miércoles, 4 de febrero de 2015

El extranjero. Albert Camus.



La frase con la que concluye La peste: “Hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio” es fruto de un largo proceso que se inicia precisamente con El extranjero. Meursault es un hombre sin polaridades; no hay en él ni verdadero resentimiento ni tampoco satisfacción. En el profundo sentir mediterráneo de Camus confluye una extraña mezcla de luz y sangre; la primera alumbra las calles sucias y pobres de Argel y la segunda le proporciona la sabiduría que habita en el espíritu andaluz de su madre. Solo la belleza hace soportable la miseria. Ciertamente no hay salvación posible, pero, al menos, queda la dicha de la contemplación de lo bello. En Meursault todo se explica como el profundo aturdimiento que sigue a una insolación. Meursault es un romántico sin vida interior que ha descubierto el hedonismo de las playas del Mediterráneo.


No era más que cuestión de esperar a que la muerte de su madre se convirtiera en “un asunto archivado”. Hay una cierta insolencia en el hecho de ir en autobús al entierro de tu madre, en tomarlo a la carrera y hacer dormido el trayecto. El portero de la residencia le hace compañía hasta que la llegada de los amigos de su madre le obliga a abandonar la somnolencia a la que se había entregado en medio de una sala atrozmente iluminada. Una docena de ancianos que buscan algo para desviar la mirada del féretro. De repente una mujer llora y Meursault descubre que su madre tenía una amiga. Durante el sepelio, una línea de cipreses entre el azul del cielo y el rojo de la tierra, le proporcionan a Meursault una explicación sobre su madre. El hecho de que solo tres personas acompañen el féretro de su madre no parece llamar la atención de Meursault. Se disculpa una y otra vez por la muerte de su madre como si se trata de un contratiempo pasajero, de una leve hinchazón en el alma.


A un rápido encuentro sexual con Marie Cardona, una antigua compañera de oficina, le sucede una comida a base de huevos cocidos, un paseo por el apartamento y una asomada al balcón. Lo mejor que se puede hacer con el resto del día es asegurarse de que nada había cambiado. Los vecinos parecen ser los mismos. Meursault accede a los deseos de camaradería del Raymond de quien se dice en el barrio que vive de las mujeres. Parece un tipo sin escrúpulos que puede meter en problemas al estúpido de Meursault. Menos preocupación causa el viejo Salamano, pese a la identidad de aspecto que comparte con su perro, y hasta resulta de agradecer que ponga ante los ojos Meursault el hecho contrastado a estas alturas del poco afecto que sentía hacia su madre. Durante una escaramuza con dos árabes, Raymond resulta herido. Unas horas después Meursault dispara contra el agresor y lo mata.


El juez, alto y canoso; el abogado, gordo y joven. La insensibilidad de Meursault es el primer cargo. El segundo, una amoralidad nacida del aburrimiento. Tal vez sea la visita de Marie a la cárcel, el acontecimiento que marca el primer atisbo de sufrimiento en el espíritu de Meursault. Esa repugnante mezcla de vergüenza y deseo en que consiste la privación de la libertad. El calor provocaba en la sala de enjuiciamiento un “ruido continuo de papel arrugado” que anticipaba el resultado de las pruebas. Hay un rápido paso por la nostalgia, la curiosidad y el solipsismo para volver después y, definitivamente, a la misma indiferencia y pesadez que llevó a Meursault a disparar contra el árabe. Al fiscal, Meursault le parece un monstruo y pide pena de muerte. También el abogado defensor, entre grandes ventiladores y multicolores abanicos, se asoma al alma meursaultiana y la encuentra tan llena de virtudes que hasta su mismo poseedor siente vértigo. Es justamente entonces cuando la trompeta de un vendedor de helados lleva hasta la garganta de Meursault algo parecido a un sentimiento del que apenas retiene otra cosa que cansancio. Después el corazón de Meursault se cerró y nada replicó tras escuchar que  sería decapitado en la plaza pública y en nombre del pueblo francés.

En la celda, después de conocer la sentencia, Meursault no muestra ni rebeldía ni indignación. Piensa, eso sí, en la evasión, en el placer de verse en el otro lado, detrás del cordón policial que rodea la plaza, en la necesidad desadjetivada de colaborar moralmente con el verdugo, en el alma mecánica de lo inevitable; pero no en Dios, en Dios, no: Dios carecía de importancia. ¿Y cómo podía tenerla si a él, a Meursault, lo habían condenado a morir como asesino por no haber llorado en el entierro de su madre? El hombre camusiano, culpable y sin redención posible.  


martes, 13 de enero de 2015

El libro del Éxodo.


Dios, Moisés y el pueblo de Israel. Tres fuerzas extraordinarias: el primero ha decidido cumplir la promesa dada a los patriarcas, el segundo ha de servir de instrumento a la acción divina y el tercero al salir de la esclavitud se hace responsable de su propia libertad ante Dios y los hombres. Ningún texto en la historia humana posee tanta universalidad como este.


Aquellos setenta y cinco descendientes de Jacob que en unión de sus once hijos entraron en Egipto, José ya estaba allí, se multiplicaron y la tierra se llenó de ellos. Y cuando subió al trono un faraón que ya no conocía a José, desconfió de los hijos de Israel y los esclavizó. Como pese al duro trabajo al que los hebreos eran sometidos continuaban en aumento, se ordenó que los varones recién nacidos fueran arrojados al río y solo a las hembras se las dejara con vida. Uno de estos recién nacidos fue abandonado en el río sobre una cesta embreada, la cual fue a parar a un juncal donde se bañaba la hija del faraón. Sabiendo que era un hebreo abandonado se compadeció de él y lo dio a criar para ella a la madre del niño. Cuando creció y la hija del faraón pudo disfrutar del niño le puso por nombre: Moisés, diciendo: “Del agua lo he recogido”. El niño creció y hasta los oídos del faraón llegó la noticia de la muerte de un egipcio a manos del hebreo Moisés que ha de exilarse a la región de Madián para evitar el castigo. Allí conoció a Sepfora con la que tuvo un hijo, Gersam. Un día en el monte Khoreb (el monte Sinaí) Moisés observa una zarza o arbusto que arde sin consumirse y se acerca para admirar el prodigio. Es Dios que se manifiesta bajo esta poética forma. Moisés es el instrumento divino para liberar al pueblo hebreo de la opresión egipcia. Pero Moisés pregunta a Dios una y otra vez, le pone mil y una pegas, hasta de forma velada le pregunta: ¿Pero, bueno, tú quién eres? Y entonces Dios da la famosa respuesta: “Yo soy el que soy”, el único, por tanto, que tiene existencia por sí mismo. La igualdad antigua de un Dios que trata primero de convencer y se enfada ante las reticencias continuas de un Moisés pusilánime.


El faraón suprime la entrega de la paja sin aminorar el número de ladrillos; esa es la respuesta a la demanda de libertad: “Vayan ellos y cojan la paja”. Los hijos de Israel son ahora más esclavos que antes porque han de procurarse la paja. Lleva razón Moisés: en tales condiciones cómo van a escucharle. Tan importante es la genealogía que se nos da cuenta de la procedencia de Moisés y su hermano Aarón: Leví, Kaath y Amram serían respectivamente bisabuelo, abuelo y padre. Y el duro corazón del faraón hizo que el Señor mandara las sucesivas plagas sobre el pueblo de Egipto: la sangre, las ranas, los mosquitos (Casiodoro de Reina habla de piojos), el tábano (“mosca de perro” aclara la Septuaginta), la mortandad del ganado, las llagas, el granizo… ¿Hasta cuándo el faraón va a negarse a dejar que Dios lo conmueva? ¿Por qué Dios no se decide a actuar directamente en el corazón del faraón en lugar de obrar prodigios en el exterior? Hizo subir la langosta, la octava plaga, para que devorara cuanto había dejado tras de sí el granizo y después que descendiera la oscuridad durante tres días el faraón continuaba negándose a dejar salir a los hebreos. La última de las plagas enlaza la pascua, la fiesta de los ázimos y la muerte de los primogénitos, preludios de la salida definitiva de la esclavitud. El Pésaj judío. “Guardaréis los días de los ácimos, porque en aquel mismo días saqué vuestros ejércitos de la tierra de Egipto; por tanto guardaréis este día por todas vuestras edades, por costumbre perpetua. En el primero, a los catorce días del mes, a la tarde, comeréis los panes sin levadura, hasta el veintiuno del mes, a la tarde”. (Versión de Casiodoro de Reina).   


Pero no bien los hebreos se hubieron adentrado en el desierto (la enorme distancia entre la esclavitud y la libertad exige de un aprendizaje), corrió el faraón en pos de ellos al mando de seiscientos carros y frente al mar Rojo los encontró. Al ver al faraón, los hijos de Israel dudaron: mejor esclavos en Egipto que muertos en el desierto. Por mandato del Señor, Moisés separó las aguas, abrió el camino de la libertad para los hebreos y cerró el féretro del faraón. Y Moisés arrojó un palo y el agua amarga de Merra (Mará) en el desierto se endulzó. Pero como el pueblo continuaba dirigiendo sus quejas contra Moisés y Aarón, el Señor envió el maná y el precepto del descanso sabático. Al llegar a Rafidín, de nuevo la sed hizo a los israelitas quejarse e injuriaron a Moisés que se preguntaba: “¿Qué voy a hacer con este pueblo?”. El Señor le dijo que se pusiera delante del pueblo y con el mismo cayado que Moisés apartó el mar, hizo brotar agua de la piedra. Puso como nombre a aquel lugar Massah y Meribah, prueba e injuria. Allí, en Rafidín, Amalek, que el Génesis presenta como hijo de Elifaz, esto es nieto de Esaú, combate a los hijos de Israel y es derrotado por Iesoús (Josué). Moisés, aconsejado por su suegro, elige hombres capaces que pone al frente de diez, de cincuenta, de cien y de mil. Y estando en el Sinaí, Dios llamó a Moisés y este subió al monte. El pueblo elegido, la nación santa, aceptó la alianza con Dios. Tres días después Dios bajó del monte Sinaí y habló directamente al pueblo mostrándole las leyes del Decálogo. Con sangre de novillos que Moisés asperjó sobre el pueblo quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Regresó Moisés al monte Sinaí a recoger las tablas de piedra y allí estuvo en lo alto cuarenta días y cuarenta noches. Ordena el Señor a Moisés la construcción de un arca para guardar el Decálogo con un propiciatorio adornado de querubines y a continuación le da normas muy precisas para la construcción del santuario (tienda del testimonio donde guardar las tablas de piedra escritas por el dedo de Dios) y el altar. Los preceptos se extienden a las vestiduras de Aarón y sus hijos que han de ejercer el sacerdocio para Dios. Y tan pormenorizadas fueron las instrucciones del Señor que mucho fue el tiempo que Moisés tardó en volver con su pueblo y se encontró con que este había fundido un becerro de oro y se había postrado ante él. Hizo Moisés pedazos las tablas y redujo a polvo el becerro. Después hizo que tres mil cayeran a mano de los levitas y volvió a suplicar a Dios, quien lo escuchó y le mandó regresar al monte Sinaí con nuevas tablas donde volver a imprimir el Decálogo. Tan pronto como Moisés descendió se comenzaron los trabajos para la construcción de la tienda del testimonio, del arca donde guardar las tablas, del altar, de las vestiduras, del candelabro, las lámparas, la mesa de la presentación, de los pilares, cortinas, pieles y aparejos. Y cuando el santuario estuvo terminado el espíritu de Dios descendió sobre él y los israelitas avanzaban por el desierto siguiendo la nube divina.


Por la Pascua, los judíos aún hoy recuerdan la necesidad de sentirse como recién salidos de la esclavitud egipcia, porque solo así cabe preguntarse por la identidad de un pueblo elegido que vagó durante cuarenta años por el desierto de la mano de un Dios que parecía perdido.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Odisea. Homero.


Un viaje de un par de semanas, el que transita entre Troya e Ítaca, se convierte para Ulises u Odiseo en un dilatado ciclo de aventuras que se desarrolla a lo largo de diez años. El de las mil caras y los diez mil recursos, Odiseo, a un tiempo seductor y seducido, astuto y nostálgico, dantesco y homérico, ¡Odiseo, tú mujer te está esperando!

La ojizarca Atenea intercede por Odiseo ante Zeus que accede a sus ruegos. Disfrazada de señor de los tafios y portando en la mano la fornida lanza de bronce, Atenea se planta en el hogar de Odiseo. Canta Femio y el corazón de Penélope se entristece. Los pretendientes gritan, comen, beben y esperan. Telémaco piensa en el consejo de Atenea: salir a buscar a su padre, Odiseo.

Clama Telémaco contra los pretendientes de su madre Penélope que devoran la casa. Claman los pretendientes contra la astucia de Penélope que con sus tejemanejes los mantiene a todos a la misma distancia. Clama Haliterses interpretando los augurios que dos águilas dejan en el cielo. Pero Atenea indujo al sueño a todos los pretendientes y disfrazada de Mentor subió a bordo precediendo al divino hijo de Ulises.

Nueve toros sacrificaban los pilios cuando Telémaco ancló en el puerto. Néstor, el caballero gerenio, domador o guiador de caballos, es quien interroga a los recién llegados. Ninguna noticia puede aportar el rey de Pilos sobre el destino de Odiseo, pero cuenta la trágica historia de Agamenón, pastor de hombres.


Menelao, el rey de la Esparta micénica, recibe a los dos forasteros: Telémaco y Pisístrato, el hijo de Néstor; pues recuerda que también él comió en hospitalarias mesas hasta que logró volver. Evoca Menelao al astuto Odiseo que urdió en Troya la “hueca emboscada” y contuvo férreamente a los argivos hasta que llegó el momento propicio. Indignado después de conocer la situación actual de la casa del héroe, Menelao relata la forma en que logró salir de la isla de Faro y cómo llegó a tener noticias de la muerte de su hermano Agamenón. Sabe, porque así se lo rebeló el veraz anciano de los mares llamado Proteo, que el hijo de Laertes, el que tiene en Ítaca su morada, es decir Odiseo, se halla prisionero en poder de la ninfa Calipso en la isla Ogigia (de incierta localización). Mientras tanto los pretendientes redoblan el cerco acosador sobre Penélope y, enterados de la salida de Telémaco, urden una cobarde emboscada para asesinarlo a su vuelta.

Hermes el Argifonte es enviado por Zeus para que la ninfa Calipso deje salir a Odiseo de la isla donde está cautivo. Antes de cumplir el deseo del dios, la ninfa advierte a Odiseo de los peligros que le esperan antes de llegar a su patria y le ofrece la inmortalidad a cambio de su renuncia a partir. Sale con favorables vientos al quinto día, pero diecisiete después cuando está próximo a la tierra de los feacios (probablemente Corfú),  Poseidón desencadena una gran tormenta y otra ninfa, Ino Leucotea, la diosa blanca, rescata a Odiseo del fondo del mar y lo protege hasta llegar a tierra firme. El paciente y divinal Odiseo pasa la noche entre las hojarascas de un olivo y un acebuche.


Atenea, la diosa que protege a nuestro héroe, se cuela en los sueños de Nausícaa, la hija del rey de los feacios, Alcínoo, para que se dirija a la ribera del río. El alboroto de las mujeres despierta a Odiseo que corre a cubrir sus genitales desnudos con alguna rama. Nausícaa no se ofende por la desnudez del forastero y después de ofrecerle ropas para que se cubra y de invitarle a comer y lavarse, le aconseja que acuda a la casa de su padre donde será bien recibido. Precavida, la diosa protectora de Odiseo, la de ojos de lechuza, le cubre con una densa niebla para evitar que su condición de extranjero pueda soliviantar a las gentes. Atenea explica a su protegido la descendencia directa de los reyes feacios del mismo dios Poseidón y la conveniencia de que Odiseo se gane el aprecio de la reina Arete o Areta. Gracias a la ayuda de la diosa Atenea, Odiseo es bien recibido. No obstante, el canto de Demódoco sobre las luchas en torno a Troya entristece al héroe y el mal desafío que en los juegos le lanza Euríalo, lo enfurece. El rey Alcínoo le pide, antes de que los barcos feacios le lleven hasta su patria, que revele quién es y cuáles fueron sus desventuras.



Cicones, lotófagos, cíclopes; Polifemo se burla de las invocaciones divinas de Odiseo y toma a dos de sus hombres por cena y a los dos siguientes por desayuno. El astuto héroe ciega al cíclope y este lanza su maldición: que Odiseo no regrese nunca o si ha de hacerlo porque esté en su destino, que solo lo consiga después de muchas cuitas. Tal vez fuera la postergación que los compañeros de Odiseo observaban en las preferencias divinas, las que los llevaron a abrir el presente que Eolo había hecho a Odiseo con consecuencias de retorno a la posición más alejada de las costas patrias. Después de la experiencia con los gigantes lestrigones, todos se sienten inquietos cuando desembarcan en la isla de Eea. Tenían motivos para la preocupación. Allí vivía la maga Circe que convirtió en puercos a la mitad de los hombres, pero su corazón resultó conmovido por la presencia del laertíada y durante más de un año convivieron juntos en una continua fiesta sin que nadie reparara en la suerte del retorno a Ítaca. Odiseo ha de descender hasta el Hades para interrogar al adivino Tiresias acerca de su futuro y el de sus compañeros. El vate le advierte de la conveniencia de evitar la isla Trinacia y de la gravedad, en todo caso, de causar mal alguno al ganado que en ella pace. Hace una pequeña pausa en su narración Odiseo para que los feacios se muestren conmovidos. En su paso por el Hades, Odiseo se encuentra con la sombra de Agamenón que se lamenta de la traición de su esposa Clitemnestra de quien recibió la muerte a su regreso, con la de Aquiles que pregunta por las muestra de valor que ha dado su hijo Neoptólemo, con la de Ayax, aún resentido con Odiseo por el reparto de las armas de Aquiles; observa los trabajos de Sísifo, las torturas de Tántalo y una muy lejana imagen de Heracles.


Resignada Circe a perder a su amado Odiseo, le previene contra los peligros de su viaje hasta Ítaca: los cantos de las sirenas, los que se esconden en el interior de la gruta donde habita el monstruo Escila, la devastación que causa entre los navegantes las peñas erráticas y la insaciable fuerza del remolino de Caribdis. No sin bajas pasó la embarcación de los héroes entre Escila y Caribdis (tradicionalmente se ha identificado con el estrecho de Mesina). Tan fijado estaba el destino que los dioses adormecieron a Odiseo para que sus compañeros pudieran aliviar el hambre dando muerte a las vacas del dios Sol, el hijo de Hiperión. Zeus lanzó su rayo contra el barco que navegaba ya lejos de la isla de las sagradas vacas y Odiseo quedó solo y náufrago. Nueve días erró por el mar hasta llegar a la isla Ogigia, donde vive Calipso.

Concluido el relato, los feacios despiden a Odiseo con múltiples regalos y lo conducen hasta las playas de Ítaca en cuyas arenas lo depositan dormido, colocando junto a un olivo todas las riquezas entregadas. Sin embargo, Poseidón castigó a los  feacios por ayudar a Odiseo convirtiendo en peñasco el barco en el que regresaban a Esqueria. Para evitar que fuera inmediatamente reconocido por amigos y vecinos y los pretendientes avisados, Atenea oculta tras una nube a Odiseo y después le desfigura hasta convertirlo en un pordiosero que nadie podría reconocer. De esta guisa, Odiseo entra en la majada de su porquero Eumeo quien lo toma por lo que representa, esto es, un viejo vagabundo. A las preguntas del porquero, Odiseo responde contando una serie de aventuras menos fabulosas que las verdaderas. Por su parte la diosa Atenea viaja hacia Esparta para introducirse en los sueños de Telémaco y sugerirle su vuelta a casa. El regreso de Telémaco pone al descubierto las asechanzas de los pretendientes y el amor que su madre Penélope le profesa. El divinal Odiseo se hace acompañar por su porquerizo, quien sigue tomándolo por un vagabundo, hasta la fiesta que los pretendientes celebran en el palacio de la reina Penélope. Festines diarios en los que se consume desde hace años todo el patrimonio del héroe. A solas con Penélope, el vagabundo fingido asegura conocer a Odiseo y tener certeza de que su regreso está próximo. A un descuido de Atenea debe achacarse que el reconocimiento de Odiseo por la vieja aya Euriclea, pues aquella que emborronó con aspereza la piel del héroe, dejó intacta la cicatriz que le infirió un jabalí en el monte Parnaso. Junto “a las arcas de los perfumados vestidos” de la divina Penélope reposaba el arco y la aljaba de su marido, un reglado de Ífito Eurítida, el semejante a los inmortales. Penélope propone un certamen para probar la destreza con el arco de los pretendientes. Leodes, hijo de Énope, es el primero en fracasar. Eurímaco, hijo de Pólibo, se avergüenza de no poder armarlo y Antínoo, hijo de Eupites, desiste del intento. Este es el primero en caer bajo las saetas del arco manejado por Odiseo que se desprende de su disfraz para dar comienza a la matanza de los pretendientes. Junto a él luchaban su hijo Telémaco, Eumeo y Filetio, el boyero. Perdonó la vida a Femio, el aedo cantor, y a Medonte, el heraldo que siempre era amable con Penélope. A las esclavas infieles que habían mantenido relaciones con los pretendientes, les negó Telémaco la dignidad del bronce y ordenó ahorcarlas.


Tras purificar la casa con azufre, Odiseo manda llamar a su esposa Penélope, adormecida por Atenea durante toda la lucha. Veinte años después de que Odiseo partiera para “aquella Ilión perniciosa y nefanda”, Penélope penetra en la misma estancia en la que se encuentra el héroe. Su corazón de mujer abandonada cubierto de las cicatrices de la soledad no es fácil de convencer. Desconfía de que ese forastero en el que no acaba de reconocer a su marido, no sea sino otro pretendiente más porfiado. Los detalles del lecho creado por el mismo Odiseo acaban por convencerla. El regreso se ha consumado. Los dioses han abolido el tiempo e imponen la paz. Odiseo vuelve a Ítaca tarde, mal y solo. Embustero, astuto y seductor no es indiferente a los dioses ni a los hombres.

Si bajo el nombre de Homero hay un único poeta o una multiplicidad de autores ha sido y continúa siendo una cuestión muy discutida. Los “cabezazos” de Homero son pocos, pero tan llamativos que dejan a los unitaristas sin argumentos para sostener su postura. Y sin embargo, esa voz única y perfectamente identificable que suena constante bajo los versos, desmiente las pretensiones de los analíticos.


A los griegos, Homero los llama de tres formas distintas: aqueos, dánaos y argivos. Explica Bowra que este último parece proceder de una época anterior a la invasión de los dorios en la que todo el Peloponeso se conocía como Argos. A los troyanos, dárdanos por la región que habitan y también teucros porque Teucro fue el mítico rey de la Tróade.

Los constantes y repetidos epítetos que con ligeras variantes Homero aplica a lugares, personajes y dioses, proporciona una gran unidad a la epopeya creando un universo muy particular, algo así como una comunidad en la que todos se conocen. La grosería y brutalidad que los pretendientes ponen de manifiesto son un reflejo del cambio de los tiempos porque la era de los héroes ha quedado atrás y el triunfo de Odiseo sea, tal vez, el último.

Hay también en la Odisea una magnifica lección de síntesis política y social. La ninfa Calipso y la maga Circe ofrecen una visión del matriarcado mágico y autosuficiente que se contrapone con la brutalidad cavernícola y viril del mundo de los cíclopes. Y de isla a isla: Esqueria acoge el espacio ideal de los feacios donde el orden, la rectitud y la virtud (la esposa del basileus Alcínoo se llama precisamente Areté) convierten en natural el don de la hospitalidad al extranjero, Odiseo, a quien cada uno de los doce basileis ha de entregar un manto, una túnica y un talento de oro.

Odiseo es el último héroe, un superviviente heroico en un mundo que ya no lo es. Si bien se mira no han transcurrido más que diez años desde el final de la guerra de Troya, por lo que es muy posible que sea aquí, justamente en el panorama político y social de Ítaca, donde Homero plasma su propia época contemporánea.


La grandeza rebosa por los cuatro costados homéricos. Hasta el propio Argo, el perro de Odiseo que muere echado sobre un montón de estiércol y cubierto de garrapatas, la posee porque el final es el apropiado en el momento apropiado. Platón criticó a Homero por su poco apego a los dioses y abusar de las emociones. Pero el aedo hizo mucho más al convertir el sino de los héroes en materia de canto y como dijo Bowra: “El canto los conmemora, los trasciende y los eleva al orden imperecedero del ser”. Con hilo de lino y gancho de bronce Homero pesca en los mares del tiempo la valía testimonial del héroe que siempre elige hacer aquello que de él se espera.




domingo, 23 de noviembre de 2014

El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez.


Atormentado por la memoria, el refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour había puesto punto y final a su vida. Los detalles se solapan con ánimo encubridor: el olor de los amores contrariados, la guerra, las fotografías de niños, el magnesio para los relámpagos, el ajedrez, el cianuro, el catre de campaña, las muletas, el gran danés, la alcoba-laboratorio, los resquicios amordazados, los frascos, las revistas, el polvo ausente… Su viejo amigo, el doctor Juvenal Urbino, se hace cargo de las primeras diligencias y de las últimas voluntades. La noche anterior, la víspera de Pentecostés, Jeremiah había ido al cine de don Galileo Daconte. Este era el plazo irrebasable: el día de Pentecostés siguiente a cumplir sesenta años. Así lo había fijado el mismo Jeremiah. El suceso había ocurrido en una ciudad caribeña y costera donde en invierno las letrinas rebosaban y en verano los vientos se llevaban a los niños por el aire. Allí, los más viejos portaban aún en el pecho la marca real de los esclavos. Es gustoso situar la acción en los años treinta o cuarenta del siglo pasado. Tal vez por los tres mil libros “idénticos empastados con piel de becerro y con sus iniciales [las del doctor Urbino] doradas en el lomo”. O quizás por el silencioso desplante histórico que el loro del doctor Urbino protagonizó durante la visita del presidente de la República de Colombia, don Marco Fidel Suárez.


El mismo día que Jeremiah falleció, el loro real de Paramaribo que doña Fermina Daza había regalado a su marido el doctor Urbino, se escapó. Pero aquel día era especial para el viejo médico porque además de la muerte de su amigo, el doctor Lácides Olivilla, su más amado discípulo, celebraba las bodas de plata. De manera que por un día bien podía Juvenal Urbino olvidar las muchas encrucijadas de incomprensión a las que la vida lo había sometido. Pero eso se convirtió en un descuido imperdonable porque después de la sagrada siesta, en un momento de pausa en la lectura y mientras se balanceaba ligeramente en el mecedor, el doctor lo vio: el sirvergüenza del loro en la rama más baja del mango, casi a la altura de la mano. Eran poco más de las cuatro de la tarde del día de Pentecostés, cuando el doctor se dio cuenta de que la vida se le iba tras la escalera a la que se había encaramado, sin más tiempo que para despedirse de su esposa: “Solo Dios sabe cuánto te quise”.


En medio de las urgencias que una muerte de tanta significación trae consigo, una figura ignorada hasta entonces, Florentino Ariza, puso algunos remedios y fue uno de los pocos que aguantó bajo la lluvia hasta que el cuerpo del doctor Urbino reposó en el mausoleo familiar. Despedido el velatorio post-inhumatorio, Florentino Ariza no se anda por las ramas, se presenta ante la viuda del doctor y renueva allí mismo unos votos de amor que ya habían cumplido sus bodas de oro. Naturalmente que doña Fermina Daza lo despide con cajas destempladas. Cincuenta y pico años antes del entierro del doctor Urbino, el telegrafista Lotario Thugut había mandado a Florentino a casa de Fermina para entregar un telegrama y para dar inicio a un intercambio de misivas que terminaron en compromiso de noviazgo. Pero el tratante de mulas y padre de Fermina, Lorenzo Daza, puso a su hija fuera del alcance del pretendiente, transportándola a lomos de una mula, como si fuera pescado en salazón, por las veredas de la Sierra Nevada de Santa Marta, hasta llegar a una pequeña población, Valledupar, repleta de gallos, acordeones, jinetes, cohetes y campanas. La prima Hildebranda Sánchez recibió a la desamparada Fermina y poco a poco le hizo ver que es posible ser feliz contra el amor. Y año y medio después de la separación, al girar la cabeza en un revuelo de mercado, Fermina se da cuenta del desencanto brusco que el rostro de Florentino causa en su corazón. Percibe en un solo instante sus “aires de perro apaleado [y] su atuendo de rabino en desgracia”.


Cuando a los veintiocho años el doctor Juvenal Urbino regresó de París tras completar sus estudios, una epidemia de cólera morbo había convertido al pueblo en algo remoto y ajeno. Ocupó el consultorio del padre fallecido y lucho contra letrinas y basuras. También el trabajo le llevó al doctor Urbino hasta Fermina por sospecha de apestamiento, pero le costó mucho más que una borrachera de anisado y una serenata con piano y pianista llegar hasta el corazón de la hija de Lorenzo Daza. La llegada de la prima Hildebranda resultó capital. Cierto día que ambas salían de ser retratadas, el landó de los caballos de oro del doctor Urbino las rescató de en medio de la turba que había comenzado a burlarse de su aspecto. Y entonces el interés de la prima por dueño de la casa del Marqués de Casalduero, despertó en Fermina las “chispas de azufre… de los años que le faltaban por vivir” y no quiso hacerlo sola.


Si algo podía poner remedio a la noticia de la boda de Fermina era iniciar los preparativos del exilio del desamor. Y un domingo de julio a las siete de la mañana Florentino tomó el navío de la Compañía Fluvial del Caribe que llevaba el nombre de su padre: Pío Quinto Loayza. En un viaje de ida y vuelta buscó Forentino el olvido en las aguas del río Magdalena y el consuelo en los brazos de Rosalba. Y más tarde, bajo las bombas del general rebelde Ricardo Gaitán, en los de la viuda de Nazaret, “una mujer de recursos pueriles, que además no paraba de hablar en la cama de su congoja por el esposo muerto”. Los amores terceros lo fueron en cueros con Ausencia Santander que desnudaba a los hombres como si fueran un pescado vivo. Los clandestinos de la succionadora Sara Noriega. Los mensajeros de la malograda Olimpia Zuleta. Vinieron después algunos cientos más hasta completar más de una veintena de cuadernos, todas rendidas ante este menesteroso del amor. Amores de esposo infiel sin traición.


En parecidos términos teóricos podía decirse que el doctor Urbino y Fermina se habían casado más por desafío que por amor, pero en su viaje no había caimanes en los playones, ni gallinazos, ni niños dormidos dentro de jaulas. El lujo de atravesar el Atlántico predispone el espíritu para el amor y, sin duda, de París se vuelve con un baúl lleno de objetos y, también, de recuerdos. Fermina regresó embarazada y la capacidad intacta de resumir dos años de viajes y matrimonio en cuatro palabras: “Más es la bulla”. Por las referencias que la novela proporciona debemos estar en la última década del siglo XIX porque Victor Hugo ya estaba muerto, pero aún vivía Oscar Wilde.  

Cuando Florentino vio a Fermina embarazada tomó dos decisiones: ganar fortuna y nombre y esperar la muerte del marido. Con esta determinación Florentino fue a visitar a su tío León XII, el magnate de la navegación fluvial presidente de la Compañía Fluvial del Caribe. Y sin poner más carne en el asador que el cuerpo mismo de Fermina, Florentino llegó a Presidente y Director General.


Regresada del dilatado viaje de bodas, Fermina se dio cuenta de que estaba a punto de iniciarse su cautiverio. Seis años vividos entre el color venoso de las berenjenas de doña Blanca, la suegra, y la imbecilidad de las dos cuñadas. El espanto no es eterno y muerta doña Blanca, Fermina regresó por segunda vez de París embarazada. El noble y odiado palacio del Marqués de Casalduero fue vendido para dar inicio a las obras de la quinta de La Manga, donde a las berenjenas se les eliminó el veneno convirtiéndolas en puré. La crisis, la única crisis, del matrimonio coincidió con el torneo de ajedrez en el que Jeremiah de Saint-Amour se enfrentó a cuarenta y dos adversarios. La desgracia tuvo que ver con el afán husmeador de Fermina y la reconciliación con cierta mediación del arzobispo de Riohacha.

Cuando Florentino oyó las campanas de la catedral doblar por la muerte del doctor Urbino, las trampas de compasión de Florentino Ariza habían terminado de girar. Al fin “la muerte había intercedido en favor suyo” y es entonces cuando comprendemos cómo cincuenta años de tregua pueden desembocar en una noche de torpeza. Después vinieron las cartas que en realidad no eran más que hojas sueltas del libro de la vida, y las visitas, todos los martes a las cinco, que muy pronto reivindicaron un lugar familiar junto a la baraja, los almuerzos y las flores. Sin embargo, las escaleras se encargaron de trastocar dos meses de felicidad y retrotraer el intercambio epistolar a la estéril ñoñería de los versos melancólicos. Del resto, mejor olvidar.


jueves, 6 de noviembre de 2014

Córdoba de los Omeyas. Antonio Muñoz Molina.


A punto de cumplirse los 25 años de la publicación de este magnífico libro, sigue sorprendiendo que estemos ante un libro de encargo. Ciertamente, escribir es un acto irreflexivo, probablemente el más irreflexivo de todos, porque sumerge al escritor en la meticulosa búsqueda de una conciencia única. Muñoz Molina se aferra con la avaricia del historiador que ve en cada sombra un relámpago del pasado, al clavo del que cuelga la memoria de las cosas. Es en las fachadas blancas manchadas por los balcones cubiertos de macetas donde el sol de Córdoba saca músculo. Este sol milenario que hoy frecuenta los gimnasios, paseó sus pies infantiles por el pavimento de la mezquita. Se hace acompañar Muñoz Molina por Walter Benjamín y Jorge Luis Borges, tal vez para asegurarse de que la historia y la religión sigan perteneciendo al paraíso de la literatura. A nosotros, sin embargo, nos parece que comparte más elementos con Javier Reverte: buscadores de perlas en los mares de la historia.


El rumbo lo traza Muñoz Molina desde esa especie de sarpullido que es la plaza de la Corredera, cuadrilátero en el que los contendientes pocas veces salen de sus rincones. Los cristianos pintaron la pérdida de Córdoba como un cataclismo que los amables términos de la capitulación firmada entre el visigodo Teodomiro y el árabe Abd al-Aziz, no corroboran. Para los árabes parecía ser más cosa de sueño, el del gobernador del norte de África, Musa ibn Nusayr, que envío al general beréber Tariq ibn Ziyad al imposible de conquistar Hispania.


Cuatro décadas después, tras un viaje que duró cinco años desde Damasco a Córdoba Abd al-Rahman Ibn Muawiya llegó a España huyendo de la masacre de los abasíes. Había estos arrebatado el poder del califato a los omeya, instaurado la capital en Bagdad y mudado el paño blanco por el negro. Abd al-Rahman era el último de los Omeyas y su muerte no podía estar más cargada de sentido para los usurpadores. El espléndido relato que hace Muñoz Molina de la historia de Abd al-Rahman tiene como fuente de inspiración la crónica árabe manuscrita conocida como Ajbar Machmua, a buen seguro que en la traducción que de Emilio Lafuente publicó Sánchez-Albornoz en su España Musulmana. En su huida desesperada llega el príncipe omeya a Ifriqiya, en el norte de África, y allí entre las tribus bereberes de su madre, encuentra al fin un poco de descanso y seguridad.
  

En al-Andalus eran los árabes qaisíes los que se habían hecho con el poder, pero los Omeyas conservaban un gran número de guerreros vinculados a su familia por relaciones de clientela. El emir o valí, que aquí hay cierta confusión sobre el tiempo que tardaron los Banú al-Abbas en confirmar el cargo, en al-Andalus cuando en agosto del año 755 llegó a las playas de Almuñecar Abd al-Rahman, era Yusuf al-Fihrí. Volvía Yusuf de la campaña contra los vascones con malos resultados y su afán no era otro que pasar el otoño y el invierno en su alcázar de Córdoba. Pretensión que compartí con Abd al-Rahman que decidió aguardar en el castillo de Torrox, pues ambos sabían que las batallas eran cosa del buen tiempo y que disponían de muchos meses para tantear sus mutuas intenciones. Yusuf ofreció tierras y riquezas, incluso la mano de su hija, pero Abd al-Rahman lo quería todo. En mayo entra victorioso en Córdoba y su primera orden es prohibir el saqueo. Los yemeníes que lo acompañan se rebelan y el nuevo emir reacciona con dureza. Da la impresión, bien transmitida por Molina, que el príncipe omeya se ahogó en la soledad y extrañeza de un lugar que no era el suyo. Hizo construir el palacio de al-Rusafa y lo rodeó de palmeras y granados, pero Córdoba no se convirtió en Damasco. Abd al-Rhaman había perdido parte de su corazón en el camino.

Sobre los terrenos que ocupara la basílica de San Vicente levantó el nuevo emir la primera de las, según Ibn Hayyan, mil seiscientas mezquitas que hubo en Córdoba. Parece claro que es una exageración, pero lo que los arqueólogos dicen es que la Córdoba de los Omeya era más grande que la actual. Judíos y cristianos pagaban tributo por la libertad de abrazar otra religión. Algunos, los muladíes, deciden convertirse al Islam.


En ambas riberas del Guadalquivir, escondidas entre los árboles frutales y las huertas, surgieron infinidad de almunias a donde los ricos habitantes de Córdoba se retiraban en los meses de calor. En el margen izquierdo un gran cementerio musulmán, lugar de recreo y paseo, de visita frecuente y fervor religioso, ocupaba el lugar del arrabal de la Saqunda que en tiempo de al-Hakam I fue arrasado por la rebelión de los muladíes.    
La historia de cómo el bagdadí Ziryab, el mirlo, acabó en la corte de Abd al-Rahman II, el bisnieto de su homónimo, comienza como las Mil y una noches en la Bagdad del abasí Harún al-Rashid. Ziryab orientalizó a los cordobeses: les enseñó a vestir y a la arreglarse, cómo debían comerse y qué, fundó una escuela de música y un instituto de belleza. En la misma época en torno al año 850, surgió entre los cristianos un grupo cuyo único deseo parecía ser el de morir como los antiguos mártires. Así comenzaron a blasfemar en público, a veces ante el mismo cadí o en el interior de la mezquita, contra Mahoma. Tal fue la epidemia de martirología que hasta de Carmona venían para que les cortaran la cabeza y otros, como Eulogio, empleó nueve años de su vida en lanzar injurias para verse, al fin, premiado con el sacrificio de su martirio. Para entonces Abd al-Rahman II ya había muerto.


La mezquita es un lugar para buscar el centro del universo y, por eso, ha de estar vacía de imágenes. Serán las palabras y la memoria quienes hagan posible que pasado y espíritu se fundan en la búsqueda de Dios. La mezquita de Córdoba es uno de esos tesoros que solo la trascendencia encerrada en el interior del hombre hace posibles. Cuando uno penetra en su interior si va bien provisto de los significados conservados por el Islam, religión veneradora de la palabra y la memoria, único capital posible del nomadismo humano, enseguida reconocerá en la orientación de la qibla un completo orden del mundo.


Abd al-Rahman al Nasir, el vencedor, más conocido como Abd al-Rahman III, se autoconstituyó en califa de occidente y príncipe de los fieles. Con él, Córdoba alcanza su máximo esplendor. Manda construir para su concubina Azahar, el palacio de Madinat al-Zahra. Dicen que tenía mil quinientas puertas y más de cuatro mil columnas y que los mármoles llegaban continuamente del norte de África, de Tarragona, de Málaga… Cuenta al-Maqqari las maravillas del palacio: dos magníficas fuentes traídas de Siria y Constantinopla, la una de mármol verde y la otra de bronce dorado; el tejado de oro del salón de los califas, cuyas paredes estaban hechas con sillares de mármol de distintos colores que dejaban pasar la luz; los estanques de peces que rodeaban el palacio consumían diariamente doce mil hogazas y eran más de trece mil los servidores del palacio. Pero igual que manda construir palacios, y probablemente con la misma indiferencia, el califa hace saltar la espada sobre el cuello de quienes le contradicen o violentan sus deseos. No debió reparar en estos inconvenientes el médico de Abd al-Rahman III o, si lo hizo, no los dio importancia. Se trata del famoso médico judío Hasday ibn Shaprut que retomó el estudio de la pócima llamada triada, una especie de curalotodo, hasta dar con su composición. Pero si por algo es conocido ibn Shaprut es por haber curado la gordura al primo del califa, el rey de León Sancho I.


En la Córdoba del siglo X el libro ocupa un lugar fundamental. El libro es un objeto de lujo como lo es el conocimiento. El cadí Ibn Futais poseía una gran biblioteca particular cuya evocación provoca una inmensa envidia. “Ocupaba un edificio entero, y sus  pasillos, escalinatas y anaqueles estaban trazados de manera que había un punto central desde el que se dominaban todas las estanterías”. Desde allí al cadí le sería posible comprobar qué grado de excentricidad le separaba, en su caso, del centro del mundo. Diariamente cientos de copitas trabajaban en los arrabales poniendo todo el esmero en la caligrafía de sus manuscritos. La lentitud con la que el calígrafo maneja el cálamo, lo impregna de tinta, lo mueve con habilidad sobre el pergamino o el papel, es la dicha de saber que cada libro es un milagro. Solo así el copista puede seguir adelante con su trabajo. No se le pide que comprenda lo que transcribe, sino solo que lo haga con respeto y exactitud. Los libros eran tan valiosos y preciados como la gran perla al-Jatima que adornaba la sala del trono del califa en la Madinat. En este ambiente sacralizado por la palabra, Ibn Shaprut y Apolodoro de Salónica tradujeron al árabe el manuscrito de la Materia médica de Dioscórides. De Qayrawan en el norte de África, llegó el erudito al-Jushaní para que hoy podamos leer la historia de los jueces de Córdoba. Desde Bagdad, El Cairo, Constantinopla, Damasco llegaban constantemente libros para la biblioteca del califa al-Hakam, el hijo de al Nasir, el más culto de los Omeyas andalusíes. Los cálamos para escribir se enviaban a Córdoba desde el curso del Tigris y el papel se fabricaba en Samarcanda. Ninguna de estas dos grandes bibliotecas, la del califa y la del cadí, duraron mucho, pero podemos seguir imaginándolas.


En una prodigiosa combinación de ambición y azar Muhammad ibn Abi Amir, luego conocido por al-Mansur, en poco más de ocho años pasó de escribir documentos en un portal de escribano a administrar los bienes del hijo de al-Hakam y heredero al trono, Hisham, por decisión de la rubia Subh, aurora, concubina del califa. Muhammad parecía saberlo todo y cómo actuar en cada caso. Le bastaba una mirada o un rápido análisis para conocer el precio de cada uno: la palabra para unos y la bolsa de oro para otros. Pero la astucia y la inteligencia puestas al servicio de una excluyente ambición de poder, suelen ir acompañadas de la vileza en el camino y de la traición en la llegada. Hubo así Muhammad de sufrir la propia sublevación de su hijo Abd Allah que se refugió entre las tropas y los castillos del conde García Fernández.

Al Mansur, el vencedor o el victorioso, porque regresó triunfador de cincuenta y dos campañas contra los cristianos. Dicen que llevaba siempre consigo un pequeño Corán que el mismo había copiado y que en una arqueta recogía el polvo de sus vestidos antes de retirarse a descansar para que le sirviera de sudario en su día. Vencer es transformar, porque solo cambiando la estrategia es posible sorprender. Y el primero de los cambios lo sufrió la misma Córdoba cuyas calles acabaron inundada de bereberes atraídos por las ventajas de servir en el ejército de Muhammad. Almanzor, que es como le llamaron los cristianos, murió sin haber sido derrotado. Y sin embargo, sabía de lo efímero de su triunfo, intuía la guerra civil que seguiría a su desaparición.   


A lo largo de los años siguientes, entre 1010 y 1013, Córdoba fue una y otra vez saqueada por los bereberes, los castellanos y los catalanes. La peste precedió a las inundaciones, el hambre al frío y la muerte acompañó a la devastación. De la Madinat al-Zahira de al-Mansur no quedó ni rastro y de la Madinat al-Zahra de al-Nasir solo unas ruinas que se utilizaron como cantera durante siglos.



Muñoz Molina traza en este asombroso libro de encargo un espléndido recorrido por las treinta generaciones de Omeyas que poblaron Córdoba. Con un estilo expositivo claro y en ocasiones embaucador, conduce al lector hacia conclusiones insospechadas al inicio de la lectura. Acabamos convencidos de un legado de profunda huella, de la pervivencia nostálgica adherida a las columnas de mármol de la mezquita, de la extraordinaria fecundidad de un espíritu moldeador  de palacios y bibliotecas, de la fragilidad de lo humano y de la insuficiencia de la belleza para atraer al bien. Hay libros que abren caminos y este sin duda lo es. Lo fue para Muñoz Molina, él mismo lo ha reconocido, y debería de serlo para resucitar una generación de editores ya desaparecidos, simplemente porque los necesitamos. Para los lectores lo mejor: entrar en uno de esos callejones sin salida de la historia con las manos en los bolsillos y salir con las manos en la cabeza. 

sábado, 11 de octubre de 2014

El cuaderno gris. Josep Pla


Veintiún años cumple Pla cuando inicia el dietario que acabará por convertirse en El cuaderno gris. La gripe fuerza el cierre de la facultad y Pla aplaza su “pesada carrera de abogado”. Los Pla son de Llofriu y los Vilar, el segundo apellido paterno, de Mont-ras. En la familia materna, los Casadevall i Llac, son indianos y anarquistas. Un pozo separa el huerto de los Pla  del jardín de su vecina, la señorita Enriqueta Ramón: innumerables debieron ser las veces que el pequeño Pla atravesó el abismo del pozo pasando de los brazos de una a los de la otra.


Entre Santa Margarita y Santa Rosa, la familia abandonaba Palafrugell y se marchaba a Calella de veraneo, a esperar que los chaparrones de septiembre hicieran posible el botón atravesara el ojal. La tertulia ampurdanesa no era como la de Barcelona. En aquella los temas se trataban a fondo y como el que salió fue el de la justicia, Joseph Bofill redujo un mundo justo a mujeres feas y hombres estúpidos. Cabe suponer que la razón de tan drástica medida estuviera en que a las mujeres feas todos los hombres les parecen inteligentes y a los hombres estúpidos cualquier mujer les parece bonita. Después de la tertulia, el señor Jordi, conocido por Quica, que es confitero fino, hace un paquete con un surtido de golosinas y se va a pasar el rato a una de las casas de señoritas. A Gori, que es como todo el mundo conoce al señor Bofill, la literatura que practica el joven Pla le parece una indigesta obviedad.  El problema es que a Gori la literatura que le gusta es la del domingo por la tarde y no la de diario, que es la que practica Pla. Estamos en 1918 y todavía mucha gente lleva “en el ojal de la solapa el botoncito con la inscripción: «No me hable usted de la guerra» “.


Hay tres cosas con las que Pla no comulga: el aire gastado de las iglesias, la orejona hipocresía y la mística de Verdaguer. Duda con la gente de Palamós, “que no parece sino que trabaja para tener hambre, tiene hambre para poder comer, come para hacer el amor reposadamente a su mujer y hace el amor para tener limpia la cabeza y las entrañas”. Por mucho que el hombre se esfuerce en adornar el color del fondo de las estampitas, la vida es otra cosa y como una cometa, Pla la echa a volar. Sin ir más lejos, la historia de Gervasi que supo adaptarse a los nuevos tiempos y cambió la taberna por un caracol de mar con el que señalar la salida del sol, el mediodía y la llegada de la noche. Colgó la escopeta y afincó los fogones. Trabajó la viña y las vinagretas. No era Gervasi público para contemplar de pie más tragedia que la propia.

El 20 de julio es Santa Margarida, la fiesta mayor de Palafrugell. A Gori, que se define como hombre de la vida cotidiana, no le gusta la fiesta propia, es más partidario de ir a molestar que de ser molestado. De pronto, entre el fragor de jolgorio festival, se difunde un rumor: don Francisco, médico de iguala y famoso por su ojo clínico, pone cuarto de baño en casa. Algo así como el puñetazo que la guerra que termina propina en la mesa llena de granos de maíz donde los burgueses entretienen el tiempo repetitivo, teatral y un poco cómico con una larga partida de tresillo.


Pla es un morador de espacios respetables y lo mismo descansa en aquellos que abren su ventana a jardines en los que la soledad es un hecho biológico sagrado, que despierta en habitaciones que dan al zaguán donde se detienen los que a cobrar llegan. Lo que nos lleva a leer una conclusión sorprendente: que el único acto importante la vida es el de pagar y que la fórmula más agradable de la convivencia humana es la banalidad. En la aparente calma de la mar pladiana se descubren veleros que luchan en medio de la tormenta. Alegra, por tanto, encontrar un tópico de aquellos escolares de 1918: agujeros en las paredes de madera de las casetas de playa. Ahora tendríamos otra opinión acerca de su comportamiento. El quehacer favorito del señor Girbal, tratante de caballos, es devorar palomos. Rossend Girbal, conocido en el país por Jan y en el Rosellón por Marxant Gros. Sobre su chaleco de fantasía sobrepone el pico blanco de una servilleta y armado con una dentadura “luminosa y pujante” (¡qué forma de adjetivar!) mastica hasta los huesos de la cabecita del palomo.
  

Para Pla la fragmentación de todo lo humano no deja espacio para la sinceridad ni, por tanto, para la intimidad. Pero sentimental como es, no se resiste Pla a evocar los domingos gerundenses de su primera adolescencia, los de la tía Lluïsa, llenos de “ilusiones fallidas y [de] caprichos colgados del aire”, los andarines cuando era su padre quien le buscaba en el colegio donde estaba interno o los de morosidad útil que practicaba la abuela Marieta. Hay algo de verdad en el reto que el jugador con su envite le lanza a las humillaciones de la vida. En muy pocos órdenes humanos se alcanza un tan alto grado de compromiso: quien gana se aleja para pedir disculpas por su fortuna y quien pierde se acerca por compartir el regusto de la desgracia.   

El tren grande y el tren chico. Gerona y La Bisbal. El ala del sombrero y los haces de pavesas. Unos del mercado y otro del entierro. Es octubre de 1918. La gripe hace estragos. Dos botes pescan calamares delante de Calella. Vino y caracoles. Tertulia y cine. Schumann parece de dos dimensiones y Chopin de tres. Se lamenta Pla de que la suya sea una época de máscaras, de calle, apariencias y cartón. No hay razón para dudar de su impresión. El hambre de conocimiento que traga la definición y caga la confusión. Algo así como una sonata de Beethoven interpretada por un pianista borracho. Cama caliente, lluvia lenta y vaga, dan el viático a Teresita Bordas, Roldós toca las suites inglesas de Bach en el piano del cine vacío y frío. Acaba 1918.


En enero la reapertura de la Universidad obliga a Pla a volver a Barcelona. La Rambla, los cafés del Continental y del Suizo, el Palacio de la Música Catalana, el Ateneo, la casa del Arcediano, sede del Colegio de Abogados… Tenemos la impresión de que Pla frecuenta poco la Facultad. Poco después le llega a Pla la noticia de la muerte del pianista Roldós y no hay en toda Barcelona nadie con quien compartir el recuerdo del músico. Los domingos por la tarde Pla se recluye en la biblioteca del Ateneo, pero ni siquiera allí se está seguro del corrosivo veneno horterista de los domingos por la tarde.
Maestros pedantes y discípulos anárquicos. Cocido todos los días y leche para los enfermos, aclara la abuela Marieta como ejemplo del cambio de los tiempos.

Agitación generalizada. Huelga en la Universidad. La epidemia se gripe se lleva al polémico Jaume Brossa. Como un granuloso retrato anónimo y misterioso, nos describe Pla la bulliciosa calle de San Pablo, escaparates con fuentes de alubias cocidas, y la más triste y pobre calle de la Cadena donde niñas vestidas de campanillas llevan cántaros de agua. Al día siguiente de esta entrada Pla se mete en la cama con gripe. Siente que durante treinta y seis horas está a dos pasos de la muerte, pero el lamento más agrio es el de poseer pocos libros y las treinta y ocho pesetas que cuestan las obras de Flaubert. Ninguna protesta, advierte Pla, por la clase de Derecho Mercantil dada en lengua catalana. El entierro del penalista Dorado Montero en Salamanca fue civil, sin duda Pla puso su atención en este hecho por el emocionado recuerdo que Cuello Calón le dedicó en la Universidad de Barcelona.


La situación económica de la familia obliga a los Pla a desmantelar el piso de la calle Mallorca. Josep y Pere se trasladan a la pensión de la calle Pelayo. Como en la pensión el desorden es mayúsculo, Pla trata de paliarlo mezclando la imprecisión adjetival de Balzac con el estilo cargante de Balmes.

Pla sabe ajustar los vientos como un dios. El gregal levanta e hincha las olas, el marcero hace gemir las amarras. El garbí tuerce todo lo que el mistral entereza. En verano alternan el garbí y el gregal, africano el primero, sapiente y continuo el segundo que ha pasado por Grecia e Italia.

Pla consigue entrar en la tertulia del Ateneo. Allí conoce a Quim, el doctor Borralleres, cuya única ocupación es presidir la Peña, nombre por el que la tertulia es conocida. Más de doscientas personas se mueven a su alrededor y a la mayoría apenas si las dedica una mirada, un gesto o una palabra. Los cafés de estudiantes como el Cal Pau en la Gran Vía, en el Ensanche, o el Gravina en la calle del mismo nombre a la sombra de Hospital Militar de la calle de Tallers, tenían la embriaguez simultánea de billares y timbas. Otros, como los de la calle de Aribau, habían sustituido los tapetes verdes de las mesas de juego por el aspecto oxigenado de las tanguistas.

La época más feliz, o al menos la que Pla recuerda más feliz, fue el año de estudio de Lógica Fundamental: un año entero viviendo en un tiempo anterior a Galileo, a Newton, a Descartes. El libro que mayor influencia causó en su ánimo fue el libro de recibos de la Sociedad Deportiva Pompeya. La mayor inquietud, pasar por la calle Pelayo con la memoria llena de una cosa llamada recurso de casación. El disgusto más gordo, la ausencia de “señoras con ciertas posibilidades de ternura”.  


A principios del verano de 1919, Pla hace un rápido viaje a Palafrugell y regresa a Barcelona: ha de preparar las últimas asignaturas que le convertirán en abogado, pero necesita algo de dinero y, sobre todo, enderezar su vida hacia el destino deseado: la tarea de escribir. Es entonces cuando aparece el verdadero rostro de Quim. El aparentemente desocupado doctor Borralleres es, en realidad, uno de esos hombres extraordinarios que construyen su interior con lo que los demás desechan. Y la cosa queda resuelta: Pla comenzará como gacetillero. ¿Está usted de acuerdo señor Pla? La pregunta viene al caso “le digo esto porque en este país hay personas que piden una cosa y que, en seguida que la han obtenido, ponen una cara como si les hubiesen engañado como a chinos”. No tiene, naturalmente que no, objeción alguna que formular. El diario es “Las Noticias”. Después “La Publicidad”.

Los domingos, el conocidísimo señor Dalmau, el de las Galerías Dalmau de la calle de la Puertaferrisa, solía acudir a la tertulia del Ateneo. Quim le interroga por la muy fuerte exposición de la semana, la del cubista Joan Gris. Pero es tal la displicencia de este hombre que nadie atina a saber la media docena de palabras que acaba de articular. Ningún desaliento parece posible en el caso de las señoritas Quimera y Pura, una de las cuales siempre está en el Carmen. Devoción parecida es la que tiene Hermós por la pesca en general hasta el punto de marcar con el anzuelo las cosas buenas de la vida. Muchas son para Pla las cosas buenas de la vida: los primeros racimos de moscatel, las arboledas que el río Tordera deja a su paso, el moño vertical de la señora Tuietes, el rumor del hilo de agua que un grifo deja en una calurosa noche de verano, esa cierta hinchazón que comparten la vanidad y el sentimiento religioso, el no saber la razón de las muchas horas perdidas mirando el mar, la menguante linealidad del otoño…

El hombre pausado y la ondoyante vida: Pla, el escritor que se mueve entre la curiosidad y el oficio.