domingo, 16 de julio de 2017

Edipo rey. Edipo en Colono. Sófocles






Edipo rey

La peste asola Tebas y Edipo manda a su cuñado Creonte a Delfos (la morada Pítica de Febo) para que consulte el oráculo. La impunidad del asesino del rey Layo es la causante de la ira de Apolo que ha llevado la enfermedad y la muerte a la  ciudad cadmea. Edipo está dispuesto a dar con el criminal y publica un bando. Parece un poco sospechoso que Edipo, habiendo tomado trono y esposa de la mano del desaparecido Layo, no se haya preocupado de su venganza hasta el enojo de los dioses. (La genealogía de Tebas desde su fundación es la siguiente: Agenor, Cadmo, Polidoro, Lábdaco, Layo y Edipo). Tiresias, el ciego adivino, maldice su clarividencia y cree que es mejor dejar las cosas tal y como están. Pero la ceguera es del que quiere saber a toda costa. Tiresias se niega a hablar y Edipo fuerza su voluntad para encontrarse de frente con la verdad: tú eres el asesino que andas buscando. Discuten y Edipo le reprocha que haya urdido semejante traición para apartarlo del poder.

Tiresias hace el augurio de que el asesino, ese hombre que mató a su padre y es padre y hermano de sus hijos, saldrá de Tebas ciego y pobre.  Edipo supone una conspiración entre el adivino y su cuñado para arrebatarle el poder. El pueblo (coro) no sabe qué pensar. Creonte se defiende. Edipo le  acusa. Yocasta quiere saber qué es eso que enfrenta a su esposo y su hermano. Es en este querer saber a costa el que desencadena la tragedia.

Edipo clama a Zeus sobre sus planes después de conocer la ubicación de la encrucijada en la que Layo fue asesinado: los caminos de Delfos y Daulia en la Fócide. Sin embargo, no cae en la cuenta de toda la verdad, a pesar de  conocerla. La situación se torna cada vez más tensa hasta el punto de que el anuncio de la muerte de Polibio, el padre de Edipo, es recibido como un regalo de los dioses.  Pero el ansia de la verdad no tiene límites y pese a ser advertido por Yocasta, Edipo sigue y sigue, quiere y quiere, saber y saber. Y pregunta.

Edipo es el único hombre que tiene sobrados motivos para creer en la divinidad y, tal vez por eso, es el más miserable de todos los hombres. Pero al mismo tiempo esa resignación de hacer/dejar que el destino siga su curso, le convierte en digno de compasión.


Edipo en Colono

En su exilio y buscando un lugar donde morir llega Edipo acompañado de su hija Antígona hasta un lugar muy próximo a Atenas, concretamente un bosque sagrado que es la morada de las Euménides. Los lugareños le reciben con suspicacia y reproches: un extranjero en tierra extraña “abstente de todo lo que una ciudad tenga por malo, y aprende a venerar lo que ella considerada  venerable”. Le piden que salga del bosque sagrado. La espantosa historia de Edipo era ya plenamente conocida por todos, de ahí que en cuanto se identifica, el pueblo le pide que se vaya.

Ismene, la otra hija de Edipo, llega con malas noticias: Polinices y Eteocles están enfrentados por el trono de Tebas. Teseo, el rey de Atenas, escucha la petición de asilo de Edipo. Accede a ella e incluso le invita a su palacio. Pero Creonte llega para recordarle a Edipo que su lugar está en Tebas y le amenaza con secuestrar a sus hijas.  Interviene Teseo. La razón está de parte de Edipo: “En lo que de mí personalmente ha dependido no encontrarás ni una sola falta que echarme en cara”. Teseo rescata a las hijas retenidas, pero un nuevo suplicante se acerca a la ciudad. Se trata de Polinices, hijo de Edipo, que viene a pedir la intercesión de su padre en la guerra que mantiene contra su hermano, Eteocles, por el trono de Tebas. Edipo los maldice a ambos y les augura una muerte sin triunfo. Una tumba pide Polinices a sus hermanas antes de abandonar el lugar. Trata Antígona de remediar su propia tragedia apelando al buen sentido: que Polinices abandone una empresa que sabe con seguridad fallida y que regrese a Argos. El honor o el destino empuja irremediablemente a Policines hacia la hecatombe.

Queda la escena vacía después  de que Edipo ruegue a Teseo y sus hijas que le acompañen hasta lugar designado por los dioses para su desaparición. Así es como Edipo muere, de forma misteriosa y sin tumba. Ahora todas las desgracias se concentran en Tebas hasta donde Antígona e Ismenes vuelven sus ojos cuando las lágrimas se secan.

lunes, 19 de junio de 2017

Zorba el griego. Nikos Kazantzakis







¡Maldita sea la vida, no tiene fondo la muy infame!

Un titán llamado Zorba baila sobre los guijarros de la playa. La vida es de por vida, lo que no es cosa para olvidar. Cualquier cosa antes que un ratón de biblioteca, incluso… una mina de lignito frente al mar de Libia. Naturalmente que estamos hablando de una mina abandonada. Hay, qué duda cabe, un anhelo escondido. Puede ser Buda, pero también otra cosa. Tal vez, deja de oír la voz del capitán Lemonis. Una cara infeliz de palo. Alexis Zorba toca el santuri y luego pasa el plato, pero es capaz de hacer cualquier trabajo con las manos, con los pies o con la cabeza. Adornos de latón y de marfil con un bordón de seda roja en el extremo: el santuri. Dos rones para las buenas migas.

Navegar por el Egeo en un dulce otoño señalando con el dedo el nombre de cada isla. El sol se ponía ya en mitad del mar cuando Zorba dijo que si un dedo molesta para el trabajo es mejor cortarlo. Avistada Creta, a primera hora, aclaró que le cuesta mucho abrir la boca por la mañana para hablar. Casi es mejor que así sea porque cuando la abre, hace preguntas que no tienen respuesta, como la de los niños. A Zorba le encantan las viudas.

El mar de Creta viene de África. Durante siglos los piratas se proveyeron en sus playas de ganado, mujeres y niños. Dante sin carne y a escondidas es la dieta del amigo de Zorba. Hoy arroz, mañana lignito: esta es la dieta de Zorba. Mavrandonis, el notable del pueblo, les manda al hotelito de madame Hortense, una tinajita con pasas e higos secos, queso, granadas y rakí.

No es exactamente deseo en la mirada, es más bien una mirada que solicita permiso para mirar. ¡Ahí está el deseo! Pero es imprescindible guardar las distancias. Esa es la clave de los derechos humanos de aquellos que, como Zorba, en nada creen.

El milagroso nacimiento del viejo Anagnostis que cumplimenta a sus visitantes con cuentos y criadillas de cerdo.

Un día de dulce lluvia tras una noche de fuertes convulsiones budistas. Zorba está en el medio, ni pertenece a los que hacen de la comida grasa y excrementos, ni tampoco a los que la convierten en Dios. Zorba, simplemente, hace con ella trabajo y buen humor.

Sofinka, Nusa… La mujer, el tema eterno. El corazón de Zorba, una vela mil veces zurcida.

Es más fácil vivir así: todos abrazados. Piedras, flores, lluvia y seres humanos. Todos empapados. A Mimithós, el tonto de la aldea, el tifus lo salvo de la escuela.

Troncos amarillos, alas azules, barcos negros, marineros verdes, cintas rosadas: los dibujos de Zorba. Se imagina a Dios con una gran esponja en la mano, nada de balanza o espada.

Bajo las gruesas estrellas invernales, era navidad y el patrón de Zorba pensó que la verdadera felicidad es trabajar como un mulo, como si uno estuviera lleno de ambiciones, aunque en realidad no tenga ninguna. El deseo de Zorba es algo más modesto: nacer cada año, como Cristo.

Las fieras cavilaciones de Zorba le llevan a recordar el consejo de su abuelo: “¡Lejos de las mujeres!”.  Y a pesar de todo, todo es la misma cosa. Incluso el teleférico que está empeñado en construir.

El patrón tiene otros amigos. Como Karayannis, un griego que vive en Tanganica y posee una fábrica de cordajes. Karayannis odia a los europeos y habita una zona aislada de las montañas Usambara, cerca de la costa. Pero también dispone de discípulos, como los maestros budistas, dispuestos a convertirse en pastor de griegos esclavizados entre bolcheviques y kurdos.

De pronto a todos les da por escribir. También a Zorba. Cada uno tiene su paraíso. El de Zorba está lleno de mujeres y dinero. Ha ido a Megalo Kastro a comprar material para el teleférico y siete días después continúa allí gastando el dinero de su patrón con una jovencita que le llama abuelito. La viudita después del suicidio de Pavlís le manda una cesta de naranjas al patrón. Las aulagas (aquí piornos) ya había echado sus flores amarillas.

El trabajo de Zorba consiste en sacar del interior de la montaña el lignito. El trabajo del patrón es subir hasta la cumbre y asegurarse de que Zorba es siempre distinto y, pese a ello, no tiene dificultad alguna en reconocerse. El de la mina pone nombre a las vetas hasta que se agotan; el de fuera se reserva el puesto de portero en el monasterio imaginario del patrón.

Una Virgen arisca vigila el monasterio que está en la cumbre de la montaña. Los monjes recluidos preguntan por periódicos para saber del mundo. Han subido para que el higúmeno firme el contrato de explotación del bosque. El teleférico lo tiene Zorba en su cabeza. Los monjes no atienden. Por las noches un obispo y Zorba intercambian teorías.

La fragata de todas las Francias o la Bubulina, es decir, madame Hortense, se ha enamorado de Zorba-Zeus. Sopla el sucio lebeche. Ceremonia pagana porque después de todo ¿qué si no la fe es única explicación que en verdad entendemos?  El viejo marco se transforma en la Santa Cruz y la Santa Cruz en marco dependiendo de la fe.

En un solo acto, Zorba se liberó de todo: de la patria, de la religión y el dinero. Comprendió que para el mundo lo importante es tener sombrero, poco importa la cabeza sobre la que repose.

Que el alma también es carne, quizás sea la mejor enseñanza de Zorba. Él es el único que defiende a la viuda cuando la multitud quiere lapidarla. Su único pecado parece la supervivencia.  

Zorba se amonesta a sí mismo tras la muerte de madame Hortense: “A ver, Zorba, aguanta; ¡pórtate bien!”. Mimithós corría con los zapatitos desfondados de la muerta colgados del cuello. Poco después el diablo vuelve a actuar e incendia el monasterio disfrazado de arcángel Miguel que guía la mano del atolondrado Zajarías. Zorba le reclama al patrón una verdad que se pueda bailar o con la que sea posible construir una fábula.

El desastre del teleférico hizo que todos huyeran. A solas el patrón y Zorba comen el cordero asado y beben el vino de Yerápetra. Después Zorba le enseña a bailar. “Cuando todo sale mal, ¡qué alegría poner a prueba nuestra alma y medir su valor y su resistencia!”.

¿Qué palurdo es este que compara las palabras entre los dientes con el barro en los pies?

sábado, 27 de mayo de 2017

Los Maia. Eça de Queiroz






“…los días felices… la hora triste…”

El Ramalhete, en la Rua de Sao Francisco de Paula, es el nombre con el que era conocida la casa que en el otoño de 1875 ocupan los Maia. Muchos años llevaba la casa deshabitada, cuando Afonso da Maia, hombre ya mayor, decidió regresar. El arquitecto inglés llevado por Carlos, el nieto de Afonso, hizo buen trabajo con mármoles blancos y rojos, cerámicas de Quimper y bancos catedralicios de España.  De su estancia en Inglaterra le  había quedado a Afonso el gusto por los ocios juntos al fuego. El gusto por la vista y el sonido del agua se lo debía, sin duda, a Lisboa.

Afonso da Maia había sido lo suficientemente jacobino como para enfadar a su padre y enmendarse en Inglaterra de la mano de la aristocracia tory. Pero, ironías del destino, a su regreso y ya con el puño lleno de moderación política, le sobrevino el registro domiciliario. Se exilió en Inglaterra, ese remanso isleño de paz y orden bajo cielo encapotado que poco a poco fue hundiéndose como una espada en el alma de la condesa de Runa, su esposa. El regreso a Benfica se imponía. El hijo, Pedro, no daba muestras de colmar los deseos paternos y tras la muerte de su madre alternaba períodos de misal y de farra. La aparición del viejo Monforte y su rubia hija puso término a la chirriante conducta del Maia. El ducado de oro nuevo, según la expresión del poeta Alencar, habitaba en el palacete de Arroios.

Sin embargo, aquella relación no era del agrado de Afonso. Matrimonio y separación en el mismo acto. Los novios se fueron a Nápoles y a Paris, el viejo don Fuas, tal fue el apelativo que Maria puso a su suegro, a su retiro en Santa Olávia. El abuelo se negó en redondo a conocer a su nieta. Las fiestas se sucedían con rapidez en el palacete completamente renovado, lleno ahora de espejos de cuatrocientos mil reis y de admiradores alrededor de los hombros desnudos de Maria. Con uno de ellos, con un napolitano, huye llevándose consigo a la pequeña y dejando el niño recién nacido con el padre. El suicidio de Pedro dejó a Carlos a solas con su abuelo, el Maia.

“El primer deber del hombre es vivir… Y el alma no es más que un lujo”. Así, bajo esta modernísima visión de la educación es instruido el joven Carlos.  Las Silveiras muy pronto le consideraron un libertino. Este krausismo educacional llevó a Carlos a inclinarse por la anatomía en lugar de por la retórica. El rumbo que enseguida tomó nuestro protagonista no puede ser más nostálgico: “uno de esos médicos literarios que se inventan enfermedades de las que la crédula humanidad  se apresta a morir”.  El famoso ayuda de cámara de Carlos, de nombre Baptista, y su primera entretenida, una exiliada política de la Primera República española, confirmarían ese refinamiento que tan bien le sienta a la cultura. A nosotros, los lectores, nos queda una nostalgia infinita.

Y ahí, en el Ramalhete, está Afonso da Maia, esperando en el otoño de 1875 a que su nieto regrese de su viaje por Europa. El riesgo del diletantismo se corta en el aire de tantos bultos como Carlos ha atraído del extranjero. Y Vilaça, el administrador, comienza a murmurar que a los Maia el dinero se les derrite. El conde de Gouvarinho, uno de los pilares del Centro Progresista, ha tomado el palco vecino al de los Maia en el Sao Carlos. Ega, muy ocupado en destruir la paz familiar del banquero judío Cohen, se ausentaba cada vez con más frecuencia de las reuniones en el Ramalhete. El marqués de Souselas amenizaba el resopón, pollo frito y lonchas de salami, con música religiosa y triste. Víctima de un bric-à-brac espiritual, Carlos no lograba centrar su atención en nada concreto.  

Regresemos al refinamiento: frac de botones amarillos sobre chaleco de satén blanco, calesa azul con caballos negros, ojos caedizos con un toque de quebranto, guantes negros de doce botones, una herradura de diamantes en el satén negro de la corbata, sedas anaranjadas de la India y terciopelos blancos de Génova, intentos de suicidio con la ingesta de una caja de fósforos, arreglarse las uñas usando un canivete de madreperla. Ega le había puesto a su casa en las afueras de Penha de França el nombre de Villa Balzac, humilde tugurio de filósofo donde el poeta se encierra a escribir. Alencar reaparece para explicarle a Carlos cómo era la vida en los tiempos de su padre. Craft, un gentleman de pura raza inglesa que sentía finamente y pensaba con rectitud, se hizo íntimo de los habitantes del Ramalhete. Menos querido resultó el pelmazo de Dámaso Cándido de Salcede en cuyas camisas una ese enorme se cobijaba bajo la corona de conde. Ega, socialmente triturado a cuenta de su affaire con Raquel Cohen. ¡Qué elegancia la de esta sociedad! Da gusto observar con qué delicadeza se  deja  a salvo el honor de una mujer casada. No es hipocresía. No, no lo es; es elegancia. ¡¿Quién diablos quiere una verdad de letrina?! Tampoco Queirós, aunque no duda en utilizarla para exhalar sobre sus personajes una bocanada de nihilismo.

Es absurdo renunciar. El boudoir color de rosa de madame Cohen. Sintra en abril. Carlos y Cruges recorren las calles buscando a una mujer bella y enigmática, la esposa de Castro Gomes. Más tarde se les une Alencar, pero de ella no hay rastro. En lugar de pasar la página, Carlos cambia de libro y tres semanas después el hartazgo: la condesa de Gouvarinho quiere huir con el Maia. En el país de los fados, las navajas salen hasta en el hipódromo, pero la toilette inglesa de la Gouvarinho devuelve las cosas a su estado civilizatorio.

¿Herencia o aventura? ¡Ah, las cartas! La cena a las siete y media. Al día siguiente, en la casa de María Eduarda, la señora de Castro Gomes, un sello de ágata sobre un viejo libro de cuentas, un abrecartas de marfil con monograma de plata, un poco de bronquitis en la institutriz inglesa y un florero amarillo de la India. Un mundo donde las cosas todavía poseían un valor y un significado. Es allí donde vemos a nuestro querido Carlos charlando con la bella María Eduarda. En realidad, nadie hace otra cosa distinta, lo que hace exclamar a Afonso: “Por el amor de Dios, ¡Haced algo!”. No hay por qué mientras uno se disponga a comer en una mesa con un espléndido centro de rosas entre dos candelabros dorados.

La declaración de su amor por María Eduarda, convierte a esta en un objeto mucho más siniestro de lo que pudiera parecer. Carlos alquila la quinta de su amigo Craft y allí instala a su adorada María Eduarda. Esta, que duda en aceptar semejante ofrecimiento, muy pronto comienza a disponer cretonas, muros y muebles a su gusto y comodidad. 

No es cuestión de que las personas separadas por desavenencias no puedan vivir en la misma ciudad, pues entonces las sociedades estaban abocadas a su disolución. Contrariamente a lo anunciado por Alencar, el tiempo ha ido vigorizando la corporeidad de la desavenencia y justificando lo que parecía locura. Pero aún quedan resquicios de decencia en la persona de Afonso y justamente eso es lo que le causa pesadumbre a Carlos, cuya pretensión es huir llevándose consigo a María Eduarda, lejos del Ramalhete. Est modus in rebus, todas las cosas tiene un límite. Un límite que cuando se traspasa le obliga a uno a arrojar su alma al sumiero.

Pero si de irresponsabilidad se trata, la de Dámaso Salcede sobresale por encima del resto, pues no duda en tildarse sobre hoja de “gran papel, monograma de oro y corona de conde” de cobarde y borracho con tal de conservar su muelle vida. No hay moral ni carácter. Y la ausencia de ideas parece tan absoluta que se necesitan cinco días para escribir cinco líneas sobre un libro nuevo. En los colegios se pretende sustituir la cruz por los trapecios y los periódicos se han convertido en “hojas rastreras de información doméstica”. Todo es un parlotear sin sentido, es decir, sin ideas. Hay, sin embargo, una cierta compostura que tira más hacia el salvajismo que a la sofisticación.

Andamos descuidados en medio de un sarao cuando de pronto la sospecha que desde hace muchas páginas llevamos pegada a nuestro paciente costado, cobra certeza, aunque la realidad es, quizás, demasiado corpórea. Tanto, que inmediatamente nos unimos a Carlos en su absurda petición. La muerte, como casi siempre, viene a poner una cierto orden en medio del caos y la desesperación. Luego, claro está, hay que distraerse y qué hay mejor para eso que viajar. ¿Qué otra cosa le queda al hombre rico por hacer con su tristeza? Volver, claro, para sentir que el tiempo en verdad ha pasado.

El decadentismo de una familia de la burguesía portuguesa, como Mann hiciera en los Buddenbrooks, hace que la novela se lea con una mezcla de emociones que es propia de la novela del modernismo. Hay una estética y una moral indefinible, incoherente, contradictoria. La elegancia, las buenas maneras, el diletantismo, el elitismo inoperante encubren la ansiedad del fracaso personal, el absurdo de la existencia. No hay más salida que el abandono de una realidad que se ha tornado incomprensible.  

jueves, 6 de abril de 2017

Josué, Jueces y Rut






El libro de Josué
Ordena Jehová a Josué, después de nombrarle sucesor de Moisés, que tome posesión de la tierra prometida atravesando el Jordán. El Éufrates, el monte Líbano, el desierto de Arabia y el mar delimitan el nuevo hogar de los hebreos. Exhorta Jehová a su nuevo ministro a ser esforzado y valiente y a que no se aparte de la ley mosaica.  
Envía Josué dos espías a Jericó, los cuales al verse sorprendidos se refugian en casa de una prostituta llamada Rahab, a la que los enviados de Josué entregan un cordón grana como señal de misericordia y verdad. Precedidos del arca, el pueblo de Dios atravesó el Jordán cuyas aguas se separaron. Pasó el pueblo y pasó el arca, pero Josué colocó doce piedras en medio del Jordán, allí donde los sacerdotes se habían detenido y cada una de las tribus tomó otra piedra más, en recuerdo de que el Señor secó el Jordán para que pasara su pueblo.
Frente a Jericó acamparon los israelitas y allí colocaron las piedras del Jordán. Después el Señor ordenó una segunda circuncisión, porque todos los que había salido de Egipto había ya  muerto y los nacidos en el desierto no habían sido circuncidados. Celebraron la pascua, el maná cesó y comenzaron a comer de los frutos de la tierra. Un ángel del Señor se le apareció a Josué para indicarle que la tierra que pisaba era santa y debía descalzarse.
Los gritos del pueblo de Dios y los siete cuernos de carnero que hicieron sonar los sacerdotes, provocaron la caída de las murallas de Jericó. La ciudad fue destruida, pasada a sangre y fuego, y solo Rahab y su familia se salvaron. Josué prohibió ocupar la ciudad y la declaró anatema. Sin embargo, Achán de la tribu de Judá cometió anatema al hurtar de los despojos de la ciudad. Por esta razón, Jehová volvió la espalda a su pueblo y este fue derrotado por los de Hai. Tras el castigo de Achán, Jehová ordena emboscar a los hainitas. La ciudad fue tomada y doce mil de sus habitantes fueron pasados a cuchillo. En esta ocasión, Jehová permitió a los israelitas tomar para sí el botín. Levantó altar Josué en el monte Ebal y recitó la ley de Moisés al pueblo.
Las conquistas de los israelitas obligaron a los demás pueblos a unirse para luchar contra ellos. Sin embargo, los gabaonitas decidieron usar la  astucia. Se presentaron ante Josué y simularon venir de muy lejos mostrando el pan mohoso y viejo que portaban. Piden alianza y se muestran siervos. Josué la concede y posteriormente cuando se entera de que ha sido engañado los convierte en lo que dijeron que eran, es decir, siervos: aguadores y leñadores del altar de Jehová.  
Los reyes de los amorreos se unieron contra Gabaón que había pactado con los israelitas y los gabaonitas pidieron auxilio a Josué. Jehová detuvo el sol en su cenit durante todo un día, parece que a petición de Josué, hasta que la victoria fue de los hebreos. Los cinco reyes que formaban la coalición se escondieron en una  cueva. Josué ordenó sacarlos y que los principales príncipes de su gente pusiera un pie sobre el cuello de las reyes. Después los mató y colgó de un madero. Muchos reinos cayeron bajo el poder y la espada del pueblo de Israel hasta conquistar toda la tierra prometida.
Josué reparte las tierras entre las nueve tribus y media porque las otras dos y media quedaron al otro lado del Jordán. Los levitas no entran en el reparto, sino por la parte de sus ganados y rebaños de la tierra en que morasen como sacerdotes. Pero a pesar de ello siguen siendo doce tribus pues la de José se dividió en dos: la de Manasés y la de Ephraim. Se designan después las ciudades de refugio para los homicidas sin yerro y se indican las ciudades donde han de vivir los levitas conforme a lo ordenado.
Concluida la conquista y el reparto, Josué manda a los rubenitas, los gaditas y la media tribu de los manaseitas a sus tierras al otro lado del Jordán, según lo mandado por Moisés. Sin embargo, al salir de Canaán edificaron un altar notorio y las otras nueve tribus y media interpretaron el acto como un sacrilegio. El hijo del sacerdote Eleazar y diez más fueron a pedirles explicaciones. Aclarado que el altar no es más que testimonio de un mismo Dios para mostrar a las generaciones venideras, vuelve satisfecha la expedición al otro lado del Jordán.
Antes de morir Josué exhorta al pueblo a persistir en el cumplimiento de sus deberes para con Jehová. Temedle y servirle. Josué insiste y del compromiso del pueblo pone por testigo a una enorme piedra. Muere Josué y Eleazar, hijo de Aarón, y los huesos de José traídos desde Egipto son también enterrados.

Libro de los jueces
Prosigue la conquista de la tierra prometida encabezada por la tribu de Judá. Sin embargo, estas nuevas acciones se realizan con menos agresividad y los hebreos pactan con los habitantes de las ciudades conquistadas, permitiéndoles permanecer en ellas. Esto provoca el enfado de Jehová, muy probablemente porque los viejos altares no fueron destruidos. El pueblo llora, pero Jehová da una vuelta de tuerca a la situación y  permite la convivencia con otros pueblos para probar al suyo. Así los hijos de Israel habitaban entre los cananeos, heteos, amorreos, fereceos, heveos y jesubeos. Tomaron por esposas a sus hijas e hicieron suyos sus dioses. Jehová los castiga con ocho años de esclavitud en manos del rey de Mesopotamia (es posible que el rey al que alude el texto pudiera corresponder al reino de Mitani, aproximadamente el siglo XIV). Otoniel, de la tribu de Juda, los liberó por lo que estaríamos ante el  primer juez.
El pueblo volvió a tropezar en la misma piedra y el castigo fue dieciocho años de esclavitud en poder del rey de los moabitas. Los liberó Aod matando al rey. Samgar sucedió a Aod,  tercer juez. Reincide por tercera vez y son veinte años los que Jehová somete a su pueblo al yugo del rey de Canaán. La liberación le corresponde a Débora, cuarto juez, que habitaba bajo una palmera. La profetisa manda llamar a Barac para combatir a Sísara, el general de los cananeos. Jehová le dio la victoria, pero Sísara escapó y fue Jael, mujer de Heber Cineo, quien le dio muerte en su tienda. Tras la victoria, se alaba a Jehová en la famosa canción de Debora.  
Mandó Jehová a los madianitas y los amalecitas contra el pueblo de Israel porque tornó a pecar. Gedeón, el quinto juez, es el libertador en esta ocasión. Gedeón derribó el altar de Baal y levantó un nuevo altar a Jehová donde hizo el sacrificio. Pero la gente no estaba contenta y le presionó a Joas, el padre de Gedeón, para que fuera expulsado. Joas no hizo caso y el pueblo se reunió en torno a Gedeón cuando vieron a Jehová empapar de rocío primero el vellón de lana y luego el campo. Jehová seleccionó a trescientos, aquellos que lamieron el agua, para que acompañaran a Gedeón contra los madianitas. Después de la victoria castigo Gedeón a los pueblos que no prestaron su auxilio en la persecución de los  reyes Zeba y Zalmunna.
A la muerte de Gedeón, su hijo Abimelech mató a sus setenta hermanos varones y se hijo coronar rey, pero las gentes de Sichem se levantaron para vengar a los asesinados. Aunque Abimelech arrasó la ciudad y sus habitantes, una mujer de Thebes acabó con su vida arrojándole desde la torre de la ciudad un trozo de una rueda de molino.
Tola sustituyó a Abimelech y Jair a  Tola. El pueblo torna de nuevo a abandonar el servicio de Dios y este lo entrega en esclavitud a los filisteos y amonitas. Jefté el Galaadita es el héroe que vence fácilmente a los amonitas, pero cuando regresa a su casa ve salir a su única hija para recibirlo. Jefté se rasga las vestiduras porque había jurado antes de partir a combatir a los amonitas que ofrecería en holocausto a cualquiera viera salir a recibirle de las puertas  de su casa cuando regresara. La interpretación de la frase “será de Jehová” que acompaña al ofrecimiento en holocausto, ha permitido a los expertos dar sentido al final de la narración al afirmar que la hija de Jefté se entregó al servicio de Dios.
Después de Ibzan, Elón y Abdón, tornó el pueblo de Israel a hacer lo malo a los ojos de Jehová, quien los entregó a los filisteos por cuarenta años. Un ángel se aparece a la mujer de Manoa para anunciarle que a pesar de que es estéril, le nacerá un hijo que libertará al pueblo de Dios. El niño se llamó Sansón. Bajó a la población de Thimnah y se enamoró de una mujer filistea. La mujer lo traicionará rebelando a sus familiares el acertijo planteado por Sansón. Los filisteos fueron a buscarlo a la cueva de Etam para matarlo, pero fue Sansón quien con una simple quijada de burro mató a mil filisteos. Todos sabemos que Sansón se enamora de Dalila en el torrente de Sorekh y le revelará la fuente de su fuerza. Sansón muere ciego, pero se lleva por delante a un buen número de filisteos al derribar la casa de su dios Dagón.
Tras la desaparición de Sansón hay un periodo de confusión en el que no hay líder espiritual. La tribu de Dan emigra hacia Sidón y recoge a su paso los ídolos hechos por Mikhá y un sacerdote levita que estaba a su servicio. Los israelitas atacaron la ciudad de Laisa y mataron a todos sus tranquilos y confiados moradores. Allí instalaron los ídolos de Mikhá. El pueblo de Benjamín quebrantó el sagrado deber de la hospitalidad y después violó y dio muerte a la mujer del viajero. Este dividió su cuerpo en doce trozos y los mando a cada una de las tribus de Israel. El pueblo de Israel inicia una guerra civil para castigar a la tribu de Benjamín. No quedaron más seiscientos benjamitas refugiados en la roca de Remmón. Después de jurar las restantes tribus de Israel que no entregarían sus hijas a los benjamitas sobrevivientes, cayeron en la  cuenta de que ello provocaría la desaparición de una de las tribus de Dios y se buscaron soluciones para proporcionarlos cuatrocientas mujeres.
No había por aquel entonces rey en Israel y cada uno hacía lo que le parecía a sus ojos.

Libro de Rut
El relato transcurre en tiempo de los jueces. Una mujer, Noemín, regresa a Judá en compañía  de sus dos nueras moabitas. Una de ella, Orfá, decide volver con su pueblo; la otra, Rut, continúa el camino con su suegra. En Judá, Rut acude a espigar al campo de Boos, un conocido del marido de Noemín, y allí obtiene consuelo y servicio de la bondad de quien “no ha abandonado su piedad con los vivos ni con los muertos”. Rut subió a la era y durmió a los pies de Boos. Después de que este consiguiera la cesión de los derechos de parentesco tomó a Rut por esposa y de ella nació Obed que engendró a Iessaí (Jesé) que engendró a David.