viernes, 3 de agosto de 2012

“Los Buddenbrook” de Thomas Mann



(Comentarios de Efrén ARROYO ESGUEVA)

El autor
Thomas Mann nace en 1875 en Lübeck (Alemania) en el seno de una acaudalada familia de comerciantes. Muerto su padre se reparten la herencia entre los hijos y Mahn, mal estudiante, se dedica a la vida bohemia, a los viajes y a la literatura. Pronto salta a la fama con esta novela escrita cuando solo contaba 25 años, en parte reflejo de la historia de su familia. Más tarde se casa con una rica heredera de origen judío. Esto me recuerda un paralelismo de vida con la de Sándor Márai.
Su obra más famosa es “La montaña mágica” junto a “Doctor Faustus”, y también es muy conocida "Muerte en Venecia" obra que ya comentamos en la tertulia del martes 25 de octubre. Pero parece comúnmente aceptado, que aunque no se tan intelectual como aquellas, la novela que hoy comentamos pesó mucho para que en 1929 recibiera el premio Nobel de Literatura.
También es válido aquí otro comentario que surgió en la tertulia de "El último encuentro" de Sándor Márai, y es que Mann es junto a Zweig, Márai, Hesse y Huxley, representante de un grupo de escritores centroeuropeos, de origen burgués, que utilizan la literatura para exponer los valores del hombre, las motivaciones y pasiones que guían la vida de sus conciudadanos, y el progreso y la honestidad como objetivos.
A Mann como a Márai, la llegada de Hitler al poder le obliga a emigrar a Suiza (residió 5 años), luego a Estados Unidos (15 años) donde adquiere la nacionalida, y finalmente regresa a Suiza, donde muere en 1955.

Los Buddenbrook
Fue una de sus obras más tempranas y la que le lanzó a la fama, sobretodo en Alemania. Es una extensa novela costumbrista (unas 800 páginas), en la que diacrónicamente va describiendo con un relato pausado y detallista el día a día de una familia burguesa alemana de Lübeck durante cuatro generaciones, y que refleja algunas escenas que Mann había vivido en su propia familia. Para ubicarnos, el autor nos sitúa al inicio de la novela un árbol genealógico que nos facilita el seguimiento de la evolución familiar.
Resulta curioso el recurso que utiliza Mann de un testigo fiel de toda esta evolución, un testigo que trasciende a cada generación: el libro de la familia, en el que figuran y se van añadiendo los hechos relevantes del clan Buddenbrook, y que se lee cada año en una de las comidas familiares.
La novela está escrita de manera ágil y de fácil lectura, con capítulos breves en los que Thomas Mann con hábil pluma utiliza cada uno de ellos para situarnos en un aspecto de la época y al leerlos vivirlos desde dentro de la familia. Lo mismo nos describe el rostro de los empleados de la casa, que la vestimenta de cualquier personaje secundario, una receta de cocina o las relaciones adolescentes e imposibles entre Tony (Antonie) y el estudiante de medicina. Desgrana con detalle las costumbres de una sociedad clasista y cerrada, que tolera de mala manera a los que infringen sus normas: el casamiento de un Buddenbrook con una tendera, las trampas de Grünlich para casarse con Tony, los dos divorcios de ésta, la vagancia de su hermano Christian, etc.  
Esta familia inicia su progresión con el Johan Buddenbrook fundador de la dinastía, que hace fortuna a partir de su negocio como comerciante de granos, sobre todo abasteciendo al ejército. A este Johan solo le conocemos por las referencias que hacen de él las generaciones posteriores. Profundamente religioso, tiene un principio que transmite a sus herederos: “emprende durante el día aquellos negocios que te permitan dormir tranquilamente durante la noche”.
Y la novela abarca el devenir de las cuatro generaciones siguientes. De una manera armónica, magistral, vamos avanzando en el tiempo como lo van haciendo las distintas generaciones Buddenbrook. Johan hijo engrandece el negocio heredado, lo afianza y marca las directrices familiares envueltas en rígidos preceptos religiosos. Johan nieto logra acceder además al cargo de cónsul, Thomas el biznieto añade al clan su nombramiento como senador. Y todas las esperanzas están fijadas en el hijo de este último, el heredero del clan, el pequeño Hanno.
Pero no todo es triunfo y orden en el clan Buddenbrook, también coexisten problemas colaterales: Christian (hermano de Thomas) es la otra cara de la moneda, bebedor, fracasado, juerguista y enfermizo, aporta preocupaciones en vez de prestigio a la familia; Clara, hermana de los anteriores, muere poco después de casarse; Justus (sobrino de Thomas) dilapida su fortuna y la de sus padres de manera ociosa; Janus (el último heredero) es tímido, enfermizo, mal estudiante y odia los negocios.
Generación tras generación va describiendo distintas costumbres y actividades de la vida de la época, sin prisa, con detalle y observación, dando la sensación de que estuviéramos presentes: la cena de Navidad, los regalos de san Nicolás, las partidas económicas de la empresa de granos, el desarrollo de una sesión del Senado, las clases de Secundaria, la interpretación de una ópera, el veraneo en una playa, o detalla la visita de un médico, del barbero o de un dentista. Las comidas con toda la familia extensa, un jueves sí y otro no, a las que también acuden los primos, también son Buddenbrook pero de 2ª fila, sin prestigio, que van “a llenar el buche” y a criticar los deslices y fracasos de esta rama encumbrada. Este universo de situaciones es reflejo de la vida europea del momento, de la psicología de sus personajes. De ahí el éxito de la novela y su fácil conexión con el público.
Aparentemente los protagonistas de la novela son los cabezas de familia, los Johan (nombre que van heredando la mayoría de los primogénitos, salvo Thomas), protagonismo que va rotando conforme una generación va sucediendo a la otra. Pero el mayor peso de la novela descansa en dos hermanos: Thomas, último heredero del negocio familiar y que logra además el nombramiento de senador de la ciudad, y Tony,  que a todas luces encarna el papel principal de la novela, y sobretodo la que personifica la esencia burguesa y el afán de promoción de los Buddenbrook.
Es Tony la que, asumiendo la importancia del negocio familiar, renuncia a su pretendiente y amado joven por un matrimonio de conveniencia, poco después fracasado, como también fracasa su 2º matrimonio. Es ella la que encarna los valores y de la familia Buddenbrook, los anhelos de seguir ascendiendo entre las clases sociales de la ciudad, el mantener la imagen y las tradiciones de la familia, el estar en lo más alto de la élite social. Ve a los demás burgueses como competidores, y a las clases bajas como personas de inferioridad social, estrechez de miras y desaliño físico. Es ella la que mueve los hilos para que su hermano salga elegido senador, para que toda la ciudad celebre y honre el centenario de la empresa familiar, la que alienta a su hija para que acepte un matrimonio de conveniencia que les aúpe, tanto es así que su hermano le dice: “Parece que fuera tu tercer matrimonio.”
Alcanzado el título de senador por Thomas, toca construirse una gran mansión acorde con el rango alcanzado, la mejor y más lujosa de la ciudad. Y es ahora cuando éste se acuerda de un refrán turco: “Cuando uno acaba de construir su casa, le llega la muerte.” Y por ahí van los derroteros de la novela. Es ahora cuando empieza a acentuarse el declive del clan familiar: su hijo “Hanno” (otro Johan) nace enfermizo y delicado; su hermana Clara muere enferma de tuberculosis, (y a pesar de no tener hijos, su marido reclama y se lleva su cuantiosa parte de la herencia familiar); Christian sufre de “tormento” en la pierna; el senador se ve desbordado por las ocupaciones, además de celos comienza a sentir mareos; la nueva mansión ha costado una fortuna, que añadido a las dotes y divorcios de su hermana Tony, todo ello restan un capital vital para la continuación de los negocios familiares…
Continúa la decadencia familiar con la entrada en prisión de Weinschenk, yerno de Tony y director de la empresa. Poco después muere la consulesa (madre de Tony y de Thomas), y aún con la madre de cuerpo presente en la habitación de al lado, como aves de rapiña, los hijos empiezan a repartirse sus bienes, y como culmen de la desmembración familiar, las fuertes disputas entre Tom y su hermano Christian: “Bastante vergüenza supones ya para la familia, criatura, para que aún pretendas que nos emparentemos con una cortesana, y que sus hijos reciban nuestro apellido y una cuarta parte de la herencia de nuestra madre. Por encima de mi cadáver tendrá que ser.”  A ello se unen desavenencias entre los hermanos por el reparto de los muebles y por su decisión de vender la casa familiar, donde han vivido las tres últimas generaciones, y que para su vergüenza adquirirá la competencia. Es el imperio que se desmorona sin remedio.
Pocos años más tarde muere el propio Thomas de una caída accidental en la calle tras un mareo. Está claro el ocaso de la familia. Mann nos lo ha dado a entrever en capítulos anteriores aunque aún queden dos herederos masculinos con pocas perspectivas: Christian (interno en un sanatorio), y el pequeño Hanno, que prefiere la música a los negocios y carece de las ansias de poder y de conquista que su padre y su tía Tony deseaban ver en él.
Los tres últimos capítulos parecen postizos y sólo añaden tiempo para presentarnos la muerte de Hanno de tifus. Ya no hay esperanza. Los Buddenbrook han desaparecido como clan.

miércoles, 25 de julio de 2012

Las "perlas" de Emilio Castelar.


“Yo soy republicano histórico, republicano intransigente, republicano de toda la vida, republicano por convicción y por conciencia, y el que duda de mi republicanismo me ofende y me calumnia; por consecuencia yo no quiero ser nada en ninguna Monarquía. Pero señores, pongamos las cosas en su punto. Cuando en un tiempo en que nuestro fanatismo nos llevó a creer en la incompatibilidad completa de la Monarquía con las libertades públicas, en vano existía el sistema monárquico en Inglaterra, en vano existía en Bélgica, en vano existía en Suecia y Noruega, en vano existía en mil puntos donde la libertad reinaba; nosotros erre que erre en que la Monarquía y la libertad eran incompatibles. Pues yo voy a decir una cosa. Vuestra Monarquía, con las libertades que hoy tiene, vuestra Monarquía es una Monarquía liberal. ¿Será una Monarquía democrática? ¡Ah, señores! Aquí está la cuestión. ¿Venceránse estos fatalismos? ¿Se sobrepujarán ciertos espíritus del medio ambiente, como ahora se dice? ¿Bajará de lo alto una inspiración de la conciencia humana, tal que en ninguna de nuestras instituciones deje de realizarse el ideal de nuestro progreso? No lo sé; pero debe decir que si vuestra Monarquía es hoy una Monarquía liberal, vuestra Monarquía será mañana la Monarquía democrática en cuento se haya establecido el Jurado popular y el sufragio universal. Y así como dije a los míos, y no me oyeron, en cierta noche célebre: Nuestra República será la fórmula de esta generación, si acertáis a hacerla conservadora, os digo ahora a vosotros: Vuestra Monarquía será la fórmula de esta generación si acertáis a hacerla democrática”

Discurso parlamentario de Emilio Castelar en 1888 en el debate del mensaje de contestación al discurso de la Corona.

Si bien como afirma Carlos Seco Serrano en su trabajo “Ideologías políticas” de donde he tomado el texto, Castelar se adelantó en muchos años a la célebre fórmula sobre la indiferencia en cuanto a las formas de Gobierno, me permito destacar dos apuntes: uno que Castelar pecó de ingenuo al creer que bastaba con el Jurado popular y el sufragio universal, para convertir un régimen en democrático (ambas aspiraciones fueron colmadas durante la época de la Restauración sin que su carácter oligárquico se viera transmutado), y, dos, que tan encomiable aspiración, de haberse conseguido, nos hubiera librado con bastante probabilidad de un guerra civil. ¡Qué políticos!

martes, 24 de julio de 2012

Las "perlas" de Azaña.





"Es de interés primordial para los españoles, que el Estado acapare los mejores ingenieros, los mejores médicos, los mejores letrados, disputándoselos a la industria privada y a las profesiones libres. Abaratar la administración no es criterio admisible, porque mientras siga siendo defectuosa e incapaz, por poco que cueste, será muy cara."


“En España la enseñanza es una de las principales causas de desconcierto y confusión. Y lo seguirá siendo mientras continúe montada de este modo, que hace de ella, por su organización, una industria; por su técnica, es decir, por los procedimientos empleados para enseñar, una mutilación del espíritu; por su contenido, es decir, por lo que enseña, una mixtificación, un engaño. El resultado es estafar a la juventud sus días más alegres, sus años mejores y, además, en la mayoría de los casos, inutilizarla para todo estudio serio en lo porvenir.” 

Citas tomadas de la Antología publicada por Federico Jiménez Losantos en Alianza Editorial.

martes, 17 de julio de 2012

Las "perlas" de Unamuno.


Para consistencia, resistencia;
Para subsistencia, asistencia;
Y para existencia, insistencia.

(M. de Unamuno. Cancionero)


"Cristo no se flagela, ni es lúgubre, ni se recoge en ermitas. Vive al día, obra y espera. No trata de explicarse el Universo, sino de derramar su vida al azar de los pequeños encuentros, en lugarejos palestinos, con el primero que se encuentra. Lo más importante es lo del momento y lo de aquí. La eternidad se llama ahora, y el infinito se llama aquí..."

(Cartas 1903-1933 entre Unamuno y Zulueta)


jueves, 21 de junio de 2012

El Quijote. Primera parte. Capítulos XXXVIII a LII.



Viuda e hijos de Gorchs. Barcelona. 1832. Es apreciable el alarde tipográfico de la portada.


CAPÍTULO XXXVIII.-
Dejamos a don Quijote con la palabra en la boca y en la confianza de que siga en el uso de ella retomamos la lectura. Don Quijote que se sustenta de su imaginación, habla, y los demás comen con gusto del aderezo de la ventera y de la ventura. Levantados los manteles, les quedaron a los comensales, a saber: Sancho, Dorotea, don Fernando, Luscinda, Cardenio, el cura, el barbero, Zoraida y el cautivo, ganas de más discursos y rogaron a este último que les contase la historia de su vida.

1850. Madrid. A partir de dibujo de Johannot.
CAPÍTULO XXXIX.-
Historia del cautivo. Como muy bien comenta Rico la situación que abre el cuento no puede ser más típica del cuento popular: un padre que reparte algo entre sus tres hijos para que se abran camino en la vida. Por los datos que proporciona el cautivo, su narración se sitúa según los comentaristas en torno a 1589, aunque alguno como Rodríguez Marín haya subrayado que del contenido de la narración no parecen haber transcurrido tanto años como dieciocho (desde la batalla de Lepanto acaecida en 1571).

CAPÍTULO XL.-
No cabe duda de que Cervantes sabía de cautiverios y quizá llevado por el anhelo de ofrecerse como ejemplo, no dudó en introducirse él mismo como personaje en la ficción. Por lo demás, continúa la historia del cautivo describiendo con toda clase de detalles, rescates y traiciones.

CAPÍTULO XLI.-
Termina la historia del cautivo. Aunque afirma Martín de Riquer que esta historia tiene un interés humano y documental extraordinario, no es menos cierto que posee la misma provisionalidad en su resolución que todas las anteriores novelas intercaladas. Cabe preguntarse si no es muy probable que Agi Morato, el padre de Zoraida, uno de los personajes más trágico del Quijote, emprenda la búsqueda de su hija y acabe por encontrarla y que el silencio que parece presidir la actitud de Zoraida nos revele por fin su misterio al contemplar la figura de su padre. En fin, la provisionalidad propia de una historia contada en una venta.

1797. Madrid (Gabriel Sancha). Luis Paret, dibujante. Juan Moreno, grabador.
CAPÍTULO XLII.-
Advierte Rico que antes de cenar y de que don Quijote pronunciara su discurso de las armas y las letras, Cervantes había escrito: “Ya en esto llegaba la noche” (capítulo XXXVII), y en el presente vuelve a decir: “En esto llegaba ya la noche”. En el ínterin hemos escuchado la historia del cautivo además del discurso apuntado. Algunos autores, por ejemplo Clemencín y Vicente Ríos, han utilizado esta circunstancia para indicar el descuido con el que está escrita la novela, sin embargo más recientemente Vicente Gaos, citando a Hatzenbusch, desafía al lector para que cronómetro en mano mida el tiempo de la lectura desde el capítulo XXXVII al XLI y comprobará que coincide con la realidad: el tiempo entre que llegaba la noche y cerrar della. Cabe así concluir que lejos de descuidos estamos ante una forma de narración absolutamente moderna, Cervantes llama intencionadamente la atención del lector sobre el lapso temporal transcurrido. Con todo, no acertamos por nuestra parte a atinar con una explicación satisfactoria para la segunda cena de la que poco después darán cuenta los acompañantes de don Quijote. Llega el oidor con la garnacha puesta. Imposible sustraerse a copiar el Covarrubias: “Vestidura antigua de personages muy graves, con buelta a las espaldas y una manga con rocadero, y assí se hallará en las figuras de paños antiguos. Díxose de la palabra guarnir, que en castellano antiguo vale defender; porque no sólo con ellas se defendían del frío, pero les era defensa y amparo, para que la gente los acatasse y reverenciasse, siendo insignia de persona señalada o ministro grande del rey. Y por esto el rey don Felipe segundo, de felice memoria, ordenó que todos los de sus consejos; assí el supremo como los demás, y los oydores de las chancillerías y fiscales, truxessen estas ropas dichas garnachas, porque anduviessen diferenciados de los de más; cosa mui acertada, y con que cessaron mil inconvenientes”. Debe apreciarse la agudeza de Cervantes que retrata al oidor, el cual viene, por cierto, acompañado de una joven hermosísima, confuso de lo que venía y escuchaba.   

1902-1903. Barcelona. José Passos, dibujante.
CAPÍTULO XLIII.-
Enterados que hemos quedado de que el oidor es el hermano del cautivo, un nuevo encuentro nos aguardar tras escuchar a un mozo de mulas “que canta que encanta”.  Los amores de don Luis y doña Clara que parecen estar anudados de la misma artera forma en que Maritornes y la hija del ventero atan la mano de don Quijote, quedando colgado de la ventana y de puntillas sobre Rocinante. Situación tanto más ignominiosa cuanto que para trabar a don Quijote se usa el cabestro del jumento de Sancho, quien no atenderá la llamada de su amo, pues está “sepultado en sueño y tendido sobre el albarda de su jumento”.

CAPÍTULO XLIV.-
El lector aplaude la decisión de don Quijote de no atender los ruegos de Maritornes y la hija del ventero que le instan para que acuda en auxilio de Palomeque, apaleado por dos clientes que se marchan sin pagar, que está aún muy reciente la última burla de las peticionarias y bien puede ser que nuestro héroe ande con alguna sospecha, que demasia cosas van sucediendo en este castillo encantado. Le sigue el inicio del magnífico episodio del baciyelmo.

1780. Madrid. Dibujante: José del Castillo. Grabador: Joaquín Ballester.
CAPÍTULO XLV.-
¿Bacía o yelmo? Bacía para el barbero, yelmo para el andante caballero y baciyelmo para el escudero. “No amigo Sancho, no; no hay baciyelmo que valga. Es yelmo o es bacía, según quien de él se sirva, o mejor dicho, es bacía y es yelmo a la vez porque hace a los dos trances. Sin quitarle ni añadirle nada puede y debe ser yelmo y bacía, to él yelmo y toda ella bacía; pero lo que no puede ni debe ser, por mucho que se le quite o se le añada, es baciyelmo”. No estoy nada seguro de que Unamuno llevara razón en su reprensión a Sancho. La discusión se generaliza y acaban participando todos cuantos en la ventas estaban. El estupor del sobrebarbero es compresible cuando todos se decantan por considerar yelmo la bacía y jaez la albarda. Bueno, todos no, que un cuadrillero llama a la albarda, albarda y se organiza un follón mayúsculo cuando don Quijote lo acomete. El oidor y el cura han de esforzarse por apaciguar los ánimos, pero no dura mucho el sosiego en esta venta del demonio, que uno de los cuadrilleros reconoce a don Quijote como sujeto para prender por haber puesto en libertad a los galeotes y nuevamente los vemos asidos del cuello.

CAPÍTULO XLVI.-
Conseguida por fin la paz, gracias a la mediación del cura y los dineros de don Fernando, don Quijote se postra ante Dorotea para rogarle licencia de continuar viaje a su reino según promesa que hasta alturas ya no parece antigua. Sin embargo, Sancho se entremete y afirma que la princesa Miconomicona, no es más reina que su madre, pues la ha visto hocicando como cortesana. La cólera de don Quijote es aplacada con la recurrente referencia al encantamiento, que preserva la honestidad de Dorotea y la bondad e inocencia de Sancho. Pero el papel de la princesa Micomicona está próximo a terminar, pues Dorotea ha de partir con don Fernando, y es entonces cuando ese gran urdidor que es el cura, traza el plan de llevar a don Quijote encerrado en jaula de palo haciéndole creer que está encantando.      

1842. México. Anónimo.
CAPÍTULO XLVII.-
Enjaulado don Quijote conversa con Sancho de los modernos modos de llevar a los encantados en carros de bueyes y acompañados de fantasmas o demonios corpóreos que huelen a ámbar en lugar de a azufre. A despedirle salen la ventera, su hija y Maritornes y ante ellas don Quijote hará un breve discurso: el caballero de la Triste Figura sigue dispuesto a cambiar el mundo y, además, a dar las gracias por ello. La magnífica mezcla de ingenuidad y perspicacia es cosa de encantamientos para el lector. La pluma de Cervantes reta todavía al pincel: primero el carro con don Quijote dentro de la jaula, sentado, arrimado a las verjas, como estatua de piedra; delante el dueño del carro, a los lados los dos cuadrilleros o escopeteros, detrás Sancho en su jumento con Rocinante llevado de la rienda, y, en último lugar, el cura y el barbero sobre sus mulas poderosas. Todos caminan lentos, siguiendo el paso de los bueyes.

CAPÍTULO XLVIII.-
Prosigue el diálogo que sobre los libros de caballería y su fementido contenido mantienen el cura y un canónigo que se ha cruzado en el camino con tan curiosa procesión. Sancho trata de persuadir a su amo de que no va encantado sino “embaído y tonto”, que quien le llevan no son espíritus ni fantasmas, sino el cura y el barbero de la aldea.  

CAPÍTULO XLIX.-
El canónigo reprocha a don Quijote que haya tomado por cierto cuanto dicen los libros de caballería y, aún peor, que se haya decidido a imitarlos. No comprende el eclesiástico que bajo las solemnes arcadas cerebrales de don Quijote se sucedan personajes asombrosos: los tres Amadises, los Doce Pares de Francia, el Cid, Bernardo del Carpio… A todos ellos defiende, por todos está dispuesto a sacar la espada contra la falsa acusación de falsedad que el canónigo les dirige.

CAPÍTULO L.-
No. Claro que no. Don Quijote no puede admitir que los libros impresos con licencia de reyes contengan mentiras. Este argumento lo trae anudado Cervantes al dedo desde que hijo hablar a Juan Palomeque en la venta en ausencia de don Quijote.  “De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos…” ¡Qué maravillosa forma de definirse!

CAPÍTULO LI.-
El cuento del cabrero. Leandra, hermosa hija de buen señor, acaba huyendo con un soldado fanfarrón, frustrando el amor de Eugenio, Anselmo y otros muchos, que deciden convertirse en pastores para buscar vado a su frustración.

1830. París. Anónimo.
CAPÍTULO LII.-
El cuento pastoril del cabrero excita los anhelos de aventura de don Quijote, a quien se ha permitido salir de la jaula, y que acabará riñendo con el cabrero. La reyerta se interrumpe tras un sonido de trompeta. Don Quijote arremete contra los disciplinantes que había formado procesión por hacer votos de lluvia, tomando por señora cautiva, lo que no era sino imagen procesional. Sancho al creer muerte a su amo a consecuencia del garrotazo propinado por uno de los disciplinantes, lanza un panegírico a la flor de la caballería andante. Resucita don Quijote y pide volver a la jaula encantada, al carro de bueyes, a la aldea. Poco más dicen los papeles, si acaso la noticia de una tercera vez  que salió de su casa don Quijote para asistir a las jutas de Zaragoza. A tales justas partiría el apócrifo de Avellaneda y de ellas se separaría el cervantino de la segunda parte.

-Quiera Dios que volvamos a encontrarnos Sancho en la segunda parte -dijo don Quijote.
-¿Pero no ha tenido vuesa mercé ración suficiente de palos, suspiros y encantamientos?
-¡Qué he de tener! Pues no sabes tú, Sancho, como te tengo explicado, que las andantescas aventuras solo nacen para ser escritas por algún sabio, que ya debe llevar más de cien páginas emborronadas.
-Aventuras y desventuras nunca empiezan por poco.
-Ojinegra es la sartén, Sancho.
-Ojinegra la sartén, yo y vuesa mercé.

jueves, 7 de junio de 2012

Ehrengard. Isak Dinesen.

Karen Blixen-Finecke (1885-1962), mundialmente conocida como Isak Dinesen por su novela “Memorias de África”, nació en Rungstedlund, finca familiar cercana a la localidad de Rungsted, en Dinamarca. Su padre fue militar y tomó parte en numerosas guerras antes de establecerse como terrateniente en Dinamarca, fue diputado y escribió varios libros. La educación de Karen fue culta y selecta, guiada por institutriz y ajena a los colegios oficiales. Su matrimonio con el barón Bror Blixen-Finecke le llevó a trasladarse a África. Hasta 1931 pasó temporadas en Europa, regresando siempre a su plantación de café en las afueras de Nairobi. Se divorció de su marido 7 años después del enlace. Ehrengard se publicó después del fallecimiento de la autora, quien se dio a conocer después de regresar a Europa, completamente arruinada tras la muerte de su gran amor el aristócrata y aviador Denys Finch-Hatton. Dinesen fue contemporánea de Kafka, de Faulkner, de Mann, de Broch, pero su escritura, su forma de contar, es muy distinta. Ella misma decía que aprendió a escribir mientras les contaba cuentos a sus masái.

Una vieja dama contó la historia que ahora nos llega a nosotros. Lo primero que llama la atención son los ciento veinte años transcurridos desde que lo acontecido se contó por sí mismo. Pero eso no es más que lo que dice la historia y por tanto el tiempo pasado desde que acaeció, esto es  lo que se nos va a contar, no sabemos cuándo situarlo. Ni dónde, que eso si se nos deja claro desde el inicio. Ese tratamiento del tiempo como algo misterioso no es otra cosa que un tejido, una urdimbre de la que se sirve la fantasía para captar rápidamente nuestra atención. Es curioso que cuánto más indefinido esté el tiempo, mayor sea la certeza de estar en presencia de algo revelador. 

Quince años esperaron los duques de Babenhausen el nacimiento de un heredero, el príncipe Lothar, que fue apartado de la vulgaridad y la maldad. Dieciséis o diecisiete, duró la plácida felicidad de la infancia y primera juventud del hermoso príncipe, pero después fue necesario buscarle esposa. Herr Cazotte, el mejor amigo del príncipe, era famoso por sus retratos de hermosas damas y mantenía una relación de amistad y gratitud con la condena von Gassner, a la sazón bisabuela de la narradora. Los duques y Cazotte idean el plan de enviar al príncipe a recorrer las cortes de Europa acompañado del pintor. En octubre, después de la vendimia, la ciudad de Babenhausen da la bienvenida a la joven princesa Ludmilla de Leuchtenstein. Sin embargo, en navidad el círculo más intimo de la familia se sobresalta con el anuncio de que el nuevo heredero nacería con dos meses de anticipación. Herr Cazotte, ese gran artista, dibuja la solución: basta con ocultar el nacimiento durante ese mismo plazo de dos meses. Se elige un lugar, el pequeño castillo de Rosenbad, junto a un lago, entre bosques; se designa a la tutora o cuidadora, la condena Ponggendorff; pero el problema se presenta con la dama de honor que ha de acompañar a la princesa durante su retiro. Allí aparece, en la corte de Schloss Rosenband, a propuesta de nuestro querido Herr Cazotte, Ehrengard von Schreckenstein.

Vuelve Herr Cazotte a escribir a la bisabuela de la narradora, en esta ocasión para describirle Schloss Rosenband. Todo está pintado con un aire de refinamiento, de secretos sagrados que esperan ser revelados, como el Alpen-Glühen. Herr Cazotte forma parte de la pequeña corte donde se espera al inquilino de la primorosa cuna principesca. Poco a poco la atención se centra sobre Ehrengard, hija, hermana, futura esposa de guerreros, incluso ella misma conoce y maneja las armas. Herr Cazotte se concentra en ella, en Ehrengard, que sabe medir el tiempo porque conoce las cosas de la vida, que es fuerte, valerosa y tan juvenil que pide a gritos ejercicios violentos. Por fin resuena en Schloss Rosenbad el lloro agudo del principito e inmediatamente después vuelve a vibrar el silencio del secreto. Herr Cazotte se siente fuertemente atraído por Ehrengard y pretende su rendición total sin ninguna clase de contacto físico: el amor, la vida, pero sobre todo el arte porque es el artista quien está llamado a servir de árbitro a la realidad. Ehrengard plasmada anónimamente, por toda la eternidad, en la superficie de un cuadro, de un Cazotte, desnuda saliendo del lago, dando la espalda al espectador ocultándole el rostro, pero mostrándole la rotundidad de sus formas de guerrera.

La aparición de la rama lateral de la dinastía del Gran Ducado de Babenhausen, el duque Marbod, es el tema principal de este último movimiento, el rondó. Olfatean el secreto y se aproximan al castillo de Schloss Rosenband, acechando una oportunidad. Los sabuesos del duque capturan a un hombre estúpidamente celoso, Matthias, el marido de la nodriza y convierten sus agravios personales en asunto de estado. El principito y Lispeth, su nodriza, son raptados por Matthias que los lleva hasta la posada de El Jabalí Azul. Es la tarde del 14 de julio. Herr Cazotte había estado demasiado abstraído en su arte para haberse dado cuenta de la realidad, pero es prerrogativa de los artistas que con su solipsismo puedan modificar el mundo. Y el mundo les devuelve, centuplicados, todos sus sueños: tener un hijo con Ehrengard, pintar al Papa y hasta ser depositario de la fe de la Gran Duquesa.

La grandeza de esta escritora puede pasar desapercibida. Ehrengard es la historia del gran pintor Herr Cazotte, de un reino perdido en el tiempo y en la distancia, de la relación entre la vida y el arte, de la fortaleza absoluta de los sentidos, del lector mismo sentado en la venta de Juan Palomeque absorto en la ejemplaridad cervantina del cuento, del erudito que se interroga sobre si acaso estamos en presencia de un novela epistolar. Pero por encima de todo, la sensación que transmite la escritura de Isak es que brota de una fuente intemporal. El tiempo de la fantasía que tan querido nos resulta.