rencor, la violencia...) como elementos configuradores de personajes y situaciones, lo que hace que la novela sea muy accesible a pesar de la complejidad estructural. 
  • El determinismo con el que se mueven los personajes, quizás una consecuencia de lo anterior, en la medida en que el campesino sólo puede comportarse como tal y el cacique debe asumir su papel, el que se espera de su condición.
  • El pesimismo que subyace en la novela. Este fue un tema polarizado. Según una postura la novela se abre con la esperanza que Juan Preciado tiene depositada en su padre y se cierra con Pedro Páramo desmoronándose como un montón de piedras. Nada queda de aquella esperanza e ilusión, sólo un montón de piedras en medio de un páramo. Este universo tan cerrado no permite albergar esperanza alguna. Otra postura se basa en las notas de humor que aparecen en el texto (la fiesta que acaba por celebrarse en Comala cuando suenan las campanas por la muerte de Susana San Juan, en la confusión de que se trate de un toque de fiesta y no mortuorio) o en las propias palabras de aquélla antes de morir "Él (Dios) me cobijaba entre sus brazos. Me daba amor" En todo caso Pedro Páramo ya se encarga de decir "Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre" cuando se entera de lo que ha pasado en el pueblo con los toques de campana (el rencor de que hablábamos antes)
  • La  musicalidad y poesía que envuelve el lenguaje de Juan Rulfo, fueron destacadas por varios de los participantes y ello es más destacable en la medida en que da la impresión de que el uso del adjetivo ha sido muy moderado. Es muy probable que el empleo del lenguaje del pueblo incremente esa sensación de prosa "rimada". Como ejemplo valgan unas cuantas palabras: tiliche, jiote, otate, pochote... o algunas frases "detrasito de él, en la sombre, aguardaba el Tilcuate", "...un pañuelo con orillas de llorar..."
  • El empleo de la primera y la tercera persona, a veces de forma inmediatamente sucesiva, provoca en el lector cierta desorientación. Da la impresión de que el autor reservó la primera persona para los tres componentes fundamentales del corazón humano: la ilusión y la inocencia de Juan Preciado, al amor de Pedro Páramo por Susana San Juan y la locura de ésta. Es, desde luego, una interpretación.
  • Se apuntó el carácter claramente mitológico de la novela, al recoger aportaciones culturales de los mitos griegos, latinos, cristianos, indígenas y, naturalmente, el particular culto a la muerte propio de la idiosincrasia mexicana.
  • Alguno de los tertulianos aportó datos muy importantes de su biografía que ponían de manifiesto una personalidad ciertamente paranoica. Tuvo un infancia muy difícil, quedando huérfano a los diez años y pasando por un orfanato, su padre fue asesinado y varios miembros de su familia tuvieron una muerte violenta. Se aportaron datos que hablaban de una gran inseguridad y cierta tendencia a la soledad y al solipsismo.
  • Parece evidente que Rulfo obliga al lector a implicarse en el universo cerrado que construye, y a rellenar esos grandes agujeros que abre con su escritura "icerbergniana" por emplear el simil de la tertulia anterior de Hemingway. El lector es una parte muy importante de la novela del mexicano.
En fin, estoy seguro de que hay otros muchos puntos de interés que he pasado por alto y que cubriréis con vuestros talentosos cometarios.
Una vez más, muchísimas gracias por vuestro interés y asistencia que en este caso ha sido muy especial por la dificultad de la novela y las cantidad de ideas y datos que habéis aportado.
El libro propuesto para la semana que viene es la novela de Delibes "El camino".




viernes, 4 de marzo de 2011

Es como todo (Cuento)

Luis Jesús Labrador, acuarela

—¡Buenas tardes! Tengo por aquí unos libros que dejé apartados…, el otro día. Había una chica que no recuerdo cómo se llamaba…
—Mónica, puede ser Mónica. ¿Alta y rubia?
—Sí, sí… Esa, esa. El caso es que…, bueno yo vengo por aquí a menudo. Tú, tú eres… Adolfo.
—No, Adolfo suele estar los domingos, yo soy Alberto, pero sí me suena tu cara de verte por aquí.
—Pues eso… Oye, tú sabes si… ¿hemos cobrado ya la pensión? Disculpa, lo digo porque como te veo que cojeas y aquí estáis como voluntarios.
—Ya, ya… No, aún no. Hasta el veintiséis o veintisiete nada.
—Y… ¿a qué estamos hoy? Porque yo ando bastante despistado.
—A veintiuno.
—Pues ese es el caso que hasta que no cobremos la pensión…
—Llévatelos si quieres, me das tu nombre y yo lo dejo apuntado. Cuando cobres te pasas y liquidas.
—¡Muchas gracias! Alberto me dijiste ¿no?
—Sí, Alberto.
—Yo soy Francisco, Paco no, ¡eh!, Francisco. Mira a ver si los encuentras, son libros que hablan de la madre Teresa de Calcuta que me gusta mucho.
—¡Hombre! Pues yo a la madre esa, la verdad, no la sigo.
—¡Vaya! No creas que por eso yo soy un meapilas, pero a la madre Teresa de Calcuta la tengo mucho respeto. ¿Tú crees en Dios?
—No sé… Verlo no lo he visto.
—¡Ahí está! ¡Que yo tampoco! Y entonces…
—Mira, cuando lo de la pierna estuve en coma un buen montón de días, y yo no vi nada, ni luces, ni ángeles, ni leches. Así que…
—¡Verlo no lo has visto! ¿Verdad? Igual que yo.

Fuera llovía. Desde la librería se veían pasar manadas de turistas cubiertos de plásticos de colores y paraguas abiertos camino de la catedral. Enfrente, una fuente lanzaba con fuerza un chorro de agua sobre el pilón de granito gastado.

—¿Adónde irán esos con lo que cae? –dijo Francisco.
—A rezar a la catedral seguro que no.
—El caso es que yo sí que rezo, pero a mi modo. Mira, por ejemplo, cojo un libro de la madre Teresa de Calcuta y me la imagino tan poquita cosa en medio de los pobres y luego me digo ¡qué mujer! Y le echo un pedazo de padre nuestro, lo que me salga. ¿Qué te parece?
—Bien, hombre, bien ¿Qué quieres que me parezca? Si a ti te sirve –respondió Alberto.
—Me sirve. Me sirve. Bueno eso y las pastillas, claro. Lo mío es cosa de la cabeza, ¿sabes? Pero no te vayas a creer que estoy loco, sólo que las obsesiones si no las controlas no te dejan vivir.
—Ya, ya, ya… Bueno, es como todo ¿no?
—Sí, como todo –concluyó Francisco.
—¿Entonces, qué? ¿Te llevas los libros?
—Claro, pero ya sabes que no te los pago ahora.
—No hay problema. Mira apunto aquí en esta agenda tu nombre y la cantidad que dejas a deber y cuando cobres te pasas. ¿Estamos, Francisco?
—Sí. Estamos, Alberto.
—A ver dame tu nombre completo.
—Francisco Franco Bahamonde.

Fuera llovía. Desde la librería se veían pasar manadas de turistas cubiertos de plásticos de colores y paraguas abiertos camino de la catedral. Enfrente, una fuente lanzaba con fuerza un chorro de agua sobre el pilón de granito gastado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

La tertulia de Hemingway

Brillante, magnífica la faena de nuestro Javier en la lidia del hemingwayano morlaco. Y no era fácil, no señor. Trataré de resumir alguna de las claves:
1.- Para Hemingway el hombre y la naturaleza no pueden relacionarse sino en función de un criterio de soberanía. El hombre cuando sale al campo no sale para contemplarlo, sino para dominarlo y para ello se vale de todo cuanto está a su alcance (armas, cañas, hachas, etc) y en esa lucha es el valor del hombre lo que está en juego. Hemingway admite que el hombre puede comportarse cobardemente en una ocasión, pero tiene el deber de redimirse. Eso queda muy claro en "La breve vida feliz de Francis Macomber". Si Francis se ha portado como un cobarde por huir del león herido, la posterior caza de los búfalos le redime por haber demostrado su capacidad de dominar el miedo y enfrentarse al fracaso anterior. El hombre vale si demuestra valor.
2.- También se discutió acerca del tratamiento que da Hemingway a las relaciones de pareja, al hilo de este mismo cuento. De alguna forma da la impresión de que Hemingway traslada su concepción hombre-naturaleza a la unión hombre-mujer, de forma que siempre uno de ellos tiene que ser el dominador y otro el dominado. Es curioso caer en la cuenta de que si seguimos las claves que el autor nos va dando en el relato aludido, Margot, la esposa de Francis, acaba "matando" a su marido cuando asiste a su transformación en un hombre por el valor demostrado al enfentarse al búfalo herido que lo acomete. Margot comprende que su poder de dominación sobre él ha terminado, que ha dejado de ser un hombre sometido por cuanto ha sido capaz de mostrar su valor. Es entonces cuando Margot lo mata y al mismo tiempo disfrazar el asesinato como un accidente de caza, lo cual habla de la astucia del personaje femenino. No cabe duda de que el tratamiento de la mujer en Hemingway ha sido un tema objeto de críticas por su misoginia.
3.- Respecto del lenguaje y el estilo, cabe destacar el empleo constante de la elipsis. Los cuentos son como pequeños iceberg que el lector debe integrar con la parte sumergida. Hemingway es tacaño en el lenguaje, esconde las claves y obliga al lector a estar muy atento, a convertirse en escritor, dotando a sus relatos de un plus de sinceridad y autenticidad. Igualmente se señaló la tensión con la que Hemingway suele iniciar los cuentos. Valga de nuevo como ejemplo el de Francis Macomber, en las primeras líneas se lee "...intentando simular que nada había ocurrido..." 
Bueno el resto podéis ir aportándolo con vuestros comentarios.
La lectura propuesta para el siguiente miércoles es "Pedro Páramo" de Juan Rulfo. No contamos en este caso con ningún especialista por lo que habrá que poner mucho de nuestra parte.
Gracias a todos por vuestra asistencia e interés.