domingo, 19 de abril de 2015

La esquina (y II).


Para inaugurar la primavera Gary y Tony hacen una escapada a un apartamento de la avenida Fulton. Por el precio de una dosis compran al vecino que los sorprende, saben que les basta con llegar a la  calle, que una vez allí son invisibles. Ningún poli se molestará en preguntarles por la nevera que arrastran sobre un carrito. Los adictos hacen cola frente a la balanza de la United Iron en la avenida Wilkens. El pago es en metálico y nadie pregunta nada. Si alguien es capaz de derribar una farola y llevarla hasta la balanza, la United Iron le pagará ochenta o noventa dólares aunque todos, absolutamente todos, saben que una farola de aluminio le cuesta a la ciudad unos cuantos miles. Eso a nadie le importa.     


El Oldsmobile Cutlass de Ella gira a la izquierda de la calle Baltimore para evitar el deprimente paso por Monroe y Fayette. Lleva puesta su ropa de iglesia, pero aún así un captador le ofrece su producto. La llegada de la primavera y la cocaína transforma a Curt en un saltamontes. Salta por una de las ventanas del picadero de Blue y se rompe un tobillo. El aspecto de Curt en la esquina con las muletas y una constante mueca de esfuerzo y dolor, llama la atención de dos inspectores de la central que estudian el escenario de un tiroteo y le hacen objeto de burlas y mofas. El Gordo Curt se transforma en Popeye y el flash de la cámara policial lo inmortaliza.


Tyreeka está embarazada. No tiene más que trece años y se imagina que ese es un buen recurso para retener a DeAndre. Pero sabe perfectamente, porque lo ha visto desde que nació, que ninguna pareja dura mucho en la esquina. “Revelar lo más íntimo de cada uno a otro ser humano es desnudar lo vulnerable y lo frágil que hay en nosotros, y hacer algo así en la calle Fayette es violar todas y cada una de las reglas de la esquina”.

Solo hay una cosa que obligue al maltrecho cuerpo de un yonqui a madrugar: una citación judicial. “Cuesta un horror decir la verdad cuando la muy jodida está envuelta en un puñado de mentiras”.  Y esa es la pura verdad, sobre todo cuando se trata de mentiras con vida propia y en el orgullo de sentirse americano llevas marcada la prohibición de cometer perjurio.

Después de la muerte de su hermano David a manos de dos agentes de la policía, R.C. solo recobraba vida jugando al baloncesto; el resto del tiempo era simplemente algo que se transformaba en problemático. La policía no se molestó en hacer la más mínima pesquisa cuando el padre de R.C. apareció con la sudadera por encima de los brazos y molido a golpes. Ahora R.C. no tiene más elemento socializador que el básquet.


En el instituto Francis M. Woods ocurre lo imposible: DeAndre voluntariamente pronuncia el famoso discurso de Martin Luther King Jr., Tengo un sueño, ante la asamblea de alumnos y profesores en el gimnasio. Increíblemente un instante después la esquina se los ha tragado a todos.

Organizar el campamento de verano es una tarea muy exigente para Ella Thompson. Los chicos estarán moviéndose continuamente a lo largo del inmenso mercado de la droga que constituyen las calles Fayette y Mount. Sorprendentemente la esquina regurgita a sus habitantes y Ella obtiene de ellos la garantía de que mientras los pequeños transiten por la zona no habrá trapicheo. Ergo, piensa, aún hay esperanza.

El Gordo Curt pasa un par de semanas en el hospital y Kathy, la trabajadora social, le anima a desintoxicarse. El tobillo es ya un desastre irremediable y todo lo que le queda de hígado cuelga de un hilo. Por alguna razón que ni el mismo Curt conoce asiste diariamente a las reuniones del grupo de toxicómanos de la casa Tuerk. También Fran lo intenta a la espera de una cama libre en el CBD.


Durante el verano los chicos de la HMC se trasladan al sur, a la calle McHenry y trapichean durante unas dos horas, lo suficiente para sacarse unos cientos. Por las mañanas ven dibujos animados y antes de salir dudan si coger la pipa o dejarla bajo el colchón. La subcontrata en la venta de drogas no funciona y DeAndre, que no quería tocar el producto, anduvo tieso de pasta hasta que a finales de agosto su primo Dinky compartió una remesa. 

DeAndre y R.C. van a ser padres, aunque en realidad ninguno de los dos tiene ni idea de los que sus chicas, Tyreeka y Treece, respectivamente, piensan hacer con los niños. Gary abandona las calles y se pone a trabajar en el Seapride, un restaurante de cangrejos. La gente hace cola una día tras otro para comer cangrejos y Gary es el mejor seleccionando y separando los machos de las hembras. Trabaja hasta diecisiete horas seguidas. Curt ha cambiado la esquina por la sala de espera de los servicios sociales, lleva dos semanas limpio, pero a la casa de su hermana, con la que convive, no llegan más que facturas. No le queda más remedio que retomar el único trabajo que sabe y puede hacer: el de captador. También Blue lo intenta: ha abandonado el Palacio de las agujas con destino desconocido y ha cambiado los pinceles por las agujas. Fran lleva seis días ingresada en el centro de desintoxicación sin haber recibido una sola llamada de sus hijos.


En el equipo de baloncesto del centro cívico MLK no quedan más que Tae, Dewayne y R.C. La llegada de un nuevo entrenador, las diez derrotas consecutivas y la incorporación de nuevos chicos ha revolucionado lo que empezó siendo una distracción vespertina para los muchachos. La fragmentación del MLK termina por afectar también a la HMC. Los chicos abandonan la zona de Fayette y se trasladan un poco más hacia el oeste, concretamente a la calle, ironías de la vida, Boyd entre Catherine y Franklintown.

Fran mete en casa a un yonqui, Marvin Parker, y todo comienza a derrumbarse. Gary va de chanchullo en chanchullo después de que el restaurante de cangrejos bajara su actividad tras el verano. Y una caída llega consigo otra: la de Marín precipita la de Fran y esta arrastra a su hijo DeAndre. Pero es el nacimiento del pequeño DeAnte Tyree McCullough lo que de verdad llena de terror a los dos adolescentes. La familia Boyd trincha un ave de siete kilos, por supuesto que es el día de Acción de Gracias. A veces, la vida gasta estas bromas. Las primeras semanas todo parece ir bien, incluso excesivamente bien: Tyreeka se comporta como una madre madura y DeAndre como un padre responsable.¿Acaso un trabajo por turnos a cambio de un puñado de dólares es compatible con DeAndre? No, claro que no. Por Navidad, ya está en la esquina de Gilmor con McHenry. Por un tiempo, se dice, es algo temporal. ¿Qué otra cosa puede hacer Tyreeka, sino cerrar los ojos y aceptar el dinero? Las necesidades de un bebé van más allá de los vales sociales.  

Curt, el Gordo Curt, en enero ingresa en el Seton Manor, un lugar destinado a aquellos habitantes de la esquina que no aciertan a morir en la esquina, un sitio donde la gente se muere antes de que te aprendas su nombre, tal y como dice el Gordo Curt.  Gary, el pasmao Gary McCullough, se propone alcanzar su chute haciendo pasar yeso por cocaína en la esquina de Pennsylvania con Bloom, bastante al noroeste de Fayette. DeAndre se asombra de su destreza para rellenas ampollas de cocaína. Marvin vacía la nevera y la alacena, se lo lleva todo y DeAndre se pregunta qué puede sacar un negro en la calle Fayette a cambio de una caja de Krispies. Fran da un portazo y retoma la rutina de ir tres veces al día a la esquina. 


Sin duda habrá otras, pero estas son las leyes fundamentales de la esquina:
1.- El chute es lo primero.
2.- Nunca digas nunca jamás.
3.- La esquina, pese todo, es un hogar.
4.- Toda esquina es una intersección, pero toda intersección no es una esquina.
5.- La cultura de la esquina es la adicción.
6.- La esquina es inmutable.


Lo que realmente impacta es saber que estas reglas son continuamente acatadas y cumplidas no por gente abstracta, sino por cada uno de los personajes del libro que se corresponden milimétricamente con individuos reales y concretos que tuvieron una vida antes del libro y que han continuado viviendo después de él. Algunos murieron tal y como lo cuentan Burns y Simon, otros se marcharon después como sucedió con DeAndre, pero todos cambiaron la vida de los autores y estos, por su parte, le cambiaron el ritmo de la vida al a esquina. Ahora ya nadie puede encogerse de hombros cuando atraviesa ese mercado de la droga llamado la esquina.

martes, 31 de marzo de 2015

La esquina ( I )



Todo el mundo sabe que el Gordo Curt es el mejor captador en la esquina de Fayette con Monroe. Hay ruidos lejanos, pero persistentes, de disparos a los que nadie hace caso, ni siquiera los coche patrulla que pasan en silencio. Eggy Daddy, Hungry, Bryan, Bread y Dennis (el hermano de Curt) se hacinan en la casa de Blue esperando a que llegue Rita, la médica de la esquina, que es capaz de encontrar venas todavía palpitantes en cuerpos moribundos. Estamos en Baltimore oeste y allí se recibe al año nuevo  con una salva de balazos. Curtis Davis, Curt, lleva veinticinco años en la esquina entre Fayette y Monroe y lo sabe bien.


Gary McCullough y Tony Boice (alias Mo) son compañeros de picos. El 1717 oeste de Fayette es un buen sitio para chutarse: una vieja casa victoriana, mil veces esquilmada y que apesta a orines. Hasta no hacía mucho Gary era un empresario que conducía un Mercedes y leía el Daily Investor. Ahora todo queda reducido a los treinta centímetros cúbicos de la jeringuilla que contiene la heroína diluida. La moral de Gary sigue siendo la de un constructor y, en consecuencia, sabe distinguir perfectamente entre una escapada y un delito. La escapada provoca la alegría de obtener algo a cambio de nada; el delito, la desolación del daño causado. DeAndre, el hijo de Gary, vende ya heroína en la calle Gilmor, tiene quince años y a veces se cruza con su padre sin que se dirijan la palabra: hay mucha vergüenza acumulada. Desde la ventana del 1717 oeste, Gary contempla cómo varios policías de paisano registran y desnudas a los dos únicos chicos de toda la manzana que no llevan encima droga. Gary ve subir por Fayette a Ronnie, la prima de Tony, y trata de escabullirse.


El chico McCullough, DeAndre, junto con los Tae, R.C (Richard Carter), Boo, Manny Man, Dinky, Brian, Dorian, Brooks y otros se hacen llamar los HMC (Hermanos de la Mafia de Crenshaw) y dominan el callejón de Fairmount, entre Fayette y Baltimore. DeAndre vive junto con su madre, Fran, su hermano DeRodd, y sus tres tíos maternos, los Boyd en dos pisos del 1625 de la Fayette. A la casa, DeAndre le ha puesto el sobrenombre de Dew Drop por asimilación con un picadero distante unas pocas manzanas. La mierda de DeAndre es de buena calidad y aunque la mayoría de las ganancias son para Bugsy, una buena noche puede dejarle al chico hasta 800 dólares. En su esquina, DeAndre es legal: no corta la droga, no ensucia el producto y no es avaricioso. También da muestras de una inteligencia no despreciable: sabe mantener un pie en cada uno de los campos de batalla: la esquina y el colegio. La apariencia dura es una parte esencial de Denise Francine Boyd, Fran, la madre de DeAndre y DeRodd. Esa fachada es una necesidad que la vida le impone a un espíritu en el que todavía quedan vestigios de moralidad. 




Ella Thompson vive en el 1806 de la calle Fayette, a pocos metros de la calle Fulton, para ella que cree en el trabajo, el respeto, el amor, la responsabilidad, la escuela y el deber, la esquina no tiene sentido. Por eso hay cierto orgullo en el funeral de hoy, el de un muchacho que no ha muerto en las calles de Baltimore de un tiro o con una aguja enganchada en la vena. Ella trabaja en el centro cívico Martin Luther King Jr., un viejo edificio entre las calles Fayette, Mount y Vincent. Sabe que apenas tiene sentido lo que hace, su preocupación porque todo esté bien ordenado y limpio se deshace en cuanto pisa la calle.


La teoría general de la esquina es sencilla, todo está en dejar que los absolutamente prescindibles, aquellos que no cuentan para nada ni para nadie, puedan formar parte de algo, aunque sea por poco tiempo, con eso basta, porque la esquina les hace saber cada día que allí hay una posición y un prestigio que espera ser ocupado.  Para una sociedad de sucesivos y audaces avances tecnológicos, los esquineros son “incomprensiblemente inútiles”. Sin embargo, hay cierto orden. El puesto de corredor o correo es el más prometedor. Si el chico es capaz de respetar la mercancía muy pronto el puesto de lugarteniente estará a su alcance. En caso contrario, es decir, cuando acaba por consumir aquello que transporta su degradación a captador es inevitable. El captador es un temporero que cobra en droga. Pero el más expuesto al bate de aluminio del empleador es el vigilante. El simple descuido puede resultar fatal. Sin embargo, hay, también, bastante anarquía. Aquella que provoca el asaltador de alijos, el estafador que intenta hacer pasar por cocaína una bola de detergente, los dueños de los picaderos que venden un trozo de suelo, una ristra de tapones y una jeringuilla por dos o tres dólares, el cazador de arterias… En realidad, todos tienen una oportunidad en la esquina, lo mismo el que pretende hacer pasar orégano por marihuana, que el rastreador de alijos; aquel que alquila un trozo de suelo tranquilo para el chute, que el que vende hipodérmicas; todos pasan por la esquina porque esa es la realidad del barrio.
  

La esquina de Fayette con Monroe es un hormiguero. El Gordo Curt que duerme en la vieja casona de Blue junto con Pimp, y Hurgry y Eggy Daddy y Bread y Bryan y Dennys, el hermano de Curt, y Smitty, todos esperando la llegado de los traficantes, de Gee, de Shamrock, de Dred, de Nitty, de Tiny. Hoy a Curt le toca ser captador de Dred. Pero antes está el chute. “Los que son capaces de pincharse solos se buscan un rincón y […] el resto esperan su turno en la mesa de Rita”, la médica de picadero. Todas las historias se parecen bastante: la de Rita, como la de Curt y la de este, como la de Gary. Todas terminan en el mismo sitio y, también, arrancan de lugares parecidos. En el centro de cada una de ellas está la ola perfecta y algo de suerte para no quedar rematado por el camino.


La furia, la santa y justa furia de un hombre bueno y honesto. William Mccullough, el padre de otros catorce hijos, Gary entre ellos. Ha trabajado todos los días de los últimos cincuenta años porque cree en el trabajo duro y en la necesidad de ser fiel a sí mismo. Y por primera vez en su vida, después de tanto esfuerzo y sacrificio, se tiene que enfrentar a la furia que le devora por dentro. Mira como sus hijos y sus nietos vagabundean de un callejón a otro con la droga dentro del bolsillo o de las venas. Este hombre que nunca le ha pedido un centavo al Estado, que tras toda la vida trabajando recibe la miserable pensión de 37 dólares al mes, se ve obligado a conducir un taxi durante 7 días a la semana y fingir que no pasa nada, que “América sigue siendo la tierra de las oportunidad, la última esperanza de todas las razas y religiones, un país en el que un hombre que es fiel a sí mismo y trabaja duro puede y debe tener éxito en la vida”.


Gary está en cárcel del condado por culpa de la serpiente que lleva dentro. Solo la fe ciega de una madre puede pagar la fianza y a continuación entregarle a su hijo un billete de diez dólares con el encargo de que traiga alguna cosa de la tienda. Es un pequeña victoria, nada definitivo. También a DeAndre le llega el turno por culpa del piloto automático con el que desde hace tiempo actúa: la droga en un bolsillo y los billetes en el otro. Los cargos son por posesión con ánimo de tráfico. Los padres no aparecen y el chico acaba en el reformatorio del condado, muy lejos de las calles que conoce. Fran, la madre de DeAndre, fuerza su salida de la Ciudad de los Muchachos en libertad vigilada condicional, sujeta a dos obligaciones inviolables: asistir al colegio y permanecer después en casa.

El tesón con el que Ella cierra los ojos le hace conseguir cosas increíbles en el centro cívico. Se ha gastado doscientos pavos de su bolsillo para uniformar a los muchachos del equipo de baloncesto MLK y por primera vez los muchachos han sentido lo que es luchar y enfadarse por la consecución de algo común. Además ha logrado convencer a Blue para que dirija un taller de pintura orientado hacia los más pequeños. Un baile para San Valentín es su próxima idea.



Para desgracia de los MacCullough, el picadero de Blue se ha traslado a la casa de Annie y dada la proximidad con la de los MacCullough estos se ven forzados a soportar las idas y venidas, los peligros y la inseguridad de vivir al lado de un picadero. Pero un mejor diagnóstico obligaría a afirmar que la desgracia es el barrio mismo que se ha convertido en un enorme mercado de droga al aire libre. Solo quedan algunos ciudadanos en la plaza Franklin capaces de ceder su ventana para que policías de inquebrante fe, como Bob Brown, vigilen desde ellas las entregas. Si una ampolla de cocaína mata a un viejo adicto, todos corren a la esquina donde la compró sin que a nadie le importe el funeral.   

sábado, 28 de febrero de 2015

Mansfield Park. Jane Austen.


El número de hombres acaudalados es muy inferior al de mujeres bonitas. Y la señorita María Ward de Huntingdon tuvo la suerte de resolver a su favor este binomio al unirse a sir Thomas Bertram de Mansfield Park y obtener así el tratamiento de lady. Unos cuantos años después vino a unirse a la familia, Fanny Price, sobrina de lady Bertram, un acto lleno de caridad para con la familia de su esposa por parte de sir Thomas. Y como el matrimonio de Frances Ward no había sido tan afortunado como el de su hermana María, la prevención de sir Thomas ante una más que esperable “tosca ignorancia, mediocridad de opiniones y modales penosamente vulgares” de su sobrina estaba justificada. La jugosa concatenación de reservas es de una actualidad sorprendente. Pero no hay aquí envanecimiento por parte de sir Thomas, sino que era muy esperable que su sobrina hubiera adquirido esas deficiencias de la sociedad en la que se había educado. Aunque Fanny terminó metiendo en la cama sus penas el día de su llegada a Masfield, por su cabeza se pasó un pensamiento revelador de un carácter poco común: “Que sería una perversidad por su parte no ser feliz”. Nadie como Jane Austen para explicar en unos cuantos párrafos de perfecta ejecución, cómo se siente una niña de diez años recién llegada a una familia que ve en ella poco más que un objeto de caridad.


Fue Edmund, el hijo menor de los Bertram, quien primero prestó atención a Fanny después de encontrarla en las escaleras llorando. Fanny le tomó afecto a Edmund y lo colocó un poco por debajo del que sentía por su hermano William. Unos años después sir Thomas ha de abandonar Inglaterra y decide llevar consigo a su hijo mayor, Tom, muy dado al gasto excesivo. Las sutilezas, inabordables desde nuestro tiempo, se revisten de una puntillosa complejidad en el caso de la muerte de la jaca de Fanny, que es resuelta por la bondad de Edmund. Pero si nos referimos a sutilezas probablemente ninguna como la de la señora Norris, la otra tía de Fanny, que es capaz  de admirar el discernimiento ajeno si, y solo si, es usado para descubrir los méritos propios. A los veintiún años, María Bertram se compromete con el muy rico señor Rushworth condicionado por el consentimiento de sir Thomas que todavía permanece fuera. La llegada al condado de Mary y Henry Crawford, hermanastros de la señora Grant, la esposa del párroco de Mansfield, trajo novedades importantes: una semana después, Julia Bertram estaba total y absolutamente dispuesta a dejarse enamorar por el gallardo Henry. Enfermos como estaban los Crawford de engaño, su decisión de hacer una cura en Mansfield trajo las consecuencias propias de una epidemia.

Comparten la velada las preocupaciones del señor Rushworth por la riqueza paisajística de las trescientas hectáreas de parque que rodea la mansión de Sotherton y las vicisitudes del arpa de la señorita Crawford en su viaje desde Londres hasta Mansfield. Primero disfrutó Edmund de la habilidad de la señorita Crawford con el arpa y más tarde de las largas excursiones cabalgando en su compañía, lo que, inevitablemente, suponía el abandono de Fanny. Aunque no tardó Edmund en rectificar y el incidente sacó a la superficie las virtudes de ambos: la responsabilidad de él y la bondad de ella.


La visita a Sotherton nos permite conocer alguno de los pliegues de la futura señora Rushworth en cuyo corazón se disputan el terreno la vanidad y el orgullo. Enseñar una casa como la de Sotherton exige de cierta preparación porque cada cosa es bellísima en su género y los retratos de la familia son demasiado numerosos. En la capilla, que por su falta de personalidad decepciona a Fanny, la señorita Crawford conoce las serias intenciones de Edmund de convertirse en clérigo, al fin y al cabo, como segundo hijo, no le quedaba más remedio que elegir entre servir al Rey, a la Ley o a Dios. En el soto o parque, Fanny se queda doblemente a solas, mientras la señorita Crawford y Edmund pasean por su interior y la señorita Bertram y el señor Crawford recorren el exterior. Desde ese lugar seguro llamado Fanny va el lector examinando a los que huyen, persiguen o permanecen.



El anuncio del regreso de sir Thomas supone la proximidad de importantes acontecimientos: el enlace de María y la ordenación de Edmund. El halago de este a Fanny nos brinda la oportunidad de recibir de la boca de la señorita Crawford un certero perfil psicológico de la señorita Price, “más acostumbrada a merecer las alabanzas que a oírlas”. Y sin embargo, las estrellas fueron desplazadas, esa noche, por el coro.

El plan de representar en Mansfield  una obra de teatro por los Bertram y los Crawford con el auxilio y colaboración de los amigos más íntimos de la casa, cuenta con la estéril oposición de Edmund y de Fanny. La elección de la obra y el reparto de los papeles liberan una compleja sucesión de intereses y sentimientos quedando los primeros solo satisfechos en función de los segundos. El corazón de Fanny le lanza una advertencia cuando se entera de que Edmund ha reconsiderado su postura tras advertir un papel vacante muy próximo al de la señorita Crawford. Si al principio Fanny se sintió sola, muy pronto las continuas quejas de todos y cada uno de los demás sobre expectativas incumplidas o atenciones desatendidas, le sirvieron de entretenimiento. Todo bullía como en el interior de una olla al fuego. Jane Austen utiliza la pieza de teatro para sacar a la superficie de la realidad aquello de lo que nadie se quiere dar por enterado.


La inesperada llegada de si Thomas supone un brusco giro de la situación. El primero en marcharse fue Henry Crawford dejando un hondo pesar en el corazón enamorado de María y un aliviado resentimiento en el de Julia. El poco fuste del señor Rushworth, el prometido de María, era tan evidente que el mismísimo si Thomas invitó a su hija a expresarse con sinceridad sobre su relación con el heredero de Sotherton. La respuesta le satisfizo doblemente, pues al carácter ventajoso se la alianza se venía a sumar la certeza de que una joven “que no se casaba por amor era en general sumamente apegada a su propia familia”. Lo que sir Thomas ignoraba era que la respuesta de su hija estaba dictada por el despecho nacido del desinterés de Henry Crawford y, lo que era aún más grave, por el odio hacia Mansfield. Un par de meses después María se trasladará con su marido y Julia a la aristocrática Brighton, dejando para Fanny el primer lugar en Mansfield. En realidad lo que queda en Mansfield es un prometedor triángulo: Edmund, Mary y Fanny. Sir Thomas no es hombre que escatime sus opiniones: Fanny puede aceptar la invitación a cenar de la señora Grant. Muy al contrario que la señora Norris, cuya perorata admonitoria dirigida a Fanny, encuentra por esta la más humilde de las respuestas: reitera las gracias y se apresura con su labor, pese a lo cual Norris le recuerda a Fanny que su lugar es siempre el último. Tal es la virtud de esta jovencita que cuando sir Thomas le pregunta a qué hora quiere el coche para que la lleve hasta la casa de la señora Grant, nuestra querida Fanny no puede sino sentirse como un criminal ante la presencia de su tía. La velada contó incluso con la sorpresa de la presencia de Henry Crawford que tomó muy buena nota de lo extraordinariamente bien que le sentaba el otoño a la señorita Price. Encantos que se centuplicaron con el regreso de su hermano William.


La llegada a Mansfield del sobrino de lady Bertram incrementó la simpatía hacia los hermanos Price hasta el punto de decidir a sir Thomas a ofrecer un baile para diversión de los jóvenes. En la víspera, Fanny, tras el incidente de las dos cadenas, descubre el amor que su primo Edmund siente por la señorita Crawford. Fanny se prohíbe considerar tal hecho como un desengaño: sabe que no posee el privilegio de la solicitud. Durante el baile Edmund se mueve inquieto y solo logra el descanso cuando baila con Fanny. Para quien no hay amparo, y no deja de sorprendernos porque durante trescientas páginas no hemos visto en su corazón más que una turbina, es para el frívolo Henry Crawford. Tan seguro está de ganar la partida del amor que no duda en elevar a los altares propios la virtud ajena. Las cartas que exhibe el señor Crawford son tan buenas, las recomendaciones necesarias para que William sea nombrado teniente de corbeta, que la negativa de Fanny le parece a sir Thomas insuficiente. Fanny revela una independencia de espíritu inesperada para la época y la posición social de sir Thomas, La cascada de reproches parece no tener fin: terca, obstinada, egoísta, desagradecida. Pretendiente y tío acabaron por decidir que Fanny no sabía de sus sentimientos y que era mejor esperar que insistir. Aunque con menos sorpresa que sir Thomas por el rechazo de Fanny, Edmund compartía el punto de vista de su padre. Hasta tal punto es presionada la virtuosa Fanny que acaba pidiendo perdón por no tener a disposición del señor Crawford el sentimiento por este reclamado. Los Crawford ensayaron una maniobra de retirada dejando en manos de sir Thomas y Edmund la observación del campo de batalla. ¡Qué lejos parecen todos de conocer a Fanny!: su espíritu no podía navegar por mejores aguas que las de Mansfield donde su secreto está mejor guardado. Y sin embargo, quizás por intuición psicológica, sir Thomas traza el plan de alejarla de Mansfield permitiéndole que visite a su familia en Portsmouth. No tiene más que dieciocho años, ha vivido más de la mitad de su vida en Mansfield, sabe que cuando regrese la suerte de Edmund estará ya decidida, ignora cuanto la espera en casa de su madre, no cuenta más que el amor de su hermano William y su propia virtud. ¡Pobre Fanny!



Hay dos jornadas de viaje entre Northampton y Portsmouth, tiempo suficiente para que Fanny piense y abra su corazón a sí misma. Era un secreto que poco a poco nos había ido siendo revelado. Ahora lo sabemos con absoluta certeza: Fanny está enamorada de su primo Edmund. La noticia en el domicilio de los Price no es la llegada de Fanny, sino la salida del barco de William, la corbeta Thrush, del puerto para fondear en Spithead. Tan triste y árido fue el exilio de Fanny en la casa paterna que cuando recibió carta de la señorita Crawford su corazón brinco de alegría. Un mes después de su llegada a Portsmouth, Fanny se sentía abatida y los primeros síntomas de una depresión eran ya perceptibles en su rostro. Ahora ya sabía que su casa era Mansfield. Pero Mansfield no era ya el mismo que había dejado atrás: primero la enfermedad de Tom y después el escándalo de la señora Rushworth, huida en compañía del señor Crawford, habían sumido a los Bertram en el hondo pozo de la desgracia y el deshonor. El único consuelo para sir Thomas y su familia era la virtud de Fanny. El abatimiento absoluto que mostraba la señora Norris a la llegada de Fanny era la mejor muestra de aquello a lo que se enfrentaban las hermanas Price, pues por expreso deseo de sir Thomas, Fanny viajaba acompañada de su hermana Susan. El tiempo trajo consigo la mejoría de Tom y el regreso de Julia a Mansfield acompañada con su marido, el frívolo Yates, cuyas deudas le parecieron a sir Thomas menos de las esperadas. Más tarde, el acuerdo de construir un retiro deliberadamente infortunado para María, liberó a todos de la presencia de la señora Norris y con absoluta seguridad hubo una tarde en la que bajo los árboles de Mansfield Park, Edmumd cobró conciencia de que la paz había regresado y que frente a sí tenía lo que era demasiado bueno para cualquier hombre: los ojos tranquilos y dulces de Fanny Price.
  


domingo, 22 de febrero de 2015

Principales personajes de "La esquina"



El Gordo Curt Davis: el mejor captador en la esquina de Fayette con Monroe. Sus manos gordezuelas nunca conocen el fondo de los bolsillos; camina apoyado en un bastón de aluminio.

El señor Blue: cobra dos billetes por entrar en su casa-picadero (el palacio de las agujas) a chutarse y otros dos si necesitas jeringuilla. Es pintor.

Bryan Sampson: esquinero que coloca detergente en polvo a sus clientes.

Dennis: hermano de Curt y como él necesita bastón.

Verónica Boice: la prima de Tony, conocida como la Flaca o Ronnie. Es la pareja ocasional de Gary. Ronnie, que apenas pesa cincuenta kilos, es capaz de crear el caos y la discordia a su alrededor con sus mentiras. “Una extraña mezcla de voluntad, sabiduría y maldad”.

Neacey: la hija de Ronnie Boice.

Lightlaw: la empresa constructora de Gary.

DeAndre McCullough: hijo de Gary y Fran. Es un chico espabilado, hasta el punto de que mandar a su hermano a la escuela un sábado con el encargo de esperar allí a que sea lunes. El hecho de que lleve el pelo a lo Bart Simpson hace que se le reconozca a una esquina de distancia. Al principio, su territorio es el callejón de Fairmount.

DeRodd: hermano de DeAndre.

Tae, Sean, Boo, Linwood, Dewayne: amigos de DeAndre.

Michael Hearns: padre de DeRodd.

Odell y Shorty Boyd: atracadores de esquineros.

Little Kenny y Hungry o Charlene: ladrones de alijos.

El 1625 de Fayette es la casa de los Boyd, conocida como el Dew Drop Inn, allí vive la madre de DeAndre que se llama Fran, y los hermanos/as de Fran: Bunchie, Stevie, Alfred y Sherry (su novio es Kenny y el hijo de ambos es Ray Ray que vive conectado a un monitor cardíaco). Scoogie, el hermano mayor, vive con su familia en otro lugar, es el único Boyd que está limpio de drogas, al menos eso asegura él.

Corey: el novio de la prima (Nicky) de DeAndre y socio de este en la esquina de Fairmont.

Bugsy: el proveedor de De Andre.

Bod Brown: el azote policial de todos los colgados.

Rose Davis: la directora del instituto Francis M. Woods al que asiste DeAndre.

Ella Thompson: directora del centro cívico Martin Luther King Jr., un viejo edificio entre las calles Fayette, Mount y Vincent.

Dana Lamm: el muerto a cuyo funeral asiste Ella. Dana es amigo del hijo de Ella, Tito.

Gordon: el tercer amigo (Dana, Tito y Gordon). Tres chicos estupendos que le dieron la espalda a la esquina.

Allen: marido de Ella, drogadicto y maltratador, padre de Tito y Donilla.

Pequeño Melvin, Gran Lucille, Gánster Webster, Kid Herderson, Liddie Jones, Zinder Blanchard: los grandes camellos y gánsteres del pasado.

Dink-Dink: probablemente el vendedor más joven, nueve años. Está deseoso de cargarse a su primer tipo.

Eggy Daddy, Pimp, Bryan, Bread: colgaos, consumidores que trabajan en la esquina como captores, vigilantes o lo que sea. Bryan es un consumado adulterador de la cocaína.

Rita Hale: la adicta, médico en lo de Blue, capaz de encontrar la vena en lo más profundo del brazo.

Gee, Shamrock, Dred, Nitty, Tiny: traficantes.

Kwame: el hermano más pequeño de Gary. Trapichea con DeAndre.

Shamrock o Sham: el compinche de Kwame.

Tyrone: el hermano de Ronnie Boice.

Los McCullough son quince: Kathy, Jay, William Jr. (conocido como June Bey), Joanne, Judy, Gary, Ricardo, Rodney, Darren, Sean, Chris, Kwame, Kenyetta, Dan, (el que falta creo que se llama Cardy). Gary es uno de los protagonistas de la novela, se trata de un adicto que siempre lleva puesta una gorra de los California Angels.

Dontayn: el hijo de Blue, el último traficante de la acera de la calle Pratt.

Collins: policía.

Tyreeka (Reeka) Freamon: la novia de DeAndre.

Stubby y Scar: traficantes.

Huffham: el policía que detiene a DeAndre.

MLK: equipo de baloncesto formado en el centro cívico por Ella, a él pertenecen R.C., Brooks, Dewayne, Tae, Linwood. En el banquillo esperan Boo, Brian, Manny Man, Dinky y Randy.

Ike Motley: amigo de Ella, canta en los funerales.

Ricky Cunningham: amigo de Ella, a medio camino entre la  comunidad y la esquina. Se declara por carta remitida desde la prisión.

Kiti: el hijo de Ella.

Tianna: nieta de Ella.

Domilla (Donnie): madre de Tianna e hija de Ella.

El gordo Curt, Eggy Daddy, Dafnis, Rita, Shardene, Joyce y Charlene Mack, Chauncey, Pimp y Scalio: drogadictos que antes vivían en la casa de Blue y después se marchan a la de Annie, al lado de la casa de los McCullough.

Fatty Pool: hija de Ella, en 1988 con trece años de edad fue asesinada en un callejón de la calle Baltimore.

Daymo, T.J., Chubb, Michael, DeRobb y Little Stevie (primo de DeAndre): son el futuro de la calle, los más pequeños que ya han empezado a ser “enderezados” por los de quince.

Joyce Smith y Myrtle Summers: directivas de la junta de la plaza Franklin.

Skip: un yonqui con cerebro.

Gene el Limpio: yonqui que tiene el único picadero limpio de drogas.

Mike Ellerbee: el aspirante a marinero y condenado por homicidio.

Mike, el de la calle Payson, Truck y Twin: los chicos de Hilltop, el vecindario al oeste de Monroe.

David Sanford: hermano de R.C., heroinómano, víctima mortal de la brutalidad policial.

Sarah: la madre de Ronnie. Insulta a la madre de Gary, Roberta, a la salida del juicio.

Will: el compinche de Gary en el asunto de los coches.

Preston, Shamrock, Jaime, Kwame: generación anterior a la de los HMC y amigos de Kiti, el hijo de Ella.

Smitty y Gale: vecinos de Ella. Gale es la hermana de Ricky Cunningham.

Pimp: uno de los legendarios clientes de los picaderos, capaz de salir de una joyería con una bandeja de anillos de oro.

Marlene: hermana de R.C.

Sargento Timothy Devine (Stashfinder: el encuentra alijos): policía veterano del distrito oeste.

Regina: compañera sentimental de Kwame.

Nicky: la hija de Bunchie.

DeQuan: hijo de Nicky.


miércoles, 4 de febrero de 2015

El extranjero. Albert Camus.



La frase con la que concluye La peste: “Hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio” es fruto de un largo proceso que se inicia precisamente con El extranjero. Meursault es un hombre sin polaridades; no hay en él ni verdadero resentimiento ni tampoco satisfacción. En el profundo sentir mediterráneo de Camus confluye una extraña mezcla de luz y sangre; la primera alumbra las calles sucias y pobres de Argel y la segunda le proporciona la sabiduría que habita en el espíritu andaluz de su madre. Solo la belleza hace soportable la miseria. Ciertamente no hay salvación posible, pero, al menos, queda la dicha de la contemplación de lo bello. En Meursault todo se explica como el profundo aturdimiento que sigue a una insolación. Meursault es un romántico sin vida interior que ha descubierto el hedonismo de las playas del Mediterráneo.


No era más que cuestión de esperar a que la muerte de su madre se convirtiera en “un asunto archivado”. Hay una cierta insolencia en el hecho de ir en autobús al entierro de tu madre, en tomarlo a la carrera y hacer dormido el trayecto. El portero de la residencia le hace compañía hasta que la llegada de los amigos de su madre le obliga a abandonar la somnolencia a la que se había entregado en medio de una sala atrozmente iluminada. Una docena de ancianos que buscan algo para desviar la mirada del féretro. De repente una mujer llora y Meursault descubre que su madre tenía una amiga. Durante el sepelio, una línea de cipreses entre el azul del cielo y el rojo de la tierra, le proporcionan a Meursault una explicación sobre su madre. El hecho de que solo tres personas acompañen el féretro de su madre no parece llamar la atención de Meursault. Se disculpa una y otra vez por la muerte de su madre como si se trata de un contratiempo pasajero, de una leve hinchazón en el alma.


A un rápido encuentro sexual con Marie Cardona, una antigua compañera de oficina, le sucede una comida a base de huevos cocidos, un paseo por el apartamento y una asomada al balcón. Lo mejor que se puede hacer con el resto del día es asegurarse de que nada había cambiado. Los vecinos parecen ser los mismos. Meursault accede a los deseos de camaradería del Raymond de quien se dice en el barrio que vive de las mujeres. Parece un tipo sin escrúpulos que puede meter en problemas al estúpido de Meursault. Menos preocupación causa el viejo Salamano, pese a la identidad de aspecto que comparte con su perro, y hasta resulta de agradecer que ponga ante los ojos Meursault el hecho contrastado a estas alturas del poco afecto que sentía hacia su madre. Durante una escaramuza con dos árabes, Raymond resulta herido. Unas horas después Meursault dispara contra el agresor y lo mata.


El juez, alto y canoso; el abogado, gordo y joven. La insensibilidad de Meursault es el primer cargo. El segundo, una amoralidad nacida del aburrimiento. Tal vez sea la visita de Marie a la cárcel, el acontecimiento que marca el primer atisbo de sufrimiento en el espíritu de Meursault. Esa repugnante mezcla de vergüenza y deseo en que consiste la privación de la libertad. El calor provocaba en la sala de enjuiciamiento un “ruido continuo de papel arrugado” que anticipaba el resultado de las pruebas. Hay un rápido paso por la nostalgia, la curiosidad y el solipsismo para volver después y, definitivamente, a la misma indiferencia y pesadez que llevó a Meursault a disparar contra el árabe. Al fiscal, Meursault le parece un monstruo y pide pena de muerte. También el abogado defensor, entre grandes ventiladores y multicolores abanicos, se asoma al alma meursaultiana y la encuentra tan llena de virtudes que hasta su mismo poseedor siente vértigo. Es justamente entonces cuando la trompeta de un vendedor de helados lleva hasta la garganta de Meursault algo parecido a un sentimiento del que apenas retiene otra cosa que cansancio. Después el corazón de Meursault se cerró y nada replicó tras escuchar que  sería decapitado en la plaza pública y en nombre del pueblo francés.

En la celda, después de conocer la sentencia, Meursault no muestra ni rebeldía ni indignación. Piensa, eso sí, en la evasión, en el placer de verse en el otro lado, detrás del cordón policial que rodea la plaza, en la necesidad desadjetivada de colaborar moralmente con el verdugo, en el alma mecánica de lo inevitable; pero no en Dios, en Dios, no: Dios carecía de importancia. ¿Y cómo podía tenerla si a él, a Meursault, lo habían condenado a morir como asesino por no haber llorado en el entierro de su madre? El hombre camusiano, culpable y sin redención posible.  


martes, 13 de enero de 2015

El libro del Éxodo.


Dios, Moisés y el pueblo de Israel. Tres fuerzas extraordinarias: el primero ha decidido cumplir la promesa dada a los patriarcas, el segundo ha de servir de instrumento a la acción divina y el tercero al salir de la esclavitud se hace responsable de su propia libertad ante Dios y los hombres. Ningún texto en la historia humana posee tanta universalidad como este.


Aquellos setenta y cinco descendientes de Jacob que en unión de sus once hijos entraron en Egipto, José ya estaba allí, se multiplicaron y la tierra se llenó de ellos. Y cuando subió al trono un faraón que ya no conocía a José, desconfió de los hijos de Israel y los esclavizó. Como pese al duro trabajo al que los hebreos eran sometidos continuaban en aumento, se ordenó que los varones recién nacidos fueran arrojados al río y solo a las hembras se las dejara con vida. Uno de estos recién nacidos fue abandonado en el río sobre una cesta embreada, la cual fue a parar a un juncal donde se bañaba la hija del faraón. Sabiendo que era un hebreo abandonado se compadeció de él y lo dio a criar para ella a la madre del niño. Cuando creció y la hija del faraón pudo disfrutar del niño le puso por nombre: Moisés, diciendo: “Del agua lo he recogido”. El niño creció y hasta los oídos del faraón llegó la noticia de la muerte de un egipcio a manos del hebreo Moisés que ha de exilarse a la región de Madián para evitar el castigo. Allí conoció a Sepfora con la que tuvo un hijo, Gersam. Un día en el monte Khoreb (el monte Sinaí) Moisés observa una zarza o arbusto que arde sin consumirse y se acerca para admirar el prodigio. Es Dios que se manifiesta bajo esta poética forma. Moisés es el instrumento divino para liberar al pueblo hebreo de la opresión egipcia. Pero Moisés pregunta a Dios una y otra vez, le pone mil y una pegas, hasta de forma velada le pregunta: ¿Pero, bueno, tú quién eres? Y entonces Dios da la famosa respuesta: “Yo soy el que soy”, el único, por tanto, que tiene existencia por sí mismo. La igualdad antigua de un Dios que trata primero de convencer y se enfada ante las reticencias continuas de un Moisés pusilánime.


El faraón suprime la entrega de la paja sin aminorar el número de ladrillos; esa es la respuesta a la demanda de libertad: “Vayan ellos y cojan la paja”. Los hijos de Israel son ahora más esclavos que antes porque han de procurarse la paja. Lleva razón Moisés: en tales condiciones cómo van a escucharle. Tan importante es la genealogía que se nos da cuenta de la procedencia de Moisés y su hermano Aarón: Leví, Kaath y Amram serían respectivamente bisabuelo, abuelo y padre. Y el duro corazón del faraón hizo que el Señor mandara las sucesivas plagas sobre el pueblo de Egipto: la sangre, las ranas, los mosquitos (Casiodoro de Reina habla de piojos), el tábano (“mosca de perro” aclara la Septuaginta), la mortandad del ganado, las llagas, el granizo… ¿Hasta cuándo el faraón va a negarse a dejar que Dios lo conmueva? ¿Por qué Dios no se decide a actuar directamente en el corazón del faraón en lugar de obrar prodigios en el exterior? Hizo subir la langosta, la octava plaga, para que devorara cuanto había dejado tras de sí el granizo y después que descendiera la oscuridad durante tres días el faraón continuaba negándose a dejar salir a los hebreos. La última de las plagas enlaza la pascua, la fiesta de los ázimos y la muerte de los primogénitos, preludios de la salida definitiva de la esclavitud. El Pésaj judío. “Guardaréis los días de los ácimos, porque en aquel mismo días saqué vuestros ejércitos de la tierra de Egipto; por tanto guardaréis este día por todas vuestras edades, por costumbre perpetua. En el primero, a los catorce días del mes, a la tarde, comeréis los panes sin levadura, hasta el veintiuno del mes, a la tarde”. (Versión de Casiodoro de Reina).   


Pero no bien los hebreos se hubieron adentrado en el desierto (la enorme distancia entre la esclavitud y la libertad exige de un aprendizaje), corrió el faraón en pos de ellos al mando de seiscientos carros y frente al mar Rojo los encontró. Al ver al faraón, los hijos de Israel dudaron: mejor esclavos en Egipto que muertos en el desierto. Por mandato del Señor, Moisés separó las aguas, abrió el camino de la libertad para los hebreos y cerró el féretro del faraón. Y Moisés arrojó un palo y el agua amarga de Merra (Mará) en el desierto se endulzó. Pero como el pueblo continuaba dirigiendo sus quejas contra Moisés y Aarón, el Señor envió el maná y el precepto del descanso sabático. Al llegar a Rafidín, de nuevo la sed hizo a los israelitas quejarse e injuriaron a Moisés que se preguntaba: “¿Qué voy a hacer con este pueblo?”. El Señor le dijo que se pusiera delante del pueblo y con el mismo cayado que Moisés apartó el mar, hizo brotar agua de la piedra. Puso como nombre a aquel lugar Massah y Meribah, prueba e injuria. Allí, en Rafidín, Amalek, que el Génesis presenta como hijo de Elifaz, esto es nieto de Esaú, combate a los hijos de Israel y es derrotado por Iesoús (Josué). Moisés, aconsejado por su suegro, elige hombres capaces que pone al frente de diez, de cincuenta, de cien y de mil. Y estando en el Sinaí, Dios llamó a Moisés y este subió al monte. El pueblo elegido, la nación santa, aceptó la alianza con Dios. Tres días después Dios bajó del monte Sinaí y habló directamente al pueblo mostrándole las leyes del Decálogo. Con sangre de novillos que Moisés asperjó sobre el pueblo quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Regresó Moisés al monte Sinaí a recoger las tablas de piedra y allí estuvo en lo alto cuarenta días y cuarenta noches. Ordena el Señor a Moisés la construcción de un arca para guardar el Decálogo con un propiciatorio adornado de querubines y a continuación le da normas muy precisas para la construcción del santuario (tienda del testimonio donde guardar las tablas de piedra escritas por el dedo de Dios) y el altar. Los preceptos se extienden a las vestiduras de Aarón y sus hijos que han de ejercer el sacerdocio para Dios. Y tan pormenorizadas fueron las instrucciones del Señor que mucho fue el tiempo que Moisés tardó en volver con su pueblo y se encontró con que este había fundido un becerro de oro y se había postrado ante él. Hizo Moisés pedazos las tablas y redujo a polvo el becerro. Después hizo que tres mil cayeran a mano de los levitas y volvió a suplicar a Dios, quien lo escuchó y le mandó regresar al monte Sinaí con nuevas tablas donde volver a imprimir el Decálogo. Tan pronto como Moisés descendió se comenzaron los trabajos para la construcción de la tienda del testimonio, del arca donde guardar las tablas, del altar, de las vestiduras, del candelabro, las lámparas, la mesa de la presentación, de los pilares, cortinas, pieles y aparejos. Y cuando el santuario estuvo terminado el espíritu de Dios descendió sobre él y los israelitas avanzaban por el desierto siguiendo la nube divina.


Por la Pascua, los judíos aún hoy recuerdan la necesidad de sentirse como recién salidos de la esclavitud egipcia, porque solo así cabe preguntarse por la identidad de un pueblo elegido que vagó durante cuarenta años por el desierto de la mano de un Dios que parecía perdido.