martes, 4 de febrero de 2014

El Mahabharata. Los Bharata.

         


            Parashara, célebre ermitaño, seduce a Satyavati, hija de un rey de los pescadores, en el curso de la travesía por el río Yamuna. El ermitaño hace surgir una niebla tan espesa que ni la noche pudo atravesarla y sustituyó el olor a pescado de Satyavati por un embriagador perfume, razón por la cual pasó a ser conocida como Ghandavati, la perfumada. Fruto de sus amores nacerá Vyasa en una isla del mismo río Yamuna donde fue concebido. Fue apodado Dvaipayana: “El que nació en la isla”. Vyasa nace para crear el gran poema de la India con la ayuda de Brahma. Este concede su bendición a Vyasa y para su redacción le envía a Ganesha, el dios con cabeza de elefante famoso por la belleza de su escritura, hijo del Gran Dios Shiva. Es el Mahabharata.

           


          Sauti, el narrador, se presenta ante un grupo de sabios y ermitaños en el bosque Naimisha, dispuesto a confirma la sospecha que corre entre ellos. Sí, efectivamente, Sauti ha escuchado el Mahabharata de labios de Vaishampayana, discípulo de Vyasa, mientras se hallaba en la corte del rey Janamejaya. Un día el padre de Janamejaya, el rey Parikshit, causó una humillación al brahmán Shamika y el hijo de este maldijo al rey, anunciando su muerte por el veneno de la serpiente Takshaka. El rey Parikshit tomó mil precauciones pero en el último instante del plazo, Takshaka logra darle muerte enroscándose alrededor de su cuello.
           
La acción de Takshaka, el príncipe de las serpientes, puso en guardia al rey de las serpientes, Vasuki, quien preocupado por la reacción de Janamejaya, decidió asegurar el futuro de las serpientes casando a su hermana Jaratkaru con un asceta del mismo nombre. El hijo nacido fue llamado Astika, era serio, inteligente y virtuoso. Como era de temer Janamejaya se acordó de su padre y el gran brahmán de la casa real consigió que los súbditos de Vasuki fueran arrojándose al fuego gracias a un encantamiento. Takshaka se refugió junto al dios Indra, pero este ante la insistencia de los brahmanes acabó cediendo y fue la intervención de Astika la que evitó que el príncipe de las serpientes se precipitara en el fuego.
           

Cuenta Sauti estando en este sacrificio apareció Vyasa, tataraabuelo del rey Janamejaya, y este le ruega que cuente la historia de los Kaurava y los Pandava. El discípulo de Vyasa, Vaishampayana, asegura que lo que no está presente en el Mahabharata no existe en otro lugar. Janamejaya arde en deseos de escuchar la historia completa. Y dijo Sauti a los suyos cómo empezó Vaishampayana a cantar la epopeya de los Bharata.
           
La historia comienza con el rey Dushyanta, padre de Bharata, quien un día organizó una cacería, en el transcurso de la cual y al internarse por el bosque halló a una joven en el interior de una cabaña de ermitaño. La joven le cuenta que un santo ermitaño llamado Vshvamitra había adquirido tales poderes que el mismo rey de los dioses, Indra, se mostró preocupado y decidió mandar a la ninfa Menaka para que lo sedujera. La ninfa alumbró a Shakuntala que fue recogida por el sabio Kanva y criada en el bosque. El joven rey pidió a Shakuntala que fuera su esposa y esta aceptó con la condición de que su hijo fuera el heredero del reino. El hijo se crió entre los ermitaños y se llamó Bharata y reinó con tanta diligencia que fue tomado por modelo por sus sucesores, los Bharata, y por todos los habitantes del país, el país de Bharata.


 
El vigésimo segundo rey que sucedió a Bharata fue Shantanu, el Pacificador, que poseía la rara cualidad de devolver la paz a las almas, tal vez porque el sabio Mahabhisha había elegido a Shantanu para renacer en la Tierra, después de que un incidente en el cielo de Brahma condenara a Mahabhisha y a la diosa Ganga a descender adonde reina el sufrimiento.

La bella diosa del río Ganges, es decir Ganga, en su camino hacia la Tierra encontró a los ocho Vasu que también habían sido desterrados y para aliviar su sufrimiento obtuvieron de Ganga la promesa de que serían que arrojados al agua en cuanto nacieran, a excepción de uno de ellos que habría de quedarse en la Tierra.

Shantanu prendado de los encantos de Ganga acepta la condición que esta le impone para convertirse en su esposa: no hacer preguntas, pues aquella sabía que su compromiso con los Vasu no sería entendido por Shantanu. Mantuvo este su promesa hasta el nacimiento de su octavo hijo, momento en el cual ante el temor de que también este acaba en las aguas del río, faltó a la palabra dada y le pidió explicaciones a Ganga quien abandonó a Shantanu llevándose consigo a Devavrata, “promesa divina”, el hijo que no regresó al lado paterno hasta que se hubo convertido en un noble joven.

Devavrata renuncia al trono y al matrimonio, para que su padre, Shantanu, pudiera unirse a Satyavati, ya que el padre de esta, el rey de los pescadores, había impuesto como condición para permitir la unión que su nieto fuera el único heredero. Tan sobrehumano fue el sacrificio de Devavrata que desde entonces fue llamado Bhishma, “El terrible” y Shantanu lo bendijo diciéndole que viviría tanto tiempo como quisiera.


Shantanu y Satyavati vivieron muchos años felices y tuvieron dos hijos, Citragada, el mayor, que reinó poco tiempo tras la muerte de su padre, y Vichitravirya. Como a la muerte de su hermano Vichitravirya era aún menor, Bhishma se hizo cargo de la regencia y buscó esposa para su hermanastro. Vichitravirya se casó con dos hermanas, Ambika y Ambalika, hijas del rey de Kashi. Sin embargo, murió joven, víctima de la propia pasión que sus esposas despertaban en él, y sin descendencia. Satyavati rogó a Bhishma que olvidara su promesa de celibato y se uniera con las viudas de su hermanastro, pero Bhishma rehusó. Así pues, no le quedó otra solución a Satyavati que llamar a su hijo Vyasa y se cuenta que para recibirlo primero saludó al anacoreta con respecto y después al hijo con amor. Vyasa consiente en remediar el peligro de un reino sin rey y yace con cada una de las esposas de su hermanastro Vichitravirya. Vyasa no era atractivo y Ambika cerró los ojos cuando lo vio entrar en su lecho y no los volvió a abrir hasta que se fue. Vyasa dijo: “El hijo deseado nacerá, tendrá la fuerza de mil elefantes y será padre de cien hijos, pero será ciego por el pecado de su madre. Su nombre será Dhritarashtra”. La segunda esposa, Ambalika, no cerró los ojos, pero palideció y tembló cuando vio al rudo Vyasa. Su hijo se llamó Pandu y nació pálido y enfermizo. Styavati le rogó a su hijo que, dadas las circunstancias, volviera a yacer con la primera esposa. Ambika simuló aceptar, pero la noche del encuentro se hizo reemplazar por una sirvienta. Su hijo sería sabio entre los sabios y la gloria le sonreirá, se llamara Vidura. Así la satya-yuga, la edad de oro o edad de la verdad reinó sobre la ciudad de Hastinapura. Bhishma educó a sus tres sobrinos como si fuera hijos. Ni Dhritarashtra por ciego, ni Vidura por bastardo, podían reinar así que el elegido fue Pandu.

Dhritarashtra se casó con Gandhari, quien desde entonces se colocó una venda en los ojos diciendo: “¿Por qué voy yo a ver el mundo si mi marido no lo ve?”.


Pandu tuvo dos esposas, Kunti y Madri. Kundi ya tenía un hijo cuando se casó con Pandu, era el hijo de Vivasvat, el dios del Sol, su nombre fue Karna y nació recubierto con una armadura adherida a la piel. Karna fue criado por Adhiratha, la mujer de un carretero. La segunda esposa, era costumbre que el rey tuviera dos mujeres, fue Madri, pero temeroso el rey de que se repitiera la historia de su tío Vichitravirya, no pasó más de treinta días con sus dos esposas. Después partió a la guerra y como regreso victorioso fue apodado “el león de Hastinapura”. Sin embargo, poco después cayó sobre Pandu una extraña maldición: moriría se si acercaba a sus esposas como marido. Entonces Kunti recordó que tenía el poder de invocar a cualquier dios y primero llamó al dios de la Virtud, Dharma, y concibió a Yudhishthira que será un modelo de virtud entre los hombres; luego llamó al dios del Viento, Vayu, y el segundo hijo de Pandu se llamó Bhimasena, tan fuerte como un gigante; finalmente el invocado fue Indra y el tercer hijo se llamó Arjuna que será invencible. Madri se quejó y Kunti le transmitió la formula de evocación, así Madri concibió a dos gemelos, Nakula y Sahadeva, que por su belleza e inteligencia superarían a los gemelos divinos Ashvin. Estos son los cinco hijos de Pandu, los Pandava.

Por su parte Dhritarashtra tuvo cien hijos y una hija, todos nacidos del interior de ciento un calderos en los que Vyasa había introducido un trozo de carne cortada de una bola de carne desprendida del vientre de Gandhari. El primogénito Duryodhana trajo muy malos augurios y aunque el sabio Vidura le aconsejó que no le reconociera, Dhritarashtra no renunció a su hijo. Estos son los cien Kaurava.

martes, 14 de enero de 2014

Epístolas morales a Lucilio (10). Séneca.



Catón el viejo
Catón el de Útica.

Sexagésima cuarta.-
Séneca se entusiasma con la obra de Quinto Sextio. Tiene su justificación porque este fue el maestro de Soción de Alejandría que a su vez lo fue de Séneca, para quien los textos de Quinto le dejan “lleno de enorme confianza”. Pero la figura de Séneca es tan grande que empalidece la de sus mentores intelectuales; su espíritu, que es capaz de contemplar a un tiempo la sabiduría y el mundo como si lo viera por primera vez, se preocupa por “incrementar las riquezas [culturales] recibidas”, como un buen padre de familia. Y es que el conocimiento siempre es nuevo aunque haya sido descubierto hace mil años, porque “a mortal alguno…, le faltará ocasión de aportar algo todavía”. La veneración que Séneca siente ante hombres tan ilustres como Platón, Sócrates, Zenón o los dos Catones [Catón el Censor o Viejo, famoso por su severidad, y Catón el de Útica, todo un dechado de perfección para Séneca, según nos aclara Roca Meliá], le hace ponerse de pie. La grandeza de la ejemplaridad.

Sexagésima quinta.-
Lucilio, árbitro de la disputa filosófica iniciada por Séneca en conversación con amigos, ha de seguir con atención la epístola. Los estoicos parecen distinguir entre la “materia que yace inerte” y “la causa, es decir, la razón [que] configura la materia”. El bronce y el escultor. Aristóteles añade a la causa de los estoicos otras dos: la formal y la finalidad, o sea, el peculiar aspecto que la estatua tiene en función de la idea del artista ejecutante, y aquello que ha impulsado al escultor a trabajar. Platón añade otra causa para que el total quede en cinco, naturalmente que se refiere a la idea, al modelo que está en la mente del artista y que “no sufre detrimento”. Séneca prefiere la versión estoica, Platón y Aristóteles o se exceden o se quedan cortos, que se dirige directamente a “la razón creadora”. El resto o no son causas o les falta la condición de eficientes. Porque “existe gran diferencia entre la obra y la causa de la obra”, es necesario que en primer lugar me examine “a mí mismo, luego a este mundo”. Y al mismo tiempo, en una suerte de misticismo contemplativo, el alma quedará liberada de la prisión del cuerpo gracias a la filosofía. Sin embargo, el cuerpo, “morada expuesta a los golpes [donde] habita un alma libre”, merece cierto respeto, como el mundo al que se asimila. La epístola está impregnada de una dignidad apabullante.

Sexagésima sexta.-
La virtud que “se origina en cualquier lugar” y que podría “producir almas desnudas”, puede salvar los obstáculos de un cuerpo deforme, cual es el caso de Clarano, un condiscípulo de Séneca. Iguales los bienes, las obras, los hombres, las virtudes, pues todo proviene de la razón divina. Lo mismo el que se abrasa en el toro de Fálaris (tormento que se debe a la crueldad del tirano de Agrigento y que consiste en introducir a los condenados dentro de un toro de bronce y abrasarlos), que el que está “recostado en un banquete”, porque la virtud, si es tal, “anula sus diferencias”.  Y así “el hombre de bien se asegurará sin ninguna demora a realizar toda bella acción…, aunque allí encuentre al verdugo”. Nada importa, ni la fortuna ni el cuerpo vigoroso, dice Séneca, que eso “supondría juzgar al señor por el aspecto de sus esclavos”. “En efecto, todas esas cosas sobre las que el azar ejerce su dominio son como esclavos: el dinero, el cuerpo, los honores son cosas débiles…” Ciertamente Séneca es actual porque le habla al hombre, que es siempre el mismo. Tal vez la diferencia esté en la aguda sordera que padece el de nuestros días.  

Sexagésima séptima.-
Aunque muy avanzada ya la primavera, todavía le resulta tibia a Séneca que permanece en el lecho, desde donde pensamos que da respuesta a la carta de Lucilio. Le aclara que lo deseable no es la contrariedad, “sino la virtud con que soportamos la contrariedad”. La virtud consiste en sufrir con fortaleza el tormento, no en desear el tormento.

Sexagésima octava.-
Ni del retiro hay que hacer ostentación. Quizás fuera más exacto decir que el retiro solo es tal si está alejado de la ostentación y mueve más a la compasión que a la envidia. La edad madurada de Séneca, pasados los tiempos de las pasiones, es “el tiempo propicio para un bien tan grande”, como el que se deriva del retiro.

Sexagésima nona.-
Para que el alma repose, antes ha de estar el cuerpo arraigado a un lugar, los ojos desaprendidos y los oídos abandonados de todas las cosas que enardecen. “En el retiro tienes que vivir de balde”, sin recompensas y sin tiempo que “el que abandonas no te pertenece”.


Septuagésima.-
Séneca está de nuevo en Pompeya. Según advierte Roca Meliá ha transcurrido casi un año desde la última vez, es probable que esta circunstancia sumerja al estoico en las revueltas aguas del paso del tiempo. Pero “el sabio vivirá mientras deba, no mientras pueda”. Séneca presenta las dos alternativas: la de Sócrates que esperó la llegada del verdugo y la de Druso [Marco Escribonio Libón], que se anticipó a él. Todo está en función de las circunstancias. Séneca se muestra proclive a admitir el suicidio y argumenta, quizás demasiado esquemáticamente, que la vida a nadie retiene y admite muchas salidas, olvidando que en otras ocasiones (epístola trigésima), nos ha dicho que no es conveniente ir a la muerte odiando la vida. Nos quedamos con esta oposición de elementos. Si “nada importa dónde comienza lo que al fin llega”, ¿puede acaso cobrar importancia el final mismo?

domingo, 29 de diciembre de 2013

El Mahabharata. Los Kaurava y los Pandava.

                                                   Vshvamitra + MENAKA (ninfa)
                                                                      |
                                   Dushyanta  +  SHAKUNTALA
                                                      |
                                                  Bharata
                                                      |
         Parasha + SATYAVATI +  Shantanu (20º) + GANGA
                          |                       /        \                         |
                 (1)  Vyasa  Vichitravirya  Citragada     Devavrata·Bhishma



(1)
       Vyasa + {AMBIKA –criada- Y AMBALIKA} + Vichitravirya
                                  |             |                       |                          |
 Gandhari  +  Dhritarashtra      Vidura           Pandu (2)               Ø
                  |
   L O S   C I E N   K A U R A V A



(2)
   Vivasvat (*)  + KUNTI           +                      Pandu  + MADRI
        |                     /                    |                     /             |
Karna Yudhishthira (♠) Bhimasena (♣) Arjona (♥) Nakula y Shadeva (♦)
              ════ ═════ ═════ ═════ ═════ ═════ ════ 

                                    L   O   S       P   A   N   D   A   V   A


(*) Dios del Sol.
(♠) Hijo del dios de la Virtud.
(♣) Hijo del dios del Viento.
(♥) Hijo de Indra.
(♦) Gemelos hijos de los gemelos divinos Ashvin.







lunes, 23 de diciembre de 2013

La segunda parte del Quijote y el origen sanabrés de Cervantes.

LECTURA DE LA IIª PARTE DEL QUIJOTE

1. ALGUNAS IMPRESIONES.
Esta vez lo he leído despacio, un par de capítulos cada día, y he disfrutado de su lectura como del buen vino, un poco cada vez, los empachos se digieren muy mal. Y en algunos capítulos me he sorprendido a mí mismo riéndome de las anécdotas descritas. No voy a escribir un comentario de El Quijote, sino cuatro frases sobre aquellos aspectos que me han llamado la atención.

Risa me dio cuando su médico Pedro Recio Tirteafuera le mata de hambre por el bien de su salud, y ante este dilema pone en entredicho a los médicos: “que quiere que me muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de los buenos, palmas y lauros merecen”. (IIª parte. Cap. IL)
Sorprende el sentido común de Sancho cuando imparte justicia. A pesar de su incultura (“para qué necesito saber leer si sé firmar”), el sentido común probablemente se lo ha dado la práctica diaria a la que tiene que hacer frente el hombre rústico e inculto para salir adelante, la experiencia en los entresijos de la vida rural. Todo eso le ha dado un saber hacer.
El capítulo XXV sobre los rebuznos, le sirve a Cervantes como ironía de la política localista, pueblerina y corta de miras,  que se llevaba en su época y en la nuestra. Acertadamente desgrana la actitud que enfoca algunos detalles intrascendentes, que se defienden hasta sus últimas consecuencias, que nos hacen olvidar el objetivo principal y sus grandes beneficios.
París, hacia 1893. Dibujante: Charles Henri Pille. Grabador: Charles Gillot.
Otro aspecto que me ha impresionado es la miseria de la época, económica y cultural, que salpican muchos párrafos de la novela. Pobre economía de sustento la de la época:
-     Así cuando en el episodio del carro de los leones: “Por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.” (IIª parte. Cap. XXVII)
-     Iguales argumentos expresa Cervantes cuando Don Quijote destroza los títeres: “Mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda”. (IIª parte. Cap. XXVI)
-     “Me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla”.
-     Y otro ejemplo más es ante el hambre que socarronamente le hace pasar el médico: “Por orden del doctor Pedro Recio le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría", Sancho reacciona con un comedido deseo: "Cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas...” (IIª parte. Cap. LI).
La miseria cultural queda muy bien reflejada en los capítulos XLII y XLIII de la IIª parte, cuando Sancho dice:
o “Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C”.
o “Aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía mi nombre”.
o Puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor para que me los encaje”.


2. ORIGEN SANABRÉS DE CERVANTES.
La edición que yo he leído esta vez, está dirigida por Leandro Rodríguez, y  patrocinada por la Junta de Castilla y León y la Diputación de Zamora.
Yo no soy ningún versado cervantista, pero leyendo esta edición de El Quijote, la introducción, anotaciones, descripciones y comentarios que Leandro Rodríguez ha añadido, te llevan irremediablemente a concluir que efectivamente la cuna de Cervantes tuvo que ser la localidad de Cervantes de Sanabria (Zamora). Es demasiada la coincidencia de apellidos, gentilicios, topónimos, costumbres, parajes...
Este comentarista está convencido de que Cervantes nació en el pueblo sanabrés de Cervantes, y debido a su origen judío, tenía interés en ocultar sus raíces.
Las numerosas anotaciones a lo largo del libro, son precisas y encuadran muchos de los lugares, paisajes, tradiciones, pueblos, etc., ubicados en la comarca zamorana de Sanabria. También de la abundancia del apellido de Saavedra por esos lares, va desgranando numerosos detalles.
A media que he ido leyendo el libro y las 1258 notas que ha añadido Leandro Rodríguez para apuntalar su teoría, no me ha quedado más remedio que convencerme de ella. De entre los numerosísimos argumentos, reflejaré solo tres:
1. La aventura del rebuzno y la concordancia total de los gentilicios utilizados. En el capítulo XXVII Don Quijote dice: “¡Bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos, jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí”.
El gentilicio de los habitantes del pueblo zamorano de Prefacio es  “burreiros”, el apelativo que se da a los carballeses es cazoleros, berenjeneros a los de Rosinos, ballenatos a los de San Juan de la Cuesta, y jaboneros a los de Rozas. Unos y otros están cerca del pueblo de Cervantes de Sanabria.

2. El manifiesto que Don Quijote le envía a Sancho antes de su gobierno de la ínsula Barataria, reflejados en los capítulos XLII y XLIII. El contenido de estas normas coincide en gran medida con el SHULJÁN ARUJ (la más importante recopilación de normas de conducta contenidas en la religión judía. Su autor Iosef Karo nació en Toledo, en 1488.) Se han encontrado documentos manuscritos en esta comarca, que reflejan que los niños judíos sefarditas aprendían de memoria estos preceptos y reglas. 

3. ¿Dónde está Dulcinea?
            Don Quijote “rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada verso había de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de los versos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso”.
Siguiendo este deseo de Don Quijote, valga como guinda del acrónimo con el que Cervantes juega y esconde, y que aparece juntando la primera sílaba de los poemas con los que finaliza la primera parte: “el es en Sanabrya”.
Respaldan esta teoría de Leandro Rodríguez sobre el origen sanabrés de Cervantes, los archivos de Santa Colomba de Sanabria de 1570, donde  además de constar “Antonio de Montesino y su mujer Teresa Gorda”, y también consta una joven con el nombre de “Aldonza” o su padre “Lorenzo”.

3. DESPEDIDA.
Y acabar el libro da pena, se muere Don Quijote, ya no hay nadie a quien acudir para desfacer los entuertos. ¡Qué haremos ahora sin ese par de capítulos diarios que nos trasladaban al mundo caballeresco!

No me queda sino compartir el párrafo en el que muchos basan la esencia de la universalidad de El Quijote: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres." (IIª parte. Cap. LVIII).


Efrén ARROYO ESGUEVA


viernes, 20 de diciembre de 2013

El Quijote. Segunda parte. Capítulos LIII a LXXIV

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO TERCERO.-
Sancho triunfador con las letras durante los siete primeros días de su gobierno, fracasa estrepitosamente como hombre de armas. Empavesado como un galápago dentro de su concha, reza y suda por ver concluido el ataque enemigo contra su ínsula. Naturalmente que todo es burla, pero él no lo sabe y bueno de cabeza decide abandonar el gobierno. Besa al rucio, lo enalbarda y discursea para despedirse. De nada valen ruegos ni lamentos, con lo mismo que trajo se marcha.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO CUARTO.-
Un lacayo gascón llamado Tosilos, toma el lugar que le corresponde al hijo del labrador rico en el desafío de don Quijote. Pero el verdadero tema del capítulo es el encuentro de Sancho con Ricote, el tendero moro de su pueblo, que disfrazado ha regresado a España contraviniendo los decretos de expulsión de 1608 y 1609, para recuperar el tesoro que dejó enterrado al salir. Ricote aprueba el destierro de los moros, aunque reconocer ser el peor castigo para los que, como él, se sienten españoles. Sancho niega la ayuda que le pide Ricote, pues que mejor servicio ha abandonado esa misma mañana por referencia al gobierno de la ínsula Barataria a dos leguas del lugar del encuentro. Disparate, claro, le parece a Ricote la aventura contada, que ni hay ínsulas en tierra firme, ni es tanta la falta de hombres hábiles en el mundo para que Sancho sea gobernador. Pide por último Ricote noticias de su mujer y su hija. Por Sancho sabe el padre que un rico mancebo llamado Pedro Gregorio en persecución de su hija Ricota salió después de que esta abandonar el pueblo camino del destierro, hacia la Berbería.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO QUINTO.-
Sancho se lamenta como el rey Rodrigo del brusco giró que la vida da en un instante. Si gobernador aun por la mañana, la noche ha de pasarla en el fondo de una sima. Hecho el día, Sancho logra acceder a una gruta que comunica con la sima. “A veces iba a escuras y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo”, como se va en la vida. Piensa Sancho que esto que a él le parece gruta de sima, muy bien le resultaría a don Quijote palacios de Galiana. Buena razón para que Cide Hamete deje a Sancho y vaya en busca de don Quijote. Precisando Sancho testigo de vida para librar a don Quijote de purgatorios y almas en pena, el rucio rebuznó y en él se reconocieron todos. 

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SEXTO.-
El torneo o justa entre don Quijote y Tosilos en defensa del honor de la hija de la dueña doña Rodríguez termina antes de empezar y nuestro hidalgo pronuncia con cierto aire de alivio: “… quedo libre y suelto de mi promesa, cánsense enhorabuena…”. Claro que al descubrirse el rendido de amor, bien se ve que es lacayo del duque y no rico hijo de labrador, bellaquería dicen ellas, encantamiento replica don Quijote. Es Cervantes quien termina la historia, que si marido queríais, marido tenéis.  

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SÉPTIMO.-
Don Quijote y Sancho han terminado su estancia en la casa de los duques y es la quinceañera Altisidora quien los despide pidiendo devolución de tres tocadores y una liga: esta la llevaba puesta y aquellos los retorna Sancho. El destino siguen siendo aún las justas de Zaragoza.

CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO OCTAVO.-
San Jorge, san Martín, Santiago y san Pablo salen a recibir a don Quijote en el retorno a la libertad del camino. En platónica charla sobre el amor y la belleza marchan amo y escudero hasta caer en  las redes de la pastoril Arcadia recreada. Diserta don Quijote sobre lo bello que sería el mundo si estuviera poblado de hombres agradecidos. Palabras de mucha semántica, acaso de inspiración senequista que una manada de toros, cabestros y vaqueros borran del camino.

Tusell a partir de Doré. Viuda de Luis Tasso. Barcelona, 1905.
CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO NONO.-
Más agraviado que dañado queda don Quijote tras el paso de toros y cabestros. Y burla, ya sin duques, es que el ventero les sirva dos uñas de vaca para cenar. Dos caballeros huéspedes de la venta que leen la segunda parte del Quijote, la de Avellaneda, logran sacar a don Quijote de su apatía. Y hasta mudar viajes y destinos, pues para hacer mentira de lo que se cuenta en el apócrifo, don Quijote cambia el rumbo y abandonando el camino de Zaragoza, toma el de Barcelona.

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO.-
Don Quijote que no puede apartar de su pensamiento el descuido de su escudero con los azotes, se dispone a remediar la falta y retira las cintas que atan los greguescos cuando Sancho duerme. Villano y amo ruedan por el suelo en desigual forcejeo. No sabemos si es por encantamiento que nos acostamos en Zaragoza y nos levantamos en Barcelona: el encuentro con Roque Guinart.  Pero poco después de las presentaciones entre bandido y caballero, como llovida de esa nube de encantadores que persigue a don Quijote, aparece Claudia Jerónima, hija de Simón Forte, singular amigo de Roque, exponiendo que acaba de tirotear a su enamorado Vicente por faltarle a la palabra dada, aventura más de lanza que de predreñal. Asistimos con Sancho a apreciar la necesidad de la justicia aun entre los ladrones y con Roque al reparto del botín, la proporción entre las cosas y la distribución de las recompensas. 

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO PRIMERO.-
Con Roque entran en Barcelona don Quijote y Sancho y en la playa son recibidos por el fautor del bandolero, Antonio Moreno, acompañado de chirimías, atabales, algaraza de mayores que se confiesan servidores y de atrevidos muchachos traviesos causantes de los mil corcovos de las bestias que montan los recién llegados.

Ïdem.
CAPÍTULO SEXAGÉSIMO SEGUNDO.-
Tal es la fiesta, la de san Juan, y la alegría que Sancho estima haber caído en medio de otra boda de Camacho. Ya en la casa de Antonio Moreno, Sancho cuenta que ha sido gobernador de un ínsula y que “la goberné a pedir de boca”, cabe suponer que por el hambre que pasó. De un duque de Aragón a un caballero, noble hay que entender, de la Ciudad Condal y de la burla privada a otra pública con paseo por las calles con un sambenito pegado en la espalda. Aún le queda a don Quijote, antes de que Sancho y otros lo lleven en volandas a la cama, el molimiento y quebranto del sarao de damas descompuestas. Al día siguiente tiene lugar el episodio de la cabeza encantada. Visita luego don Quijote una imprenta. La plática que don Quijote mantiene con el traductor de Le bagatelle que este publica a su costa, bien merecería figurar en todos los contratos de edición bajo el nombre de cláusula de los ducados y los reales. Estudiosos del mundo entero y cuatro siglos de plazo, no han conseguido saber ¿por qué diablos hace Cervantes una segunda edición del libro de Avellaneda? ¿Es mofa o burla? ¿Acaso Cervantes lo consideraba con méritos suficientes para una segunda edición?

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO TERCERO.-
Don Quijote visita las galeras que guardan el puerto de Barcelona. Las muestras de respeto que el cuatralbo exhibe ante el manchego son reiteradas: el cañón de crujía y el grito ceremonial lo reciben, por la escalera de la derecha asciende a bordo y para su acomodo se disponen los bandines en popa. Burla, piensa el lector ya avezado en estas trampas cervantinas, pero ¿no son demasiadas las molestias que se toman don Antonio y el cuatralbo para que la chusma voltee a Sancho y asuste a don Quijote izando y arriando la entena? De pronto aparece un bergantín de corsarios y las galeras se disponen a su caza. Apresado por la galera capitana, el arráez de los corsarios resultó ser una mujer, llamada Ana Félix, la hija del morisco Ricote.

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO CUARTO.-
A punto de ser vencido, Cervantes nos presenta a don Quijote en la misma guisa que cuando entra en la venta y le habla al castellano, allá por el segundo capítulo de la primera parte, de arreos y armas, de descansos y peleas. El desafío del Caballero de la Blanca Luna ni “era de burlas ni de veras” y tan en suspenso quedó el visorrey como el propio lector, así pues ¡ea, densen! Menguado en la estima, quebrantado de las costillas y retirado de las armas por plazo de un año, queda don Quijote tras ser vencido.

Montaner y Simón. Barcelona, 1880-1883.
CAPÍTULO SEXAGÉSIMO QUINTO.-
El de la Blanca Luna es el bachiller Sansón Carrasco que después de tres meses se toma la revancha. La crítica se ha demorado en tratar de dar una respuesta atinada al hecho de que coincidan en este capítulo los seis días de cama que un deprimido don Quijote guarda tras la derrota, con el inverosímil desenlace de la historia de Ana Félix. No es solo al caso que estemos en presencia de un cuento con final feliz por el reencuentro de los enamorados, hay, sin duda, algo más, pues no es posible pasar por alto que un morisco, Ricote, permanezca como invitado en la casa del virrey de Cataluña o que tantos cristianos partan a la corte con buenas expectativas de lograr que Ricote y Ana Félix queden en España sin mérito que presentar. Más parece aventura de andante que cordura de virrey, justo cuando don Quijote se ve en el duro trance de atar las armas al rucio de Sancho y tomar el camino de regreso a su aldea.

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO SEXTO.-
El regreso está ya iniciado, Sancho se muestra tan discreto que hasta don Quijote pondera el cambio. El encuentro con Tosillos nos hace recordar el que hace muchos capítulos tuvo don Quijote con Andrés Haldudo, pues no bien se marcha la cordura de este loco manchego regresa la crueldad de los hombres y así Tosillos como Andrés hubieron de padecer los palos de sus amos tan pronto como don Quijote se da media vuelta. Tesoros de caballeros andantes que, como los de los duendes, se deshacen en cuanto se tocan.

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO SÉPTIMO.-
La inversión del año de excedencia de armas en lo pastoril no ofrece duda, el caso es vivir engastado en la literatura, como piedra preciosa en el oro.

CAPÍTULO SEXAGÉSIMO OCTAVO.-
Refranes a deshoras de Sancho, cuya libertad de condición maravilla a don Quijote más por lo discreto de sus palabras que por las deudas de desencantamiento. Y en estas estaban ambos cuando una piara de cerdos les pasa por encima, última pena de caballero vencido y escudero de lo mismo. Un apresamiento por gente armada envuelto en el más enigmático los silencios, les conducirá de nuevo hasta el castillo de los duques.

El encantamiento de Altisidora y Sancho el desencantador. París 1866.
CAPÍTULO SEXAGÉSIMO NONO.-
“Aun bien que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan”, piensa Sancho en relación a las llamas que vienen representadas en las ropas que encima le echan y acerca de los demonios dibujados en el capirote que sobre la cabeza le han puesto. Vuelta la burra al trigo y Sancho a desencantar doncellas con peligro de su carne. En este caso se trata de Altisidora y quienes disponen cachetes, pellizcos y alfilerazos son los jueces del infierno, pues que de la resurrección de aquella se trata. Después del martirio al que todos someten a Sancho, Altisidora resucita y don Quijote que le ve “sazonada la virtud”, le hace petición de azotes.

CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO.-
Si en el capítulo anterior Cervantes toma de Garcilaso prestada la segunda estrofa de su Égloga III y en este, tras un crítico excurso del famoso Cide Hamete, lo retoma con el: “¡Oh más duro[a] que mármol a mis quejas” de la segunda garcilasiana, es para llevarnos hasta las puertas del infierno de la mano de la “apretada, vencida y enamorada” Altisidora, desde donde contemplar a los diablillos jugando a la pelota con “la borra y el viento” de los que está hecha la novela de Avellaneda.

CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO PRIMERO.-
Si don Quijote transita camino de la aldea triste por el vencimiento, dolido lo hace Sancho más por el poco pago que de su virtud se hace, que por el quebranto de su salud. Y para remediar los ánimos ofrece el uno el pago por azote de desencantar, y fija el otro el precio en un cuartillo, o sea cuarta parte de un real formado por 34 maravedíes. No llegaba Sancho a la media docena y pide doblar el precio, y así como lo obtiene traspone espaldas por encinas.

CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO SEGUNDO.-
Cervantes hace comparecer a uno de los más respetados personajes del Quijote apócrifo, don Álvaro Tarfe, para que dé fe de la autenticidad de los cervantinos y de la mendacidad de los avellanedinos.         

Montaner y Simón. Barcelona, 1880-1883
CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO TERCERO.-
Los malos agüeros, la riña de los muchachos y la liebre, reciben a don Quijote lo que acentúa su postración, sobre todo si los comparamos con los buenos presagios con los que se habría esta su tercera salida (el relincho de Rocinante). De poco sirve que Sancho intente desbaratar los agüeros, que los muchachos se encargan de dar la réplica: más galán les parece el rucio de Sancho que la bestia de don Quijote. Los pastoriles planes de don Quijote son recibidos por Sansón con una algaraza que recuerda a la de los duques. También la sobrina y el ama oyen los “nuevos laberintos” y la parca queja de don Quijote pidiendo lecho “que no estoy muy bueno”, anticipa el final.

CAPÍTULO SEPTUAGÉSIMO CUARTO.-
La fiebre y el sueño hacen que don Quijote no sea ya nunca más, pues al recobrar el juicio aparece también la identidad: Alonso Quijano “el Bueno”. La confesión a solas, el testamento con escribano y testigos, la muerte en la cama, la Mancha de don Quijote como la Grecia de Homero, los epitafios en la sepultura: morir cuerdo y vivir loco y las “disparatadas historias de los libros de caballería”, dicen que todo llegó a conocimiento incluso del emperador de la China.


martes, 17 de diciembre de 2013

El Mahabharata.


De una obra universal a otra. De la Mancha a la India porque el corazón humano es el mismo siempre y en esa búsqueda eterna del misterio que nos envuelve, hemos decidido indagar en las grandes obras, aquellas en las que el hombre se ha dejado la piel. Epopeyas de hombres y dioses. La elección ha recaído en el Mahabharata. De los textos que están disponibles y son accesibles a nuestras limitadas pretensiones nos quedamos con el más reciente que se debe a Serge Demetrian publicado por la editorial Sígueme y que se basa en la tradición oral. Desde luego puede utilizarse cualquier otro texto.