miércoles, 17 de agosto de 2016

Libro de la vida. Santa Teresa de Jesús.

Parece que sueño lo que veo, y no querría ver sino enfermos de este mal que estoy yo”.  16, 6

“¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos?”. Libro de la vida. 39, 21

“Hija, la obediencia da fuerza”. Fundaciones. Prólogo.


Muy cerca de nosotros, en el monasterio de San José y entre 1563 y 1565, redactó Teresa de Ahumada su libro grande, como a ella le gustaba llamar al Libro de la vida. A decir verdad la empresa se había iniciado el año anterior en Toledo, mientras Teresa hacia compañía a la viudez de doña Luisa de la Cerda, a instancias del dominico García de Toledo. El manuscrito fue secuestrado por la princesa de Éboli que lo denunció a la Inquisición. No se publicó hasta 1588 por conducto de fray Luis de León. La edición que utilizamos es la de Fidel Sebastián Mediavilla y a él se deben la mayoría de los comentarios y aclaraciones. Tiene esta edición, que era de mucha necesidad, la virtud de aproximar el texto de la santa, de difícil abordaje, a una mejor comprensión. Con todo, no debe ser sino la primera de una serie de ediciones que vengan a poner el texto en el lugar que debe ocupar en la mística y la literatura del XVI. Nos resistimos a pensar que pueda ser de otra manera. La resistencia es el último de los refugio que nos quedan.


Comienza hablando de sus padres, Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila y Ahumada, de los libros de santas y de los juegos de ermitas en el jardín y de monasterios y monjas con otras niñas. La afición a la lectura de los libros de caballería abre el capítulo segundo, cuyo primer párrafo termina con la frase que se ha hecho famosa en los marcapáginas: “Si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento”. Viene luego ese exagerar las faltas tan propio de la autora y que nos parece hoy poco razonable. Esconde ciertas trastadas bajo la influencia de una pariente que los estudiosos identifican con una prima, para al fin celebrar su entrada en el monasterio de Santa María de Gracia. Apuntemos dos cosas. La una, que Teresa se muestra ya preocupada por guardarse de “descontentaros a Vos”; y la otra, que el Señor le había dado ya la gracia de “dar contento adondequiera que estuviese”. Pero no tenía por ello Teresa mucha gana de hacerse monja.


La monja agustina que tanta influencia tuvo sobre Teresa y a la que se refiere en el tercer capítulo ha sido identificada como María Briceño. Año y medio estuvo Teresa en el convento, tiempo durante el cual las ganas de ser monja se le iban y venían. Mas una enfermedad la llevó al lado de su hermana, María de Cepeda, ya casada y al de su tío paterno, don Pedro de Cepeda, hombre de mucha virtud y penitencia, aficionado a los libros de devoción. Fingía por aquel tiempo Teresa el gusto por los libros espirituales, aunque era los otros, los profanos, los que en verdad disfrutaba. No puede el lector evitar que un cierto pensamiento muy convencional llevo a Teresa a tomar estado. Ella misma lo explica, dice que fue por temor servil.


Tomó el hábito Teresa en el capítulo cuarto y lo hizo allí donde mejor le pareció, en el monasterio de la Encarnación el 2 de noviembre de 1536 a los veintiún años y tras un año de postulación. Comenzó pronto la santa a espantarse, cómo nos gusta esta expresión, de pasar barriendo las horas que antes dedicaba a su regalo, pero antes de que el sosiego llegara a su alma, los desmayos y “un mal de corazón tan grande” quebrantaron su salud, enfermedad que los expertos atribuyen a la brucelosis. No siendo monjas de clausura, don Alonso llevó a su hija a un curandero para que la sanara. Fue por entonces cuando Pedro de Cepeda entregó a su sobrina uno de los libros que más honda influencia tuvo en su vida: Tercera parte del libro llamado abecedario espiritual del franciscano Francisco de Osuno, ejemplar que se conserva en el monasterio de San José de Ávila. Habla por primera vez  de una oración de quietud y otra de unión, muy breve esta último, pero solo posible gracias a que “me parece traía el mundo debajo de los pies”, frase con la que abre un fuerte distanciamiento hacia las cosas mundanas.


Trató Teresa con su primer confesor, el cura de Becedas a donde había ido a curarse, el cual parece que tenía barragana. Si ella no curó, al menos por su intercesión lo hizo el clérigo poco antes de morir. Aparece la santa en este capítulo quinto muy quebrantada de salud, pero con empeño de lecturas: la historia de Job en los Morales de san Gregorio. Directamente de la Biblia no podía hacerlo porque no sabía latín la santa y las traducciones estaban prohibidas. Corre el año de 1539 cuando Teresa recibe la extremaunción e incluso se la da por muerta durante horas.


El capítulo sexto se abre con la mención a los cuatro días de paroxismo (coma) que sufrió la santa. Los eruditos aclaran las fechas, del 15 al 18 de agosto de 1539, y el padecimiento, una meningoencefalitis. La convalecencia fue larga, una primera fase llega hasta la Pascua Florida, unos nueve meses, momento en que se reincorpora al monasterio, y otra más larga que abraza los dos años siguientes de 1541 y 1542. No atinamos a comprender qué comportamiento se reprochaba la santa a sí misma y que decía ser la causa de la ofensa a Dios. Más parece acto de mortificación que otra cosa. La devoción por san José está espléndidamente presentada por una escritora que comienza a cobrar fuste. Es su san José un santo de tanta diligencia que endereza las peticiones torcidas, lo cual tiene bastante sentido si tenemos en cuenta que la veneración por este santo era muy reciente y que fue la santa la verdadera impulsora.


“De los daños que hay en no ser muy encerrados los monasterios de monjas” es el subtítulo del capítulo séptimo. No se muerde la lengua la santa al tratar un tema de tanta importancia como el que sigue: “Y no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes tienen tan borrada la labor que el espíritu de los  santos pasados dejaron en las religiones”. No sé si a la perplejidad, pero con seguridad sí al resoplido lectorio mueve el peculiar estilo de la santa que junta cuatro verbos huérfanos de sujeto: “como veía pensaba que era la que solía”. El empeño de la santa de reconciliar las cosas de Dios con las del mundo duró muchos años y, en buena medida, de él surgió la idea de darle a Dios los méritos de su prestigio. Salvo error es en este capítulo donde por primera vez la santa se dirige directamente al destinatario de su manuscrito: el padre García de Toledo. No parece tener la santa aprecio por los que buscan “irse a los desiertos” por ser un “género de humildad no fiar de sí”, es más de su preferencia ver crecer la caridad “con ser comunicada”. A estas alturas de su vida ya sabe que muchos son los que te ayudan a caer, pero pocos los que te levantan.


Veinte años estuvo la santa faltándole a Dios en su interior con el único auxilio de la oración. En el capítulo octavo se anuncia con claridad el combate entre el mundo y Dios, y también un arma que no era muy bien vista por las jerarquías eclesiásticas: la oración mental. Sin duda sonaba muy luterano eso de que orar no era otra cosa que estar con Dios en intimidad. Pero la oración no va sola que siempre gustó la santa de buenas lecturas y provechosos sermones.


Relata la santa en el capítulo noveno el incidente de la imagen del  Cristo muy llagado y que los estudiosos sitúan en 1554. Pero más que estos arrebatos de exposición, nos enternece la simplicidad de la santa cuando busca la soledad de Cristo por parecerle que entonces será mejor aceptada. Su falta de imaginación le hacía ser muy amiga de imágenes. No deja de sorprendernos que muy poco tiempo después de la publicación de las Confesiones de san Agustín ya estuviera el libro en poder de la madre.


El inicio de las mercedes que la santa recibe del Señor es el tema del capítulo décimo. La experiencia mística del alma fuera del cuerpo, toda voluntad, sin memoria ni entendimiento, pero plenamente consciente. Muy bien supo la santa buscar a quienes pudieran darle luz: san Juan de la Cruz, fray Luis de León, Francisco de Borja, Juan de Ávila, Domingo Báñez, Pedro Alcántara…   




Comienzan en el capítulo once los tratados sobre las cuatro clases de oración. Si “no acabamos de disponernos” es porque queremos retener las cosas del mundo y darle a Dios solo los frutos o las rentas. Un discurso lleno de disculpas por ser mujer que nos revela mucho de los pies de plomo con los que la santa había de transitar por ese mundo de hombres. Vemos las puntas de sus pies esquivar con humildades los reparos sociales de ser mujer y escribir, y es que hasta por la metáfora de las cuatro aguas del huerto de la oración pide disculpas. Los principiantes son aquellos que riegan sacando el agua del pozo. Y como tales nos trata la santa flagelándonos con elipsis imposibles: los verbos secos como el pozo del que intentamos sacar el agua. “Porque ya se ve que, si el pozo no mana, que nosotros no podemos poner el agua. Verdad es que no hemos de estar descuidados, para que, cuando la haya, sacarla”.

Hay en el capítulo doce un cierto dormitar hasta que de pronto la santa nos despierta con una advertencia: “No se suban sin que Dios los suba”. Vano parece todo esfuerzo en ascender por las potencias del alma si Dios no los quiere.

Con la recomendación de alegría y libertad inicia la santa el capítulo trece. Hay personas que parece que llevan la devoción atada de tanto como temen perderla al menor descuido. Le gustan a Dios “las ánimas animosas” con un pizca de humildad y algo de confianza en Él. La santa compara el alma con una avecita de pelo malo que hace vuelos cortos. El deseo, siempre grande de la santa, le hace rechazar la torpeza del sapo, el solaz de la lagartija y el paso corto de la gallina. Las tretas del demonio son muchas: disfraza de salud la comodidad y de poca virtud, la humildad, y no les deja domingo a los “que discurren mucho”. Experiencia, letras y virtud ha de tener el maestro que se tome para orar.

Los capítulos catorce y quince tratan de la oración de quietud, “un recogerse las potencias dentro de sí”. Cárcel de amor divino hecha con los barrotes de la voluntad, la memoria y el entendimiento. Espera uno que el misticismo de la santa sea tan audaz como su leísmo y verla rezar de oído en latines. Su experiencia en esta clase de oración es que el alma queda boba, desnuda de conocimientos, llana ante Dios. Da luz al entendimiento y firmeza a la verdad procurando “traer a la memoria lo poco que dura todo”.


Ascendiendo hacia la cumbre del éxtasis nos tropezamos con el tercer grado de oración. A él dedica la santa el capítulo dieciséis y el siguiente. Si en el anterior las potencias se recogían, aquí es su grado de consciencia el que queda afectado por una especie de sueño. Un juego de términos contradictorios con los que acercase a una experiencia extraordinariamente personal: desasosiego sabroso, sabrosa pena, desatinos santos, locura celestial… y concluir con “parece que sueño lo que veo”.

En los capítulos dieciocho al veintiuno trata la santa de la cuarta agua, el cuarto grado de oración, es decir, el estado extático. Cuando el alma reúne en su interior todos los bienes no hay más que gozar, aun “sin entender lo que se goza”. Muchas letras dedica la santa a poner de manifiesto su poco valer, el inmerecido don que Dios le concede. Es difícil interpretar la experiencia que relata: el levitar del cuerpo que el alma arrastra tras de sí, la pena sabrosa que le sigue, el desierto y soledad que resulta mejor que cualquier compañía… “Todo se me olvida con aquella ansia de ver a Dios”. Encadenada el alma a “gastar el tiempo en cumplir con el cuerpo durmiendo y comiendo” corre el riesgo de convertirse en “memoria de telaraña”.

Se suele afirmar que el capítulo veintidós hace de puente entre la vida contemplativa y la terrenal de la santa. Sin embargo, ofrece la santa aquí páginas llenas de un rico colorido lírico y espiritual. Tal es el caso del Cristo limpio de sangre y renovado de gloria con el que la santa nos presenta la Eucarística o el asnillo atado a la noria que hace por el huerto más que el entendimiento del hortelano. Posee la santa esa extrañísima potencia que puede describirse  como el calor que transforma en pan la masa de las palabras. Así por ejemplo con la masa de las “mercedes, rendida el alma”, nos cuece la santa el pan de la esperanza.

Dejamos las experiencias interiores y volvemos al relato de las vivencias externas en el capítulo veintitrés. Temía la santa que los arrobamientos de que el Señor le hacía gala pudieran confundirse con las experiencias de los iluminados o alumbrados que habían llamado la atención de la inquisición o ser obra del demonio. Esta necesidad de apagar toda duda la llevó a consultar “qué era la oración que yo tenía”. Aparece aquí el famoso “caballero santo” que la doctrina teresiana concreta en don Francisco de Salcedo, quien no supo despejar las dudas de la santa. El dictamen de Salcedo y del maestro Daza, a quienes la santa había dado un primer manuscrito de su experiencia mística, el cual no ha llegado hasta nosotros, no pudo ser peor: parecía demonio. Al joven padre Diego de Cetina de la Compañía de Jesús que la escuchó en confesión general y leyó un nuevo manuscrito, no le cupo duda de que el espíritu que se manifestaba en la santa era el de Dios.


Con una mención al nuevo confesor y consejo de esto de resistirse a los regalos de Dios, comienza el capítulo veinticuatro. Durante la visita a Ávila del Comisario para las provincias de la Compañía de Jesús, Francisco de Borja, IV duque de Gandía y luego santo, en 1554, aprovecha el confesor de la santa a exponerle al comisario el caso de madre Teresa de Jesús y leerle algunos fragmentos de su manuscrito. Interesado, san Francisco de Borja visita a la santa y confirma “que era espíritu de Dios y que le parecía que no era bien ya resistirle más”. La marcha de su confesor a Salamanca para continuar con sus estudios teologales, conduce a la santa a iniciar amistad con doña Guiomar de Ulloa quien le recomienda a su confesor, el padre jesuita Juan de Prádanos.


De “las hablas que hace Dios al alma” se ocupa el capítulo veinticinco retomando la santa la parte doctrinal de su relato. Lo que más llama la atención es la entereza y el coraje con el que la santa toma decidido partido por sí misma. Y no está de más recordar que estamos ante una simple monja de convento en la Castilla del siglo XVI. Con esta valentía se dirige a sus demonios: “Ahora venid todos, que siendo sierva del Señor yo, quiero ver qué me podéis hacer”. Resultó que estos demonios no eran otra cosa que los “asimientos de honras y haciendas y deleites”. Pero hay cinco o seis letrados que rodean a la santa que persisten en sus sospechas, son algo así como los consejeros espirituales que irán apareciendo sucesivamente en los capítulos siguientes, pero siempre permaneciendo en el anonimato.

El capítulo veintiséis es muy breve, pero de una fuerte intensidad expositiva. La santa es muy clara en su elección y defensa, “que, contento Su Majestad, no hay quien sea contra nosotros que no lleve las manos en la cabeza”. La época no es fácil y a la santa el confesor la confunde y el inquisidor la retira los libros en romance, único lenguaje que ella entiende. ¿Cuál es su reacción? A la santa le gustaron siempre mucho los libros, así que de la manera más natural convierte a “Su Majestad en el libro verdadero”. Libro vivo.

Relata la santa en el capítulo veintisiete la aparición de Cristo, muy cerca, “siempre al lado derecho, sentíalo muy claro”, el día de San Pedro. Los expertos concretan el año en 1560 y entienden que se trata de una visión intelectual de Jesucristo, justamente aquella que se define por las notas negativas expresadas por la santa: ni con los ojos del cuerpo ni con los del alma. “Acá… está… Jesucristo”.  Comenta después la santa el recuerdo de su querido amigo y consejero San Pedro de Alcántara, fallecido en Arenas de San Pedro en 1562. Estremecen la rigurosidad de las penitencias del santo: hora y media de sueño, una comida cada tres días, un sayal por toda ropa y tres años sin levantar la vista del suelo. Tuvo la santa la premoción de su muerte y dice que en ese instante se le apareció diciendo que se iba a descansar y de ahí en ocho días llegó desde Arenas el aviso de su muerte.

Retorna a hablar de la visión en el capítulo veintiocho. Son las manos la parte divina que primero se le hace presente. Después el rostro y más tarde el cuerpo entero. La visión falsa, aquella que es sustentada por el demonio, deja el alma desvanecida, cansada y disgustada; la verdadera, enriquece hasta el cuerpo. A pesar de la seguridad con la que la santa se expresa, los temores no le abandonan por las cosas de los hombres que le dan tantos trabajos a ella y a su confesor, el jesuita Baltasar Álvarez. Sus visiones van de boca en boca y las falsas visiones que la Inquisición perseguía, sobrevuelan toda relación. Son los años más duros de la santa según afirman los expertos en su quehacer literario y místico: los que van de 1558 a 1562. Con todo, es la “contradicción de los buenos” la que provoca mayores sufrimientos a la santa.

Un trabajo inmenso le cuesta a la santa decir que Jesús se presenta, casi siempre, resucitado. Los consejeros espirituales pensaron en el exorcismo por estar en la continua sospecha de ser cosa del diablo. Incluso alguno de ellos le recomendó santiguarse y hacerle higas a la visión. Semejante despropósito hizo que le sobrevinieran a la santa los “ímpetus grandes” de amor hacia Jesús. Que un ángel desde la izquierda le traspasaba el corazón con una flecha de oro y fuego quedando abrasada de amor divino. Es la famosa transverberación del capítulo veintinueve.

La aparición hacia mediados de agosto de 1560, según los eruditos, de san Pedro de Alcántara en Ávila resulta providencial, pues es el único poseedor de experiencias similares a las de la santa. No solo la consuela, sino que trata de mediar con don Francisco de Salcedo, uno de los que mayor amedrentamiento causaba a la santa con sus dudas de si era demonio. Con todo, el mal de la santa tiene mal remedio porque o bien recibe el regaño de sus consejeros espirituales o bien el tormento de si acaso es fruto del engaño el consuelo que ha obtenido de aquellos. Menciona aquí la santa su especial predilección por el pasaje evangélico de la samaritana y todos recordamos el cuadro que dicen llevó al monasterio de la Encarnación donde aún se conserva.


Se inicia el treinta y uno con la descripción de una de las apariciones del demonio: la boca espantable y la gran llama del cuerpo, y la eficacia con la que el agua bendita lo espanta: el poder de la palabra puesta en el agua. La anécdota es muy conocida, pero merece la pena contarla. Estando la santa acompañada volvió a presentarse el demonio y para no atemorizar a sus compañeras dijo: “Si no se riesen, pediría agua bendita”, a por ella fueron y se la echaron encima. Hay combates de ángeles y diablos y también un grupo de demonios despeñándose. Le preocupa a la santa lo mucho que se habla de ella y sus visiones. El Señor le da una respuesta al parecer extraída de Los Morales de san Gregorio, algo así como de qué te preocupabas, hija, si te creen, me alaban a Mí y si no, te condenan sin culpa. Se queja la santa de la poca comprensión de los tiempos para almas como la suya: “porque hay mil ojos para un alma de estas [almas místicas], adonde para mil almas de otra hechura [las no místicas] no hay ninguno”.

Se abre el capítulo treinta y dos con una visita al infierno. Esa fue una de las mayores mercedes que el Señor le hizo, según su propia confesión, pues “me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida”. Aparece aquí el célebre encuentro en la celda de la santa con su prima María de Ocampo y doña Guiomar de Ulloa, prestándose ambas a facilitar la ayuda necesaria para fundar un monasterio pequeño, más dado al recogimiento que el de la Encarnación. San José debía de llamarse el nuevo convento, le dijo el Señor en un habla.  Sorprendentemente la santa se muestra triste por el mandato divino de fundar y el Señor tuvo que insistir. Después de tratar doña Guiomar con el Provincial, y probablemente asegurar aquella la renta precisa, dio su aquiescencia. Enseguida comenzaron las habladurías, “las risas, el decir que era disparate” y “yo no sabía qué hacer. En parte me parecía que tenían razón”. Tal debió de ser la oposición a las pretensiones de la santa que el Provincial cambió de opinión. “Dijo que la renta no era segura y que era poca, y que era mucha la contradicción”. Sin embargo, el apoyo de fray Pedro Ibañez, “gran letrado, muy gran siervo de Dios, de la Orden de Santo Domingo” revitaliza el proyecto.


No cayó bien en el monasterio de la Encarnación el proyecto fundacional de la santa. Las criticas eran muchas y rigurosas, aunque algunas “tornaban algo de mí”. Estamos en el capítulo treinta y tres. Le duele a la santa la retirada de su confesor del proyector fundador, pero la confesión a fray Ibañez de sus hablas divinas hace que este redoble sus oraciones y se retire a un convento de mucha soledad. Sea o no consecuencia de ello, quiso el Señor poner fin a la zozobra de la santa, resultado providencial la llegada del padre Gaspar de Salazar como rector del colegio de San Gil (creo que estaba ubicado en donde ahora están las ruinas de los Jerónimos), el cual logró que el padre Baltasar Álvarez, el confesor, mudara de opinión. La casa fue comprada por doña Juana, la hermana de la santa, a escondidas no fuera que el Provincial volviera a cambiar de opinión tan pronto como supiera de los pasos dados. Tuvo el Señor que insistirle a la santa, “ya te he dicho que entres como pudieres”, empeñada como estaba esta en ampliar el monasterio antes de empezarlo. Parece que fue la aparición de Santa Clara la que determinó a la santa a fundar sin renta, al fin y al cabo las clarisas de las Gordillas quedaban a tiro de piedra del recién fundado de San José. Por intercesión de fray Pedro de Alcántara quedó el convento bajo la jurisdicción del obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza, ante el rechazo del Provincial de la orden de los carmelitas, fray Ángel de Salazar.


Viaja la santa a Toledo para consolar a una mujer muy afligida: doña Luisa de la Cerda. El encuentro es materia del capítulo treinta y cuatro. La mano de fray Pedro de Alcántara no debía de estar lejos, pues resultaba conveniente apartar a la santa del proyecto fundacional y tramitar mientras tanto la documentación a nombre de doña Guiomar de Ulloa y su madre como promotoras. Iba la santa confusa a Toledo, pues no ignoraba que había sido elegida para confortar a aquella noble señora por su fama de santa. Es comprensible que la certeza que en ocasiones tenía la santa de estar en gracia de Dios, escandalizara a los letrados que al mismo tiempo que miraba de reojo al de Trento, la disculpaban por su ignorancia de mujer. Y es que la santa no se anda por las ramas, y así tras mostrar su alegría por la muerte de su hermana María de Cepeda, aclara a quien quiera  escucharla los apenas ocho días que estuvo en el purgatorio y la visión de cómo el Señor la llevaba a la gloria. No hay pérdida posible. “¿Y qué más perdición, y qué más ceguedad, qué más desventura que tener en mucho lo que no es nada?”.

El  encuentro de la santa con otra reformadora, María de Jesús Yepes, abre el capítulo treinta y cinco. Fue esta quien le reveló a la santa la Regla primitiva de pobreza absoluta y la idea de fundar sin renta. Pero aclara inmediatamente que la pobreza para ser recogida tiene que ser voluntaria. Las elecciones a priora la hacen abandonar Toledo, es un empeño del Señor y de su confesor, el padre Doménech. Volvía a Ávila para “pasar gran cruz”, tal y como Dios le había advertido, tal vez para ponerle esfuerzo en su flaqueza.

Vemos a la santa partir de Toledo en el capítulo treinta y seis durante los primeros días del verano de 1562. En Ávila le esperan la autorización de Roma para fundar (naturalmente que no a su nombre, sino al de doña Guiomar de Ulloa), el obispo, don Álvaro de Mendoza y fray Pedro de Alcántara que ese mismo otoño moriría en Arenas de San Pedro. Enseguida se puso la santa manos a la obra, aunque en secreto porque el pueblo no lo tenía a bien. La enfermedad de su cuñado le permitía salir de la Encarnación para atenderlo y disponer las cosas. El día de san Bartolomé quedó inaugurado, con misa y toma de hábitos, el convento de san José. Lo curioso del caso, obra de Dios le pareció a la santa, es que la casa donde se fundó el convento era propiedad de don Juan de Ovalle, el cuñado de la  santa, que con esa finalidad la había comprado para encubrir la fundación y, aquí está lo sorprendente, enfermado, de manera que la santa al tiempo que fundaba, curaba. Con que elegancia y plasticidad cuenta la santa la astucia con la que el demonio trata de sofocar el alma tan solo tres o cuatro horas después de haber concluido la ceremonia de la primera fundación. Y la valentía y destreza con la que sale de las tentaciones: los trabajos para merecer y los descontentos para servir a Dios. Tan pronto como la noticia llego a la Encarnación la priora llamó a la monja rebelde a capítulo en presencia del provincial: “gran reprensión, aunque no con tanto rigor como merecía el delito”. Sin embargo, el alboroto no era tanto de las monjas como de la ciudad. Parece ser que se alegaba la pobreza de la ciudad, la del lugar elegido, el perjuicio a los demás conventos que vivían de las limosnas (al fin y al cabo, otro más a pedir) y algo sobre las fuentes y el agua. Aunque la razón no esté muy clara, lo cierto es que la ciudad se opuso al convento y que tuvo que intervenir el Consejo Real. La santa le pidió ayuda al Señor con la naturalidad de quien nada tiene que esconder: “Señor, esta casa no es mía”. El problema parecía ser la falta de rentas del convento, pero la santa persistió en su empeño guiada por el consejo de fray Pedro de Alcántara que aunque fallecido se le aparecía con habitualidad. La protesta fue diluyéndose poco a poco, en especial después de comprobar que aun sin rentas, el convento parecía subsistir sin penurias. La verdad es que mucho no consumían las trece monjas con la abstinencia de carne y ayuno de ocho meses, las primeras reglas instauradas en el monasterio de san José. Los aparejos del alma de los que termina hablando la santa son, probablemente, la soledad para rezar, la comunidad en la que hacer realidad la comunión, el silencio que aproxima a Dios, la pobreza que esconde tesoros…

Regresamos con el capítulo treinta y siete a las experiencias interiores y con ellas continúa el capítulo siguiente. No quiere la santa “perder un tantito de más gozar” de esa luz tan especial con la que el Señor ilumina sus secretos revelados. La llegada del Espíritu Santo en la pascua de Pentecostés de 1563 se manifiesta de manera especial para la santa: una paloma con alas de concha posada por encima de su cabeza. No deja Dios de estar en la sagrada forma por muy manchada que esté el alma del sacerdote que la consagra, tal es la fuerza de la palabra. Cosa de mucho peligro le parecía a la santa “tener cargo de almas”, razón por la cual pide con especial encomienda por el alma del provincial fray Gregorio Fernández y ve su alma ascender al cielo.

Relata la santa en el penúltimo capítulo, el milagro del Señor que por su intercesión devuelve la vista a una persona cuya identidad no conocemos. En comparación con las grandes mercedes que recibe, “las cositas menudas como sal” de la santa quedan en naderías que consuelan. Y es que la idea es muy sencilla: lo bueno, del Señor; lo malo, de mí, porque hasta las  virtudes, si las hubiera, son dones de Dios.

En el último capítulo, el cuarenta, trata la santa de señalar aquello que “yo no sé cómo… fue, porque no vi nada; más quedé de una suerte que tampoco sé decir”. Atinará al final con su estado de “grandísima fortaleza, y muy de veras”. Las grandísimas verdades que la santa dice entender solo aparecen cuando el alma camina desnuda, es decir, humilde “delante de la Verdad misma”. Lo que no sabemos y nos hubiera gustado conocer es dónde está esa mentira a la que la santa dice haber “trata[do] en muchas cosas”. Sabe también la santa ser discreta, al menos esa es la sensación que uno tiene cuando habla de la importancia que el Señor le ha dicho que en el futuro tendrá una orden en el seno de la Iglesia. Carmelitas, jesuitas y dominicos se disputan el puesto. El valimiento de la santa era ya notorio pues persona cuya identidad se discute le consultó si servía para prelado, mas ella se siente “fatigada de verme para tan poco en su servicio”. No hay en este momento de poner fin al relato de su vida, ansias fundadoras en la santa recluida “en este rinconcito tan encerrado… [el de san José] ya fuera de mundo y entre poca y santa compañía”. Aunque a la santa le da “consuelo oír el reloj, porque me parece me allego un poquito más para ver a Dios de que veo ser pasada aquella hora de la vida”, el Señor se inclina por hacer realidad la segunda de las peticiones que le dirige al padre García de Toledo: “Suplique vuestra merced a Dios o me lleve consigo, o me dé cómo le sirva”.


Ocho años después de su muerte, el jesuita Francisco de Ribera ya está biografiando a la santa. ¡Ocho años! ¡Y a una monja! La fascinación que esta mujer causó en sus contemporáneas debió ser extraordinaria. Durante tres años fue priora por imposición de sus superiores del monasterio de la Encarnación. Cabe imaginar cómo fue recibida por cuanto su nombramiento suponía de interferencia en los privilegios de la orden que siempre había elegido priora por votación. La reforma que llevó a cabo en su casa fue profundísima (expulsión de las mujeres seglares, rejas en el locutorio, prohibición de alborotos y desmayos…) y colocó en el exterior, en una casita, a fray Juan de la Cruz con otro fraile como confesores de las monjas de la Encarnación. Cuando la santa salió de la Encarnación en 1574 muchas la siguieron. En Sevilla las grandes penalidades que pasaría acabaron de una manera sorprendente: el arzobispo pidiendo de rodillas ante la santa su bendición.  

Los tiempos eran de un rigor extraordinario para la reforma. La santa, enviada a Toledo para cumplir reclusión; fray Juan de la Cruz, encarcelado por los calzados y Jerónimo Gracián, el otro baluarte de la santa, difamado. El nuncio Felipe Sega llega a España en 1577 y se muestra enemigo acérrimo de los descalzos. Para colmo la santa se precipita por unas escaleras y se rompe el brazo izquierdo. A su lado permanecerá desde entonces Ana de San Bartolomé, la misma que después difundirá la reforma por Francia y los Países Bajos. En 1579 se consigue la separación de los calzados, Gracián es injustamente condenado con su consentimiento para facilitar la transición y el nuncio afloja el nudo que tiene puesto en el cuello de los reformadores. La santa es tan popular que la gente sale a esperar su paso por los caminos y le pide su bendición. Pero las cosas mudan en un abrir y cerrar de ojos y sucesivamente los días previos a su muerte tuvo la santa que vivir las humillaciones y desprecios de sus monjas descalzas, primero en Valladolid y luego en Medina. De allí hasta Alba de Tormes por el capricho de los duques que ni siquiera la recibieron. Allí, en el convento, expiró el 4 de octubre de 1582 (el día siguiente fue el fijado para el cambio del calendario por lo que se transformó en 15 de octubre) en brazos de Ana de San Bartolomé: “No llores, hija, que esto quiere Dios ahora”.

Tiraba la santa más hacia la orden de los franciscanos que a la de los teólogos  dominicos, para quienes la santidad era cosa de los profesionales de la fe. El Índice de libros prohibidos de Valdés tuvo que llenar a la santa de confusión cuando se publicó en1559. Autores que hasta entonces había iluminado su espíritu, tales como fray Luis de Granada, Pedro de Alcántara,  Juan de Ávila o incluso Francisco de Borja, habían quedado  prohibidos. Sin embargo, no duda en someterse a la más estricta ortodoxia y entregarse a la obediencia. El contacto directo con Dios vino a suplir la carencia de libros.

Fidel Sebastián lo explica realmente bien. La oración de quietud, el primero de los estados místicos, es la oración mental, el recogimiento que inclina hacia la meditación. Se aferra la santa a lo narrativo como camino de lo discursivo, en especial a las imágenes de la pasión de Jesús. Lo contemplativo y ascético predomina en la segunda oración, la voluntad se adhiere al alma y la eleva hasta el éxtasis.


A pesar de que no eran precisamente buenos los tiempos de la santa para el  iluminismo, lo cierto es  que nunca se vio envuelta en serios apuros por parte de la Inquisición. Todos los procedimientos fueron sobreseídos, incluso el iniciado por la mismísima princesa de Éboli. Y no deja de sorprender que a Iglesia tuviera siempre a la santa por mujer de irreprochable ortodoxia. En 1589, muerta por tanto ya la santa, el dominico y gran perseguidor de alumbrados, fray Alonso de la Fuente, inquisidor de Llerena, dirigió denuncia contra los libros escritos por la madre Teresa ante la Inquisición por ser “portadores de doctrinas sospechosas”. La causa fue archivada.

La crítica no ha hecho más que elevar el valor de la santa hasta los altares de la literatura. De escritora santa que no de santa escritora es el uso que se entiende más correcto desde don Vicente de la Fuente. Para el maestrísimo Menéndez Pidal, Teresa de Ávila da un paso decisivo en la conformación de la lengua y literatura castellana; Américo Castro la considera la iniciadora de la literatura de introspección; Azorín se deja impresionar hasta lo más hondo por un libro como el de la Vida. La línea que en la segunda mitad del siglo XX se inició a partir de ciertos comentarios de M. Pidal, según la cual se reprochaba al estilo de la santa una relativa rusticidad y aspereza, ha quedado, creo que definitivamente, abandonada en los últimos tiempos.

La obra teresiana, como la mística en general, está tejida de las contradicciones inseparables de lo innombrable. Sin embargo, en el caso de Teresa de Jesús el encaramiento adquiere unos tintes muy personales que van más allá de ver sin ver, de decir sin decir. Corre su obra mayores riesgos que la de san Juan de la Cruz.

La necesidad de renovar las ediciones de las obras de santa Teresa es ahora mucho más urgente que nunca. Hay que decirlo con claridad: a la santa no se la lee, señores, no se la lee; se la invoca mucho, pero no se la lee. Sigue, la santa, secuestrada por los especialistas que se resisten a compartir su experiencia literaria y mística. 

domingo, 15 de mayo de 2016

La piedra lunar. Wilkie Collins


A Borges le gustaba Collins. Para algunos The Moonstone es una obra maestra. Los hay que tienden a considerar a Collins como el Poe de la novela. Sea como sea, sus novelas son piezas donde la diversidad inagotable de los puntos de vista da al lector una visión cargada de fuerza y verosimilitud.

Por su color amarillo pudiera tratarse del diamante Florentino, lo más probable es que sea el llamado diamante Orlov, aunque también recuerda al famoso Ko-i-Nur por la maldición asociada.  El relato comienza con la referencia histórica del asedio a la ciudad de Seringapatam donde murió el sultán de Mysore, Fateh Ali Tipu, en el año 1799 a manos de los británicos. En el saqueo que siguió a la toma de la ciudad John Herncastle se apodera de una daga en cuya empuñadura se encuentra engastado el diamante conocido como la piedra lunar. Obligado a asesinar para hacerse con la joya, el moribundo hindú le lanza una maldición.


El punto de vista de Gabriel Betteredge, mayordomo al servicio de Lady Julia Verinder y ferviente lector de Robinson Crusoe, es de mayor amplitud. El diamante se había extraviado en 1848 en la casa que Lady Verinder poseía en Yorkshire. El jueves 25 de mayo Mr. Blake regresó a casa de su tía con un encargo realmente muy especial: entregar a su prima Raquel el diamante de su tío, el coronel Herncastle. Dicha entrega debía verificarse el día de su cumpleaños, lo que significaba que Mr. Blake disponía de cuatro semanas para tratar de mitigar los efectos negativos de su encargo. Ni que decir tiene que Mr. Blake se enamoró de su prima Miss Raquel, de la misma forma que lo hizo Mr. Godfrey Ablewhite, también primo de la jovencita como hijo de la Honorable Carolina, hermana de Lady Verinder. Los tratamientos propios de la sociedad inglesa noble nos crean cierta confusión.

Mr. Godfrey era rico, guapo y de buen temperamento. Gustaba de presidir las mesas petitorias y los comités o asambleas femeninos, hablaba en público como un predicador y todo el mundo le amaba.  Hay indicios suficientes para suponer que este hombre perfecto va a ser rechazado por Miss Raquel. Es comprensible que después de haber recibido el imponente diamante conocido como la piedra lunar de manos de Mr. Blake, opte por entregar a este sus atenciones.


A un lado de Miss Raquel está sentado el doctor Candy, al otro Mr. Murthwaiter, buen conocedor de la India que desaconseja a su anfitriona que se pasee con semejante pedrusco por la península Indostánica. El influjo que el diamante causó en el ánimo de Miss Raquel fue tan intenso que cuando a la mañana siguiente se reveló su desaparición, sufrió una profunda perturbación. El inspector Seegrave fue el encargado de desvelar el misterio. Naturalmente que las sospechas recayeron enseguida en todos los ocupantes de la casa, ante lo evidente que resultaba la ausencia de signos de fuerza para penetrar en ella. Pero muy pronto el inspector quedó varado en la orilla de sus pesquisas. Para relanzar la investigación llegó desde Londres el renombrado sargento Cuff. 


Inmediatamente la investigación toma rumbo. Una mancha en la puerta de Miss Raquel, la sorprendente falta de colaboración de esta y la desazón de Lady Verinder comienzan a tejer un sinfín de posibilidades. El método del sargento es tan enigmático que la curiosidad hace de  Betteredge un imprescindible colaborador. Y es que su comportamiento, el de Mr. Betteredge, no deja de ser un tanto sospechoso: esa manera tan injustificada de proteger a una ladrona como Rosanna Spearman. Las notas de La última rosa del verano que el sargento silva cada vez que hace un descubrimiento nos hace sentirnos como un perrito faldero.

Si las sospechas del lector son las confirmadas por el sargento Cuff, más le valdría fijarse en el verdadero dilema de la obra: ¿Qué es mejor para las rosas, los senderos de grava o de césped? ¿Qué es lo más conveniente para el desarrollo de la rosa blanca musgosa? Puede muy bien persistir el enigma, pero el problema ha cambiado. El sargento Cuff es muy consciente del giro de los acontecimientos. En especial cuando ve, después de la partida de Miss Raquel, a Mr. Betteredge corriendo hacia la playa con un zapato de Rosanna en la mano.

La noticia del aparente suicidio de Rosanna pone al sargento en la peor de las disposiciones frente a Lady Verinder. Antes de recoger sus honorarios el perspicaz detective lanza tres vaticinios, entre ellos, la inquietante entrada en escena de cierto prestamista de Londres, Mr. Septimus Luker. Mr. Betteredge se despide no sin antes advertirnos de que no creamos nada de lo que más adelante diga Miss Clack, una pariente probretona de la familia, y de que la confirmación de las tres profecías del sargento no tardó en producirse.


El relato de la sobrina de Lady Verinder, Miss Clack, sucede al de Mr. Betteredge. Miss Clack también recibe su cheque, en esta ocasión de Mr. Blake a cambio del relato de sus vivencias al lado de su tía en Montagu Square. Miss Clack es ordenada, pulcra y religiosa, pero escribe como una harpía que trata de esconder sus garras. Nos muestra a su prima Miss Raquel loca de remate y su tía, enferma de muerte. Y todo ello sin el más leve indicio de piedad. Todo esto tiene su lógica si pensamos que para Miss Clack el consuelo está impreso en folletos.

Todos los londinenses conocer el asunto de la piedra lunar y no son pocos los que hacen recaer sobre Mr. Godfrey Ablewhite una buena cantidad de sospechas, en especial después de su incidente con Mr. Luker. Para la abnegada Drusilla Clack el demonio se esconde entre los cojines del sofá y nada más conveniente para expulsarlo que dejar entre el pañuelo y la redoma de sales de su tía un piadosísimo libro. Pero lo más curioso de esta simpática Miss Clack es que estamos completamente seguros de que jamás a lo largo de toda su vida hizo una pregunta inocente. Por eso precisamente, no había mejor testigo que ella para la doble confesión Godfrey/Raquel, ni mejor receptáculo: detrás de las cortinas.

La repentina muerte de Lady Verinder y otro cúmulo de circunstancias disponen que Raquel y Drusilla habiten la misma casa durante algún tiempo. Brighton es la ciudad elegida. Rompe allí Miss Verinder su compromiso matrimonial con Mr. Godfrey, asistimos después a la espantosa escena de Ablewhite padre pidiendo explicaciones a su sobrina y a colosal estupidez de Miss Clack con la que se cierra su relato que muy bien podría calificarse de autobiográfico.


Mr. Mathew Bruff, el abogado de la familia Verinder, es nuestro tercer narrador. Resultó que Mr. Ablewhite echó un vistazo al testamento de la difunda madre de su prometida y descubrió que su contenido no era el esperado. El mismo Mr. Bruff puso en conocimiento de Raquel la aludida circunstancias y el compromiso salto por los aires sin demasiado estruendo. Una cosa más añade el buen letrado: la conveniencia de fijar nuestra atención en el primer aniversario de la desaparición de la piedra lunar.

Mr. Franklin Blake es el siguiente encargado de hacer progresar la historia. Enamorado profundamente de Raquel, el desplante de este hacia su persona después de los sucesos de  Yorkshire le obligó a abandonar Inglaterra. Regresa casi un año después, en la primavera de 1849. Por aquel entonces Miss Verinder vivía con su tía Mrs. Merridew y a pesar del tiempo transcurrido sigue volviéndole la espalda a Mr. Blake, actitud que a este como a todos nosotros, se nos hace incomprensible. Naturalmente que la única pista de que disponemos para aclarar la postura de Miss Raquel es la piedra lunar. Y a Yorkshire regresamos. Qué lástima que Mr. Collins tenga tanta prisa, ¡cuánto hubiéramos disfrutado de una reposada noche en la granja de Hotherstone! Pero sigamos en pos de la primera pista: la carta. Demasiado larga la misiva de Rosanna dirigida a su gran amor, Mr. Blake, sin que la misma descubra nada nuevo, si acabo confirmar una sospecha. De la entrevista entre Raquel y Franklin lo esperábamos todo menos justamente aquello que sucedió. El enigma ya no era la piedra lunar, sino la posición misma en que Mr. Blake aparecía situado. 



Ezra Jennings, el ayudante del malogrado doctor Candy, ofrece a Mr. Blake una posible explicación a unos hechos en apariencia inexplicables. Es comprensible que del resultado de cierto experimento se haga cargo el doctor Ezra y, por tanto, asuma también este el de narrador. Y es que es el mismo Mr. Blake quien se convierte en objeto del experimento. El 25 de junio, lunes, todo está preparado. El resultado obliga a Mr. Blake a tomar de nuevo la palabra y a cederla poco después a un irreconocible sargento Cuff. Una carta del doctor Candy y un anuncio hecho por Gabriel Betteredge ponen fin al relato. Bueno, queda el epílogo que da cuenta de tres famosos brahmanes hindúes. 

domingo, 3 de abril de 2016

El Ramayana.


Tan legendario como Homero resulta Valmiki, el autor del Ramayana, y es perfectamente posible que ambos fueran contemporáneos. Lo cual no deja de ser sorprendente en la medida en que estamos hablando de obras auténticamente emblemáticas, absolutos monumentos literarios.

El Ramayana, las aventuras del príncipe Rama, es la más pura representación del alma india, tan actual hoy como hace tres mil años. Esta contemporaneidad es fácil de entender: estamos ante un poema de amor. El príncipe Rama pertenece a la noble estirpe de los descendientes de la dinastía solar por la rama de Ayodhya. Primero Valmiki fue bandido, más tarde anacoreta, después se transformó en sabio y conoció la historia del príncipe Rama y su esposa Sita. Brhama, el creador, le prestó su ayuda para convertirse en poeta.


Todos los habitantes de Ayodhya eran felices y virtuosos. El afán de lucro era ignorado y con él también la pobreza. A la inconquistable Ayodhya la defendían los más valerosos guerreros mandado por el rey Dasharatha. El rey y todos los funcionarios y guerreros eran sumamente respetados. En ese país nadie mentía. Solo parecía existir un problema: la falta de descendencia del rey. Sumantra, el consejero del  rey, propone que se exponga el caso al sabio Rishyashringa que vive en el país de Anga, cuyo monarca es Romapada.

Tras la ceremonia, las tres esposas de Dasharatha concibieron. Kausalya dio a luz a Rama; Kaikeyi, a Bharata, y Sumitra trajo al mundo a los gemelos Lakshmana y Shatrughna. Rama, el mejor de todos, siente predilección por su hermano Lakshmana. Por su parte Bharata la tiene por el otro gemelo, Shatrughna. El gran sabio Vishvamitra acude a la corte de Dasharatha para que le ceda a su hijo Rama, el único capaz de acabar con los demonios Maricha y Subahu. Rama lucha con Taraka, la madre de Maricha. Después de acabar con la demonio, Vishvamitra enseña a su pupilo los secretos de las armas celestiales, con las cuales logra rechazar a los malvados Maricha y Subahu.

En compañía de su hermano Lakshmana y su maestro Vishvamitra, Rama acude a visitar a Janaka, el rey de Mithila. Por el camino, Vishvamitra le cuenta a Rama la historia de sus antepasados y del Ganges celeste, la Vía Láctea. Janaka tenía una hija, Sita, y un arco, Rudra, y decidió unirlos. Cinco mil soldados son necesarios para mover el arco divino, regalo al rey de Mithila de Varuna, el señor del océano. Rama tensa el arco de Rudra que se parte por la tensión y Janaka entrega a su hija al príncipe. Dasharatha y su corte asiste a la boda. Sin embargo, al regresar a Kosala un poderoso y temible brahmán, Parashurama, desafía a Rama. Con asombrosa facilidad Rama armó el arco de Vishnú que le ofreció el brahmán y la saeta reduce a nada las ascesis de Parashurama.


Doce años después, el rey decide dejar el poder en manos de su hijo Rama. Sin embargo, la reina Kaikeyi, la madre de Bharata, cae en la trampa de la jorobada Manthara y atribuye al rey una intencionalidad malvada que no poseía. Desharatha con inmensa desesperación accede a los deseos de su tercera esposa: el príncipe será Bharata y Rama partirá al destierro. No se marcha solo, su hermano y su esposa lo acompañan. No hay ni pena ni rencor en quien posee la virtud en grado tan alto como Rama. Su misión es salvar el honor de su padre a costa de renunciar a un reino.


Ayodhya, la inexpugnable, queda vencida y arruinada por la tristeza tras la marcha de Rama. Los tres desterrados atraviesan el río Ganges y el Yamuna, se internan en el bosque Dandaka y construyen un refugio en la colina celestina de Chitrakuta. Mientras tanto el rey Desharatha expira y los mensajeros tardan siete días en llegar al lejano país de Kekaya, donde se encontraban Bharata y Shatrughna. A su regreso Bharata queda horrorizado de la situación y, especialmente, del culpable, su madre, la reina Kaikeyi. El pueblo entero de Ayodhya encabezado por Bharata llega hasta la colina de Chitrakuta para pedirle a Rama que regrese. Sin embargo, nadie logra hacerle cambiar de opinión. Bharata reinará en nombre de Rama y para dejarlo claro coloca las paduka (sandalias de madera) de su hermano sobre el trono mientras él resuelve los asuntos sentado en los escalones.


Diez años y algún demonio después, los tres exiliados viven en Pañchavati, a orillas del río Godavari, un lugar muy parecido a la colina de Chitrakuta. Catorce mil demonios son abatidos por el arco de Rama. Ravana, el rey de los demonios, se encoleriza al conocer la derrota de su ejército y concibe la idea de secuestrar a Sita, la esposa de Rama, también conocida como Vaidehi o Janaki. Pese a la oposición de Jatayu, el rey de las águilas, Ravana logra conducir a Sita hasta su palacio de Lanka, pero no doblega su voluntad. En consecuencia, el abominable demonio ordena encerrar a la bellísima Janaki en el jardín Ashoka y le concede un período de reflexión de doce meses durante los cuales los miramientos se alternaran con las amenazas.


Los primeros signos de la desaparición de Sita, enfurecen a Rama por primera vez en su vida. El heroico comportamiento de Jatayu, la reina de las águilas, que muere en brazos del príncipe y las palabras sensatas de Lakshmana, acaban por calmar a nuestro héroe cuyo propósito inicial era la destrucción de los Tres Mundos. Pero la desesperación, “abyecta debilidad” del espíritu, regresa un día del mes de Chaitra en el bosque de Matanga. De nuevo es Lakshmana quien ha de restañar la dignidad quebrada de su hermano a quien recuerda que “es invencible el que sigue luchando”. El encuentro con Sugriva, el rey de los monos, le proporciona al príncipe de Kosala una prueba del secuestro de su amada Vaidehi. Sugriva vive en el exilio y sin la compañía de su esposa. Las mismas circunstancias en las que se encuentra Rama.


A los cuatro puntos cardinales envía su ejército Sugriva, después de que Rama le ayude a recuperar su reino de Kishkindha, con el fin de encontrar el rastro de Sita y su raptor. Cien mil monos sentados en la arena frente al mar esperan la muerte en medio de la desesperación después de haber recorrido el país entero sin encontrar el escondijo de Ravana. Alguien escucha sus lamentos: Sampati, la hermana de Jatayu. Su prodigiosa vista de águila alcanza hasta más allá del océano del sur, en dirección a Lanka (Sri Lanka), la isla donde está cautiva Sita. Hijo del viento, Hanuman, el jefe de las tropas, vuela como antaño lo hacían las montañas en dirección a la isla de Ravana con el pensamiento fijo en Rama.


Maruti, el otro nombre con el que es conocido Hanuman, se introduce en la ciudad de Ravana disfrazado de pequeño mono. Encaramado al carro de Ravana, el prodigioso Pushpaka capaz de volar a la velocidad del pensamiento, localiza el gran gineceo del ogro. Pero allí no encuentra a Maithili. Desesperado después de una búsqueda exhaustiva, Maruti repara en el jardín escondido tras unas altas murallas, es el jardín Ashoka. Allí, rodeada de ogresas infames, vive cautiva la princesa. Sin embargo, Hanuman, antes de partir para dar aviso a Rama del hallazgo de la princesa, decide destruir la ciudad de Lanka. Vence, uno tras otro, a los demonios y capitanes que Ravana le envía. Cuatro tigres feroces conducían el carro de Indrajit, el hijo mayor del rey de los demonios, desde el cual lanza contra Maruti una flecha mágica inmovilizadora. Las diez cabezas de Ravana se detienen a contemplar al enemigo vencido. Es entonces cuando Hanumann expone con toda sinceridad la naturaleza de su misión: Sita debe volver al lado de Rama.


¡Este mono está loco! Ravana ordena su ejecución. Vibhishana, el hermano menor de Ravana, lo impide. La vida del mensajero debe ser respetada. El castigo de prender fuego a la cola de un mono es una mala idea. Antes de regresar, Maruti incendia la ciudad del enemigo de Rama. En no menos de trescientos setenta millones de guerreros se calculan las fuerzas de Ravana. Pero un no menos poderoso ejército de monos y osos encabezado por Rama, Laskhmana, Sugriva y Hanuman, se dirige hacia Lanka para rescatar a la princesa secuestrada (es inevitable que el pensamiento se nos desvíe hacia el relato de Homero). Vibhishana es el único partidario de devolver a Sita. Tampoco Kumbhakarna, el más fuerte de los hermanos, está de acuerdo con el proceder de Ravana. Sin embargo, este último acepta quedarse en Lanka al contrario que su hermano Vibhishana que se marcha buscando la protección de Rama. No podía Ravana darse por vencido. Sobre él pesaba la maldición de Brahma, si tocaba a una mujer en contra de su voluntad la cabeza le estallaría, y su deseo hacia Sita es enorme.


Frente a frente los ejércitos se contemplan mutuamente, los rescatadores en la montaña Suvela y los ogros en el monte Trikuta. El campamento de Rama frente a la ciudad de Ravana. Los primeros combates dan ventaja a los sitiados e incluso Rama y Laskhmana son puestos fuera de combate por las saetas de Indrajit, el hijo mayor de Ravana y vencedor de Indra. El águila Garuda, el gran rey de todas las aves y montura de Vishnú, tiene que socorrer a los dos hermanos. Inmediatamente los capitanes de los demonios comenzaron a caer. Hanuman puso fin a la vida de Dhumraksha; Angada, el príncipe del  reino de Kishkindha, le cortó la cabeza al feroz Vajradamshtra; Hanuman repitió la demoníaca muerte con Akampana; Nila aplastó con una pesada roca la cabeza del jefe de las fuerzas de Lanka…


Ravana entra en liza y derrota sucesivamente a Nila, Hanuman y Laskhamana, pero resulta vencido por Rama. Humillado, el rey de los demonios tiene que retirarse. Le queda una última oportunidad: el gigante Kumbhakarna, el terror de los dioses. El problema era que el gigante dormía mucho y muy profundamente. Se necesitó una manada de mil elefantes para despertarlo. A punto de aplastar al ejército de los pueblos del bosque, Rama le cortó la cabeza al gigante con una flecha regida por Indra. Mahodara y Mahaparshva, los dos hermanos que le quedaban a Ravana, trataron de consolarle por la pérdida del gigante Kumbhakarna. Sin embargo, no tardaron también en morir. Indrajit es el último de los singulares héroes de los demonios que queda en pie. Ya antes había demostrado su enorme poder al dejar fuera de combate al mismísimo Rama. Hanuman primero y luego Vibhishana tuvieron que socorrer a los hijos de Dasharatha.


La muerte de Indrajit a manos de Laskhamana encolerizó a Ravana. Tan graves fueron las heridas que el rey de los demonios causó al hermano de Rama, que otra vez Hanuman tuvo que volar hasta el Himalaya para sanar sus heridas con las cuatro hierbas sagradas. A solas los dos grandes enemigos intercambias armas sagradas, pero la lucha parece desigual y los dioses envían ayuda a Rama que lucha a pie en clara desventaja con su enemigo que se mueve sobre el  prodigioso Pushpaka. La noche se acerca y todos saben que el tiempo de oscuridad es el mejor para un demonio. Rama recobra las fuerzas durante el tiempo suficiente para lanzar con su arco el proyectil de Indra que impacta contra el pecho del malvado Ravana. 


La especie de ordalía de Sita pasando a través del fuego parece responder a una suerte de religitimación post-secuestraria. Vibhishana, el nuevo rey de Lanka, pide a Rama que permanezca algún tiempo como su huésped, pero Rama tiene prisa por regresar a Ayodhya: han pasado ya los catorce años de exilio. Por fin, la corona de los Ikshvaku, los herederos de la dinastía solar, reposará sobre la cabeza de Rama. Pero la felicidad durará, muy poco, el tiempo justo para que los rumores sobre la pureza de la reina tras el secuestro comiencen a surgir. Rama repudia a su esposa Sita y la abandona al otro lado del Ganges.


Valmiki recoge y protege a la reina y a sus dos hijos gemelos. Lava y Kusha crecerán en el bosque y muchos años después se presentan ante Rama para recitar el poema que había compuesto su maestro: el Ramayana. Sita regresa, pero inmediatamente la diosa Dharani abre sus entrañas y deposita junto a su trono el más puro de los espíritus: su hija Sita. Rama llora y su rabia conoce límites. Brahma tiene que acudir para calmarlo.
Tras decenios de soledad y buen gobierno, la muerte llama a la puerta de Rama para descubrirle que su espíritu es, en realidad, el del gran dios Vishnú, la realidad absoluta manifestada y no hay, tal vez porque no sea posible, una unión posterior con el espíritu de Sita.  


jueves, 10 de marzo de 2016

Memorias de África. Isak Dinesen




Al pie de las colinas de Ngong el paisaje tiene un aspecto de cerámica que el viento borra y cuece varias veces al día. Allí el verde brillante de un cafetal es algo más que un trozo de tierra cultivada. Pero eso importa poco porque en un cafetal siempre hay trabajo atrasado. Los barrios y las calles de Nairobi, tan cerca que basta una motocicleta para llegar, son grandes. Los kikuyus cuidan la plantación y el criado somalí Farah Aden hace compañía a la Sayyida. Algunas veces los masai le piden que termine con algún león que esquilma sus rebaños. Durante muchos años la Sayyida fue cazadora. Ahora ya no lo es, se ha convertido en granjera. El reposo que exige la cosecha le hace detenerse en los nativos, tomarlos en cuenta y apreciar las diferencias con el ruidoso e inquieto hombre blanco. Los kikuyus están “acostumbrados a lo inesperado” y les molesta la aburrida sistematización de la pedantería blanca.


Msabu, que se ha convertido en doctora de los nativos, se sobresaltó al observar las llagas que presenta el niño Kamante, un duro sufridor que espera un poco de alivio del poder de la mujer blanca. Después, cuando Kamante se recuperó, una extraña mezcla de condescendencia y gratitud le hizo quedarse junto a Msabu, primero como cuidador de perros y más tarde como cocinero. También el viejo Knudsen apuró en la granja sus último días de vida, pero antes de morir alumbró el proyecto de enriquecerse con el guano depositado en el fondo del lago Naivasha. Lo encontró Kamante tirado en mitad de un sendero una tarde de abril, el mes de las grandes lluvias en Kenia. Los tiempos de felicidad en África están ligados a los caminos nocturnos de las estrellas, a la campanilla de Lulú, la antílope huérfana, a la alegría de ser el primero en contemplar el arco tenso de la luna nueva y, también, al anunciador disparo único en la noche. 


Kikuyus o somalíes, para todos los africanos los crímenes son igual a los desastres o las desgracias, y han de compensarse en ovejas, cabras, vacas, novillos o camellos. Msabu frente a la kyama, una especie de junta de ancianos, debía decidir sobre la desgracia de Kaninu. Su hijo, Kabero, había desparecido después de disparar accidentalmente contra otros dos muchachos. Uno de ellos, Wanyangerri, había perdido la mandíbula inferior que milagrosamente un cirujano de guerra había logrado reconstruir. Le cuesta tanto entender a los nativos, una mezcla de hipocresía e interés desnudo, que Msabu posa su mirada en las mujeres masai. Hace años que las mujeres masai no conciben y los niños kikuyus acaban en sus poblados. 


Denys Finch-Hatton frecuenta la granja de la baronesa después de sus largas expediciones de caza. Los blancos que viven en África a solas con los nativos adquieren la costumbre de decir siempre lo que piensan. Las mujeres somalíes acompañan a la desposada durante los primeros meses de su matrimonio. El marido somalí no conoce nada que sea tan valioso como su mujer, a ella consagra todo su patrimonio y cada uno de sus esfuerzos. La mujer somalí no puede “comprar un par de zapatillas como no sea a través de un hombre”. Y sin embargo, ella busca con afán al hombre para extorsionarlo y él a la mujer para cubrirla de oro.


Es el viejo Knudsen quien le propone a la baronesa la obtención de los recursos que necesita mediante la producción de carbón de leña. Aunque la idea resultó un completo fracaso dio lugar a otra de mucho mayor alcance: la construcción de tres estanques escalonados que muy pronto se llenaron de vida. La sorpresa, en África la sorpresa bebe en las charcas, fue la aparición de un cocodrilo en el estanque mayor que distaba doce millas del río Athi.

Los leones se muestran agresivos por la sequía en el territorio de los masai. Justamente el que se propone atravesar a pie Emmanuelson, un actor que podía reconocer un Chambertin 1906, camino de Tanganyka. La baronesa le acompaña las primeras diez millas, después confía en que los masai dejen al león hambriento.

Denys Finch-Hatton y su amigo Berkeley Cole disfrutan jugando a las construcciones con la cristalería de la baronesa. Le traían de Europa libros, vinos y discos de gramófono. Tenía Berkeley tan importante ascendencia sobre los masai que el gobierno británico le encargó la entrega de medallas a sus jefes después de la Gran Guerra.


Después las cosechas fueron malas y poco a poco las cosas se fueron torciendo más y más hasta desembocar en una pérdida irremediable. El paisaje, África misma, dio un paso atrás y la baronesa supo que había llegado el momento de despedirse. Ocurrió entonces uno de esos sucesos extraordinarios que consisten en la transformación de la incapacidad en necesidad, de manera que cuanto más evidente es aquélla, más se acentúa esta. El clerical funeral del jefe de los kikuyus, Kinanjui, y la negativa de la baronesa a acoger en su casa los últimos instantes de vida de aquel, guardan esa misma y extraña proporción.  

Una pareja de leones custodia la tumba de Denys Finch-Hatton. Desde Samburu, la baronesa contempla por última vez la noble ondulación de las colinas de Ngong. “La silueta de la montaña fue borrada y nivelada lentamente por la mano en la distancia”. Nunca regresó. No se puede.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Ilíada. Cantos XX a XXIV




Como muy acertadamente señala López Eire solo una mínima parte del canto XX habla de la teomaquia o batalla de dioses, pues la mayor parte hace referencia a las proezas de Aquiles. Su primer enfrentamiento es con Eneas, del cual Homero nos da una pormenorizada razón de su descendencia: Zeus, Dárdano, Erictonio. Tros, Asáraco, Capis y Anquises. Poseidón lo salva de una muerte segura, de la misma forma que Apolo hace lo propio con Héctor. Una violentísima furia ha sustituido a la cólera y Aquiles despedaza uno tras otro a los caudillos troyanos. En un intento de convertir el retraso en un arte, dilata Homero más de seiscientos versos el inevitable encuentro entre el Priámida y el Pelida. La espera se ameniza con un combate entre el río Escamandro y Aquiles, donde es este último quien se lleva la peor parte hasta el punto de tener que reclamar la intervención divina para no acabar muriendo en mitad del barro como un “niño porquerizo”.


A la muerte de Héctor le siguen unas muy singulares exequias por Patroclo, cuyo cadáver se ahoga en sangre antes de prender fuego a la pira funeraria. “Los blancos huesos del dulce amigo… en una urna de oro”. Juegos fúnebres que no sirven para que Aquiles olvide un dolor cada vez cercano de la locura. Doce días después de haber dado muerte a Héctor, aún su cadáver es arrastrado por el carro de su ejecutor y los dioses, sobrecogidos por tanta infamia, deciden ponerle fin. Hay una extraordinaria grandeza en Príamo que toma suplicante la mano del asesino de su hijo para obtener el rescate del cadáver. Pero es el llanto de Andrómaca, la esposa del héroe troyano, lo que mayor aflicción provoca. Su destino es tan negro como el de Troya.


Tal y como dice Caroline Alexander, La guerra que mató a Aquiles, los hombres y las mujeres de la Ilíada no cuentan más que con el débil recurso de rogar a los dioses y seguir en el campo de batalla, justamente allí donde la necesidad de no sentirse abandonado es mayor. Una y otra vez Homero golpea con el martillo de la muerte sobre el yunque del horror. Y es que el hombre homérico depende de las circunstancias tanto como el actual y para entender esto no hace falta recurrir a ninguna reconstrucción histórica de la ética.


Tras la cólera llega la culpa por la muerte de Patroclo y a esta le sucede la venganza. Solo la compasión de Aquiles por Príamo en el último canto parece redimirlo. ¿Qué es lo que quiere el hijo de Peleo? No es fácil aventurar una respuesta. ¿Justicia, gloria, vida? Es muy probable que se pueda hablar de un inmenso acto de rebeldía por la imposibilidad de escapar a su destino. Pero eso no es decir mucho. Es casi nada. Aquiles es, sin duda, un héroe, el mejor de los argivos, y es muy probable que su visión de la realidad sea distinta de la del resto de los mortales porque lo que de verdad define a un héroe es que tiene a los dioses de su parte y para conseguirlo igualar esta difícil ecuación debe buscar los términos entre las razones de lo imposible.


Para Hermann Fränkel la criatura homérica no tiene otro punto de referencia que la sociedad en la que se incrusta. Es un hombre velero, botado hacia el exterior, que apenas si reconoce una personalidad propia. Acepta esta tesis como punto de partida James M. Redfield, para desarrollar la idea de que Aquiles es un hombre de carencias, simple y esquemático, en el que las experiencias no dejan más poso que su corta historia. Héctor tiene planes de futuro. Aquiles se agota en su cólera.


Hay suficientes datos históricos y arqueológicos para afirmar que el ataque a Troya fue real. Quien tenga curiosidad por este tema puede comenzar por el texto de Carlos Moreu La guerra de Troya que no solo hace un magnífico recorrido por cuanto se sabe, sino que lleva a cabo una propuesta interesante acerca de la posibilidad de que la guerra de Troya esté vinculada a la invasión de los conocidos como Pueblos del Mar. El libro de Eric H. Cline, 1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó, es idóneo para seguir la pista a estos enigmáticos emigrantes. Simultanear ambas lecturas con el soberbio texto de Caroline Alexander antes citado, proporciona una comprensión global suficiente para emprender la lectura del libro del filólogo alemán Joachim Lacatz, Troya y Homero, que es un poco más exigente. Complementarios son los textos de Michael Wood, En busca de la guerra de Troya, el de James M. Redfield, La Ilíada: naturaleza y cultura y el Barry Strauss, La guerra de Troya.


Esa relación especial que une al lector con alguno de los libros a la que se refiere Antonio Muñoz Molina en su artículo en el Babelia del sábado, 6 de febrero de 2016, se comprende mal sin la inclusión de los textos de Homero.