miércoles, 17 de octubre de 2012

El alienista. Joaquín María Machado de Assis.

Simão Bacamarte, hijo de nobles, es un científico, doctor en medicina,  que construye en Itaguaí su universo. Allí se entrega al estudio de la ciencia, a cuyos criterios consagra todo, hasta la elección de esposa: buena salud y postergable belleza. La elegida es doña Evarista da Costa y Mascareñas de veinticinco años y viuda, ya, de un juez de fora. Pero la dama negó el fruto de los hijos y Simão Bacamarte se afana en su trabajo. Nace así una idea: la de reunir en una casa común a todos los locos de Itaguaí y sus contornos. Casa Verde: casa de orates.

Falcao era un loco que se creía estrella y preguntaba por el sol para saber si debía retirarse o permanecer con las piernas y los brazos separados. Más profunda es la locura de García que guarda silencio por temor a que una sola palabra suya baste para desprender todas las estrellas del cielo. Simão Bacamarte a todos los investiga, apenas si le da de sí el día para tanto trabajo, ¡tanto por saber de cada loco! El ambiente de laboratorio amustió a doña Evarista. Río de Janeiro parecía el mejor tonificante. Ya sin mujer en casa, Simão Bacamarte alumbró un gran pensamiento. Quizás fue el vicario Lopes quien mejor lo sintétizo: el alienista quería transponer la valla de la locura y la razón, es decir situarla un poco más cerca de la realidad. El primero que ingresó en la Casa Verde fue Costa, uno de los ciudadanos más estimados de Itaguaí, afectado de una extraña forma de prodigalidad que se alimentaba de desagradecimiento. La ciencia era la ciencia y el alienista no podía dejar en la calle a un perfecto mentecato. Una prima quiso interceder por el pobre Costa, pero al hacerlo arguyó el poder de una maldición que ponía en duda que la “la ciencia era la ciencia”. Ella fue la primera víctima de la herejía científica, que paga con el encierro la disidencia. La gente inventó mil historias para justificar el proceder del alienista, pero tras el ingreso de un alabardero rico que se hacía contemplar por las tardes asomándose al balcón de su suntuosa mansión, alguien exclamó: “La Casa Verde es una cárcel privada.” Cuando regresó doña Evarista, el alienista henchido de diagnósticos, extendió los brazos para que ella consumiera los dos minutos de desmayo. Doña Evarista era la esperanza de la población y el pueblo entero se volcó en su recibimiento, incurriendo en excesos. La consecuencia fue un nuevo ingreso en la Casa Verde: Martim Brito, “un caso de lesión cerebral; fenómeno no muy grave, pero digno de estudio…” A estas alturas ya “no se sabía quien estaba sano ni quién estaba loco.” Y “el terror crecía [y] se avecinaba la rebelión”.

Aunque al principio no es sino “un torbellino de átomos dispersos”, la revuelta toma los altos vuelos de una “nueva Bastilla” a cuyo frente se pondrá un barbero, Porfirio Caetano das Neves. La revuelta de los Canjicas triunfa y el barbero cambia la navaja por la espada de “Protector” de la villa. Sorprendentemente el nuevo gobierno barberil contemporiza con el alienista, la ciencia intimida, y en cinco días, cincuenta aclamadores del nuevo gobierno son encerrados en la Casa Verde. Otro barbero derroca al pusilánime Porfirio, antes de que fuerzas mandadas por el virrey, repusieran el orden. El barbero Porfirio y cincuenta mentecatos más le son entregados al alienista. Y el alcalde y la propia doña Evarista, las últimas víctimas de la codicia cientificista de  Simão Bacamarte. A estas alturas, los cuatro quintos de los habitantes de Itaguaí residen ya en la Casa Verde.

Es entonces cuando la población entera, la de dentro y la de fuera, se ve sorprendida por la decisión del alienista: devolver la libertad a todos los alienados y pedir, a cambio, el ingreso de la quinta parte que había dado muestras de un “cerebro bien organizado”. El ayuntamiento accede a la petición del nuevo Hipócrates, incluyendo una cláusula de inmunidad para los concejales, solo uno de ellos, por lo atinado de sus reparos, fue recluido en la Casa Verde. Allí los nuevos internos son cuidadosamente clasificados atendiendo a la virtud que los hace equilibristas razonables y se instaura una terapia que neutralice la descollante cualidad. A los modestos, se les aplica remedios de profunda significación: para unos es suficiente la matraca, otros no ceden hasta admirar la placa de oro que adorna su sombrero. En poco menos de año y medio, el alienista logra la ruptura del equilibrio de todos los internos. Así las cosas no quedaba más loco que el propio Simão Bacamarte, quien en un acto de auténtica entereza científica, decide recluirse en la Casa Verde para su estudio: era un caso excepcional pues reunían en una sola persona teoría y práctica.

La parodia está escrita en 1882 y por tanto es anterior al descubrimiento freudiano de que los hombres no son dueños de sí mismos. Simão Bacamarte es un nuevo Quijote de la ciencia que se echa a los caminos de la cordura para remediar la mentecatez de sus vecinos y acabará muriendo solo y loco. El reverso del héroe cervantino esgrime las modernas armas de la ciencia y como aquel, pretende restituir al mundo la cordura, o por mejor decir, sacar a los habitantes de Itaguaí de su pacífica locura. Curas, barberos y cronistas no aparecen en la obra de Machado por casualidad. Son una exacta referencia al quehacer cervantino. Pero la locura de Simão Bacamarte es la locura de la frustración, de aquella frustración que sale de comprobar la absoluta imposibilidad por restablecer el equilibrio mental de los mentecatos y la aparente facilidad con la que la virtud retrocede. Generalizar la neurosis parece la única posibilidad al alcance del hombre moderno. La feroz crítica se acompaña con un tono descaradamente irónico y una prosa que fluye como río donde han de acontecer las batallas humanas venideras. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.


Gregorio Olías, el nombre y el inicio nos traen a la memoria La metamorfosis de Kafka, se despierta de un sueño absurdo, mezcla de imágenes circundante y vivencias interiores, para caer en la realidad, en una vida de cuarenta y seis años que le corre “como una araña por la piel”. El recurso de echar la vista atrás para saber cómo hemos llegado a esto se hace irresistible. Casi siempre funciona.

Gregorio es un oficinista que se atisba de un gris subido, habitante de una pensión galdosiana y aspirante a colgar puentes en la selva amazónica. Conoce a Angelina con quien inicia una relación sentimental y de cuya mano se sirve el narrador para remontarse aún más atrás. A los nueve o diez años Gregorio, huérfano, llega a la ciudad al encuentro de su único pariente vivo, su tío Félix Olías, propietario de quiosco bajo acacia, que decide convertir a su sobrino en un gran hombre. Para ello cuenta con un diccionario, un atlas y una enciclopedia que un oscuro personaje pone a su disposición. Pero la obsesión del aprendizaje no es sino una sublimación freudiana, túneles que el inconsciente escarba en la conciencia para expiar la culpa. Poco a poco Félix se retira a su interior y acaba por enloquecer. Gregorio, entre la infancia y la adolescencia,  palpa el hierro caliente de la soledad y se aferra a la melodía de una habanera que gira sobre sí misma, como la noche buscando el día.

Gregorio ha de hacerse cargo del quiosco y por allí desfilan las aspiraciones de un tipo duro, Elicio Renón, dispuesto a todo con tal de ascender en la vida, la última barrita de regaliz y la novela de amor de Alicia, cuya aparición eliminará la neutralidad de las cosas, y su marcha, liberará el recuerdo de un abuelo “afanoso”. El amor, el recuerdo infantil, el pasado y la soledad son veredas muy transitadas por la poesía. Y Gregorio se pregunta si acaso las aves migratorias sabrían si las rosas había ya florecido en Corfú. Gregorio se hace poeta. “Era elegante ser poeta…, pero de poeta se folla poco y no se sale de pobre.” De esta forma completa su comentario Elicio cuando Gregorio le confiesa su nuevo afán. Pero es el propio Elicio quien bautiza al poeta: Augusto Faroni, poco antes de comprarse una moto y llevarse a Alicia en el asiento de atrás. Gregorio se despide de su tío Félix, que al final había encontrado, en posar de muerto, un quehacer idóneo para su ambición, y del quiosco, y con un traje nuevo de franela y unos zapatos de charol, entra de botones en la misma empresa en la que su tío había servido de conserje durante largos años.


Desaparecidos los testigos de su vida anterior, Gregorio saltó de la lírica a la ciencia, entreteniéndose mientras llegaba el momento de ir hasta el Amazonas, añadió cinco años de películas que le dieron un aire impenetrable y le permitieron conservar “su antiguo relumbre de poeta”. Se inventó una novia y un gato y ensayaba con una navaja multiusos por puro gusto. Gregorio se iba convirtiendo en un hombre vulgar que entretenía sus frustraciones con sueños escritos en el dorso de las entradas de cine que guarda en el interior de los libros. Fue entonces cuando conoció a Angelina. Ante ella y su madre se presentó Gregorio con el marchamo de ingeniero en ciernes y recibó el ofrecimiento de un reloj estropeado, un pasado esplendoroso dormido entre reliquias y “una bandeja de pastelería que ofrecía a la madre con media reverencia”. Los versos acabaron en el interior de una caja de zapatos que se perdió en el fondo de un armario. Oscuro sobre oscuro. La dicha no aparece sino cuando la memoria se retira.

La firma “Productos R. y Belson, vinos y aceitunas”, carga con los treinta y dos años de Gregorio y su corta experiencia. El ambiente es, de nuevo, kafkiano. Son nueve empleados, pero Gregorio durante catorce años no conoció a ninguno de sus compañeros. Cada mañana Gregorio se encontraba el trabajo que debía  realizar encima de la mesa y después veía salir, a eso de las siete, a las personas que trabajaban en el sótano. El teléfono tardó seis años en sonar. Ocho más transcurrieron hasta que Gregorio volvió a ver al hombre con el que se entrevistó el primer día, el hombre de negro que hacía muchas preguntas y hablaba con latinismos. Gil, el viajante de la firma comercial R. y Belson, es quien comienza a telefonear regularmente para hacer los pedidos y quejarse de sus miserias de comerciales.

Gregorio se lleva a su mujer y a su suegra a la verbena para que el fantasma de Faroni reaparezca. Este hombre que no sirve ni para tener hijos, que ha hecho del matrimonio una prolongación del noviazgo y que entretiene su vida rastreando los silencios de un comercial feriante, vuelve sobre sus pasos. Comenzó por robarle los suspiros a su suegra y permitió que Gil sacara el hurgón todos los lunes y jueves desde el otro extremo del teléfono. Pequeñas exigencias: un cuento, una invención, la crónica de lo que el progreso había construido en la ciudad durante su ausencia… En este forcejeo Puro forcejeo rupturista, donde Gregorio expone para ponerse de manifiesto, reinventándose a sí mismo. Ingeniero, poeta, artista de café…, y veinte años más joven. ¿Quién, sino Faroni, podía ser?  Pero es que ambos lo necesitan para salir del aislamiento en el que la vida los ha sumergido. Es todo un acierto que la impostura sólo lo sea a medias, el antifaz desnuda la idea, y Faroni se muestra tan real como la socrática necesidad  de Gil exige. El autor se sirve del teléfono para enmascarar la trama, un invento que el progreso ha puesto ya en manos de todo el mundo (son los años sesenta de la centuria pasada). Este progreso, al que constantemente se refiere Gil y del cual Gregorio le transmite una versión idealizada y hasta absurda en mucha ocasiones, sirve como valor de cambio con el profundizar en la transformación interna de los personajes, para los cuales crecer es crear.


Faroni anda suelto, dicen que lo han visto atravesar las columnas del Café de los Ensayistas agradeciendo los aplausos y exponiendo los renovadores pensamientos de un químico del páramo llamado Gil Gil Gil. Sí, tres veces Gil, pues su padre quiso reducirlo a la unidad, como un dios. Las páginas en las que Gil relata su vida probablemente sean de las más conmovedoras de la novela. Y no tanto por la historia en sí, como por el hecho de que cada vez que termina de relatar un episodio se pregunte, sin solución de continuidad, si acaso esa hubiera sido la mejor forma de comenzar a contar la historia de su vida, de una vida lastrada por la inseguridad que le ha conducido al abatimiento metafísico. A partir de este punto y una vez que Gregorio recibe el regalo que, como muestra de agradecimiento, le remite Gil (miel y membrillo, regalo de provincias), comienza aquel a descubrir la completa indefensión de la posición en la que se encuentra: en puridad no hay argumentos suficientes ni para reprocharse su conducta, ni para justificarla. Porque si “descontadas las apariencias, yo soy Faroni”, la mentira es un “señor feudal: desolado, feroz, bufo y levantisco” que busca siempre una víctima propiciatoria: “¿No fue usted, desgraciado, quien removió mi vida con preguntas inoportunas y tramposas?”, crisol en el que forjar el ardor del abandono y, claro está, también el de la creatividad. Y es que nada hay más creativo que la mentira, la farsa, la impostura: la vida imaginaria que Gregorio tenía la necesidad de inventar. Tras el desmesurado del relato fantástico de Gregorio, haya, quizás, un último intento de retornar a la realidad, pero ya era demasiado tarde: había dado a Gil una justificación para soportar su propio exilio, le había hecho confidente de un hombre que era todo lo que Gil había querido ser. Y no era, no eran, ninguno de los dos eran, otra cosa que mera cáscara de nuez, “nueces en primavera”, la habanera. La crisis en la que se sumerge Gregorio a la vista del cadáver de su propia adolescencia, es una crisis de identidad que le conduce a plantearse el suicidio como única vía de escape. Sí, el suicidio era una buena solución, así Gregorio convertía en héroe a Faroni y evitaba tener que rendir cuentas ante Gil. Pero llegó la navidad y en la nochevieja Gregorio bailó, bebió, se emborrachó y acabó por confesarle a todo el mundo que su verdadero nombre era Faroni. Y transitó por la locura del aislamiento, arrastró fuera de sí la corporeidad de Faroni, atribuyéndosela a un maniquí de escaparate y tras revelarse el delirio como una garantía de conquista, desnudó al maniquí y se vistió él. Angelina, la esposa, asintió a la petición de Gregorio de arreglar el disfraz de Faroni, sabe que su marido es poeta porque tiene una caja de zapatos llena de poesías. Es la imagen del más puro estoicismo femenino, alguien que sabe que los hijos también mueren y que los locos hacen sufrir. El poeta-sonajero llamado Faroni ha conquistado el suficiente poder como para forzar a Gregorio a escribir y, en la certeza de que el único error “consistía en no haberlo hecho” antes, comienza por dictar el resumen de las obras que aunque estando por escribir se han perdido Cuatro meses le bastan a Gregorio para escribirle a Faroni el resumen, al parecer ilustrado, de sus obras completas y una carta que es remitida a un diario, alertando al mundo sobre el escandaloso olvido en el que se haya inmerso el maestro Faroni. Ya nada puede detener a Gregorio/Faroni: Gil servirá de instrumento para dar a conocer a Faroni en la tertulia y en clave cervantina pasará a redactarse un prólogo para su libro de poemas, al que añade el nombre de Ernest Hemingway. Gregorio Olías, biógrafo de Faroni.


¡Gil regresa a la ciudad! El poeta-sonajero escapa raudo de su guarida y se refugia en una pensión para “caballeros honrados y estables”, tiene un plan y necesita un par de meses. El poeta-sonajero, antes Faroni y aún antes Gregorio, se presenta como viajante de aceitunas y vinos, es decir como Gil. Inmediatamente después escribe a su mujer, Angelina, contándole una sarta de mentiras y cuyo único propósito es ganar tiempo. En un bar aparece un tal Requejo y le dispara al poeta-sonajero su desventura de testa coronada. Por su parte Gil se subroga en el puesto de trabajo del poeta-sonajero que a estas alturas es poeta-náufrago, pues se ha convertido en un mendigo que come latas de anchoas en bancos de glorietas y su propia mujer se ha negado a que retorne  a casa. Gregorio está acorralado por sus propias mentiras. Si “Gil no se quiere ir y Angelina no le deja entrar”, Gregorio tiene motivos para sentirse víctima de ambos. La aparición, nuevamente en escena, del tal Requejo le ofrece una salida inesperada: bastará con la invención de ser “testa coronada” para recabar su apoyo. Requejo se hace pasar por policía e intimida a Gil para que abandone la ciudad. Pero la garrapata-Gil no se marcha y el poeta-naúfrago acaba de aprendiz en una tienda de ultramarinos. Llega la carta de despido (de R. y Belson) y Angelina se cuadra: o se entrega y regresa a casa con el perdón firmado por la policía o adiós. Gregorio, Angelina no puede dirigirse a otro, comprende que está perdiendo la batalla, que la mentira se ha  vuelto contra él como si fuera una espada. Y entonces…, entonces Gil-Dacio decide acceder a la machacona exigencia de Faroni de que se vaya. Gregorio-sonajero asiste al sepelio de Faroni y tiene la gran idea de esconderse en la trastienda de un negocio que ha decidido montar con el producto de la venta del piso familiar. Pero tan pronto como en su imaginación se ve sentado justo a la estufa y el gato en la trastienda, resucita Faroni. Resulta complejo señalar la posición del embrollo cuando tiene lugar el trágico incidente en la pensión. Probablemente en ese punto donde Faroni es motor inmóvil. El caso es que Gregorio mientras huye de la pensión porque no tiene dinero, golpea con una palmatoria la cabeza de Paquita y a su espalda escucha el grito: “¡Al asesino!”. Y después de todo, si Faroni había muerto, ¿qué pintaba en el mundo Gregorio el asesino? Nada. El camino del suicidio se vuelve a abrir como la senda más natural para salir del embrollo. Tan seguro está de que no lo consumará que decide antes despedirse de Angelina. Y dispuesto a huir con dos tubos de pastillas en el bolsillo…, aparece en escena Isaías, un vecino, que nos revela que se miente para tener razón.


La mentira como respuesta. Hagamos una teoría que nos caliente en la vejez.
Uno quemaba y otro venía corriendo a apagar el fuego. Y como al pirómano le gusta contemplar las llamas y no tolera que se las apaguen, lo mejor es que arda en el infierno. Allí reposará Faroni, que aquí Gregorio Olías y Gil, biógrafo y prosélito de Faroni respectivamente, están en disposición de escabechar unas perdices abatidas en surco propio. ¡Buen provecho¡

viernes, 3 de agosto de 2012

“Los Buddenbrook” de Thomas Mann



(Comentarios de Efrén ARROYO ESGUEVA)

El autor
Thomas Mann nace en 1875 en Lübeck (Alemania) en el seno de una acaudalada familia de comerciantes. Muerto su padre se reparten la herencia entre los hijos y Mahn, mal estudiante, se dedica a la vida bohemia, a los viajes y a la literatura. Pronto salta a la fama con esta novela escrita cuando solo contaba 25 años, en parte reflejo de la historia de su familia. Más tarde se casa con una rica heredera de origen judío. Esto me recuerda un paralelismo de vida con la de Sándor Márai.
Su obra más famosa es “La montaña mágica” junto a “Doctor Faustus”, y también es muy conocida "Muerte en Venecia" obra que ya comentamos en la tertulia del martes 25 de octubre. Pero parece comúnmente aceptado, que aunque no se tan intelectual como aquellas, la novela que hoy comentamos pesó mucho para que en 1929 recibiera el premio Nobel de Literatura.
También es válido aquí otro comentario que surgió en la tertulia de "El último encuentro" de Sándor Márai, y es que Mann es junto a Zweig, Márai, Hesse y Huxley, representante de un grupo de escritores centroeuropeos, de origen burgués, que utilizan la literatura para exponer los valores del hombre, las motivaciones y pasiones que guían la vida de sus conciudadanos, y el progreso y la honestidad como objetivos.
A Mann como a Márai, la llegada de Hitler al poder le obliga a emigrar a Suiza (residió 5 años), luego a Estados Unidos (15 años) donde adquiere la nacionalida, y finalmente regresa a Suiza, donde muere en 1955.

Los Buddenbrook
Fue una de sus obras más tempranas y la que le lanzó a la fama, sobretodo en Alemania. Es una extensa novela costumbrista (unas 800 páginas), en la que diacrónicamente va describiendo con un relato pausado y detallista el día a día de una familia burguesa alemana de Lübeck durante cuatro generaciones, y que refleja algunas escenas que Mann había vivido en su propia familia. Para ubicarnos, el autor nos sitúa al inicio de la novela un árbol genealógico que nos facilita el seguimiento de la evolución familiar.
Resulta curioso el recurso que utiliza Mann de un testigo fiel de toda esta evolución, un testigo que trasciende a cada generación: el libro de la familia, en el que figuran y se van añadiendo los hechos relevantes del clan Buddenbrook, y que se lee cada año en una de las comidas familiares.
La novela está escrita de manera ágil y de fácil lectura, con capítulos breves en los que Thomas Mann con hábil pluma utiliza cada uno de ellos para situarnos en un aspecto de la época y al leerlos vivirlos desde dentro de la familia. Lo mismo nos describe el rostro de los empleados de la casa, que la vestimenta de cualquier personaje secundario, una receta de cocina o las relaciones adolescentes e imposibles entre Tony (Antonie) y el estudiante de medicina. Desgrana con detalle las costumbres de una sociedad clasista y cerrada, que tolera de mala manera a los que infringen sus normas: el casamiento de un Buddenbrook con una tendera, las trampas de Grünlich para casarse con Tony, los dos divorcios de ésta, la vagancia de su hermano Christian, etc.  
Esta familia inicia su progresión con el Johan Buddenbrook fundador de la dinastía, que hace fortuna a partir de su negocio como comerciante de granos, sobre todo abasteciendo al ejército. A este Johan solo le conocemos por las referencias que hacen de él las generaciones posteriores. Profundamente religioso, tiene un principio que transmite a sus herederos: “emprende durante el día aquellos negocios que te permitan dormir tranquilamente durante la noche”.
Y la novela abarca el devenir de las cuatro generaciones siguientes. De una manera armónica, magistral, vamos avanzando en el tiempo como lo van haciendo las distintas generaciones Buddenbrook. Johan hijo engrandece el negocio heredado, lo afianza y marca las directrices familiares envueltas en rígidos preceptos religiosos. Johan nieto logra acceder además al cargo de cónsul, Thomas el biznieto añade al clan su nombramiento como senador. Y todas las esperanzas están fijadas en el hijo de este último, el heredero del clan, el pequeño Hanno.
Pero no todo es triunfo y orden en el clan Buddenbrook, también coexisten problemas colaterales: Christian (hermano de Thomas) es la otra cara de la moneda, bebedor, fracasado, juerguista y enfermizo, aporta preocupaciones en vez de prestigio a la familia; Clara, hermana de los anteriores, muere poco después de casarse; Justus (sobrino de Thomas) dilapida su fortuna y la de sus padres de manera ociosa; Janus (el último heredero) es tímido, enfermizo, mal estudiante y odia los negocios.
Generación tras generación va describiendo distintas costumbres y actividades de la vida de la época, sin prisa, con detalle y observación, dando la sensación de que estuviéramos presentes: la cena de Navidad, los regalos de san Nicolás, las partidas económicas de la empresa de granos, el desarrollo de una sesión del Senado, las clases de Secundaria, la interpretación de una ópera, el veraneo en una playa, o detalla la visita de un médico, del barbero o de un dentista. Las comidas con toda la familia extensa, un jueves sí y otro no, a las que también acuden los primos, también son Buddenbrook pero de 2ª fila, sin prestigio, que van “a llenar el buche” y a criticar los deslices y fracasos de esta rama encumbrada. Este universo de situaciones es reflejo de la vida europea del momento, de la psicología de sus personajes. De ahí el éxito de la novela y su fácil conexión con el público.
Aparentemente los protagonistas de la novela son los cabezas de familia, los Johan (nombre que van heredando la mayoría de los primogénitos, salvo Thomas), protagonismo que va rotando conforme una generación va sucediendo a la otra. Pero el mayor peso de la novela descansa en dos hermanos: Thomas, último heredero del negocio familiar y que logra además el nombramiento de senador de la ciudad, y Tony,  que a todas luces encarna el papel principal de la novela, y sobretodo la que personifica la esencia burguesa y el afán de promoción de los Buddenbrook.
Es Tony la que, asumiendo la importancia del negocio familiar, renuncia a su pretendiente y amado joven por un matrimonio de conveniencia, poco después fracasado, como también fracasa su 2º matrimonio. Es ella la que encarna los valores y de la familia Buddenbrook, los anhelos de seguir ascendiendo entre las clases sociales de la ciudad, el mantener la imagen y las tradiciones de la familia, el estar en lo más alto de la élite social. Ve a los demás burgueses como competidores, y a las clases bajas como personas de inferioridad social, estrechez de miras y desaliño físico. Es ella la que mueve los hilos para que su hermano salga elegido senador, para que toda la ciudad celebre y honre el centenario de la empresa familiar, la que alienta a su hija para que acepte un matrimonio de conveniencia que les aúpe, tanto es así que su hermano le dice: “Parece que fuera tu tercer matrimonio.”
Alcanzado el título de senador por Thomas, toca construirse una gran mansión acorde con el rango alcanzado, la mejor y más lujosa de la ciudad. Y es ahora cuando éste se acuerda de un refrán turco: “Cuando uno acaba de construir su casa, le llega la muerte.” Y por ahí van los derroteros de la novela. Es ahora cuando empieza a acentuarse el declive del clan familiar: su hijo “Hanno” (otro Johan) nace enfermizo y delicado; su hermana Clara muere enferma de tuberculosis, (y a pesar de no tener hijos, su marido reclama y se lleva su cuantiosa parte de la herencia familiar); Christian sufre de “tormento” en la pierna; el senador se ve desbordado por las ocupaciones, además de celos comienza a sentir mareos; la nueva mansión ha costado una fortuna, que añadido a las dotes y divorcios de su hermana Tony, todo ello restan un capital vital para la continuación de los negocios familiares…
Continúa la decadencia familiar con la entrada en prisión de Weinschenk, yerno de Tony y director de la empresa. Poco después muere la consulesa (madre de Tony y de Thomas), y aún con la madre de cuerpo presente en la habitación de al lado, como aves de rapiña, los hijos empiezan a repartirse sus bienes, y como culmen de la desmembración familiar, las fuertes disputas entre Tom y su hermano Christian: “Bastante vergüenza supones ya para la familia, criatura, para que aún pretendas que nos emparentemos con una cortesana, y que sus hijos reciban nuestro apellido y una cuarta parte de la herencia de nuestra madre. Por encima de mi cadáver tendrá que ser.”  A ello se unen desavenencias entre los hermanos por el reparto de los muebles y por su decisión de vender la casa familiar, donde han vivido las tres últimas generaciones, y que para su vergüenza adquirirá la competencia. Es el imperio que se desmorona sin remedio.
Pocos años más tarde muere el propio Thomas de una caída accidental en la calle tras un mareo. Está claro el ocaso de la familia. Mann nos lo ha dado a entrever en capítulos anteriores aunque aún queden dos herederos masculinos con pocas perspectivas: Christian (interno en un sanatorio), y el pequeño Hanno, que prefiere la música a los negocios y carece de las ansias de poder y de conquista que su padre y su tía Tony deseaban ver en él.
Los tres últimos capítulos parecen postizos y sólo añaden tiempo para presentarnos la muerte de Hanno de tifus. Ya no hay esperanza. Los Buddenbrook han desaparecido como clan.

miércoles, 25 de julio de 2012

Las "perlas" de Emilio Castelar.


“Yo soy republicano histórico, republicano intransigente, republicano de toda la vida, republicano por convicción y por conciencia, y el que duda de mi republicanismo me ofende y me calumnia; por consecuencia yo no quiero ser nada en ninguna Monarquía. Pero señores, pongamos las cosas en su punto. Cuando en un tiempo en que nuestro fanatismo nos llevó a creer en la incompatibilidad completa de la Monarquía con las libertades públicas, en vano existía el sistema monárquico en Inglaterra, en vano existía en Bélgica, en vano existía en Suecia y Noruega, en vano existía en mil puntos donde la libertad reinaba; nosotros erre que erre en que la Monarquía y la libertad eran incompatibles. Pues yo voy a decir una cosa. Vuestra Monarquía, con las libertades que hoy tiene, vuestra Monarquía es una Monarquía liberal. ¿Será una Monarquía democrática? ¡Ah, señores! Aquí está la cuestión. ¿Venceránse estos fatalismos? ¿Se sobrepujarán ciertos espíritus del medio ambiente, como ahora se dice? ¿Bajará de lo alto una inspiración de la conciencia humana, tal que en ninguna de nuestras instituciones deje de realizarse el ideal de nuestro progreso? No lo sé; pero debe decir que si vuestra Monarquía es hoy una Monarquía liberal, vuestra Monarquía será mañana la Monarquía democrática en cuento se haya establecido el Jurado popular y el sufragio universal. Y así como dije a los míos, y no me oyeron, en cierta noche célebre: Nuestra República será la fórmula de esta generación, si acertáis a hacerla conservadora, os digo ahora a vosotros: Vuestra Monarquía será la fórmula de esta generación si acertáis a hacerla democrática”

Discurso parlamentario de Emilio Castelar en 1888 en el debate del mensaje de contestación al discurso de la Corona.

Si bien como afirma Carlos Seco Serrano en su trabajo “Ideologías políticas” de donde he tomado el texto, Castelar se adelantó en muchos años a la célebre fórmula sobre la indiferencia en cuanto a las formas de Gobierno, me permito destacar dos apuntes: uno que Castelar pecó de ingenuo al creer que bastaba con el Jurado popular y el sufragio universal, para convertir un régimen en democrático (ambas aspiraciones fueron colmadas durante la época de la Restauración sin que su carácter oligárquico se viera transmutado), y, dos, que tan encomiable aspiración, de haberse conseguido, nos hubiera librado con bastante probabilidad de un guerra civil. ¡Qué políticos!

martes, 24 de julio de 2012

Las "perlas" de Azaña.





"Es de interés primordial para los españoles, que el Estado acapare los mejores ingenieros, los mejores médicos, los mejores letrados, disputándoselos a la industria privada y a las profesiones libres. Abaratar la administración no es criterio admisible, porque mientras siga siendo defectuosa e incapaz, por poco que cueste, será muy cara."


“En España la enseñanza es una de las principales causas de desconcierto y confusión. Y lo seguirá siendo mientras continúe montada de este modo, que hace de ella, por su organización, una industria; por su técnica, es decir, por los procedimientos empleados para enseñar, una mutilación del espíritu; por su contenido, es decir, por lo que enseña, una mixtificación, un engaño. El resultado es estafar a la juventud sus días más alegres, sus años mejores y, además, en la mayoría de los casos, inutilizarla para todo estudio serio en lo porvenir.” 

Citas tomadas de la Antología publicada por Federico Jiménez Losantos en Alianza Editorial.

martes, 17 de julio de 2012

Las "perlas" de Unamuno.


Para consistencia, resistencia;
Para subsistencia, asistencia;
Y para existencia, insistencia.

(M. de Unamuno. Cancionero)


"Cristo no se flagela, ni es lúgubre, ni se recoge en ermitas. Vive al día, obra y espera. No trata de explicarse el Universo, sino de derramar su vida al azar de los pequeños encuentros, en lugarejos palestinos, con el primero que se encuentra. Lo más importante es lo del momento y lo de aquí. La eternidad se llama ahora, y el infinito se llama aquí..."

(Cartas 1903-1933 entre Unamuno y Zulueta)