martes, 17 de abril de 2018

Patria. Fernando Aramburu



1.- Tacones sobre el parqué
San Sebastián. El yo de Bittori, de la madre, hasta cuatro veces se asoma en la narración de la despedida de Nerea, la hija, y Quique, su marido. Un viaje a Londres para consentir que él tenga un hijo con otra. Él que huele al mismo alcohol con el que se gana la vida. A Bittori le preocupan cuatro cosas: lo poco que se hace valer su hija, la vejez propia, los boches en el parqué y la insensibilidad de su yerno. Pero nada se puede cambiar, quizás solo el felpudo de la entrada.

2.- Octubre benigno
La utilización de un presente arrastrado desde el pasado no produce la impresión de abandono, sino que resulta anunciador de un cambio que no tarda en producirse: ellos lo dejan, que ya no van a atentar más. A Bittori se lo dice quien hasta hace poco la evitaba. Ninguna duda le cabe al lector que esa actitud de la vecina tiene algo que ver con la muerte de Txato. De vuelta a casa, le fue dando las gracias a las cosas por su humanidad.

3.- Con el Txato en Polloe
La primera persona encubierta/descubierta entre las tumbas del cementerio donostiarra se ofrece al lector. Yo estoy aquí, pero él ya no. A él, al Txato, lo mataron. Bittori ha decido volver al pueblo. Es la necesidad de saber la que la empuja a regresar. Y también la curiosidad, sobre todo ahora que la banda…

4.- En casa de esos
En otro lado, paran otra vez. Aquí el narrador se muestra sin reservas y también sin necesidad. El hijo está en Puerto de Santa María I, la hija en una silla de ruedas y el tercero a sus cosas. Taberna, porrón, partida, pescado… y luz en casa de esos.

5.- Mudanza a oscuras
La diana encima de un nombre. Se me ocurre que hay un desdoblamiento del narrador. Por un lado está el narrador-escritor y por otra el narrador-personaje.

6.- Txato, entzun
El conflicto de la Pili en el autobús, el silencio de los del bar, el ahogo, el buzón que no está, las palabras que se arrastran porque no quieren salir. Y sí, hay luz en casa de esos.

7.- Piedras en la mochila
Joxe Mari en medio de la algarabía abertzale. El hijo de Miren, la mejor amiga de Bittori. Antes de la batalla callejera: bicicletas, persianas, locutorios, ajos, besugos y pañuelos que tapan bocas.

8.- Un lejano episodio
Cuidadísima escritura. De esos capítulos que o salen de un tirón o hay que reescribirlos cien veces.

9.- Rojo
La voz se ha corrido por el pueblo. Dicen que Bittori ha vuelto.

10.-Llamadas telefónicas
¿Cómo entender la reacción de Nerea? Aquello de no asistir al entierro de su padre… Hubiera dado cualquier cosa por poder cambiarlo todo, no mejorarlo sino simplemente cambiarlo.

11.- Inundación
Las lluvias se llevaron la huerta de Joxian. La huerta es su paraíso. ¿A qué habrá ido Joxe Mari a Francia?

12.- La tapia
A prueba de riadas levantó la tapia Joxian con ayuda de su amigo Txato. Hasta un camión de tierra de Andosilla le trajo. La carta con el impuesto. El favor que Joxian no quiere hacer.

13.- La rampa, el baño, la cuidadora
Un poco de lío con la rampa de madera que Arantxa necesita para salir a la calle con la silla de ruedas. Pronto se resuelve, no hay más que pedir ayuda a quienes dominan la  calle y las escaleras de los portales. Y prenden de las farolas la luz de su iluminismo.

14.- Últimas meriendas
Una tarde de tostada, Bittori se conmovió con lo de Joxe Mari. Bittori habla con el fantasma de su marido Txato, sentada en la tumba o en el sillón frente a su fotografía, y con la gata Ikatza. Justamente a esta le cuenta que si Miren se radicalizó fue por puro instinto animal.

15.- Encuentros
El Pagoeta apenas ha cambiado: la hucha de los presos encima de la barra y los carteles de traineras en lugar de toros. La que sí ha cambiado es Arantxa. Bittori ha vuelto definitivamente, aunque no sabemos si es para quedarse.

16.- Misa dominical
A Miren le gusta despacharse con su san Ignacio, pero los favores de verdad se los pide al cura, a don Serapio. ¿A qué viene Bittori al pueblo? ¿Por qué no se queda en San Sebastián?

17.- Un paseo
A cada uno le salen los hijos como Dios quiere. Arantxa fue la única que lo dijo bien alto y claro. La canallada de retirar primero el saludo, luego la mirada, y ese ir añadiendo un poco cada uno: el que pinta, el que ofende, el que señala, el que dice.

18.- Vacaciones en una isla
Arantxa en el iPad: ¡Qué familia! ¡Espléndido! ¿Es que Bittori nunca se dio cuenta de la sensibilidad de tubo de escape de Miren?

19.- Discrepancia
Bajar de la copa de un árbol lo que nunca debió haberse subido y tratar además de justificarlo, confunde de tal forma a Ainhoa, quince años con su madre en el hospital llena de tubos, que cualquier cosa es mejor que mirar la cara de su amona.

20.- Luto prematuro
El de Guillermo, el marido de Arantxa. No se equivoca Miren cuando lo ve.

21.- La mejor de todos ellos
Arantxa, sin duda, que se presenta ante el hijo de la víctima como la hermana del asesino. La perspectiva de nuevo modificada. Ya no es la de Arantxa, sino la de Xabier, el hijo de Bittori.

22.- Recuerdos de una telaraña
También Xabier habla con la fotografía de su padre y con una botella de coñac. Hay algo que no acaba de funcionar en este personaje, un médico tristón y embotado.

23.- Soga invisible
No, no es la compasión el sentimiento que mueve a Xabier a aproximarse a Arantxa; es algo más fino y primario: algo así como la necesidad de comparar si su desgracia es, como parece, menor que la de ella. Una muestra más de un personaje que no remata, que no convence.

24.- Una pulsera de juguete
Es, como bien expresa Miren, meterse en la casa de ellos. El capítulo es realmente bueno: quebranta todas las reglas de la narración indirecta y funciona a las mil maravillas.

25.- No vengas
Que la presencia de las víctimas de carne y hueso entorpece el proceso de paz, así de clarito se expresa el cura Serapio ante Bittori. La viuda de Txato cada vez que entra y sale del pueblo, cada vez que recorre sus calles, es como las huchas sobre la barra de los bares, que cada uno elija la moneda: compasión o rencor. Y es precisamente esa disyuntiva la que le resulta intolerable al pueblo. ¡Qué no venga más!

26.- Con esos o con nosotros.
A misa de siete, esa es la contestación de Bittori. Entre las dos mujeres sentadas en el mismo banco, cada una en uno de sus extremos, el narrador-personaje pone a Arantxa.

27.- Comida familiar.
Y de pronto en medio de una comida familiar cuajada de “barras”, Nerea que ha vuelto de Londres lo suelta: va a participar en un proceso de justicia restaurativa. Supongo que don Fernando estuvo dándole vueltas a la palabreja de la ley, pero al final la aceptó y sobrado de recursos la arropó mediadoramente. Aunque bien pensado, qué diablos, Bittori se ha anticipado a todos.

28.- Entre hermanos.
¡Qué difícil es darle nombre a lo que Fernando trasmite en este capítulo! Me he pasado veinte minutos intentándolo. Desisto.

29.- Hoja de dos colores.
El aita la mandó lejos de Euskadi, a Zaragoza. Como una de esas máquinas que giran para hacer una buena radiografía panorámica, el narrador-personaje se queda junto a Nerea.

30.- Vaciar la memoria.
Lo que Nerea quiere y no le dejan hacer: contar al terrorista lo que nunca ha podido contar a  su familia.

31.- Diálogo en la oscuridad.
¿Cómo no iba a confiar el Txato si era de aquí, hablaba euskera y era el primero en contribuir para lo que fuera? Seguro que si alguien quisiera hacerle daño, los del pueblo le pararían. Porque oye este es de los nuestros.

32.- Papeles y objetos.
¡Qué cabrones los empleados!

33.- Pintadas
 Esta gente está pendiente de lo que dicen las pintadas. Es el período local. La verdad en los muros. Y punto. Y Txato ya está pegado a la pared.

34.- Páginas mentales
La puntería de Joxe Mari es tan buena como la de su amigo Jokin, pero ponen cosas distintas al otro lado del cañón. La memoria del retoño de Miren es ferroviaria.

35.- Caja de llamas.
Fila de huchas. A la lucha. Incendio de autobús.

36.- De A a B
Y Navarra, Iparralde y unas buenas y nuevas rayas bien pintadas en el suelo para que no haya ninguna duda. Una raya que vaya de A a B y luego rodee A o B, que eso no está todavía claro.

37.- Tarta de la discordia
Tarta entre comillas. El yo que experimenta no es el yo que recuerda. ¿Quién habla aquí?

38.- Libros
Putos libros que te hacen estar a las ocho en casa, sin tiempo casi de bajar el puño tras el Euzko Gudariak.

39 Yo el hacha, tú la serpiente
Homenaje a preso liberado. Antonio Machado afirmando el bietan jarrai. Gorka, que solo quiere que lo dejen en paz para irse a leer, tira fotos. Nerea abertzale. Encapuchados suben a la tribuna portando mecheros incendiarios y una bandera española.

40.- Dos años sin cara
Arantxa quiere estar segura de que el milagro de la recuperación es posible antes de poder mirarse en el espejo.

41.- Su vida en el espejo
El perfume de Guillermo engatusó a Arantxa.

42.- El asunto de Londres
Que se solucionó gracias a Txato y Nerea.

43.- Novios formales
Que no fue guardia civil, aunque no supiera euskera.

44.- Precauciones
¿Secretos? ¿Qué secretos podía guardar el bueno de Txato?

45.-Jornada de huelga
Buscar piso en San Sebastián.

46.- Un día de lluvia
El encuentro entre Joxe Mari y Txato es en realidad el anuncio del atentado de unas horas después.

47.- ¿Qué fue de ellos?
Exilio, muerte y cárcel.

48.- Turno de tarde
Y Herminio dice que esta misma tarde le pareció ver a Joxe Mari dentro de un coche por el pueblo. Joxe Mari, que ni la familia sabe dónde para, en el pueblo el mismo día de lluvia en que mataron al Txato.

49.- Da la cara.
A la huerta a hablar, a preguntar si ese bancal de ahí es el mismo que un día mando cubrir el Txato con un camión de tierra de Andosilla y si fue él, el chico al que el Txato pagó centenares de polos, el que le disparó.

50.- La pierna del cipayo
Una cena por pegarle fuego al uniforme de un policía.

51.- En la cantera
Dos aprendices de terrorista huyendo en bicicleta.

52.- Gran sueño
En las manifestaciones, actos, homenajes… en todas partes los abertzales pasaban lista. Y así tener un hermano en ETA daba prestigio. ¿Pedirle dinero al Txato para que Gorka estudie? De eso, ni hablar.

53.- El enemigo en casa
En el 87 todavía no habían aparecido las pintadas, pero el Txato ya tenía en su casa cartas amenazadoras de la organización etarra.

54.- Mentira de la fiebre
La hija del extorsionado y la hermana del terrorista se intercambian los papeles

55.- Como sus madres
Claro Nerea y Arantxa año y medio después de que esta última se fuera a Rentería a vivir con Guillermo y un poquito antes de que Nerea se fuera a estudiar a Zaragoza. Hay que salir del pueblo por allí “vive mucha gente echada a perder por la política”.

56.- Ciruelas
Tiene días de bajón emocional. Y entonces, recuerda las ciruelas verdes aquellas que fueron a parar a las páginas interiores del Egin.

57.- En la reserva
Aprendices de terroristas que mitigan la pesadez de la espera jugando con monedas de diez  francos.

58.- Pan comido
El debut de un terrorista.

59.- Hilo de vidrio
Xabier en Roma con Aránzazu. Recuerdo haber visto la librería Spagnola, pero dónde.

60.- Los médicos con los médicos
Se explica Bittori sentada al borde de la cama interrumpiendo la siesta de su marido y, años después, continúa la conversación sentada en el borde de la tumba. Podemos imaginar fácilmente por qué.

61.- Una grata pequeñez
Ahí tenemos otra vez al doctor Xabier sacándole los colores a una telaraña polvorienta entre dos lingotazos de coñac.

62.- Registro domiciliario
Queda mucho por limpiar a pesar de que Gorka haya hecho desaparecer el material político de su hermano.

63.- Material político
Hay topo.

64.- ¿Dónde está mi hijo?
Dos hostias y de vuelta a casa. Miren se da la vuelta en la cama para darle la espalda a su marido.

65.- Bendición
¡Vaya con don Serapio! Cura sobón y abertzale. Infinitamente más comprensivo que el santo de Azpeitia.

66.- Klaus-Dieter
Un alemán guapo. A Nerea después del asesinato de su aita todo se le fue en acelerones y frenazos.

67.- Tres semanas de amor
Se marcha. El tren. La carta. Todo es posible, aún.

68.- Fin de carrera
Un año después del asesinato de su padre.

69.- La ruptura
Con una noche de pintadas basta. 

70.- Patrias y mandangas
¡País de mentirosos y cobardes!

71.- Hija torcida
La moral aburguesada y tradicionalista de esta abertzale llamada Miren es de campeonato.

72.- Misión sagrada
La afición a las letras de Gorka comienza a darle problemas.

73.- Si estás, estás
Los etarras agitan la hucha y las botellas llenas de gasolina.

74.- Movimiento de Liberación Personal
Gorka encuentra en la radio una vía de escape.

75.- Jarrón de porcelana
Paseo en barca con Aránzazu. Pelotas de goma en el barrio viejo. Por entonces, todavía estaba vivo el Txato, aunque amenazado. El capítulo no funciona, es una caja de zapatos vacía.

76.- Tú llora tranquilo
Muerte e insultos. Bien contenida la muñeca de la emoción.

77.- Negros designios
Hay aquí una de esas excentricidades que han de resolverse como un crucigrama, cruzando las emociones y sensibilidades de los personajes.

78.- El cursillo
Acerca de los muertos que valen un amigo muerto.

79.- El roce de la medusa
Comando Oria, por el río guipuzcoano cuyos márgenes marca el territorio de actuación. Joxe Mari, Patxo que ruidosa respiración y Txopo, bajo una marquesina de la avenida Zarauz de San Sebastián.

80.- Comando Oria
Tumbado en la cama de la celda, Joxe Mari recuerda.

81.- Solo fue a despedirla el doctor triste
Xabier, el médico, paternalista y un poco machista. Triste, también triste. Nerea se va.

82.-He’s my boyfriend
O sea, batacazo. El alemán tiene novia.

83.-Un mal azar
Sin duda es discutible, pero a mí me parece muy acertado. Y es que la realidad funciona así,  lo que no queremos ver acaba por salirnos al camino en cualquier lugar del mundo, justamente cuando más descuidados, por ensimismados, andamos.

84.- Vascos asesinos
En un partido de fútbol en Zaragoza este grito no tiene nada de particular. Tampoco que a la salida uno se encuentre su coche matrícula de San Sebastián con un buen repaso de chapa, pintura y espejos. ¿O sí lo tiene?

85.- El piso
El de San Sebastián por si hay que abandonar el pueblo.

86.- Tenía otros planes
Jarreaba. Día gris. El último del Txato.

87.- Setas y ortigas
Guillermo diez meses en paro, trayendo a casa setas y ortigas para simular que alimenta.

88.- Pan ensangrentado
El asesinato de Manuel Zamarreño el 25 de junio de 1998. Guillermo escapa a la explosión por escasos minutos. Por entonces ya está en la cárcel su cuñado Joxé Mari.

89.- El aire en el comedor
Aquello, el tratar de justificar lo que no puede tener justificación en lugar ni tiempo alguno, separó a madre e hija durante cinco años.

90.- Susto
Un cólico nefrítico a punto está de dar al traste con el talde. No sé si viene a cuento contar el mal de piedra de un terrorista.

91.- La lista
En ella está el Txato. Andoni, uno de los trabajadores del Txato, es quien da apoyo logístico al comando de Joxe Mari. Andonis que amanecen todos los días con la memoria viuda.

92.- El hijo que más quería
Ahora ya sabemos que Joxe Mari no estuvo a esto de hablarle al Txato sino de pegarle un tiro (Ver el 46). Pero claro no lo hizo porque ellos no son psicópatas.

93.- El país de los callados
Gorka reducido a piratas, brujas y dragones euskaldun. Allí no hay peligro.

94.- Amaia
La hija del compañero sentimental de Gorka, Ramuntxo, tiene un comportamiento anómalo para su edad. Joxe Mari es detenido junto con los restantes componentes del comando Oria.

95.- Vino de garrafón
¡De garrafón hay tantas cosas en la vida!

96.- Nerea y la soledad
Antes, hacia el 83, un transeúnte atropellado por un tranvía en Fráncfort; ahora, un tipo fondón y aficionado al fútbol que tiene una hermano preso en Badajoz por… El silencio de Nerea.

97.- La procesión de los asesinos
Miren mirada, paseante penitente, con la foto de su hijo pegado en la punta de un palo.

98.- Boda de blanco
La de Nerea y Quique.

99.- El cuarto miembro
Del talde es el miedo.

100.- La caída
Y casi fue un alivio para Joxe Mari, cansado del miedo y la tensión asociados a la clandestinidad.

101.- Txoria txori
No era nada fácil de hacer este capítulo. El dilema encerrado en la breve canción a la  que se alude en el título cantada en eusquera, le sirve a Joxe Mari para resistir, pájaro enjaulado, las torturas policiales. Hay además una nostalgia inconsciente, precisamente por la resistencia, en Hegoak ebaki banizkio.

102.- La primera carta
¿Cuántas vueltas le habrá dado el señor Aramburu a los sentimientos de Bittori? Pienso que vuelve a acertar en la decisión. Si Bittori quiere perdonar para eso necesita primero que Joxe Mari le pida perdón. Esta valentía de la víctima empuja al pistolero hasta un callejón sin salida. Y ahora está ya desarmado.

103.- La segunda carta
Arantxa, iPad y Bittori.

104.- La tercera carta y la cuarta.
Los que buscan venganza (pidiendo el impuesto revolucionario del perdón). “El tono humilde, el temor a molestar, la ridícula petición [de una víctima dirigida al pistolero que probablemente asesinó a su marido]”. Esa empatía que la víctima segrega hacia su propio victimario es muy difícil de aceptar, parece introducida a empujones para generar una obsesión un poco artificial.

105.- Reconciliación
Con la madre por la ruptura definitiva con el marido, es decir, hablamos de Arantxa, la que después se convertirá en “bulto”, tal y como ella reconocerá en el capítulo siguiente, a causa del ictus. Algo tuvo que ver en la ruptura el hecho de que Joxe Mari fuera terrorista.

106.- Síndrome de cautiverio
Guillermo a despedirse, a recordarnos lo buen padre que ha sido y seguirá siendo. El “bulto” oye y mueve las pestañas.

107.- Encuentros en la plaza
Que Miren reprueba. Ya todo el pueblo lo sabe y se extraña de esos encuentros entre Arantxa y Bittori.

108.- Parte médico
Que firma Xabier, claro, solo que el paciente es un etarra que ha sido objeto de torturas. Xabier hace lo único que un ser humano decente puede hacer en  sus circunstancias: atenderle y guardar  silencio.

109.- Si a  la brasa le da el viento
Se aviva, naturalmente. Pero no se puede ser todo el rato víctima, aunque no se quiera hay ratos, días, semanas, meses… que uno se olvida. Y cuando menos lo esperas, zas, un nuevo atentado que te lo recuerda.

110.- Conversación al atardecer
Una charla entre hermanos para confirmar lo que ya sabemos todos: que Bittori está muy malita. ¿Por qué tira Xabier las castañas a la papelera con lo buenas que estaban? El escritor ha codificado aquí algo, ¿pero qué? Acaso algo tan simple como el paso del tiempo: de castañas le hablaba Xabier a su madre la primera vez que aparece en la novela.

111.- Una noche en Calamocha
¿A quién se le ocurre, avisar a la Guardia  Civil teniendo a un hijo en Picassent por terrorista? No. Es mejor que se las apañen como puedan. Y eso obliga a la más acérrima de las abertzales de este mundo, a Miren, a comportarse como las agradecida de las españolas. ¿La culpa? De la dispersión.

112.- Con el nieto
Joxian habla solo y en voz alta en el autobús de Rentería. ¡Qué familia!

113.- Final en cuesta
JoxIan visita la tumba de su amigo.

114.- Cristal por medio
Gorka vista el locutorio de su hermano. Hay algo más que un cristal por medio que los separa.

115.- Sesión de masaje
Consolar no es tarea nada fácil. Gorka inventa, masajea, seduce a su compañero Ramuntxo.

116.- Salón árabe
De boda, la de Gorka y Ramuntxo. ¿Será verdad que Joxe Mari le ha encargado a su madre que le trasmita a Gorka su enhorabuena?

117.- El hijo invisible
Tiros largos con notas discordantes sobre un fondo de bacalao al Portuetxe. Son Quique y Nerea.

118.-  Visita no anunciada
Nerea se cruza por el pasillo de fisioterapia con los hijos de Arantxa.

119.- Paciencia
Todo el afán de esta mujer llena de  coraje y dignidad es que el idiota de Joxe Mari se disculpe, que pida perdón y poder descansar en paz. ¿Lo tendrá?

120.- La chica de Ondárroa
Un año de cartas y un par de visitas íntimas fueron suficientes para que el mástil de Joxe Mari comenzara a doblarse.

121…
La prosa efectista de Aramburu despliega una soberbia funcionalidad con la transgresión constante de tiempos e identidades. En un incesante juego de caída libre no tiene el escritor ningún problema en dejar al lector con la palabra en la boca. Se consigue con estos y otros recursos estilísticos y formales, tales como las enigmáticas codificaciones de apariciones, gestos y actitudes (la gata, el cucurucho de castañas, la lluvia, el perfumen, las bicicletas, la huerta…), que el lector se interrogue continuamente por la toma de posición que la sociedad impone a cada personaje. Y sobre todo por la responsabilidad que a  cada uno cabe atribuirle en la instauración de una dinámica de miedo y asfixia, pero también de resistencia y valentía. El exilio de los muertos que esperan poder volver algún día a su pueblo cuando la situación se normalice es el fruto de quienes envenenaron el árbol de Guernica.



lunes, 19 de febrero de 2018

La montaña mágica. Thomas Mann



 “En este lugar de placer, robándole a una la vida”
“Ni me mata ni me deja vivir”

Ciertamente el viaje es inmenso desde Hamburgo hasta Davos, hay que atravesar toda Alemania de norte a sur y cuando uno cree que ya está, resulta que le queda lo peor: la subida desde Landquart a Davos. Hans Castorp llega para una visita de tres semanas. Es joven, todavía parece tener tutor: su tío, el cónsul Tienappel; y se manifiesta un poco delicado y timorato. Está preocupado por su nuevo trabajo en la Tunder & Wilms e impresionado por el viaje y el lugar. Ciertamente no parece una excursioncita, hay un cielo gris, abetos obscuros, infinidad de túneles, una máquina que extiende humo negro y verdoso, desfiladeros con resto de nieve en las grietas que los hace mucho más amenazadores. Compartimos tu idea de empobrecimiento, querido Hans. Sin duda, debió fastidiarle encontrar a su primo Joachim Ziemssen con un aspecto mejor que el propio.

En el Sanatorio Internacional Berghof en Davos tres semanas no son prácticamente nada. Joachim lleva ya seis meses y dice que, como poco, le quedan otros seis. Hans se escandaliza: nadie dispone de semejante tiempo. En Davos, el crepúsculo transpira una tristeza descolorida. Son mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. Una altura considerable para los que están acostumbrados a vivir a nivel del mar, lo que les hace proclives al cinismo. Behrens es el cirujano, Krokovski el psicólogo aficionado a la disección mental. En la 34, la habitación asignada al recién llegado, dos días antes había fallecido una americana. Behrens se apresuró a tenerla lista.

El ingeniero Castorp durmió toda la noche, aunque soñó mucho. La intensa palidez del doctor Krokovski y la extraña tos de un ilustre caballero le habían impresionado mucho como consecuencia del cansancio del viaje y la debilidad de la llegada. Huérfano desde niño, su abuelo Hans Lorenz Castorp acogió al nieto durante breve tiempo. Confiaba el viejo Hans en la existencia de una afinidad tan necesaria como buscada, que en numerosas ocasiones se divierte saltándose una generación. De costumbres culinarias refinadas, Hans era por lo demás de una mediocridad honrosa. Descansar tres semanas en compañía de su primo era lo mejor que podía hacer el ingeniero Castorp antes de entrar a trabajar en la casa Tunder & Wilms.

La señora Stöhr, famosa por su ignorancia y sus disparates, fue la primera residente que conoció Hans. Antes le habían llamado la atención los ruidosos vecinos rusos y una mujer de luto que tenía a sus dos hijos enfermos, la conocida como tous-les-deux. La descripción en el comedor durante el desayuno es minuciosa: lo que se ingiere, se lleva puesto, el aspecto, las emociones, la distribución de las mesas, los aparadores, criados, actitudes... El doctor Behrens le baja el párpado a Hans y le diagnostica una anemia verdosa, le recomienda el régimen de vida del sanatorio y una estricta vigilancia de la columna de mercurio. Cualquier otro hubiera mandado a paseo al matasanos, pero Hans…

Hay un grupo de pacientes  conocidos como la sociedad medio pulmón o los neumotórax por la incisión que el doctor practica en un costado para insuflar un gas entre la pleura y el pulmón. La señorita Kleefeld es la más singular pues es capaz de silbar con su neumotórax. El paseo no le sienta nada bien a Hans Castorp, en realidad nada le sienta bien desde que llegó al Berghof. La aparición de Settembrini resulta inicialmente festiva, pues Hans le confiere el aspecto de un organillero. Sin embargo, esta especie de Virgilio dantesco define el sentido del tiempo berghofiano que nos conduce hasta la gráfica de la temperatura que cada residente ha de tomarse cuatro veces al día.

Le dio a Hans por almorzar cerveza y el alcohol le disipó las ideas filosóficas sobre el tiempo sustituyéndolas por las, mucho más peligrosas, cuestiones fisiológicas. En tan solo 24 horas el microcosmos sanatorial convierte a nuestro ingeniero en una columna de mercurio sin números. Settembrini se enfurece cada vez que recuerda a su compañero de mesa,  un cervecero de Halle llamado Magnus, el cual considera que la literatura no es más que un ramillete de bellos personajes. Hay algo peor para Hans, quien nos aclara a continuación que uno no sabe cómo debe tratar a un estúpido enfermo por ser términos contradictorios; nuestro ingeniero considera proverbial la salud del estúpido y la inteligencia del enfermo.  

El médico jefe, el doctor Behrems mantenía con el sanatorio Berghof una relación muy compleja. Allí había muerto su esposa, él mismo había contraído la enfermedad y, había criado a sus hijos. También compleja, aunque ciertamente mucho más extraña, era la relación que nuestro ingeniero mantenía con la rusa de los portazos, madame Chauchat.  No llevaba Hans dos semanas haciendo compañía a su primo y ya le parecía que el régimen de vida de los de allá abajo era extraño. Hans escuchaba a Settembrini hablar de su abuelo revolucionado y su padre humanista, de Carducci y de Dante, de la belleza y la razón; y aunque alguna de las opiniones del italiano le indignaba, como la sospecha política que se esconde tras la música, no podía negar su inclinación hacía sus bien expresadas ideas.

El catarro de Hans le permitió conocer a la enfermera Mylendonk y adquirir un termómetro de cinco francos. Treinta y siete con seis es una temperatura digna de ser tenida en cuenta a primera hora de la mañana. Allí, en Berghof, nadie tiene tanta fiebre, salvo los encamados y los moribundos. El dictamen del doctor no alberga duda alguna y Hans se incorpora como residente fijo al sanatorio. Poco después de la siete de la mañana, los primos intercambian temperaturas. Es Joachim quien acude a visitar a su primo, encamado por orden facultativa. Comida, paseo, reposo, ese es el camino que se transita cinco veces al día. La central de mediodía incluye seis platos y la del domingo se convierte en comida de gala preparada por un cocinero de postín.

La levita gruesa de anchas solapas y el pantalón de cuadros aparecieron a los pies de la cama de Hans Castorp. Settembrini se muestra interesado por la salud física y espiritual de nuestro ingeniero: parece haberle tomado afecto. Flemáticos y enérgicos los de allá abajo y escépticos e ingenuos los de aquí arriba. Estos últimos, en seis meses han perdido todo contacto con la vida; y lo que es más llamativo, han quedado imposibilitados de volver allá abajo a vivir entre la gente corriente “esa que anda de acá para allá, ríe, gana dinero y se atiborra. Al menos, eso es lo que opina Lodovico Settembrini. Lo que sí es cierto es lo que dice Hans, a  saber, que allá abajo los Settembrinis pasan completamente inadvertidos.

Aunque Hans solía añadir alguna décima de más en un intento de ascender en la jerarquía del Berghof, la paciencia y la discreción presidían todo su comportamiento, y, naturalmente, el orden. Joachim jamás hablaba de la risueña Marusja y, paralelamente, Hans, nunca lo hacía de la ruidosa Claudia. El silencio con el primo lo compensaba con la señorita Engelhart. La debilidad de nuestro ingeniero por la señorita rusa resultó que era compartida por el doctor Behrems, aunque este parece limitarse a tomarla como objeto pictórico. Hans por aquel tiempo concentró sus esfuerzos en el estudio de la célula, la embriología parecía interesarle especialmente. Y así llegaron las Navidades.

Iglesias rusas con bulbosos campanarios. Hans muestra tal preocupación por el sufrimiento de sus compañeros que ofrece a Semttembrini un ejemplo con el que comenzar su nueva obra sobre el humanismo. Es el transcurso de una fiesta de carnaval cuando Hans se quita la careta frente a Claudia. La respuesta no puede ser más lacerante: ella se marcha al día siguiente, abandona el sanatorio quién sabe si definitivamente. El espectral retrato de la amada acompaña a nuestro ingeniero durante nueve meses. Para entonces, Joachim había cumplido su quinto trimestre. Antes, por Pascua el mismísimo Settembrini anunció su marcha, aunque no muy lejos, a Dorf a la casa de un célebre sastre de señoras llamado Lukacek. No está muy claro si la ausencia del humanista fue la causa del incremento de intimidad entre el ingeniero y el psicólogo, el doctor Krokovski.

La botánica, la astronomía y las charlas con Settembrini y el jesuita Naphta llevan al joven Castorp hasta su primer aniversario. Naturalmente que nadie, ni siquiera la señora Stöhr, famosa por sus salidas de tonos, osa recordárselo. Allí arriba las celebraciones son más bien de carácter cíclicamente astronómicas. Y es que por no haber no hay ni estaciones propiamente dichas, todo lo más días de verano y días de invierno. Cuando Joachim toma la decisión de abandonar el sanatorio nos tropezamos con el virtuosismo del doctor Behrems, perfectamente capaz de auscultar al paciente, hablar con él de otra cosa y dicta a su ayudante el resultado de la exploración.

La marcha de Joachim provoca cambios en Hans. Nuevos comensales y compañeros. Un checo de nombre impronunciable al que todos llamaban Wenzel; los cerveceros de Halle, el matrimonio Magnus; el señor Ferge, sufrido moribundo resucitado consecuencia de haber sufrido un extraño shock pleural; y Ferninand Wehsal, el joven de Mannheim, también enamorado de Claudia. También la visita de su tío, James Tienappel, era lógica después de que Joachim hubiera informado a sus familiares de la situación del muchacho en el sanatorio. El cónsul Tienappel se dio de bruces contra la “serena e inquebrantable indiferencia de Hans”. La resistencia del sobrino frente al frío, sus conocimientos astrológicos, las elaboradas ideas frente al tiempo y la enfermedad, y, en fin, toda la enorme cantidad de fenómenos que Hans se encargó de volcar sobre su tío, hicieron que esté acaba en la cama con una extraña sensación de haber sido vapuleado.

Vino después el doctor Behrens a rematar la faena: haría muy bien el nuevo visitante en quedarse unas semanas porque el párpado inferior revelaba claros signos de anemia. Sometido ya el cónsul a la rutina del sanatorio, se apresuró a pedirle audiencia al doctor con la intención de acelerar el regreso de su sobrino a la realidad de allá abajo. La respuesta fue que la humanidad doliente tenía  preferencia y los sanos debían de esperar. Con un demonio a la izquierda y otro a la derecha, el cónsul Tienappel huyó despavorido deseando a su sobrino buena suerte.

Para profundizar en su soledad y tornarla más silenciosa y propia Hans aprendió a esquiar. En una de estas salidas estuvo a punto de perecer, pero mágicamente el tiempo hizo una pirueta y peligro desapareció. El regreso de Joachim vino acompañado de ciertas noticias sobre Claudia. Madame Chauchat tenía intenciones de visitar España y posteriormente retornar al Berghof. Entretanto el jesuita y el humanista siguen con sus eternos diálogos: el efecto purificador de la literatura, la destrucción de las pasiones a través del conocimiento y de la palabra, la literatura considerada como camino hacia la comprensión, hacia el perdón y hacia el amor, el poder liberador del lenguaje, el espíritu literario como el fenómeno más noble  del espíritu humano en general, el poeta como hombre perfecto, como santo…

Joachim muere y el tiempo se convierte en el tejido absoluto, pastoso e imposible de medir. Ella también había vuelto, aunque acompañada por un tipo conocido como Peeperkorn, el rey del café. Dueño de una villa en el famoso barrio de Scheveningen en La Haya, la señora Stöhr se refería a él como “el magnético del dinero”. Manos de capitán con las uñas terminadas en punta. Son estas, las de Peeperkorn, las mejores páginas de la novela. El temple del novelista alemán sabe sacar de la nada un personaje de grandeza mayestática como Peeperkorn, pero al mismo tiempo sitúa al lector en un punto panóptico desde el que contemplar los pensamientos de cada uno de los restantes personajes. Convertido en el favorito del rico holandés, Hans se sienta entre Peeperkorn y su compañera.

“Nuestro poco heroico héroe” habla con Claudia y con su compañero. A ella le parece de un abominable egoísmo la actitud flemática de Hans y, al mismo tiempo, llena de una verdadera genialidad. A él, a Hans nos referimos, no parece sorprenderle la confesión de ella. En realidad, ambos comparten demasiadas cosas para no terminar unidos. Respecto de la segunda entrevista, la del ingeniero con el holandés, a nadie puede  sorprender un hermanamiento que desde hace páginas se viene anunciando.   

De nuevo solo, por la muerte del gran Peeperkorn y la marcha de Claudia, Hans se sometió al ridículo nuevo tratamiento del doctor Behens: una autovacuna de estafilococos. Pasó nuestro héroe de su pasión por los solitarios a la fascinación por la música de gramófono. Todos terminaron por atravesar la raya donde comienza el destierro cuando durante una sesión de espiritismo el fantasma del teniente Ziemssen se hizo presente.

El antisemitismo del señor Wiedemann vino a agravar el enrarecido e irascible ambiente que había comenzado a reinar en el Berghof después del escatológico episodio narrado. El resentimiento y la discordia se extendió por todas partes, alcanzando incluso los debates, otrora intelectuales, del masón y el jesuita. Una sed de guerra le parecía honrosa a la generalidad. “Al final de todas las cosas solo quedaba el cuerpo, las uñas y los dientes”. Y entonces es lógico que veamos a nuestro ingeniero desaparecer entre el barro que levantan los obuses.

Echaremos de menos las primeras nieves condenadas a fundirse, el primer desayuno con su paseo breve y la inicial cura de reposo, a Miss Robison que toma infusiones de escaramujo, a la señorita Engelhart y al doctor Leon Blumenkohl, el enfermo más grave de toda la mesa.


¡Adiós, Hans!

martes, 19 de diciembre de 2017

Cien años de soledad. Gabriel García Márquez






La nostalgia y la soledad, elementos inevitables que siempre acompañan al hombre, se engarzan de forma admirable en el íncipit de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. La soledad del que va a morir que se entrega a la nostalgia de sus recuerdos. 

Macondo era por aquel entonces, cuando José Arcadio Buendía llevó a su hijo a conocer el hielo, una aldea situada en las proximidades del Paraíso, recién expulsado el hombre y la mujer de su centro. Los fierros mágicos de Melquiades, un gitano con manos de gorrión alborotaban la aldea despertando el alma de las cosas. Aunque el que resultó de verdad alborotado fue José Arcadio Buendía. Probó con el imán y descubrió que no eran los primeros en habitar esa tierra; estudió el potencial bélico de la lupa, y descubrió la esfericidad  terrestre. Para entonces Melquíades era ya un gitano avejentado por tanta enfermedad viajera. Le regala un laboratorio de alquimia que desprendía un olor del demonio. 

En medio de ese pandemónium alquímico –cuyo mayor éxito ha sido reducir un puñado de doblones de oro a un “chicharrón carbonizado”- aparece Úrsula Iguarán “aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán”. Cierren, por favor, la novela durante un rato y continúen después respirando el tibio olor de albahaca. 

La culpa de que José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán se hubieran casado la tenía el pirata Francis Drake. El temor a engendrar iguanas, dada la proximidad familiar de los contrayentes, hizo que Úrsula durmiera protegida por un pantalón de lona de velero hasta cierta noche en la que Prudencio Aguilar perdió una pelea de gallos. Después José Arcadio, Úrsula y un puñado de vecinos fundó Macondo para darle al fantasma de Prudencio un poco de paz.  

El soplo de alivio de sus padres hizo que volara de su cabeza cuadrada cualquier resto de imaginación. José Arcadio Buendía había nacido antes de llegar a Macondo sin “ningún órgano de animal”. Su hermano, Aureliano, había llorado en el vientre de su madre y nacido con los ojos abiertos.

Cuando, un jueves de enero, nació Amaranta, sus dos hermanos gozaban ya de los encantos de Pilar Ternera. Fue aquel año en el que los gitanos volvieron trayendo consigo esteras voladoras. El anuncio de su futura paternidad devolvió al laboratorio al joven José Arcadio donde duró el tiempo justo que tardaron en marcharse los gitanos. Úrsula salió tras su hijo metido a gitano y José Arcadio tuvo que ocuparse de la niña Amaranta. No regresó sola: había descubierto la salida de la ciénaga.

Al hijo de Pilar Ternera lo llamaron Arcadio para evitar confusiones y de su crianza se encargó la india guajira Visitación. Animada por su gesta liberadora, Úrsula abrió, en un Macondo completamente transformado, un negocio de animalitos de caramelo ensartados en palo de balso. José Arcadio Buendía sustituye la materia del laboratorio por la de las calles y el joven Aureliano toma el relevo alquímico. La llegada de Rebeca con el saco de huesos de sus padres es anunciada con anticipación por Aureliano; se trata, al parecer, de una prima lejana de Úrsula y, por tanto, también de José Arcadio Buendía, de no más de once años que todavía se chupa el dedo. El salvajismo de Rebeca lo remedió Úrsula con ruibarbo y tollinas.

Rebeca fue la primera infectada de la peste de insomnio que destruía los recuerdos. A los forasteros durmientes les colgaron una campanilla del cuello y a las cosas les pegaron letreros por debajo para no olvidar sus nombres. El pasado no llegaba más allá del canto de la alondra en el laurel del martes. Fue entonces, en medio del tremedal del olvido cuando apareció Melquiades resucitado. ¿Quién mejor que un muerto para descubrir el remedio contra el mal macondino? El nuevo invento del gitano era el daguerrotipo. De esta época del daguerrotipo melquiadano data el aumento del negocio de dulces de Úrsula cuando ya Aureliano que se había convertido en un consagrado maestro de la platería. 

Unos años después, al descubrir la adolescencia en el patio de los bordados –más bella en Rebeca que en Amaranta-, Úrsula decidió ampliar la casa. Dos salas, una más formal que la otra. Un comedor para doce servicios. Y nueve dormitorios alrededor de un largo corredor protegido por un jardín de rosas. Úrsula no se olvidó de Melquiades para quien encargó una habitación propia al lado del taller donde trabajaba la plata Aureliano. Con las obras ya casi terminadas, llega a la casa la orden del corregidor Apolinar Moscote de pintar la fachada de azul. Nunca hasta entonces había habido en el pueblo otra autoridad que la de José Arcadio. Este lo declaró inmediatamente su enemigo y Aureliano se enamoró perdidamente de la hija menor del corregidor, Remedios Moscote con tal solo nueve añitos de edad.

Pero Úrsula pensó que la reforma no debía quedarse solo en cosa de albañiles y encargó para la inauguración de la casa nueva y blanca un montón de cosas: una pianola, muebles vieneses, cristales de Bohemia, vajilla de las Indias, manteles de Holanda… Con la pianola llegó Pietro Crespi que enseño a bailar a Amaranta y Rebeca. La súbita amistad entre Rebeca Buendía y Amparo Moscote dio esperanzas Aureliano. Le cupo a Melquiades el honor de inaugurar el cementerio de Macondo. 

Amaranta no está dispuesta a permitir que su “hermana” Rebeca tome estado en Pietro Crespi. Tampoco Prudencio Aguilar parecía estar dispuesto a dejar en paz a su asesino y tan pronto como los muertos señalaron el lugar de enterramiento de Melquiades, se personó ante José Arcadio Buendía. Y entonces el tiempo se paró en un lunes y José Arcadio Buendía tuvo que ser amarrado al tronco del castaño del patio.

Un domingo de marzo, Aureliano Buendía y Remedios Moscote se casaron ante el padre Nicanor Reyna. El cura decidió quedarse para remediar tanto desorden religioso como encontró en el pueblo y a fin de recaudar fondos para una iglesia se dedicó a tomar chocolate y a levitar. Remedios muere, Rebeca posterga sine die su matrimonio con el italiano y el desaparecido José Arcadio regresa. A estas alturas los años que le quedan a Arcadio para comparecer frente al pelotón de fusilamiento son ya pocos y el último de sus recuerdos fue para Remedios.

José Arcadio y Rebeca se enamoran y abandonan la casa. Úrsula impone nuevo luto por la pérdida de dos hijos. Pietro Crespi ofrece a Amaranta, la cual enamorada desde hace muchos años del italiano responde con sorprendente pasividad. Aureliano se hace liberal, pero rechaza la brutalidad del matarife enfermo de sangre. Ese es un momento especial de la novela: Aureliano vigila a sus amigos con una pistola bajo la camisa, va por las tardes a tomar café con sus hermanos José Arcadio y Rebeca y a las siete juega una partida de dominó con su suegro. Tres meses después, estalló la guerra.
Con un rebenque alquitranado tuvo que poner Úrsula orden en Macondo después de que Aureliano se fuera a la guerra. En un acto de incompresible soberbia, Amaranta recha al amor de su vida, el italiano de la pianola que desesperado se quita vida entre lámparas iluminadas y cajas musicales abiertas. Una venda negra alrededor de su mano quemada en las brasas se convirtió en la seña de identidad de la Amaranta sobreviviente. Arcadio conoce a Santa Sofía de la Piedad y enseguida la hará viuda tras una insensata acción que le conduce al paradón: frente a la ventana que en el momento de la ejecución abría Rebeca, se despide Arcadio del mundo. Capturado también el coronel Aureliano no parecía que fue a correr mejor suerte. Rebeca tuvo buena culpa en la liberación del coronel.

Una tras otras las sublevaciones protagonizadas por Aureliano se sucedieron. Santa Sofía vivía en la casa familiar de los Buendía con tres nuevos retoños: la niña, a la que pusieron Remedios, la bella, y los dos gemelos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo. Pero la novedad más acusada cuando el coronel regresó a Macondo un año después, fue el suicidio inexplicable de su hermano José Arcadio. Rebeca se enterró en vida en el interior de su casa.

Por la época en que Amaranta estaba localmente enamorada del italiano de la pianola, el después coronel Gerineldo Márquez, el mejor hombre del coronel Buendía, le había declaro su amor. Se murió el patriarca José Arcadio Buendía y una lluvia de flores pequeñas y amarillas le despidió. Después Aureliano José, también hijo de Pilar Ternera, se unión a su padre, el coronel Aureliano. La leyenda de este comenzó a formarse después de que los liberales y conservadores llegaran a un acuerdo de reconciliación. Se le situó la coronel en infinidad de lugares promoviendo alzamientos con el fin de unificar las fuerzas federalista de la América Central. Hasta el nuevo alcalde de Macondo, el general conservador José Ramón Moncada, lo admiraba de veras.

La aventura aureliana duró muchos años. El padre Nicanor fue sustituido por el padre Coronel a quien llamaban El Cachorro. Bruno Crespi, el hermano de Pietro, se casó con Amparo Moscote y su almacén de juguetes no dejó de crecer. De la escuela se hizo cargo don Melchor Escalona, maestro viejo con métodos pedagógicos expeditivos. Vuelve Amaranta a ser protagonista del deseo. En este caso el de su propio sobrino, Aureliano José. Comienzan a aparecer los diecisiete Aurelianos. Al joven Aureliano José lo mata de un balazo el capitán Aquiles Ricardo, aunque es preciso notar que el capitán murió primero.

Cuando el coronel Aureliano regresó a Macondo tuvo primero que conquistársela al general Moncada. Un aire de extrañeza que era más de resistencia a la nostalgia, le pareció a Úrsula que emanaba de lo más hondo del ser de su hijo. Gerineldo Márquez, otra vez jefe civil y militar de Macondo, renovó sus visitas a Amaranta. Esta lo mantuvo cuatro años cerca de ella sin aceptarlo y sin rechazarlo, y cuando Remedios la bella tomó partido por el coronel, Amaranta la expulsó del costurero donde los encuentros tenían lugar. Después, decidió, borracha de soledad, encerrarse en su habitación y despedir definitivamente a su último pretendiente.

Esa misma soledad de podredumbre estaba ya plenamente desarrollada en el corazón del coronel Aureliano hasta tal punto que solo con dificultad podía reconocer el rostro de su madre. A veinte leguas de Macondo, el coronel firmó el armisticio de Neerlandia, bajo una ceiba gigantesca y después se pegó un tiro que no lo mató. El gobierno le puso vigilancia en la casa y fue entonces cuando la belleza de Remedios provocó el primer muerto: un joven comandante de la guardia que custodiaba a Aureliano. 

Un nuevo giro de la rueda del tiempo macondino nos lleva hasta el último recuerdo de Aureliano Segundo en su lecho de muerte: el nacimiento de su hijo José Arcadio, el cuarto y último de los José Arcadio de la saga.  La limpieza de ese espacio de construcción creativa que es el tiempo sin tiempo de Melquiades es ofrecida al siguiente continuador después del paréntesis de la guerra. Pero quien regresa no es el coronel, sino Aureliano Segundo. Los gemelos, hijos de Arcadio y Santa Sofía de la Piedad, único hilo que a punto estuvo de quebrarse y extinguir a los Buendía antes de tiempo, en algún momento de su adolescencia o juventud giraron sus nombres. Así Aureliano parece un José Arcadio y José Arcadio tiene el aspecto de un Aureliano. Aunque comparte mujer, Petra Cotes, será Aureliano quien la convierta en concubina.

Con Petra Cotes llegó la peste de la proliferación y fue tal la riqueza que Aureliano Segundo empapeló la casa familiar, por dentro y por fuera, con billetes de a peso. Úrsula ordenó retirar el papel moneda y sus ruegos de pobreza no fueron atendidos, antes al contrario, pues apareció un san José grande relleno de monedas de oro. Pero fue el dinero quien le buscó el destino a Aureliano Segundo. Tenía la suficiente para financiar el descabellado proyecto de su hermano de convertir en navegable el río. Y así resultó que en el único barco-balsa que llegó hasta Macondo viajaban las matronas francesas que dieron lugar al delirante carnaval en el que Aureliano Segundo conoció a su futura esposa, Fernanda del Carpio.

La reina de ese carnaval fue Remedios, la bella. Para entonces, el coronel Aureliano no era ya más que un hombre envejecido que fabricaba pescaditos de oro en el taller que luego cambiaba por monedas de oro con las cuales volvía a fabricar más pescaditos de oro. Hubo una segunda reina, Fernanda del Carpio cuyo príncipe hubo de atravesar un “páramo amarillo donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios” para llegar a la ciudad de los treinta y dos campanarios. La familia Buendía le fue hostil y el marido le salió adúltero. 

El coronel se levantaba a las cinco de la mañana y junto con un tazón de café sin azúcar se encerraba todo el día en su taller hasta que a las cuatro de la tarde arrastraba una manta deshilachada y un taburete hacia el porche de la casa por si acaso llegaba a ver pasar su propio entierro. Los diecisiete Aurelianos comparecieron en Macondo para el jubileo del coronel y el padre Antonio Isabel los marcó con una cruz de ceniza en la frente. Uno de ellos, Aureliano Triste, fundón una fábrica de hielo y tuvo la ocurrencia de traer el tren hasta Macondo. Otro Aureliano, el Centeno, se quedó a cargo de la fábrica de hielo de su hermano inventando en su ausencia el helado. Una de las primeras cosas que trajo el tren fue una planta de electricidad. El cine, que llegó después de las manos de Bruno Crespi, encrespó los ánimos de los macondinos por considerarlo una estafa. 

Un miércoles llegó en el tren de la once a Macondo el señor Herbert, probó los bananos y la historia cambió. La historia se mueve por cosas tan banales como invitar a un gringo a comer guineo. Fue la peste del banano. Por entonces, Remedios, la bella, salió volando por el aire a las cuatro de la tarde agarrada a la punta de una sábana. A las dos de la tarde de un jueves, José Arcadio salió para el seminario con la ilusión de cumplir el deseo de su tatarabuela Úrsula de convertirse en Papa. Su hermana Meme, Renata Remedios, abandonó Macondo también para formarse. Por entonces, Amaranta comenzó a tejer su mortaja y la voracidad de Aureliano Segundo llegó a su cénit en un duelo sin precedentes con la Elefanta, Camila Sagastume. 

Fernanda del Carpio vivía entre tres fantasmas vivos, a saber, Úrsula, Amaranta y Santa Sofía de la Piedad; un fantasma muerto, José Arcadio Buendía, y una sombra, el coronel Aureliano. Hay, sin embargo, alguien más, un marido que va y viene a intervalos más bien irregulares de la casa de su concubina. Del coronel diremos que después de que el coronel Gerineldo Márquez se negara a secundarle en la última guerra, se encerró más aún en el interior del taller y en hueco de su soledad. Murió un martes, once de octubre, con la cabeza apoyada en el castaño del patio mientras orinaba.

Cuando Fernanda inició su correspondencia con los médicos invisibles ya había nacido la pequeña Amaranta Úrsula. Curiosamente el acercamiento de Aureliano Segundo a su hija Meme contrarió más a Petra Costes que a Fernanda. La muerte se le anunció a Amaranta en forma de cliente de sastrería. El lino lo pidió bayal y ella misma tejió la urdimbre durante cuatro años. Luego inició el bordado que primero retardo y luego aceleró. A las ocho de la mañana del cinco de febrero dio la última puntada y anunció a todos que moriría esa misma tarde declarándose dispuesta a llevarle a los muertos los avisos de los vivos.   

Las mariposas amarillas que acompañaban siempre a Mauricio Babilonia se colaron en los sueños de Meme. A escondidas en un baño lleno de alacranes y mariposas fue concebido Aureliano Babilonia y de esas misma forma lo crio su abuela Fernanda. Cuando un disparo de guardia nocturna derriba a Mauricio del tejado de la alberca, las mariposas amarillas cambian el objeto de su admiración. Y solo después de que la última muriera, madre e hija llegaron hasta el convento de la ciudad de los treinta y dos campanarios. Allí dejó Fernanda a Meme. No sabemos si regresó para verla, si fue así Meme no despegó nunca más lo labrios con intención comunicativa. 

La llegada a Macondo del ejército para poner fin a la huelga en la compañía bananera fue de los poco instantes que devolvieron la vida a Santa Sofía de la Piedad. En tres artículos de ochenta palabras el general Carlos Cortes Vargas declaró malhechores a los huelguistas y autorizó que se les balaceara. Un tren de doscientos vagones empujado por tres locomotoras llevó los tres mil cadáveres hacia el mar. Tres horas después no quedaba en Macondo rastro alguno de la masacre y el gobierno se había encargado de hacer circular un bando que informa del regreso de los huelguistas a su quehacer gracias a un acuerdo entre las partes en conflicto. Y para celebrarlo se decretaron tres días de fiesta que comenzarían una vez que dejara de llover.

Cuatro, once, dos. Años, meses, días. Ese fue el tiempo del diluvio sobre Macondo. Con la misma aplicación que José Arcadio Segundo solía poner en todos sus proyectos, se dedicó tras la matanza a leer los incomprensibles signos de los libros de Melquiades. El soliloquio de Fernanda es un monumental catálogo de los excesos de la autocompasión compuesto con una maestría de orfebre: las ojeras de violeta, las astromelias en el fondo de las bacinillas blasonadas, los lacres sellados con anillos, las palmas funerarias tejidas a mano y las damas de nación. Mientras Fernanda y Aureliano Segundo resolvían sus problemas de linaje y hambre, los pequeños, Úrsula Amaranta y Aureliano Babilonia, aceleraron sus pasos por el sendero del salvajismo. 

Úrsula olvidó su promesas de morir cuando escampara y a pesar de su ceguera se puso a recomponer una casa que se caída a pedazos. José Arcadio Segundo se negó a salir del cuarto de Melquiades en el que había encontrado la paz al lado de los libros. Un viento abrasador sustituyó a la lluvia, el dinero se hizo escurridizo y los animales estériles. Úrsula se murió un jueves santo de mucho calor con una edad tan extensa que no quedaba nadie para recordarla fuera de la familia. Ese mismo año le tocó el turno a Rebeca muerta enroscada como un camarón. El olvido se había apoderado de tal forma de Macondo que ya casi nadie recordaba al coronel Aureliano y los gitanos tuvieron que volver a empezar con la lupa y el fierro imantado. 

José Arcadio Segundo se convirtió en el macondino de mayor sabiduría y enseñó a leer a su sobrino Aureliano Babilonia. Algo había adelantado José Arcadio Segundo sobre la lengua de los pergaminos de Melquiades. En ese cuarto donde siempre era marzo y lunes los caracteres parecían piezas de ropa puestas a secar en un alambre. Meses después de que Úrsula Amaranta se marchara a Bruselas para estudiar, los gemelos perecieron a la vez: José Arcadio encima de los  pergaminos de Melquiades y Aureliano en la cama de Fernanda. Los enterraron en tumbas equivocadas para restablecer en la muerte el orden del nacimiento. 

A medida que Aureliano Babilonia iba avanzando en el conocimiento del sánscrito, el cuarto de Melquiades se fue tornando vulnerable al tiempo. Las hormigas coloradas, la maleza y los bordones de telarañas habían comenzado una colonización irremediable de la que solo Santa Sofía de la Piedad fue consciente. Fernanda y Aureliano se quedaron solos en la casa y hasta, diría uno, que en el pueblo. El ruido de la pluma rasgando el papel, el del interruptor y el de las oraciones era todo cuanto Aureliano sabía de la vida de Fernanda. Dos soledades yuxtapuestas se encontraban en el vértice de la cocina.

Aureliano conservó el cadáver de Fernanda durante los cuatro meses que tardó en llegar José Arcadio. Este pobre muchacho sirve de punto de intersección de toda las desacertadas locuras de los Buendía: guerras, muertes, gallos, fantasmas, monstruos… Cuando habían comenzado a entenderse, otra vez la muerte cruzó el camino y se llevó al más débil. Aureliano permaneció solo hasta la llegada de Amaranta Úrsula. Aunque no llega sola, sino acompañada de Gastón, su esposo belga. 

Amaranta Úrsula reformó toda la casa e infectada por el virus de los Buendía que hacen para deshacer, decidió esperar el plazo prometido a su esposo para tener hijos. Aureliano, aunque continuaba con las narices metidas en los pergaminos de Melquiades, había logrado hacer amigos. En la librería del catalán conoció a Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel. Hablaban los cinco del empeño del hombre de acabar con las cucarachas, de las putas ficticias de trajecitos floreados, de la realidad histórica del coronel Aureliano Buendía y de la compañía bananera. 

A punta del incestuoso revólver de los Buendía, la tía se entregó al sobrino. A Pilar Ternera la enterraron con más de ciento cuarenta años sentada en su mecedora. El librero catalán liquidó los libros y se volvió a su tierra envuelto en la misma añoranza que trajo. El estallido pasional que los dos últimos Buendía era lo único de verdad que ocurría en Macondo, la ciudad que se desintegraba poco a poco. Gastón pareció encantado de tener un pretexto para desaparecer. El último Aureliano, fruto de los amores incestuosos de tía y sobrino, nació con cola de cerdo: era el fin.

Criticó Cortazar la novela realista que se limitaba a “parafrasear la circunstancia”. Alejo Carpentier dejo dicho que en América lo maravilloso forma parte de la realidad cotidiana, habida cuenta de la fe de sus habitantes en el milagro, mientras que en Europa, donde los discursos han sustituido a los mitos, lo maravilloso es invocado de manera artificiosa, con trucos de prestidigitación. Es esta la corriente de lo real-maravilloso.

¿Sorprende o ya no sorprende que el agua hierva solo en los cazos, que un reguero de sangre avise de una muerte, que llueva cerca de cinco años seguidos, que hayas pestes de insomnio donde se pierden los recuerdos? Algunos niegan ya sorpresa alguna como viejos macondinos; otros siguen buscando algún atajo de caudillo liberal que explique por qué carajo guerreamos.