viernes, 23 de septiembre de 2011

Madame Bovary, o sobre el amor y el deseo.

   Quizá sea cierto que el deseo mueve el mundo. Al menos el mundo de lo humano. El deseo de poder, de fama, de reconocimiento, de transcendencia… Y, como no, el deseo de la carne, o del amor, probablemente el más peligroso porque aparece adornado con toda clase de encantos: ¿quién se opondría a tan dulce castigo? El deseo nace siempre de una necesidad, real o no, y la medida de esa necesidad proporciona la intensidad del deseo. Y esa fuerza del deseo como motor capaz de llevar al hombre y a la mujer más allá de cualquier frontera conocida, es también una excelente materia novelable. Materia muchas veces utilizada, pero pocas con la maestría con la que Gustave Flaubert buceó por las profundidades de los íntimos apetitos para elaborar la trama de una de las mejores novelas de todos los tiempos: Madame Bovary.
  
   Ya Heráclito nos advirtió de que el padre de todas las cosas es la guerra, la lucha, la contradicción. En Madame Bovary, la guerra del Flaubert insatisfecho de su romanticismo empedernido contra el Flaubert que, a pesar de todo, no puede dejar de ser quien es, tiene como resultado la superación del propio romanticismo, y el giro hacia el realismo tan aplaudido como denostado al cabo de un tiempo (sic transit gloria mundi). Pero a mí no me interesa la categoría estilística de la obra. Me interesa más esa lucha contra uno mismo que contiene, porque nos da una pista y podemos intuir que está escrita por un deseante, por quien necesita liberarse de su carga, y contar lo angustiosa que resulta la vida para quien desea sin obtener lo deseado y debe, además, sufrir la incomprensión de un mundo que castiga a quien osa apartarse del camino marcado.

   Sin embargo, el escritor jamás hace ese tipo de cosas por sí mismo, y por eso busca o inventa a quien pueda llevar a cabo el trabajo sucio. De lo bien que haga esa sustitución dependerá la credibilidad y la calidad de la obra; su grado de verdad. Porque detrás de toda gran novela, más allá de un gran autor, lo que hay es un gran personaje. El personaje, el actante, como bien sabía Unamuno, precede al autor, existe antes que él y lo acaba sobreviviendo. Y para contarnos lo que quería contar, Flaubert da a luz a su hija predilecta e icono de la literatura universal: Emma Bovary. 

   La muchacha considera que merece un destino mejor que el que le corresponde como hija única de granjero, y sus sueños se acrecientan con la lectura de novelas románticas, lecturas que la acompañaran siempre como un lenitivo, como un antidepresivo en una época en la que aún no existían estas pastillitas. Pero son tan pocas las posibilidades de abandonar ese destino confiado por el destino, que no puede creer su suerte cuando un joven médico se enamora de ella y decide pedirle matrimonio. Emma cree que será éste el hombre que consiga sacarla de su aburrimiento y darle aquello que ella merece: la vida de su novela o la novela de su vida. El matrimonio como medio, y no como resultado será, como era y sigue siendo tan habitual, la puerta por la que Emma pretenda dar esquinazo a la monotonía y al gris de su existencia.
  
   Pero es toda una ciencia diferenciar las verdaderas oportunidades de los simples señuelos que, indistintamente, el destino pone ante nuestros ojos. Ese hombre al que Emma se confía, en nada podrá complacer sus deseos. Charles Bovary no es más que un médico de aldea cuya única inquietud es la de calentar los pies en el fuego cuando cae la noche. Pronto verá madame Bovary que todo aquello que soñaba comienza a desvanecerse entre las brumas de la rutina y de una vida plana. Ya es una mujer casada, pero nada de lo que soñaba se ha cumplido; no ha conocido el amor, la pasión, esa sensación que oprime el pecho hasta robarle el aire ante la sola presencia del ser amado. Es entonces cuando el deseo, el deseo de vivir aquello que parece negarse a ser vivido, de obtener lo que el alma o la ambición más profundamente ansía, sea lícito o no, se desata y produce sus daños. 

   Así nace el deseante frustrado, el “bovarista” en terminología que hizo furor entre los psicólogos; alguien que no es más que un insatisfecho de sí mismo, aunque lo sea a través de sus deseos. Y ese deseante, tras la frustración, adquiere otra necesidad: la de dirigir su odio hacia un culpable que siempre está fuera: el culpable de su desgracia. El torpe Charles que, en su ignorancia casi sin límites, desconoce quién es su esposa y se convierte en el estorbo, en la pieza que, desajustada y fuera de lugar, atasca la maquinaria e impide que las cosas sigan su curso natural. Para colmo, una invitación al castillo de Vaubyessard a causa de un trabajo de su marido, disparará aún más la tórrida imaginación de Emma, entre valses que no sabe bailar y perfumes de hombres que conocen todos los secretos de la seducción. Pero esa corta visita al hogar del lujo y el refinamiento le da un punto de comparación respecto de su vida. Ahora ya sabe qué es lo que se está perdiendo; ahora ya está completamente perdida.

   De la insatisfacción más evidente aprendieron los militares a tocar con la corneta “el toque de retirada”, de huida; y del mismo modo el deseante quiere dejar atrás lo que cree que ya no es útil, su pasado como un terreno en el que corre peligro. Ante la presión de Emma, Charles se verá obligado a buscar un nuevo hogar más en consonancia con los deseos de ella… pero los fantasmas habitan en las maletas, y nunca se los puede dejar atrás. 

    Recién instalados en Yonville, será un joven inexperto y tan ingenuo como la propia Emma, lector de la misma literatura, el primer destinatario de su amor oculto y enquistado. El de León Dupuis es un amor que, de imposible, parece que tuviese algo de real. Aunque el amor no termine de materializarse, cuando el muchacho se marcha del pueblo para continuar sus estudios de leyes en la ciudad, ella puede sentir el frío como el cuerpo que se aleja de la estufa.

   Pero el destino guarda aún muchas sorpresas a la odalisca Emma. La siguiente será la aparición de Rodolphe Boulanger, un don Juan de provincias, que obrará por fin el milagro. Rodolphe, hombre mucho más bregado, cuya presencia viril sugiere a nuestra deseante la evocación del acto procreador, desata la pasión con toda su fuerza expansiva, arrasadora, y hace que la mujer del médico conozca, siquiera por un instante, el verdadero alcance de la felicidad. Por primera vez en su vida Emma consigue aquello que más deseaba: amar y ser amada. Ya no hay para madame Bobary ni hija, ni marido, ni vida social, ni vecinos a los que ocultar las miserias… para ella sólo existe su amado y la promesa de aquella vida lujosa y apasionada que pudo oler en el perfume que brotaba del pecho del Vizconde de Vaubyessard, mientras bailaba el único vals de toda su vida. 

   La fuga de los amantes está ya planeada, entre jadeos y sudores, cuando es el amante el que se fuga sin más explicación que una confusa carta. Emma ve roto de un plumazo el cuadro en el que el amor lo tiñe todo del oro del atardecer, la felicidad se le ha vuelto a escapar de entre las manos. La desdicha de Emma se transforma en enfermedad, y la enfermedad no es más que una gran desdicha. Comprende que aquellos hombres que pueden darle lo que ella necesita son los más díscolos, los más escurridizos, los que no la necesitan a ella. Sólo los hombres apocados estarán dispuestos a quedarse a su lado; sólo Charles pelea, lucha y se rebaja para permanecer con ella, pero no es precisamente él quien puede hacerla feliz.

   Como solución, en una especie de adicción a las compras adelantada a su tiempo, Emma se lanza a vivir una vida lujosa en su alcoba y sólo para ella. Madame Bovary no imagina que aún le queda mucha desgracia por conocer, y será la ambición del señor Lhereux, un comerciante como los de ahora, quien se encargue de mostrárselo. Las deudas se acumulan como su insatisfacción, pero el deseo del amor, o lo que ella entiende por amor, sigue intacto. 

   Charles, incauto y torpe hasta el desvarío, con la noble intención de que su mujer recupere la ilusión y la salud, decide llevarla a la ópera a Rouen. Y como no hay dos sin tres, de nuevo aparece en escena, nunca mejor dicho, el joven León ya convertido en abogado. Y de nuevo renace, entre arias de ópera italiana, un amor dormido pero avivado por un deseo que no descarta ya a cualquier posible candidato. Emma inventa, como sólo el adúltero sabe, toda una vida paralela en Rouen. Recibiendo clases de piano imaginarias consigue verse -y algo más- regularmente con León, a quien llega a amar casi tanto como a Rodolphe. Pero las cartas están echadas, y León pronto comprenderá que Emma no lo ama a él, sino a una proyección que de él ha elaborado ella. Pronto comprenderá que una mujer como esa, toda debilidad e insatisfacción crónica, es el camino más corto hacia la ruina emocional.

   Acosada por las deudas, por un marido que, muy, muy tarde comienza a hacerse preguntas, y destrozada por el desamor de sus amores, Emma decide que sólo cabe una jugada cuando la vida no quiere repartir mejores cartas: romper la baraja. El arsénico será su último amante, y éste sí cumplirá su palabra y se la llevará con él a ese viaje que no tiene retorno. Charles la acompañará poco después, convertido por primera vez en su vida en un verdadero hombre; víctima colateral e inocente que paga el precio de su propia ingenuidad, pero que descubre todo justo a tiempo: en la última bocanada de aire. Flaubert sólo deja en este mundo, desvalida y miserable, a Berthe, la hijita de ambos.

   ¿Desear o no desear? Esta es la cuestión. Una vida sin deseo es una vida muerta. El deseo de un espíritu inquieto es la mejor montura para andar la vida. Pero cuando el deseo lo único que pretende satisfacer son necesidades que nacen del miedo, de la inseguridad, entonces sólo conduce al absurdo, al dolor y a la necesidad constante de engañarse uno mismo; una novela de final trágico.
 
Autor: David Lentisco.

martes, 13 de septiembre de 2011

Mahler..., ewig.

La coincidencia del centenario de la muerte de Mahler ha hecho que podamos contar con algunas novedades editoriales. Aprovechando la ocasión Alianza se ha decidido a traducir y publicar la última de las obras que Norman Lebrecht ha dedicado a su obsesión: Mahler, ¿Por qué Mahler?, y muy oportunamente Musicalia Scherzo ha reeditado (ampliada y actualizada) la monografía de nuestro admirado José Luis Pérez de Arteaga sobre el músico judío de Kalisch (Bohemia). No parece que, de momento, ninguna editorial se anime a publicar las grandes monografías de La Grange y de Mitchell. Una verdadera lástima. En todo caso por lo que respecta a las novedades disponibles, cabe señalar que se trata de libros muy distintos pero complementarios.

El de Lebrecht está escrito con esa pluma ágil y expresiva que despliega en sus afamados artículos. Desde el primero al último renglón se hace tangible una pasión por Mahler tan intensa que se transmite por simple contacto. No es preciso haber escuchado nunca antes a Mahler para abordar el libro, es más yo diría que casi es recomendable no haberlo hecho. Basta con acercarse a estas páginas con un poco de curiosidad, aunque nada más sea por la especial relación que mantuvo con la musa de toda una generación de artistas, naturalmente que estamos hablando de Alma Mahler. Es una estupenda introducción al músico bohemio.

El texto de José Luis Pérez de Arteaga posee tal sabiduría y empaque estilístico y documental que conviene afrontar su lectura después del de Lebrecht. No quiero pecar de desmesurado pero sin lugar a dudas es el mejor libro sobre Mahler escrito por un castellano hablante. Es un lexto que sólo posee aciertos: es una biografía (no es posible entender la música de Mahler sin conocer a Gustav), es, desde luego, una guía de audición (imprescindible en nuestro caso porque Mahler hizo lo que se llama “música programática”), es un tesoro discográfico pues analiza cada una de las grabaciones existentes (el mundo de la fonografía que tan extensamente conoce el autor y que es precisamente el título de su programa en radio clásica); pero es sobre todo un magnífico trabajo que se esfuerza por mostrarnos al Mahler director y al Mahler compositor, recrea con un profundo conocimiento la época histórica, cultural y política del momento, muestra el camino del que partió Mahler y también aquel que abrió con su titánico esfuerzo, nos enseña las consecuencias inmediatas de su quehacer musical y las dimensiones que adquirió en la llamada Segunda Escuela de Viena, asistimos emocionados a sus relaciones con Bruno Walter, con Otto Kemplerer, con Alexander von Zemlinsky o su expresiva opinión sobre la música de Schönberg. Un libro impagable, grandioso, imprescindible. Hasta tal punto, que estoy pensando en comprar un segundo ejemplar porque el primero ya comienza a dar señales de deterioro.

Gustav Mahler. 1898.
MAHLER A LAS PUERTAS DE VIENA.
Viena, la ciudad que tiene el alma hecha de música. La iglesia de San Esteban y el conjunto del Hofburg (el palacio imperial) y en el centro la Hofoper, la Ópera Imperial, al frente de la cual se encontraba Wilhem Jahn, compatriota de Mahler aunque sensiblemente mayor que éste y de costumbres sedentarias. La ópera imperial, el símbolo de la monarquía de los Habsburgo, necesitaba una urgente renovación y el candidato idóneo era Mahler. Sólo había dos inconvenientes: que se trataba de un judío y que, para la época, era demasiado joven, treinta y seis años. Contaba además con la oposición del director de la Filarmónica de Viena el eminente Hans Richter, furibundo antisemita. Pero la realidad la expresó muy bien William Ritter desde Praga, quien en un artículo concluía diciendo “me rebelo contra él [Mahler], pero lo admiro”. Esa admiración acabó por convencer hasta a la propia Cosima Wagner. El escollo de la religión lo eliminó Mahler convirtiéndose al catolicismo en febrero de 1897. En abril es nombrado Kapellmeister, en julio ya es director adjunto del titular Wilhem Janh y en octubre el emperador Francisco José firma su designación como nuevo director artístico de la Ópera Imperial. En 1898 tenía también la dirección de la
Hofoper. 1901.
Filarmónica de Viena. Así pues, disponía de todo el poder. Y lo utilizó hasta convertir a la Ópera  de Viena en la más grande de toda su historia. Su capacidad de trabajo lo devora todo y a todos: cambia músicos y voces, repasa partituras, suprime privilegios e impone obligaciones. Prohíbe al público aplaudir en las pausas entre movimientos o la entrada a la sala después de comenzar la actuación, suprime los cortes de las óperas, obliga a los críticos a pagar la entrada… En su primer año Mahler dirige ciento once (¡!) funciones de veintitrés óperas y en los siguientes casi cien, lo que suponía una actuaciones cada dos o tres noches (Norman Lebrecht 136). ¿Qué director aguantaría este ritmo hoy en día? A lo largo de los diez años que Mahler estuvo al frente de la ópera vienesa estrenó obras de Tchaikovsky (Eugen Oneguin, La dama de picas, Iolanta), de Bizet, de Leoncavallo, de Zemlinsky, del malogrado Hugo Wolf, de Offenbach… Lo cambió todo y el público se rindió a su genio. El éxito fue absoluto y su nombre era ya mundialmente conocido.

La intensa labor que desarrolló al frente de su nuevo destino, impidió a Mahler retomar su faceta de compositor. Es a partir de 1900 cuando tras hacerse construir un refugio de vacaciones en la zona sur de Austria, en Maiernigg, frente al lago Wörther, cuando comienza a escribir la cuarta sinfonía. De todas formas su salud se había visto quebrantada con dos nuevos brotes de hemorroides que le obligaron a pasar por el quirófano. Especialmente grave fue la hemorragia de 1901 que lo sepultó bajo la inactividad durante todo el mes de abril. Los médicos le aconsejan que limite su actividad y decide abandonar la dirección de la Filarmónica. El elegido fue Joseph Hellmesberger, el hijo de antiguo director del conservatorio donde estudió Mahler. Dispone entonces de más tiempo para componer y en 1901 pondrá las primeras notas a su Quinta Sinfonía, a los Kindertotenlieder y a los llamados Rückert-Lieder por estar basados en la obra del poeta Friedrich Rückert.

Alma Mahler, ca., 1908.
ALMA SCHINDLER, ALMA MAHLER.
Alma fue educada para el arte, su padre era pintor y  la madre cantante. La familia no tenía dinero, pero sí gozaba de una buena posición por su cercanía con los príncipes de Liechtenstein en cuya corte Emil Jacob Schindler, el padre de Alma, era paisajista y disfrutaba del palacete de Plankenberg, a las afueras de Viena. El padre murió pronto cuando Alma tenía trece años y su madre se volvió a casar con Carl Moll que formaba parte del grupo de artistas unidos bajo el nombre de Secession y la revista Ver Sacrum, cuya cabeza más visible era otro Gustav, Gustav Klimt. Alma se enamoró perdidamente del pintor y se dice que detrás de su Palas Atenea se esconde el rostro de Alma Schindler. En realidad la belleza y exuberancia sexual de Alma atraía a una pluralidad de hombres. Ella misma dice en su diario que los hombres venían como los mosquitos a una bombilla. El siguiente amor de Alma fue su profesor de música, Alexander von Zemlinsky (durante algunos años su música fue eclipsada por la de Alban Berg o Schoenberg, pero actualmente está siendo recuperada, v. gr., la magnífica versión que el cuarteto Casal hizo en el 2004 de su cuarteto número 2). Parece ser que era un hombre bastante feo, casi sin barbilla y con ojos saltones, pero Alma siempre manifestó que los hombres feos eran los más audaces, más inteligentes y fascinantes porque habían sido capaces de vencer sus debilidades y defectos. Cualquiera que sea el calificativo o la conclusión (y los hay para todos los gustos y los más diversos posicionamientos sociales o políticos) que cada uno extraiga de la figura de Alma, lo que sí parece cierto es que ese trataba de una mujer con la suficiente personalidad como para marcar un tiempo cultural y referencial: a nadie le era indiferente y ella misma era capaz de marcar la diferencia. Según se deduce de sus diarios, Alma había quedado impresionada por el director de la Hofoper, muy probablemente en alguno de los conciertos en la Musikverein, y estaba decidida a conocer a Mahler. Sus deseos se cumplieron en una cena organizada por Berta Zuckerkandl el 4 de noviembre de 1901, donde Alma supo maniobrar con la astucia suficiente para provocar en Mahler no tanto el deseo físico, como el misterio psíquico y cultural. Desde ese momento vemos a Mahler pasear por la
La vivienda de Alma en la Hohe Warte
Hohe Warte vienesa, cortejando a Alma. El matrimonio tiene lugar un lluvioso día de marzo de 1902, en enero Mahler había estrenado su cuarta sinfonía. La compleja relación Gustav-Alma se extrae de sus propias personalidades. Mahler exigía a su esposa que estuviera siempre arreglada y presentable, que no le molestara ni se molestara si, a veces, él no deseaba verla, debía, además, renunciar a su faceta de compositora. Es este un dato relevante, porque como advierte José Luis Pérez de Arteaga, hasta la irrupción de Alma en la vida de Mahler, este había compuesto en absoluta intimidad, y a partir de ese momento Alma será la primera receptora de su música, razón por la cual toda la obra de Mahler está de una u otra manera impregnada de ella, de su presencia y, también, de su personalidad, de esa lucha interna a la que hace referencia Alma en sus diarios “¡Ahora duda de mi amor… cuántas veces dudé yo también!”.



Mahler con su hija Maria. 1905
DESDE LA CIMA DE LA SINFONÍA DE LOS MIL.
Maierningg. Vivienda de verano de Mahler.
En el verano de 1905 Mahler completa su séptima sinfonía y al verano siguiente concluye la monumental octava que exigía para su interpretación de tres coros, ocho solistas, órgano y orquesta, de ahí el sobrenombre de “sinfonía de los mil” intérpretes. Es el gigantesco canto al espíritu creador, el cenit y compendio de todos los trabajos anteriores. Pero también es el resultado de un esfuerzo sobrehumano cuyo precio es preciso pagar. El ritmo de trabajo de Mahler era frenético y su participación en otros foros cada vez más demandada por el enorme prestigio del que gozaba. Eso hacía que abandonara con frecuencia Viena y las tensiones dentro de la Hofoper subieron de intensidad. Primero fue un enfrentamiento con el príncipe Montenuovo a cuenta de una cantante recomendada por el mismo emperador, después el durísimo trato que Mahler imponía a su personal, a ello se añadió la fuerte corriente antisemita (buen ejemplo de ello fue la publicación en 1905 de los famosos Protocolos de los sabios de Sión) y no menos importante el ataque que Karl Kraus inició contra el Hofoperndirektor. El detonante fue el enfrentamiento entre Roller, el escenógrafo, amigo de Mahler, y el coreógrafo oficial. Mahler acabó por poner su cargo a disposición de Montenuovo, quien le pidió que esperara hasta encontrar sustituto. Así llegó el verano fatídico de 1907, Maierningg se convirtió en esta ocasión no en el retiro fecundo de creatividad, sino en el escenario trágico de la muerte de María, la hija mayor de los Mahler, aquejada de una enfermedad como la difteria que en aquellos tiempos tenía mal pronóstico. Unos días después el doctor Blumenthal, el médico de la familia, tras una exploración confirma la presencia de un problema cardíaco importante en el corazón de Mahler y aunque este quitó importancia al hecho, supo con seguridad que era el principio del fin. El médico le recomendó que aminorara su actividad profesional, suprimiera las excursiones y los largos paseos y redujera los esfuerzos al mínimo, algo que contradecía su forma de vida. “El pulpo” como era conocido Malher, por sus enérgicos gestos en el podio de la dirección, se veía obligado a medir cada uno de sus esfuerzos. Los tres años que le quedaban de vida fueron suficientes para traer al mundo de los vivos La canción de la tierra, la novena y la inconclusa décima. En realidad estas tres composiciones no son más que un intento de  distraer al destino músical de la funesta "novena", tal vez por ello Mahler dejó que la palabra “ewig” (eternamente) sonara nueve veces antes de que, como dice José Luis Pérez, la música se disuelva en un “pianissimo infinito” en la despedida de La canción de la tierra.

Mahler en la Ópera de Viena. 1907.
"SI UN ADAGIO NO CAUSA EFECTO EN EL PÚBLICO, RETARDA EL TEMPO EN LUGAR DE ACELERARLO."
El 21 de diciembre de 1907 Alma y Mahler llegan a New York para hacerse cargo de la orquesta de ópera del Met. Cuatro meses después conforme a lo estipulado en el contrato, regresarán a Europa y pasarán el verano en Toblach en la región del Trentino Alto de Italia, donde comenzará a componer La canción de la tierra, en realidad una novena innominada. En septiembre regresan a New York donde se produce el enfrentamiento con Toscanini, también contratado por el Met. Mahler se queda con la Filarmónica y Toscanini con la sinfónica (el Met contaba con dos orquestas estables) En el verano de 1909 Alma presa de una profunda depresión es ingresada en el balneario de Levico, en la región de Trento (Italia). Mahler en Toblach pone notas a la novena. La temporada americana siguiente 1909/10 con un repertorio y orquesta renovados se convierte en un éxito; memorable fue al parecer el Concierto Emperador de Beethoven con Ferruccio Busoni al piano. El verano siguiente se repitió la situación del anterior, en este caso Alma permaneció en el balneario de Tobelbad y fue allí donde conoció a Walter Gropius, un joven arquitecto alemán que acabaría por ser el fundador de la Bauhaus, y con el cual inicia un romance. Mahler incurso ya en la décima, descubre el affaire de Alma, esta se muestra arrepentida pero no corta su relación con Walter. Poco después tiene lugar el famoso encuentro en Leyden, al norte de La Haya, entre Mahler y Freud, ambos austríacos y judíos. De regreso a Toblach Mahler intenta recuperar el amor de Alma. Da la impresión de haberse producido un giro de ciento ochenta grados, el tiránico Mahler se ha convertido en un sumiso marido que disculpa la infidelidad de su esposa; y Alma por su parte es ahora quien impone su deseo.

Mahler. New York. 1909.
El 27 de enero de 1911 Mahler dirige su último concierto, es en el Carnegie Hall de Manhattan, en el programa una obra de Busoni. Mahler, con fiebre, al abandonar el podio cae inconsciente. Los médicos recomiendan su traslado a Europa. En el barco de regreso Mahler viaja con el propio Busoni y con Stefan Zweig que dejará constancia del encuentro. A mediados de abril llegan a Cherburgo, en el Instituto Pasteur el doctor Chantemesse grita “¡Mire, mire las colas! ¡Parecen algas!” Está hablando de los estreptococos. No hay salvación, aun faltan unos años para que Fleming descubra la penicilina. Mahler fallece el 18 de mayo de 1911, es enterrado en el cementerio de Grinzing y en su tumba lo único que aparece es “Mahler”.   

Concluyo, pese a que mis apuntes darían para algunas páginas más, con una decidida apuesta por extender la música de Mahler. Cualquier sinfonía es adecuada, tal vez la segunda, conocida como Resurrección. Nadie, absolutamente nadie, inicia una sinfonía como lo hace Mahler, desde el primer momento capta la atención del oyente, cual si se tratase de una novela de folletín. Y es que también el folletín forma parte de la música de Mahler. Cuentan que le dijo a Sibelius en su único encuentro: “la sinfonía debe ser como el mundo, debe abarcarlo todo”. Ojalá que el misterio “terrible y dulce” de Mahler, como lo calificó Federico Sopena Ibáñez en sus Estudios sobre Mahler, (es curioso que este fantástico librito que en su día -1976-, publicó el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia y que por ese motivo es de fácil acceso en las bibliotecas, digo que es muy llamativo que en el mismo y en ese año ya se mencione a José Luis Pérez de Arteaga y sus comentarios sobre Mahler. De nuevo la obsesión por Mahler), se instale en el interior de todos, porque es verdad lo que dice Lebrecht: Mahler te cambia la vida. O al menos te proporciona una forma nueva de contemplar el mundo: desde el púlpito del director, desde la butaca de espectador, desde el esfuerzo y el empeño por alcanzar lo que se quiere o simplemente desde el ewig (eternamente) con el que concluye su obra maestra La canción de la tierra.

Posdata. Es muy recomendable el documental que grabó Bernstein sobre Mahler con el título “The little drummer boy” en el que trata de probar la influencia que la condición de judío de Mahler tuvo en su música.  




lunes, 8 de agosto de 2011

De la vida bienaventurada y otros tratados. Séneca.


Lucio Anneo Séneca, “el joven” o “el filósofo” para diferenciarlo de su padre conocido como “el viejo” o “el retórico”, nació en Córdoba, España, hacia el año 3 a. C. y murió en 65 d.C. Es el componente Séneca el que según algunos autores (Abascal y Albertos citados por Julio Mangas) pone de manifiesto que los Anneos de la Italia central acabaron por emigrar a España, y aquí emparentar con una familia autóctona: los Séneca, apellido de origen celtíbero. El padre a la edad de 51 años contrajo matrimonio con Helvia Albina, una joven de 16 años, con la que tuvo tres hijos. Poco después del nacimiento del menor, hacia el primer año de la era cristiana, la familia viaja a Roma, a excepción de Lucio que comienza a dar los primeros síntomas de una enfermedad (probablemente tuberculosis pulmonar y asma) que le acompañará el resto de su vida. Séneca, que quedó al cuidado de una hermanastra de su madre, se les unirá más tarde. La familia buscaba la properidad en la capital del imperio, Lucio padre quería que sus hijos dejaran de ser unos ricos provincianos y ascendieran al rango senatorial.

El imperio romano en la época de Agusto.
Cabe suponer que cuando Séneca llegó a Roma todavía vivía Augusto. El Imperio Romano era una magnífica época para los hombres cultos y el padre de Lucio decidió cuidar la educación de sus hijos. Ya con Tiberio en el poder, Séneca tomó la toga viril e inició sus estudios de retórica con el análisis de las obras de Cicerón y más tarde de Quintiliano. Séneca se entusiasmó primero con el pitagorismo (muy probablemente de esta época proceda la famosa ascesis senequista), conoció los valores del epicureísmo, de la escuela cínica y terminó por comprometerse con el estoicismo. La primera consecuencia fue que Séneca se hizo vegetariano. Tal decisión tenía un componente polícito. Tiberio no era Augusto y muy pronto comenzó a manifestarse su intolerancia. En el año 19 había ordenado la expulsión de los judíos y de los devotos de la diosa Isis, y ambos prohibían el consumo de carne.  De esta forma proclamarse vegetariano, suponía vincularse con tendencias religiosas prohibidas. Al final Séneca acató el consejo paterno y abandonó su pretensión, pero siempre mantuvo una dieta frugal y atacó el refinamiento culinario de su contemporáneo Apicio del que nos ha llegado un tratado sobre el arte culinario. Para los interesados en este arte y lo que le aconteció a Apicio puede consultarse la obra de Séneca Consolación a Helvia (http://www.revistakatharsis.org/Seneca__helvia.pdf). Probablemente Séneca conoció la doctrina de los cínicos a través de su amigo Demetrio por quien siempre tuvo una gran admiración, el epicureísmo por la obra de Lucrecio y fue su maestro Atalo quien lo inició en el estoicismo. Contrajo su primer matrimonio hacia el año 39 con una joven cuya identidad se desconoce con quien tuvo un hijo, Marco que falleció muy joven.  Antes durante cuatro o cinco años había permanecido en Egipto recuperándose de su afección pulmonar. Por aquel entonces ya se había producido el fallecimiento de Germánico, sobrino e hijo adoptivo de Tiberio, y Sejano, el prefecto del pretorio, se había adueñado del poder.

La carrera pública de Séneca se inicia con Calígula, gracias a sus buenas relaciones con las hermanas del emperador: Julia Livilla y Agripina, ésta será la futura esposa de Claudio, a sazón tío de aquélla. En el año 41 fue procesado y condenado al destierro (en términos jurídicos fue una relegatio, la forma más benigna del alejamiento) en la isla de Córcega; se cree que la razón fueron las posibles relaciones adúlteras que Séneca mantenía con Julia Livilla y muy probablemente el proceso se inició a instancia de Mesalina, la esposa de Claudio en ese momento. Precisamente la obra arriba citada, Consolación a Helvia, fue escrita en Córcega y está dirigida a su madre con el fin de tranquilizarla.

Áureo de Nerón
En el año 48 Claudio ejecuta a Mesalina, su esposa, después de que esta hubiera hecho público su adulterio, y contrae matrimonio con su sobrina Agripina. Es entonces cuando termina el destierro para Séneca. Agripina lo reclama y es nombrado pretor y preceptor de Domicio Ahenobarbo (Nerón tras ser adoptado por Claudio) que seis años después será proclamado emperador con tan sólo diecisiete años. Séneca y Burro, el prefecto del pretorio, orientarán la política de Nerón durante los primeros cinco años de mandato, quizás hasta el asesinato ordenado por Nerón de su propia madre, Agripina, en el año 59. Se ha reprochado siempre a Séneca las contradicciones entre su filosofía y forma de vida. Mientras en sus escritos clamaba contra la tiranía y predicaba la moderación, en la realidad sustentaba una de las peores tiranías de Roma y se enriquecía a costa de ese apoyo (se dice que llegó a poseer más de trescientos millones de sestercios). Hasta cierto punto el propio Séneca reconoce y asume tal contradicción aunque no la acepta.

La muerte de Séneca. Rubens.
En el año 62 fallece Burro y Nerón manda asesinar a su esposa Octavia para contraer matrimonio con Sabina Popea. Séneca pide el retiro. Nerón se lo niega. Tres años después se produce la conjura de Pisón que trataba de asesinar a Nerón, Séneca es acusado de participación y Nerón le ordena que se suicide. Como el propio Séneca reconoció no podía ser de otra manera, Nerón había asesinado a su madre, a su esposa, a su hermano (Británico), y debía de terminar también con su maestro y preceptor. Transcurría el año 65 de nuestra era.

El texto utilizado es el del Círculo de Lectores publicado en 2001 con la traducción de Lorenzo Riber. Contiene un prólogo de José Antonio Marina y un estudio preliminar de María Zambrano. Este estudio preliminar de la gran filósofa española ya fue publicado creo que por la editorial Cátedra y aunque estoy seguro de que María escribió algo más sobre Séneca no he sido capaz de localizarlo.

Marina condensa en el prólogo tres ideas fundamentales para leer a Séneca. La primera pretende identificar aquello que estamos buscando. Se trata de entrar en posesión de la ciencia de la vida, esto es, de aquel saber práctico que permita al hombre vivir con tranquilidad, lo que es tanto como decir vivir feliz, sin temor, sin miedo. Claro que para alcanzar tan venturoso fin, es preciso admitir que hemos de ser “náufragos antes que navegantes”, pues en la mayoría de los casos aun cuando las intenciones sean las idóneas, no dejarán las circunstancias de abrir vías de agua en la nave del sabio. El tercer y último de los resortes de la moral de Séneca es el de la resignación, “sustine et abstine”, aguanta y prescinde, sé capaz de aceptar tus limitaciones humanas, sin por ello renunciar al fin de la felicidad.

María Zambrana durante el exilio
María Zambrano ofrece en su introducción el retrato de Séneca como un filósofo sin sistema, un curandero de la filosofía., algo así como un mediador entre el pensamiento y la vida que da entrada a la misericordia y a la piedad, conceptos que le acercaron a la doctrina cristiana. Con ello Séneca se ve obligado a reconocer el desvalimiento de la razón. Pero si hay algo que caracteriza el estoicismo de Séneca, es sin duda su actitud resignada. Esta resignación que se mueve en la mitad de la distancia que separa la esperanza de la desesperación, se practica apartándose de ambas (hay aquí un eco que nos acerca al budismo), lo que es tanto como apartarse de la vida y aceptar, resignadamente, nuestra condición humana. En consecuencia se renuncia a la vida por la sinrazón de la muerte y a la razón por estar presa de la vida. Puede que sea revelador que a medida que se avanza en ese proceso de resignación, el lugar de la ambición y el poder, comienza a ser ocupado por la caridad. 

Sin embargo, no es Séneca un filósofo contemplativo, el mismo dice que el peor de los males es estar muerto antes de morir. Se trata como dice Zambrano de un sabio a la defensiva, de alguien que ha llegado a la filosofía no buscando la verdad, sino el remedio a los males humanos y los de su tiempo. El senequismo es esa suave burla con la que el sabio contempla la inanidad del individuo y, pese a todo, procura sacar un algo, aunque no sea más que la ligera embriaguez de una copa de vino. Algo así como transformar la ética en estética, haciendo de la elegancia la virtud suprema o, como diría un castizo, "aguantar el tipo”. No puede ser más ilustrativa nuestra admirada María Zambrano.

DE LA VIDA BIENAVENTURADA.
…pues toda bravosía es hija de debilidad (81)
…no puede llamarse feliz quien ha sido lanzado fuera de la órbita de la verdad (83)
…Bienaventurado es, pues, el hombre de juicio recto; bienaventurado el que con sus cosas se contenta y es de sus cosas amigo, cualesquiera sean ellas; bienaventurado es aquel a quien la razón hace que acepte cualquier estado de sus asuntos. (84)
…busco el bien del hombre, no el del vientre. (89)

El sabio, aquel que conoce que virtud y placer no discurren en la misma dirección, tasa sus goces y apenas asoman, los mezcla con la seriedad de la vida de la misma forma que haría con los juegos y las distracciones.  
Pero la sabiduría tiende a crear en la mente de los hombres ciertas sospechas. Séneca lo sabe, conoce el corazón humano, por eso le sugiere al filósofo adinerado que abra su casa y admita en ella a todos los ciudadanos para que a la vista de cuantas riquezas posea, invite a cada uno de sus convecinos a que tomen aquellos que reconozcan como suyo. Así el escrutinio del pueblo hará que la riqueza del filósofo sea pública y aceptada. Y culmina con una frase mayestática “las riquezas, si las tuviere el sabio, son sirvientas; si el necio las tuviere, son señoras”. (110)

DE LA TRANQUILIDAD DEL ALMA.
Señala Séneca la conveniencia de optar por la frugalidad y moderación en todas las acciones de la vida, tanto en el comer, como en el vestir y ello lo hace extensivo también a la escritura. Describe lo trabajosa que es la infelicidad porque manteniendo suspensas las esperanzas concebidas y volviendo tristes las fracasadas, todo lo vuelve quejas contra los tiempos, y el alma se torna propensa al movimiento “ora puesta boca abajo, ora puesta boca arriba, acomodándose en diversas actitudes, por ser muy propio de enfermos no durar mucho en un estado, tomando las mudanzas por remedio.”  (125). Se esfuerza inmediatamente Séneca por demostrar el provecho que cabe obtener de la virtud que resulta “provechosa siempre” aunque permanezca ociosa y muda, porque “nunca se cierran tan de todo punto los caminos, que no quede lugar para alguna acción honesta” (130).

Pero lo primero de todo ha de ser “examinarnos a nosotros mismos”, herencia socrática, y optar por aquello que menos pueda dañar nuestra libertad. Después vendrá la elección de los hombres en los que confiar. Se muestra aquí Séneca especialmente lúcido. A los amigos hay que elegirlos “vacíos de codicia”, es preciso evitar a los “mohínos pesimistas” y a aquellos que “de todo se lamentan” y en especial a los que “cuentan nuestros obsequios como deudas”. Pero ¿en qué ocupar el tiempo conocida la brevedad y contingencia de la vida? Ni las cosas ni los motivos han de ser inútiles, dirá Séneca, pues en otro caso acabaremos “poseídos por la indolencia atareada” y por hacer objeto de fingimiento hasta el dolor. "Muchas veces el viejo cargado de años no tiene otro argumento para demostrar que vivió mucho que sus arrugas y sus canas” (128). Concluye entonces señalando que no podemos decir que ha vivido mucho sino que ha durado mucho.

DE LA VIDA RETIRADA.
Se trata de un texto acéfalo y muy breve. Comienza el estoico señalando que el peor de los males del hombre, es su inconstancia hasta en los vicios y lo saludable que resulta el apartamiento por sí mismo. Este retiro resulta contrario a los postulados de la filosofía estoica para la que nada es ocioso antes de la muerte, ni aún ésta lo es. Sin embargo, Séneca resuelve la cuestión con una ingeniosa argumentación. Afirma que la Naturaleza nos engendró para la acción, pero también para la contemplación y que habiendo una republica universal, mayor por tanto que la simple, que se define por nuestro nacimiento, sirven a la primera aquellos hombres que usan del apartamiento para descubrir las obras grandes, es decir aquellas que remotas y escondidas, o encerradas,  no podrían ser conocidas por los que se dedican a la vida pública. También será la Naturaleza la responsable de haber proporcionado al hombre un “ingenio curioso”, para que descubra “algo más antiguo que el mundo” y a continuación Séneca pasa a dar cuenta de las cosas que le inquietan: “de dónde salieron esos astros; cuál fue el estado del universo antes que cada uno se separase de los otros para constituirse en partes distintas; qué razón disoció los elementos sumergidos y confusos; quién asignó a cada uno su lugar; si las cosas pesadas descendieron por su propia naturaleza y tomaron el vuelo las ligeras, o si, fuera de la tendencia y el peso de los cuerpos, alguna otra fuerza más alta dictó la ley a cada uno…” (164-165). Sin embargo hay un tono de amargura, de desdicha quizá, en la relación que une al sabio con la República, pues Séneca sabe muy bien que la República odia al sabio y que el sabio no soporta la República, al final el apartamiento se hace necesario, sobre todo para que el filósofo, el intelectual del primer siglo, pueda conservar la vida.

DE LA BREVEDAD DE LA VIDA.
Este tratado sobre el tiempo que Justo Lipsio (humanista del siglo XVI) tenía por libro de cabecera, se abre con una idea contundente: no es que la vida sea breve, sino que somos nosotros, los hombres, quienes la acortamos. Dilapidamos el tiempo. Advierte Séneca cómo de ciega está el alma humana que no tolerando la más mínima ocupación por otro de sus propias posesiones, y, sin embargo, “tolera mansamente que otros invadan su vida y hasta son ellos mismos quienes introducen a sus futuros detentadores.” (176) Llenando el tiempo de quehaceres vanos, el hombre se convierte en un espíritu ajetreado que en nada profundiza y acaban por malversar al tiempo mismo que siendo cosa gratuita e incorporal, termina por ser considerado de nulo valor. El tiempo que anda con “pies de fieltro”, convierte la dilación en la máxima quiebra de la vida, dice Séneca, porque ese dejar pasar “suprime siempre el día actual y bajo promesa de tiempos futuros, defrauda los presentes. La rémora mayor de la vida es la espera que depende del día de mañana y pierde el de hoy” (185) Sorprende un tratamiento tan complejo de la dimensión física y psíquica del tiempo. Pero Séneca no se detiene ahí, profundiza en el significado humano del fluir constante del tiempo y extrae una conclusión: mientras que los atareados no tienen más que el presente, el sabio gira su cuello para convertir el tiempo pasado en un animal dócil que le permite tanto “disputar con Sócrates”, como “reposar con Epicuro”.

La filosofía de Séneca está imbuida de un fuerte sentido práctico, no se trata de alcanzar el goce momentáneo, sino de llenar el espíritu de paz y tranquilidad, las cuales deben adquirir un carácter permanente. Precisamente por ello, la filosofía posee una intrínseca función docente: la vida humana como un camino de aprendizaje. Para alcanzar tal fin, Séneca no duda en utilizar conceptos procedentes del estoicismo, epicureísmo, cinismo, etc. El notable tono moral que impregna las obras de Séneca, fue aprovechado por el cristianismo que se refirió al filósofo cordobés como un “espíritu apostólico”, e incluso se llegó a especular sobre una posible correspondencia entre Séneca y Pablo de Tarso.

El libro es una magnífica introducción al pensamiento de Séneca y a lo sorprendentemente actual que es su concepción de la vida. De alguna forma cuando ponemos en relación sus escritos con lo que fue su vida, Séneca se nos hace extrañamente presente. ¿Qué de interesante esconderán sus Epístolas Morales a Lucilio?   

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuentos reunidos. Bernard Malamud.

Bernard Malamud nace y muere en Nueva York (1914-1986). Hijo de inmigrantes judíos que huyeron de Rusia durante la época zarista, su padre tuvo una tienda de ultramarinos en Brooklyn durante más de treinta años y su  madre falleció cuando Bernard tenía quince años. Más tarde su padre contraerá nuevo matrimonio y deja que Bernard se haga cargo de su hermano menor que padecía un trastorno mental. Trabajó en la oficina del centro de Washington y después como profesor. Comenzó a publicar cuentos en revistas a partir de 1942. En 1967 gana el premio Pulitzer con su novela El hombre de Kiev.
 
La inmensa mayoría de los cuentos merecería un comentario individualizado. Y tentado estoy de emprender semejante tarea. Acaso lo único que me disuade es mi propia incapacidad para comprender cuánta sabiduría contienen. Digo sabiduría porque eso es lo que todos ellos me transmiten, aunque no sé de qué maldita forma lo consigue. Malamud dice cosas que tienen sentido. Y eso, hoy en día, no es poco.

El primero se titula Armisticio está fechado en 1940 y se refiere al armisticio francés. Comienza con el recuerdo de un pogromo en Rusia del que el protagonista, Morris Lieberman, fue testigo cuando era un muchacho. Morris se pasa el día pendiente de las noticias de la guerra y preocupado por la caída de Francia. Su amigo Gus Wagner (la intencionalidad en la elección de los nombre es evidente), es un norteamericano que muestra simpatía por los nazis. Discuten. Gus se muestra antisemita y acaba por empujan al hijo de Morris. Comprende que ha ido demasiado lejos y se marcha, pero enseguida se ofrece a sí mismo una explicación: en realidad –se dice- “los judíos siempre son así. Lágrimas y abrazos. ¿Por qué compadecerlos?” Y se entrega ya libre de remordimientos a su ensoñación: se imagina alemán conduciendo un tanque por las calles del París ocupado. En aquella época, 1940, aún no se había iniciado la “solución final”, pero B. Malamud como judío ya sabía que tenía motivos para estar preocupado aunque viviera en N. York, porque también allí había personas como Gus Wagner que no moverían un solo músculo de la cara para salvar a los judíos. Así sucedió.

En La tienda de ultramarinos, Malamud es un consumado conocedor de las tiendas judías pues su padre regentó una tienda de ultramarinos en Brooklyn, hay un enigma que no logro resolver ¿por qué Ida cambia de opinión en el último párrafo del cuento? ¿Qué misterio de la vida se encierra ahí? Esa misma estructura es utilizada por Malamud en otro cuento, Pantalones de montar, y la pregunta vuelve a surgir ¿qué es lo que ve Herm (que yo ni siquiera vislumbro) para que en el último párrafo del cuento, haga justo lo contrario de aquello que había decidido hacer? ¿Es acaso lo mismo que vio Ida? ¿Qué tienen en común una mujer anciana y un chico de dieciséis años?

En Ahora el lugar es diferente, el neoyorquino crea una prodigiosa pieza de brutalidad y ternura. 

La vida literaria de Laban Goldman es una espléndida muestra de lo que la vida es capaz de mostrarnos si, de verdad, nosotros, los vivientes quisiéramos verlo.

Los primeros siete años, es una readaptación del relato bíblico de Jacob que llega hasta Mesopotamia para tomar esposa (Raquel) y trabaja para su suegro (Labán) durante siete años. No sé nada de la religiosidad de Malamud, pero creo percibir en el cuento una cierta vuelta de tuerca: las promesas que el pueblo judío vería cumplidas en Israel, son aquí las aspiraciones frustradas del padre de la chica.

En 1953 aparece publicado el relato La chica de mis sueños. Se aprecia aquí un cambio de registro muy interesante. El narrador se convierte en el auténtico personaje del cuento, pero Malamud lo hace con un estilo tan personal y eficiente que el lector se deja llevar a lomos de la culebrilla de ese relatador omnisciente. Ved este párrafo: “Se quedaron sentados un rato más. Olga le habló de su infancia y de cuando era una jovencita.  Le habría gustado hablar más, pero Mitka estaba inquieto. No dejaba de preguntarse [es Mitka quien se dirige la pregunta a sí mismo]: y después de esto, ¿qué? ¿Adónde arrastraría ahora a ese gato muerto, su alma?” La culebrilla del narrador primero aparece objetiva, después se cuela dentro de Olga y de ahí pasa a Mitka, todo en un pequeño párrafo. El escritor pega tres brincos y si el lector no está atento ni se entera. A eso se llama estilo. Por cierto, el relato contiene un valioso consejo para escritores.

Al año siguiente, esto es en 1954, publica El tonel mágico. Es su relato más conocido y el que ha dado título a alguna de las recopilaciones (creo que la primera la publicó en España Seix Barral en 1962 en la emblemática Biblioteca Formentor). Un casamentero, persona que convierte lo necesario en práctico sin el estorbo del placer, tal y como lo define Malamud, es llamado por un joven rabino que quiere contraer matrimonio. Una pieza inteligente, hasta tal punto que cuando lo concluyes de das cuenta de que Malamud te ha llevado “al huerto”, lo mismo que el casamentero al rabino. Excelente.

Los dolientes es un cuento plagado de matizaciones, por esa razón la traducción es esencial. Tengo la impresión de que Malamud pretendía referirse más a los plañideros que a los dolientes.

En El ascensor publicado en 1957 hay una carga profundamente irónica contra esa forma de colonización que puso en marcha Estados Unidos en la posguerra. Naturalmente por eso el cuento no puede estar ambientado en New York. Un judío nacido en el Bronx llega a Roma para sentir la historia bajo sus pies. En un portafolio de piel de cerdo lleva el primer capítulo de su libro sobre Giotto. Otro judío harto del pasado y sus limitaciones, recalará en Stressa al norte de Italia en busca de aventuras. El último mohicano y La dama del lago, pondrán de manifiesto la continuidad de la diáspora hebrea. Quizás sea el primero a través del personaje que crea el autor, Fidelman y que volverá a aparecer en Naturaleza muerta,  Desnudo desnudo y La venganza de un macarra, el más cercano a una visión muy personal y cargada de burla de ese nuevo judío nacido en New York que regresa a Europa blandiendo la enseña del arte. ¡El arte! Si el arte vive del accidente, este personaje es, desde luego, un puro accidente del arte que sobrevive confiando en el milagro de crear una obra maestra. Claro que lo más difícil de todo es saber reconocerlo cuando se produce. Tal vez en eso consista el talento.

En medio del volumen hay una obra de teatro, hacia la mitad de la obra de teatro un personaje cuenta un cuento de rabinos, justo en el centro de ese cuento aparece un espejo y allí estás tú. Conviene que no te apresures y llegues demasiado temprano, pues, entonces, acabarás por poner en un aprieto a la pobre Adele. Adele es una chica judía cuyo padre cree que un hombre vale tanto como aquello de lo que se ocupa, sin embargo la muchacha…, bueno lo dejo aquí. No te lo pierdas.

Creo que no me equivoco si aseguro que el relato El negro es mi color favorito, publicado en 1963, es el primero en el que Malamud utiliza la primera persona. ¡Y de qué forma! A estas alturas de la lectura he observado que en muchas ocasiones el autor tira del lector para que este retorne al principio del cuento. Para ello el autor se vale del mensaje subliminal presente en el protagonista que ha de responder a la pregunta ¿pero cómo hemos llegado a esto?, y deja en el aire esta otra ¿será posible volver al principio de todo como el lector está haciendo?

Escuchen esto, señoras y caballeros: “…eso es lo que le pasa a la gente cuando hay una crisis mundial, que se instruye”, pertenece al cuento El refugiado alemán. Ciertamente a veces no basta con la instrucción.

Elección de profesión, publicado en 1963, es una excelente muestra de los escrúpulos humanos. El acierto del relato se halla en el punto de vista que adopta el escritor, una tercera persona tan próxima a la primera que sugestivamente implica al lector en el posicionamiento de los personajes. Admirable la valentía y el coraje de ella. Vulgar y egoísta la actitud de él. Salvo que…,  siempre es posible una lectura alternativa.

En algunos relatos publicados en los años setenta, Malamud trata de adelgazar la línea narrativa, se vuelve más experimental con continuos saltos de narrador o “mudas”, alternando un yo parcial con un narrador ambiguo. Así sucede en El caballo que habla. El resultado no me parece satisfactorio. De la misma época es, sin embargo, La corona de plata, un espléndido relato en el que la mano certera de Malamud nos muestra que detrás de la necesidad de creer en los milagros, se esconde la verdad de la hipocresía humana.  

Peligroso, aunque no sabría explicar la razón, es Notas de una dama en una cena. Decepcionante El sombrero de Rembrandt que evidencia las limitaciones del autor para abordar la introspección y una cierta torpeza en el manejo de la técnica de la realidad interna del relato. La ironía y un profundo conocimiento de la naturaleza humana, recorre el relato Una peluca, publicado ya en los años ochenta.

En fin, aquí me quedo. A lo largo de casi ochocientas páginas he seguido el recorrido literario de uno de los mejores escritores neoyorquinos, sin duda el mejor cuentista; tengo para mí que Malamud se nutre de la sustancia más elemental de la vida: el tiempo. Si el alma humana se resiste a ver pasar las cosas, tal vez el único remedio sea que cada lector tome de sus relatos aquello que reconozca como propio.

miércoles, 13 de julio de 2011

De soles y cometas (Bagatela)

Uno de nuestros contertulios me hace llegar una crónica de sus lecturas. En este verano de conmemoraciones deportivas, aventamientos políticos y riesgos bursátiles, Efrén ha optado por una programación cargada de una cierta revisión. ¿Qué de interesante hay en los superventas del afgano Khaled Hosseini?  Mientras soles y cometas anden por el cielo nos quedará una esperanza. Lectura sostenible la de Efrén.

“COMETAS EN EL CIELO”  y  “MIL SOLES ESPLÉNDIDOS”

Cualquiera de las semanas del calendario aparece en los telediarios una masacre irracional contra la gente de a pie. Es la gente humilde, sobretodo las mujeres y los niños, la que más sufre las consecuencias de esa brutalidad irracional, producto de la incultura, el atraso y el fanatismo. Y de esta gente humilde, no doblemente sino en una proporción desproporcionada, es principalmente la mujer la que es el centro de los ataques sociales, se la coarta, prohíbe, castiga, explota, y subyuga hasta límites sólo comprensibles en atavismos medievales.

Esta temática es la que describe el escritor afgano Khaled Hosseini  en sus dos novelas “Cometas en el cielo” y en “Mil soles espléndidos”. El autor es un médico que nació en Kabul, hijo de un diplomático y junto con su familia se vio obligado a pedir asilo político en Estados Unidos.

Hace ya más de una año que leí “Cometas en el cielo”.  Es la  más conocida y de la que se ha hecho película (de la que podéis disponer en cualquier videoclub). Relata las miserias afganas, aderezadas con sus llamativas costumbres, sobretodo desde el punto de vista de un niño, contraponiendo la vida burguesa del protagonista, con la pobre pero honrosa e imaginativa vida de su amigo y criado. Posteriormente vi la película y, cosa rara, me pareció bastante conseguida y no demasiado alejada del espíritu del libro. 

Y hace unos días he acabado “Mil soles esplendidos”. Continúa relatando en primera persona similares calamidades de los últimos 30 años, que aún continúa sufriendo este país. En esta otra novela son los ojos de dos niñas, pronto convertidas a la fuerza en esposas, inicialmente en distintos espacios temporales que luego convergen, los que van hilando el relato de algunos retazos de la historia de este país. De nuevo contrapone la vida misérrima de una de las protagonistas junto a la más confortable de la otra. Y también en las dos novelas hay un detalle con un poder mágico: el cine, como punto de ilusión y evasión.

No es que estos libros sean joyas literarias, ni que se disfrute con el sufrimiento ajeno, pero si ayuda a conocer hasta qué extremos llega a veces la maldad humana (de la que en Europa tenemos muchas perlas a lo largo de nuestra historia reciente), y como a pesar de esas calamidades siempre hay gente con una ilusión y una bondad que hacen creer en un futuro cada día mejor de la raza humana.

POSTDATA.-
De Stefan Zweig leí algo durante la mili, pero de eso hace más de 30 años, así que sólo recordaba el nombre. En esta ocasión, como me gustó su “Novela de ajedrez”, he leído otros dos más: “Ardiente secreto” y “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”. En todas ellas ha sido un placer leer su descripción de las emociones, la interacción de unos personajes con otros, el desarrollo de la acción, que engancha y te lleva rápidamente al final de la obra.
Respecto al espléndido resumen de la tertulia, resulta muy triste leer una de las conclusiones aludidas: “la cultura no sirve para prevenir el mal”. Para nuestro consuelo yo más bien diría, “que la cultura no evita la maldad, pero aminora la brutalidad de la mayoría de los hombres”.
Ahora que acaba el curso escolar de la Tertulia, en vez de esperar otros treinta años para leer algo suyo, leeré algunas de sus biografías durante este verano.



Autor: Efrén Arroyo.

miércoles, 6 de julio de 2011

La crisis de la monarquía. Pablo Fernández Albaladejo. Premio Nacional de Historia 2010.

España, en realidad, no ha levantado cabeza desde la muerte de Felipe II, acaecida en las postrimerías del siglo XVI, el 13 de septiembre de 1598, de madrugada para ser más exactos. Incluso es posible adelantar esta fecha diez años antes, al momento del desastre de la Invencible. Entre medias, en 1596, la peste había asolado España. A pesar de todo Felipe II declaró la guerra a Enrique IV de Francia –el rey que pronunció la famosa frase “París bien vale una misa”-, hasta conseguir de este su conversión al catolicismo en 1593.

El duque de Lerma
Tan pronto como el 30 de septiembre de 1598, el Duque de Lerma controlaba ya todo el entramado real, tal como aseguraba en esa fecha el enviado papal. Cabe destacar que tal hecho era toda una declaración de intenciones por parte de Felipe III, pues su padre había alejado al de Lerma de la corte, nombrándole Virrey de Valencia. Se inauguraba, así, la “privanza de uno solo” donde el duque construye un subsistema o régimen en el cual una red de familiares, criados, confidentes y deudos le permite, gracias a la instauración del ceremonial cortesano borgoñón, mantenerse informado, intervenir y en la mayoría de los casos decidir sobre los asuntos que afectaban a la monarquía, hasta convertir al rey en invisible.

Tras una más que aceptable introducción, Fernández Albaladejo, imposta un tanto la prosa y se desliza hacia el “tecnicismo de los sobreentendidos” tan usual en los historiadores. Aunque no sirva de excusa, pues ellos –a los historiadores infectados por este virus, me refiero-, no sin razón, comentan que basta con un pequeño esfuerzo para centrarse en el debate, lo cierto es que ello obliga a interrumpir continuamente la lectura y documentarse, por ejemplo, sobre el tratado de Vervins, el de Oñate o la paz de Asti, cuando con un par de líneas le resultaría muy fácil al historiador “ayudar al lector”. Da la impresión de que se escribe para el iniciado, buscando un reconocimiento más profesional que humanista. 

Pero no todo ha de ser crítica, pues también el texto posee aciertos. Uno de los que más me ha llamado la atención son las buenas formas con las que Fernández trae a colación textos contemporáneos a los hechos. Así nos habla del Tratado de República y Policía Christiana obra del franciscano Juan de Santamaría, publicada entre 1615 y 1619 y por tanto inmediatamente anterior a la caída del valido Duque de Lerma; en ella el franciscano critica el papel del privado y alecciona sobre la necesidad de que la monarquía esté sujeta a las leyes y a los Consejos y quede el Rey oficial general y superintendente en todos los oficios. 

Vuelve a la carga el autor atiborrando al lector de los antecedentes, arbitristas incluidos, y de los pormenores que propiciaron la decisión del Conde-Duque de Olivares en la formación de su proyecto de Unión de Armas. Más allá del cambio político que supone la llegada del conde-duque en relación con el duque y la moderación del valimiento como entorno político, no se explica la razón de tanta importancia como se atribuye a la Unión dicha.

Pablo Fernández Albaladejo
A renglón seguido, el autor da un nuevo brinco y nos sitúa ante los problemas económicos de la monarquía. Para engarzar ambos temas, se refiere a la guerra de Mantua, pero sin dar ni una sola explicación del complejo posicionamiento español en Italia ni de la enrevesada situación de la península. Sin embargo da pelos y señales del impuesto de la sal y de los millones.

La mejoría es notable cuando aborda “las guerras de España”, aunque tiende a abusar del flash back, sobretodo porque cuando avanza lo hace extraordinariamente bien, el problema se plantea en el alcance que intenta dar a la acción retrospectiva. Es curioso lo que le sucede a muchos historiadores, que al fin y a la postre no son más que literatos con el argumento hecho, porque cuando deciden ponerse eruditos y darle vueltas a documentos recientemente hallados, testimonios contemporáneos e interpretaciones lúcidas, aburren soberanamente, mientras que cuando aprietan el acelerador y nos cuentan en veinte hojas un siglo y medio de historia, te quedas realmente conmocionado. Digamos que como necesitan espacio para contar sus “rollos”, aceleran la historia cual pilotos de competición. El problema es que si el lector acaba muchas veces atropellado.

Magnífico es, no obstante, el estudio que Fernández Albaladejo lleva a cabo sobre El reino enfermo. Trae a colación el trabajo de los arbitristas y ofrece un enjundioso estudio de los Gutiérrez de los Ríos, Cellorigo, Lope de Deza, etc. Son sorprendentes las soluciones que proporcionan abogados, clérigos y economistas para el periodo de crisis de principios del XVII y lo actual que resulta esa apelación al trabajo y el repudio de la ociosidad.  Observar esta perla de Sancho de Moncada (teólogo y economista de la escuela salmantica) que en 1619 publica su obra Restauración política de España, en ella dice “nada peor que gobernar con recetas”, por cierto un xenófobo convencido y, a veces, convincente.

Simplemente aceptable me parece el análisis del periodo de la regencia de la reina Mariana de Austria, sus validos Nithard y Valenzuela, la posterior interrupción de don Juan José de Austria, el hermanastro del rey Carlos II y el inicio de la restauración con Medinaceli y Oropesa.

Inteligente la puesta en relación de los arbitristas con los novatores, los antiguos y los modernos; el monarca francés Luis XIV se había convertido en “Restaurateur des Lettres”, Inglaterra de la mano de John Locke ponía las bases doctrinales para un imperio nuevo, fundamentalmente comercial y libre, y España comenzaba a forma parte de la “leyenda negra”. Sin embargo esta forma de postergar la importancia cultural de España en el período del Barroco como lugar de la historia donde la península ibérica decidió abandonar el pasaje hacia la modernidad, es fruto de la política de espejo que practicaba Francia. Es esta la parte más densa del trabajo de Fernández y creo que la mejor.

En fin, un ensayo con claroscuros pero que contiene aportaciones de indudable interés. Creo que el problema radica más en la forma en que el autor administra esos claroscuros, que en la propia gama de los colores.