viernes, 6 de diciembre de 2013

El Quijote. Segunda parte. Capítulos XXV a LII.


CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO.-
Llegados a la venta, el hombre que viajaba cargado de lanzas y albardas cuenta a don Quijote la historia de los dos regidores, la cual tendrá trascendencia posterior. A continuación aparece un titerero conocido como maese Pedro que va acompañado de un mono con dotes adivinatorias. Y debe efectivamente poseerlas pues reconoce a don Quijote como el caballero andante de la Mancha. Algo sospecha el lector cuando le oye decir a maese Pedro que la función de esa noche será gratis “porque se lo debo” a don Quijote.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEXTO.-
En parecida esquina y con similares ropajes, se nos presenta la enigmática primera persona que no quiso identificar el lugar de la Mancha donde vivía el hidalgo y de la misma forma que aparece, se marcha. Maese Pedro representa el romance de Gaiteros, también llamado retablo de Melisendra, la esposa de aquel, y don Quijote la emprende contra tablados y títeres creyendo, sin duda por causa de encantadores, cierto el peligro que corría la pareja. De forma intermitente don Quijote irá dando razones y sinrazones, entrando en las figuras desportilladas y saliendo al encuentro de Gaiteros y Melisendra en pos de su destino. Es la vuelta al Quijote de 1605.

Morin, Edmond dibujante y grabador.
Arnauld de Vressem, impresor. París 1850.
CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO.-
Descubre Cide Hamete con nota al pie de página del traductor la identidad del titerero: Ginés de Pasamonte, el galeote liberado por don Quijote, hurtador de rucios y espadas. Decide don Quijote demorarse en las riberas del Ebro por sobrarle tiempo para las justas de Zaragoza y desde una loma observa doscientos hombres armados bajo un estandarte que representa a un burro rebuznando en inequívoca alusión al cuento de los dos regidores en alcaldes convertidos. Y como entre burros andaba el juego, resultó ser Sancho quien mejor remedaba la voz del asno, lo que, como era previsible, provocó las iras del pueblo que tomó por mofa, habilidad tan comprometida. Aquí el prudente fue don Quijote que eligió la retirada como mejor estrategia. Es el conocido como episodio o aventura del rebuzno.

CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO.-
Esta vez los palos se los ha llevado Sancho por su “música de rebuznos” y como al dolor le brota siempre el resquemor de la culpa, Sancho engarzará un reproche con otro: la huída, la mala vida escuderil, la paga insatisfecha, la ínsula que no llega… Y don Quijote se lamenta con profunda melancolía de este “prevaricador de las ordenanzas escuderiles de la andante caballería”. Sancho se reconoce asno y don Quijote perdona, pero queda un hueco que no se termina de cerrar.

John Vanderbank, dibujante y Claude du Bosc, grabador. Tonson. Londrés 1742.
CAPÍTULO VIGÉSIMO NONO.-
Allí, en las riberas del Ebro, los molinos son barcos y los gigantes, encantadores. No se han apartado cuatro varas de la orilla donde han quedado el rucio y Rocinante, y don Quijote estima ya muy probable que hayan atravesado el ecuador. Y es que don Quijote ya no navega por el Ebro sino por entre las esferas astrales y cuando de repente se topa con una aceña, la toma por ciudad, fortaleza o castillo. De vuelta a las andadas, a ese Quijote que transmuta la realidad al acomodo de sus entendederas. Pero aún así hay diferencias porque “aunque parecen aceñas no lo son […] como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea”. Grave conflicto es que un escudero se meta a encantador. A todo esto el barco va ya en el raudal de las ruedas directo a hacerse pedazos. Don Quijote esgrime la espalda, los molineros tratan de evitar el desastre con sus largas varas y Sancho reza de hinojos. Si la barcaza gira y arroja su contenido a las aguas es porque “en esta ventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco y el otro dio conmigo al través”. Don Quijote comprende que esta aventura le estaba reservada a otro caballero andante y no a él, razón por la cual paga a los pescadores la barca perdida y grita perdones a los cautivos que no podrá liberar. No puede más y la tristeza vuelve a ser la compañera del Caballero de los Leones.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO.-
Es el capítulo del encuentro con los duques, cuyo título, por cierto, nunca llegamos a saber. Tan pronto como saben de la llegada de don Quijote, ya están los duques concertándose no para seguirle la corriente al disparatado protagonista de la novela que narra sus aventuras y que ellos conocen, sino para recrear un mundo a su imagen y medida, aunque el lector acabe dudando sobre la pertenencia de ese mundo. La torpeza de Sancho que conduce a su caída y a la de su amo en presencia de la duquesa, es todo un presagio de futuro.

Manuel Ángel Álvarez, dibujante. S. Calleja. Madrid 1904.
CAPÍTULO TRIGÉSIMO PRIMERO.-
El recibimiento que los duques dan a don Quijote es el que en los libros se cuenta como propio de los caballeros andantes. “¡Bien sea venido la flor y nata de los caballeros andantes!”. Sancho que aunque cosido a la duquesa parece postergado, riñe con la dueña doña Rodríguez a quien tomando por zagal de cuadras encomienda el cuidado de su rucio. La queja de la dueña hace intervenir a los duques quedando todos contentos salvo el propio don Quijote, poco gustoso de la torpeza del escudero. Lo que le está pidiendo don Quijote a Sancho es que no descubra “quien ellos eran”, es decir, comportémonos como los personajes que los duques conocen por la novela. Pero Sancho soporta mal el protagonismo que los duques conceden a su amo y poco después vuelve a intervenir contando un cuento o, por mejor decir, una historia pues es la veracidad de lo contado lo que más parece interesarle a Sancho.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEGUNDO.-
La réplica de don Quijote a la invectiva del capellán en defensa de la andante caballería, tiene más de bondadoso idealismo que de auténticos resortes de acción. El eclesiástico abandona la casa de los duques para no ser cómplice de burla alguna ya que los cuerdos “canonizan sus locuras [la de los locos]”. Las enjabonadas barbas de don Quijote en cuyo manosear se han empeñado cuatro doncellas, levantan la envidia de Sancho que reclama su lavatorio a la duquesa. Aparta de este modo Cervantes a Sancho de la escena siguiente en la que don Quijote se lamentará ante los duques del encantamiento que sufre su Dulcinea. Si hay o no Dulcinea en el mundo solo Dios lo sabe, responde don Quijote a las sutilezas literarias de la duquesa y acertada es la respuesta, pues que es la perfección lo que justifica su existencia, de ahí que, perdida aquella, solamente encantada pueda sobrevivir. Pero como todo hablar de Dulcinea conduce inevitablemente a Sancho, este irrumpe en la sala “con un cernadero por babador” y un pícaro de cocina que pretende manosearle la barba con agua de fregar a quien es “gobernador electo” de una ínsula “de nones” que posee el duque. “Perecida de risa” escuchaba la duquesa las razones de Sancho, que las jabonaduras “más parecen burlas que agasajos de huéspedes”.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO TERCERO.-
Sancho renuncia a la siesta por entretener a la duquesa que mucho gusta de su simplicidad y agudeza. Le confiesa Sancho que el encantamiento de Dulcinea es una pura invención suya, lo que hará que asistamos en los capítulos sucesivos a una dilatada trama para procurar a Dulcinea el restablecimiento de su hermosura. Tanto disfrute obtiene la duquesa de las tres o cuatro docenas de refranes que Sancho inserta uno detrás de otro, que se muestra dispuesta a contradecir a Sancho en su negativa a reconocer el encantamiento de Dulcinea y, contra lo previsible, la propuesta de la duquesa es bien recibida. Ni Sancho es tan discreto como para inventar cuento de encantamiento, ni don Quijote está tan loco para ser persuadido con tan poco. El favoritismo que la duquesa expresa por cuanto dice Sancho, provoca en este cierto enardecimiento llegando no ya a expresar juicios muy desfavorables contra las dueñas: “…ser más propio y natural [de ellas] pensar jumentos que autorizas las salas”, sino también a encomendar el rucio a la propia duquesa y hasta a manifestar, con abierta socarronería, que es mejor que el rucio quede en la caballeriza que en las niñas de los ojos de la duquesa.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO CUARTO Y TRIGÉSIMO QUINTO.-              
En el transcurso de la montería que organizan los duques, Sancho, temeroso de que la furia del jabalí termine por acometerlo, se encarama en una encina de donde queda colgado cabeza abajo al quebrarse la rama. Discute luego Sancho el gusto por la caza (“matar a un animal que no ha cometido delito alguno”), con el duque hasta que llegada la noche el espectáculo preparado los huéspedes arranca con la aparición de un postillón que dice ser el diablo que anuncia la llegada de Montesino acompañando a la mismísima Dulcinea encantada. Don Quijote piensa si no es ello la más clara prueba de la verdad de sus visiones en la cueva y Sancho medita si acaso no estuviera ya encantada Dulcinea cuando él mismo la señaló. Pero quien aparece entre luces, ruidos y músicas es Merlín para dar cuenta de los “tres mil azotes y trescientos en ambas sus valientes posaderas” que Sancho ha de propinarse para desencantar a Dulcinea. “Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos”, es la negativa respuesta del escudero. Para hacerle variar la opinión ha de intervenir una Dulcinea temporalmente desencantada. Sancho acepta azotarse. Un bellísimo amanecer cervantino pone el punto y final al capítulo.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO.-
Por si hubiera alguna duda, el inicio del capítulo nos aclara que fue el mayordomo del duque quien escribió y representó el papel de Merlín. La duquesa no se muestra contrariada por la cicatería de Sancho con los azotes, pues ello permitirá prolongar la burla. La fecha de la carta a Teresa Panza ha dado lugar a muchos comentarios entre los cervantistas porque se acomoda mal a la cronología interna de la obra y bien a la externa. Estando en el jardín y alzados los manteles con mucha prosopopeya hace entrada Trifaldín el de la Barba Blanca, el escudero de la condesa Trifaldi, la dueña Dolorida que “a pie y sin desayunarse” desde lueñes tierras, ha llegado a la casa del duque para suplicar a la ayuda de don Quijote: “… el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas…”.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SÉPTIMO.-
Escuderos y dueñas, tirios y troyanos. Es natural que Sancho aprecie el peligro que para la consecución de su ínsula representa la llegada de la dueña Dolorida, pues si don Quijote ha de marchar, lógicamente el escudero va detrás. Tanto ha aprendido Sancho que hasta discute si los duques han de salir o no a recibir a la Trifaldi que aún siendo condesa, como dueña sirve.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO OCTAVO.-
La condesa de las tres faldas, es decir la Trifaldi, se dirige a los duques haciendo un uso excesivo del superlativo –ísimo, lo que da pie a Sancho a redondear la burla afirmando que ciertamente se encuentra en ese lugar el “don Quijotísimo”. Cuenta la condesa los amores entre la heredera del reino de Candaya, Antonomasia, y un bizarro caballero poeta, bailarín y guitarrista, el cual primero enamoró a la condesa por ser guardiana de la infanta. El relato es tan lento y tan centrado en su misma persona que el lector queda con Sancho que pide “priesa, señora Trifaldi”.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO NONO.-
Los amores entre Antonomasia y Clavijo hacen enfermar a la reina Magungia que termina por morir. Si excesiva es la reacción de la reina, Sancho admite un desmayo y ve desmedido que forzara su entierro,  la llegada del primo hermano de Magungia, el gigante Malambruno, lo complica todo pues siendo además encantador y dispuesto a tomar venganza, convierte en estatuas a Antonomasia y a Clavijo, y en barbadas a las dueñas del reino.

Salvador Tusell. Viuda de Luis Tasso. Barcelona 1905.
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO.-
El tal Malambruno resulta ser dueño de un caballo que ni “come ni duerme ni gasta herraduras… que… camina llano y reposado”, por los aires y es conocido como Clavileño que no se gobierna con freno ni jáquima sino con clavija, de ahí el nombre. En este caballo de madera han de montar don Quijote y Sancho para viajar hasta el reino de Candaya. Sancho se niega a acompañar a su señor y no es mala la queja, que la fama queda para los caballeros y los trabajos para los escuderos.

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO PRIMERO.-
Cuatro salvajes traen a Calvileño. El duque interviene para convencer a Sancho quien acaba por acceder a acompañar a su amo, pero pregunta si mientras viaje a lomos de Clavileño podrá encomendarse a Dios, pues siendo, como parece, todo cosa de encantamientos, teme que la invocación divina neutralice los poderes que hacen volar a Clavileño. La respuesta no puede ser más cargada de burla encubierta, pues Malambruno aunque encantador, es cristiano “y hace sus encantamentos con mucho tiento, sin meterse con nadie”. Don Quijote recuerda el Paladión de Troya y quiere ver “lo que Clavileño trae en el estómago” y la Dolorida tiene que salir fiadora de su encantador. Aventura de barbero a la postre que el fin no es otro que rapar las barbas de las dueñas para dejarlas en “su primera lisura”. Los ojos vendados, los fuelles ventosos, las estopas ardientes, los cohetes que le estallan a Clavileño en el interior antes de volver al lugar que nunca se abandonó. Y sin embargo…, con cuánta razón don Quijote le dice a Sancho aquello de si vos queréis que yo os crea, yo quiero que vos me creáis. “Y no os digo más”.

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEGUNDO.-
Que no es cosa de merecimientos, es la primera advertencia que don Quijote hace a Sancho, sino de mercedes. Y no es destemplanza sino simple y certero recordatorio hecho a quien se ajustó a salario. Se recogen después los primeros consejos dados a Sancho por su amo para el buen gobierno de la ínsula. Si todo gobierno ha de respetar los tres principios del temor de Dios, conócete a ti mismo y sé virtuoso, don Quijote desciende a la arena de los aconteceres diarios y exhorta a Sancho para que actúe respetando verdad, justicia y compasión, y procure que estas tres gracias se den la mano.

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO TERCERO.-
Que sea limpio y ceñido, que coma poco, que sepa dar librea a sus criados, el andar despacioso y el hablar reposado, que abandone refranes y disputas de linajes, que madrugue y vista calza entera mejor que greguescos. La separación está a punto de ultimarse.

Ídem.
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO CUARTO.-
El gran parecido que el mayordomo del duque tiene con la condesa Trifaldi es el tema de la última conversación entre Sancho y don Quijote. Queda este, melancólico, en casa de los duques y Cervantes utiliza el incidente de los puntos saltados en la media de don Quijote para llevar este sentimiento hasta el desamparo. Ni la sugerencia que la duquesa hace a don Quijote de ser servido por cuatro doncellas, ni el ofrecimiento amoroso de Altisidora, menguan la fidelidad de don Quijote por su Dulcinea, si acaso una cierta desesperanza, el pesar que la “corta ventura” de su dama provoca en el ánimo del “desdichado andante”.

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO QUINTO.-
Comienza en este la alternancia de capítulos entre don Quijote y Sancho. Tres pleitos le plantean los de Barataria a Sancho. El primero, el del sastre y el labrador, posee resonancias salomónicas, razón por la cual cabe aceptar que a la sabiduría popular como la fuente de la que bebe Sancho. Los otros dos, sin embargo, el cuento de la cañaheja y el del labrador y la meretriz, revelan más el ingenio de Cervantes que la aplicación de Sancho.

Este es Sancho con el de Miguel Turra.
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEXTO.-
Retornamos a don Quijote y tras una noche de pulgas, lo encontramos concentrado en el detalle de su vestimenta: mantón escarlata, montera de terciopelo, pasamanería de plata y hasta versos y músicas compuso. ¿Es este un caballero andante o más bien uno cortesano?  La broma pesada de los duques de los cencerros y los gatos acentúa la melancolía de don Quijote, pues de vilipendio ha de juzgar un caballero andante quedar con la cara cruzada de arañazos por muy encantando que esté el gato.

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SÉPTIMO.-
El médico, con una barba de ballena en la mano a modo de puntero, apenas si deja que Sancho pruebe bocado. El duque sabedor de la reacción de Sancho urde apretarle la clavijas y manda un correo en el que además de dar aviso de “asalto furioso” contra Barataria por enemigos ducales, apercibe al gobernador del peligro que su vida corre por cuatro disfrazados que quitarle la vida quieren. Se resigna Sancho a no comer más que un pedazo de pan y unas uvas “que en ellas no podrá venir veneno”. Pero todo puede ir a peor: que si el médico no deja comer, el labrador de Miguel Turra no dejar descansar.

José Juan Camarón y Meliá la dibujó. Sancha. Madrid 1797-1798.
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO OCTAVO.-
Por las descritas “desdichas anejas a la andante caballería”, dice en un prodigioso juego de letras Cervantes, don Quijote seis días estuvo encerrado en su habitación. La reclusión le hace temer por su honestidad que en la casa de los duques se ha convertido en codiciada pieza de caza: doña Rodríguez, dueña de repulgadas tocas, entra de noche en su habitación. Después de confusos pensamientos, apagones de vela, entradas y salidas, doña Rodríguez expone su agravio a don Quijote. Pero esta no es mofa ducal, sino credulidad ingenua. Tanto por el reproche que al duque dirige la dueña, como por la revelación del secreto de las fuentes de la duquesa, no cabe duda alguna que no hay aquí burla, sino que realmente doña Rodríguez cree en el poder de nuestro caballero andante. La irrupción feroz y brusca de un grupo de ánimas que azotan a la dueña y atormentan la caballeril carne, hacen cierta la sospecha de que las paredes oyen.

CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO NONO.-
Cena por fin Sancho con licencia del señor doctor y sale después de ronda por su ínsula. Tropieza primero con alboroto de cuchilladas debidas al juego y Sancho piensa en cerrar sus casas. Un chocarrero mozo que del brazo de un corchete llega, interrumpiendo los aherrojados pensamientos. Este trenzador de hierros de lanzas que huye de la preguntona justicia, porfía con Sancho hasta lograr que se premie su ingenio.  El encuentro de la ronda con una joven y hermosa doncella disfrazada de hombre, hace presagiar algún jugoso cuento por tratarse de joven de familia principal. Y sin embargo, nada cuenta, no hay aventura ni lance amoroso, sino una simple travesura.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO.-
Fue el descubrimiento del secreto de la duquesa, el “Aranjuez de sus fuentes” por parte de doña Rodríguez, lo que precipitó la irrupción de aquella y de Altisidora en la habitación de don Quijote. La duquesa despacha luego un paje con una carta para Teresa Panza, la mujer de Sancho. El paje no es un cualquiera, sino precisamente quien hizo el papel de Dulcinea en la burla que concluyó con la promesa de los azotes. Esta idea de trasladar la burla desde la casa de los duques a la aldea de Sancho es indudablemente cervantina y parece obedecer a un deseo de examen de las novedades surgidas en la casa de los duques. Y así a la vista de corales, cartas y pajes, Sansón Carrasco y el cura dudan de la verdad del gobierno de Sancho y de la existencia misma de la duquesa. Es curioso que le corresponda al paje –trasunto de Dulcinea-, dar testimonio sobre la veracidad de su embajada y ofrecer certeza del gobierno escuderil, porque aún sabiendo que todo es tal y como lo dice el paje, solo la burla lo sostiene.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO PRIMERO.-
Hay en Sancho signos de hastío. Los cuatro tragos de agua fría con los que se ve forzado a desayunarse están acabando con sus deseos de este oficio grave de gobernador. No obstante, da mesurada respuesta a un dilema difícil que se le plantea y dicta una muy limpia carta en contestación a otra que don Quijote le remitió. Poco tiempo le queda a Sancho después de castigar a placeras, escoger esposo para su hija, atender pleitos, sufrir hambre, hacer constituciones e imponer severísimas penas a los aguadores de vino, para atender a quejas de gateamiento.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO.-

Torna doña Rodríguez, la segunda dueña Dolorida, a pedir favor a don Quijote por la falta del labrador rico con su hija. Esta vez se hace en presencia de los duques y se formaliza el desafío. El duque se las promete felices al suplantar al ofensor, vasallo suyo, por un lacayo. Mas todo queda interrumpido con la carta que Teresa Panza le envía a duquesa en respuesta a la suya, junto con otra  para que la haga llegar a Sancho. Acusa recibo la señora Panza de la misiva ducal y aunque todos duden, ella cree, más por verse ya en la corte que por el recibo de los corales, pasando por alto la burla de la solicitud de un pago en bellotas. La desmedida curiosidad de los duques les lleva a abrir la carta dirigida a Sancho. Cervantes muestra entonces cómo el pueblo llano, con un ojo puesto en la cosecha de aceitunas y el otro en el caño de la fuente, resuelve las tachas de ellas, que volverán al pueblo después de haber salido con una compañía de soldados; las de ellos, pintores de mala mano; o las de ambos, encinta la una, “ordenado de grados y corona”, el otro. 

viernes, 25 de octubre de 2013

El Quijote. Segunda parte. Capítulo I a XXIV.

Heredero de Pedromartir Locarni y Iuan Bautista Bidello. Milán 1610. En esta edición se suprime la dedicatoria de Cervantes. Asensio afirma que sigue la segunda de Madrid de 1605 y que es tipográficamente regular.
CAPÍTULO PRIMERO.
La segunda parte y tercera salida de don Quijote consagra a Cide Hamete Benengeli como el narrador de la historia. El cura y el barbero, también el lector, se preguntan si don Quijote sigue, transcurrido algo más de un mes desde su vuelta a casa, tan loco como antes. Lo encuentran vestido de rojo y verde, mal síntoma que se confirma tras mentarle el señor cura la “cosa de caballerías”. Y después de que el barbero relate el cuento del loco de Sevilla, don Quijote diserta con elocuencia y buen parecer sobre las edades de oro de la caballería andante. A pie juntillas puede don Quijote describir a los grandes caballeros, “que con mis propios ojos vi a Amadis de Gaula”, si bien tratándose de gigantes, la cuestión, pese a haberlos combatido en la primera parte, se vuelve más problemática.

Ídem.
CAPÍTULO SEGUNDO.-
Sancho porfía con la sobrina y el ama por entrar en la casa de don Quijote. Y llegando las voces a sus oídos, despide al cura y al barbero, que se marchan seguros de la locura del caballero,  y hace entrar en su aposento a Sancho. Don Quijote quiere saber de Sancho lo que el vulgo, los hidalgos y los caballeros opinan de él y sus hazañas “sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna”, quiere “la verdad…, en su ser y figura propia”.  La contestación de Sancho es una de las múltiples piedras preciosas de la orfebrería cervantina que estalla en pirotecnia inventiva un poco más adelante, cuando Cervantes otorgue a sus personajes la doble nacionalidad de personajes de ficción y de historia. Al fondo los personajes de ficción, los de la primera parte, y en primer plano los reales, los de la segunda. Verídicos los unos, vivos los otros.

P. Gosse y A. Moetjens. Haia, 1744. Cuatro volúmenes con veintitrés láminas tomadas de los dibujos que Coypel hizo en 1723 y grabados en cobre en tamaño reducido hasta el octavo por Folkema y algunas por Fokke y Fanjé. Asensio, 87.

CAPÍTULO TERCERO.-
Hasta el mismo don Quijote duda de que las “nuevas de sí mismo puestas [estén] en libro”, pues si “aún no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos” ¿cómo podía estarlo la tinta de sus hazañas? Lo achaca a encantamientos y si primero tendrá por sabio, aunque moro, a su autor, luego lo tachará de ignorante que la escribió “a tiento” por poner intercalada la novela de El curioso impertinente. Pero la conversación se interrumpe al mencionar Sansón Carrasco  a Sancho, el olvido que el autor puso en el empleo que aquel hizo de los cien escudos habidos en la maleta de Sierra Morena. Un desmayo de estómago obliga al escudero a retirarse ligero.

CAPÍTULO CUARTO.-
Hecho el receso del refrigerio regresa Sancho y en términos forenses da cuenta de las circunstancias y ocasión en que le fue hurtado el rucio, resultando así que es el personaje quien remedia los descuidos del autor. Y es que el autor de esta segunda parte, formalmente Cide, se esconde tras un laberinto de sombras, hasta el punto de dejar en suspenso si habrá o no segunda parte en el mismo momento en que se está escribiendo. Los buenos augurios concitan a iniciar la tercera salida. Tan animado parece el escudero como el señor y Sansón Carrasco, el bachiller, da promesa de guardar silencio. De aquí a ocho días se fija la salida. Estamos ante una salida llena de preparativos.

CAPÍTULO QUINTO.-
Comparece con parecer propio el traductor de la historia que considera haber razones para entender apócrifo el capítulo. No hay duda de que Cervantes anda buscando la complicidad del lector, pues es difícil resistirse a seguir leyendo aunque no sea más que para comprobar si lleva o no razón el traductor.  Los entonos de Sancho que quiere convertir a su hija en condesa, le cuadran mal a Teresa Panza que no quiere sino un matrimonio de igualdad.

CAPÍTULO SEXTO.-
Trata el ama de disuadir a don Quijote de sus pretensiones y al mencionar aquella entre a quienes piensa recurrir, al Rey, Cervantes responde “no querría yo que cosas mías le [al Rey] diesen pesadumbre”, es posible advertir un cierto sesgo irónico en la afirmación, dado el poco caso que Felipe II prestó al complutense. La sobrina (erasmista ella, según Bataillon), la emprende contra las mentiras contenidas en los libros de caballería y ante semejante “blasfemia”, don Quijote se encoleriza. No hay remedio ante “lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea”.

CAPÍTULO SÉPTIMO.-
Como gran comedor de huevos se nos revela don Quijote, que así se lo expone el ama al bachiller Sansón Carrasco antes de pedir su ayuda para malograr las intenciones de su señor. Queda un último escollo que salvar: Sancho no quiere servir a mercedes, que prefiere “salario conocido”, don Quijote niega el petitum por falta de antecedes en la literatura caballeresca. Sansón Carrasco se ofrece por escudero –con aparente traición a la ayuda que prometió prestar-, lo que hace a Sancho recoger velas y acepta mención en testamento y codicilo “que no se pueda revolcar”.  Salen al anochecer, Sansón les acompaña media legua, en dirección al Toboso.

CAPÍTULO OCTAVO.-
Y Cide Hamete pide que nos olvidemos de las pasadas caballerías “y pongamos los ojos en las que están por venir”. Probablemente estemos ante uno de los mejores ejemplos de ese narrador plural que utiliza Cervantes y así: el cristiano que compra la historia narrada por Cide Hamete se pone de manifiesto, pero inmediatamente que prosigue la historia aparece ese “yo” con “no sé si” que no parece el mismo de la primera parte, recuérdese el “no quiero acordarme”; una primera persona que no quiere, que no sabe, pero que recoge lo que otros “oyeron”. Este narrador nos sigue asombrando y desorientando. Da la impresión de que este Sancho nuevo de la segunda parte, algo malicioso y bellaco como él mismo se define, prepara el encantamiento de Dulcinea que recorrerá toda la novela. Discretean señor y escudero sobre la buena fama, la santidad de los frailes y la andante caballería durante los dos días tardan en llegar al Toboso.

CAPÍTULO NOVENO.-
Ruidos de animales, de bestias, reciben a nuestra pareja en la media noche del Toboso. Sancho sigue empeñado en bajar a Dulcinea del pedestal quijotil hasta que termina por irritar a don Quijote. A la sandez de buscar palacios en rincones de callejuelas, se replica con enamoramiento “de oídas” y así en el claroscuro de la noche castellana un criado de labrador rico no sabe dar razón de tal principal señora y el anuncio del alba logra sacar a don Quijote del pueblo para que sea el mentiroso de Sancho quien regrese a buscar, más despacio, a su señora perdida. Por cierto es este capítulo donde se encuentra la famosa frase: “Con la iglesia hemos dado [no topado], Sancho”, con una casi segura ausencia de intenciones anticlericales, aunque lo importante no es esto, como advierte Casalduero, sino el hecho de que el pueblo se sirviera de ella para expresar un sentimiento latente. La frase es de Cervantes, la intencionalidad del sentimiento arraigado en la gente.


CAPÍTULO DÉCIMO.-
Estamos ante un capítulo importante. Como acertadamente apunta Casalduero, tanto Sancho como don Quijote adoptan posturas literarias, el primero con un monólogo y el segundo oculto en la floresta “descansando sobre los estribos”. Y es entonces cuando Sancho le pone a su amo los molinos delante diciéndole que son gigantes y don Quijote se queja que no ve princesa alguna (Dulcinea), sino “a tres labradoras sobre tres borricos”. Contrahecha la hermosura de Dulcinea por el engaño de Sancho, don Quijote no sabe si el encantamiento lo es de sus ojos o de la figura de su señora. “Delicadamente engañado”, don Quijote conserva una última esperanza que alivie el “olor de ajos crudos”, Sancho lo sabe y le ofrece a su señor una “silla a la jineta…, que vale la mitad de un reino”. Alguien que monta sobre semejante silla no puede ser una campesina.

CAPÍTULO UNDÉCIMO.-
Tanto ha cambiado todo en esta segunda parte, que vemos a don Quijote con esa tristeza triste que convierte a los hombres en bestias. Mas no hay mejor desquite que la burla y el caballero de la triste figura la dirige contra Sancho, pero también contra sí mismo, cuando reprende a aquel por haber colocado las perlas en los ojos de Dulcinea, “que los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama”.  En este discurrir sobre si Dulcinea está solo encantada a los ojos de don Quijote, aparece en el camino la carreta-escenario de los faranduleros conducida por el diablo con el que viajan la muerte, Cupìdo, un emperador y otros actores. Barca de Carón le parece a don Quijote, Las cortes de la muerte dicen ser y venir de representar el auto en un pueblo cercano por ser la octava del Corpus. ¿Qué no hubiera hecho don Quijote con semejante aparición en la primera parte? Ahora no alcanza sino a preguntarse por apariencias y desengaños.


CAPÍTULO DUODÉCIMO.-
Que Sancho se va “haciendo menos simple y más discreto” nos resulta tan evidente como al propio don Quijote, pero Cervantes cree necesario matizar esta nueva pericia de su personaje. Aclaraciones cervantinas que se repetirán con insistencia en esta segunda parte, quizás la razón esté en cierta necesidad de poner orden en la desorientadora realidad que ha construido hasta ese momento. Obsérvese que si en 1605 la secuencia era: molinos-Sancho, gigantes-don Quijote, en 1615: Dulcinea-Sancho, campesina-don Quijote, la paradoja es manifiesta. Volviendo a la matización cervantina de Sancho, el lector no sabe de qué admirarse más si de la burlona ironía del Sancho discreto que desaliña al rucio o de la elegancia del refranero. El capítulo termina con el encuentro de don Quijote con el Caballero del Bosque.

CAPÍTULO DECIMOTERCIO.-
La curiosidad le lleva a uno a preguntarse a quién atribuir la aclaración de que “la historia cuenta primero…”, si al traductor, al cristiano o al misterioso yo cervantino. Construida esta segunda parte a base de diálogos, opta Cervantes por separar a caballeros y escuderos. Como bien señala Eduardo Urbina el diálogo de los escuderos no era posible después del combate de los caballeros y debía por tanto ir primero. Escuderilmente y acompañados por un bota de vino de Ciudad Real y “una empanada [de conejo albar] de media vara”, departen Sancho y el escudero del Caballero del Bosque acerca de fatigas y mercedes, de las borracherías de sus amos y de volver a casa, que en el fondo de eso se trata, porque en realidad el escudero con el que se entiende Sancho es su vecino Tomé Cecial, su vecino, y el Caballero del Bosque no es otro que el bachiller Sansón Carrasco. El disfraz y la noche impiden el reconocimiento.   

CAPÍTULOS DECIMOCUARTO Y DECIMO QUINTO.-
La respuesta que don Quijote da al desafío del Caballero del Bosque no puede ser más coherente en atención a lo visto y oído. Que si un encantador ha tornado a Dulcinea campesina vulgar, igual puede haber “tomado su figura [la de don Quijote] para dejarse vencer” por el Caballero del Bosque y todo no más que “por defraudarle de la fama”. A su defensa tendrá que aplicarse en lo sucesivo. Tras uno de esos amaneceres cervantinos que parece pintados con la paleta de Bocaccio, lo primero que vemos con Sancho es la descomunal nariz del escudero Tomé Cecial y a continuación la prestancia del ya transmutado en Caballero de los Espejos. Hay antes del lance una jugosa conversación entre los contendientes acerca de sus identidades ocultas y manifiestas, lo que obliga a don Quijote a decir el más que juicioso: “no soy yo el vencido don Quijote que pensáis”. Tal vez las desaforadas narices, luego sabemos que postizas, de Tomé tuvieron algo que ver en el desenlace porque tanto espantaron hasta al mismo Rocinante que “sola esta vez se conoció haber corrido algo” lo que dio la victoria a don Quijote. El caballero vencido muestra por encantamiento el aspecto de Sansón Carrasco y de esta guisa reconoce cuanto don Quijote dispone, tanto no ser quien es y sí quien finge ser, como buscar a quien encantada está y no presenta el aspecto de quien es [Dulcinea]. Tanto son las apariencia y engaños que Cervantes se cree obligado a hace capítulo aparte donde aclarar el bureo entre el cura y el barbero con el bachiller para engañar a don Quijote y hacerle retornar a la aldea. Vencido Sansón Carrasco, todos sus deseos se tornar en venganza.

CAPÍTULO DECIMOSEXTO.-
“Todo es artificio y traza de los malignos magos que me persiguen”. Y cuán cargado de verdad está el de la Mancha, pues ¿no le tornar campesina a la sin par Dulcinea y Sansón Carrasco al vencido Caballero de los Espejos? No hay mejor razón poética que la Cervantes y si alguien lo duda que lea la forma en que don Quijote se presenta al Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda, que no sabe de qué admirarse más si de haberse tropezado con un caballero andante o de que anden “historias impresas de verdaderas caballerías”. Y no menos se sorprendió de oír en boca de aquel que tenía por mentecato, el esplendoroso discurso sobre la ciencia poética.


CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO.-
Pero es tiempo de que las digresiones cesen y una nueva aventura acaezca: la de los leones. La clave de la interpretación del episodio quizás esté en el antecedente de los requesones que Sancho introduce en la celada de su amo y que aquel para justificarse achaca, de nuevo, a los encantadores. El arrojo de don Quijote al ordenar al leonero abrir la puerta de la jaula del león, será temeridad y locura para don Diego de Miranda, valerosa hazaña para el leonero y aventura de desencantamiento para su protagonista, porque no hay “encantos que valgan contra la verdadera valentía”.     

CAPÍTULO DECIMOCTAVO.-
Las “frías digresiones” no parecen ser del gusto del traductor que tomando a la verdad como base de la novela estima pertinente despintarle al bueno de Cide, “todas las circunstancias de la casa de don Diego”. La prudencia, al fin y al cabo virtud cardinal, y, al mismo tiempo, cierta necesidad de grandeza, inspiran a don Quijote la más certeza descripción del caballero andante: “Ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”. Y la no menos atinada de su sociedad coetánea: “Pero triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo”. Interesante parece destacar que no le interesa “el perdigón manso” de don Diego, de cuya casa tranquila y silenciosa, parte el héroe melancólico y que la santidad que Sancho reconoce en el del Verde Gabán parece más por lo burgués de la alforja que por el recogimiento interior.

Manuel Martín. Madrid, 1782. Ilustrada con cuarenta y cuatro estampas. Dice Asensio que los grabados ocupan la tercera parte de la página. Son toscos y pobres, copia de otras ediciones, añade que el papel es inferior, los tipos gastados y la impresión mala. Asensio 102.
CAPÍTULO DECIMONONO.-
Poco después de haber partido desde la casa de don Diego, encuentran nuestros protagonistas nueva compañía. Es entonces cuando don Quijote se da a conocer con su nuevo apelativo: “El Caballero de los Leones”. De boca de dos estudiantes conoce don Quijote la proximidad de la boda de Quiteria “la hermosa” y Camacho “el rico”. Al enlace se opone un zagal, vecino de Quiteria, llamado Basilio. Cervantes prepara el camino: Sancho toma partido por la naturaleza, don Quijote, por la ley, los estudiantes riñen.

CAPÍTULO VIGÉSIMO.-
Amanecer cervantino. Duerme el criado, vela el señor. Tufo de torreznos asados. A través del enramado, un festín de paraíso se abre a los ojos de Sancho que si la boda era de aparato rústico, el banquete “podía sustentar a un ejército”. Bailes con paradas o danzas con representaciones preceden a las digresiones de nuestros protagonistas sobre la vida y la muerte.

Es la linda edición, en palabras de Asensio, que los serñores Salvatella hicieron para la Bibilioteca Amena e Instructiva en Barcelona en 1881. Consta de dos volúmenes en octavo.

CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO.-
Comparecen los novios, Quiteria y Camacho, pero también Basilio quien reprochando a Quiteria se ingratitud se suicida en su presencia, solicitando que en sus últimos instante le sea concedida la mano de su amada. Se trata de un engaño, pues Basilio finge la muerte por la propia mano, para ganar el favor de los concurrentes a la satisfacción de su postrero deseo: el matrimonio in artículo mortis con Quiteria. Descubierta la estrategia, don Quijote media entre ambos bandos, el de Basilio, el fingidor, y Camacho, el engañado, argumentando que en el amor como en la guerra, toda estrategia es buena si a la victoria conduce. Sancho es quien parte derrotado, pues que al tomar partido don Quijote por la causa de Basilio, se ve obligado a dejar atrás las amadas ollas de Camacho.  

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEGUNDO.-
Los consejos que don Quijote da a Basilio provocan los murmullos de Sancho y así llegamos a saber de los celos de Teresa Panza por más que nos cueste imaginárnosla en semejante actitud. Un primo de uno de los riñosos estudiantes, será quien acompañe a don Quijote y Sancho hasta la entrada de la cueva de Montesinos. El acompañante es de profesión humanista, de formación libresca y adorador de todo saber huero. Antes de descender a la sima, cual “frasco…, en pozo”, hace don Quijote provisión de soga y las naturales encomiendas a Dios y a la sin par Dulcinea. Este despeñarse en el abismo de la sima nos recuerda las peñas de Sierra Morena, penitencias de amor.

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO.-
El venerable Montesinos, su primo el valiente Durandarte, las hijas y sobrinas de la dueña Ruidera, la mismísima Belerma portante del corazón de su amado Durandarte y hasta Guadiana, su escudero, todos encantados por Merlín dentro de un palacio de cristal. Una hora estuvo abajo colgado de la soga don Quijote, aunque a su parecer tres veces amaneció y anocheció. Esta abstracción del espacio y del tiempo, aproxima a los personajes a un dilema intemporal: la endeblez de la verdad. Sancho cree que lo que cuenta su amo le ha sido encajado “en el magín o la memoria” por el encantador (Merlín). Cervantes decide entonces subir la apuesta pues don Quijote afirma haber identificado a Dulcinea encantada por los ropajes y la compañía, tal y como en su día se la mostró Sancho, esto es transformada en campesina. Pero lo más sorprendente es que Sancho a pesar de clamar al cielo por la locura de su amo, termina por dudar y se pregunta si no habrá encantadores y encantamientos tan poderosos para trocar el juicio de su señor, sin advertir que siendo él mismo el encantador de Dulcinea también lo es de don Quijote.

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO.-

No conviene olvidar que el episodio de la cueva de Montesinos es apócrifo, tal y como nos recuerda el inicio de este capítulo, lo que sitúa a la novela en la más precaria de las situaciones, en la medida en que entrega al lector no ya la fijación de la diferencia entre poesía e historia, sino la perspectiva misma de recorrer las plurales interpretaciones que unen, y a la vez separan, ficción y verdad. Duda con buena razón don Quijote, recuperado de su paso subterráneo (de la locura a la cordura), de que la sarta de majaderías que se le ocurren al estudiante pueda hallar impresor, lo que aprovecha Cervantes para dejar constancia, naturalmente que velada, a la generosidad de condes y tacañería de duques. También en el exterior de la cueva hay mucho movimiento: un hombre cargado de lanzas y albardas que pasa por prisas, una sotaermitaño que no ofrece más que agua, un paje andante, galán que no llega a los veinte, camino de la guerra y una venta, que no castillo, donde terminan por reunirse todos.

lunes, 7 de octubre de 2013

Epístolas morales a Lucilio (9). Séneca.



Quincuagésima séptima.-
Séneca regresa a Nápoles y al pasar por el túnel cerca de Pausilipo, reflexiona sobre el terror que causa al hombre la oscuridad profunda de la sima, la cual no se calma con virtud ni razón alguna. Sin embargo, “siendo uno mismo…, el final de todas las cosas…, ¿qué diferencia hay en que se desplome sobre uno la casilla del centinela, o una montaña?” Y sin embargo, si nos dan a elegir…

Quincuagésima octava.-
Séneca se refiere al género y la especie y luego habla de las seis categorías en las Platón dividió todo cuanto existe. El constante fluir y cambio de todo con mención expresa de Heráclito constituye el siguiente bloque del que se ocupa Séneca. Es asombrosa su actualidad: “He hablado del hombre, materia inconsistente y caduca, expuesta a cualquier contingencia; también el mundo…, cambia y no permanece el mismo.”

Quincuagésima nona.-
El gozo como “elevación del alma” sólo corresponde al sabio. Séneca lanza la pregunta: ¿Por qué la insensatez nos domina de forma tan pertinaz?, y proporciona una primera respuesta: la superficialidad con la que nos aplicamos a la filosofía, absortos como estamos en los negocios. El hombre olvida que “la fortuna no arrebata lo que no otorga”. De forma que basta con querer lo que no está en manos de la fortuna para quedar libres de su esclavitud.

Sexagésima.-
Si malas son las ambiciones que nuestros deudos nos han transmitido, peor resulta que nosotros pidamos ayuda a los dioses para colmarlas. Es esclavo quien vive para el vientre y libre quien busca ser “útil a muchos”.

Sexagésima primera.-
La cantidad de vida que haya pasado por el alma del hombre, es la medida. “Satisfecho, aguardo la muerte”. Hemos dejado los deseos infantiles atrás y dominado la voluntad  para disponer el “alma en orden a querer todo cuanto la situación exija, y en primer lugar a pensar sin tristeza en nuestro fin.”

Sexagésima segunda.-
Séneca se ocupa de los negocios y de los amigos, pero siempre tiene presente su proyecto interior y el ejemplo del cínico Demetrio, “el mejor de los hombres” a juicio de Séneca. Qué breve, pero que importante: ejemplaridad y vida interior. ¡De ambas cosas estamos tan huérfanos!

Sexagésima tercera.-
Rechaza Séneca la ostentación hasta en el dolor, que “del que lo alimenta se escapa y cesa tanto más presto cuanto más agudo es”. Las muestras tardías de afecto no son otra cosa que hipocresía y “es “preferible sustituir al amigo [muerto] que llorarlo”.  Si el hombre no abandona el dolor, será el dolor quien abandone al hombre. Señala Séneca que si se fijó un plazo para el luto es para poner fin al dolor, pues este cuando se extiende más allá, se torna “o fingido… o insensato”.

martes, 24 de septiembre de 2013

Cervantes visto por un historiador. Manuel Fernández Álvarez.




Comienza Fernández Álvarez por hacer una justa reivindicación de su aportación a la historiografía de la época cervantina, ciertamente su obra es de mayor calado que otras más asiduamente citadas en la bibliografía. Señalar alguno de los contemporáneos de Cervantes ayuda a situarnos en el tiempo, así estricto contemporáneo es don Juan de Austria (1547-1578), hijo natural del emperador Carlos; dos años mayor es Alejandro Farnesio (1545-1592), nieto natural del emperador (la madre, Margarita de Parma era hija natural de Carlos) y también el desdichado príncipe Carlos, príncipe de Asturias, que murió en cautividad ordenada por su padre Felipe II. El siglo de Cervantes es también el de Fray Luis de León (1527/1528-1591), Mateo Alemán (1547-1614), y, por supuesto, Lope de Vega (1562-1635); Tomás Luis de Victoria (1548-1611) y Francisco Guerrero (1528-1599), por citar a dos grandes de la música; y dos pintores como Caravaggio (1571-1610) y El Greco (1541-1614), pueden servir de colofón.


En 1551 la familia Cervantes se traslada desde Alcalá de Henares a Valladolid que por entonces era sede de la Corte por haberlo fijado así la Infanta María, la hija mayor de Carlos I, casada con el archiduque Maximiliano, luego emperador, que poseía la regencia por encontrarse fuera de España tanto el emperador Carlos como el príncipe de Asturias, Felipe. Pero la familia no para mucho en la capital del Pisuerga, Córdoba, Cabra, Sevilla, buscando dice Fernández salir de la miseria y el hambre, el “paraíso panal” del que habla Lázaro. Para instalarse en Valladolid, Rodrigo de Cervantes, el padre de Miguel, pide un préstamo de 45.000 maravedíes cuyo impago le conducirá a la cárcel pese a sus protestas de hidalguía. En el otoño de 1553 la familia sale huyendo de los acreedores y marcha a Córdoba. Fernández Álvarez nos informa del camino que debieron seguir tomando como fuente el Repertorio de Juan de Villuga, de donde resulta que pasaron por Ciudad Real para franquear Sierra Morena. Dato importante que tendría su reflejo en el Quijote y en Rinconete y Cortadillo. Asegura nuestro autor que Cervantes ingresó en el colegio de los jesuitas de Santa Catalina, aunque la fuente parece un poco débil, pues se limita a una pequeña referencia en El coloquio de los perros. Más probable es que en Córdoba Cervantes tomara contacto con su abuelo paterno, Juan de Cervantes, aunque no durante mucho tiempo porque este falleció en 1556, lo que precipita el traslado de la familia a Cabra. Eran los primero años del reinado de Felipe II que trajo consigo la paz con Francia y la llegada a España de Isabel de Valois. En 1563 nueva mudanza: de Cabra a Sevilla, la principal ciudad de España en aquella época, sede de la Casa de Contrataciones y donde “todos los días se ven cosas nuevas”. Apunta convincentemente Fernández Álvarez como razón de la salida de la familia de Sevilla camino de Madrid, el nacimiento de Constanza, la hija natural de Andrea, hermana de Miguel. Allí Cervantes que ya cuenta con diecinueve años, conocerá al “maestro de Gramática del Estudio de la Villa”, el humanista López de Hoyos y “perderá” a su hermana Luisa, nacida en 1546, que decide profesar en Alcalá de Henares, en el convento fundado por la Santa. También en el Imperio sucedían cosas: la rebelión calvinista de los Países Bajos, la traición y muerte del príncipe Carlos y el fallecimiento de la reina Isabel.

Acerca del conocido episodio que Cervantes tiene con el forastero Antonio de Sigura en 1569 y que precipita la salida de aquel hacia Italia, proporciona Fernández Álvarez algunos datos de interés. En 1840, a principios del reinado de Isabel II, un archivero de Simancas da la noticia del descubrimiento del documento que contiene la condena contra Cervantes. En aquellos tiempos semejante baldón contra Cervantes era inadmisible y se descarta que se trate de la misma persona, alegando que el apellido estaba escribo con zeta y no con ce (en realidad lo está con ç), y no es sino hasta 1862-1863 cuando Jerónimo Morán lo da por bueno en el preámbulo de la edición del Quijote de la Imprenta Nacional. Por cierto que sobre la belleza de esta edición del Quijote dará cuenta Suñé cuando en 1917 deja indicado que “no se encuentra un solo guión de división de palabras al fin de sus líneas”. Quizás el único defecto sea su tamaño, treinta y siete centímetros, más o menos, hacen difícil su manejo.




Que Cervantes sirvió al cardenal Acquaviva como camarero en Roma lo sabemos porque así lo recoge él mismo en la dedicatoria de La Galatea y además contamos con la petición de informe sobre la limpieza de sangre que Rodrigo pide para su hijo Miguel, fechada el 22 de diciembre de 1569. Lo que ignoramos es la forma en que entró al servicio del joven cardenal y, sobre todo, las razones por las que lo abandonó al poco tiempo, puesto que el 14 de septiembre de 1571 Miguel y Rodrigo, su hermano, forman parte de la tropa embarcada en la galera La marquesa al mando del capitán Urbina, que parte hacia el este para enfrentarse al turco refugiado en el seguro golfo de Lepanto, entre el Peloponeso y Etolia. Galeras de remos y galeotes, de soldados parapetados en castilletes y ballesteras, de cañones y artilleros, naves de guerra atestada de hombres, de chinches y ratones. Sabemos que el 7 de octubre de 1571 Cervantes tenía calentura y “no estaba para pelear”, porque así lo indica un testigo, otro soldado, Gabriel de Castañeda, cuyo testimonio se une al Memorial enviado por Rodrigo padre al Rey durante el cautiverio en Argel de Miguel, y ese mismo testigo habla de la heroica decisión de Cervantes de tomar parte en la batalla en primera línea de fuego, en el “esquife con doce soldados a sus órdenes”. Cervantes se recupera de sus importantes heridas en el hospital de Mesina y en abril de 1572 está al servicio del tercio de don Lope de Figueroa y participa en la campaña frustrada de Navarino (Pilos). Ciertamente es curioso, y Fernández Álvarez acierta al llamar la atención sobre ello, que Cervantes en el relato del cautivo y el cronista de Felipe II, Cabrera de Córdoba, empleen la misma alusión, los zapatos de los turcos, para aludir al gran temor que estos tenían del ataque de la armada cristiana en Navarino. En febrero de 1573 Cervantes está en Nápoles, “soldado de la compañía de don Manuel Ponce” y el 8 de octubre participa en la toma de Túnez que se rinde sin resistencia, quedan allí ocho mil soldados a las órdenes de Pedro Portocarrero. Cervantes regresa con el tercio de don Lope de Figueroa a Nápoles para invernar. Al año siguiente el turco recupera la plaza perdida sin que don Juan de Austria en misión diplomática en Génova pueda enviar ayuda a los sitiados. El duro golpe del sacrificio de aquellos que quedaron en Tunez, lo menciona Cervantes por boca del cautivo en el relato que hace en la venta. Nos consta por el documento de pago conservado que Cervantes esta en Palermo en noviembre de 1574, perdida ya Tunez. Fernández Álvarez no alberga dudas sobre la razones de Cervantes para regresar a España, las cartas de recomendación de don Juan de Austria y del duque de Sessa y virrey de Sicilia, don Gonzalo Fernández de Córdoba, apuntan hacía una capitanía.

De los esfuerzos que la familia de Cervantes realizó para obtener su liberación, parece destacar sobre todo el hecho de que el padre, Rodrigo, hubiera prestado 800 ducados (300.000 maravedíes), una cantidad importante a un tal Pedro Sánchez de Córdoba del que no se sabe nada, sin que la reclamación de Rodrigo diera ningún resultado para obtener la restitución del préstamo. Fernández Álvarez nos da cuenta del documento descubierto por Cristóbal Pérez Pastor a finales del siglo XIX, en el que se recoge la petición de Leonor de Cortinas al Consejo de Cruzada, en solicitud de ayuda para el rescate de sus hijos cautivos. Ciertamente el documento emociona. No duda Fernández Álvarez en calificar a otro documento, la famosa Epístola a Mateo Vázquez, como el tercer intento de evasión de Cervantes de su cautiverio, pues con los ochenta tercetos y el cuarto final el complutense no pretendía otra cosa que mover al Rey para acudir en auxilio de todos los cautivos. Petición singular, no cabe duda, dirigida a un secretario intrigante y a un rey papelero. Gran desconsuelo debió provocar entre los cautivos la noticia de la muerte de Juan de Austria en 1578, víctima del tifus. Comenta Fernández Álvarez que parece haber mayor clarividencia en el Bey de Argel al perdonarle a Cervantes los dos mil palos que le impuso por sus reiterados intentos de fuga, que en el católico Felipe II que nada hizo por remediar la situación de su vasallo. Hubo de ser un trinitario a quien la historia y la humanidad entera le debe el sacrificio del rescate de don Miguel, su nombre merece, por tanto, ser conocido: fray Juan Gil y, acaso también la fecha para no perdernos en la biografía: 19 de septiembre de 1580. Pero no sólo poseemos el acta de rescate, sino también otro documento esencial conocido como La información de Argel, memorial levantado a instancia del propio Cervantes donde se recoge lo acontecido durante su cautiverio, ratificado por testigos, y cuya principal razón estribaba en dejar constancia de que nuestro cautivo se había mantenido firme en sus creencias y de los apuros pasados por su fidelidad a la monarquía. Muy al caso viene las explicaciones de Fernández Álvarez sobre los profundos cambios que en España se han producido cuando Cervantes regresa, y es que “los hombres de Lepanto eran ya historia”, la vertiente oceánica había sustituido a la mediterránea a consecuencia de las negociaciones de paz con el sultán turco y la anexión de Portugal al acceder al trono portugués Felipe II. Cinco años de servicio a la monarquía en los tercios, cinco más de cautiverio y el quedar tullido del brazo izquierdo, bien merecerían alguna merced. En el desagradecimiento con el que el sacrificio es recompensado se evidencia la grandeza de Cervantes, que si acepta el encargo menor de dirigirse a Orán por cuenta de su majestad y ponerse en riesgo de caer, de nuevo, en poder de los corsarios berberiscos, no es sino por el gran aprecio que siente por su España. ¿Pero cuál era la misión de Cervantes? Álvarez Fernández sugiere que Mateo Vázquez utilizó a Cervantes, al héroe de Lepanto, para cerrar un ciclo de la historia, el ya anunciado de centrar la atención en la orilla atlántica y abandonar el frente del Mediterráneo. Las órdenes del Rey que Cervantes debía transmitir a Orán eran de prudencia, de vigilancia y también de mesura: la monarquía estaba ocupada en obtener el trono portugués y, por tanto, muy lejos de enviar socorro alguno. El fracaso posterior durante su estancia en Lisboa de obtener nuevo cargo o empleo, define al personaje que abandona la espada y toma la pluma. Estamos en el otoño de 1582 y Cervantes regresa a Madrid.


Comienza la época de La Galatea, de La Numancia y de Los tratos de Argel, la primera aparece publicada en 1585 y las otras dos se cree que pertenecen al mismo período de creación que la primera. El patriotismo que es sin género de dudas el pilar de estas dos piezas teatrales, lo es también de la propia conducta de Cervantes como tuvimos ocasión de indicar al aceptar esa misión tan poco brillante como la misión en Orán. Por esas contradicciones que la vida trae y lleva, el discreteo del amor con el que los pastores se entretienen en La Galatea, guarda una difícil armonía con la vida sentimental de Cervantes: una hija natural, Isabel, le nacerá de su relación con Ana Franca, mujer casada, el 19 de noviembre de 1584; y un mes después, el 12 de diciembre de 1584, Cervantes contrae un matrimonio apresurado con Catalina de Salazar, natural de Esquivias, lugar donde Cervantes forma su hogar. Y sin que separamos muy bien por qué, en 1586 Cervantes abandona la pluma y al año siguiente, por abril, a la esposa.

Aquel año de 1587 trajo dos hechos que movieron al Rey a decidir la invasión de Inglaterra con la Gran Armada: la ejecución de María Estuardo y el saqueo de Cádiz por parte de Drake. Debía Cervantes ser muy consciente de que con su abandono del hogar, dejaba a su esposa en una difícil situación jurídica y para subsanarla otorgó en Toledo un poder a su favor el 28 de abril de 1587, cabe preguntarse por el medio empleado para hacer llegar el poder a Catalina de Salazar y si anexo al mismo no remitiría Cervantes una carta que explicara tan extraña decisión, que no queda cabalmente justificada por la referencia al patriotismo de Cervantes de contribuir a la gran aventura contra Inglaterra. El verano de 1587 lo pasa Cervantes en Sevilla en la posada de su amigo Tomás Gutiérrez de Castro, aunque no sabemos de sus medios de vida. Fernández Álvarez apunta la posibilidad del juego hasta que llegó el nombramiento de comisario de abastecimientos para avituallar la armada. No pocos sinsabores le reportó a Cervantes este oficio nuevo de abastecedor real, su honor quedó en varios ocasiones mancillado y la derrota de las naves españoles, negó razón a los sacrificios. Es muy probable que la desilusión, como apunta Fernández Álvarez, llevara a Cervantes a dirigir al Rey el famoso memorial de 1590 en solicitud de “un oficio en las Indias”. La respuesta negativa le obliga a continuar con las requisas. El corregidor de Écija, Francisco Moscoso, acusa a Cervantes de vender trigo a particulares y lo encarcela durante unos días en Castro del Río; incluso el mismo proveedor general Pedro Insunza sufre idéntica acusación y Cervantes dirige al Rey una carta autógrafa que se conserva, saliendo en defensa de su superior, el detalle es de la máxima importancia. Parece que a cuenta de esta atrevida carta anduvo Cervantes vacante algún tiempo hasta mediado el año 1594 en el que recibe el encargo de recaudar las contribuciones del reino de Granada y la zona de Málaga. Verdaderamente ducho en desgracias Cervantes entrega un cuarto de millón de maravedíes al mercader Freire para evitar viajar hasta la corte con tan importante suma de dinero, alzándose aquel con los dineros reales, aunque en esta ocasión logra librarse de la cárcel, esta le espera entre el otoño de 1597 y abril de 1598 en Sevilla por orden del Rey pues hay un descuadre en las cuentas de Málaga. Bien entrado el año de 1604 Cervantes se reúne con las cervantas y todos juntos, no deja de sorprender este hecho, más las dos viudas de los poetas amigos de Cervantes Esteban de Garibay y Pedro Laínez, a saber, doña Luisa de Montoya y doña Juana de Gaitán, se van a vivir a Valladolid, a la nueva corte. Pero este año de 1604 lo es también de la paz entre España e Inglaterra, es revelador que hubiera de esperarse a que los dos rivales, el rey Felipe II y la reina Isabel I abandonaran la tierra para que la paz fuera posible, una paz que se extiende después a Francia con el magnicidio del belicoso Enrique IV y también a Flandes con las treguas por doce años. Es, por tanto, en este ambiente de aparente paz donde Cervantes va a quemar sus últimos años de vida. ¿Supo anticipar el futuro que a la abandonada España le aguardaba? La pregunta es sugestiva, pero la respuesta es incierta. El fallecimiento de sus hermanas Andrea en 1609 y Magdalena en 1611 y la ruptura de su hija Isabel con la familia, debieron causar una honda tristeza a Cervantes que después del incidente Ezpeleta regresó con la Corte a Madrid, donde residió a partir de 1606 en al menos tres direcciones distintas: en la calle Magdalena, en las inmediaciones de la calle Toledo y en la calle del León.   

La amenaza del  Gran Turco que reaparecerá en las primeras páginas de la segunda parte del Quijote, no se compadece con la realidad pues precisamente es este un período de paz como queda dicho, y más parece que el cura trataba de excitar el magín de don Quijote. Y de una amenaza ficticia podemos salta a otra, la del no menos grande Sancho Panza al frente del gobierno de su ínsula, que los tiempos del Quijote lo son de la España señorial donde, nos advierte Fernández Álvarez, “los grandes señores detentaban también la administración de Justicia, por delegación regia” y podían nombrar libremente gobernadores de sus dominios. Falso el mago Merlín que procura el encantamiento de Dulcinea, falsos los azotes de Sancho y falso el Quijote del “escritor fingido y tordesillesco”, pero cierto el poco camino que a Cervantes le resta por recorrer. No importa que “muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes”.


Quizás el mayor acierto de Fernández Álvarez sea el de ofrecernos a Cervantes como un personaje histórico en íntima trabazón con el devenir de la época y si, como él mismo reconoce, hay autores, por ejemplo de Canavaggio, que manejan con mayor soltura los textos cervantinos, el fuerte enraizamiento de Cervantes en el momento histórico que le tocó vivir, hace que el historiador se encuentra en una situación privilegiada para trazar la semblanza del Príncipe de las Letras. La biografía de Fernández Álvarez es, sin lugar a dudas, un referente, tal vez sea hora de que los historiadores llenen las fuentes secas de los filólogos. Una cabal y honda comprensión de la obra de Cervantes ha de pasar necesariamente por el siglo del Quijote.  
      

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los preliminares de la segunda parte del Quijote.



Hay algunas cosas que no debemos de pasar por alto en los Preliminares de la Segunda Parte. Lo primero en lo que se repara es en el título de la portada, pues el “ingenioso hidalgo” se ha transformado en “ingenioso cavallero”.  Lo más probable es que esta mutación se daba al proceso editorial pues, tal y como señala Francisco Rico, tal variante de caballero hablando de su ingeniosa criatura, no suele ser usada por Cervantes. Después de la tasa y de la fe de erratas, aparecen nada menos que tres aprobaciones, recordaremos que ninguna aprobación figuraba en la Primera Parte, lo que suele achacarse a olvido o simplemente que no estuvieran a mano. Quizás convenga aclarar estos extremos. Con el término aprobación se hace referencia a la licencia para imprimir, es decir a la censura. Solían ser dos: la religiosa y la civil, en nuestro caso las que firman Cetina y Valdivielso. La que sorprende es la tercera, la de Márquez Torres, por ser del todo superflua y, dado su contenido, algunos cervantistas han visto en ella, disfrazada, la pluma de Cervantes. Como agudamente apunta Canavaggio llama la atención que los caballeros franceses llegados a la Corte, no mencionen la primera parte del Quijote y se refieran a la Galatea y a las Novelas, parece que Cervantes prefería no aparecer como autor de la historia de un loco. 

Tras el privilegio aparece el prólogo al lector. Sabemos ya de la extraordinaria importancia de los prólogos en la obra de Cervantes y de la novedad que anuncian siempre. En este, Cervantes cita al lector para que sea testigo de su disputa con “el autor del segundo Don Quijote”, esto es el de Avellaneda. Lo que Cervantes no tolera es que aquel le haya tratado de viejo y manco, que ni está de su mano detener el tiempo ni perdió la izquierda en riña de taberna. La dedicatoria merece una atenta lectura, en ella nos encontramos con otro de esos maravillosos inventos cervantinos: una carta escrita por el emperador de China en lengua chinesca y enviada por un propio (no sabemos sino chino o español), dirigida al mismísimo Cervantes con el ruego de que funde algo así como un Instituto Cervantes. La cosa quedó aplazada. 


martes, 10 de septiembre de 2013

Cervantes, genio y libertad. Alfredo Alvar Ezquerra.






Alfredo Alvar Ezquerra parece consciente de la difícil y, a la vez, gustosa empresa que aborda al publicar una biografía de Cervantes. Reconoce, en realidad como todos los que han emprendido semejante tarea en los últimos sesenta años, su enorme deuda con la gran biografía de Astrana Marín, pero esboza algunas cuestiones interesantes. Quizás la más llamativa sea la afirmación de que Cervantes era un hombre “con ganas de integrarse plenamente entre los suyos”, lo que vale también por buscar un lugar en la sociedad.
Hay que detenerse, primeramente, en el abuelo de don Miguel, el abogado Juan de Cervantes que hacia 1504 contrajo matrimonio con Leonor Fernández de Torreblanca, la cual traía una una sustanciosa dote de cincuenta mil maravedíes. Juan de Cervantes desempeñó las Tenencias del Corregimiento de Alcalá de Henares, de Córdoba y de Cuenca. De su paso por esta última se conserva documentación de las más de veinte demandas que sufrió por abusos de autoridad. Más tarde, en 1527, es nombrado alcalde de las Alzadas de Guadalajara donde permanece hasta 1532. Nuevo pleito, en este caso por ciertos amores de la hija de Juan, María, con un bastardo del duque del Infantado (los Hurtado de Mendoza), a su vez mentor del mismo don Juan. El asunto se saldó con la cárcel para Juan de Cervantes y una sustanciosa indemnización para su hija María. De vuelta a Alcalá, los Cervantes hacen vida de hijosdalgos con los maravedíes de la compensación. Como los nombramientos siguen menudeando, la familia se divide: Juan se marcha a Cabra con su hijo Andrés y Leonor se queda en Alcalá con Rodrigo, y aunque acabarán ambas partes de la familia coincidiendo en Córdoba, las casas seguirán separadas, razones tendrían para ello. El testamento de don Juan aclara algo: la herencia pasa a su amante, María Díaz.
Rodrigo, el padre de Miguel de Cervantes, sordo y poco brillante, acabó por elegir la profesión de cirujano. En 1542 hizo un matrimonio ventajoso con la rica heredera Leonor de Cortinas de Arganda, localidad vecina de Alcalá. El matrimonio se carga de hijos y se marcha a Valladolid, donde en 1552 Rodrigo sufre cárcel por deudas. Excarcelado, Rodrigo busca refugio en la ciudad de los Cervantes, Córdoba, pero no viaja en compañía de su mujer e hijos, sino de su madre Leonor. Allí, ambos, coincidirán con Juan de Cervantes, con su amante y con Andrés, el hermano de Rodrigo. Vivió hasta los setenta y cinco años, edad avanzada para la época, pero su vida no fue tranquila, huyendo de un sitio a otro por los préstamos impagados.

Las hermanas de Miguel de Cervantes no tuvieron un mismo destino. Unas, Andrea y Magdalena, parece que vivieron como meretrices, y  la otra, Luisa, profesó en la nueva orden de los Carmelitas Descalzos que ni exige dote ni mira la pureza de la sangre. Rodrigo, nacido tres años después de Miguel, compartirá con este el cautiverio de Argel (1575). Después se entregó a la vida de soldado, fue ascendido a alférez en 1583 y murió de un arcabuzazo el 2 de julio de 1600 en la batalla de las Dunas que supuso la primera victoria importante de Mauricio de Nassau al frente de los protestantes de las Provincial Unidas.  
No hay rastros documentales de la instrucción que recibió Cervantes y la única referencia es la del humanista López de Hoyos que si ha pasado a la historia ha sido gracias a ser considerado maestro del complutense. Alvar reprocha a Rodríguez Marín y a Astrana que se hayan inventado el paso de Cervantes por las aulas de los jesuitas en Córdoba y Sevilla. Probablemente esto sea una consecuencia del largo debate sostenido por los cervantistas sobre si estamos o no en presencia de un “ingenio lego”, esto es, qué tipo de instrucción recibió Cervantes. Hace aquí Alvar un interesante excurso que intentaremos resumir. Ciertamente Cervantes enmascara su autoría hasta el punto de convertirse en narrador de un encuentro en el que por medio real compra su propio libro y no pareciéndole suficiente el precio, añade dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo con las que pagar al traductor. Solo a un lector empedernido, los famosos “papeles rotos de las calles” se le podría ocurrir esta forma de autoría que convierte al escribidor en tan buen lector, por cierto de una historia en la que por leer se pierde el juicio. Papeles que dan la vida, como asegura Juan Palomeque en el capítulo XXXII de la primera parte del Quijote. Luce Alvar una buena observación cuando asegura la bibliofilia de Cervantes y no es solo que cite y hable constantemente de libros y lecturas, sino que parece conocer imprentas y caligrafías. El reproche del “mal citar” que a veces se le hace no respeta la propia estructura de la novela. Sin embargo, aunque cabe reconocer en Cervantes un evidente dominio de las letras en su más amplio sentido, no hay base documental suficiente, al margen de las conjeturas, para afirmar que estemos en presencia de un “gran bibliófilo y un individuo muy instruido”, tal y como indica Alvar.


De 1571 a 1575 son los años de la milicia en la aventura de Italia. Del conjunto de textos que cita Alvar cabe citar como ejemplo de la indudable añoranza que Cervantes siente de esos años, el recogido en El licenciado Vidriera: “Puso las alabanzas en el cielo de la vida libre del soldado y de la libertad de Italia; pero no dijo nada del frío de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos…” Para Felipe II 1568 se convierte en un año difícil. El nuevo sultán de Constantinopla, Selim II, ataca Chipre; los moriscos se sublevan en la Alpujarra lo que hará que por primera vez los tercios tengan que entrar en la península ibérica; muere el príncipe de Asturias y también la reina, Isabel de Valois. Las llamadas de socorro del papa Pío V no dan resultando hasta 1571 con el nacimiento de la Liga Santa (España, Venecia y Roma): ¡Lepanto! Cervantes combate en el tercio del capitán Diego de Urbina bajo las órdenes del almirante Andrea Doria. De “aquella felicísima jornada” nos dejó Cervantes un magnífico testimonio, el que da el cautivo en el Quijote (I, XXXIX). Y no bien repuesto de sus heridas, vuelve Cervantes a enrolarse en el tercio de Diego de Urbina y en el de Manuel Ponce de León, después, recorriendo las costas mediterráneas tras la escuadra de Uchalí, el rey argelino. Por voz del cautivo cuenta Cervantes la oportunidad perdida en Navarino, la exitosa campaña de don Juan de Austria en Tunez y su pérdida más tarde, en 1574.  Pero entre tantas campañas, nos sigue llamando la atención el no saber por qué Cervantes dejó de servir al cardenal Acquaviva para hacerse soldado.


En el verano de 1575 Cervantes decide regresar a la Corte y don Juan de Austria le proporciona cartas de recomendación. Embarcado en la galera Sol, un renegado de origen griego, llamado Dalí Mamí, apodado el cojo, apresa la embarcación junto a las costas de Cadaqués o Palamós. Asegura Alvar que es este Dalí Mamí el amo de Cervantes aunque no cita las fuentes. Las cartas de recomendación hacen creer a Dalí Mamí que está en presencia de un “cristiano de alto grado” y pide quinientos ducados por su rescate, un precio desorbitado. Leonor de Cortinas obtiene del Consejo de Cruzadas, haciéndose pasar por viuda, una ayuda de sesenta ducados, treinta por cada uno de sus hijos, pues también Rodrigo está cautivo. La venta de los bienes de la familia y las ayudas no alcanzan sino para rescatar a Rodrigo que obtiene la libertad en 1577. Es muy posible que fuera Rodrigo quien portara la famosa epístola escrita por Cervantes y dirigida al secretario real Mateo Vázquez de Leca, la cual aunque Alvar cita como perdida, parece haber sido redescubierta y reivindicada. Sea o no auténtica la misiva poética cervantina, lo cierto es que Mateo Vázquez, envuelto en aquel momento en la lucha por el poder con el famoso Antonio Pérez, nada hizo por ayudar a Cervantes a quien a buen seguro conocía aunque no fuera más que de la relación existente entre su protector, el cardenal Espinosa, y López de Hoyos. Intentos de fuga frustrados y cuando ya todo estaba perdido, pues el rey Hasán había decidido partir hacia Constantinopla y llevarse consigo a aquel cautivo rebelde llamado Cervantes, de pronto, la providencia personificada en fray Juan Gil llega para hacer efectivo el rescate, es septiembre de 1580 y Cervantes nada más recobrar la libertad pide a fray Juan Gil que con testigos se haga un memorial de su cautiverio para presentarla en la Corte, es la conocida como Información de Argel que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla.

En1581 hay constancia de que Cervantes es enviado “a cosas del servicio del rey”, se supone que fue de espía a Orán. Terminada la misión Cervantes pide por primera vez cargo para pasar a Indias, conservándose una carta dirigida a Antonio Gómez Eraso, secretario del Consejo de Indias. Parece que comienza a escribir La Galatea que no se publica hasta 1585 y que Cervantes dedicó al cardenal Ascanio Colonna. Pero antes del primer hijo libresco le nacerá a don Miguel una hija de sus amoríos con Ana de Villafranca. Cabe suponer que Cervantes permanece en Esquivias después de su matrimonio con la lugareña Catalina de Salazar Palacios en diciembre de 1584. De lo que sí hay rastro documental es de Cervantes en Toledo en 1586 arreglando unos arriendos de su suegra, ocasión que los cervantistas aprovechan para soñar con un encuentro con el Greco. En 1587 Cervantes abandona Esquivias o más propiamente dicho el hogar familiar, Alvar afirma siguiendo a Martín de Riquer que por entonces su esposa ya le era infiel. La base parece un poco débil: el pasaje del Quijote de Avellaneda donde se dice que los maridos engañados se fortifican en el castillo de san Cervantes.

Parece que está ya en Sevilla cuando en septiembre de ese año Drake asalta Cádiz y se comienza a hablar de que el Rey prepara una Gran Armada contra la Inglaterra de Isabel I que en febrero había ejecutado a la la católica reina de escocia, María Estuardo. Diego de Valdivia alcalde del crimen, esto es miembro de la Audiencia con poderes ejecutivos y judiciales, le encomienda a Cervantes la requisa de trigo en Écija y aunque es delegado real, el clero acaba excomulgándolo por dos veces. La Gran Armada, que no la invencible, resultó un fracaso, que no un desastre, y buena parte del mundo pensó que si Dios había negado la victoria no era porque se situara al lado de los protestantes, sino por los muchos pecados de los católicos, al menos eso debió pensar el jesuita Ribadeneira cuando editó su Tratado de la tribulación.  El 21 de mayo de 1590 se recibe en el Consejo de Indias el memorial de Cervantes solicitando oficio en América: contador del Nuevo Reino de Granada en Venezuela, gobernador de la provincia de Soconusco en Guatemala, contador de las galeras de Cartagena o corregidor en La Paz. “Busque por acá en qué se le haga merced” fue la respuesta. Vuelve Cervantes a las requisas por tierras de Jaen y Córdoba, porque el fracaso de la Gran Armada no ha hecho olvidar la necesidad del propósito. Después de cierta acusación que se lanzó contra Pedro de Usanza (Isunza) Lequeito, superior de Cervantes en la comisión, y que este salvo parece que con honradez, Cervantes pasó por varias parroquias de Sevilla. En agosto de 1592 Cervantes firma contrato con el empresario de comedias Rodrigo Osorio con el encargo de entregar seis nuevas a razón de cincuenta ducados por cada una, sin que tengamos constancia de su cumplimiento. Miguel de Oviedo que fue el sucesor de Usanza, muerto en 1593, ratificó a Cervantes como comisario de los embargos “en doce leguas a la redonda de Sevilla”, pero sabemos que recorrió buena parte del sur de la península desde la pacense, hoy, Llerena a Baza, Motril, Salobreña o Ronda. Tras el susto de principios de 1595 cuando el banquero Simón Freire huye con el dinero que había depositado Cervantes, siete mil cuatrocientos reales, llega la pesadilla de 1597. Las cuentas de las partidas de Vélez-Málaga no cuadran según los contadores y a Cervantes se le reclaman 79.804 maravedíes. El fiador, Suárez Gasco, logra quitarse de en medio y Felipe II emite real cédula ordenando que Cervantes acuda a rendir cuentas “y no dándoos las dichas fianzas, le prenderéis y enviaréis preso y a buen recaudo a la cárcel”. Por error, a Cervantes se le exige fianza no por los cerca de ochenta mil maravedíes que debe, sino por el total de la comisión, más de dos millones y medio de maravedíes. En septiembre u octubre de 1597 es encarcelado en Sevilla. Entre esa fecha y abril de 1598 que es liberado, según opinión dominante, se gesta el Quijote. ¿De qué vivió Cervantes al salir de la cárcel? ¿Por qué no regresó junto a su mujer? No lo sabemos. Conocemos que se quedó en Sevilla donde colgó del túmulo real aquel famoso soneto, el que comienza: “!Voto a Dios que me espanta esta grandeza”, y termina: “Miró al soslayo, fuese, y no hubo nada”. Una mordaz crítica al reinado de Felipe II.


Ciertamente llegamos a los años decisivos, los años del Quijote. Alvar está convencido de la existencia de un Quijote “corto” que circulaba por manuscrito hacia 1604, otros tienen la creencia de un edición del texto antes de la que hoy consideramos la princeps como son Florencio Sevilla o Amezúa. Hay una carta de Lope de Vega fechada el 4 de agosto de 1604 en la que dice: “…pero ninguno [poeta] hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote”. Sugestiva, más por emocionante que por atrayente, es la tesis de Alvar que asigna como causa de la enemistad entre Lope y Cervantes, la broma que este le gasta escribiendo el anónimo Entremés de los romances, origen del Quijote. El protagonista de la obra, Bartolo, pierde el juicio y recién casado, abandona a su mujer y se marcha a darle batalla a Drake, y esto mismo, a salvo la enajenación, fue lo que hizo Lope que casó con Isabel de Urbina embarcándose, parece, en la Gran Armada.


Algo de prisa debía tener Cervantes por acabar la primera parte del Quijote, porque no bien lo hubo dado a la imprenta y recogido unos reales de adelanto de Robles, corre a Valladolid donde desde 1601 estaba la Corte. Llega en 1604 y se instala en la actual calle del Rastro (allí hay ahora una sala de exposiciones que se llama la casa Cervantes), pero no va solo, que se lleva a su mujer y su hija natural Isabel (fruto de la relación con Ana Franca), a sus hermanas Magdalena y Andrea y a la hija natural de esta, Constanza de Ovando, es decir “Las Cervantas”. La pregunta parece obvia, pero no tenemos contestación: no sabemos por qué. El 8 de abril de 1605 nace en Valladolid Felipe Dominico Víctor, el futuro Felipe IV. El hecho viene al caso porque para celebrar su nacimiento se celebraron festejos con recepción incluida a los ingleses, ya amigos después de la paz de Londres, y parece ser que Góngora compuso un famoso poema en el que se cita a “don Quijote, a Sancho y su jumento”, lo que indica que los personajes cervantinos, apenas unos meses después de su aparición, eran ya muy conocidos por el pueblo. Quizás convenga aclarar que los cervantistas en su mayoría están seguros de que la primera parte del Quijote apareció para las navidades de 1604-1605.
El 27 de junio de 1605 junto a la puerta de la casa de Cervantes, cae mal herido Gaspar de Ezpeleta, muere dos días más tarde y el alcalde de Casa y Corte manda a la cárcel a todos los habitantes de la casa y  a algunos otros, después se oyen un decena de testimonios y cien cosas más, pero todo el interés por averiguar lo que pasó se deshace después de que una dama declare, sin escribano, porque de proteger el interés de un escribano se trataba. Al poco, todos salen de la cárcel, desaparecen de la casa y el proceso se diluye en el olvido.

No parece estrictamente necesario alegar cambio, mudamiento o acaecer señalado para justificar la inscripción de Cervantes primero, en 1608, en la Hermandad de Esclavos del Santísimo Sacramento y, después, entre los profesantes de la Venerable Orden Tercera de los franciscanos. Muchos son los cervantistas que aseguran una profunda devoción mariana en el espíritu de Cervantes. Quizás el hecho de que Cervantes tenga ya más de sesenta años, una edad avanzada para la época, pueda hacer comprensible la atención que le presta a su alma. Antes de la segunda parte del Quijote publica Ocho comedias y ocho entremeses, aunque con seguridad seis de ellos están ya escritos en 1614, fecha en la que aparece Viaje del Parnaso. Del año anterior son Las novelas ejemplares. Si estas, las novelas, y aquellas, las comedias, aparecen dedicadas al conde de Lemos, no sucede lo mismo con el viaje que lo está a Rodrigo de Tapia, hijo del oídor del Consejo Real y consejero del Consejo de la Inquisición. Ciertamente que las dedicatorias y prólogos cervantinos merecen una muy especial atención y Porqueras Mayo se la ha prestado en sus Estudios sobre Cervantes y la Edad de Oro. Tiene la segunda parte del Quijote tres aprobaciones, pero es la última, la del licenciado Márquez Torres, la que encierra mucho del más autóctono pensamiento pesimista español. Avisa en el prólogo Cervantes que tiene ya casi dispuesto el Persiles y que prepara la segunda parte de la Galatea, pero no le plugo a Dios que esta última se diera a luz ni que Cervantes viera impreso el Persiles, que lo público póstumamente su esposa Catalina Salazar. Murió Cervantes el 22 de abril de 1616 y fue enterrado, con el hábito de San Francisco y el rostro descubierto, en el convento de las Trinitarias. Sus restos se han perdido, quedan sus obras.
El Cervantes de Alvar es desde luego personal, como el de cada uno; tiene momentos brillantes, en especial cuando trasmite la intensa emoción que le provoca la lectura de algunos pasajes y, curiosamente, también cuando deja al margen su estela cervantina y se concentra en resumirnos dos o tres siglos de historia. Entre los desaciertos, que los hay, quizás el más acentuado sea la insistencia machacona en ese modelo un tanto esteriotipado de un Cervantes heroico y ejemplar. Por ese asendereado desfiladero se le escapa el biografiado.