miércoles, 27 de febrero de 2013

El hombre invisible. H.G. Wells.






Blamblehurst, estación de ferrocarril, febrero, viento y nieve. La posada de la señora Hall. Un desconocido que oculta su aspecto por completo y sólo deja ver la punta de su nariz. Servilletas, vendas, pañuelos, sombreros, todo le sirve al desconocido para tapar su cara. Teddy Henfrey, el relojero, desconfía de quien dice ser un investigador en busca de aislamiento. En seguida los habitantes de Iping, distrito de Chichester y condado de Sussex Occidental, convirtieron al desconocido en el centro de sus conversaciones. Uno de los rumores, quizás el mejor fundado, afirmaba que el desconocido se oculta tras ropas y prendas porque es de “colores” y se avergüenza de ello, como es natural. Por Pentecostés, Cuss, el boticario, descubre el brazo “vacío” del desconocido y corre a contárselo al señor Bunting, el vicario, a quien esa misma noche le robaron delante de sus narices la totalidad de sus ahorros.  




Los muebles de Jenny, la señora Hall, han sido embrujados por el desconocido y, como es natural para tales casos, se llama al herrero, el señor Wadgers, quien recomendó un par de herraduras.
Conviene tomar nota de que el secreto del forastero se descubrió por una cuenta pendiente de pago, la momentánea falta de liquidez que coloca a cada uno en su sitio, sólo que en este caso, dadas sus peculiaridades, desalojó a unos, los videntes, y realojó a otros, los invidentes. Pero todos  recibieron con alivio el lenitivo de la ley que en situaciones tan difíciles no debe permanecer de brazos cruzados. La orden de arresto deja al desconocido al “desnudo” y en tan ventajosa situación huye hacia Adderdean, según relato del naturalista Gibbins que oyó pasar en esa dirección una mezcla de toses y maldiciones. Un proscrito, Thomas Marvel, que filosofa ante dos pares de botas, se ofrece a ayudarle. No hay que olvidar que nuestro hombre anda desnudo por la vida y como científico necesita de libros y apuntes. Tiene, por tanto, que volver a Iping. Pero Marvel harto de una voz que no es la suya, decide huir y el hombre invisible es tiroteado en una taberna de Burdock. Si alguien aventuró una respuesta negativa, se equivoca: el hombre invisible tiene sangre roja.

Griffin, que así es como se llama el hombre invisible, se refugia en casa de otro científico, el doctor Kemp, compañero de estudios y al que dará cuenta del drama que está debajo de su descubrimiento.
La invisibilidad sitúa a Griffin a medio camino entre la transparencia del aire y la terrosidad del plantígrado. Cualquier acto lo delata: comer, dormir, vertirse…, y ha de vigilarlo todo y a todos. Cruzar una calle se convierte en una acción peligrosísima, Griffin ha de esquivar a los coches y a los peatones: ha de vigilar a la persona que le precede y a quien viene por detrás, mirar a ambos lados y al frente al mismo tiempo... La invisibilidad ha apretado los barrotes del cuerpo sobre el alma del pobre Griffin que se siente más atrapado y más solo. En presencia de los demás debe cosificarse para pasar inadvertido. Dolido ante la falta de comprensión, Griffin decide imponer el terror. ¿Qué hace mister Kemp? ¿Ayudarle? No. Lo traiciona. Hasta ese momento el hombre invisible no ha matado a nadie, es cierto que ha causado algunos heridos, pero también hay que reconocer que su situación es verdaderamente excepcional. Sin embargo, a partir de la traición de Kemp, Wells transforma a su personaje de una forma hasta cierto punto incomprensible. Lo convierte en pieza de caza y le declara abyecto. Si el poder de la ciencia devoró el cuerpo de Griffin hasta confundirlo con la transparencia del aire, fueron todos los hombres quienes armados con la goma de la sospecha le borraron el alma. Invisible el alma de Griffin, invisible su cuerpo ¿quién es realmente Griffin? Es curioso que siendo la sociedad actual la de la imagen, haya a nuestro alrededor tanta gente que no vemos: los invisibles.

jueves, 21 de febrero de 2013

Epístolas morales a Lucilio (5). Séneca.



Vigésima nona.-
El sabio, como el arquero, “debe apuntar a un blanco seguro y […] apartarse de aquellos que no le han merecido confianza”. Nada parece más lejano entre sí que el favor popular y la virtud, pues para conseguir aquel han de seguirse “viles procedimientos”. Y aún dicen que Séneca es cosa del pasado.

Trigésima.-
Séneca ensalza la serenidad de Aufidio Baso ante su próxima muerte, “ya que los acontecimientos seguros se esperan; son los dudosos los que se temen”.

Trigésima primera.-
Carta oscura y, a veces, contradictoria. Lucilio, como todos hombres, debe culminar los propósitos internos, para ello lo primero es cerrar los oídos al canto de sirenas de la gente, incluso “muéstrate sordo a tus seres más queridos”. La prosperidad de la que ellos te hablarán, “los bienes que estima la gente”, no es un bien. Si “el único bien […] consiste en confiar en sí mismo”, debes antes elegir lo que pretendes, aquello “que deseas que te suceda”.  A través del trabajo el alma adquirirá la paciencia necesaria para alcanzar el conocimiento de la realidad, el cual deberá equilibrarse con el saber de lo divino. El hombre dispone del camino que le proporciona la naturaleza.


Trigésima segunda.-
Séneca se felicita por la conducta saludable de Lucilio: “la de no frecuentar las personas diferentes a nosotros, que aspiran a ideales distintos”. Esa es precisamente una diferencia cualitativa y con entidad suficiente para ser tomada en consideración. Como estoico, Séneca es partidario de la igualdad y aboga por el cosmopolitismo, pero teme, ya lo hemos comentado en otras cartas, la gran influencia que el vulgo causa sobre el espíritu. “No temo que te cambien, temo que te estorben”, aclara seguidamente Séneca, lo que supone una serio obstáculo por obligarnos a comenzar a vivir “sin cesar una y otra vez”, impidiéndonos “consumar la vida antes de la muerte”. Este bellísimo pensamiento solo fructifica cuando tienes “el dominio de ti mismo”, porque tu espíritu se mantiene firme y seguro, como sólo puede estarlo cuando “encuentra satisfacción en sí mismo”. He aquí la recompensa: “Aquel que vive después de haber consumado su vida, ha superado por fin las necesidades, y se halla exonerado y libre.” Una vida consumada, ¿qué mejor legado puede dejarse al morir?

Trigésima tercera.-
Lucilio pide a Séneca máximas “de nuestros eminentes maestros”. Séneca dicta una de sus lecciones magistrales. Afirma que las chrías, las frases notables, están bien para que los niños aprendan, pero no para el hombre ya adulto para el cual debe resultar “indecoroso obtener sus reconocimientos apoyándose en un libro de memorias”. El hombre después de aprender ha de ser capaz de “ejercer […] el mando”, de legar a la posteridad alguna idea, algo nuevo que no dependa ni de la memoria ni del maestro, porque “no es lo mismo recordar que saber”. Si no se abandona lo aprendido, si no “media alguna distancia entre ti y el libro”, permaneceríamos siempre en el mismo lugar, no habría avance, “nunca se harían hallazgos si nos contentáramos con los ya realizados”. Me pregunto por la fórmula que fuera capaz de meter esta idea, en la cabeza de todos los profesores del mundo. Y aún dicen que Séneca es cosa del pasado.

Trigésima cuarta.-
Séneca, educador de almas, se muestra orgulloso del progreso de su pupilo Lucilio. “La obra […] depende del alma” y el alma está guiada por la bondad de la acción que ni la violencia ni la necesidad pueden transformar. Ese es el recto camino del alma, aquella cuyas acciones concuerdan.

Trigésima quinta.-
La amistad, forma perfecta de amor, “resulta siempre provechosa”. El amor, por sí solo, sin el aditamento de la amistad “a veces hasta es perjudicial”. Vigila que tus deseos de hoy sean los mismos que ayer, pues “el cambio de voluntad indica que el alma fluctúa”.

jueves, 14 de febrero de 2013

Los hermanos Oppermann. Lion Feuchtwanger.

"Se nos ha encargado trabajar en la obra,
pero no nos ha sido dado culminarla."
Talmud.

Personajes a modo de guía. Y de cómo, de pronto, todo cambia.
A Gustav Oppermann, doctor de cincuenta años, orgulloso de su casa en la Max Reger Strasse, al pie del Grunewald, el gran espacio verde en el oeste de la ciudad de Berlín, le va bien. Es formalmente director general de una empresa de muebles, coleccionista y entendido de libros antiguos y posee una suculenta cuenta corriente. Su criado Schlüter y la cocinera Bertha son los primeros en felicitarle por su quincuagésimo cumpleaños. Cabalgada, baño, desayuno y las cincuenta cartas que yacen sobre la mesa de su, estamos seguro de ello y no podemos evitar una punzada de envidia, espléndida biblioteca. Sybil Rauch es su última compañera, veinte años más joven que él. La anterior Anna, es dictatorial y enjuiciadora. Martin Oppermann es dos años mayor que Gustav pero aparenta diez más que este. Los Oppermann, judíos oriundos de Alsacia, residían desde tiempos inmemoriales en Alemania.
La técnica de la presentación de los personajes es exquisita: el cumpleaños, el correo, un cuadro, una visita...
Salir del círculo de Gustav es entrar en el de Martin, que es quien lleva el peso del negocio, ya sabemos, los muebles Oppermann. Hoy tiene una entrevista con Heinrich Wels que se anuncia desagradable. Son tiempos difíciles: el antisemitismo crece. Hay entre los judíos Oppermann y los arios Wels una contraposición que va más allá de la simple competencia comercial: el partido nacionalsocialista y los populares de las camisas pardas andan por en medio. Pero los Oppermann aún piensan que su posición no está comprometida.
Las medidas a tomar en el negocio permiten que conozcamos a Jacques Lavendel, el marido de Klara Oppermann y coleccionista de objetos antiguos de los ritos judíos; a Liselotte y Berthold, la esposa e hijo de Martin; ella, Liselotte, procede de una severa familia cristiana de Prusia; el cuñado, Jacques, es un judío oriental astuto, clarividente y lleno de fuerza  vital. Se lo puede permitir, pues posee la nacionalidad estadounidense. No sería mala idea convertir el negocio de muebles Oppermann en una empresa americana transfiriéndoselo a Jacques.
Arthur Mühlheim, uno de los mejores juristas de Berlín, y el novelista Fiedrich Wilhelm Gutwetter, amigos de Gustav, le traen como reglado de cumpleaños el sí de la editorial Minerva a la publicación de su biografía de Lessing. No es una elección al azar esta de Lessing, se trata del sajón Gotthold Ephraim Lessing, el autor de uno de los textos más famosos sobre la tolerancia religiosa, Nathan el Sabio. Conviene señalar que la versión que de esta pequeña joya hizo Juan Mayorga, se estrenó en lectura dramatizada el 12 de mayo de 2003 en el Real Monasterio de Santo Tomnás de Ávila. La fiesta de cumpleaños no puede tener un mejor inicio. Los chistes sobre el Führer están hechos por judíos alemanes tan integrados que creen poder bromear sobre el antisemitismo. Quizás por eso les sorprende más el sionismo de Ruth, la sobrina de Gustav e hija del gran cirujano Edgar Oppermann, que se burla de las tesis raciales.
Bernd Vogelsang es el nuevo catedrático del instituto Königin Luise, el colegio de Berthold, que viene avalado por el temor que genera su fama de nacionalista y que refrenda el sable que porta y la cicatriz que luce en la mejilla. El alumno Berthold utiliza el racionalismo para analizar el mito de Hermann el alemán, también conocido como Arminio el querusco (ya saben ustedes el germano que derrotó a los romanos en el bosque de Teutoburgo en el año 9 d.C.), y, naturalmente, nada puede ofender más a un nacionalista como Volgelsang que siente alrededor de su cuello la opresión del tratado de Versalles.
El señor Markus Wolfsohn, vendedor de Muebles Oppermann, y el difícil sillón barroco modelo 483, cuya venta le proporciona a Markus unos marcos suplementarios de comisión. Markus tiene una esposa y dos hijos, y un cuñado sionista que está decidido a marcharse a Palestina. Markus bromea y si no fuera por su vecino nazi y por la mancha de humedad en la pared, sería completamente feliz en Berlín.
El doctor Edgar Oppermann tiene problemas con “el asqueroso asunto de la naturaleza humana”, su mejor discípulo Jacoby no solo es judío sino que además tiene un inequívoco aspecto de judío. Cierto sector de la prensa viene acusando al doctor Oppermann de derramar “a raudales” sangre cristiana en sus intervenciones quirúrgicas.
Navidades de 1932. Dos judíos discuten: uno prefiere quedarse en Alemania, el otro emigrar a Palestina. Curiosamente las luces del Hanuká y las del árbol de navidad brillan al mismo tiempo. Gustav piensa que si su patrimonio permanece en Alemania es seguro que será empleado para la injusticia, pero el desorden de llevarlo fuera de su patria le causa mayor sufrimiento. “Las actas de los sabios de Sión” y el insondable mar de la estupidez humana le son suficientes al ideólogo nazi Alfred Rosenberg para construir un nuevo “mito del siglo XX”.
Gustav, con Hitler ya en el poder, llena sus pupilas de literatura y filosofía, ciego de historia no sabe que en los momentos difíciles la aproximación a los hechos ha de hacerse con los pasos cortos del hortelano que vigila su huerto, y no con los anchurosos del intelectual en medio de su biblioteca. Gustav debería haber acumulado la suficiente experiencia como para conocer que en el pensamiento de la calle el éxito siempre demuestra algo y el de Hitler tiene algo de acontecimiento. Tres sillas acabarán por convencer a Gustav.
A pocos días de las elecciones de marzo de 1933, Martin es un hombre abatido. Poco a poco la humillación se convierte en el primer sentimiento del judío, y los Oppermann sentados alrededor de una mesa, Gustav, Martin, Edgar y Jacques Lavendel, contemplan como su mundo, el “de la fuerza y la inteligencias del individuo”, nada puede contra el más elemental de los acontecimiento: la necedad humana. El único que aparentemente resiste es Berthold, el muchacho que se atrevió a clavar el asta de la razón en el ojo de Polifemo. Para este chico de diecisiete años, el problema es algo más complejo: se ve intimidado a retractarse de algo que no ha terminado de decir y el cerco se estrecha aún más cuando comprende que en realidad a un judío le está vedado expresarse sobre el mito del querusco. De pronto, el 27 de febrero, el Reichstag está ardiendo, Gustav tiene que dejar Alemania, Berthold no encuentra la salida y el humilde judío vendedor de muebles, Markus Wolfsoh, es detenido por su participación en el hecho.
El 1 de abril de 1933 se inicia el primer boicot a nivel nacional promovido por los camisas pardas con la aquiescencia del partido nazi contra los negocios y profesionales judíos. Mientras Martin es “sotaneado”, Gustav atraviesa el lago de Lugano. Muy pronto tendrá noticias de los pogromos. El hombre no puede remontar dos veces la misma ola, pero sí puede detenerla, congelar la imagen con la palabra, con la voz, con la piedra, con el pincel… El arte generador de conciencia.
Los judíos celebran en Pesah, el 14 de abril es la noche del Seder y se lee el libro del Éxodo donde se narra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del faraón. Dios eligió a su pueblo y este tiene que tener algo que celebrar y también algo que hacer. “Este es el pan de al miseria que nuestros padres comieron en Egipto. El que esté hambriento que venga a comer de él. El que esté necesitado que venga y celebre con nosotros la fiesta del Pesah. Este año aquí, el año que viene en Jerusalén. Este año siervos, el año que viene hombres libres.” Los Oppermann están en Lugano y cuando acabe la celebración cada uno saldrá con un destino distinto. Porque ya la Alemania de hoy no es la de ayer, aunque en el fondo sigan pensando que “la vida sigue, como siempre”.
Gustav vuelve, traspone la esquina suiza para mirar de frente la nueva identidad de Alemania. Lo hace embozado, pero no tarda en ser conducido a un campo de concentración, el de Moosach, un subcampo de Dachau, definido por los alemanes como de reeducación. Gustav quiere ser testigo, quiere dar testimonio. Feuchtwanger, también.

jueves, 31 de enero de 2013

Si esto es un hombre. Primo Levi.

“Quien ha realizado la experiencia del poder, de la capacidad irrestricta de humillar a otro ser humano..., automáticamente pierde el poder sobre sus propias sensaciones. La tiranía es una costumbre, tiene su propia vida orgánica y se convierte finalmente en enfermedad. La costumbre puede destruir y embrutecer al mejor hombre, reduciéndolo al nivel de una bestia..., el retorno a la dignidad humana, al arrepentimiento... llega a ser casi imposible.”
La casa de los muertos. Dostoievski.


Primo Levi, un joven e ingenuo judío italiano, es capturado por la milicia fascista el 13 de diciembre de 1943. Piensa que alegar su condición de judío le salvara de la tortura y la muerte que va aparejada a su militancia comunista. En enero de 1944 es enviado al campo de Fossoli, cerca de Módena. Llega la orden de deportación. Él sabe, todos saben, rezan y lloran. Lamentan el dolor antiguo del pueblo judío. Y se pregunta ¿cuál es el sentimiento que corresponde a golpes propinados sin cólera? Vagones de mercancías atestados de hombres, de mujeres, de niños. Sed y frío y puñadas a ciegas. Austria, Checoslovaquia, Polonia. Un tren con destino a Auschwitz, un lugar que entonces carecía de significado. El andén de Asuchwitz hormigueante de sombras, y enseguida las mujeres, los niños, los viejos desaparecen en la oscuridad. De esa misma oscuridad que traga y vomita, surge el futuro vestido de balandrán.
En la puerta del campo: “Arbeit Mach Frei” y en la sala vacía donde esperan, un grifo que gotea agua envenenada. Los desnudan para que obedezcan, los rapan para que sepan que todos tienen ahora la misma cara de idiota. Si los nazis se han tomado la molestia de aplicar el protocolo de la “indiferenciación”, es porque los van a utilizar como mano de obra. Así es, están en Buna-Monowitz, un subcampo de Auschwitz. Se trata de un campo de trabajo, distinto del campo de exterminio que es el de Birkenau. Trabajarán en una fábrica de goma. La transformación, ya no son los mismos que llegaron, termina con los zapatos de madera, los andrajos y los azulados números tatuados bajo la piel. El mar del Lager se los ha tragado. Levi lleva el número 174.517.


La maraña de las reglas, problemas, prohibiciones y tabúes del Lager exige un cerebro despierto y una concentración absoluta. Lo esencial se aprende pronto, pero aquello de lo que depende la supervivencia es más complejo. Saber, por ejemplo, que la muerte comienza por los zapatos y que la chaqueta cuyos cinco botones has de saber coser con alambre, es el petate en el que reposar la cabeza durante la noche. El desgaste es agudo y rápido, si dejas de ver alguien conocido durante tres o cuatro días, te cuesta trabajo reconocerlo.
El “sagrado pedacito gris” de pan, la única moneda del Lager, lo reparten a primera hora de la mañana. Basta una semana para que el campo te convierta en un animal y la rebeldía, único depósito de la dignidad, acaba refugiándose en las abluciones matutinas con agua sucia, sin jabón y con el atillo de la chaqueta entre las piernas. Los universos inferiores son complejos, quizás más que los superiores. El orden moral del campo impone que “los privilegiados opriman a los no privilegiados”. No hay otra forma de mantenerse en el escalón superior, que descargando el peso en el escalón inferior.


Levi tiene una fea herida en un pie y acude al Ka-be, abreviatura de Krankenbau, enfermería. Nuevas reglas: a la Ka-Be se ha entrar descalzo y descubierto. Levi, el judío cojo italiano, se convierte primero en Arztvormelder (algo así como “mañana no vas a trabajar y te pasas a ver al médico por si eso que tienes en el pie es importante”), es destinado después al Block-23 donde esta el hospital y termina por recibir el vaticinio de un enfermero polaco: “Jude kapput…, Krematorium”. Sorprendentemente cuando ya nada importa, Levi descubre que en el Ka-Be ¡se vive bien! Por el interior del Schonungsblock, “el pabellón de reposo” del campo donde está Levi, los pasos del oficial de la SS resuenan como si se tratara de una caja vacía. El nazi traza una cruz sobre los números del registro anotados en una libreta. Es la selección. Al día siguiente del Ka-Be salen dos grupos, pero sólo uno de ellos lleva recados para los vivos. La herida ha cicatrizado y después de veinte días en el Ka-Be, Levi tiene que abandonarlo. El reingreso en el campo es volver a empezar: nuevos (por distintos) zapatos, prendas, compañeros de Block y de trabajo. Los mecanismos de adaptación del ser humano se ven obligados a rendir al máximo. Pero Levi tiene suerte y es destinado al Block 45 que es el de su amigo Alberto, un “hombre fuerte y apacible contra quien se rompen las armas de la noche”. Cuando Levi toca esa zona irrecuperable, muerta y al mismo tiempo hiperestésica, de su retorno, no al campo sino del campo a su casa, a su hogar, provoca en el lector la misma contradictoria reacción que él padece: el placer y el dolor de volver a casa. Es un sueño. Pero es que hasta el sueño parece haber sido hecho en este lugar para devorar: “Se despierta uno a cada instante, helado de terror, con todos los miembros sobresaltados, bajo la impresión de una orden gritada por una voz llena de cólera, en una lengua que no se entiende”.

La meta de Levi, de todos los Levi del campo, no es otra que la llegada de la primavera, y por eso todas las mañanas se espera y comenta la salida del sol: hoy un poco antes, un poco más caliente que ayer. Tres litros de sopa después, la infelicidad toma la forma de los hombres libres. El homo economicus está también presente en medio de la barbarie, el precio de un litro de potaje, de la Mahorca, de los nabos, sufre las fluctuaciones de la regla clásica oferta/demanda que, en ocasiones, se extiende fuera del Lager. Se trafica con todo, con las ropas viejas, con los zapatos de los muertos, con las cucharas…

Los hundidos y los salvados, las dos únicas categorías reales del Lager. A ambos dedicará Levi el último texto de la trilogía. Para sobrevivir era necesario renunciar al mundo moral. Elías es un producto del campo, un sobreviviente porque es “físicamente indestructible” y un demente en el interior. En libertad, Elías acabaría en la cárcel o en un manicomio, pero aquí, en el Lager, es un triunfador. En el lado opuesto está Henri que utiliza su extraordinaria inteligencia para desarrollar un completo programa de supervivencia: organización y compasión. El retrato que Levi traza de Henri que se mueve entre la fascinación de la cobra y la repugnancia del gusano, tenía nombre y apellidos. Se trataba de Paul Steinberg. Cuenta Antonio Muñoz Molina que cuando Steinberg se enteró allá por los años noventa de su aparición en el libro de Levi, el sentimiento de culpa le llevó a redactar, Crónicas del mundo oscuro, como una especie de alegato de defensa ante un juez, Levi, que ya había fallecido.  


En agosto de 1944, cinco meses después del ingreso en el Lager, comienzan los bombardeos aliados en la alta Silesia. La Buna es uno de los objetivos, al fin y al cabo es una fábrica de goma sintética aunque aún no haya llegado a producir nada. Levi ya sabe lo que es un invierno en la Buna, “trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela”. Pero ahora sobran dos mil que se han acumulado durante la primavera y el verano en tiendas de campaña. Hay rumores que insisten en una selección. Todos hablan de ello, pero no hay ni resignación ni desesperación. “La lucha contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento”. A pesar de todo la angustia de saber si hay esperanza, les lleva a mostrarse desnudos los unos a los otros para conocer su apariencia y mentirse. “Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.” Levi da los dos o tres pasos que le separan de la salida donde está el suboficial de la SS que hace la selección y al pasar junto a él le entrega su ficha. El SS ha pasado la ficha a la derecha. Es entonces, después de terminada la selección, cuando resulta absolutamente imperioso saber cuál es el lado malo: el derecho o el izquierdo. Para saber el “lado infausto” ya no hay lugar a la compasión ni los escrúpulos, y todos se agolpan en torno a los más viejos, los más desnutridos, para conocer a qué lado han ido sus fichas. La pregunta es: “¿Quién ha hecho realmente la selección?”


Noviembre de 1944. Llueve. Levi trabaja con las piernas clavadas en el fango. Afortunadamente no hay viento. Su compañero, un húngaro que aún no ha aprendido que el Lager hay que economizarlo todo “el aliento, los movimientos…, el pensamiento”, trabaja con demasiado ímpetu. Después la lluvia se convierte en la nieve del invierno. Las posibilidades de Levi de superar un nuevo invierno son pocas. De los noventa y siete italianos que llegaron no quedan más que veintiuno. Es entonces cuando nace el Kommando 98, el Kommando Químico y Levi es seleccionado y tiene derecho a una camisa y unos calzoncillos nuevos. Justo a tiempo, porque además se dice que los rusos están a ochenta kilómetros. Se los oye acercarse en el temblor de la tierra bajo los pies. Levi trabaja a cubierto y caliento en el laboratorio.

Enero de 1945. Los rusos se acercan. Levi con escarlatina entra en el Ka-Be. El campo fue evacuado el 18 de enero de 1945. Partieron más de veinte mil, la mayoría moriría en las llamadas “marchas de la muerte”, Levi gracias a la escarlatina se quedó esperando a los rusos.

18 de enero. La Buna es bombardeada. Decenas de enfermos de un barracón alcanzado aporrean las puertas del Ka-Be. Imposible dejarlos entrar. Las bombas han roto los cristales y el frío es intenso. Levi no tiene fuerzas más para hablar con un par de franceses que tiene a su lado. Los pocos alemanes que quedaban han desaparecido.

19 de enero. Dos sacos de patatas y una estufa es el resultado de la expedición de Levi y los dos franceses fuera del Ka-Be. “El Lager, apenas muerto, ya estaba descompuesto. Ni agua, ni electricidad: las ventanas y las puertas desbaratas eran batidas por el viento, chirriaban las chapas desajustadas de los tejados y las cenizas del incendio volaban alto y lejos. A la obra de las bombas se juntaba la obra de los hombres: andrajosos, deshechos, esqueléticos, los enfermos en condiciones de moverse se arrastraban por todas partes como una invasión de gusanos, sobre la tierra endurecida por el hielo.”

20 de enero. Nueva expedición por las ruinas del Lager: unos nabos helados arrancados con un pico de un enorme montón, un bidón de agua y una batería de camión. Se oye continuamente y se ve a lo lejos a la Wehrmacht retirarse. Dos judíos se pelean a cámara lenta en la cocina por un puñado de patatas podridas.

21 de enero.- Potaje y un poco de orden.

22 de enero.- Incursión en el campo de los SS. La abnegación de Charles.

23 de enero.- Patatas y difteria.

24 de enero.- Cadáveres. Los “ricos” del barracón 14. Cadáveres. Una industria de velas. Cadáveres.

25 de enero.- La agonía de Sómogyi.

26 de enero.- Zarabanda.

27 de enero.- ¡Los rusos!


En el Lager nunca es mañana por la mañana.



miércoles, 23 de enero de 2013

Epístolas morales a Lucilio (4). Séneca.



Vigésima segunda.-
Persiste Séneca en la necesidad de abandonar los cargos públicos. Solo quien conoce los detalles de las circunstancias concretas puede actuar, esto es, aprovechar la ocasión para liberarse, “antes de que una fuerza mayor  intervenga y le quite la libertad de retirarse.”

Vigésima tercera.-
Tal vez sea la máxima de Epicuro la que comprima con mayor acierto la filosofía de Séneca. Dice aquél: “Es penoso comenzar siempre a vivir”. Explica éste: “Y no puede estar preparado para la muerte quien apenas si comienza a vivir. Hemos de obrar de manera que hayamos vivido bastante…” Tres son los fundamentos de la sabiduría: el gozo que ha de ponerse en las cosas serias, en aquellas que hacen al alma jubilosa y esperanzada, elevándola por encima de todo, incluso, de la misma muerte. La buena conciencia, fruto de la honestidad en las decisiones, de la rectitud en las acciones, del menosprecio al azar y de la serenidad en el discurrir de la vida que recorre un camino único. Y la última, por ser el poso de todo, es la reflexión que pone orden en el interior de uno mismo y en las cosas. Por eso no es extraño que vivan mal “quienes comienzan siempre a vivir.” La epístola es de tal profundidad que obliga a hacer una lectura pausadísima.

Vigésima cuarta.-
Lucilio se muestra preocupado por el resultado de un proceso. Séneca le aconseja que no anticipe la desgracia, que cuando esta llega, o no es tan grave o no es duradera. No faltan ejemplos que seguir: Rutilio Rufo, Cecilio Metelo, Mucio y, por supuesto, Catón de Útica. “¿Qué, pues?, ¿te enteraste ahora por vez primera que se cierne sobre ti la amenaza de la muerte, del destierro, del dolor? Has nacido para estos trances.” Compendio del sentir estoico. El consejo de Séneca es empujar el alma, sacarla del interior donde se halla refugiada y exponerla no a la preocupación sino al verdugo mismo. “Me haré pobre: estaré entre la mayoría. Iré al destierro: pensaré haber nacido en el lugar al que se me envíe. Seré encadenado: ¿y qué?, ¿acaso estoy ahora libre? La naturaleza me sujetó a esta carga pesada que es mi cuerpo. Moriré: es decir, abandonaré el riesgo de la enfermedad, el riesgo de la prisión, el riesgo de la muerte.” La prosa de Séneca nos lleva al entusiasmo de estar tocando una verdad que ha permanecido oculta hasta ese mismo momento. Y ahí nos deja. Nos preguntamos si Lucilio llegaría a tomar posesión plena de ella, si aún permanecerá flotando a nuestro alrededor, si estamos más cerca o más lejos. Pero sigamos escuchando a Séneca: “Todo el tiempo que ha transcurrido hasta ayer, se nos fue; este mismo día, en que vivimos, lo repartimos con la muerte.” Vulnerant omnes, ultima necat.
Encuentro en esta carta más poesía que en la mayoría de las obras de los poetas del veintisiete.

Vigésima quinta.-
Reflexiona Séneca sobre la máxima epicúrea que aconseja: “Retírate en ti mismo en el preciso momento en que te veas forzado a estar entre la multitud.” Este retirarse en el interior de uno mismo exige haber alcanzado un cierto grado de sabiduría, haberse transformado “en un hombre tal que en tu propia presencia ya no te atrevas a obrar el mal”. En otro caso serás como el vulgo que prefiere “estar con cualquiera antes que consigo” y no conoce otro retiro que el “retiro entre la multitud”.

Vigésima sexta.-
Aunque Séneca ha rebasado la vejez al contar con una edad tan avanzada, para la época, como sesenta y tres años, “no siente mi alma el rigor de los años”, antes al contrario es ahora cuando el alma se siente más vigorosa y “salta de gozo y me plantea la discusión sobre la vejez”. Si en tan larga vida ha visto extinguirse tanto, ¿de qué ha de quejarse?, si acaso, esa postrera disposición “a comportarme como si no quisiera todo aquello que me complace no poder realizar.” La vejez, que torna suave el camino por el que la vida desciende hacia la muerte, busca el testamento vital de la “calidad de tus obras”. No olvida Séneca “dotar a esta carta de las provisiones para el viaje”, esto es de la máxima de Epicuro, que introduce con estas hermosas palabras: “Aguarda un instante, y el pago te lo haré con dinero de nuestra escuela [la estoica]; entre tanto el préstamo me lo proporcionará Epicuro.” Y la promesa es cumplida inmediatamente. Epicuro dice: “Medita sobre la muerte”, el pensamiento de Séneca profundiza: “Es una gran cosa aprender a morir”.  Quedan dos párrafos para concluir la carta. Nadie debería morir sin haberlos leído antes.

Vigésima séptima.-
Séneca reconoce exponer remedios desde la misma enfermería. Nada que no proceda del alma y en ella se genere, “proporciona el gozo perenne, seguro”. Esa es una “tarea que no admite sustituto… [ni] colaboración”. Séneca cuenta la historia del liberto Calvisio Sabino para ejemplificar que “la sabiduría ni se presta, ni se compra, y pienso que si estuviera en venta no tendría comprador; por el contrario, la insensatez se compra diariamente.” Empeñado el tal Calvisio en aparecer como sabio y consciente de su mala memoria para citar con orden a “troyanos y aqueos”, decidió comprar esclavos e instruirlos para que cada uno de ellos conociera de memoria ya la obra de Homero, ya la de Hesíodo, Alceo o Píndaro. El cándido Calvisio no atinaba a acabar las frases que sus esclavos le apuntaban durante sus pláticas con los invitados y recibió las puyas de su bufón, Satelio Cuadrato, quien le aconsejó “se hiciera con gramáticos para recoger frases”, aquellas que Calvisio dejaba caer de sus labios desmemoriados.

Vigésima octava.-
“Alguna vez procúrate un disgusto”, con esta enigmática frase concluye la carta. Si la leemos al revés, es decir, del final al principio, podemos sacar alguna conclusión. En el último párrafo Séneca se refiere a aquellos que procuran su curación convirtiendo sus defectos en virtudes, lo que no es sino una negativa a investigarse por dentro, a ponerse a prueba. Esta autojustificación presupone la ausencia de “conciencia de la culpa”, como indica Epicuro y convierte al hombre que así obra, en esclavo no sólo de los vicios propios sino también de los ajenos. Si hastiado de estos últimos decides abandonar el foro y emprender viaje para hallar tranquilidad, esta no aparecerá hasta que seas capaz de procurarte el disgusto de enfrentarte contigo mismo. “A nada útil conduce ese ajetreo… Huyes contigo mismo”.   

miércoles, 16 de enero de 2013

Nunca me abandones. Kazuo Ishiguro.



Hailsham. Tommy, Ruth y Kathy H.

Hailsham era un lugar hermoso: “el pequeño sendero que rodeaba la casa principal, los campos en las mañanas de niebla”. Recordar Hailsham. Los pabellones con las ventanas anormalmente altas, desde donde contemplar con esa indiferencia remota de la adolescencia, el último berrinche de uno de los nuestros, Tommy excluido del equipo de football. Kathy interviene tan subjetivamente en la rabieta de Tommy que el lector asiente cuando este cierra por fin la boca. Ese fue el primer encuentro de Kathy consigo misma, con su núcleo interno de cuidadora.


Unos meses después de la primera donación de Ruth, esta y Kathy recordarán las jirafas de Jackie y los poemas de Christy en los primeros años de secundaria en Hailsham. Y a Tommy que comenzaba “a no poner deliberadamente nada de su parte”, con esos dibujos nada creativos y tan infantiles. Tommy no se mostraba creativo y en Hailsham eso era un problema. Las donaciones misteriosas y sus ignotas consecuencias, la Galería donde se depositan las mejores obras creativas que realizaban los alumnos de Hailsham y la frecuencia con la que Madame giraba sus visitas al establecimiento “educativo” y su turbación ante la presencia de los hailshamianos, siguen vivas en el interior de Kathy. Como lo están los Intercambios, los Saldos o los acerados discursos de la señorita Emily, la jefa de los custodios.


Ruth primero inventó toda una cuadra de caballos, luego formó la “guardia secreta” de la señorita Geraldine, la mejor custodia de Hailsham, sobre la que pesaba una conjura para su secuestro. Una tarde de lluvia bajo el alero de uno de los edificios de Hailsham, Ruth revelará a Kathy el enigmático origen de un estupendo plumier. El tipo de cosas que pasan en un lugar como Hailsham.

A estas alturas de la narración ya sabemos algunas cosas que convierten a Hailsham en un lugar especial. Los niños que allí se encuentran son distintos, han sido engendrados, no sabemos de qué forma, para ser destinados a la donación de órganos y convenientemente esterilizados. De alguna forma y ese es un acierto de Ishiguro, donación y sexualidad están íntimamente unidos y, hasta cierto punto, compensados. La señorita Lucy se ve obligada a servir de punto de inflexión. A partir de aquello que se les explica desde muy pequeños a los residentes, sin que nunca llegue a explicárselo del todo, sus palabras ligeramente más claras trazan un intervalo desde lo embarazoso a lo sombrío. Y Kathy buscará un “encuadre” donde no aparezca nadie, un espacio de soledad que le permita huir de la realidad, sin llegar a perderla de vista.



Las Cottages, una granja donde los veteranos se comportar como personajes de series televisivas, es el destino de Kathy, Ruth y Tommy tras salir de Hailsham. Es allí donde la narradora se decide a desvelar lo que se venía sospechando, que los hailshamianos son seres humanos clónicos. Aparece entonces la inquietud de tropezarse con los “posibles”, el “original” clonado. Encontrarlo servía para tener “un barrunto de tu futuro… creíamos que si veías a la persona de la que tú [eres] una copia, alcanzarías cierto conocimiento de quién [eres] en lo hondo de tu ser”. Pero no todos opinaban igual, pues había algunos que pensaban que “nuestros modelos [son] algo irrelevante, una necesidad técnica para traernos al mundo, y nada más”. Podía admitirse tal forma de contemplar las cosas, pero la perspectiva de las donaciones parecía cambiarlo todo. Chrissie y Rodney, dos de los veteranos de las Cottages, consuelan su ansiedad con la posibilidad de que su amor les redima, durante tres años, de continuar con su preparación para las donaciones. Al parecer eso es posible para los alumnos de Hailsham, solo que ellos, Chrissie y Rodney no son hailshamianos. No todos los clones son iguales. Lo son, sin embargo, en el sentido de que se trata de meras copias de los modelos humanos, los cuales no son elegidos –contrariamente a lo que pudiera pensarse-, entre aquellos humanos especialmente valiosos, sino que se “nos modela a partir de gentuza. Drogadictos, prostitutas, borrachos, vagabundos.” Ishiguro sabe sacar partido a la confusión de estos seres humanos copiados de otros. 


¡El rincón perdido de Inglaterra!, Norfolk, allí es donde van a parar todos los objetos perdidos en Gran Bretaña. Un lugar lleno de sitios con ropa vieja, libros, discos, anuarios y tarjetas postales. Y el hallazgo no se consuma sobre lo perdido sino en las distintas formas que posee el tiempo para revelarse: nostalgia, recuerdos, pasado, ese es el orden. Pero un clon es un clon, o al menos eso debe pensar Ishiguro, y siempre buscará a quién echarle la culpa de ser como es: el clonado parece ser el mejor candidato.

 Kathy, cuidadora de donantes, lleva una vida solitaria. Le gusta ensimismarse en sus pensamientos a los que se ha acostumbrado durante los largos once años que se ocupado de los donantes. Cuatro años antes, supo que Hailsham cerraba y se sintió un poco huérfana. Tal vez por ello buscó a Ruth que se reponía en Dover de una donación sin éxito y a Tommy que lo hacía en Kingsfield. Primero fue la cuidadora de Ruth y luego de Tommy. La especial relación que siempre mantuvo con este se consolida después de la desaparición de Ruth. Es entonces cuando el rumor tantas veces escuchado de que las parejas verdaderamente enamoradas pueden obtener un aplazamiento en su destino de donantes, les lleva a Tommy y a Kathy hasta el domicilio de la señorita Emily. Esta desmiente el rumor, pero entonces Kathy lanza la gran pregunta: ¿A qué viene tanto trabajo y estudio en Hailsham si al final nosotros, los clones, no tenemos más destino que donar y morir? La respuesta puede que esté en la misma Kathy. Quizá Hailsham fue construida como fábrica de recuerdos.