miércoles, 10 de julio de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (III)


 
Recordaremos que fue el 13 de octubre de 1805 cuando Alí subió en Larache a bordo de la corbeta del sultán. A mediodía del 16 atravesaba el estrecho de Gibraltar, el 28 dejaba a la izquierda la roja isla de La Galita frente a la costa tunecina, Lampedusa unos días después tras rebasar el cabo Bon y, tras una violenta tormenta que desvía la nave, las bajitas islas Kerkena. El 11 de noviembre Alí desembarca el Trípoli y es recibido por el pachá de forma muy afectuosa, aunque el hecho de que Alí no salga de casa, nos hace sospechar que está siendo vigilado. La singularidad de las casas tripolitanas está en los dos estrados situados en cada extremo de la estancia principal, de unos ciento treinta centímetros de altura con balaustrada y portezuela; sobre estos estrados se coloca el lecho de los adultos y de los niños y su parte baja sirve de armario donde guardar todas las pertenencias. Trípoli cuenta con siete mezquitas y tres sinagogas. Los judíos son infinitamente mejor tratados que en Marruecos. Los moros tienen reservadas dos cárceles y hay una tercera para los turcos. Los cristianos poseen una capilla con una pequeña campana que es servida por miembros de la Orden Tercera de Roma (la orden seglar de los franciscanos), a la que por cierto dicen que perteneció Cervantes.




Alí embarca para Alejandría el 26 de enero de 1806 a bordo de un velero turco en unión de “mis gentes y mis equipajes”, lo que significa que en Trípoli se ha hecho con un nuevo séquito, pues el anterior quedó en Larache. El capitán pierde el rumbo y el barco arriba a la isla de Sapienza, frente a la ciudad de Modona, en el Peloponeso, que por aquel entonces era turca. Alí saca una mala impresión de la ciudad hasta el punto de referirse a ella como “una morada infernal”. El dueño de la ciudad es un hombre rico y de aspecto rudo llamado Mustafá Shaux que va siempre armado con dos enormes pistolas.

De nuevo a la mar el 21 de febrero, pero la intemperancia y el gusto por el vino del capitán convierten a Alí en piloto de la nave. El 3 de marzo Alejandría está a la vista, pero justo en el momento de enfilar puerto se desencadena una furiosa tormenta que devuelve el barco a alta mar. Es difícil entrar en el puerto de Alejandría, hasta tal punto que el capitán termina fondeando en Limassol, la segunda ciudad más importante de Chipre. Era el 7 de marzo de 1806. El barco hacía aguas por todas partes, el pasaje y la tripulación tenían el aspecto de quien está a punto de expirar, turcos y griegos huyeron espantados del aspecto de la nave y sus ocupantes. Alí viaja por Chipre hacia el noreste, visita Tokhni pueblo formado por “dos colinas, habitada una de ellas por los griegos y la otra por los turcos. Entre ambas fluye un riachuelo bajo un puente de un solo arco, encima del cual se yergue la iglesia de los griegos, dedicada a santa Helena”. Se detiene después en Kornos, un pueblo de alfareros y cipreses. La ciudad de Nicosia, la capital, tiene tres puertas llamadas de Pafos, de Kyrenia y de Famagusta. A la antigua catedral de Agia Sofía los turcos le han añadido dos alminares y unas mamparas de madera en el interior a modo de quibla, para convertirla en mezquita. Alí que entre los marroquíes se hacía pasar por turco, entre los turcos simula ser marroquí.  La visita a Quitaría es decepcionante, Alí la confunde con la patria de Afrodita, Citera. Dos cosas le llaman la atención al catalán: el espeso bosque de moreras que inunda la comarca y las ruinas de un extraño palacio construido en lo alto de una gran roca, conocido como el “palacio de la Reina”. Alí imagina y pide que no se le saque del engaño. Nosotros respetaremos los “fuertes vientos” de esa voluntad.


El 23 de abril Alí parte de Limassol, toma dirección suroeste, quiere visitar la zona de Pafos. Otro intento de hallar el lugar de nacimiento de Afrodita: “Llegué a Kouklia, antiguo palacio que se yergue sobre una colina muy alta. Los habitantes estiman que este lugar era el jardín… de la reina Afrodita”. El laberinto de ruinas formado en torno a Pafos (Palea Pafos y Nea Pafos), se sucede en el interior del triángulo Ktima, Baffa y Koukia: grutas, cavernas, catacumbas, columnas de mármol gris, ciclópeas hiladas de piedra. Se mezclan los siglos: los Ptolomeos de Egipto, los procónsules romanos, el imperio Bizantino y los cruzados, todos esparcidos por el suelo.


El 12 de mayo de 1806 Alí Bey llega a Alejandría. El jeque Ibrahim Pachá sale a recibirlo. La ciudad atraviesa una época de total decadencia y lleva años sumergida en una constante lucha entre los mamelucos y el pachá turco. La Alejandría que conoció Alí Bey no duró más que unos años: en 1882 la flota inglesa someterá la ciudad a un intenso bombardeo iniciándose el protectorado británico de Egipto. Las casas de Alejandría tienen diván y aljibe. Para el transporte se utiliza en la ciudad un pequeño asno o burro de poco más de un metro de altura (más pequeño que el conocido en España como asno de las Encartaciones autóctono del País Vasco), el cual trota tan rápido como un caballo. Alí tuvo la oportunidad de contemplar la pareja de obeliscos conocidos como Las agujas de Cleopatra  situados en el extremo oriental del puerto de levante. Hoy, como es sabido, están uno en Londres y otro en Nueva York. Sí permanece el Alejandría, la famosa y espectacular Columna de Pompeyo, cuya grandiosidad Alí solo percibió cuando se halló frente a ella, pues aislada en un alto como está, el propio cuerpo del espectador es la única medida posible. La visita de Alí a los baños de Cleopatra no puede repetirse hoy por haber desaparecido.


El 30 de octubre de 1806, cinco meses y medio después de llegar a Alejandría, Alí se embarca en una yerme, embarcación descubierta y movida por vela, con la que se adentra en el Nilo. En la primera curva del río se encuentra el fuerte Julián famoso por haberse hallado en su interior la piedra Roseta, que debe su nombre a la homónima localidad situada en sus inmediaciones. Aquí, como en Alejandría, y al contrario que en Marruecos, las casas están cubiertas de ventanas que se protegen con celosías de madera. Con frecuencia el curso del Nilo exige descender de la nave y utilizar la tracción humana. Catorce alminares contó Alí al pasar por Fuwa y admiró espectaculares palomares de seis metros de altura encima de las casas en Zauia. El 10 de noviembre Alí desembarca en El Cairo. Allí se encuentra con Mulay Salama, hermano de Mulay Solimán, el sultán de Marruecos y también con el pachá Mehmet Alí que gobernaba Egipto en nombre del sultán turco y que acabó por convertirse en el fundador del Egipto moderno. En Masar, que es el nombre árabe de Egipto y de su capital, se hallan la espléndida mezquita Al Azhar con sus tres minaretes, la mezquita El Hassanein o de los dos Hassan en la que se veneran los restos de uno de los nietos de Mahoma o la del sultán mameluco Hassan ibn al Nasir, donde la sala hipóstila ha sido sustituida por bóvedas y cúpulas. Alí visita las pirámides de Guiza; no había en aquel momento histórico demasiado interés por estos templos funerarios, la piedra Rosetta acababa de ser descubierta y nadie podía imaginar que en un futuro estas piedras darían de comer a casi tres millones de personas. Naturalmente que tampoco existía la presa de Asuán por lo que era el nilómetro el encargado de marcar la futura abundancia o escasez. Desde lo alto de un monasterio griego Alí alcanza a contemplar la pirámide escalonada de Saqqara y otro copto donde se asegura que la familia de Jesús encontró asilo en su huida a Egipto.

viernes, 28 de junio de 2013

Epístolas morales a Lucilio (7). Séneca.





Cuadragésima tercera.-
La buena fama de Lucilio viaja desde Siracusa hasta Roma y eso le obliga a una mayor responsabilidad, a “vivir con la puerta abierta”. Solo cuando el hombre se oculta a sí mismo sus propias acciones, cobra importancia que éstas también permanezcan en secreto para los demás. “Si son honestas tus acciones todos deben saberlo; si son torpes, ¿qué importa que nadie lo sepa, puesto que tú lo sabes?”.

Cuadragésima cuarta.-
Todos pueden llegar hasta la sabiduría, “es accesible a todo; todos, en este aspecto, somos nobles”. Nada sabe la filosofía de insignificancias ni mezquindades, de reyes ni esclavos, que sólo “es el alma la que ennoblece… por encima de la fortuna”. A los humanos se les escapa la vida feliz mientras la buscan. La misma inquietud que lleva a los hombres a acumular seguridades y a rodear de inquebrantable confianza su vida, la convierte en infeliz. En el laberinto de la vida, avanzar despacio es imprescindible para evitar el desconcierto.   

Cuadragésima quinta.-
Siracusa sufre una penuria de libros, Séneca ofrece los suyos a Lucilio y le aconseja que busque en ellos la verdad con independencia. Debes huir de “sutilezas verbales”, que no son las palabras de lo que ha de ocuparse el hombre, sino de la vida. Y así no basta hablar de la felicidad, hay que señalar al hombre feliz “aquel que todo el bien lo tiene en su alma”. La vida se nos adelanta siempre y por eso yerran quienes buscan lo superfluo, “porque no viven, sino que se aprestan a vivir”. Una de mis favoritas, aunque me inquieta que esa penuria de libros pueda llegar a hacerse presente en un futuro no demasiado lejano.

Cuadragésima sexta.-
Séneca parece haber disfrutado mucho con el libro compuesto por Lucilio. Este habrá de esperar a una segunda lectura más reposada para obtener de Séneca un juicio más consistente y próximo a la verdad.

Cuadragésima séptima.-
Lucilio vive “familiarmente con [sus] esclavos” y Séneca le felicita por ello. El estoico se queda al borde del abolicionismo cuando afirma “también compañeros de esclavitud, si consideras que la fortuna tiene los mismo derechos sobre ellos que sobre nosotros.”  El esclavo que trincha las aves en la mesa, el que escancia el vino o el encargado de seleccionar los comensales, puede convertirse el día de mañana en señor, como sucedió con Calixto, esclavo manumitido por el emperador Calígula y que gozó de gran prestigio en la corte. La “regla de oro” de Mateo (7, 12) “todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos”, tiene una descriptiva versión senequista: “Siempre que recuerdes la gran cantidad de derechos que tienes respecto de tu esclavo, recuerda que otros tantos tiene tu dueño respecto de ti”. A tu mesa debes aceptar a los esclavos como a los libres, los unos comerán contigo “porque son dignos, otros para que se hagan dignos”.


Cuadragésima octava.-
“Has de vivir para el prójimo, si quieres vivir para ti”. La extraordinaria importancia que para Séneca tiene la amistad le impone afilar el carboncillo de sus pensamientos hasta convertirlos en auténticas máximas. Al filósofo, al sabio, se le ha llamado no para que haga silogismos, sino “en defensa de los desgraciados”: “A uno la muerte le reclama, a otro la pobreza le consume, a otro es el dinero ajeno o el suyo propio el que le tortura; aquél ante la mala fortuna se horroriza, éste desea sustraerse a su propia felicidad; a éste le tratan mal los hombres, a aquél los dioses”. Es preciso alejarse de lo superfluo, porque siendo el tiempo escaso y grandes las necesidades, la bondad debe ser bien administrada. ¿Qué otra cosa puede necesitar el hombre que una cuadragésima octava para el espíritu y un plato de garbanzos para el cuerpo?




Cuadragésima nona.-
Séneca viaja por Nápoles y Pompeya (antes de ser “conservada” por el Vesubio para posteridad), y la visita de estos lugares le provoca añoranza del amigo ausente, Lucilio, nacido en Pompeya. La vejez ha hecho que Séneca ya no esté absorto en el presente y que el pasado se muestre amontonado como si estuviera depositado en un mismo lugar. La niñez, la juventud, la madurez y la vejez. “¡Cuántos peldaños para una escalada tan corta!” Se indigna Séneca ante quienes consumen el corto tiempo de la vida en bagatelas. Si “la muerte me acecha, la vida se me escapa”, no hay otro remedio para esta situación que atender a “que el bien de la vida no se halla en la duración de esta, sino en su aprovechamiento” que para los hombres no puede consistir sino en perfeccionar su razón, adelgazando el lenguaje para acerca la palabra a la sencillez de la verdad. Carta ejecutoria de hidalguía espiritual.

domingo, 23 de junio de 2013

Pálida luz en las colinas. Kazuo Ishiguro.




Niki visita a su madre, Etsuko, después del suicidio de su hermana, Keiko. Pero el pensamiento de Etsuko parece estar en otra parte, en Nagasaki, en la época posterior a la devastación atómica, en un momento que se sitúa durante la guerra de Corea (1951-1953). Por aquella época el gusto occidental, al menos en cocinas y cuartos de baño, ya imperaba en Japón. Etsuko recuerda su primer encuentro con Sachiko y la forma tan extraña en que esta le encomendó el cuidado de su hija, Mariko, durante unas horas. Mariko debería estar en el colegio, tiene edad para ir al colegio, pero ella no va al colegio; a Etsuko le parece demasiado pequeña para quedarse sola, pero su edad es incierta. Etsuko no logra la confianza de Mariko. La segunda vez que se ven, Mariko le ofrece uno de los gatitos que están a punto de nacer y le habla de una enigmática mujer que la visita y que vive más allá del río [debe tratarse del río Urakami donde es tradicional depositar lámparas de papel en homenaje a las víctimas de la bomba atómica]. Gracias a Etsuko, Sachiko comienza a trabajar en la casa de comidas de la señora Fujiwara.




Ogata, el suegro de Etsuko, viene a ver a su hijo Jiro. Etsuko que ya está embarazada de Keiko, sabe lo distintos que son padre e hijo; da la impresión que Jiro soporta con dificultad la presencia de Ogata y que este, a quien en realidad ha venido a ver es a Etsuko. Keiko era el nombre de la esposa de Ogata y Etsuko recoge la sugerencia de su suegro de vincular el nombre del futuro hijo a la familia paterna. Mariko desparece y la encuentran al otro lado del río, allí donde vive la mujer de las visitas y que según Sachiko no puede existir porque está muerta. La actitud y el comportamiento de Sachiko son tan enigmáticos que probablemente sea esa la razón por la cual Etsuko se siente tan inclinada hacia ella. Y la extrañeza que genera el comportamiento de Mariko no se disipa con las explicaciones de su madre. Ninguna de las dos son unas palurdas: el padre de Mariko “era un hombre muy fino” y Sachiko ha “tenido familiares del más alto rango”, entonces ¿de qué o de quién se esconden?, ¿por qué ese empeño de poner más tierra de por medio marchándose a América?,  ¿de qué se avergüenza Sachiko?, ¿qué oportunidades son esas que ella no ha tenido y quiere para su hija?

 Aunque Keiko nunca fue parte de la vida de Niki y de su padre y hacía seis años que Keiko se había “ido”, tanto Niki como Etsuko sentían una cierta inquietud al aproximarse a la habitación de Keiko. Durante mucho tiempo Keiko vivió allí retirada y la familia pasaba semanas enteras sin verla. La comida y la ropa se dejaban a su alcance y su presencia causaba inquietud. Quizás una inquietud similar a la que lo americano y su democracia causaba en Japón en el tiempo en que Etsuko estaba embarazada de Keiko, aquel en el que Ogata visita a Etsuko y esta se mantenía pendiente de Sachiko. Juntas las dos mujeres en unión de Mariko pasan un feliz día de excursión, tal vez porque por primera vez Mariko se comporta exactamente como debe de hacerlo un niño, incluida toda la ilusión que cabe poner en un terceto de boletos tomboleros.



 Antes de marcharse a Fukuoka, Ogata vivía en Nagasaki y Etsuko pasa con frecuencia por la casa que fue de su suegro. Ogata y su hijo Jiro tienen una discusión por el ajedrez, aunque en realidad se trata de algo distinto, un cambio de mentalidad. Ogata piensa que los americanos han traído la democracia y que esta es egoísta y solo sirve para encubrir el olvido de las obligaciones. Con todo, la falta de respecto de Jiro hacia su padre ha sido importante. Ogata ha decidido dar por concluidas las vacaciones y regresar a Fukuoka, dice que su hija Kikuko tiene la intención de visitarlo este otoño y la casa necesita reparaciones. Las cosas han cambiado mucho tras el final de la guerra, tanto que incluso de aquello de los que Ogata estaba más orgulloso, su dedicación a la educación de los jóvenes, se ha visto sacudida tras un artículo publicado por un antiguo alumno, compañero, a la sazón, de Jiro. El encuentro buscado por Ogata con el otrora discípulo, no hace sino confirmar el abandono de la tradición nipona y la inclinación hacia la democracia americana. También la señora Fujiwara opina que cosas han cambiado mucho en los últimos años. Ogata siente por la señora Fujiwara un poco de lástima, que después de haber sido la esposa de una persona importante, se ve obligada a regentar un restaurante.



También Sachiko se va, primero a Kobe y después a América. Ella sabe que todo eso no es sino pura quimera, pero también conoce que en Japon, no tiene más que habitaciones vacías o casuchas desechas atestadas de insectos. Mariko, la niña, no quiere acompañar a su madre y eso le hace recordar a Etsuko que tampoco su hija Keiko quería venir a Inglaterra.


Incluso Niki se marcha, ha de volver a Londres. Etsuko se queda en su casa de Inglaterra junto al abismo que separa esta soledad actual de sus recuerdos en Japón. Todos han terminado por marcharse sin su consentimiento: Ogata, Jiro, el señor Sheringham –el segundo marido de Etsuko-, Sachiko y su hija Mariko, Keiko y, al final, también Niki, un nombre que tiene “ciertas resonancias orientales”, como una serie interminable de reverencias.

jueves, 6 de junio de 2013

Cristo se detuvo en Éboli. Carlo Levi.

“Me parecía haber caído del cielo, como una piedra en un estanque”.
                        Carlo Levi.

Grassano, Accettura, Stigliano. Pueblos con paludismo. Estamos en la provincia italiana de Matera, en la antigua región de Lucania, al sur, en la planta de la bota. A veinticinco kilómetros de Stigliano está Gagliano, un pueblo nacido entre barrancos de arcilla blanca. A Levi lo han trasladado hasta allí dos representantes del Estado. Lleva las manos atadas. Es la muerte quien lo recibe: la de los crespones negros en las puertas de las casas, la de la viuda en cuya casa ha de vivir y la del campesino que agoniza en el suelo, sobre una camilla, con los zapatos y el sombrero puestos. El alcalde, el profesor Luigi Magalone, hace una excepción con Levi que es hombre culto, médico y pintor, y se acerca hasta él para informarle de la presencia de otros desterrados en el pueblo, con quienes, por cierto, tiene prohibido tratar, pues sobre ellos pesa la rigurosa carga de la seguridad del Estado. En Gagliano hay dos médicos, Milillo y Gibilisco, con tan poco ciencia que resultaban inofensivos, incluso para el paciente. En la plaza está también el sargento de los carabineros, el abogado S –el más rico del pueblo y sus dos hermosas hijas: Concetta y Maria-, Poerio -el cartero jubilado-, el abogado P…

Aquí como allá, en Grassano de donde había llegado Levi, no había sino señores y bandidos, aburrimiento y avidez, odios y venganzas, y solo algunos, como Decunto, el teniente de la Milicia de Grassano, poseían algo que se parecía a una “funesta lucecita de conciencia”. Don Guiseppe Trejella es el arcipreste de Gagliano, un hombre bueno e inteligente que el mundo ha devorado entre sus fauces, y que en este rincón de Matera consume sus últimos días escribiendo “epigramas latinos contra el alcalde, los carabineros, las autoridades y los campesinos”.

Pero Gagliano no es Grassano. Allí, campanillas de rebaños y prados, aquí, pezuñas de asnos y balar de cabras. En la plaza un cojo hincha la piel de una cabra sacrificada, porque el gobierno ha creado un nuevo impuesto sobre el ganado caprino y hay que deshacerse de las cabras antes de que sea demasiado tarde. Doña Caterina Magalone Cuscianna, hermana del alcalde, que se creía en trance de ser envenenada por su marido, Nicola Cuiscianna, maestro de escuela y secretario del fascio de Gagliano, recibe como caído del cielo a Levi, pues piensa que su presencia es la última esperanza de que el crimen no quede impune.


Los alrededores del cementerio, el límite geográfico por donde Levi puede moverse, es el primer motivo pictórico elegido por Carlo. Luisa, la hermana de Levi, emplea tres días para llegar desde Turín a este pueblo perdido de la comarca de Matera, trae libros, medicinas, noticias. En Matera los niños pobres mendigan quinina en lugar de monedas. Carlo ocupa la única casa del pueblo con retrete. Tiene, además, tres habitaciones, una higuera en el centro del patio y un balconcito en la alcoba. Pero le falta una mujer para que lo cuide, y es que el pueblo es de las mujeres porque la mayoría de los hombres están en América. Las mujeres los esperaban uno o dos años, luego, cuando ya los hombres han dejado de escribir, hacían hijos. Y es que en Gagliano el sentimiento del honor nada tiene que ver con la paternidad de los hijos, el paraíso americano no deja de serlo después de haber pasado por él y la picaresca hace de la burla a la ciencia un acto de justicia.

La guerra de Abisinia (1935-1936), no interesaba a los campesinos, ignorantes de que la guerra se hacía por ellos. Igual de míseros los de Grassano que los de Gagliano, los primeros porque “vivían de anticipos sobre la cosecha” y los segundos porque aún siendo propietarios de la tierra, “nunca cosechaban lo suficiente para alimentarse y pagar al agente recaudador”. Hay un sanador de cerdas, un recaudador que lleva las letras A.R. impresas en rojo sobre su gorra,  cabras paradas al sol, una eterna ociosidad de pueblo construido sobre los huesos de los muertos y el gris de las nubes sobre las arcillas silenciosas y los campesino en los campos y…, una tarde de verano llega el telegrama que anuncia la toma de Addis Abeba y con ella la liberación de los desterrados.

La prosa de Carlo Levi atrapa enseguida, la frescura con la que describe y cuenta posee un paralelismo muy evidente con la pintura. El turinés es un pincritor, rara avis que escribe utilizando la misma técnica que del acuarelista. Agua, pigmentos y palabras. Carlo Levi llega a Gagliano, de mala gana, como él mismo dice, una tarde de agosto procedente de Grassano. Un año después, cuando ya libre abandona el pueblo, Carlo no es el mismo porque en ese tiempo ha sido desterrado, campesino, médico, señor y, finalmente, repatriado; porque se lleva entre las uñas la tierra muerta del primitivismo animal; porque tiene en la cabeza impreso el mapa de la miseria. Pero tampoco, a estas alturas, el lector es el mismo, sabe ya que si “Cristo se detuvo en Éboli”, es porque prefirió quedarse a orillas del mar, en la provincia de Salerno.

sábado, 25 de mayo de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (II)






Después de cruzar el río Tensift a través de un puente de veintisiete ojos, se llega a Marrakech. Un firmán del sultán convierte a Alí en propietario de una rica finca de recreo llamada Semlalia en las afueras de Marrakech y de una casa conocida con el nombre de Sidi Benhamed Dukali. El sultán no quiere perder el afecto de Alí y le sugiere que pase unos días de descanso en Essaouira, Mogador como la conocen los portugueses. La expedición es tan numerosa que exige de cinco tiendas: Alí viaja con sirvientes y escolta. Cerca de Essaouira, Alí atraviesa un bosque de arganes, ese “precioso árbol que se multiplica por sí mismo”, que se ha hecho famoso por su aceite y que tanta importancia tiene en la cultura bereber. La vida en Essaouira es triste y aburrida, la ciudad está rodeada por un desierto  de arena móvil y en el otro extremo, en la mayor de las islas Purpúreas, hay una prisión. Los hombres se entretienen con escaramuzas y carreras de caballos. Uno sospecha que Alí ha ido a Essaouira a conspirar y así parece deducirse de la fiesta y agasajo que recibe de los pachás de Haha, Chiadma y Sous y de la rapidez con que retorna a Marrakech.
La antigua capital del imperio tiene diecisiete kilómetros de murallas. Muchas de sus calles son tan estrechas que apenas puede pasar un caballo y, desnudas de pavimentos, durante buena parte del año están cubiertas de polvo o de lodo. El alminar de la mezquita almohade Koutoubia es el símbolo de Marrakech y debe su nombre a las librerías que la rodeaban. Tiene Alí la oportunidad de conocer a uno de los dos santones más importantes, se trata de Sidi Alí ben Hamed que con el dinero de las donaciones que recibe compra “armas para los defensores de la fe que le acompañaban”. Resulta evidente la influencia de santos como Sidi Alí y con ellos tuvo tratos Alí Bey para formalizar una alianza con España.


La judería se sitúa muy próxima al palacio del sultán y en ella viven unos dos mil judíos en régimen de esclavitud: son tratados con desprecio y obligado a andar descalzos. Hay orfebres, hojalateros, sastres…
Se refiere Alí a los beréberes como los “árabes montañeses” por referencia al Gran Atlas, los cuales emplean un lenguaje que es distinto del árabe con varios dialectos y por esta razón les augura una desaparición cultural que no se produjo por la intervención francesa, tal y como apunta Mimó en sus notas.
Cinco meses de enfermedad tuvieron a Alí retirado en su finca Semlalia (según Mimó puede deberse a una estratagema que le permitiera ganar tiempo ante las nuevas órdenes recibidas de Godoy). El sultán llega a Marrakech después del eclipse de luna del 15 de enero de 1805, “el sultán nunca permanece mucho tiempo en un mismo lugar”, la causa esté quizás como sugiere Mimó en el escepticismo del pueblo. Las páginas siguientes han de releerse entrelíneas: la conversación de Alí con el sultán, el regalo de dos mujeres enviadas por este, la salida hacia la Meca de aquel, las lágrimas de la despedida… Son de lo mejor.

La digresión que Alí hace a continuación sobre la casa reinante en Marruecos nos permite conocer alguna de sus peculiaridades. Quizá la más llamativa sea las sucesivas guerras civiles que tienen lugar cada vez que el trono queda vacante, pues no hay fijada una norma sucesoria. Remediarlo mediante la aprobación de una constitución, es uno de las misiones de Alí. Así por ejemplo, sólo en la región de Tafilalet cuya capital es Mequinez hay no menos de dos mil jerifes que creen tener derecho al trono. El sultán no tiene más ejército que su guardia personal compuesta por moros llamados Udayas por la tribu a la que pertenecen, y negros esclavos “conocidos bajo el nombre de El-Bujari”, porque estos prestan juramento de lealtad sobre el libro de hadices recogidos por el erudito musulmán.


Alí viaja hasta Fez siguiendo la misma ruta de la ida, es decir, haciendo escala en Rabat. Alí permanece en Fez mucho más tiempo del que parece necesario para preparar el viaje, un mes y medio. Estaba esperando la llegada de notificáis de Godoy y la entrada de tropas del jeque de Boujad. El 30 de mayo de 1805 Alí sale en dirección hacia Argel, pero planta la tienda en sus proximidades para seguir la costumbre árabe de no alejarse mucho del lugar de partida en el primer día de viaje. El camino transcurre por el “corredor de Taza” que es, como nos advierte Mimó, la puerta natural de salida y entrada al territorio por el este, entre las  cordilleras del Rif y el Atlas Medio. Al manantial de Sidi Yahia, muy próximo a Oujda, se llega después de atravesar el desierto de Angad. La proximidad de Melilla y la posibilidad de recibir armas y hombres para la revuelta, justifican los ocupados días de Alí en la ciudad. Donde sí hubo rebelión fue en la cercana Tlemcen, ya en Argelía. Un enviado del sultán le obliga a permanecer cuarenta días en Oujda, tras los cuales Alí debe ser conducido hasta Tánger por dos oficiales y treinta udayas de escolta. El itinerario no es el acostumbrado y más de cuatrocientos árabes armados esperan a Alí en el camino. Los escoltas desaparece y el desierto convierte la huída en una tragedia de la que logra salir con vida gracias a la suerte. A Taza llega Alí el 8 de agosto de 1805. El 16 en las inmediaciones de Alcazarquivir, dos oficiales del sultán le revelan a Alí que su destino ya no es Tánger, sino Larache, ciudad que había sido española en los tiempos del Quijote. En octubre una corbeta recoge a Alí y lo traslada hasta Trípoli. Sin embargo…, todo su séquito queda retenido en tierra por orden del sultán que quiere asegurarse de que Alí se marcha sin llevarse nada. Alí llora, sabe que no volverá.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Relatos. Heinrich von Kleist.


Unas breves notas sobre el autor -a muchos puede resultarle desconocido-, para situarlo. Heinrich von Kleist era prusiano (Reino de Prusia formado por el Ducado de Prusia y el Electorado de Brandeburgo) y vivió entre 1777 y 1811. Se le ha incluido dentro del romanticismo alemán, pero lo cierto es su obra no llamó la atención hasta el siglo XX. Buena parte de culpa le correspondió a Stefan Zweig que dedico un estudio a von Kleist en su ensayo La lucha contra el demonio. Se suicidó muy joven. Se dice que fue la sombra de Goethe.



Michael Kohlhaas vive a orillas del río Havel. Un día viaja con una partida de caballos hacia el sur buscando el Elba en la región de Sajonia. Va camino de Dresden cuando al llegar a las tierras del hidalgo Wenzel von Tronka este le engaña y consigue que Kohlhaas deje en su establo unos caballos negros. A su regreso, de los caballos no queda sino un trozo de piel y un puñado de huesos. Las demandas son desatendidas, pero Kohlhaas está dispuesto a que se haga justicia, aun sabiendo que el hidalgo, que ya tiene fama de arbitrario y ventajista, cuenta con el apoyo de Hinz y Kunz, copero y chambelán respectivamente, del soberano. Y aunque Kohlhaas también tiene amigos, el asunto acaba en manos del conde Kallheim del que se dice que ha emparentado con la casa de los Tronca. “Litigante incorregible” se comienza a decir a propósito de Kohlhaas. La reacción de Kohlhaas no se hace esperar, vende su casa porque “no quiero vivir en una tierra en la que no se protegen mis derechos”. Queda una última carta, apelar directamente al soberano, pero su desenlace resulta fatal al precipitar la muerte de Lisbeth, la esposa de Kohlhaas. Completamente desesperado Kohlhaas acude al último recurso, la violencia, y el castillo del hidalgo, el cual huye despavorido. Nuestro tratante de caballos manda redactar y publicar algo así como un requisitoria para la búsqueda del hidalgo huido. Es el “Mandato de Kohlhaas”
Treinta hombres acompañan a Kohlhaas camino de Wittenberg donde se refugia Wenzel. Tres veces incendia la ciudad y el gobernador ha de conducir al hidalgo a la prisión para protegerlo de la furia del pueblo. Las victorias se suceden, Kohlhaas se autoproclama “vicario del arcángel San Miguel” y la confusión se apodera de toda Sajonia. Hasta el propio Martín Lutero se ve obligado a intervenir: “¡Hombre desbocado, incomprensible y espantoso!” reconviene el reformador al tratante.
Von Meissen, el príncipe elector de Sajonia, y el conde de Wrede, gran canciller del tribunal, se comprometen a revisar el caso y proporcionar a Kohlhaas un salvoconducto. El castigo del hidalgo y la restitución de los dos caballos negros en las mismas condiciones en que fueron entregados, se dan por hechos. Las posturas van aproximándose entre tiras y aflojas, hay orgullo y terquedad que no son fáciles de vencer. El príncipe finalmente proclama la amnistía para Kohlhaas y sus seguidores, sin embargo uno de ellos, llamado Nagelschmidt, se rebela y muchos piensan que no es más que una argucia de Kohlhaas con la que asegurarse la íntegra aceptación de sus pretensiones. Poco a poco la situación se complica hasta desembocar en la pérdida de libertad y la condena a muerte de Kohlhaas. Interviene el príncipe elector de Brandeburgo. La prosa de von Kleist, que irá desgranando las mil piruetas que faltan y que nosotros no vamos a contar, nos puede resultar a los lectores actuales, un poco densa, pero con seguridad que debió de causar sorpresa a principios del XIX, pues era y es un magnífico intento de escapar de la esclavitud que el Romanticismo anunciaba.

La marquesa de O***.Lo asombroso de este relato es que lleve más de doscientos años escrito. No lo es menos que todo su contenido este perfectamente condensado en el primer párrafo: la marquesa, viuda desde hace tres años, está embarazada e ignora cómo ha llegado a ese estado y a quién ha de atribuir la paternidad del futuro hijo, pero como está resuelta a remediar semejante situación, anuncia en el periódico que se casará con quien lo acredite. Prácticamente está ya todo contado. El lector podrá sonreír irónicamente, sentir por la marquesa cierta inclinación afectiva por su ingenuidad o por el contrario reprobar su artero comportamiento, preguntarse por la opinión que tendrán todos los lectores de periódicos del mundo o caer en la cuanta de que en realidad prácticamente nadie lee el periódico en que la marquesa publica sus anuncios. Difícil será que un lector medio no se sienta tentado a atar los numerosos cabos que quedan sueltos en la narración: el ángel de anteayer, el demonio de ayer y el hombre de hoy; las descaradas caricias casi incestuosas entre la marquesa y su padre; la muerte y resurrección del conde; el secreto deseo de la marquesa porque el padre de su hijo sea plebeyo; la sospechosa tendencia que tiene el padre de la marquesa a rendirse al primer requerimiento... El relato roza la perfección.

El terremoto de Chile es un escalofriante relato sobre las aberrantes consecuencias del fanatismo religioso, la brevedad de los sueños y el fatalismo del destino.

El amotinamiento del general Dessalines que condujo a la proclamación de la independencia de Haití en 1803, es el tema histórico de fondo de Los esponsales de Santo Domingo. La vida le ofrece a Gustav el desgarrador ejemplo del sacrificio absoluto de una mujer para salvarle la vida, años después la historia se repetirá solo que esta vez el destino retorcerá los hilos hasta convertir a Gustav en verdugo.

Rendir un alma pura es sencillo, lo difícil es perseguir hasta el infierno al alma impura: El hijo adoptivo.

El duelo recoge la misteriosa forma en que la volunta de Dios vio luz el día de Santa Margarita en la plaza de armas del palacio de Basilea.