jueves, 22 de noviembre de 2012

Adiós a Berlin. Christopher Isherwood.



Christopher Isherwood nacido en 1904 en el norte de Inglaterra, cerca de Manchester, adquirió en 1946 la nacionalidad estadounidense y murió en enero de 1986 en su casa de Santa Mónica, California. Hijo de familia acomodada, pero distante, muy pronto construyó un mundo imaginario en unión de amigos como el novelista Edward Upward. En 1930 viajó a Berlín donde trabajó dando clase de inglés. Aspectos como la homosexualidad y el comunismo están presentes en sus trabajos literarios. En 1938 viajó a China con su amigo, el poeta W.H. Auden y posteriormente emigraron juntos a Estados Unidos. A partir de ese momento Isherwood profesó el hinduismo, llevando a cabo una nueva traducción al inglés del Bhagavad Gita.


Diario berlinés (Otoño 1930)
Eso que siempre hay. Aquello que logra desnudar el sentimiento que un día dejamos prendido de la percha de un probador. Estoy hablando de lo perturbador que resulta que a uno le recuerden que está en una “ciudad extraña, lejos de casa, solo”. Herr Issyhvoo, un inglés triste, vive en la casa de huéspedes de Fräudelin Schroeder, un viejo piso berlinés, donde ahora su dueña vacía orinales en lugar de tazas de té. El cuarto de Herr Issyhvoo conserva en la alfombra y en el papel pintado el recuerdo de otros moradores, cuyas historias desgrana Fräudelin Schroeder con detenida cadencia. Ella habla del pasado. Él enferma de futuro. Ella todas las mañanas echa las cartas con Fräulelin Mayr. Él necesita un sombrero para salir a la calle con dignidad. Fräudelin Mayr es de Baviera, artista de variedades y nazi convencida. Odia a la vecina de abajo, una tal Frau Glanterneck, judía de Galitzia. Herr Issyhvoo da clases de inglés a Hippi Bernstein. La familia es rica y parece judía. A veces Herr Issyhvoo recibe una moneda de oro de cinco marcos, no un billete, no, sino una moneda de oro. Parece significativa esa unión del oro y los judíos.

Sally Bowles.
Chris, Fritz y Sally. Fritz se porta como un héroe y le presta diez marcos a Sally. Pero a Chris (Issyhvoo) el café puro de Fritz le sienta como si fuera veneno. Sally canta en el Lady Windermere, aunque tiene una voz baja y bronca y un aspecto extraño, la indiferencia de su sonrisa le da un aire que resulta impresionante. Es Liza Minneli en Cabaret. A Chris no le gustó. Sally come criadillas (huevos crudos con salsa inglesa), tiene diecinueve años, las manos de una vieja y las uñas pintadas de verde. Sally ya sabe que “los hombres de este país…, todos, quieren llevarte a la cama por un caja de bombones” y que el dinero hace que mires a la gente de otra manera. Esta enamorada de Klaus Linke, el pianista que acompaña las canciones de Sally en el Lady Windermere. Pero él se va a Londres y le envía una carta de ruptura. Chris la consuela y entretiene. Juntos sueñan: ella, actriz; él, escritor. Conocen a Clive un tipo “que se bebía media botella de whisky antes del desayuno”, alguien que siempre se estaba preguntando si entraba o salía de los sitios. Era rico e inconsecuente. En unas pocas semanas, voló; y Chris y Sally discutieron sobre la huida de Clive: Sally dice que los hombres no le duran y Chris que está equivocada que él es el ejemplo. Clive les deja trescientos marcos que servirán para pagar la clínica donde Sally va a abortar. Es hijo de Klaus, pero Chris hará de padre de un niño que no va a nacer. Sally y Chris se separan sin haber llegado nunca realmente a estar juntos. Quedan un par de postales en seis años. Y en medio la historia de un timador que resultó ser un loco tranquilo.

En la isla de Ruegen.-
Fue durante la época nazi cuando se inició la construcción del puente que une la isla al continente. “El Báltico tibio y poco profundo”, en la isla de Ruegen. Allí está Chris, de nuevo en una pensión. Hay un chico alemán que usa extensores y un inglés de marcadas venas en las sienes: Otto y Peter. La historia de Peter, tan anodina como una discusión en el interior de un pajar. Otto es capaz de sacar el acoso de la mirada de Peter y aunque nada tenga que ver con el universo del inconsciente, Otto es el nuevo analista del maníaco-depresivo Peter. La playa está llena de “verdaderos tipos nórdicos”, de sillas con gallardetes. Peter se siente un poco fuera de lugar, “una de mis abuelas era medio española”. La llegada de un cirujano nazi (del tipo que conoce la maldad humana por el estado de las amígdalas), precipita las rencillas entre Peter y Otto que concluye en riña de la que Chris es mero espectador: “Era divertido y a la vez desagradable, porque la ira les afeaba las caras…” Las escaramuzas entre Peter y Otto proliferan. Chris hace compañía a Peter de la misma forma que si fuera una luz encendida.

Los Nowak.-
Herr Christoph acude a visitar a Otto en Berlín, en la Hallesches Tor. Otto le convence para que viva con su familia y Christoph se convierte en huésped de los Nowak. A este inglés lo que le gusta es husmear en las pensiones. Los Nowak son cinco. Además de Otto, está Lothar, el hijo mayor, que trabaja en un garaje, estudia para ingeniero y simpatiza con los nazis. Frau Nowak añora los tiempos del Kaiser. Grete la hija menor colecciona cromos de flores. Otto aboga por la revolución comunista, parece que secundado por su padre, Herr Nowak. A los dos les gusta contar historias. La casa la visitan un inspector y una enfermera que reprochan a Frau Nowak las condiciones de habitabilidad de la buhardilla y el hacinamiento. También acude un sastre judío que vende ropa a plazos. Frau Nowak confían en que Hitler le ajuste las cuentas al judío trapero, pero sin meterse con ellos (un sentimiento que debía de estar muy extendido en la época). Había allí un estrépito de selva y los domingos eran los días más largos.  Frau Nowak acaba por ingresar en un sanatorio y Herr Christoph toma distancia de su experimento abandonando la casa que queda en manos de Herr Nowak y la niña Grete. Otto y Christoph acuden al sanatorio a visitar a Frau Nowak. Es un lugar donde las mujeres, violentadas por los hombres y la sociedad, descansan. Las mujeres enardecidas por la visita de los hombres, embotan los sentidos de Christoph.

Los Landauer.-
Los nazis persiguen judíos en las noches del otoño de 1930 en Berlín. Christoph recuerda que posee una carta de recomendación para la familia judía de los Landauer. Natalia Landauer tiene dieciocho años y habla como un cotorra, una sabelotodo que quiere ajustarle las tuercas a la vida. Bernhard es el primo de Natalia y vive en un piso protegido por cinco puertas y cubierto de estatuas griegas, indochinas y un buda a los pies de la cama. A Christoph le parece un hombre fatigado, quizás cansado de la vida. En la oficina Bernhard es una luz azul: el mejor modo de ocultarse. La mezcla de sangres de la que es portador Bernhard le aconseja la disciplina como única salida. La pureza que proporciona los siglos en libertad de Gran Bretaña, predisponen a Christop a los experimentos: Sally versus Natalia. Bernhard y Christop: el sentimentalismo judío que da la espalda al mundo y la flema inglesa que no puede reprimir su hostilidad hacia cualquier manifestación de debilidad. Hasta cierto punto es la misma canción, como en el final de Los maestros cantores, Die Meistersinger, la ópera wagneriana. Ahora sabemos que la relación de Christop con los Landauer se remonta a la época en la que vivía en la pensión de Fräudelin Schroeder y que se mantuvo con altibajos en el período Nowak. Un poco después de mayo de 1933 Bernhard muere de un infarto al corazón que le causa una bala seguramente fabricada en Alemania.

Diario berlinés (Invierno 1932-1933).-
Fräudelin Schroeder odia el frío y en infierno se pega a la estufa de azulejos. Un carnicero que se permite el lujo de humillar a una señora. La inmensa credulidad de la gente estúpida. Un comunista que aspira a cambiar el color de la estrella de navidad al año que viene, un nazi borracho que pide sangre y otro que agita la hucha recaudadora antes de dejarla caer sobre las cabezas. El berlinés comienza a acomodarse a los nazis como un “animal que pelecha en invierno” y el inglés piensa en el gran parecido que la cúpula de la estación de Nollendorfplatz, tiene con una tetera. Hitler gobierna y Christop se marcha.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Don Juan Tenorio. José Zorrilla.

PRIMERA PARTE.-
ACTO PRIMERO.-
Hostería de Cristófano Butarelli. Sevilla. Don Juan escribe una carta, a una mujer será. Buttarelli y Cuitti, el criado de don Juan, hablan de dinero. Los primeros versos: “¡Cuán gritan esos malditos!...”, se han hecho famosos por mucho que a Pérez de Ayala de parecieran de muy dudoso gusto estético.  Estamos a martes, de carnaval por más señas, aunque inmediatamente Ciutti hable de agosto, provocando así una evidente dislocación temporal que en el último acto llega a su cénit. Muy mentiroso parece el criado Ciutti que afirma no conocer el nombre de su amo y ser el padre a quien escribe.
Don Juan pregunta por don Luis Mejía. No es un día cualquiera, es “el fin del plazo”. Butarelli parece solazarse con la inminente reunión. Llega don Gonzalo y pregunta al tabernero por la cita, tiene en interés en asistir a la entrevista. Butarelli le señala la mesa donde les servirá la cena y le indica a don Gonzalo “esotra… [desde donde ver la] escena”, pero don Gonzalo quiere mirar sin ser visto. A falta de aposento (contiguo), antifaz al momento. Don Gonzalo murmura y Butarelli trajina. Se “cierra el plazo”. Aparece otro embozado, don Diego, que también se sienta a esperar la aparición de Tenorio. Ambos, don Gonzalo y don Diego, son guardadores de altos linajes. Llegan más: el capitán Centellas, un tal Avellaneda y otros dos caballeros; en este caso nada tienen que ocultar pues ni se embozan ni usan antifaz; vienen al amor de la apuesta que se dice cruzada entre Mejía y Tenorio. Apuestan encomiando empresas, fortunas y amistades. Comparecen por fin los esperados.
Todos arriman sillas, don Diego y don Gonzalo quedan retirados. ¿Por quién estarán allí, por don Luis o por don Juan? La apuesta versaba sobre “quién de ambos sabría obrar peor, con mejor fortuna”. Don Juan se definirá como “gallardo y calavera” y relata sus aventuras de espadas y haldas por Nápoles y Roma. Flandes y París para don Luis. Guarismos pide don Juan, y cuentan conquistas y muertos. La victoria exalta a don Juan que arriesga el resto: la conquista será esta vez doña Ana de Pantoja, prometida de don Luis, y el muerto uno u otro. Inmediatamente conocemos la identidad de los dos enmascarados que han presenciado la escena: don Gonzalo es el padre de doña Inés, prometida de don Juan,  y don Diego no es sino el padre del mismo Tenorio. Ambos repudian el comportamiento de yerno e hijo. Repudio por repudio y siga la fiesta que siendo tan alta la nueva apuesta, todo vale. Presos son don Juan y don Luis. Es evidente, y así lo ha puesto de manifiesto la crítica, la simetría que Zorrilla establece entre don Juan y don Luis, da la impresión de que Tenorio necesita de un doble como única posibilidad que tiene a su alcance para trascenderse.

ACTO SEGUNDO.-
Don Luis, libertado por las influencias de un primo, sale en libertad y acude presuroso a guardar la casa de doña Ana de Pantoja. Allí encuentra a Pascual, criado de confianza de la familia Pantoja, con quien sostiene un enjundioso diálogo. Merece la pena detenerse en dos puntos que, muy posiblemente, guardan conexión. Aparece la alusión al ingrediente satánico de la figura donjuanesca con una adjetivación ciertamente ambigua: “Mas lleve ese hombre [Tenorio] consigo/algún diablo familiar” (versos 906 y 907). Y, en segundo lugar, la desesperada situación en la que queda don Luis que se ve forzado a deshonrarse para defender su honor, pues no ve otra salida para proteger a doña Ana que pasar la noche dentro de su casa: “Que de esta casa, Pascual,/quede yo esta noche dentro/Mirad que así de doña Ana/tenéis el honor vendido” (versos 966 a 969). La misoginia es la levadura de tan ardiente masa: “Mas yo fío en las mujeres/mucho menos que en don Juan” (versos 986 y 987). El monólogo de don Juan después de haber neutralizado, de forma muy poco caballeresca, la presencia de don Luis en la ventana de doña Ana, es prelación de intereses o deseos donde la fama va antes que la dama. Llega Brígida, en celestina dación de cuenta, poniendo a don Juan “el alma ardiente”, fuego que “me quema el corazón” y reta a continuación a Satanás (“¡al mismo infierno bajara,/y a estocadas la arrancara/de los brazos de Satán!” Versos 1315 a 1317): es el principio del fin. Pero todavía no, que el tiempo en manos de Tenorio da mucho de sí: “A las nueve en el convento/a las diez en esta calle”. ¿Cómo diablos supo don Juan que don Luis y doña Ana para las diez habían fijado su encuentro?

ACTO TERCERO.-
Tampoco sabemos cómo, pero la abadesa ya conoce la decisión de don Gonzalo de la ruptura del compromiso matrimonial, y así se lo dice a doña Inés, la cual responde con un “no sé qué tengo…” aún antes de leer la carta de don Juan, introducida por Brígida en el interior de su libro de oraciones. En la carta don Juan se confiesa enamorado de doña Inés a la que muy probablemente no ha visto nunca y comienza por invocar a “nuestros padres de consuno/nuestra bodas acordaron”. Conviene advertir que aquel compromiso que era cierto en el momento de escribir la carta, es la única verdad que contiene la misiva, el resto no son más que dulces palabras cuya finalidad es “enamorar de oídas”.
Pero nada más concluida la lectura de la carta, suenan las ánimas, e inmediatamente don Juan aparece como si se tratara de un fantasma, de un demonio, aunque “con llave”. La aparición precipita el desmayo que antecede al rapto. El comendador de la orden de Calatrava, que no es otro que don Gonzalo, llega tarde para proteger su honor y la clausura del convento.

ACTO CUARTO.-
“Desde un convento de monjas/a una quinta de don Juan”. Brígida inventa un incendio que doña Inés toma como real, sin captar el sentido figurado con el que la dueña se expresa. Viene a continuación la famosa escena del sofá, que arranca con la mentira de don Juan sobre el aviso que a don Gonzalo ha enviado y culmina con su transformación brusca: de burlador a enamorado. Don Juan se humaniza tras la apelación que doña Inés hace a la “hidalga compasión”. Sea así o no lo sea, parece todo un acierto la llamada de atención que la crítica actual hace a que en el Tenorio todo ocurre en un instante: los personajes son apariciones instantáneas y sus cambios también lo son. Llega don Luis a batirse y, al punto, don Gonzalo acompañado de gente armada. Don Juan logra aplazar el duelo y captar la atención de don Gonzalo al que recibe de rodillas. “¿Qué puede en tu lengua haber/que borre lo que tu mano/escribió en este papel?” (2451-2453), pregunta el comendador seguro de que nada puede cambiar los hechos. Pero Tenorio insiste y saca de su chistera de embaucador la flor de la virtud. Todos dudamos. Parece excesiva esa ofrenda de inocencia celestial de la que reviste a doña Inés: “que el cielo/nos la quiso conceder/para enderezar mis pasos.” Dudamos aún más. ¿Es este un Tenorio nuevo en el que la virtud ha sustituido al vicio, o es el mismísimo Satán quien se ha colado bajo su piel?, “os mofáis de mi virtud […] venza el infierno, pues” (2595, 2603). Don Gonzalo recibe un pistoletazo y don Luis una estocada.
“Llamé al cielo y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, y no yo.” (2623).

PARTE SEGUNDA.-
ESCENA PRIMERA.-
Don Juan regresa años después y encuentra “el palacio [de don Diego] hecho panteón”. La historia que le cuenta el escultor a don Juan no puede ser más triste. Muertos todos: don Gonzalo y don Luis por la mano de quien ahora regresa y las de su padre don Diego y su prometida doña Inés, por los disgustos de sus acciones. Pero don Juan parece el mismo que se fue y al escultor le exige la llave del panteón con graves apercibimientos: “Y si no me satisfaces,/compañía juro que haces/ a tus estatuas desde hoy” (2889-2691) El soliloquio de don Juan ha sido muy comentado por la crítica. Da la impresión de que es la hermosura de doña Inés la que le ha hecho regresar, “y hoy que en pos de su hermosura/vuelve el infeliz don Juan”. Pero al hacerlo recuerda la inocencia y la virtud que en ella amó, “por ti pensé en la virtud,/ adoré su excelsitud” (2955-2956). Y sin embargo, queda la esperanza, “mi esperanza se asegura,/que oigo una voz que murmura”: don Juan hablando con las estatuas. La de doña Inés se disuelve en el aire y le advierte a don Juan que su alma tiene su “purgatorio/en este mármol mortuorio” (2996). Lo sorprendente es que sea el mismo Dios quien ponga a don Juan ante su última aventura, en este caso de ultratumba: la suerte del alma de doña Inés depende de la de don Juan. Pero ni en esta ocasión le falta el descaro que a los muertos les dice: “No os podéis quejar de mí,/vosotros a quien maté;/si buena vida os quité,/buena sepultura os di” (2900-2903). Máximo cinismo, pues fue don Diego y don Juan quien así obró en la buena sepultura. Y a las sombras o espíritus, inmediatamente después de oír a doña Inés, les lanza fanfarrón: “¡Hasta los muertos así/dejan sus tumbas por mí¡” (3035-3036). Es de resaltar que en el monólogo que sigue a la aparición, don Juan pasa del descaro a la razón y de esta a la desazón hasta bordear la locura de desafiar a las sombras de las piedras. Pero la llegada del capitán Centellas hace a don Juan volver por sus fueros: “Si volvieran a salir/de las tumbas en que están/a las manos de don Juan/volverían a morir” (3157-3160). Siempre don Juan.

ACTO SEGUNDO.-
Cenan el capitán Centellas, Avellaneda, don Juan y…, el mismísimo comendador a cuyo espíritu don Juan invitó en el final del acto anterior. Se burlan de las galanterías que don Juan brinda al sitio vacío y que simulan estar ocupado por el comendador. A base de burlas y desafíos la estatua del comendador acaba por entrar en la estancia y poner a don Juan en antecedentes de que un día de vida sólo le aguarda. Poco plazo parece veinticuatro horas para alma cubierta de tantas culpas. El desatino, cruel destino, le lleva a don Juan a porfiar con el capitán Centellas y Avellaneda que durante la aparición han quedado privados de sentido. Se retan y marchan hacia el exterior.

ACTO TERCERO.-
Este último acto transcurre en un tiempo que parece confuso, entre el humano y el ultramundano. En una especie de antesala donde se decide el futuro de los que agonizan, cual es el caso de don Juan Tenorio. Y no es hasta el último instante cuando don Juan se decide por pedir piedad a Dios y abandonar la mano del Comendador por la de doña Inés. Pero no sin antes conocer todas y cada una de las cartas que sobre la mesa, o balanza, están repartidas. Si el Dios de la clemencia es el Dios de don Juan Tenorio, más merece aquel la alabanza por la paciencia que este por el jolgorio. No me fío de este Tenorio.
                                                             

miércoles, 31 de octubre de 2012

Epístolas morales a Lucilio (1) Séneca.



Unas breves notas antes de abordar el comentario de cada una de las epístolas.
La fecha de su redacción se sitúa entre el verano del año 62 y los últimos meses del 64, la etapa en la que Nerón inició su rivalidad con el Senado y ordenó múltiples ejecuciones.
Es una afirmación bastante común en los tratados, que Séneca dice siempre lo mismo usando palabras distintas, creo que Ismael Roca (véase su magnífica introducción a las epístolas en la edición de Gredos), lleva mucha razón cuando indica que el estilo un tanto entrecortado de Séneca, construido a base de máximas, busca una cuidadosa matización de sus ideas y exige del lector una atenta lectura. Esta es una idea fundamental para cogerle el gusto a Séneca: leer muy despacio, pararse al acabar cada párrafo y retornar al principio con asiduidad. Es decir, nada que ver con la forma actual de leer. Es curioso que Séneca nos permita descubrir lo placentero que puede resultar un rincón tranquilo y apartado, donde no haya más objetos que una silla y este libro cuya lectura ahora comentamos.
Como quiera que Séneca cita muy frecuentemente a Epicuro, puede ser de utilidad un pequeño esquema de la relación entre el epicureismo y el estoicismo. Nuevamente, el esquema se ha tomado de la introducción de Ismael Roca:

Lo que Séneca comparte con Epicuro:
a.- El aprecio por la pobreza.
b.- El retiro e independencia del sabio.
c.- La búsqueda de un modelo ideal.
d.- El imitar o secundar la naturaleza y limitar los deseos.
e.- Aprender a morir.

Lo que Séneca añade a Epicuro:
a.- Que la pobreza ha de ser voluntaria, fruto de una elección no de una necesidad.
b.- La muerte como tránsito.
c.- El retiro espiritual estoico vigoriza el espíritu.
d.- La búsqueda de la felicidad en la virtud y no en el placer.

Un último apunte. La crítica moderna considera falsa con seguridad la presunta correspondencia entre Séneca y Pablo de Tarso, e improbable la conversión de Séneca al cristianismo. Pero, en cualquier caso, es cierto que nuestro filósofo fue la mente pagana que más se acercó al mensaje evangélico.

Puede ser buena idea que leamos una epístola diaria y que las agrupemos por semanas. 


Primera.-
Que mejor modo de comenzar que hablando del tiempo, pues todo “es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro”.

Segunda.-
La inquietud por cambiar de lugar el cuerpo, hace enfermiza al alma. Así ocurre también a los que no seleccionan en sus lecturas a los grandes escritores y se pierden por tratar de manejar “todos al vuelo y con precipitación”. Séneca elige una máxima de Epicuro, pero no sin antes advertir que su elección corresponde a la costumbre de pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador. La cita de Séneca no es exacta, advierte Roca, y dice: “Cosa honesta es la pobreza llevada con alegría”. Honestidad, pobreza y alegría. Deja para el final una de esas frases que Séneca escribe como si fuera una ola rompiendo a la orilla del mar. Ahí va: “Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.” La virtud está por allí en medio, que cada uno inicie su propia búsqueda.

Tercera.-   
Rechaza Séneca el amigo a medias que parece presentarle Lucilio como enviado de una misiva. Y aprovecha esta circunstancia para recordar a Teofrasto (un discípulo de Aristóteles), quien amonestaba a los que juzgan después de haberse encariñado. Séneca insiste en juzgar antes de amistar, pero no después. Esta es la idea central de la amistad para el de Córdoba.

Cuarta.-
Séneca instruye a Lucilio sobre la conveniencia de liberarse del temor a la muerte y del no menor de la pobreza. En ambos casos la vida tranquila y el espíritu sereno deben ser nuestros aliados. “La mayoría fluctúa miserablemente entre el miedo a la muerte y las penas de la vida, y no quiere vivir, pero no sabe morir” Esa contradicción que se encierra en ni vivir ni morir, es similar al hecho de que tanta muerte den los poderosos como los siervos. “Lo superfluo nos hace sudar”, basta la conformidad con lo necesario para que el temor de la pobreza quede espantado.

Quinta.-
Comienza con una exhortación a la perseverancia, al esfuerzo por alcanzar la sabiduría y mejorar el alma. ¡Qué lejos aquellos tiempos de los actuales! Discreción y filosofía son hermanas que han de caminar juntas. A un lugar situado en la lejanía se dirigen el deseo y el temor, aunque en este caso no caminan juntos: delante va la esperanza, detrás el miedo. Deliciosa carta.

Sexta.-
“Sin compañía no es grata la posesión de bien alguno”. Y la sabiduría no es una excepción. La separación de su amigo Lucilio, obliga a Séneca a enviarle sus propios libros anotados, pero le indica de la conveniencia de su presencia física “porque el camino es largo a través de los preceptos, breve y eficaz a través de los ejemplos”.

Séptima.-
Rehuir la multitud es la primera obligación de quien aspira a la sabiduría. Todos los comentaristas han destacado, con Scarpat a la cabeza, que la carta está redactada pensando en Nerón y sus excesos. “Dad gracias a los dioses inmortales de que el hombre a quien tratáis de enseñar la crueldad no pueda aprenderla.” El vulgo es tal, que se impone: o lo imitas o lo odias. Séneca aconseja a Lucilio que no haga ni una cosa ni la otra, es preferible “recógete en tu interior cuanto te sea posible”.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El alienista. Joaquín María Machado de Assis.

Simão Bacamarte, hijo de nobles, es un científico, doctor en medicina,  que construye en Itaguaí su universo. Allí se entrega al estudio de la ciencia, a cuyos criterios consagra todo, hasta la elección de esposa: buena salud y postergable belleza. La elegida es doña Evarista da Costa y Mascareñas de veinticinco años y viuda, ya, de un juez de fora. Pero la dama negó el fruto de los hijos y Simão Bacamarte se afana en su trabajo. Nace así una idea: la de reunir en una casa común a todos los locos de Itaguaí y sus contornos. Casa Verde: casa de orates.

Falcao era un loco que se creía estrella y preguntaba por el sol para saber si debía retirarse o permanecer con las piernas y los brazos separados. Más profunda es la locura de García que guarda silencio por temor a que una sola palabra suya baste para desprender todas las estrellas del cielo. Simão Bacamarte a todos los investiga, apenas si le da de sí el día para tanto trabajo, ¡tanto por saber de cada loco! El ambiente de laboratorio amustió a doña Evarista. Río de Janeiro parecía el mejor tonificante. Ya sin mujer en casa, Simão Bacamarte alumbró un gran pensamiento. Quizás fue el vicario Lopes quien mejor lo sintétizo: el alienista quería transponer la valla de la locura y la razón, es decir situarla un poco más cerca de la realidad. El primero que ingresó en la Casa Verde fue Costa, uno de los ciudadanos más estimados de Itaguaí, afectado de una extraña forma de prodigalidad que se alimentaba de desagradecimiento. La ciencia era la ciencia y el alienista no podía dejar en la calle a un perfecto mentecato. Una prima quiso interceder por el pobre Costa, pero al hacerlo arguyó el poder de una maldición que ponía en duda que la “la ciencia era la ciencia”. Ella fue la primera víctima de la herejía científica, que paga con el encierro la disidencia. La gente inventó mil historias para justificar el proceder del alienista, pero tras el ingreso de un alabardero rico que se hacía contemplar por las tardes asomándose al balcón de su suntuosa mansión, alguien exclamó: “La Casa Verde es una cárcel privada.” Cuando regresó doña Evarista, el alienista henchido de diagnósticos, extendió los brazos para que ella consumiera los dos minutos de desmayo. Doña Evarista era la esperanza de la población y el pueblo entero se volcó en su recibimiento, incurriendo en excesos. La consecuencia fue un nuevo ingreso en la Casa Verde: Martim Brito, “un caso de lesión cerebral; fenómeno no muy grave, pero digno de estudio…” A estas alturas ya “no se sabía quien estaba sano ni quién estaba loco.” Y “el terror crecía [y] se avecinaba la rebelión”.

Aunque al principio no es sino “un torbellino de átomos dispersos”, la revuelta toma los altos vuelos de una “nueva Bastilla” a cuyo frente se pondrá un barbero, Porfirio Caetano das Neves. La revuelta de los Canjicas triunfa y el barbero cambia la navaja por la espada de “Protector” de la villa. Sorprendentemente el nuevo gobierno barberil contemporiza con el alienista, la ciencia intimida, y en cinco días, cincuenta aclamadores del nuevo gobierno son encerrados en la Casa Verde. Otro barbero derroca al pusilánime Porfirio, antes de que fuerzas mandadas por el virrey, repusieran el orden. El barbero Porfirio y cincuenta mentecatos más le son entregados al alienista. Y el alcalde y la propia doña Evarista, las últimas víctimas de la codicia cientificista de  Simão Bacamarte. A estas alturas, los cuatro quintos de los habitantes de Itaguaí residen ya en la Casa Verde.

Es entonces cuando la población entera, la de dentro y la de fuera, se ve sorprendida por la decisión del alienista: devolver la libertad a todos los alienados y pedir, a cambio, el ingreso de la quinta parte que había dado muestras de un “cerebro bien organizado”. El ayuntamiento accede a la petición del nuevo Hipócrates, incluyendo una cláusula de inmunidad para los concejales, solo uno de ellos, por lo atinado de sus reparos, fue recluido en la Casa Verde. Allí los nuevos internos son cuidadosamente clasificados atendiendo a la virtud que los hace equilibristas razonables y se instaura una terapia que neutralice la descollante cualidad. A los modestos, se les aplica remedios de profunda significación: para unos es suficiente la matraca, otros no ceden hasta admirar la placa de oro que adorna su sombrero. En poco menos de año y medio, el alienista logra la ruptura del equilibrio de todos los internos. Así las cosas no quedaba más loco que el propio Simão Bacamarte, quien en un acto de auténtica entereza científica, decide recluirse en la Casa Verde para su estudio: era un caso excepcional pues reunían en una sola persona teoría y práctica.

La parodia está escrita en 1882 y por tanto es anterior al descubrimiento freudiano de que los hombres no son dueños de sí mismos. Simão Bacamarte es un nuevo Quijote de la ciencia que se echa a los caminos de la cordura para remediar la mentecatez de sus vecinos y acabará muriendo solo y loco. El reverso del héroe cervantino esgrime las modernas armas de la ciencia y como aquel, pretende restituir al mundo la cordura, o por mejor decir, sacar a los habitantes de Itaguaí de su pacífica locura. Curas, barberos y cronistas no aparecen en la obra de Machado por casualidad. Son una exacta referencia al quehacer cervantino. Pero la locura de Simão Bacamarte es la locura de la frustración, de aquella frustración que sale de comprobar la absoluta imposibilidad por restablecer el equilibrio mental de los mentecatos y la aparente facilidad con la que la virtud retrocede. Generalizar la neurosis parece la única posibilidad al alcance del hombre moderno. La feroz crítica se acompaña con un tono descaradamente irónico y una prosa que fluye como río donde han de acontecer las batallas humanas venideras. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.


Gregorio Olías, el nombre y el inicio nos traen a la memoria La metamorfosis de Kafka, se despierta de un sueño absurdo, mezcla de imágenes circundante y vivencias interiores, para caer en la realidad, en una vida de cuarenta y seis años que le corre “como una araña por la piel”. El recurso de echar la vista atrás para saber cómo hemos llegado a esto se hace irresistible. Casi siempre funciona.

Gregorio es un oficinista que se atisba de un gris subido, habitante de una pensión galdosiana y aspirante a colgar puentes en la selva amazónica. Conoce a Angelina con quien inicia una relación sentimental y de cuya mano se sirve el narrador para remontarse aún más atrás. A los nueve o diez años Gregorio, huérfano, llega a la ciudad al encuentro de su único pariente vivo, su tío Félix Olías, propietario de quiosco bajo acacia, que decide convertir a su sobrino en un gran hombre. Para ello cuenta con un diccionario, un atlas y una enciclopedia que un oscuro personaje pone a su disposición. Pero la obsesión del aprendizaje no es sino una sublimación freudiana, túneles que el inconsciente escarba en la conciencia para expiar la culpa. Poco a poco Félix se retira a su interior y acaba por enloquecer. Gregorio, entre la infancia y la adolescencia,  palpa el hierro caliente de la soledad y se aferra a la melodía de una habanera que gira sobre sí misma, como la noche buscando el día.

Gregorio ha de hacerse cargo del quiosco y por allí desfilan las aspiraciones de un tipo duro, Elicio Renón, dispuesto a todo con tal de ascender en la vida, la última barrita de regaliz y la novela de amor de Alicia, cuya aparición eliminará la neutralidad de las cosas, y su marcha, liberará el recuerdo de un abuelo “afanoso”. El amor, el recuerdo infantil, el pasado y la soledad son veredas muy transitadas por la poesía. Y Gregorio se pregunta si acaso las aves migratorias sabrían si las rosas había ya florecido en Corfú. Gregorio se hace poeta. “Era elegante ser poeta…, pero de poeta se folla poco y no se sale de pobre.” De esta forma completa su comentario Elicio cuando Gregorio le confiesa su nuevo afán. Pero es el propio Elicio quien bautiza al poeta: Augusto Faroni, poco antes de comprarse una moto y llevarse a Alicia en el asiento de atrás. Gregorio se despide de su tío Félix, que al final había encontrado, en posar de muerto, un quehacer idóneo para su ambición, y del quiosco, y con un traje nuevo de franela y unos zapatos de charol, entra de botones en la misma empresa en la que su tío había servido de conserje durante largos años.


Desaparecidos los testigos de su vida anterior, Gregorio saltó de la lírica a la ciencia, entreteniéndose mientras llegaba el momento de ir hasta el Amazonas, añadió cinco años de películas que le dieron un aire impenetrable y le permitieron conservar “su antiguo relumbre de poeta”. Se inventó una novia y un gato y ensayaba con una navaja multiusos por puro gusto. Gregorio se iba convirtiendo en un hombre vulgar que entretenía sus frustraciones con sueños escritos en el dorso de las entradas de cine que guarda en el interior de los libros. Fue entonces cuando conoció a Angelina. Ante ella y su madre se presentó Gregorio con el marchamo de ingeniero en ciernes y recibó el ofrecimiento de un reloj estropeado, un pasado esplendoroso dormido entre reliquias y “una bandeja de pastelería que ofrecía a la madre con media reverencia”. Los versos acabaron en el interior de una caja de zapatos que se perdió en el fondo de un armario. Oscuro sobre oscuro. La dicha no aparece sino cuando la memoria se retira.

La firma “Productos R. y Belson, vinos y aceitunas”, carga con los treinta y dos años de Gregorio y su corta experiencia. El ambiente es, de nuevo, kafkiano. Son nueve empleados, pero Gregorio durante catorce años no conoció a ninguno de sus compañeros. Cada mañana Gregorio se encontraba el trabajo que debía  realizar encima de la mesa y después veía salir, a eso de las siete, a las personas que trabajaban en el sótano. El teléfono tardó seis años en sonar. Ocho más transcurrieron hasta que Gregorio volvió a ver al hombre con el que se entrevistó el primer día, el hombre de negro que hacía muchas preguntas y hablaba con latinismos. Gil, el viajante de la firma comercial R. y Belson, es quien comienza a telefonear regularmente para hacer los pedidos y quejarse de sus miserias de comerciales.

Gregorio se lleva a su mujer y a su suegra a la verbena para que el fantasma de Faroni reaparezca. Este hombre que no sirve ni para tener hijos, que ha hecho del matrimonio una prolongación del noviazgo y que entretiene su vida rastreando los silencios de un comercial feriante, vuelve sobre sus pasos. Comenzó por robarle los suspiros a su suegra y permitió que Gil sacara el hurgón todos los lunes y jueves desde el otro extremo del teléfono. Pequeñas exigencias: un cuento, una invención, la crónica de lo que el progreso había construido en la ciudad durante su ausencia… En este forcejeo Puro forcejeo rupturista, donde Gregorio expone para ponerse de manifiesto, reinventándose a sí mismo. Ingeniero, poeta, artista de café…, y veinte años más joven. ¿Quién, sino Faroni, podía ser?  Pero es que ambos lo necesitan para salir del aislamiento en el que la vida los ha sumergido. Es todo un acierto que la impostura sólo lo sea a medias, el antifaz desnuda la idea, y Faroni se muestra tan real como la socrática necesidad  de Gil exige. El autor se sirve del teléfono para enmascarar la trama, un invento que el progreso ha puesto ya en manos de todo el mundo (son los años sesenta de la centuria pasada). Este progreso, al que constantemente se refiere Gil y del cual Gregorio le transmite una versión idealizada y hasta absurda en mucha ocasiones, sirve como valor de cambio con el profundizar en la transformación interna de los personajes, para los cuales crecer es crear.


Faroni anda suelto, dicen que lo han visto atravesar las columnas del Café de los Ensayistas agradeciendo los aplausos y exponiendo los renovadores pensamientos de un químico del páramo llamado Gil Gil Gil. Sí, tres veces Gil, pues su padre quiso reducirlo a la unidad, como un dios. Las páginas en las que Gil relata su vida probablemente sean de las más conmovedoras de la novela. Y no tanto por la historia en sí, como por el hecho de que cada vez que termina de relatar un episodio se pregunte, sin solución de continuidad, si acaso esa hubiera sido la mejor forma de comenzar a contar la historia de su vida, de una vida lastrada por la inseguridad que le ha conducido al abatimiento metafísico. A partir de este punto y una vez que Gregorio recibe el regalo que, como muestra de agradecimiento, le remite Gil (miel y membrillo, regalo de provincias), comienza aquel a descubrir la completa indefensión de la posición en la que se encuentra: en puridad no hay argumentos suficientes ni para reprocharse su conducta, ni para justificarla. Porque si “descontadas las apariencias, yo soy Faroni”, la mentira es un “señor feudal: desolado, feroz, bufo y levantisco” que busca siempre una víctima propiciatoria: “¿No fue usted, desgraciado, quien removió mi vida con preguntas inoportunas y tramposas?”, crisol en el que forjar el ardor del abandono y, claro está, también el de la creatividad. Y es que nada hay más creativo que la mentira, la farsa, la impostura: la vida imaginaria que Gregorio tenía la necesidad de inventar. Tras el desmesurado del relato fantástico de Gregorio, haya, quizás, un último intento de retornar a la realidad, pero ya era demasiado tarde: había dado a Gil una justificación para soportar su propio exilio, le había hecho confidente de un hombre que era todo lo que Gil había querido ser. Y no era, no eran, ninguno de los dos eran, otra cosa que mera cáscara de nuez, “nueces en primavera”, la habanera. La crisis en la que se sumerge Gregorio a la vista del cadáver de su propia adolescencia, es una crisis de identidad que le conduce a plantearse el suicidio como única vía de escape. Sí, el suicidio era una buena solución, así Gregorio convertía en héroe a Faroni y evitaba tener que rendir cuentas ante Gil. Pero llegó la navidad y en la nochevieja Gregorio bailó, bebió, se emborrachó y acabó por confesarle a todo el mundo que su verdadero nombre era Faroni. Y transitó por la locura del aislamiento, arrastró fuera de sí la corporeidad de Faroni, atribuyéndosela a un maniquí de escaparate y tras revelarse el delirio como una garantía de conquista, desnudó al maniquí y se vistió él. Angelina, la esposa, asintió a la petición de Gregorio de arreglar el disfraz de Faroni, sabe que su marido es poeta porque tiene una caja de zapatos llena de poesías. Es la imagen del más puro estoicismo femenino, alguien que sabe que los hijos también mueren y que los locos hacen sufrir. El poeta-sonajero llamado Faroni ha conquistado el suficiente poder como para forzar a Gregorio a escribir y, en la certeza de que el único error “consistía en no haberlo hecho” antes, comienza por dictar el resumen de las obras que aunque estando por escribir se han perdido Cuatro meses le bastan a Gregorio para escribirle a Faroni el resumen, al parecer ilustrado, de sus obras completas y una carta que es remitida a un diario, alertando al mundo sobre el escandaloso olvido en el que se haya inmerso el maestro Faroni. Ya nada puede detener a Gregorio/Faroni: Gil servirá de instrumento para dar a conocer a Faroni en la tertulia y en clave cervantina pasará a redactarse un prólogo para su libro de poemas, al que añade el nombre de Ernest Hemingway. Gregorio Olías, biógrafo de Faroni.


¡Gil regresa a la ciudad! El poeta-sonajero escapa raudo de su guarida y se refugia en una pensión para “caballeros honrados y estables”, tiene un plan y necesita un par de meses. El poeta-sonajero, antes Faroni y aún antes Gregorio, se presenta como viajante de aceitunas y vinos, es decir como Gil. Inmediatamente después escribe a su mujer, Angelina, contándole una sarta de mentiras y cuyo único propósito es ganar tiempo. En un bar aparece un tal Requejo y le dispara al poeta-sonajero su desventura de testa coronada. Por su parte Gil se subroga en el puesto de trabajo del poeta-sonajero que a estas alturas es poeta-náufrago, pues se ha convertido en un mendigo que come latas de anchoas en bancos de glorietas y su propia mujer se ha negado a que retorne  a casa. Gregorio está acorralado por sus propias mentiras. Si “Gil no se quiere ir y Angelina no le deja entrar”, Gregorio tiene motivos para sentirse víctima de ambos. La aparición, nuevamente en escena, del tal Requejo le ofrece una salida inesperada: bastará con la invención de ser “testa coronada” para recabar su apoyo. Requejo se hace pasar por policía e intimida a Gil para que abandone la ciudad. Pero la garrapata-Gil no se marcha y el poeta-naúfrago acaba de aprendiz en una tienda de ultramarinos. Llega la carta de despido (de R. y Belson) y Angelina se cuadra: o se entrega y regresa a casa con el perdón firmado por la policía o adiós. Gregorio, Angelina no puede dirigirse a otro, comprende que está perdiendo la batalla, que la mentira se ha  vuelto contra él como si fuera una espada. Y entonces…, entonces Gil-Dacio decide acceder a la machacona exigencia de Faroni de que se vaya. Gregorio-sonajero asiste al sepelio de Faroni y tiene la gran idea de esconderse en la trastienda de un negocio que ha decidido montar con el producto de la venta del piso familiar. Pero tan pronto como en su imaginación se ve sentado justo a la estufa y el gato en la trastienda, resucita Faroni. Resulta complejo señalar la posición del embrollo cuando tiene lugar el trágico incidente en la pensión. Probablemente en ese punto donde Faroni es motor inmóvil. El caso es que Gregorio mientras huye de la pensión porque no tiene dinero, golpea con una palmatoria la cabeza de Paquita y a su espalda escucha el grito: “¡Al asesino!”. Y después de todo, si Faroni había muerto, ¿qué pintaba en el mundo Gregorio el asesino? Nada. El camino del suicidio se vuelve a abrir como la senda más natural para salir del embrollo. Tan seguro está de que no lo consumará que decide antes despedirse de Angelina. Y dispuesto a huir con dos tubos de pastillas en el bolsillo…, aparece en escena Isaías, un vecino, que nos revela que se miente para tener razón.


La mentira como respuesta. Hagamos una teoría que nos caliente en la vejez.
Uno quemaba y otro venía corriendo a apagar el fuego. Y como al pirómano le gusta contemplar las llamas y no tolera que se las apaguen, lo mejor es que arda en el infierno. Allí reposará Faroni, que aquí Gregorio Olías y Gil, biógrafo y prosélito de Faroni respectivamente, están en disposición de escabechar unas perdices abatidas en surco propio. ¡Buen provecho¡

viernes, 3 de agosto de 2012

“Los Buddenbrook” de Thomas Mann



(Comentarios de Efrén ARROYO ESGUEVA)

El autor
Thomas Mann nace en 1875 en Lübeck (Alemania) en el seno de una acaudalada familia de comerciantes. Muerto su padre se reparten la herencia entre los hijos y Mahn, mal estudiante, se dedica a la vida bohemia, a los viajes y a la literatura. Pronto salta a la fama con esta novela escrita cuando solo contaba 25 años, en parte reflejo de la historia de su familia. Más tarde se casa con una rica heredera de origen judío. Esto me recuerda un paralelismo de vida con la de Sándor Márai.
Su obra más famosa es “La montaña mágica” junto a “Doctor Faustus”, y también es muy conocida "Muerte en Venecia" obra que ya comentamos en la tertulia del martes 25 de octubre. Pero parece comúnmente aceptado, que aunque no se tan intelectual como aquellas, la novela que hoy comentamos pesó mucho para que en 1929 recibiera el premio Nobel de Literatura.
También es válido aquí otro comentario que surgió en la tertulia de "El último encuentro" de Sándor Márai, y es que Mann es junto a Zweig, Márai, Hesse y Huxley, representante de un grupo de escritores centroeuropeos, de origen burgués, que utilizan la literatura para exponer los valores del hombre, las motivaciones y pasiones que guían la vida de sus conciudadanos, y el progreso y la honestidad como objetivos.
A Mann como a Márai, la llegada de Hitler al poder le obliga a emigrar a Suiza (residió 5 años), luego a Estados Unidos (15 años) donde adquiere la nacionalida, y finalmente regresa a Suiza, donde muere en 1955.

Los Buddenbrook
Fue una de sus obras más tempranas y la que le lanzó a la fama, sobretodo en Alemania. Es una extensa novela costumbrista (unas 800 páginas), en la que diacrónicamente va describiendo con un relato pausado y detallista el día a día de una familia burguesa alemana de Lübeck durante cuatro generaciones, y que refleja algunas escenas que Mann había vivido en su propia familia. Para ubicarnos, el autor nos sitúa al inicio de la novela un árbol genealógico que nos facilita el seguimiento de la evolución familiar.
Resulta curioso el recurso que utiliza Mann de un testigo fiel de toda esta evolución, un testigo que trasciende a cada generación: el libro de la familia, en el que figuran y se van añadiendo los hechos relevantes del clan Buddenbrook, y que se lee cada año en una de las comidas familiares.
La novela está escrita de manera ágil y de fácil lectura, con capítulos breves en los que Thomas Mann con hábil pluma utiliza cada uno de ellos para situarnos en un aspecto de la época y al leerlos vivirlos desde dentro de la familia. Lo mismo nos describe el rostro de los empleados de la casa, que la vestimenta de cualquier personaje secundario, una receta de cocina o las relaciones adolescentes e imposibles entre Tony (Antonie) y el estudiante de medicina. Desgrana con detalle las costumbres de una sociedad clasista y cerrada, que tolera de mala manera a los que infringen sus normas: el casamiento de un Buddenbrook con una tendera, las trampas de Grünlich para casarse con Tony, los dos divorcios de ésta, la vagancia de su hermano Christian, etc.  
Esta familia inicia su progresión con el Johan Buddenbrook fundador de la dinastía, que hace fortuna a partir de su negocio como comerciante de granos, sobre todo abasteciendo al ejército. A este Johan solo le conocemos por las referencias que hacen de él las generaciones posteriores. Profundamente religioso, tiene un principio que transmite a sus herederos: “emprende durante el día aquellos negocios que te permitan dormir tranquilamente durante la noche”.
Y la novela abarca el devenir de las cuatro generaciones siguientes. De una manera armónica, magistral, vamos avanzando en el tiempo como lo van haciendo las distintas generaciones Buddenbrook. Johan hijo engrandece el negocio heredado, lo afianza y marca las directrices familiares envueltas en rígidos preceptos religiosos. Johan nieto logra acceder además al cargo de cónsul, Thomas el biznieto añade al clan su nombramiento como senador. Y todas las esperanzas están fijadas en el hijo de este último, el heredero del clan, el pequeño Hanno.
Pero no todo es triunfo y orden en el clan Buddenbrook, también coexisten problemas colaterales: Christian (hermano de Thomas) es la otra cara de la moneda, bebedor, fracasado, juerguista y enfermizo, aporta preocupaciones en vez de prestigio a la familia; Clara, hermana de los anteriores, muere poco después de casarse; Justus (sobrino de Thomas) dilapida su fortuna y la de sus padres de manera ociosa; Janus (el último heredero) es tímido, enfermizo, mal estudiante y odia los negocios.
Generación tras generación va describiendo distintas costumbres y actividades de la vida de la época, sin prisa, con detalle y observación, dando la sensación de que estuviéramos presentes: la cena de Navidad, los regalos de san Nicolás, las partidas económicas de la empresa de granos, el desarrollo de una sesión del Senado, las clases de Secundaria, la interpretación de una ópera, el veraneo en una playa, o detalla la visita de un médico, del barbero o de un dentista. Las comidas con toda la familia extensa, un jueves sí y otro no, a las que también acuden los primos, también son Buddenbrook pero de 2ª fila, sin prestigio, que van “a llenar el buche” y a criticar los deslices y fracasos de esta rama encumbrada. Este universo de situaciones es reflejo de la vida europea del momento, de la psicología de sus personajes. De ahí el éxito de la novela y su fácil conexión con el público.
Aparentemente los protagonistas de la novela son los cabezas de familia, los Johan (nombre que van heredando la mayoría de los primogénitos, salvo Thomas), protagonismo que va rotando conforme una generación va sucediendo a la otra. Pero el mayor peso de la novela descansa en dos hermanos: Thomas, último heredero del negocio familiar y que logra además el nombramiento de senador de la ciudad, y Tony,  que a todas luces encarna el papel principal de la novela, y sobretodo la que personifica la esencia burguesa y el afán de promoción de los Buddenbrook.
Es Tony la que, asumiendo la importancia del negocio familiar, renuncia a su pretendiente y amado joven por un matrimonio de conveniencia, poco después fracasado, como también fracasa su 2º matrimonio. Es ella la que encarna los valores y de la familia Buddenbrook, los anhelos de seguir ascendiendo entre las clases sociales de la ciudad, el mantener la imagen y las tradiciones de la familia, el estar en lo más alto de la élite social. Ve a los demás burgueses como competidores, y a las clases bajas como personas de inferioridad social, estrechez de miras y desaliño físico. Es ella la que mueve los hilos para que su hermano salga elegido senador, para que toda la ciudad celebre y honre el centenario de la empresa familiar, la que alienta a su hija para que acepte un matrimonio de conveniencia que les aúpe, tanto es así que su hermano le dice: “Parece que fuera tu tercer matrimonio.”
Alcanzado el título de senador por Thomas, toca construirse una gran mansión acorde con el rango alcanzado, la mejor y más lujosa de la ciudad. Y es ahora cuando éste se acuerda de un refrán turco: “Cuando uno acaba de construir su casa, le llega la muerte.” Y por ahí van los derroteros de la novela. Es ahora cuando empieza a acentuarse el declive del clan familiar: su hijo “Hanno” (otro Johan) nace enfermizo y delicado; su hermana Clara muere enferma de tuberculosis, (y a pesar de no tener hijos, su marido reclama y se lleva su cuantiosa parte de la herencia familiar); Christian sufre de “tormento” en la pierna; el senador se ve desbordado por las ocupaciones, además de celos comienza a sentir mareos; la nueva mansión ha costado una fortuna, que añadido a las dotes y divorcios de su hermana Tony, todo ello restan un capital vital para la continuación de los negocios familiares…
Continúa la decadencia familiar con la entrada en prisión de Weinschenk, yerno de Tony y director de la empresa. Poco después muere la consulesa (madre de Tony y de Thomas), y aún con la madre de cuerpo presente en la habitación de al lado, como aves de rapiña, los hijos empiezan a repartirse sus bienes, y como culmen de la desmembración familiar, las fuertes disputas entre Tom y su hermano Christian: “Bastante vergüenza supones ya para la familia, criatura, para que aún pretendas que nos emparentemos con una cortesana, y que sus hijos reciban nuestro apellido y una cuarta parte de la herencia de nuestra madre. Por encima de mi cadáver tendrá que ser.”  A ello se unen desavenencias entre los hermanos por el reparto de los muebles y por su decisión de vender la casa familiar, donde han vivido las tres últimas generaciones, y que para su vergüenza adquirirá la competencia. Es el imperio que se desmorona sin remedio.
Pocos años más tarde muere el propio Thomas de una caída accidental en la calle tras un mareo. Está claro el ocaso de la familia. Mann nos lo ha dado a entrever en capítulos anteriores aunque aún queden dos herederos masculinos con pocas perspectivas: Christian (interno en un sanatorio), y el pequeño Hanno, que prefiere la música a los negocios y carece de las ansias de poder y de conquista que su padre y su tía Tony deseaban ver en él.
Los tres últimos capítulos parecen postizos y sólo añaden tiempo para presentarnos la muerte de Hanno de tifus. Ya no hay esperanza. Los Buddenbrook han desaparecido como clan.