miércoles, 15 de mayo de 2013

Relatos. Heinrich von Kleist.


Unas breves notas sobre el autor -a muchos puede resultarle desconocido-, para situarlo. Heinrich von Kleist era prusiano (Reino de Prusia formado por el Ducado de Prusia y el Electorado de Brandeburgo) y vivió entre 1777 y 1811. Se le ha incluido dentro del romanticismo alemán, pero lo cierto es su obra no llamó la atención hasta el siglo XX. Buena parte de culpa le correspondió a Stefan Zweig que dedico un estudio a von Kleist en su ensayo La lucha contra el demonio. Se suicidó muy joven. Se dice que fue la sombra de Goethe.



Michael Kohlhaas vive a orillas del río Havel. Un día viaja con una partida de caballos hacia el sur buscando el Elba en la región de Sajonia. Va camino de Dresden cuando al llegar a las tierras del hidalgo Wenzel von Tronka este le engaña y consigue que Kohlhaas deje en su establo unos caballos negros. A su regreso, de los caballos no queda sino un trozo de piel y un puñado de huesos. Las demandas son desatendidas, pero Kohlhaas está dispuesto a que se haga justicia, aun sabiendo que el hidalgo, que ya tiene fama de arbitrario y ventajista, cuenta con el apoyo de Hinz y Kunz, copero y chambelán respectivamente, del soberano. Y aunque Kohlhaas también tiene amigos, el asunto acaba en manos del conde Kallheim del que se dice que ha emparentado con la casa de los Tronca. “Litigante incorregible” se comienza a decir a propósito de Kohlhaas. La reacción de Kohlhaas no se hace esperar, vende su casa porque “no quiero vivir en una tierra en la que no se protegen mis derechos”. Queda una última carta, apelar directamente al soberano, pero su desenlace resulta fatal al precipitar la muerte de Lisbeth, la esposa de Kohlhaas. Completamente desesperado Kohlhaas acude al último recurso, la violencia, y el castillo del hidalgo, el cual huye despavorido. Nuestro tratante de caballos manda redactar y publicar algo así como un requisitoria para la búsqueda del hidalgo huido. Es el “Mandato de Kohlhaas”
Treinta hombres acompañan a Kohlhaas camino de Wittenberg donde se refugia Wenzel. Tres veces incendia la ciudad y el gobernador ha de conducir al hidalgo a la prisión para protegerlo de la furia del pueblo. Las victorias se suceden, Kohlhaas se autoproclama “vicario del arcángel San Miguel” y la confusión se apodera de toda Sajonia. Hasta el propio Martín Lutero se ve obligado a intervenir: “¡Hombre desbocado, incomprensible y espantoso!” reconviene el reformador al tratante.
Von Meissen, el príncipe elector de Sajonia, y el conde de Wrede, gran canciller del tribunal, se comprometen a revisar el caso y proporcionar a Kohlhaas un salvoconducto. El castigo del hidalgo y la restitución de los dos caballos negros en las mismas condiciones en que fueron entregados, se dan por hechos. Las posturas van aproximándose entre tiras y aflojas, hay orgullo y terquedad que no son fáciles de vencer. El príncipe finalmente proclama la amnistía para Kohlhaas y sus seguidores, sin embargo uno de ellos, llamado Nagelschmidt, se rebela y muchos piensan que no es más que una argucia de Kohlhaas con la que asegurarse la íntegra aceptación de sus pretensiones. Poco a poco la situación se complica hasta desembocar en la pérdida de libertad y la condena a muerte de Kohlhaas. Interviene el príncipe elector de Brandeburgo. La prosa de von Kleist, que irá desgranando las mil piruetas que faltan y que nosotros no vamos a contar, nos puede resultar a los lectores actuales, un poco densa, pero con seguridad que debió de causar sorpresa a principios del XIX, pues era y es un magnífico intento de escapar de la esclavitud que el Romanticismo anunciaba.

La marquesa de O***.Lo asombroso de este relato es que lleve más de doscientos años escrito. No lo es menos que todo su contenido este perfectamente condensado en el primer párrafo: la marquesa, viuda desde hace tres años, está embarazada e ignora cómo ha llegado a ese estado y a quién ha de atribuir la paternidad del futuro hijo, pero como está resuelta a remediar semejante situación, anuncia en el periódico que se casará con quien lo acredite. Prácticamente está ya todo contado. El lector podrá sonreír irónicamente, sentir por la marquesa cierta inclinación afectiva por su ingenuidad o por el contrario reprobar su artero comportamiento, preguntarse por la opinión que tendrán todos los lectores de periódicos del mundo o caer en la cuanta de que en realidad prácticamente nadie lee el periódico en que la marquesa publica sus anuncios. Difícil será que un lector medio no se sienta tentado a atar los numerosos cabos que quedan sueltos en la narración: el ángel de anteayer, el demonio de ayer y el hombre de hoy; las descaradas caricias casi incestuosas entre la marquesa y su padre; la muerte y resurrección del conde; el secreto deseo de la marquesa porque el padre de su hijo sea plebeyo; la sospechosa tendencia que tiene el padre de la marquesa a rendirse al primer requerimiento... El relato roza la perfección.

El terremoto de Chile es un escalofriante relato sobre las aberrantes consecuencias del fanatismo religioso, la brevedad de los sueños y el fatalismo del destino.

El amotinamiento del general Dessalines que condujo a la proclamación de la independencia de Haití en 1803, es el tema histórico de fondo de Los esponsales de Santo Domingo. La vida le ofrece a Gustav el desgarrador ejemplo del sacrificio absoluto de una mujer para salvarle la vida, años después la historia se repetirá solo que esta vez el destino retorcerá los hilos hasta convertir a Gustav en verdugo.

Rendir un alma pura es sencillo, lo difícil es perseguir hasta el infierno al alma impura: El hijo adoptivo.

El duelo recoge la misteriosa forma en que la volunta de Dios vio luz el día de Santa Margarita en la plaza de armas del palacio de Basilea.

jueves, 25 de abril de 2013

Nathan el Sabio. Gotthold Ephraim Lessing.

“Contentaos con ser hombres”
Lessing.


“No Dios con nosotros, sino nosotros con Dios.”
Cardenal De Bérulle.


Nathan, sabio y judío, regresa a Jerusalén desde Babilonia. Ya conoce la noticia: un incendio ha devorado su casa. Recha, la hija adoptiva de Nathan, ha sido salvada de entre las llamas por “un templario al que el sultán Saladino dejó con vida”. ¿Un milagro? Sin duda. El musulmán perdona al cristiano para que este salve a la hija del judío.



Al-Hafi, el derviche amigo de Nathan, se ha convertido en el tesorero de Saldino y, necesitando este dinero, Al-Hafi ha pensado en su amigo el judío Nathan. Estamos en los tiempos de la tercera cruzada, finales del siglo XII, probablemente la más famosa de todas: Saladino en Jerusalén, Ricardo Corazón de León, Federico I Barbarroja, Felipe II de Francia… El templario, un rudo suabo, es tentado por el patriarca de la cristiandad para que traicione y mate a Saladino. El cristiano no acepta semejante comportamiento miserable. El dinero, tan superfluo como imprescindible, martiriza a Saladino. A Nathan es el desasosiego del espíritu de su hija lo que le preocupa, que la indiferencia del templario no alivia. “¡Soy grande! ¡Grande y atroz!... La grandeza se oculta tras lo atroz para huir de la admiración… [y] huisteis para no vencer”, estas sabias palabras deshacen la confusión del cristiano que reconoce en Nathan a un espíritu afín. Pero no hay tiempo más que para arañar la trascendencia de perdonar o salvar una vida, porque el sultán ha llamado al judío para que comparezca.

Al-Hafi avisa a Nathan de que el motivo de la llamada del sultán es la necesidad de dinero. Sin embargo, cuando Nathan llega al palacio lo que el sultán desea no es dinero sino respuesta a una pregunta: ¿Cuál es la creencia, cuál es la ley que te parece mejor? Nathan da comienzo a la historia del anillo. El poder que el anillo atribuía a su portador era el de ser bien visto por Dios y los hombres. Ya conocéis la historia: el padre tiene tres hijos y manda hacer dos réplicas del anillo, tan perfectas que nadie logra diferenciarlos. Saladino se burla: “Pensaba que las religiones que te había mencionado son fáciles de diferenciar” y, por tanto, nada tienen que ver con los anillos. Pero no lo son “atendiendo a sus [comunes] orígenes”. Los hermanos discuten sobre quién posee el anillo auténtico, el juez al que someten la cuestión les exhorta a que cada uno haga con sus obras, buena la piedra de anillo. Y Saladino queda convencido de la sabiduría de Nathan. La inmediata atracción que el templario y Recha sienten no es consecuencia de la atracción sexual, sino de la sangre que comparten, pues ambos, judía y cristiano, son descendientes de Assad, hermano de Saladino, el unificador de las tres religiones. El mito medieval de las tres culturas.

El cuento de los tres anillos ofrece una lectura muy rica. Así en la medida en que cada uno de los portadores del anillo se cree en posesión del auténtico, lo primero que ha de buscar es el reconocimiento de los demás, pues ese es el poder que otorga a su poseedor el anillo. Es curioso que la primera condición para adquirir ese reconocimiento sea la renuncia a estar en posesión de la verdad, manteniendo, al mismo tiempo, la preocupación por alcanzarla.  Llevan razón Jiménez Lozano y Reyes Mate cuando hablan de la gran lección que la convivencia de las tres culturas pueden dar a esa “tolerancia moderna…, [de] la abstracción”, principalmente porque durante el medievo la diferencia se reconocía y en la actualidad se intenta ahogar en la tolerancia.

Tema interesante es el de la elección de un judío como modelo, caben a este respecto destacar dos notas: de una parte que el médico de la corte de Saladino era Maimónides y, por otra, que el judaísmo es anterior a las otras dos religiones y, en cierto modo, su basamento. Nathan no es un judío medieval, en la medida en que es a la razón, a la ilustración, a la que apela. Sin embargo, la modernidad del judío que ha de moverse entre lo que es racional y lo que es fruto de la revelación divina, anuncia un conflicto que no aparece en Nathan, cuyo ideal de que somos hombres antes de judíos, cristianos o musulmanes, es un intentó de humanizar lo religioso. ¿Puede acaso decir eso un judío después de haber visto como su familia entera es asesinada en un pogromo de los cruzados? Ciertamente ese es el trabajo del héroe que puede llegar a perdonar, pero no le está permitido olvidar. En el perdón está la ruptura de la dialéctica de la intolerancia y de la violencia. En el recuerdo, la dignidad del sufrimiento. Si Saladino amnistía al templario, si le perdona la vida, es porque reconoce en él un fuerte parecido con su hermano Assad, y en ese acto de reconocimiento ninguna importancia tiene la fe religiosa.

Lo realmente significativo del cuento de los tres anillos es la oportunidad de llenar cada uno de los anillos de bondad, lo que significa no solo multiplicar por tres el bien, sino, sobre todo, hacerlo de tres maneras distintas. Lo que vale tanto como decir que la vida, la verdad y la virtud son prismas de mil caras.

La tolerancia se ha trasladado hoy en día, en una idea que ha expresado Jiménez Lozano, al marco jurídico y político. No hay un afán por entenderse, sino un deber legal de soportarse. La convivencia se ha convertido en un no querer saber nada del diferente, en un deber cívico, todo lo más, postergándose el acercamiento de aprendizaje y rechazando la oportunidad que la diferencia tiene de esencial. Para convivir es indispensable cierto grado de homogeneidad, de equilibrio en las diferencias, un cierto acercamiento respetuoso que refuerce la propia identidad y el “alivio [de] poder ir por el mundo sin nada que ocultar a nadie”.



jueves, 11 de abril de 2013

El americano impasible. Graham Greene.

“Cuando somos desdichados herimos”.
“Quizá la veracidad y la humildad vayan juntas”.
“Cuando somos niños, somos como una selva de complicaciones. Nos vamos simplificando a medida que crecemos”.
(Pensamientos fowlerianos)


Viejas en cuclillas en la escalera.
Fuong y Fowler esperan a Pyle. Fuong hace las cosas como seis meses antes. El retraso de Pyle parece menos importante después de dos pipas de opio. Alguien llama a la puerta no es Pyle, pero viene a buscar a los que esperan a Pyle, el americano impasible. La Sureté francesa. Vigot, el superintendente francés, tiene los pensamientos de Pascal sobre la mesa, que es una forma muy nacionalista de expresar su preocupación por el tiempo. Pyle está en la morgue y son entre las seis y las diez, las horas que le interesan a la policía.
Fowler es un hombre de corbata y zapatos. Estamos en medio de la Primera Guerra de Indochina, una guerra colonial, entre Francia y los nacionalistas de Ho Chi Minh. A primera vista Pyle había llegado a Saigon para corroborar las ideas que el ensayista político York Hardin había vertido en su libro El avance de la China roja. Que es una forma muy nacionalista de afirmar su pertenencia a los servicios secretos. Cuando Pyle llega, Fowler y Foung llevan ya dos años juntos. Fowler es un reportero inglés cuya divisa es no implicarse. Pyle se muestra distinto porque “era capaz de reconocer el dolor cuando lo tenía frente a los ojos”. Fowler es cínico, si por tal entendemos esa mezcla de ironía, burla y sarcasmo que conduce al escepticismo. Pyle enseña su desprotegida inocencia tomando en serio el corazón humano.
Viejas en cuclillas en la escalera.

Phat Diem (Fat Diem como escribe Green) es famosa por su extraña catedral y por la batalla que libraron los franceses y los vietmanitas. Budistas y católicos en una procesión con la imagen de la virgen de Fátima. Nada más acabar la ceremonia procesionaria, agentes del ejercito vietnamita (Vietminj) atacan la ciudad. En la catedral se apelotonan los civiles, Fowler contempla la larga calle vacía. En esta guerra la cara es el uniforme… y los sueños cobran vida: Pyle aparece para despertar a Fowler y decirle que está enamorado de Fuong y que piensa casarse con ella. Este rasgo de decencia, de respetabilidad enmascara a un jugador de ventaja. Él, Pyle, sabe, estamos seguros de que sabe, que el otro, Fowler, tiene mujer en Inglaterra. ¿Fin de la partida? No. Pyle sube la apuesta: el bienestar de Fuong exige que Fowler contribuya activamente a la elección de aquella. Lo dicho, un ecologista de la naturaleza humana. De regreso, en Hanoi, Fowler recibe el telegrama que le devuelve a Inglaterra. Fuong escucha la proposición formal de Pyle en labios de Fowler. La mujer niega, el perro del norteamericano gruñe y el inglés esconde el telegrama. Este escribe a su católica mujer pidiendo que “haga[s] lo que nadie esperaría de ti”.

Al noroeste de Saigón, en Tay Ninh, está el centro sagrado de los caodaístas. Pyle y Fowler vuelve juntos después de la ceremonia anual, se quedan sin gasolina y tienen que pasar la noche en una torre de vigilancia con dos centinelas nativos no vietminj. Hay algo profundamente perturbador en el hecho de poder volver a casa en avión y algo enigmáticamente significativo en que todos los días se parezcan, eso es lo que Fowler trata de hacerle comprender a Pyle. Después viene el ataque y Pyle hace el papel de héroe ante un “auditorio de dos”.

El cinismo de Fowler parece encajar mejor con la abnegación oriental que con la democracia norteamericana. Foung se queda después de conocer todas las mentiras, claro que…, solo aparentemente, porque todo es apariencia: “No se llega nunca a conocer a otro ser humano”. Y menos a una mujer oriental.
¿Vive acaso comprometido Fowler, como le dice el policía francés Vigot? La pregunta no es oportuna: Fuong se ha marchado con Pyle. Hay alguna cosa más: un atentado, unos zapatos manchado de sangre, mesa para uno solo en el Vieux Moulin, la poliomielitis del hijo de Granger… La ceguera de Pyle la remedió una bayoneta oxidada y Fowler no tiene a nadie “a quien poder decirle: lo siento”. Como en el juego del mahjong, Fowler quedará para siempre sobre el tablero al haber perdido a su alma gemela.

jueves, 4 de abril de 2013

Epístolas morales a Luicilio (6). Séneca.



Trigésima sexta.-
Se hace necesaria una gran energía para explicar a los hombres que “la prosperidad es cosa turbulenta” y que es preferible “el sosiego a todas las cosas”. Para el joven serio que se ha comprometido con la sabiduría ya no hay libertad, pues es tiempo de aprender, de convertir la voluntad en conducta moral con la que llevar el alma a la perfección. El alma ha de tornarse insensible a cuanto la fortuna pueda dar o quitar y aprender a despreciar la muerte.

Trigésima séptima.-
Lucilio que se ha comprometido con la sabiduría tiene por delante una tarea difícil. Séneca la compara con la de “aquellos que trabajan a jornal para el circo”, esto es gladiadores, pues como ellos, Lucilio se verá obligado a luchar hasta la muerte sin esperanza. Para recorrer este difícil camino es necesaria la filosofía que nos aleja de las “violentas pasiones” y de “la rastreara necedad”. La filosofía hace el camino, la razón mide la zancada y el instinto pondrá en nuestro interior el germen de la curiosidad. «Lo vergonzoso no es que uno vaya a su ritmo, sino que se vea arrastrado y que, inmerso de repente en la vorágine de los acontecimientos, pregunte con sorpresa: “¿Cómo he llegado yo aquí?” ».

Trigésima octava.-
La epístola posee la intimidad de aquello que se dice al oído. Cuando de lo que se trata es de conseguir que alguien “se decida a aprender”, puede resultar conveniente utilizar lenguaje de “arengas”, mas si el tema es aprender, “hay que recurrir a este lenguaje nuestro más sencillo”.

Trigésima nona.-
Séneca confirma que emprenderá la redacción de unos compendios de filosofía para Lucilio, pero mientras tanto, le recomienda que lea “el catálogo de los filósofos […] que han trabajado para ti”. Así como “la llama se eleva en línea recta”, también el alma grande se consagra “a los mejores ideales”: se desentiende de la fortuna y reduce la adversidad. El deseo ha de ser contenido por la moderación natural, sólo así la rama no será quebrada por el peso del fruto.

Cuadragésima.-
Ni el discurso que se destila gota a gota, ni el precipitado en el que las palabras se agolpen atropelladamente en los labios; el sabio ha de poder transmitir su discurso apoyado en la verdad y con la misma armonía que impregna su alma. Séneca se decanta por la soltura del discurso de su maestro Papirio Fabiano, en lugar de la vehemencia de Quinto Haterio. Como el sabio ha de ser modesto en el porte y comedido en el hablar, concluye Séneca: “Te ordeno que seas lento en el hablar”.

Cuadragésima primera.-
Parece una carta de San Pablo. “Dios está cerca de ti, está contigo, está dentro de ti […] en cada uno de los hombres buenos”. Si el alma es aquello que no puede ser arrebatado ni tampoco otorgado, esto es “lo que es propio del hombre”, “vivir conforme a [la] propia naturaleza” es la esencial de la “razón perfecta”. Pero Séneca, consciente de la dificultad de cuanto formula, se pregunta como podrá vencer el hombre “a la turba [que le] empuja”.

Cuadragésima segunda.-
Muy pocos hombres pueden ser considerados buenos, pues incluso aquellos que lo parecen se asemejan a una “serpiente venenosa [que] se manosea sin peligro mientras está rígida por el frío”. Sin embargo, la estupidez humana está muy extendida hasta el punto de que considera gratuito aquello que se ha adquirido a “costa de inquietudes, de peligros, de pérdida del honor, de la libertad y del tiempo”, sin reparar que “con frecuencia tiene el máximo coste aquel por el que no se paga ninguno”. El ingenioso razonamiento de Séneca nos va conduciendo de la mano a conclusiones no por sencillas menos asombrosas. Así si has de desprenderte de algo, piensa que si lo has poseído durante largo tiempo, “lo pierdes después de quedar saciado”; y si lo has retenido en tu poder por un breve lapso, “lo pierdes antes de acostumbrarte a ello”. He aquí la máxima senequista: “Quien es dueño de sí, nada ha perdido”.

martes, 19 de marzo de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (I)






En el fortín de Qelat Daba, cerca de Amman, está la tumba de Alí Bey. Domingo Badía Leblich había nacido en Barcelona, más concretamente en el interior de la Ciudadela levantada por orden del primer Borbón español, pues su padre era el secretario del gobernador. Corría el año de 1774 y tan sólo siete años le duró a Domingo Badía su catalanidad, con esa edad abandonó Barcelona y nunca más regresó. Roger Mimó asegura en el prólogo que Badía era culto en extremo, testarudo, soñador e irresponsable, bonapartista, ilustrado por el siglo que abandona y romántico por el que estrena.

Y capaz, capaz de adaptarse a cualquier situación. Cuando Alí Bey regresa de su viaje en 1808, la situación que encuentra en España es muy distinta de la que existía cuando se despidió del “Príncipe de la Paz” (Godoy). Los bonapartistas no dudan en apoyar la publicación de los textos que Badía había recogido durante su largo viaje y le prometen la adquisición de doscientos cincuenta ejemplares de su obra. Sin embargo, cuando aún no se había publicado, la monarquía tradicional es restaurada en Francia en la persona de Luis XVIII. Badía teme perderlo todo y no duda en cambiar la dedicatoria: “Al Rey” en lugar de “A Bonaparte”. Naturalmente que el texto se publicó en francés.

Alí Bey es el “religioso, príncipe, doctor, erudito, jerife (que lleva sangre del Profeta), peregrino, hijo de Osmán, príncipe de los Abasíes (descendientes de Abbas, uno de los tíos de Mahoma)”.

El estrecho de Gibraltar, el eslabón que une “los dos extremos de la cadena de la civilización”, ¿qué mejor sitio para comenzar o terminar? Tánger. Alí Bey, recién llegado, sustituye sus ropas europeas por la almalafa o jaique, una gran sábana con la que cubrirse desde los hombros a los pies. Hay que rasurarse porque es viernes y los hadices de Mahoma exigen no dejar más pelo que el de la barba. Alí es (se finge) turco y las costumbres de Marruecos son algo distintas.  

La circuncisión es una fiesta para todos y el morabito situado a las afueras de Tánger se llena de familiares y amigos, las mujeres ululan, hay soldados, caballos y una banda de seda ciñe la cabeza del niño. El alboroto, los alaridos y una música estridente y disonante no deja oír los gritos de la víctima que es curada con alumbre e hilas.

Los moros en la época que nos describe Alí Bey daban muy poca importancia a la infantería en la guerra y por eso los relevos son simples ejercicios y las guardias se hacen sentados y sin fusil. Todo lo cifran en la caballería y Tánger está llena de caballos.


El caíd es el gobernador y administra la justicia penal, no hay más sentencia que la verbal y se ejecuta inmediatamente. El juez civil es el cadí. Los moros comen sentados en el suelo alrededor de una mesa y mencionan a Dios al comenzar y al terminar; lo hacen con la mano derecha directamente del plato común, el cuscús es la base de la alimentación. La carne o el pescado se suele aderezar con perejil, apio y cilantro. A la novia la llevan dentro de una cesta cubierta hasta la casa del futuro esposo y al muerto en unas parihuelas. El cadáver es llevado deprisa al cementerio, se queda esperando en el exterior de la mezquita mientras concluye la oración y es enterrado sin ataúd; es una forma de espantar al ángel de la muerte.

Los judíos en Tánger no tienen barrio aparte y este hecho incrementa la humillación y el maltrato de que son objeto. Visten de una forma especial que permite su identificación, se ven forzados a caminar descalzos la mayor parte del tiempo y han de rendir vasallaje a todos los musulmanes. La poca habilidad que los moros tienen con las manos hace que sean los judíos quienes se ocupen de la artesanía.

Roger Mimó en la tumba de Alí Bey
Roger Mimó nos explica la misión que llevaba Alí Bey en 1803 cuando llegó a Tánger, y que, naturalmente, no aparece en el libro. España necesitaba  que el sultán Mulay Solimán autorizara la exportación de granos hasta España. Alí Bey debía o bien convencerlo o bien derrocarlo. Y ello explica sus esfuerzos por ganarse la confianza de las autoridades tingitanas.

En África hay dos Nilos: el del Cairo y el de Tombuctú. Dos también son los panes que, envueltos en una bolsa de tela de oro y plata, envía el sultán a Alí Bey. Es un símbolo de fraternidad. Pero la aproximación entre ambos ha sido mérito de la ciencia. Días después Alí Bey sale para Mequinez y Fez.

Ríos anchos, sinuosos, de escarpadas orillas. Refugios naturales “muy adecuados para la defensa”. Tierras donde plantar castillos. El Loukos, el Sebou, el Rdom. El margen derecho de este último nos conduce hasta Mequinez. A una sola jornada está Fez.

Al-Karaouine
En Fez hay más de doscientas mezquinas, sus calles, extremadamente angostas, son oscuras y sucias. Al-Karaouine es la aljama de Fez, pero la más frecuentada es la dedicada al sultán Mulay Idris a quien se atribuye la fundación de la ciudad y uno de los lugares más sagrados de Marruecos. Por la mañana los baños son de los hombres, por la tarde de las mujeres y por la noche de los ricos y de los genios o duendes (yenún). Algo de yin (singular de yenún) tienen las cigüeñas que “muchos creen hombres de unas islas lejanas que, en una determinada época del año, toman la forma de pájaros para venir aquí y que en el momento adecuado regresan a su país donde recuperan la forma humana hasta el año siguiente”. Nos mueve a la incredibilidad que Alí Bey asegure haber hecho entrar en razón a alguno de los sabios sufíes de Fez. Parece pecar también de cierta exageración, y así lo pone de manifiesto Roger Mimó, el pobre panorama cultural que describe. El 13 de enero de 1804, la tierra tembló bajo el suelo de Fez; el epicentro del terremoto se situaba en la costa española.

Alí Bey se aloja en casa de Haj Idris, el almocadén que se encarga de la administración de los bienes que lo fieles donan al sepulcro de Mulay Idris. El enfado de Alí con el sultán parece razonable, al parecer éste trata de retener a nuestro Alí en Fez nombrándole “pendulero imperial”, un trabajo aburridísimo. Por fin sultán llega a Fez y Alí, después de ciertas maquinaciones, logra entrevistarse con él. Alí, no hay que olvidarlo, es uno de los últimos ilustrados. Pero la ilustración no le exime de comportarse como musulmán, cuya cultura no ve con buenos ojos que un hombre de posición no tenga mujeres. Se ve Alí forzado a aceptar una esclava negra de nariz chata. Después del eclipse de sol del 10 de febrero de 1804, Alí parte para Marrakech, antes pasará por Rabat, es el 27 de febrero. En el camino los naranjales de Sidi Kacem, los beduinos del margen izquierdo del río Beht, un bosque de encinas que llega hasta la misma ciudad de Salé. Enfrente Rabat, infectada de piratas moriscos. Alí visita la necrópolis de Chellah, un asentamiento cartaginés en la desembocadura del “río de Rabat” que es como llaman los autóctonos al Bou Regreg.


El 10 de marzo, Alí emprende el camino de Marrakech. El itinerario es seguir por la línea de la costa hasta Azemmour para luego bajar en línea recta. Alí recoge plantas, mide la temperatura y la humedad, marca las coordenadas, describe el suelo y el cielo. Se detiene en Fedala (hoy Mohammedia) y en la vecina Al Dar al Beida (Casablanca), que por aquel tiempo no era más que “un pueblecito encerrado en una gran recinto de murallas” con un pequeño puerto. La alheña o henna es el cultivo de la zona entre el río Hawara y las proximidades de Azemmour, otra ciudad fortificada como la mayoría de la costa. Azemmour fue portuguesa durante algún tiempo y tiene un morabito dedicado a uno de los primeros sufíes de Marruecos. La atraviesa un río, el Oum er Rabia, uno de los más largos y caudalosos del país y sus aguas durante la época de las lluvias se tornan limosas, como las del Nilo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Algo va mal. Tony Judt.






Saca uno la impresión de que el texto de Judt está construido yuxtaponiendo un cúmulo de ideas que no acaban de desarrollarse. El lector espera que el autor vaya ordenando sus propuestas, y aunque puntualmente lo consigue, lo cierto es que nunca llega el libro cobrar vida autónoma. Pese a todo el libro es algo más que la propuesta de llevar la socialdemocracia a América.  

La primera aproximación para identificar aquello “que va mal”, la construye Judt sobre dos hechos: el afán por “la búsqueda del beneficio material” (léase, dinero), que es el único elemento colectivo que nos queda, y la desigualdad social. Aquella obsesión puramente materialista y egoísta ha neutralizado todo debate, incluido el ideológico. Como faltan ideales, ya nadie trabaja para cambiar el mundo sino para conseguir dinero, la admiración se pone en la riqueza en lugar de en la honestidad y consecuentemente la sociedad se ve obligada a soportar la pesada carga de la corrupción. Paralelamente la desigualdad se torna corrosiva porque es utilizada por todos para “normalizar” la situación, la actitud de “cruzarse de brazos” es la que predomina en toda la escala social. El resultado es una paulatina, pero insidiosa, perdida de la permeabilidad de las capas sociales: el rico es cada vez más rico y el pobre depende más del Estado. Dos vectores transversales parecen recorren las sociedades actuales: el que transita desde la explotación a la injusticia y aquel otro que anuda la corrupción con el privilegio. Y es el dogma del interés individual el que está detrás de todo.

Durante los años sesenta el protagonismo correspondió al sector público, hasta el punto de que un gasto alto se consideraba por las autoridades y expertos como buena política y que se tildara de egoístas e insolidarios a quienes se atrevían a disentir. A partir de los años noventa la situación revertió y dio paso a la consideración de que el sector privado estaba en mejor disposición. El ulterior fracaso del sector privado en la gestión de los servicios públicos, tal y como nos lo cuenta Judt, pasa por alto un dato importante: que el Estado se dedicó a mirar hacia otro lado, esto es, se desentendió de sus obligaciones. La situación fue más o menos esta: el Estado se dijo si yo tengo que prestar el servicio de salud o de ferrocarriles, pues una buena solución es encomendárselo a una sociedad privada a cambio de una contraprestación y se acabó el problema. La empresa privada aceptó la propuesta pensando que en todo caso el servicio público no era suyo y si algo salía mal ya vendrá el Estado a rescatarlo. Sinceramente, no sabe uno decir cuál de los dos fue más irresponsable. Pero sigamos. La entrega de los servicios públicos a las empresas privadas supone “una contracción del espectro público del Estado”. Cabe admitir como cierta esta afirmación, pero lo que no está tan claro es que deba ser así. Al fin y al cabo lo privado también forma parte de la ciudadanía. A Judt parece bastarle con dirigir los dardos contra la hiena del sector privado y disculpar a la leona perezosa de lo público, para sacar conclusiones un tanto precipitadas, del estilo “estamos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley que la fuerza”. Ni todo es “a corto plazo” en lo privado, ni todo lo público está investido de “altruismo”. Podemos estar de acuerdo en reivindicar lo público, pero no a costa de demonizar lo privado, porque eso no es más que ir de un extremo del péndulo al otro.

Lo que se ha llamado “déficit democrático”, esto es, el progresivo desinterés de los ciudadanos por la política, parte de una idea muy simple, de ahí probablemente su popularidad, se dice: como ellos, los políticos, van a hacer lo que quieran (principalmente atender sus propios asuntos), para qué me voy a molestar yo en ir a votar. Los políticos “no transmiten ni convicción ni autoridad” y las alternativas son pocas: “echar a esos sinvergüenzas o dejarles que sigan haciendo de las suyas”. Pero echarlos no es tan fácil como parece y, en todo caso, vendrán otros. Y la otra postura, la de dejarlos, parece inadmisible. Así pues el único camino que nos queda es cambiar el sistema. “Sin idealismo –dice Judt-, la política se reduce a una forma de contabilidad social, a la administración cotidiana de personas y cosas”. Y esta verdad digamos que la soporta mejor la derecha que la izquierda. Como casi siempre lo que ocurre es lo inesperado. Es aceradamente profundo Judt cuando advierte el componente totalitario del estado del bienestar. La gran masa “débil” que el Estado decide proteger, reacciona con dureza ante cualquier mínima fluctuación que comprometa su blando colchón y dirige sus diatribas contra los fuertes, ricos y privilegiados a los que acusa de insolidarios. La reacción de estos no es difícil de prever.

La virtud que Judt anuncia para aquel que se posicione frente a la opinión mayoritaria, lleva visos de santidad. Como resulta que esa era precisamente la función de los intelectuales y hoy en día es esta una especie que se ha extinguido y ha sido sustituida por los tertulianos, a este mártir de la templanza que deberá soportar la burla y la soledad, el menosprecio y la humillación, nada podemos ofrecerle. Y el caso es que este héroe es más preciso que nunca. Tiene ante sí la difícil tarea de desbloquear las vías convencionales del cambio que están obturadas por “un reducto de enchufados, subordinados serviles y pelotas profesionales”. Echa de menos Judt a las grandes figuras del liberalismo constitucional europeo, el francés Léon Blum, el británico David Lloyd George... Por supuesto que no menciona a los españoles, pero los tuvimos (Maura, Canalejas, Cambó…) Los problemas que tuvieron que afrontar son muy distintos de los actuales. Ellos sabían cosas que nosotros hemos olvidado. Sabían por ejemplo que en política el dinero debe estar más cerca de la ética que de la utilidad. Para abrir la caja del dinero de todos no debe bastar con la llave del deseo, ha de ser necesaria la del bien común, lo que es tanto como la de la justicia. ¿Es justo este gasto señor político mientras haya pobreza, desempleo, desigualdad? Seguramente no, así que vuelva usted a meter ese dinero en la caja de todos. Es entonces cuando nos damos cuenta de que el político está sonriendo, que sus ojos chisporrotean de astucia, porque la caja de todos ha sido reemplazada por la caja de unos pocos.




Era así, tal y como nos lo cuenta Judt. Nadie pensó que la ortiga del nacionalismo fuera a invadir el bien cuidado prado europeo. Pero la guerra estalló y duró cuatro décadas. Las fronteras que se fijaron en 1945 han ido cambiando con la desaparición y el nacimiento de nuevos estados. Ahora, la globalización trata de acabar con ellos, con los nuevos y también con los viejos estados. Muchos piensan que los estados han quedado para hacer política, fundamentalmente social se entiende, porque para la economía ya están los órganos supraestatales y el mercado. Judt considera que la superviviencia del Estado es esencial para preservar las conquistas alcanzadas. Resulta llamativo que tal aspiración se haya convertido en el objetivo de la izquierda aplicando la receta del orden, mientras que las alternativas aportadas por la derecha sean notoriamente revolucionarias (privatizaciones, flexibilidad de mercado laboral, “adelgazamiento” de servicios públicos…)

Dos ideas rápidas de las muchas que ofrece el texto: aunque el comunismo se ha marchado definitivamente sigue resultando inquietante la sospecha de que el sentido de la libertad política del capitalismo es hacer dinero; y que al mismo tiempo sigue en pie la cuestión de cómo hemos de organizarnos en beneficio común.