jueves, 6 de junio de 2013

Cristo se detuvo en Éboli. Carlo Levi.

“Me parecía haber caído del cielo, como una piedra en un estanque”.
                        Carlo Levi.

Grassano, Accettura, Stigliano. Pueblos con paludismo. Estamos en la provincia italiana de Matera, en la antigua región de Lucania, al sur, en la planta de la bota. A veinticinco kilómetros de Stigliano está Gagliano, un pueblo nacido entre barrancos de arcilla blanca. A Levi lo han trasladado hasta allí dos representantes del Estado. Lleva las manos atadas. Es la muerte quien lo recibe: la de los crespones negros en las puertas de las casas, la de la viuda en cuya casa ha de vivir y la del campesino que agoniza en el suelo, sobre una camilla, con los zapatos y el sombrero puestos. El alcalde, el profesor Luigi Magalone, hace una excepción con Levi que es hombre culto, médico y pintor, y se acerca hasta él para informarle de la presencia de otros desterrados en el pueblo, con quienes, por cierto, tiene prohibido tratar, pues sobre ellos pesa la rigurosa carga de la seguridad del Estado. En Gagliano hay dos médicos, Milillo y Gibilisco, con tan poco ciencia que resultaban inofensivos, incluso para el paciente. En la plaza está también el sargento de los carabineros, el abogado S –el más rico del pueblo y sus dos hermosas hijas: Concetta y Maria-, Poerio -el cartero jubilado-, el abogado P…

Aquí como allá, en Grassano de donde había llegado Levi, no había sino señores y bandidos, aburrimiento y avidez, odios y venganzas, y solo algunos, como Decunto, el teniente de la Milicia de Grassano, poseían algo que se parecía a una “funesta lucecita de conciencia”. Don Guiseppe Trejella es el arcipreste de Gagliano, un hombre bueno e inteligente que el mundo ha devorado entre sus fauces, y que en este rincón de Matera consume sus últimos días escribiendo “epigramas latinos contra el alcalde, los carabineros, las autoridades y los campesinos”.

Pero Gagliano no es Grassano. Allí, campanillas de rebaños y prados, aquí, pezuñas de asnos y balar de cabras. En la plaza un cojo hincha la piel de una cabra sacrificada, porque el gobierno ha creado un nuevo impuesto sobre el ganado caprino y hay que deshacerse de las cabras antes de que sea demasiado tarde. Doña Caterina Magalone Cuscianna, hermana del alcalde, que se creía en trance de ser envenenada por su marido, Nicola Cuiscianna, maestro de escuela y secretario del fascio de Gagliano, recibe como caído del cielo a Levi, pues piensa que su presencia es la última esperanza de que el crimen no quede impune.


Los alrededores del cementerio, el límite geográfico por donde Levi puede moverse, es el primer motivo pictórico elegido por Carlo. Luisa, la hermana de Levi, emplea tres días para llegar desde Turín a este pueblo perdido de la comarca de Matera, trae libros, medicinas, noticias. En Matera los niños pobres mendigan quinina en lugar de monedas. Carlo ocupa la única casa del pueblo con retrete. Tiene, además, tres habitaciones, una higuera en el centro del patio y un balconcito en la alcoba. Pero le falta una mujer para que lo cuide, y es que el pueblo es de las mujeres porque la mayoría de los hombres están en América. Las mujeres los esperaban uno o dos años, luego, cuando ya los hombres han dejado de escribir, hacían hijos. Y es que en Gagliano el sentimiento del honor nada tiene que ver con la paternidad de los hijos, el paraíso americano no deja de serlo después de haber pasado por él y la picaresca hace de la burla a la ciencia un acto de justicia.

La guerra de Abisinia (1935-1936), no interesaba a los campesinos, ignorantes de que la guerra se hacía por ellos. Igual de míseros los de Grassano que los de Gagliano, los primeros porque “vivían de anticipos sobre la cosecha” y los segundos porque aún siendo propietarios de la tierra, “nunca cosechaban lo suficiente para alimentarse y pagar al agente recaudador”. Hay un sanador de cerdas, un recaudador que lleva las letras A.R. impresas en rojo sobre su gorra,  cabras paradas al sol, una eterna ociosidad de pueblo construido sobre los huesos de los muertos y el gris de las nubes sobre las arcillas silenciosas y los campesino en los campos y…, una tarde de verano llega el telegrama que anuncia la toma de Addis Abeba y con ella la liberación de los desterrados.

La prosa de Carlo Levi atrapa enseguida, la frescura con la que describe y cuenta posee un paralelismo muy evidente con la pintura. El turinés es un pincritor, rara avis que escribe utilizando la misma técnica que del acuarelista. Agua, pigmentos y palabras. Carlo Levi llega a Gagliano, de mala gana, como él mismo dice, una tarde de agosto procedente de Grassano. Un año después, cuando ya libre abandona el pueblo, Carlo no es el mismo porque en ese tiempo ha sido desterrado, campesino, médico, señor y, finalmente, repatriado; porque se lleva entre las uñas la tierra muerta del primitivismo animal; porque tiene en la cabeza impreso el mapa de la miseria. Pero tampoco, a estas alturas, el lector es el mismo, sabe ya que si “Cristo se detuvo en Éboli”, es porque prefirió quedarse a orillas del mar, en la provincia de Salerno.

sábado, 25 de mayo de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (II)






Después de cruzar el río Tensift a través de un puente de veintisiete ojos, se llega a Marrakech. Un firmán del sultán convierte a Alí en propietario de una rica finca de recreo llamada Semlalia en las afueras de Marrakech y de una casa conocida con el nombre de Sidi Benhamed Dukali. El sultán no quiere perder el afecto de Alí y le sugiere que pase unos días de descanso en Essaouira, Mogador como la conocen los portugueses. La expedición es tan numerosa que exige de cinco tiendas: Alí viaja con sirvientes y escolta. Cerca de Essaouira, Alí atraviesa un bosque de arganes, ese “precioso árbol que se multiplica por sí mismo”, que se ha hecho famoso por su aceite y que tanta importancia tiene en la cultura bereber. La vida en Essaouira es triste y aburrida, la ciudad está rodeada por un desierto  de arena móvil y en el otro extremo, en la mayor de las islas Purpúreas, hay una prisión. Los hombres se entretienen con escaramuzas y carreras de caballos. Uno sospecha que Alí ha ido a Essaouira a conspirar y así parece deducirse de la fiesta y agasajo que recibe de los pachás de Haha, Chiadma y Sous y de la rapidez con que retorna a Marrakech.
La antigua capital del imperio tiene diecisiete kilómetros de murallas. Muchas de sus calles son tan estrechas que apenas puede pasar un caballo y, desnudas de pavimentos, durante buena parte del año están cubiertas de polvo o de lodo. El alminar de la mezquita almohade Koutoubia es el símbolo de Marrakech y debe su nombre a las librerías que la rodeaban. Tiene Alí la oportunidad de conocer a uno de los dos santones más importantes, se trata de Sidi Alí ben Hamed que con el dinero de las donaciones que recibe compra “armas para los defensores de la fe que le acompañaban”. Resulta evidente la influencia de santos como Sidi Alí y con ellos tuvo tratos Alí Bey para formalizar una alianza con España.


La judería se sitúa muy próxima al palacio del sultán y en ella viven unos dos mil judíos en régimen de esclavitud: son tratados con desprecio y obligado a andar descalzos. Hay orfebres, hojalateros, sastres…
Se refiere Alí a los beréberes como los “árabes montañeses” por referencia al Gran Atlas, los cuales emplean un lenguaje que es distinto del árabe con varios dialectos y por esta razón les augura una desaparición cultural que no se produjo por la intervención francesa, tal y como apunta Mimó en sus notas.
Cinco meses de enfermedad tuvieron a Alí retirado en su finca Semlalia (según Mimó puede deberse a una estratagema que le permitiera ganar tiempo ante las nuevas órdenes recibidas de Godoy). El sultán llega a Marrakech después del eclipse de luna del 15 de enero de 1805, “el sultán nunca permanece mucho tiempo en un mismo lugar”, la causa esté quizás como sugiere Mimó en el escepticismo del pueblo. Las páginas siguientes han de releerse entrelíneas: la conversación de Alí con el sultán, el regalo de dos mujeres enviadas por este, la salida hacia la Meca de aquel, las lágrimas de la despedida… Son de lo mejor.

La digresión que Alí hace a continuación sobre la casa reinante en Marruecos nos permite conocer alguna de sus peculiaridades. Quizá la más llamativa sea las sucesivas guerras civiles que tienen lugar cada vez que el trono queda vacante, pues no hay fijada una norma sucesoria. Remediarlo mediante la aprobación de una constitución, es uno de las misiones de Alí. Así por ejemplo, sólo en la región de Tafilalet cuya capital es Mequinez hay no menos de dos mil jerifes que creen tener derecho al trono. El sultán no tiene más ejército que su guardia personal compuesta por moros llamados Udayas por la tribu a la que pertenecen, y negros esclavos “conocidos bajo el nombre de El-Bujari”, porque estos prestan juramento de lealtad sobre el libro de hadices recogidos por el erudito musulmán.


Alí viaja hasta Fez siguiendo la misma ruta de la ida, es decir, haciendo escala en Rabat. Alí permanece en Fez mucho más tiempo del que parece necesario para preparar el viaje, un mes y medio. Estaba esperando la llegada de notificáis de Godoy y la entrada de tropas del jeque de Boujad. El 30 de mayo de 1805 Alí sale en dirección hacia Argel, pero planta la tienda en sus proximidades para seguir la costumbre árabe de no alejarse mucho del lugar de partida en el primer día de viaje. El camino transcurre por el “corredor de Taza” que es, como nos advierte Mimó, la puerta natural de salida y entrada al territorio por el este, entre las  cordilleras del Rif y el Atlas Medio. Al manantial de Sidi Yahia, muy próximo a Oujda, se llega después de atravesar el desierto de Angad. La proximidad de Melilla y la posibilidad de recibir armas y hombres para la revuelta, justifican los ocupados días de Alí en la ciudad. Donde sí hubo rebelión fue en la cercana Tlemcen, ya en Argelía. Un enviado del sultán le obliga a permanecer cuarenta días en Oujda, tras los cuales Alí debe ser conducido hasta Tánger por dos oficiales y treinta udayas de escolta. El itinerario no es el acostumbrado y más de cuatrocientos árabes armados esperan a Alí en el camino. Los escoltas desaparece y el desierto convierte la huída en una tragedia de la que logra salir con vida gracias a la suerte. A Taza llega Alí el 8 de agosto de 1805. El 16 en las inmediaciones de Alcazarquivir, dos oficiales del sultán le revelan a Alí que su destino ya no es Tánger, sino Larache, ciudad que había sido española en los tiempos del Quijote. En octubre una corbeta recoge a Alí y lo traslada hasta Trípoli. Sin embargo…, todo su séquito queda retenido en tierra por orden del sultán que quiere asegurarse de que Alí se marcha sin llevarse nada. Alí llora, sabe que no volverá.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Relatos. Heinrich von Kleist.


Unas breves notas sobre el autor -a muchos puede resultarle desconocido-, para situarlo. Heinrich von Kleist era prusiano (Reino de Prusia formado por el Ducado de Prusia y el Electorado de Brandeburgo) y vivió entre 1777 y 1811. Se le ha incluido dentro del romanticismo alemán, pero lo cierto es su obra no llamó la atención hasta el siglo XX. Buena parte de culpa le correspondió a Stefan Zweig que dedico un estudio a von Kleist en su ensayo La lucha contra el demonio. Se suicidó muy joven. Se dice que fue la sombra de Goethe.



Michael Kohlhaas vive a orillas del río Havel. Un día viaja con una partida de caballos hacia el sur buscando el Elba en la región de Sajonia. Va camino de Dresden cuando al llegar a las tierras del hidalgo Wenzel von Tronka este le engaña y consigue que Kohlhaas deje en su establo unos caballos negros. A su regreso, de los caballos no queda sino un trozo de piel y un puñado de huesos. Las demandas son desatendidas, pero Kohlhaas está dispuesto a que se haga justicia, aun sabiendo que el hidalgo, que ya tiene fama de arbitrario y ventajista, cuenta con el apoyo de Hinz y Kunz, copero y chambelán respectivamente, del soberano. Y aunque Kohlhaas también tiene amigos, el asunto acaba en manos del conde Kallheim del que se dice que ha emparentado con la casa de los Tronca. “Litigante incorregible” se comienza a decir a propósito de Kohlhaas. La reacción de Kohlhaas no se hace esperar, vende su casa porque “no quiero vivir en una tierra en la que no se protegen mis derechos”. Queda una última carta, apelar directamente al soberano, pero su desenlace resulta fatal al precipitar la muerte de Lisbeth, la esposa de Kohlhaas. Completamente desesperado Kohlhaas acude al último recurso, la violencia, y el castillo del hidalgo, el cual huye despavorido. Nuestro tratante de caballos manda redactar y publicar algo así como un requisitoria para la búsqueda del hidalgo huido. Es el “Mandato de Kohlhaas”
Treinta hombres acompañan a Kohlhaas camino de Wittenberg donde se refugia Wenzel. Tres veces incendia la ciudad y el gobernador ha de conducir al hidalgo a la prisión para protegerlo de la furia del pueblo. Las victorias se suceden, Kohlhaas se autoproclama “vicario del arcángel San Miguel” y la confusión se apodera de toda Sajonia. Hasta el propio Martín Lutero se ve obligado a intervenir: “¡Hombre desbocado, incomprensible y espantoso!” reconviene el reformador al tratante.
Von Meissen, el príncipe elector de Sajonia, y el conde de Wrede, gran canciller del tribunal, se comprometen a revisar el caso y proporcionar a Kohlhaas un salvoconducto. El castigo del hidalgo y la restitución de los dos caballos negros en las mismas condiciones en que fueron entregados, se dan por hechos. Las posturas van aproximándose entre tiras y aflojas, hay orgullo y terquedad que no son fáciles de vencer. El príncipe finalmente proclama la amnistía para Kohlhaas y sus seguidores, sin embargo uno de ellos, llamado Nagelschmidt, se rebela y muchos piensan que no es más que una argucia de Kohlhaas con la que asegurarse la íntegra aceptación de sus pretensiones. Poco a poco la situación se complica hasta desembocar en la pérdida de libertad y la condena a muerte de Kohlhaas. Interviene el príncipe elector de Brandeburgo. La prosa de von Kleist, que irá desgranando las mil piruetas que faltan y que nosotros no vamos a contar, nos puede resultar a los lectores actuales, un poco densa, pero con seguridad que debió de causar sorpresa a principios del XIX, pues era y es un magnífico intento de escapar de la esclavitud que el Romanticismo anunciaba.

La marquesa de O***.Lo asombroso de este relato es que lleve más de doscientos años escrito. No lo es menos que todo su contenido este perfectamente condensado en el primer párrafo: la marquesa, viuda desde hace tres años, está embarazada e ignora cómo ha llegado a ese estado y a quién ha de atribuir la paternidad del futuro hijo, pero como está resuelta a remediar semejante situación, anuncia en el periódico que se casará con quien lo acredite. Prácticamente está ya todo contado. El lector podrá sonreír irónicamente, sentir por la marquesa cierta inclinación afectiva por su ingenuidad o por el contrario reprobar su artero comportamiento, preguntarse por la opinión que tendrán todos los lectores de periódicos del mundo o caer en la cuanta de que en realidad prácticamente nadie lee el periódico en que la marquesa publica sus anuncios. Difícil será que un lector medio no se sienta tentado a atar los numerosos cabos que quedan sueltos en la narración: el ángel de anteayer, el demonio de ayer y el hombre de hoy; las descaradas caricias casi incestuosas entre la marquesa y su padre; la muerte y resurrección del conde; el secreto deseo de la marquesa porque el padre de su hijo sea plebeyo; la sospechosa tendencia que tiene el padre de la marquesa a rendirse al primer requerimiento... El relato roza la perfección.

El terremoto de Chile es un escalofriante relato sobre las aberrantes consecuencias del fanatismo religioso, la brevedad de los sueños y el fatalismo del destino.

El amotinamiento del general Dessalines que condujo a la proclamación de la independencia de Haití en 1803, es el tema histórico de fondo de Los esponsales de Santo Domingo. La vida le ofrece a Gustav el desgarrador ejemplo del sacrificio absoluto de una mujer para salvarle la vida, años después la historia se repetirá solo que esta vez el destino retorcerá los hilos hasta convertir a Gustav en verdugo.

Rendir un alma pura es sencillo, lo difícil es perseguir hasta el infierno al alma impura: El hijo adoptivo.

El duelo recoge la misteriosa forma en que la volunta de Dios vio luz el día de Santa Margarita en la plaza de armas del palacio de Basilea.

jueves, 25 de abril de 2013

Nathan el Sabio. Gotthold Ephraim Lessing.

“Contentaos con ser hombres”
Lessing.


“No Dios con nosotros, sino nosotros con Dios.”
Cardenal De Bérulle.


Nathan, sabio y judío, regresa a Jerusalén desde Babilonia. Ya conoce la noticia: un incendio ha devorado su casa. Recha, la hija adoptiva de Nathan, ha sido salvada de entre las llamas por “un templario al que el sultán Saladino dejó con vida”. ¿Un milagro? Sin duda. El musulmán perdona al cristiano para que este salve a la hija del judío.



Al-Hafi, el derviche amigo de Nathan, se ha convertido en el tesorero de Saldino y, necesitando este dinero, Al-Hafi ha pensado en su amigo el judío Nathan. Estamos en los tiempos de la tercera cruzada, finales del siglo XII, probablemente la más famosa de todas: Saladino en Jerusalén, Ricardo Corazón de León, Federico I Barbarroja, Felipe II de Francia… El templario, un rudo suabo, es tentado por el patriarca de la cristiandad para que traicione y mate a Saladino. El cristiano no acepta semejante comportamiento miserable. El dinero, tan superfluo como imprescindible, martiriza a Saladino. A Nathan es el desasosiego del espíritu de su hija lo que le preocupa, que la indiferencia del templario no alivia. “¡Soy grande! ¡Grande y atroz!... La grandeza se oculta tras lo atroz para huir de la admiración… [y] huisteis para no vencer”, estas sabias palabras deshacen la confusión del cristiano que reconoce en Nathan a un espíritu afín. Pero no hay tiempo más que para arañar la trascendencia de perdonar o salvar una vida, porque el sultán ha llamado al judío para que comparezca.

Al-Hafi avisa a Nathan de que el motivo de la llamada del sultán es la necesidad de dinero. Sin embargo, cuando Nathan llega al palacio lo que el sultán desea no es dinero sino respuesta a una pregunta: ¿Cuál es la creencia, cuál es la ley que te parece mejor? Nathan da comienzo a la historia del anillo. El poder que el anillo atribuía a su portador era el de ser bien visto por Dios y los hombres. Ya conocéis la historia: el padre tiene tres hijos y manda hacer dos réplicas del anillo, tan perfectas que nadie logra diferenciarlos. Saladino se burla: “Pensaba que las religiones que te había mencionado son fáciles de diferenciar” y, por tanto, nada tienen que ver con los anillos. Pero no lo son “atendiendo a sus [comunes] orígenes”. Los hermanos discuten sobre quién posee el anillo auténtico, el juez al que someten la cuestión les exhorta a que cada uno haga con sus obras, buena la piedra de anillo. Y Saladino queda convencido de la sabiduría de Nathan. La inmediata atracción que el templario y Recha sienten no es consecuencia de la atracción sexual, sino de la sangre que comparten, pues ambos, judía y cristiano, son descendientes de Assad, hermano de Saladino, el unificador de las tres religiones. El mito medieval de las tres culturas.

El cuento de los tres anillos ofrece una lectura muy rica. Así en la medida en que cada uno de los portadores del anillo se cree en posesión del auténtico, lo primero que ha de buscar es el reconocimiento de los demás, pues ese es el poder que otorga a su poseedor el anillo. Es curioso que la primera condición para adquirir ese reconocimiento sea la renuncia a estar en posesión de la verdad, manteniendo, al mismo tiempo, la preocupación por alcanzarla.  Llevan razón Jiménez Lozano y Reyes Mate cuando hablan de la gran lección que la convivencia de las tres culturas pueden dar a esa “tolerancia moderna…, [de] la abstracción”, principalmente porque durante el medievo la diferencia se reconocía y en la actualidad se intenta ahogar en la tolerancia.

Tema interesante es el de la elección de un judío como modelo, caben a este respecto destacar dos notas: de una parte que el médico de la corte de Saladino era Maimónides y, por otra, que el judaísmo es anterior a las otras dos religiones y, en cierto modo, su basamento. Nathan no es un judío medieval, en la medida en que es a la razón, a la ilustración, a la que apela. Sin embargo, la modernidad del judío que ha de moverse entre lo que es racional y lo que es fruto de la revelación divina, anuncia un conflicto que no aparece en Nathan, cuyo ideal de que somos hombres antes de judíos, cristianos o musulmanes, es un intentó de humanizar lo religioso. ¿Puede acaso decir eso un judío después de haber visto como su familia entera es asesinada en un pogromo de los cruzados? Ciertamente ese es el trabajo del héroe que puede llegar a perdonar, pero no le está permitido olvidar. En el perdón está la ruptura de la dialéctica de la intolerancia y de la violencia. En el recuerdo, la dignidad del sufrimiento. Si Saladino amnistía al templario, si le perdona la vida, es porque reconoce en él un fuerte parecido con su hermano Assad, y en ese acto de reconocimiento ninguna importancia tiene la fe religiosa.

Lo realmente significativo del cuento de los tres anillos es la oportunidad de llenar cada uno de los anillos de bondad, lo que significa no solo multiplicar por tres el bien, sino, sobre todo, hacerlo de tres maneras distintas. Lo que vale tanto como decir que la vida, la verdad y la virtud son prismas de mil caras.

La tolerancia se ha trasladado hoy en día, en una idea que ha expresado Jiménez Lozano, al marco jurídico y político. No hay un afán por entenderse, sino un deber legal de soportarse. La convivencia se ha convertido en un no querer saber nada del diferente, en un deber cívico, todo lo más, postergándose el acercamiento de aprendizaje y rechazando la oportunidad que la diferencia tiene de esencial. Para convivir es indispensable cierto grado de homogeneidad, de equilibrio en las diferencias, un cierto acercamiento respetuoso que refuerce la propia identidad y el “alivio [de] poder ir por el mundo sin nada que ocultar a nadie”.



jueves, 11 de abril de 2013

El americano impasible. Graham Greene.

“Cuando somos desdichados herimos”.
“Quizá la veracidad y la humildad vayan juntas”.
“Cuando somos niños, somos como una selva de complicaciones. Nos vamos simplificando a medida que crecemos”.
(Pensamientos fowlerianos)


Viejas en cuclillas en la escalera.
Fuong y Fowler esperan a Pyle. Fuong hace las cosas como seis meses antes. El retraso de Pyle parece menos importante después de dos pipas de opio. Alguien llama a la puerta no es Pyle, pero viene a buscar a los que esperan a Pyle, el americano impasible. La Sureté francesa. Vigot, el superintendente francés, tiene los pensamientos de Pascal sobre la mesa, que es una forma muy nacionalista de expresar su preocupación por el tiempo. Pyle está en la morgue y son entre las seis y las diez, las horas que le interesan a la policía.
Fowler es un hombre de corbata y zapatos. Estamos en medio de la Primera Guerra de Indochina, una guerra colonial, entre Francia y los nacionalistas de Ho Chi Minh. A primera vista Pyle había llegado a Saigon para corroborar las ideas que el ensayista político York Hardin había vertido en su libro El avance de la China roja. Que es una forma muy nacionalista de afirmar su pertenencia a los servicios secretos. Cuando Pyle llega, Fowler y Foung llevan ya dos años juntos. Fowler es un reportero inglés cuya divisa es no implicarse. Pyle se muestra distinto porque “era capaz de reconocer el dolor cuando lo tenía frente a los ojos”. Fowler es cínico, si por tal entendemos esa mezcla de ironía, burla y sarcasmo que conduce al escepticismo. Pyle enseña su desprotegida inocencia tomando en serio el corazón humano.
Viejas en cuclillas en la escalera.

Phat Diem (Fat Diem como escribe Green) es famosa por su extraña catedral y por la batalla que libraron los franceses y los vietmanitas. Budistas y católicos en una procesión con la imagen de la virgen de Fátima. Nada más acabar la ceremonia procesionaria, agentes del ejercito vietnamita (Vietminj) atacan la ciudad. En la catedral se apelotonan los civiles, Fowler contempla la larga calle vacía. En esta guerra la cara es el uniforme… y los sueños cobran vida: Pyle aparece para despertar a Fowler y decirle que está enamorado de Fuong y que piensa casarse con ella. Este rasgo de decencia, de respetabilidad enmascara a un jugador de ventaja. Él, Pyle, sabe, estamos seguros de que sabe, que el otro, Fowler, tiene mujer en Inglaterra. ¿Fin de la partida? No. Pyle sube la apuesta: el bienestar de Fuong exige que Fowler contribuya activamente a la elección de aquella. Lo dicho, un ecologista de la naturaleza humana. De regreso, en Hanoi, Fowler recibe el telegrama que le devuelve a Inglaterra. Fuong escucha la proposición formal de Pyle en labios de Fowler. La mujer niega, el perro del norteamericano gruñe y el inglés esconde el telegrama. Este escribe a su católica mujer pidiendo que “haga[s] lo que nadie esperaría de ti”.

Al noroeste de Saigón, en Tay Ninh, está el centro sagrado de los caodaístas. Pyle y Fowler vuelve juntos después de la ceremonia anual, se quedan sin gasolina y tienen que pasar la noche en una torre de vigilancia con dos centinelas nativos no vietminj. Hay algo profundamente perturbador en el hecho de poder volver a casa en avión y algo enigmáticamente significativo en que todos los días se parezcan, eso es lo que Fowler trata de hacerle comprender a Pyle. Después viene el ataque y Pyle hace el papel de héroe ante un “auditorio de dos”.

El cinismo de Fowler parece encajar mejor con la abnegación oriental que con la democracia norteamericana. Foung se queda después de conocer todas las mentiras, claro que…, solo aparentemente, porque todo es apariencia: “No se llega nunca a conocer a otro ser humano”. Y menos a una mujer oriental.
¿Vive acaso comprometido Fowler, como le dice el policía francés Vigot? La pregunta no es oportuna: Fuong se ha marchado con Pyle. Hay alguna cosa más: un atentado, unos zapatos manchado de sangre, mesa para uno solo en el Vieux Moulin, la poliomielitis del hijo de Granger… La ceguera de Pyle la remedió una bayoneta oxidada y Fowler no tiene a nadie “a quien poder decirle: lo siento”. Como en el juego del mahjong, Fowler quedará para siempre sobre el tablero al haber perdido a su alma gemela.

jueves, 4 de abril de 2013

Epístolas morales a Luicilio (6). Séneca.



Trigésima sexta.-
Se hace necesaria una gran energía para explicar a los hombres que “la prosperidad es cosa turbulenta” y que es preferible “el sosiego a todas las cosas”. Para el joven serio que se ha comprometido con la sabiduría ya no hay libertad, pues es tiempo de aprender, de convertir la voluntad en conducta moral con la que llevar el alma a la perfección. El alma ha de tornarse insensible a cuanto la fortuna pueda dar o quitar y aprender a despreciar la muerte.

Trigésima séptima.-
Lucilio que se ha comprometido con la sabiduría tiene por delante una tarea difícil. Séneca la compara con la de “aquellos que trabajan a jornal para el circo”, esto es gladiadores, pues como ellos, Lucilio se verá obligado a luchar hasta la muerte sin esperanza. Para recorrer este difícil camino es necesaria la filosofía que nos aleja de las “violentas pasiones” y de “la rastreara necedad”. La filosofía hace el camino, la razón mide la zancada y el instinto pondrá en nuestro interior el germen de la curiosidad. «Lo vergonzoso no es que uno vaya a su ritmo, sino que se vea arrastrado y que, inmerso de repente en la vorágine de los acontecimientos, pregunte con sorpresa: “¿Cómo he llegado yo aquí?” ».

Trigésima octava.-
La epístola posee la intimidad de aquello que se dice al oído. Cuando de lo que se trata es de conseguir que alguien “se decida a aprender”, puede resultar conveniente utilizar lenguaje de “arengas”, mas si el tema es aprender, “hay que recurrir a este lenguaje nuestro más sencillo”.

Trigésima nona.-
Séneca confirma que emprenderá la redacción de unos compendios de filosofía para Lucilio, pero mientras tanto, le recomienda que lea “el catálogo de los filósofos […] que han trabajado para ti”. Así como “la llama se eleva en línea recta”, también el alma grande se consagra “a los mejores ideales”: se desentiende de la fortuna y reduce la adversidad. El deseo ha de ser contenido por la moderación natural, sólo así la rama no será quebrada por el peso del fruto.

Cuadragésima.-
Ni el discurso que se destila gota a gota, ni el precipitado en el que las palabras se agolpen atropelladamente en los labios; el sabio ha de poder transmitir su discurso apoyado en la verdad y con la misma armonía que impregna su alma. Séneca se decanta por la soltura del discurso de su maestro Papirio Fabiano, en lugar de la vehemencia de Quinto Haterio. Como el sabio ha de ser modesto en el porte y comedido en el hablar, concluye Séneca: “Te ordeno que seas lento en el hablar”.

Cuadragésima primera.-
Parece una carta de San Pablo. “Dios está cerca de ti, está contigo, está dentro de ti […] en cada uno de los hombres buenos”. Si el alma es aquello que no puede ser arrebatado ni tampoco otorgado, esto es “lo que es propio del hombre”, “vivir conforme a [la] propia naturaleza” es la esencial de la “razón perfecta”. Pero Séneca, consciente de la dificultad de cuanto formula, se pregunta como podrá vencer el hombre “a la turba [que le] empuja”.

Cuadragésima segunda.-
Muy pocos hombres pueden ser considerados buenos, pues incluso aquellos que lo parecen se asemejan a una “serpiente venenosa [que] se manosea sin peligro mientras está rígida por el frío”. Sin embargo, la estupidez humana está muy extendida hasta el punto de que considera gratuito aquello que se ha adquirido a “costa de inquietudes, de peligros, de pérdida del honor, de la libertad y del tiempo”, sin reparar que “con frecuencia tiene el máximo coste aquel por el que no se paga ninguno”. El ingenioso razonamiento de Séneca nos va conduciendo de la mano a conclusiones no por sencillas menos asombrosas. Así si has de desprenderte de algo, piensa que si lo has poseído durante largo tiempo, “lo pierdes después de quedar saciado”; y si lo has retenido en tu poder por un breve lapso, “lo pierdes antes de acostumbrarte a ello”. He aquí la máxima senequista: “Quien es dueño de sí, nada ha perdido”.