jueves, 24 de mayo de 2012

El Quijote. Primera parte. Capítulos XXI a XXXVII.

CAPÍTULO XXI.-
La aventura que es llamada del yelmo de Mambrino, pues por tal toma don Quijote la bacía que un barbero lleva sobre su cabeza para cubrirla de unas momentáneas gotas de lluvia. El yelmo que Reinaldos arrebató al moro Mambrino, tenía el poder de hacer invencible a quien lo portaba, razón por la cual don Quijote procedió a ponerlo sobre su cabeza tan pronto como la huida despavorida del barbero lo dejó a su disposición. No cabe duda de que una bacía de barbero, utilizada tanto para afeitar como para las sangrías, era un objeto muy común y debía ser conocido por todo el mundo, por lo que podemos imaginar lo grotesco que resultaría don Quijote con una bacía de barbero en la cabeza. Sancho ríe cuando ve el aspecto de su amo.  Las estrechas leyes de la caballería reducen el botín de Sancho a trocar los aparejos. Reemprendido el camino hablan, previa merced de don Quijote, de “rey con guerra y con hija fermosa” de la hidalguía de quinientos sueltos que ostenta don Quijote, del ropón ducal con el que Sancho se ve a cuestas con un barbero a tres pasos para que no eche de ver lo que Sancho es, pues la barba lo delata: barba de lacayo, de campesino que habrían ido a parar a la bacía que don Quijote porta sobre su cabeza.

1865-1869 Copenhague. W. Marstrand, dibujante.
CAPÍTULO XXII.-
La aventura de los galeotes, “gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías”, es una de las más grandes “quijotadas”.  En esta cuerda de presos que se dirigen a galeras, están el “enamorado” de Piedrahita, otro que además de cuatrero es tildado de cobarde por haber “cantado” en el tormento, un tercero cuya falta no es sino de dinero, el cuarto por alcahuete y hechicero, el siguiente en hábito de estudiante media su delito por burlarse con mujeres (aclara don Francisco Rico que en germanía tal término indica trato sexual), este quinto que, como todos los anteriores, se muestran muy resignados de su suerte, lanza sobre el rostro de don Quijote una puya cuando dice: “Vuestra merced, que…, tan buena…, presencia merece.” (Recuérdese la bacía de barbero sobre su cabeza). El último y más cargado de grillos es Ginés de Pasamonte (Martín de Riquer asegura -en unión de otros muchos cervantistas-, que este Ginés se corresponde con un personaje real conocido como Jerónimo de Pasamonte que compartió cautiverio con Cervantes. Francisco Rico indica que es uno de los candidatos a la autoría del Quijote apócrifo). A don Quijote se le ocurrió la desdichada idea de poner en libertad a estos bellacos y como tales se comportaron una vez libres: apedrearon y despojaron a libertador y escudero.

1716. Londrés. Anónimo.
CAPÍTULO XXIII.-
El primer signo de cordura de don Quijote: decide tomar el consejo de Sancho e internarse en Sierra Morena. El hallazgo de una maleta pondrá a don Quijote sobre la pista del pobre Cardenio. Antes de este hallazgo se sitúan las cincuenta líneas que se insertaron en la segunda edición de Juan de la Cuesta, publicada unos meses después de la primera. Se trataba de remediar la omisión padecida en la princeps, a cuenta de que en los capítulos XXV a XXIX figuraba en la narración la sustracción del rucio, sin que ni se contase cuándo había tenido lugar, ni, aún más grave, cuando se había recobrado. Con la finalidad de corregir tal incongruencia se adicionó en este capítulo XXIII el relato de la desaparición del rucio y en el XXX su recuperación. La mayoría de los autores (Rico, Martín de Riquer, Florencio Sevilla y otros está de acuerdo en que ambas interpolaciones nacieron de la pluma de Cervantes; Vicente Gaos mantiene una postura dudosa). En la actualidad las ediciones mantienen la versión de la princeps y por tanto no incorporan las interpolaciones. No fue esta, sin embargo, la postura academicista que se mantuvo durante más de un siglo, así por ejemplo la edición más famosa (Ibarra 1780), sigue la versión de 1608 que incorpora los añadidos de la segunda de 1605. Frente a frente: el Caballero de la Triste Figura y el Roto de la Mala Figura (Cardenio), se escrutaron, reconocieron y acaso hasta se admiraron el uno del otro.

CAPÍTULO XXIV.- 
Don Quijote implora al Caballero del Bosque (Cardenio), que le relate la razón que le ha traído “a vivir y a morir entre estas soledades”. La historia de Cardenio queda incompleta al ser interrumpida por don Quijote pese a la advertencia que antes de comenzar a relatarla le hiciera el propio Cardenio. Es quizás esto lo más importante, pues la locura de Cardenio tomará cumplida réplica en la del propio don Quijote y ambas terminarán contagiando al cabrero que los acompaña y a Sancho que la emprenden a puñadas el uno con el otro.

CAPÍTULO XXV.- 
Después de obtener licencia de su señor que revoca temporalmente el voto de silencio de Sancho, este pregunta a don Quijote si es ventura de caballeros estar en medio de la sierra buscando a un loco para termine de contar un cuento. El Caballero de la Triste Figura revela entonces que tiene la intención de imitar a Amadís de Gaula haciendo penitencia por su dueña, porque “el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto ¿qué hiciera en mojado?”. Además como el mismo don Quijote agrega: “Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú [Sancho] vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea”. Nada que alegar. Vemos entrar y salir a la razón y ya no sabemos si está dentro o fuera, pues sandez y penitencia han de nacer y morir juntas, que en otro caso la locura se tornará verdad. El loco de don Quijote finge una locura nueva. Y así “…eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa”.
Después de que don Quijote le quitase la silla y el freno a Rocinante y le dijera aquello de: “Libertad te da el que sin ella queda”, es cuando aparece la primera referencia al robo del rucio de Sancho.
Don Quijote tras escribir la carta que Sancho ha de llevar a Dulcinea, insiste a su escudero que le viera hacer aunque nada más fuera dos locuras para que pudiera jurar sin cargo de conciencia, que le había visto loco. “Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales y luego sin más ni más dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco.”

1905-1908 Madrid. Jiménez Aranda, dibujante.
CAPÍTULO XXVI.- 
Entre los dos modelos que a la mente le vienen a don Quijote, a saber: Roldan y Amadís, opta por imitar a este último y sabiendo que lo que fundamentalmente hacía el desdeñado de Oriana era rezar, el de la Triste Figura “rasgó una gran tira de las faldas de la camisa que andaban colgado, y diole once ñudos…” Es de interés el hecho de que en la segunda y tercera edición esta frase se sustituyera por un rosario hecho con las agallas de un alcornoque. Como muy acertadamente dice Riquer nada justifica la opinión de que fuera el propio Cervantes quien enmendara aquellas palabras por poder parecerle irreverentes. Lo que sí es seguro es que la inquisición portuguesa en la edición de 1624 censuró la “gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando”.
Sancho Panza se tropieza con el cura y el barbero y descubre que don Quijote no acabó de entregarle el libro de memoria donde había anotado la carta que iba dirigida a Dulcinea. Sancho afirma saberse la carta de memoria y se la dicta al cura y al barbero. Discurre aquel la forma de sacar a don Quijote de la sierra mediante fingimiento de doncella menesterosa.

CAPÍTULO XXVII.-
Ideado el ardid por el cura consistente en fingirse doncella menesterosa que moviera a don Quijote a seguirla para remediar su desgracia, pusieron manos a la obra en el disfraz a cuya consecución colaboró la buena de Maritornes, pues en la venta de Palomeque se había consumado el encuentro entre el cura y el barbero que habían salido del pueblo buscando a don Quijote, y el mensajero Sancho. Internado en la sierra, resuelven los tres que sea Sancho quien vaya a buscar a don Quijote y le de cuenta de la inventada entrevista con Dulcinea. Mientras el cura y el barbero esperan, aparece Cardenio quien prosigue el cuento desde el punto en que se quedó cuando fue interrumpido por don Quijote.  

1834. Roma. Bartolomelo Pinelli, dibujante.
CAPÍTULO XXVIII.-
Unos metros más allá del lugar donde Cardenio ha contado su historia, al pie de un arroyo, oculta por unas peñas, se encuentra Dorotea disfrazada de pastor. El punto de unión entre ambos es don Fernando, hijo menor del duque Ricardo (de Osuna suele agregar la crítica), burlador de ambos.

CAPÍTULO XXIX.-
Descubre Cardenio su identidad a Dorotea y las noticias que mutuamente se dan hacen renacer las esperanzas de ambos en recobrar sus respectivos amores: Luscinda y don Fernando que no pueden unirse entre sí porque no se pertenecen. Y de no ser así Cardenio se compromete a “desafialle, en razón de la sinrazón que os hace”, que hace recordar los requiebros que recitaba en voz alta don Quijote al inicio del libro. Descubren también el barbero y el cura sus intenciones a Dorotea que se ofrece a hacer de princesa agraviada necesita de caballero andante. Es, será la bautizada, naturalmente que por el cura, como princesa Micomicona y logrará sacar a don Quijote de la sierra.

CAPÍTULO XXX.-
Los hombres, majaderos cual Sancho, no lo entienden. Don Quijote lo explica con asombrosa claridad, escuchad pues el menguado humor de este caballero: “…poniendo los ojos en sus penas, y no en sus bellaquerías…” La princesa Micomicona, es decir Dorotea, cuenta la inventada historia de su reino Micomicón y la usurpación de que fue objeto tras morir su padre Tinacrio el Sabidor, por el gigante Pandafilando de la Fosca Vista. Don Quijote hace un aparte con Sancho para saber “cosas de particularidad” de la embajada al Toboso. Cervantes, Rico está seguro de la autenticidad del texto, hizo aquí el añadido de la recuperación del rucio hurtado a Sancho. Toda una propuesta literaria es la que hace Cervantes poniendo en boca de Cardenio alabanza del agudo ingenio que pudiera fabricar mentirosamente historia tan rara y nunca vista como la de don Quijote, quien “como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen entendimiento.”

CAPÍTULO XXXI.-
La reina de la hermosura que ensarta perlas o borda con oro de canutillo es la misma que ahecha el trigo en un corral, todo dependen del punto de vista que se adopte. Pero tan inventada resulta Dulcinea, como lo es Aldonza. Incluso más esta que aquella, porque hasta este momento Sancho había vivido bien apegado a la realidad propia y ahora para dar cuenta a su señor de la supuesta entrevista con Dulcinea, se ve obligado a inventar, a mentir, a contar… Da la impresión de que Cervantes concluye el capítulo con un puñetazo encima de la mesa, como tal cabe interpretar la aparición de Andrés el criado de Juan Haldudo que en el capítulo IV es socorrido por don Quijote. El criado le pone de manifiesto las nefastas consecuencias de su “rescate” y concluye con un: ¡Dios nos libre de los caballeros andantes! En medio de tanta ficción y metaficción el testimonio de Andrés nos devuelve a la tozuda realidad.

CAPÍTULO XXXII.-
Los seis personajes -Cardenio, Dorotea, el cura, el barbero, don Quijote y Sancho-, tras salir de Sierra Morena, curan su hambre y cansancio en la venta de Juan Palomeque, la misma en la que Sancho fue manteado. El ventero resulta ser tan fiel defensor de todo cuanto dicen los libros de caballería, que parece “segunda parte de don Quijote”, el propio Palomeque advierte que “no seré yo tan loco que me haga caballero andante”,  pues aún creyendo a pies juntillas cuanto narran los libros que para eso “están impresos con licencia de los señores del Consejo Real”, no están los tiempos para caballeros andantes.

1866. Londres. Houghton, dibujante. Dalziel, grabador.
CAPÍTULO XXXIII.-
Se cuenta aquí la novela intercalada del Curioso impertinente. Se trata de un manuscrito hallado en el interior de la maleta que un viajero dejó olvidada en la venta de Palomeque. Narra aquel cuento, también llamado de Los dos amigos, el empeño de Anselmo por poner a prueba la honestidad de su esposa, Camila, encomendando a su amigo, Lotario, que ponga en práctica requiebros, lances y dádivas.

CAPÍTULO XXXIV.-
Prosigue la historia del Curioso impertinente. Cabe recordar que Cervantes fue criticado por insertar en el Quijote tantas historias en apariencia ajenas al discurrir de la trama principal. Una de las más criticadas fue esta del Curioso impertinente por ser completamente independiente. Al principio de la segunda parte, como veremos, el bachiller hará referencia a este hecho.  

1780. Madrid. Carnicero, dibujante. Salvador, grabador.
CAPÍTULO XXXV.-
La batalla con los cueros de vino, antes de que conozcamos el final de Anselmo, el curioso impertinente. Don Quijote, que se encontraba descansando en una habitación de la venta, sonámbulo, la emprende a golpes contra los cueros de vino que se hallan en el lugar en la creencia de que está luchando con el gigantón Pandafilando. La reacción de Sancho que asegura haber visto la cabeza del adversario rodar por los suelos, es una muestra clara del proceso de afiliación quijotesca, y atribuirá a encantamientos el que “ahora no parece por aquí esta cabeza, que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.” Sosegada la risa de los unos y la desazón de los otros, asistimos al final del cuento.

CAPÍTULO XXXVI.-
La venta, lugar de transformaciones, de reconocimientos y de encuentros, espacio encantado por tener lugar en él encantamientos, como le parece a Sancho, es el marco cervantino del triunfo de la belleza. La belleza de Dorotea y Luscinda salvará todos los obstáculos: los sociales y los del egoísmo, los naturales y los de fortuna. Esa confianza en la belleza, tan literaria, hace que el amor y la verdad triunfen. Y a pesar de todo, no es menos cierto que todos deciden esperar, aguardar las palabras de don Fernando, pues no hay que olvidar que estamos ante una sociedad muy jerarquizada y don Fernando, al fin y a la postre es hijo de marqués. Para Dorotea y don Fernando, para Luscinda y Cardenio, ni venta ni castillo, sino cielo donde se ponen fin a todas las desventuras de la tierra.

1855.Madrid. Nanteuil, dibujante. Martínez, grabador.
CAPÍTULO XXXVII.-
Solo Sancho parece cuitado después de haberse transformado la princesa Micomicona en Dorotea y en don Fernando, el gigante. Por eso con amargura se dirigirá a don Quijote, que sigue dormido como un cesto, diciéndole “señor Triste Figura” que ya todo está hecho. Pero las aseveraciones de Sancho serán desdichas por Dorotea-Micomicona y la aventura prosigue. En esto llegaron a la venta (¡qué maravillosa encrucijada esta venta cervantina!), un cautivo acompañado con una hermosa mujer mora, llamada Zoraida. De nuevo la fuerza de la hermosura que “reconcilia los ánimos y atrae las voluntades”. La cena y el discurso de don Quijote, conocido como el “de las armas y las letras”. Discurso este que guarda semejanza con el de la “Edad de Oro” del capítulo XI.


jueves, 10 de mayo de 2012

Trenes rigurosamente vigilados.


“Este año los alemanes ya no dominan el espacio aéreo de nuestra ciudad.” Es la voz del narrador. Conocemos que es el biznieto de un tal Lukas, nacido en 1830 y que con tan sólo dieciocho años, siendo tambor del ejército, quedó impedido a consecuencia de un adoquín arrojado por un estudiante y viviendo el resto de su vida de una pensión que gastaba diariamente en una botella de ron y un paquete de tabaco. Murió de una paliza que le propinaron unos canteros, hartos de que el pensionado Lukas se burlara de todo aquel que trabajaba. El abuelo, la astilla de Lukas, era hipnotizador en circos pequeños, la gente tenía la certeza de que todo era un mero pretexto para no trabajar, pero con la llegada de los alemanes, Vilém, que así es como se llamaba el abuelo del narrador, les dio a todos una lección entregando su vida delante de los tanques invasores tratando de detenerlos con su pensamiento. El padre también abandono pronto el trabajo, a los cuarenta y ocho años, después de estar veinte años conduciendo una locomotora. Madruga, como don Quijote, para buscar la utilidad de las cosas que la gente desecha. Es hora de regresar al año en el que los alemanes ya no dominan el espacio aéreo.

Es curioso que inmediatamente aborde el narrador la descripción de su uniforme de alumno de factor de ferrocarriles, lo digo porque tal descripción ocupa el mismo número de páginas que sus antecedentes familiares.

En la oficina de telecomunicación: la ventana desde la que se ve un sendero de cinco kilómetros, los tres telégrafos y los cinco teléfonos que no dejan de comunicar sobre la mesa del telegrafista, situada junto a aquella ventana. Nuestro protagonista ha estado enfermo o recuperándose de una herida y debe de reiniciar su prácticas con el factor Hubicka. El jefe de la estación que pesa más de cien kilos, aunque eso no le impide bailar con suavidad, posee un despacho oriental con una alfombra de Persia y tres taburetes turcos. Y un reloj de mármol. El reloj y el tic-tac. El tiempo es esencial para un ferroviario. Este jefe de estación es un "filántropo" que sacrificó sus palomas alemanas y las sustituyó por palomas polacas. Su mujer degüella a un conejo como si estuviera haciendo un mantel de ganchillo.

El alumno Milos Hrma, el narrador, se presenta ante el jefe de estación Lánský Ruze. Ambos pondrán de manifiesto la naturaleza “depravada” del factor Hubicka, quien pese a ello está a punto de conseguir el entorchado con la estrella de diamante que distingue a los inspectores del ferrocarril.

Milos Hrma parece un idiota aprendiz de factor que no hace otra cosa que estar de pie junto a las vías en la estación de Hradec Králové. Dos SS le meten las pistolas en las costillas y Milos sube con ellos a la locomotora. Hay un retraso de un tren del Reich, es un tren rigurosamente vigilado, y Milos parece un buen candidato de culpabilidad. Pero como con los alemanes, esos cabezas cuadradas que retienen un tren durante horas en la estación porque faltan cuatro caramelos de la cantina, nunca se sabe, acaban por dejarlo en libertad al descubrir las cicatrices en sus muñecas. Milos aguanta la respiración cuando lo dejan en libertad y mira pasar los vagones. Pero Milos no es un idiota, es simplemente que se enamoró de Masa durante los cinco meses que ambos estuvieron pintando una cerca de cinco kilómetros.

La fama del factor Hubicka se ha extendido por la región y los trenes, trenes cargados de recriminatorios ojos de ganado, se detienen para conocer la historia de aquella noche en la que el factor Hubicka levantó las faldas de la telegrafista Zdenicka y estampó en su trasero todos los sellos de la oficina. Y para instruir el expediente sancionador por semejante comportamiento se presentan en la estación el jefe de movimiento Slusný y el consejero Zednicek. El jefe de estación Lánsky Ruze va tomando nota de cuanto debe constar. Mientras, Milos, afuera en el anden, controla la circulación de los trenes, el último es un tren hospital con su vagón-morgue de donde cuelga un farolillo rojo. La comisión se marcha y el jefe de estación grita irritado porque el jefe de movimiento ha visto su uniforme viejo cubierto de cacas de paloma. Está seguro de que tal circunstancia le impedirá lucir el  entorchado de inspector. Las palomas polacas que pasean por el alfeizar de la ventana del jefe de estación, que vuelan bajo un cielo azulado en el que es posible imprimir sellos grandes como torres de iglesias. Mañana sale un tren de Trebic que será rigurosamente vigilado por el factor Hubicka y el alumno Milos.

Hay a partir de aquí una sucesión de imágenes impregnadas de un magnetismo que se mueve entre lo premonitorio y lo abismal:

El caballo blanco que lleva al jefe de estación a través de la planicie nevada como si fuera cabalgando en el aire.
La luz de la lámpara que proyecta círculos en el techo del despacho del jefe de estación, tal como huesos de un esqueleto.
El horario de los trenes y su recorrido que será seguido con la punta de un lápiz.
La presencia de Masa, la novia de Milos, que le trae a la memoria su intento de suicidio.
El silbato negro que cae de la camisa de Masa sobre el rostro de Milos tendido en una cama de hospital donde cura sus heridas de deseo insatisfecho.
Las botas en el armario de una chiquilla de quince años que ha perdido las piernas.
El reflejo en los escaparates que casi puede olerse.
Las rendijas de luz en el hotelito de Bystrice, en el vagón de servicio, en la línea del bañador de las chicas en la piscina.
La llegada de la mensajera que trae el paquete que hará volar por los aires el tren rigurosamente vigilado, le quita todo el deseo a Hubicka y se lo da a Milos que por fin pudo sentirse hombre y se siente fuerte y valiente y tranquilo, hasta el punto de acordarse de su abuelo que trató de detener a los alemanes poniéndose delante de un tanque armado con sus poderes hipnotizadores. Es esa una buena razón para la venganza. Dresden ha sido destruida, pero a Milos los alemanes ya no le dan lástima como cuando estuvo en el hospital con sus muñecas cortadas y su tía Beatrice lo tranquilizaba, igual que hacia con aquellos pobres soldados alemanes bañados de aceite por las quemaduras. El tren de Trebic, rigurosamente vigilado, trae al final una garita, con una linterna y un haz de luz roja, como el tren hospital con su vagón-morgue.

Muy pocos textos a lo largo de la literatura universal poseen el peso narrativo de esta pequeña obra maestra. Cada frase es una certera flecha lanzada hacia el centro mismo de lo que acontece, como si la escritura fuera creando su propia realidad a medida que las palabras buscan su lugar en la frase. La palabra toma el cuerpo de aquello que designa y lo lanza a la vida, a veces la vemos hasta rebotar fuera del libro como sucede con el tic-tac de las “manecillas de color de los segunderos de todos los copos [de nieve]” Y es allí, en la construcción de espacios tan precisos como inverosímiles donde quedan suspendidas las verdaderas razones de una ausencia sucesivamente renovada por la espera. Milos no volverá a casa ni Masa podrá apretarlo contra su cuerpo, tampoco lo hará el soldado que llama a gritos a su enamorada desde la cuneta. No volverán las palomas polacas a volar alrededor del jefe de la estación, porque Dresden ha sido destruida. Seguro que el factor Hubicka no podrá regresar a sus festivas chanzas sexuales porque el miedo ha sustituido al deseo. La burbuja de la vida estalla y entonces nos preguntamos si no habría sido mejor “habernos quedado en casa sin mover el culo de la silla.”

Que ustedes lo hayan disfrutado. Pero no se preocupen si no es así, dejen pasar un año y vuelvan a leerlo.

Bohumil Hrabal, nació en Moravia en marzo de 1914 y falleció en Praga en 1997. Comenzó a publicar tardíamente cuando casi alcanzaba el medio siglo de vida, pero enseguida alcanzó renombre universal fundamentalmente con sus tres obras maestras: la que nos ocupa ahora y Una soledad demasiado ruidosa y Bodas en casa. Su obra prohibida en Checoslovaquia durante los años sesenta llegó a circular de forma clandestina por medio de copias manuscritas o mecanografiadas. Alguna de sus novelas muestra un carácter puramente experimental construyendo interminables frases en una búsqueda de un lenguaje capaz de mostrar la inmensidad de los matices de la vida.

miércoles, 25 de abril de 2012

La soledad del corredor de fondo.

Correr es algo esencial para un buen ladrón. Por eso no ha de sorprendernos que haya buenos corredores de cross en el Borstal. Y no hay nada como un par de horas de carrera de fondo antes de desayunar en una mañana oscura y fría, para sentir que la vida coincide con la existencia. Son dos horas de libertad en las cuales Smith puede entregarse a sus pensamientos. Es consciente de que está siendo entrenado como si fuera un caballo de carreras. Pero la naturaleza de Smith es la de un superviviente, alguien que vive de sí mismo y está dispuesto a reivindicarse. La consecuencia es la rebeldía, que le impulsará a rechazar la copa para el asqueroso director, la dignidad es el último reducto del rebelde. Al fin y al cabo quien corre es él y el director no alcanzaría la decena de metros sin desfallecer. La verdad está al lado de quien sabe perseguirla y correr es sacarle las entrañas a la honestidad. El descenso brusco que precede al hallazgo de esa sensación de vacío, absolutos ambos, no admite comparación, si acaso, la de aquella otra soledad que sólo es derrotada por el nacimiento. Es justo la mitad de la carrera.

Pero los abesugados y barrigudos hombres libres, directores, diputados, policías…, no son tan tontos como Smith piensa. El mismo dinero que la lluvia exhibió para pescarle, es usado como cebo para obtener su colaboración en la copa de cross con banda azul de los Borstal. De pronto Smith se da cuenta al iniciar la carrera que él nunca echa carreras, que simplemente corre para pensar. Y en medio de la carrera, de la competición, Smith comprende que es la soledad del corredor, lo único honesto que hay en su vida y que esa honestidad no puede ser manchada porque alguien coloce una cinta azul al final de la carrera. Smith no puede ganar. Y no ganará. Quedará la queja de la rebeldía en su interior y mientras friega suelos y acarrea basura, forjará un futuro de estricta honestidad interior en la que la devoción por lo ajeno no es incompatible con la confianza en el prójimo, en el prójimo del barrio.

El lenguaje que utiliza Sillitone es quizás lo más notable de la novela. Desde el principio se apresura a interrelacionar las tres posibilidades referenciales. Así el texto se abre con una referencia a la tercera persona (“Lo primero que hicieron…”) Son los dentro-de-la-ley. Inmediatamente aparece la primera persona (“…a mí no me molestó…”) Y el segundo párrafo se abre con una frase lanzada al lector (“A ustedes quizá…), que es la segunda persona en inglés. Consigue con ello el escritor alargar la distancia de aquello que ellos hicieron conmigo y aproxima al lector, figura más cercana al narrador, aquello que yo hice con ellos, verdadero material narrativo. Es evidente, pues, la búsqueda de la complicidad con el lector. El lenguaje se adapta con hechuras de guante a la personalidad del narrador, hasta el punto de que será este el único punto de vista que acaba por interesar al lector.

Alan Sillitoe nació en Nottingham en marzo de 1928 y falleció tal día como hoy, 25 de abril, de 2010, en el seno de una familia humilde de ambiente obrero. Se le ha vinculado al llamado movimiento de los jóvenes airados (Angry Young Men en inglés, que es como hay que decir las cosas para suenen bien), generación que dio sus frutos en los años cincuenta y cuyos componentes no son muy conocidos en España, quizás el más destacado, además de Alan Sillitoe, sea Harold Pinter. Trabajó en fábricas antes de ingresar en las fuerzas aéreas, período en el que contrajo una enfermedad pulmonar que le obligó a guardas reposo, circunstancia que Alan aprovechó para introducirse en el mundo de la literatura. Ha escrito numerosos libros de poesía, también teatro y libros infantiles.   

jueves, 19 de abril de 2012

La plenitud de la señorita Brodie.



La escuela se llama Marcia Blaine, Escocia, las bicicletas hacen las veces de barrera y hay una extraordinaria severidad sobre el adecuado uso del sombrero. Es el grupo de la señorita Brodie, muy bien instruido en materias (talladas a su imagen y semejanza), tales como buchmanismo (iluminismo supongo), hamamelis (homeopatía), menstruaciones… Las adolescentes se refugian bajo el olmo donde la señorita Brodie imparte fingidas clases de historia, debido a la proximidad, quizás excesiva, de los muchachos. Aprovechemos el tiempo para echarles un vistazo:
  • Mónica Douglas es una matemática irascible, llega el sombrero de forma grotesca.
  • Rose Stanley, rubia, sensual (lo de aura sexual suena a escabeche en lata) y discreta con el panamá.
  • Eunice Gardiner, pequeña, pero dotada de admirable vigor gimnástico, elegante nadadora, llega el sombrero como un vaquero cansado.
  • Sandy Stranger, en este caso el vaquero cansado monta a caballo y el sombrero adquiere otra prestancia. Ojos pequeños, recita poemas con peculiaridad en las vocales. Años después se convertirá en sor Helena de la Transfiguración y triunfará escribiendo ensayos psicológicos.
  • Jenny Gray, clases de declamación, futura actriz, la más guapa y elegante, amiga de Sandy. Utiliza hábilmente el sombrero para mostrar lo que oculta. Acabará por convertirse en una famosa actriz.
  • Mary Macgregor, bulto silencioso e inútil sobre el que todo el mundo podía descargar su mal humor.


La señorita Brodie no es como el resto de los profesores. Es peculiar. Conserva aún la capacidad de aprender y el anhelo de transmitir el proceso mismo del aprendizaje. Así su admiración por las tropas de Mussolini, lo es en la medida en que este es considerado como un profesor de gimnasia, no como un dictador. No es el aspecto público de las cosas, sino el proceso de selección de los individuos, lo que la señorita Brodie trata de poner de manifiesto. El grupo de los elegidos no es la finalidad, sino el medio para bucear en la diferenciación individual. Sandy es la elegida. Sandy tiene impulsos propios, aquellos que le mueven a contravenir las reglas del grupo, pero el miedo y la admiración hacia la señorita Brodie son más fuertes. No es casualidad que Sandy esté leyendo la novela Secuestrado de Stevenson y que su interlocutor sea Alan Breck, el amigo del protagonista, un proscrito y desertor. Sandy ahondará en la tiranía del líder y sacará sus propias conclusiones.

Las vacaciones de verano de 1931 marcan el primer aniversario de la plenitud de la señorita Brodie. Aquel año las niñas del grupo tienen entre once y doce años y lo sexual será el centro de su curiosidad. Eso lo sabe la señorita Brodie y comienza su primera clase resumiendo sus vacaciones: Italia y Londres, Giovanni Cimabue y Boticelli, el Papa y Mussolini, un vestido negro largo y otro de seda estampado y… la señorita Mackay, la directora. De pronto la señorita Brodie vestida con un traje marrón e imitando el saludo de los gladiadores sobre la arena del coliseo, descubre que alguien ha abierto la ventana, que la ha abierto demasiado, eso quiere decir que está abierta más de veinte centímetros, lo cual es una vulgaridad, y como tal algo imperdonable. Fin de la clase.

Hay desde luego escenas magníficamente hilvanadas, como aquella en la que la narradora pasa de la contemplación de los cisnes en los que se inspiraba la Pavlova al lecho de muerte de la señorita Brodie donde lamenta la decisión de Sandy de profesar y se pegunta si acaso ella había sido quien le había traicionado. El canto del cisne. O cuando las niñas deducen que la señorita Brodie está tratando de contar su nueva historia de amor a través de la antigua, momento en el que queda al descubierto el componente de ficción sobre el que la vida elabora su propia riqueza. La metáfora de las niñas escondiendo la carta redactada en el interior de un cueva, posee evidente rasgos de la infancia que concluye con un acto de confesión y de abandono, el olvido que exige la vida que continúa. Pero enseguida estamos ya en secundaria, donde las profesoras no parecen prestan atención a la personalidad de nadie y se centran exclusivamente en su especialidad.


Teddy Lloyd, el pintor, el profesor de dibujo, el frustrado amor de la señorita Brodie, luego amante de Sandy…, pone en el rostro de cada una de las niñas aquella parte que su peculiar naturaleza ha absorbido de la propia señorita Brodie. Y si es en Rose donde con mayor evidencia queda reflejada la imagen de la señorita Brodie, la explicación no ha de buscarse sino en la propia individualidad de los protagonistas: Rose es un buen modelo para el talento de Lloyd. Y nadie puede poner en duda que aquello que se expresa en los cuadros de Teddy Lloyd es algo compartido, la obra conjunta de una plenitud, la de la señorita Brodie y de una habilidad, la de Teddy Lloyd.

La novela posee innegables virtudes. Las anticipaciones temporales que revelan con mucho oportunismo el destino que les espera a las muchachas, lo que contribuye eficazmente a redondear el personaje. El punto de vista que adopta el narrador para contarnos la historia, a saber el de una de las adolescentes, Sandy, es sin lugar a dudas el más apropiado, pues, en definitiva, estamos ante una novela de iniciación en su más estricto sentido de aprendizaje de los personajes, en las que la evolución de estos lo es todo. Pero es, tal vez, ese tono en el que la ironía recubre el fruto del ideal, donde radica la originalidad y destreza de la escritora. Naturalmente que me estoy refiriendo a la plenitud de la señorita Brodie. Esta se entrega en alma, pero también en cuerpo, a la tarea de convertir a su grupo de alumnas en la crème de la créme y para ello no duda en buscar modelos a seguir, viaja, experimenta y prepara caminos y encuentros. Su espíritu es ingenuo y al mismo tiempo hipócrita, pero también tiene dentro de sí la semilla de la libertad y esa es precisamente su grandeza. La traición de Sandy resulta desde este punto de vista perfectamente comprensible, es la acción de la araña que tras la fecundación se come a quien la hizo posible. Pero la semilla ya estaba en su interior y, ciertamente dio un fruto que a primera vista puede parecer extraño: convertirse en monja, que, al fin y al cabo, no es sino otra forma de profesar la plenitud.

jueves, 22 de marzo de 2012

Desde el jardín. Jerzy Kosinski.

Jerzy Kosinski es un escritor polaco, nacido en Lozd en 1933 aunque toda su carrera la desarrolló en Estados Unidos, cuya nacionalidad obtuvo en los años sesenta. Alcanzó la fama con su obra El pájaro pintado, que se inserta dentro de la literatura del Holocausto. Su trayectoria no estuvo exenta de polémica, se le acusó de falsificador y de haber plagiado sus obras, de utilizar “esclavos” para escribir, de excesos en su vida pública y privada, de haber tenido éxito en definitiva. Falleció en 1991.

¿Qué hace Chance en el jardín? Es domingo y arrastra la manguera de uno a otro sendero. El jardín es grande y Chance no es un jardinero cualquiera. No riega las plantas, sino a las plantas, que es muy distinto. Pero también lo es el propio Chance: nunca ha abandonado la casa y su jardín. Sin embargo, ello no quiere decir que Chance no tenga más mundo que la casa y el jardín, tiene además la televisión, la cual representa un espacio y un tiempo peculiar, pues basta dar vueltas al dial para que el propio Chance se modifique. Y es que Chance no sabe leer ni escribir y la televisión es una especie de ventana al mundo. Chance es un hombre con ciertas limitaciones.

El Anciano, aquel que delimitó el territorio de Chance entre el jardín y su habitación, ha muerto. Una firma de abogados convoca a Chance a la biblioteca de la casa. Él no figura en la lista de empleados del Anciano. Entonces si no es el jardinero ¿quién es? Nadie. No puede dar fe documental de su existencia. Para Chance no hay más realidad que su jardín y la televisión. La muerte del Anciano supone su desalojo.

Chance abandona la casa. Hay que recordar que nunca ha salido del jardín, que la única experiencia de lo que sucede ahí fuera es la que ha obtenido viendo la televisión. ¿Puede un hombre sobrevivir con esa sabiduría? No hace más que pisar la calle y Chance se convierte en protagonista de un telefilm: es atropellado por un coche en cuyo interior viaja una hermosa joven, esposa de un viejo magnate, que lo recogerá para conducirlo a su mansión. Y para ser aceptado por esta pareja tan televisiva, Chance no necesita más que tirar de su experiencia de televidente. 

El presidente de los Estados Unidos visita la mansión de Rand. Rand es el viejo magnate y está gravemente enfermo. Chance asiste a la entrevista privada entre Rand y el presidente. Chance se ve sorprendido por una interpelación del señor presidente, reacciona con un consejo de jardinero. El señor presidente lo interpretará tan atinado, que expresará en la subsiguiente rueda de prensa su intercambio de pareceres con Chance, bajo la nueva identidad de Chauncey Gardiner. Y así saltará a los medios de comunicación. Y entre los cuales se encuentra…, ¡naturalmente!, la televisión. Chance en la televisión sustituyendo al vicepresidente. El primer pensamiento de Chance es si el cambio que su aparición en la televisión va a suponer para su persona, será permanente o transitorio. Permanente, Chance, permanente, está uno tentado de decirle al oído. Pero para entonces descubrimos que hay dos Chance: uno que sale en la tele y otro que mira la tele. La mente de Chance no descansa y su clarividencia frente a las cámaras es toda una lección magistral. Aunque se siente agotado y ajeno a la situación, o precisamente por eso, Chance interpreta la insensibilidad de las lentes de las cámaras con pleno acierto: no son más que proyecciones de imágenes, ni la realidad ni el pensamiento puede ser televisado. Chance está lleno de habilidades y espera hasta que el presentador del programa habla de algo que le resulta familiar: de nuevo el símil del jardín y las estaciones. Éxito de Chance. Tras su regreso a la mansión de Rand, EE, la mujer de este, le confiesa que está enamorada de él. Chance se ha convertido en un torbellino. Hace dos días que salió por primera vez al mundo, puede decirse que es un recién nacido, y ya tiene al mundo en sus manos.

Jueves.  Recepción en Naciones Unidas acompañando a EE y la bola de nieve continúa rodando pendiente abajo: Chance conoce el ruso, lo habla y lo lee. Pasa por un hombre muy astuto, que habla poco y se comporta como alguien que carece de debilidades. Todos se apresuran a investigar quién es realmente Chance. El presidente, el embajador soviético, la propia EE. Y las opiniones van llenando la cáscara vacía del traje prestado que lleva Chance: un hombre guapo, apuesto, elegante, que sabe defender su soledad, que representa los intereses de una nueva clase económica… A estas alturas ya de nada sirve la confesión hecha a un editor de que no escribe y tampoco lee. Y hasta su desgana sexual es interpretada como una nueva forma de liberación.

El reencuentro con su hábitat natural, el jardín, pone fin a la novela con la misma naturalidad con la que se inició. Tiene uno la impresión de que cuanto ha sido relatado no es más que un paréntesis en la vida de Chance. Sale del anonimato y retorna a él, se perderá en el jardín, en un jardín cualquiera, donde nunca nadie lo buscará.

El relato está construido entre los dos extremos de la vida de Chance. El reducido mundo de Chance es como el de un caracol: su casa y su jardín. ¿Y quién conoce a un caracol? Nadie. Chance simplemente no existe para los demás, ni siquiera para el Anciano a cuya instancia Chance es recluido en el reducido espacio en el que habita. Chance nunca ha traspasado los muros del jardín, no conoce el mundo exterior más que a través de la televisión, no sabe leer ni escribir y su capacidad de respuesta está limitada a las cosas que conoce: lo que ha visto por la televisión y el ritmo de vida del jardín. Con tan pobres armas, Chance sale al mundo exterior y logra conquistarlo como si fuera un cohete lanzado al espacio. Ese triunfo supone una áspera crítica a una sociedad banal en la que la apariencia, y Chance tiene una buena fachada, lo es todo. Nada hay en la novela que sugiera introspección ni más juicio de valor que aquel que pueda ser emitido por la incandescencia de un programa televisivo. El texto de Kosinski ofrece una extraña visión vertical de la realidad en la que la huella digital humana se parece mucho a la mancha que el caracol deja en la seca corteza de un árbol muerto.

jueves, 15 de marzo de 2012

Rayuela. La lectura/y 3


 
83.- Un intento de definir qué parte del alma se pone en el acto de defecar. De Horacio, suponemos.

142.- El club trata de averiguar dónde residía el poder de la Maga. Da la impresión de que efectivamente ha desaparecido después de la muerte de Rocamadour.

34.- En 31 ya salió a relucir la novela de Galdós que la Maga tenía en la mesa de luz. Se trata de “Lo prohibido”, cuyo inicio es reproducido en las líneas impares de esta casilla 34. En las pares, asistimos a los pensamientos de Horacio, la confesión de su verdadero amor hacia la Maga cuya simplicidad e ignorancia –y lecturas-, chocan con la visión intelectualizada de la realidad que tiene Horacio. La técnica empleada por Cortázar pretende poner de manifiesto la realización simultánea de dos acciones: los pensamientos de Horacio mientras lee la novela de Galdós que ha sacado del cajón de la Maga. Esta ha leído antes de la novela de Galdós y ha tenido unos pensamientos muy acordes con lo que Galdós expresa en su novela; ahora Horacio lee la misma novela y sus pensamientos danzan en una interminable figura sin sentido.

87- Jazz: Duke Ellington y Cottie Williams.

105.-  Morelliana de inusual claridad.

96.- El club entra en el apartamento de Morelli con la llave que este le había entregado a Horacio en el hospital.

94.- Morelliana: química y escritura.

91.- El club en la cocina del escritor, a punto de alzar la tapa de los guisos.

82.- Morelliana: el swing del escritor. Magnífico.

99.- Los miembros del club con el pedantismo por las nubes. Resulta consolador que ya en los años cincuenta se tuviera conciencia del vértigo tecnológico.  Por lo demás lo único aprovechable es la frase de Étienne: “Al final, como siempre, un acto de fe. Sigue siendo la mejor definición del hombre. Ahora, volviendo al asunto del huevo frito…” Genial.

35.- Babs insulta a Horacio, le llama inquisidor, le reprocha su comportamiento con la Maga que se ha marchado a cuidar a Pola, enferma. Algo tiene que ver el huevo frito que despide olor a tumba y la media botella de coñac que se ha tomado Babs. Horacio anuncia el abandono del club.

121.- Poema en inglés de un tal Ferlinghetti (parece de origen italiano). No veo el sentido.

36.- Horacio lame sus heridas bajo un puente, junto a cuatro clochardes. Hay un giro magnífico en el punto de vista del narrador, pues de pronto Horacio pasa a ser el nuevo clocharde. Pero Cortázar no se detiene ahí, satisfecho de su técnica, sino que entremezcla el punto de vista de la clocharde, la compañera de Celestín, con la visión que Horacio y la Maga tenían antes cuando iban juntos al puente y se quedaban mirando a los clochardes. Horacio en el fondo de un furgón policial.

37.- Aparecen Traveler y Talita. Se mueren de ansias por viajar. Se conocieron comprando unos supositorios para la bronquitis, ella es farmacéutica, él trabaja en un circo, tiene un gato calculista.

98.- Horacio, parece Horacio en un momento de su vida incierto y en un lugar más incierto aún. El principio de incertidumbre de Heisenberg…

38 y 39 .- Horacio vuelve “violentamente” a la Argentina. Traveler patea al gato calculista cuando se entera. Chinchulines y vino en el reencuentro de los dos amigos en Buenos Aires. Horacio no quiere contar nada.

86.- Wong abandona Francia, no vale la pena seguir molestándose en “champollionizar las rosetas del viejo”. El neologismo champollionizar es inmediatamente aclarado por la referencia a las rosetas, es entonces cuando te das cuenta de que el verbo hace referencia a Jean-François Champollion, el egiptólogo francés que dio con la clave para descifrar los jeroglíficos interpretando la piedra Roseta. Las citas son del libro El retorno de los brujos de Pauwels y Bergier: esoterismo, parapsicología…

78.- Horacio interpreta su vida de vuelta. Una novia antigua que lo esperó como un hodioso hodiseo (sic), Gekrepten, y un corretaje de cortes de gabardina que vende disfrazada de marinero.

40.- Traveler quiere saber de “aquello” refiriéndose a Francia, pero Horacio no quiere hablar. “Ningún interés” le dice para hacerlo rabiar.

59.- Cita de pescadores, peces muertos y la obligación de aquellos con estos, hecha por Lévi-Strauss.

41.- Horacio endereza clavos sobre una baldosa. Lo que acontece a continuación no tiene desperdicio, es algo así como una obra del más puro esperpento valleinclanesco. Horacio quiere yerba para cebar el mate y se la pide a Traveler que vive enfrente. En lugar de ir a buscarla, ambos deciden que resulta preferible construir una especie de pasarela con dos tablones que parten desde sus respectivas ventanas para salvar la calle que las separa. Talila en el centro que une las dos tablas y a punto de estrellarse contra el suelo, acepta la oferta de Horacio de ¡jugar a las preguntas balanza! Y después Talila se pondrá un sombrero y acabará por lanzar la yerba con clavos que había pedido Horario a su amigo Traveler, y que era lo que justificaba todo este montaje teatrero. Claro que al fin y al cabo, trabajan en el circo como dicen los chicos del barrio que contemplan la escena desde la calle.

148.- Aulio Gelio, el gramático latino del siglo II, explica el origen de la palabra persooona.

42.- Horacio, al fin, comienza a trabajar en el circo. Toda va realmente muy bien.

75.- Una buena muestra del histrionismo bucal de Horacio.

43.- Talita le pide a Horacio que se marche, que deje a Traveler vivir sin su presencia. Pero eso no es posible, Horacio no tiene otro asidero en el mundo que ellos dos: Talita y Traveler. Esos dos nuevos compañeros de juego, del juego de las casillas astrales o celestiales, ese juego que se juzga a través del agujero donde termina la lona de la carpa circense.

125.- Horacio emperrado, acaba por echarse un galgo a sí mismo.

44.- Traveler duerme poco. Por el día, silba tangos y ceba mate o lee. El director del circo está en tratos para comprar un loquero o cambiarlo por el circo. Talita despluma un pato cada quince días, Traveler le corta la cabeza, al pato. Las doce de algún día. Talita, una pelota de tenis. Horacio tirándole un lance a Talita. Y Traveler gritándole al cielo estrellado que cabe en una panera: “¡Qué no! ¡Qué es otra cosa! ¡Malditamente otra cosa, carajo!”.

102.- Dos citas: Musil y Hofmannthal. La voz silenciosa (horaciana) y la noción definida (traveleriana).

45.- Horacio y Traveler viven pendientes el uno del otro, incluso hay párrafos en los que se aprecia cierta confusión de voces, una sola voz. Sin embargo, y ahí está el bicho que los habita a los dos, casi no se hablan. Se parecen tanto como si fueran uno mismo.

80.- El pobre loco, el soñador de Horacio.

46.- El tango Cotorrita de la suerte. Seis barajas de una tacada en el juego de la escoba. Conversan Horacio y Traveler. Se reprochan, se espían. El tangacho Malevaje de Juan de Dios Filiberto.

47.- La voz de Talita. Asombroso lo que consigue Cortázar en cuatro hojas. No es lo que cuenta, ni siquiera cómo lo cuenta, es el tono, el timbre, ese gusto que te deja en la boca.

110.- Cita de Anaïs Nin. Un sueño fractal.

48.- Sorprendente pirueta temporal: Horacio a bordo del barco que lo devuelve a Buenos Aires, ve el fantasma de la Maga atravesando la cubierta. Más allá de lo que cuenta, es la voz inconfundible de Horacio, perfecta, como esculpida en dura piedra mingorriana, la que paulatinamente acaba por llenarlo todo, el antes y el después.

111.- Narración de la vida de Ivonne Guitry. No he sido capaz de saber con certeza si se trata de alguien que tuvo una existencia cierta al lado de Carlos Gardel, o si por el contrario no es más que una simple historia en la que se inspiró el tango Madame Ivonne.

49.- El circo se vende o, mejor, se permuta por clínica mental.

116.- Cita de Molcolm Lowry.

50.- Para formalizar el traspaso de la loquería, es preciso que los enfermos presten su consentimiento. Traveler-Talita-Horacio, el trimegisto.

119.- Una cotorrita australiana dentro de un jaula londinense de 8 pulgadas.

51.- Los residentes del sanatorio firman el traspaso.

69.- Obituario del coronel Adolfo Abila Sanhes publicado en Renovigo (Periódiko Revolucionario Bilingüe), publicación mexicana en lengua ispamerikana de la Editorial Lumen.

52.- Los enfermos mejor, gracias. El internista juega al póquer con Horacio y Traveler. La Cuca, la mujer del dire, mete las narices en todos los asuntos. Y de lo otro, ¿qué iba Horacio a poder contar?

89.- Un par de cartas del licenciado Juan Cuevas, que no sabemos quién es. Anticlericalismo y la chingada madre.

53.- En la morgue de la clínica de Ferraguto.

66.- La impotencia de Morelli: un muro construido con una sola frase.

149.- Poema de Octavio Paz. El extraño eco de los pasos propios.

54.- Horacio contesta la carta de Gekrepten, su pareja sentimental. Contempla desde su venta la rayuela en la que el 8 despliega una habilidad sin igual. Aunque Talita lo intenta con un pobre resultado, es suficiente para provocar la confusión en el espíritu de Horacio que cree ver de nuevo a la Maga, como en el barco. Horacio da el relevo a Traveler en la guardia de las once y media de la noche. Talita le lleva limonada a media noche y Horacio le cuenta su visión y el miedo en el pasillo de un momento antes. Aparece don López, uno de los internos, acariciando una paloma que siempre lleva consigo. Trae presagios de degüello general, de un revólver que parece una paloma. Talita y Oliveira descienden en el montacargas hasta el sótano, donde está la morgue, siguiendo los pasos del sujeto de la paloma. Hay una ola de calor y allí se esta fresco. La besa. Allí entre las heladeras de conservar cadáveres, como si fuera una Eurídice en el Hades. Pero nada es lo que parece, ni siquiera “estar de gris y ser de rosa”, porque todo se reduce a cambiar de casilla, igual que el revólver disfrazado de paloma. El tejo, que es lo que cuenta, es empujado por la pierna doblada hasta alcanzar la playa desierta que indica el final del juego.

129.- Traveler insomne, después de alguna tentativa de pesadillas, descubre que Talita no está, pródiga sonámbula de romanticismo, y decide leer la obra de Ceferino Piriz “La Luz de la Paz en el Mundo”. Una especie de utopía de una ingenuidad atolondrada, que sin embargo divierte a Traveler entre copas de caña (bebida alcohólica obtenida a partir de la melaza de caña de azúcar)

139.- Apunte de Cortázar sobre el Concierto de Cámara para violín, piano y trece instrumentos de viento de Alban Berg. Es una obra marcada por raudas transiciones entre lo tonal y lo atonal, es muy probable que fuera esa fuerte contraposición lo que llamara la atención de Cortázar.

133.- Ceferino se pone fino y comienza a enumerar las cuarenta y cinco corporaciones que debían componer un país ejemplar. Deslumbrado por la ruptura que propone Ceferino en el ángulo de visión, Traveler anuncia la hermosura de un mundo donde existan detectives andantes, de petición y de acotación. Lástima que no prosiga con al menos una corporación de escuderos. Le toca el turno a las casas: casa de colecciones, casas de labor; más tarde colores en especies genéricas de blancos, colorados, amarillos, pampas, pardos, negros…;  y culmina entre castillo de encasillamientos, distribuyendo ejércitos y artillerías entre los militares en función de su signo zodiacal. Una verdadera apoteosis de cortarazarismo.

140.- Fórmulas y formas lingüísticas del extrañamiento

138.- Los tíos de Horacio y la madre de la Maga. Es difícil saber a qué viene esto.

127.- La Cuca en la farmacia, Ceferino Piriz y Morelli, Remorino y Roberto Arlt.

55.- Trascripción parcial del 133.

56.- Oliveira construyendo una rayuela en su cancha con palanganas llenas de agua y piolines, al tiempo que juega en la de afuera lanzando puchos por la ventana. La interior se construye como artilugio defensivo contra la irrupción de Traveler en la pieza. Palanganas acuosas, piolines de picaporte, rulemanes entre líneas… En la segundo, la exterior, los puchos saltan e iluminan las casillas de transformación, esas en las que Tatita fue la Maga. “No hay nada más sensato que una ventana abierta”, dirá Horacio ante la insistencia de Talita de que cierre la ventana. Claro, es evidente que la ventana es el túnel, el conducto que conecta las dos rayuelas, la interior en la que juega Traveler-Horario-Ceferino-Morelli y la externa, que es de Talita-la-Maga-Pola.  Arriba, en el tercer piso, el 43 enciende y apaga la luz; abajo, en el segundo, Horacio está sentado en la ventana y más abajo, en la calle, la gente se apelotona y Talita empuja el tejo hacia el cielo.

135.- Tortas fritas con mate. Gekrepten y Oliveira.

63.- Talita le pone comprensas de agua fría a Oliveira.

88.- Traveler y Oliveira hablan de las corporaciones de Ceferino Piriz. Le inyectan agua destilada o morfina, no queda claro.

72.- Un matecito y un sueño, ambos cosas necesita Olivera después de trabajar y volver a casa.

77.- Ferraguro despide a Oliveira.

131.- Ovejero, el médico, le toma el pulso a Oliveira, asiente. Antes Horacio y Traveler toman en serio la posibilidad de incorporarse a la corporación nacional de los monjes de la oración del santiguamiento, de la que hablaba Ceferino.

58.- Casi todos (Gekrepten, Ovejero, Talita, Traveler, Ferraguto, la Cuca, el del dieciocho…), uno detrás de otro. En el cerebro de Oliveira debió sonar como un tutti.