jueves, 31 de enero de 2013

Si esto es un hombre. Primo Levi.

“Quien ha realizado la experiencia del poder, de la capacidad irrestricta de humillar a otro ser humano..., automáticamente pierde el poder sobre sus propias sensaciones. La tiranía es una costumbre, tiene su propia vida orgánica y se convierte finalmente en enfermedad. La costumbre puede destruir y embrutecer al mejor hombre, reduciéndolo al nivel de una bestia..., el retorno a la dignidad humana, al arrepentimiento... llega a ser casi imposible.”
La casa de los muertos. Dostoievski.


Primo Levi, un joven e ingenuo judío italiano, es capturado por la milicia fascista el 13 de diciembre de 1943. Piensa que alegar su condición de judío le salvara de la tortura y la muerte que va aparejada a su militancia comunista. En enero de 1944 es enviado al campo de Fossoli, cerca de Módena. Llega la orden de deportación. Él sabe, todos saben, rezan y lloran. Lamentan el dolor antiguo del pueblo judío. Y se pregunta ¿cuál es el sentimiento que corresponde a golpes propinados sin cólera? Vagones de mercancías atestados de hombres, de mujeres, de niños. Sed y frío y puñadas a ciegas. Austria, Checoslovaquia, Polonia. Un tren con destino a Auschwitz, un lugar que entonces carecía de significado. El andén de Asuchwitz hormigueante de sombras, y enseguida las mujeres, los niños, los viejos desaparecen en la oscuridad. De esa misma oscuridad que traga y vomita, surge el futuro vestido de balandrán.
En la puerta del campo: “Arbeit Mach Frei” y en la sala vacía donde esperan, un grifo que gotea agua envenenada. Los desnudan para que obedezcan, los rapan para que sepan que todos tienen ahora la misma cara de idiota. Si los nazis se han tomado la molestia de aplicar el protocolo de la “indiferenciación”, es porque los van a utilizar como mano de obra. Así es, están en Buna-Monowitz, un subcampo de Auschwitz. Se trata de un campo de trabajo, distinto del campo de exterminio que es el de Birkenau. Trabajarán en una fábrica de goma. La transformación, ya no son los mismos que llegaron, termina con los zapatos de madera, los andrajos y los azulados números tatuados bajo la piel. El mar del Lager se los ha tragado. Levi lleva el número 174.517.


La maraña de las reglas, problemas, prohibiciones y tabúes del Lager exige un cerebro despierto y una concentración absoluta. Lo esencial se aprende pronto, pero aquello de lo que depende la supervivencia es más complejo. Saber, por ejemplo, que la muerte comienza por los zapatos y que la chaqueta cuyos cinco botones has de saber coser con alambre, es el petate en el que reposar la cabeza durante la noche. El desgaste es agudo y rápido, si dejas de ver alguien conocido durante tres o cuatro días, te cuesta trabajo reconocerlo.
El “sagrado pedacito gris” de pan, la única moneda del Lager, lo reparten a primera hora de la mañana. Basta una semana para que el campo te convierta en un animal y la rebeldía, único depósito de la dignidad, acaba refugiándose en las abluciones matutinas con agua sucia, sin jabón y con el atillo de la chaqueta entre las piernas. Los universos inferiores son complejos, quizás más que los superiores. El orden moral del campo impone que “los privilegiados opriman a los no privilegiados”. No hay otra forma de mantenerse en el escalón superior, que descargando el peso en el escalón inferior.


Levi tiene una fea herida en un pie y acude al Ka-be, abreviatura de Krankenbau, enfermería. Nuevas reglas: a la Ka-Be se ha entrar descalzo y descubierto. Levi, el judío cojo italiano, se convierte primero en Arztvormelder (algo así como “mañana no vas a trabajar y te pasas a ver al médico por si eso que tienes en el pie es importante”), es destinado después al Block-23 donde esta el hospital y termina por recibir el vaticinio de un enfermero polaco: “Jude kapput…, Krematorium”. Sorprendentemente cuando ya nada importa, Levi descubre que en el Ka-Be ¡se vive bien! Por el interior del Schonungsblock, “el pabellón de reposo” del campo donde está Levi, los pasos del oficial de la SS resuenan como si se tratara de una caja vacía. El nazi traza una cruz sobre los números del registro anotados en una libreta. Es la selección. Al día siguiente del Ka-Be salen dos grupos, pero sólo uno de ellos lleva recados para los vivos. La herida ha cicatrizado y después de veinte días en el Ka-Be, Levi tiene que abandonarlo. El reingreso en el campo es volver a empezar: nuevos (por distintos) zapatos, prendas, compañeros de Block y de trabajo. Los mecanismos de adaptación del ser humano se ven obligados a rendir al máximo. Pero Levi tiene suerte y es destinado al Block 45 que es el de su amigo Alberto, un “hombre fuerte y apacible contra quien se rompen las armas de la noche”. Cuando Levi toca esa zona irrecuperable, muerta y al mismo tiempo hiperestésica, de su retorno, no al campo sino del campo a su casa, a su hogar, provoca en el lector la misma contradictoria reacción que él padece: el placer y el dolor de volver a casa. Es un sueño. Pero es que hasta el sueño parece haber sido hecho en este lugar para devorar: “Se despierta uno a cada instante, helado de terror, con todos los miembros sobresaltados, bajo la impresión de una orden gritada por una voz llena de cólera, en una lengua que no se entiende”.

La meta de Levi, de todos los Levi del campo, no es otra que la llegada de la primavera, y por eso todas las mañanas se espera y comenta la salida del sol: hoy un poco antes, un poco más caliente que ayer. Tres litros de sopa después, la infelicidad toma la forma de los hombres libres. El homo economicus está también presente en medio de la barbarie, el precio de un litro de potaje, de la Mahorca, de los nabos, sufre las fluctuaciones de la regla clásica oferta/demanda que, en ocasiones, se extiende fuera del Lager. Se trafica con todo, con las ropas viejas, con los zapatos de los muertos, con las cucharas…

Los hundidos y los salvados, las dos únicas categorías reales del Lager. A ambos dedicará Levi el último texto de la trilogía. Para sobrevivir era necesario renunciar al mundo moral. Elías es un producto del campo, un sobreviviente porque es “físicamente indestructible” y un demente en el interior. En libertad, Elías acabaría en la cárcel o en un manicomio, pero aquí, en el Lager, es un triunfador. En el lado opuesto está Henri que utiliza su extraordinaria inteligencia para desarrollar un completo programa de supervivencia: organización y compasión. El retrato que Levi traza de Henri que se mueve entre la fascinación de la cobra y la repugnancia del gusano, tenía nombre y apellidos. Se trataba de Paul Steinberg. Cuenta Antonio Muñoz Molina que cuando Steinberg se enteró allá por los años noventa de su aparición en el libro de Levi, el sentimiento de culpa le llevó a redactar, Crónicas del mundo oscuro, como una especie de alegato de defensa ante un juez, Levi, que ya había fallecido.  


En agosto de 1944, cinco meses después del ingreso en el Lager, comienzan los bombardeos aliados en la alta Silesia. La Buna es uno de los objetivos, al fin y al cabo es una fábrica de goma sintética aunque aún no haya llegado a producir nada. Levi ya sabe lo que es un invierno en la Buna, “trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela”. Pero ahora sobran dos mil que se han acumulado durante la primavera y el verano en tiendas de campaña. Hay rumores que insisten en una selección. Todos hablan de ello, pero no hay ni resignación ni desesperación. “La lucha contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento”. A pesar de todo la angustia de saber si hay esperanza, les lleva a mostrarse desnudos los unos a los otros para conocer su apariencia y mentirse. “Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.” Levi da los dos o tres pasos que le separan de la salida donde está el suboficial de la SS que hace la selección y al pasar junto a él le entrega su ficha. El SS ha pasado la ficha a la derecha. Es entonces, después de terminada la selección, cuando resulta absolutamente imperioso saber cuál es el lado malo: el derecho o el izquierdo. Para saber el “lado infausto” ya no hay lugar a la compasión ni los escrúpulos, y todos se agolpan en torno a los más viejos, los más desnutridos, para conocer a qué lado han ido sus fichas. La pregunta es: “¿Quién ha hecho realmente la selección?”


Noviembre de 1944. Llueve. Levi trabaja con las piernas clavadas en el fango. Afortunadamente no hay viento. Su compañero, un húngaro que aún no ha aprendido que el Lager hay que economizarlo todo “el aliento, los movimientos…, el pensamiento”, trabaja con demasiado ímpetu. Después la lluvia se convierte en la nieve del invierno. Las posibilidades de Levi de superar un nuevo invierno son pocas. De los noventa y siete italianos que llegaron no quedan más que veintiuno. Es entonces cuando nace el Kommando 98, el Kommando Químico y Levi es seleccionado y tiene derecho a una camisa y unos calzoncillos nuevos. Justo a tiempo, porque además se dice que los rusos están a ochenta kilómetros. Se los oye acercarse en el temblor de la tierra bajo los pies. Levi trabaja a cubierto y caliento en el laboratorio.

Enero de 1945. Los rusos se acercan. Levi con escarlatina entra en el Ka-Be. El campo fue evacuado el 18 de enero de 1945. Partieron más de veinte mil, la mayoría moriría en las llamadas “marchas de la muerte”, Levi gracias a la escarlatina se quedó esperando a los rusos.

18 de enero. La Buna es bombardeada. Decenas de enfermos de un barracón alcanzado aporrean las puertas del Ka-Be. Imposible dejarlos entrar. Las bombas han roto los cristales y el frío es intenso. Levi no tiene fuerzas más para hablar con un par de franceses que tiene a su lado. Los pocos alemanes que quedaban han desaparecido.

19 de enero. Dos sacos de patatas y una estufa es el resultado de la expedición de Levi y los dos franceses fuera del Ka-Be. “El Lager, apenas muerto, ya estaba descompuesto. Ni agua, ni electricidad: las ventanas y las puertas desbaratas eran batidas por el viento, chirriaban las chapas desajustadas de los tejados y las cenizas del incendio volaban alto y lejos. A la obra de las bombas se juntaba la obra de los hombres: andrajosos, deshechos, esqueléticos, los enfermos en condiciones de moverse se arrastraban por todas partes como una invasión de gusanos, sobre la tierra endurecida por el hielo.”

20 de enero. Nueva expedición por las ruinas del Lager: unos nabos helados arrancados con un pico de un enorme montón, un bidón de agua y una batería de camión. Se oye continuamente y se ve a lo lejos a la Wehrmacht retirarse. Dos judíos se pelean a cámara lenta en la cocina por un puñado de patatas podridas.

21 de enero.- Potaje y un poco de orden.

22 de enero.- Incursión en el campo de los SS. La abnegación de Charles.

23 de enero.- Patatas y difteria.

24 de enero.- Cadáveres. Los “ricos” del barracón 14. Cadáveres. Una industria de velas. Cadáveres.

25 de enero.- La agonía de Sómogyi.

26 de enero.- Zarabanda.

27 de enero.- ¡Los rusos!


En el Lager nunca es mañana por la mañana.



miércoles, 23 de enero de 2013

Epístolas morales a Lucilio (4). Séneca.



Vigésima segunda.-
Persiste Séneca en la necesidad de abandonar los cargos públicos. Solo quien conoce los detalles de las circunstancias concretas puede actuar, esto es, aprovechar la ocasión para liberarse, “antes de que una fuerza mayor  intervenga y le quite la libertad de retirarse.”

Vigésima tercera.-
Tal vez sea la máxima de Epicuro la que comprima con mayor acierto la filosofía de Séneca. Dice aquél: “Es penoso comenzar siempre a vivir”. Explica éste: “Y no puede estar preparado para la muerte quien apenas si comienza a vivir. Hemos de obrar de manera que hayamos vivido bastante…” Tres son los fundamentos de la sabiduría: el gozo que ha de ponerse en las cosas serias, en aquellas que hacen al alma jubilosa y esperanzada, elevándola por encima de todo, incluso, de la misma muerte. La buena conciencia, fruto de la honestidad en las decisiones, de la rectitud en las acciones, del menosprecio al azar y de la serenidad en el discurrir de la vida que recorre un camino único. Y la última, por ser el poso de todo, es la reflexión que pone orden en el interior de uno mismo y en las cosas. Por eso no es extraño que vivan mal “quienes comienzan siempre a vivir.” La epístola es de tal profundidad que obliga a hacer una lectura pausadísima.

Vigésima cuarta.-
Lucilio se muestra preocupado por el resultado de un proceso. Séneca le aconseja que no anticipe la desgracia, que cuando esta llega, o no es tan grave o no es duradera. No faltan ejemplos que seguir: Rutilio Rufo, Cecilio Metelo, Mucio y, por supuesto, Catón de Útica. “¿Qué, pues?, ¿te enteraste ahora por vez primera que se cierne sobre ti la amenaza de la muerte, del destierro, del dolor? Has nacido para estos trances.” Compendio del sentir estoico. El consejo de Séneca es empujar el alma, sacarla del interior donde se halla refugiada y exponerla no a la preocupación sino al verdugo mismo. “Me haré pobre: estaré entre la mayoría. Iré al destierro: pensaré haber nacido en el lugar al que se me envíe. Seré encadenado: ¿y qué?, ¿acaso estoy ahora libre? La naturaleza me sujetó a esta carga pesada que es mi cuerpo. Moriré: es decir, abandonaré el riesgo de la enfermedad, el riesgo de la prisión, el riesgo de la muerte.” La prosa de Séneca nos lleva al entusiasmo de estar tocando una verdad que ha permanecido oculta hasta ese mismo momento. Y ahí nos deja. Nos preguntamos si Lucilio llegaría a tomar posesión plena de ella, si aún permanecerá flotando a nuestro alrededor, si estamos más cerca o más lejos. Pero sigamos escuchando a Séneca: “Todo el tiempo que ha transcurrido hasta ayer, se nos fue; este mismo día, en que vivimos, lo repartimos con la muerte.” Vulnerant omnes, ultima necat.
Encuentro en esta carta más poesía que en la mayoría de las obras de los poetas del veintisiete.

Vigésima quinta.-
Reflexiona Séneca sobre la máxima epicúrea que aconseja: “Retírate en ti mismo en el preciso momento en que te veas forzado a estar entre la multitud.” Este retirarse en el interior de uno mismo exige haber alcanzado un cierto grado de sabiduría, haberse transformado “en un hombre tal que en tu propia presencia ya no te atrevas a obrar el mal”. En otro caso serás como el vulgo que prefiere “estar con cualquiera antes que consigo” y no conoce otro retiro que el “retiro entre la multitud”.

Vigésima sexta.-
Aunque Séneca ha rebasado la vejez al contar con una edad tan avanzada, para la época, como sesenta y tres años, “no siente mi alma el rigor de los años”, antes al contrario es ahora cuando el alma se siente más vigorosa y “salta de gozo y me plantea la discusión sobre la vejez”. Si en tan larga vida ha visto extinguirse tanto, ¿de qué ha de quejarse?, si acaso, esa postrera disposición “a comportarme como si no quisiera todo aquello que me complace no poder realizar.” La vejez, que torna suave el camino por el que la vida desciende hacia la muerte, busca el testamento vital de la “calidad de tus obras”. No olvida Séneca “dotar a esta carta de las provisiones para el viaje”, esto es de la máxima de Epicuro, que introduce con estas hermosas palabras: “Aguarda un instante, y el pago te lo haré con dinero de nuestra escuela [la estoica]; entre tanto el préstamo me lo proporcionará Epicuro.” Y la promesa es cumplida inmediatamente. Epicuro dice: “Medita sobre la muerte”, el pensamiento de Séneca profundiza: “Es una gran cosa aprender a morir”.  Quedan dos párrafos para concluir la carta. Nadie debería morir sin haberlos leído antes.

Vigésima séptima.-
Séneca reconoce exponer remedios desde la misma enfermería. Nada que no proceda del alma y en ella se genere, “proporciona el gozo perenne, seguro”. Esa es una “tarea que no admite sustituto… [ni] colaboración”. Séneca cuenta la historia del liberto Calvisio Sabino para ejemplificar que “la sabiduría ni se presta, ni se compra, y pienso que si estuviera en venta no tendría comprador; por el contrario, la insensatez se compra diariamente.” Empeñado el tal Calvisio en aparecer como sabio y consciente de su mala memoria para citar con orden a “troyanos y aqueos”, decidió comprar esclavos e instruirlos para que cada uno de ellos conociera de memoria ya la obra de Homero, ya la de Hesíodo, Alceo o Píndaro. El cándido Calvisio no atinaba a acabar las frases que sus esclavos le apuntaban durante sus pláticas con los invitados y recibió las puyas de su bufón, Satelio Cuadrato, quien le aconsejó “se hiciera con gramáticos para recoger frases”, aquellas que Calvisio dejaba caer de sus labios desmemoriados.

Vigésima octava.-
“Alguna vez procúrate un disgusto”, con esta enigmática frase concluye la carta. Si la leemos al revés, es decir, del final al principio, podemos sacar alguna conclusión. En el último párrafo Séneca se refiere a aquellos que procuran su curación convirtiendo sus defectos en virtudes, lo que no es sino una negativa a investigarse por dentro, a ponerse a prueba. Esta autojustificación presupone la ausencia de “conciencia de la culpa”, como indica Epicuro y convierte al hombre que así obra, en esclavo no sólo de los vicios propios sino también de los ajenos. Si hastiado de estos últimos decides abandonar el foro y emprender viaje para hallar tranquilidad, esta no aparecerá hasta que seas capaz de procurarte el disgusto de enfrentarte contigo mismo. “A nada útil conduce ese ajetreo… Huyes contigo mismo”.   

miércoles, 16 de enero de 2013

Nunca me abandones. Kazuo Ishiguro.



Hailsham. Tommy, Ruth y Kathy H.

Hailsham era un lugar hermoso: “el pequeño sendero que rodeaba la casa principal, los campos en las mañanas de niebla”. Recordar Hailsham. Los pabellones con las ventanas anormalmente altas, desde donde contemplar con esa indiferencia remota de la adolescencia, el último berrinche de uno de los nuestros, Tommy excluido del equipo de football. Kathy interviene tan subjetivamente en la rabieta de Tommy que el lector asiente cuando este cierra por fin la boca. Ese fue el primer encuentro de Kathy consigo misma, con su núcleo interno de cuidadora.


Unos meses después de la primera donación de Ruth, esta y Kathy recordarán las jirafas de Jackie y los poemas de Christy en los primeros años de secundaria en Hailsham. Y a Tommy que comenzaba “a no poner deliberadamente nada de su parte”, con esos dibujos nada creativos y tan infantiles. Tommy no se mostraba creativo y en Hailsham eso era un problema. Las donaciones misteriosas y sus ignotas consecuencias, la Galería donde se depositan las mejores obras creativas que realizaban los alumnos de Hailsham y la frecuencia con la que Madame giraba sus visitas al establecimiento “educativo” y su turbación ante la presencia de los hailshamianos, siguen vivas en el interior de Kathy. Como lo están los Intercambios, los Saldos o los acerados discursos de la señorita Emily, la jefa de los custodios.


Ruth primero inventó toda una cuadra de caballos, luego formó la “guardia secreta” de la señorita Geraldine, la mejor custodia de Hailsham, sobre la que pesaba una conjura para su secuestro. Una tarde de lluvia bajo el alero de uno de los edificios de Hailsham, Ruth revelará a Kathy el enigmático origen de un estupendo plumier. El tipo de cosas que pasan en un lugar como Hailsham.

A estas alturas de la narración ya sabemos algunas cosas que convierten a Hailsham en un lugar especial. Los niños que allí se encuentran son distintos, han sido engendrados, no sabemos de qué forma, para ser destinados a la donación de órganos y convenientemente esterilizados. De alguna forma y ese es un acierto de Ishiguro, donación y sexualidad están íntimamente unidos y, hasta cierto punto, compensados. La señorita Lucy se ve obligada a servir de punto de inflexión. A partir de aquello que se les explica desde muy pequeños a los residentes, sin que nunca llegue a explicárselo del todo, sus palabras ligeramente más claras trazan un intervalo desde lo embarazoso a lo sombrío. Y Kathy buscará un “encuadre” donde no aparezca nadie, un espacio de soledad que le permita huir de la realidad, sin llegar a perderla de vista.



Las Cottages, una granja donde los veteranos se comportar como personajes de series televisivas, es el destino de Kathy, Ruth y Tommy tras salir de Hailsham. Es allí donde la narradora se decide a desvelar lo que se venía sospechando, que los hailshamianos son seres humanos clónicos. Aparece entonces la inquietud de tropezarse con los “posibles”, el “original” clonado. Encontrarlo servía para tener “un barrunto de tu futuro… creíamos que si veías a la persona de la que tú [eres] una copia, alcanzarías cierto conocimiento de quién [eres] en lo hondo de tu ser”. Pero no todos opinaban igual, pues había algunos que pensaban que “nuestros modelos [son] algo irrelevante, una necesidad técnica para traernos al mundo, y nada más”. Podía admitirse tal forma de contemplar las cosas, pero la perspectiva de las donaciones parecía cambiarlo todo. Chrissie y Rodney, dos de los veteranos de las Cottages, consuelan su ansiedad con la posibilidad de que su amor les redima, durante tres años, de continuar con su preparación para las donaciones. Al parecer eso es posible para los alumnos de Hailsham, solo que ellos, Chrissie y Rodney no son hailshamianos. No todos los clones son iguales. Lo son, sin embargo, en el sentido de que se trata de meras copias de los modelos humanos, los cuales no son elegidos –contrariamente a lo que pudiera pensarse-, entre aquellos humanos especialmente valiosos, sino que se “nos modela a partir de gentuza. Drogadictos, prostitutas, borrachos, vagabundos.” Ishiguro sabe sacar partido a la confusión de estos seres humanos copiados de otros. 


¡El rincón perdido de Inglaterra!, Norfolk, allí es donde van a parar todos los objetos perdidos en Gran Bretaña. Un lugar lleno de sitios con ropa vieja, libros, discos, anuarios y tarjetas postales. Y el hallazgo no se consuma sobre lo perdido sino en las distintas formas que posee el tiempo para revelarse: nostalgia, recuerdos, pasado, ese es el orden. Pero un clon es un clon, o al menos eso debe pensar Ishiguro, y siempre buscará a quién echarle la culpa de ser como es: el clonado parece ser el mejor candidato.

 Kathy, cuidadora de donantes, lleva una vida solitaria. Le gusta ensimismarse en sus pensamientos a los que se ha acostumbrado durante los largos once años que se ocupado de los donantes. Cuatro años antes, supo que Hailsham cerraba y se sintió un poco huérfana. Tal vez por ello buscó a Ruth que se reponía en Dover de una donación sin éxito y a Tommy que lo hacía en Kingsfield. Primero fue la cuidadora de Ruth y luego de Tommy. La especial relación que siempre mantuvo con este se consolida después de la desaparición de Ruth. Es entonces cuando el rumor tantas veces escuchado de que las parejas verdaderamente enamoradas pueden obtener un aplazamiento en su destino de donantes, les lleva a Tommy y a Kathy hasta el domicilio de la señorita Emily. Esta desmiente el rumor, pero entonces Kathy lanza la gran pregunta: ¿A qué viene tanto trabajo y estudio en Hailsham si al final nosotros, los clones, no tenemos más destino que donar y morir? La respuesta puede que esté en la misma Kathy. Quizá Hailsham fue construida como fábrica de recuerdos.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Epístolas morales a Lucilio (3). Séneca.



Decimoquinta.-
La filosofía es saludable para el alma, por eso Séneca inicia su carta que esta afirmación: “Si cultivas la filosofía me alegro”. Lo que equivale a decir que me alegro que goces de buena salud.

Decimosexta.-
Aunque basta iniciarse en la sabiduría para que la vida se haga soportable, es precisa la constancia en el estudio, pues sólo así el alma adquiere rectitud. Qué sino la filosofía, puede “modelar el espíritu, ordenar la vida, regir la acciones, mostrar lo que se debe hacer y lo que se debe omitir.” Y la presencia de los hados, el azar o Dios, no altera la importancia de la filosofía, que “ella nos exhortará a que obedezcamos de buen grado a Dios y con entereza a la fortuna; ella te enseñará a secundar a Dios, a soportar el azar.” Séneca advierte a Lucilio de la conveniencia de vivir conforme a la naturaleza y alejarse de la vanidad, “y cuando quieras saber si lo que pides responde a un deseo natural o a una ciega codicia, examina si puede detenerse en algún punto: si habiendo avanzado un gran trecho, siempre le queda otro más largo, ten por seguro que tal deseo no es natural.”

Decimoséptima.-
La pobreza es necesaria si “quieres consagrarte a tu alma”. Y también la pobreza puede practicarse a través de la frugalidad. “En consecuencia no hay que amontonar […] se puede llegar a la filosofía aun sin viático.” Tan penosa es la riqueza como la pobreza cuando el vicio “no está en las cosas, sino en la propia alma.”

Decimoctava.-
Las Saturnales de diciembre: nos cambiamos de vestido abandonando la toga por razones de placer y de fiesta. Mas también en tales momentos es necesario ofrecer “señal de mayor fortaleza: mantenerse seco y sobrio, cuando el pueblo está ebrio y vomitando.” Pero sin incurrir en la destemplanza de singularizarse y huir del contacto con todos. “Realizar las mismas cosas, pero no del mismo modo.”
Anima Séneca a Lucilio “a tener trato con la pobreza” que es “anticiparse a los dardos de la fortuna”, para ello conviene elegir unos días en los que mantenerse con lo indispensable, siendo a este respecto Epicuro el ejemplo a seguir, el cual se gloriaba de mantenerse con menos de un as (moneda antigua de muy escaso valor en la época de Séneca), al día. La carta termina, como todas, con un consejo: apartémonos de la ira que nos lleva a la locura.

Decimonona.-
“Hemos vivido en mar agitado; muramos en el puerto.” El retiro a la vida privada se hace imprescindible si no quieres envejecer en medio de la agitación y el aturdimiento. Ciertamente Lucilio, de origen humilde, había logrado ascender hasta desempeñar procuradurías y otros importantes cargos. Séneca le aconseja que prepare su retiro.

Vigésima.-
El retiro que Séneca aconseja a Lucilio en la carta anterior, ha de ir acompañado de un estudio de la filosofía para que aquel apartarse de la agitación de los cargos, tenga sentido. La carta es una de las más bellas joyas de la orfebrería senequista. Si “la firmeza del alma” corre paralela “a la disminución de los deseos”, aquella se enseñorea de las palabras que los hechos refrendan. Ajustar la vida al pensamiento, esa es la “ruta” misma, sin que importe la longitud de los pasos. La inconstancia hace a los hombres débiles porque “no saben lo que quieren, sino en el preciso momento en que lo quieren […] Nuestra opinión cambia diariamente y se muda en la contraria, y la mayor parte de los hombres pasa la vida en este juego.” Sólo perseverando en la “obra comenzada” alcanzará el hombre la cumbre, “o aquella altura que sólo tú sabes que no es todavía la cumbre.”  Inmediatamente Séneca muestra el camino: la pobreza no sobrevenida sino buscada. Sobre “un jergón y [en] harapos” el hombre se convierte en testigo y maestro de la verdad. Hay que “despertar del sueño nuestro alma” y mostrarle que “todo el que viene al mundo recibe la orden de contentarse con leche y pañales”. La carta aboca a una profunda reflexión. Así, en el penúltimo párrafo, Séneca incide en la preparación necesaria para llegar a la buscada situación de pobreza, empresa que si bien es materialmente sencilla, encierra una profunda transformación del espíritu.

Vigésima primera.-
A Lucilio le retiene “lo grandes que son las cosas que has de abandonar […] el brillo de esta vida a la cual debes renunciar”, para alcanzar la seguridad de la vida retirada y de la sabiduría. Séneca es tan consciente de la importancia que posee su propia figura y de la universalidad de su filosofía, que le ofrece a Lucilio la inmortalidad de su nombre por ser el destinatario de esta correspondencia. Tal como Séneca lo aventuró, ocurrió; que Lucilio no sería más que un intrascendental funcionario romano, de no ser por Séneca. A continuación el estoico habla de Epicuro y su clasificación de los deseos, a saber, los necesarios, los naturales y los que solo sirven para aumentar el placer, los superfluos podíamos llamarlos.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Un mundo feliz. Aldous Huxley.






Trescientos fecundadores obrando en silencio a la vista de un grupo de rubios e imberbes estudiantes recién ingresados en el Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres. La temperatura de los gametos en función de la sangre, espermatozoides en libertad, óvulos fertilizados y el método Bokanovsky, capaz de multiplicar por noventa y seis al embrión inicial. Atrás quedan los viejos tiempos en los que de vez en cuando “un óvulo se escindía… accidentalmente”. Ahora un solo óvulo Bokanovsky daba lugar a 96 gemelos. Sin embargo, los límites de la ciencia impedían bokanovskificar el mundo. La marca record del centro de Londres es dieciséis mil doce mellizos divididos en ciento ochenta y nuevo grupos, procedentes de un mismo ovario. Todo transcurre con milimétrica precisión: la velocidad con la que avanza el tren en el que viajan los quince estantes de frascos, cada uno de los cuales habrá de ver la luz en la Sala de Decantación doscientos setenta y siete días después; la molesta tendencia del embrión a la anemia que requiere dosis masivas de… Pero no, no se trata simplemente de clonar seres humanos, de copiar genes, sino de intervenir condicionando para alcanzar aquello que se necesita: un Épsilon no necesita ser inteligente y para lograr que no lo sea, basta con restringir su consumo de oxígeno en el período de incubación. 


Los Delta, una casta del grupo Bokanovsky, viste de color caqui y son educados en el más estricto reflejo condicionado de Pávlov: flores y descargas eléctricas, libros y fuertes ruidos. “Lo que el hombre ha unido, la naturaleza no puede separarlo”. Los Delta son una casta baja y no se puede correr el riesgo de que pierdan el tiempo con flores y libros. La distancia, abismal, existente entre los Alfas y los Epsilones, se moldea sin tocar los genes. No hay ingeniería genética, pero la palabra “hogar”, remoto hábitat de los humanos vivíparos, causa palidez y mareos.




Henry Foster es un joven rubio y coloradote; Lenina Crowne es una chica neumática. Ambos pasean a bordo de un helicóptero y tienen siempre a mano un centímetro cúbico de soma que cura diez sentimientos melancólicos. Bernard Marx es un Alfa con el aspecto de un Gamma lo que condiciona su trato en una sociedad jerarquizada en castas, donde los inferiores saben que están ante un superior por el aspecto muscular. Es ese el condimento esencial de su rebelión: la disfunción entre el cerebro y el cuerpo. Pero Bernard no está solo, hay alguien más, otro Alfa, Helmholtz Watson, que también tiene conciencia de su individualidad, del absurdo encerrado en el lema “todo el mundo pertenece a todo el mundo”. La búsqueda de la singularidad del yo interno que trata de realizar Bernard, escandaliza a Lenina. Y también al director de aquel, en cuyos labios descubrimos que los Alfas han sido condicionados para que tengan un comportamiento infantil, hay que mantener a raya a un cerebro cualificado.




Bernard y Lenina viajan a la reserva salvaje de Nuevo Méjico: el hombre en estado primitivo, antes del advenimiento del mundo feliz. Allí se produce un encuentro relativamente inesperado: Linda, una Beta que trabajaba en la sala de fecundación, hacía años que vivía con los salvajes, después de que durante una visita se perdiera y sufriera una accidente. Linda no podía regresar porque había tenido un hijo, algo que se consideraba absolutamente indigno en la sociedad de la que procedía. Y aquella en la que vivía, la sociedad de los salvajes, tampoco podía aceptar a su hijo, John, un albino nacido de la falta de precaución entre una Beta y un Alfa. Diferencia y soledad siempre van juntas. Pero, el caso tiene un evidente interés científico: Linda y John han de ser repatriados al mundo que pertenecen.




Nadie puede hacer nada por Linda, su rejuvenecimiento es imposible. Poco importante que el abuso en la dosis de soma le reduzca la vida a un par meses. Bernard, gracias a su ascendencia sobre el salvaje John, adquiere un importante protagonismo social que le colma de satisfacción, el satisfecho ego de la individualidad. Pero ese globo de vanidad en el que Bernard flota, se desinfla  poco a poco a medida que el salvaje, John, pierde la curiosidad por la nueva sociedad y se incrementa su amor por Lenina, un amor salvaje, naturalmente. Nada de eso es comprensible para Lenina que se limita a ofrecerse como un “trozo de carne”, que John rechaza con repugnancia.




Quizá sea el episodio de la muerte de Linda una de las páginas que mayor confusión provoquen en el lector. El dramatismo histriónico de John ante la pérdida de su madre se contrapone, acertadamente, con el descondicionamiento de los niños ante la muerte en la nueva sociedad. John en su desesperación decide convertirse en héroe y trata de liberar, de mostrar dónde está la auténtica libertad, a unos Deltas que hacen cola para conseguir su dosis de soma. Como no lo entienden, John la emprende a puñetazos y llega una policía que utiliza sprays de soma y pistolas de agua con anestésicos.   




“La gente es feliz… Está a gusto, a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas ni hijos ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma. [Y es que] la felicidad nunca tiene grandeza.”  Y también hay un remedio para aquellos ciudadanos que han logrado desarrollar un grado de individualismo incompatible con el mantenimiento de la comunidad, el destierro a una isla. Tiene mucho sentido poner en un mismo lugar a todos los garbanzos negros. En la nueva sociedad los valores propios de la verdad, la belleza o el conocimiento, han sido abandonados por otros que posee un mayor peso social: la comodidad y la felicidad. Veamos. Si al hombre medio le dan a elegir entre la verdad y la felicidad, hay una probabilidad muy próxima a la certeza de que fuera esta última la ganadora. ¿Y no identifica la mayoría de la gente la felicidad con la comodidad? Pero también hay hueco para quien invoca su derecho, naturalmente que individual, a la desgracia y el tormento. La muerte sigue siendo el más seguro de todos los refugios y el único camino hacia la soledad.   
  • Nada ha de ser demasiado intenso o prolongado.
  • Para el hombre antiguo, el vivíparo hogareño, la necesidad tenía una sola salida.
  • En el mundo de hoy, una palmadita en el trasero es una muestra del convencionalismo más estricto.  
  • La hostilidad que suscitan los defectos físicos.
  • Se recupera kilo y medio de fósforo por cadáver adulto. Es estupendo pensar que somos socialmente útiles aun después de muertos.
  • Niños limpios y hermosos, en el interior de un frasco.
  • Sin malos olores, sin suciedad, todo limpísimo, aséptico.
  • Y nadie se encontraba solo, porque todos vivían juntos, alegres y felices.
  • Tres gramos de soma y dieciocho horas fuera del mundo real.
  • Que la gente se sienta atraída por las cosas nuevas, no por las antiguas.
  • La gente ahora nunca está sola. La inducimos a odiar la soledad: disponemos sus vidas de modo que resulte imposible estar solos.
  • Un hombre civilizado no tiene ninguna necesidad de soportar nada que sea desagradable.
  • Una civilización no puede ser duradera sin contar con una importante cantidad de vicios agradables.
  • La nobleza y el heroísmo son síntomas de ineficacia política.
Es sorprendente que la novela después de más de ochenta años, no haya perdido actualidad. Si cabe la ha incrementado. El mecanismo igualitario de la esclavitud genética a cambio de una felicidad, bobalicona ciertamente, pero felicidad al fin y al cabo, fija un orden social absoluto. Uno se pregunta si no será uno de los males de la sociedad actual el desorden que en ella impera y si ese desorden no tendrá algo que ver con un individualismo que se ha convertido en un valor absoluto. Algo podemos aprender, todavía hoy, de esta gran alegoría que es Un mundo feliz.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El seudónimo de Antonio Salinero.




El fallo de un premio literario. El aire turbio de tan respirado. La plica con un apartado de correos. El escritor en busca y captura. No hay ninguna norma que obligue al autor a ser congruente con su obra. Es más, debe no serlo. El narrador nos alerta que el protagonista finge. Tres amigos en una noche de farra constituyen la sociedad, Linero S.L., cuyo objeto social es escribir novelas bajo seudónimo. El producto tiene aceptación y el tal Andrés Linero consigue enseguida caché literario. Tres socios, Javier Martín, Juan Galeras y Ramón Laxe, tres autores heridos por las letras. Individualidades, al fin y al cabo, que tirarán de la cuerda en direcciones opuestas. El autor cede la voz a cada uno de ellos. Javier, químico de laboratorio y dotado de un retorcido bigote, se muestra partidario de mantener la farsa. Juan, funcionario de ayuntamiento y en franca caída depresiva, se siente el verdadero creador literario. Ramón, el gallego que exhibe el alivio de no sentir como los otros -velada sospecha de homosexualidad-, cree que el éxito de Andrés Linero se debe a su talento para la creación de personajes verosímiles. Juan explora su declive físico y psíquico ante el espejo, se exalta ante la forma en que debe darse a conocer la autoría que se esconde tras el seudónimo y pisotea su autismo.




En esta calma chicha de personajes, de pronto un periódico anuncia que el autor Andrés Linero será entrevistado en televisión. Y así es. El personaje que sale en la pantalla es Andrés Linero, un borrachín de Granada que Juan conoció hace años y cuya identidad tomó prestada para bautizar al grupo de la péndola. El tal Andrés Linero toma el dinero del premio y vuela. Juan sale detrás.
Probablemente sea la voz de Clara uno de los mayores aciertos de la novela. La frescura que transmite se echaba de menos a estas alturas de la narración. Ciertamente, Clara es injusta con Javier, pero el autor logra transmitir la sensación de que en todo caso se lo merece, por gilipollas. Sin embargo, la entrada de Beatriz en la novela resulta anodina. En realidad el autor no aprovecha ninguno de los dos personajes. Tal vez el punto de vista de Clara hubiera sido muy interesante.
Juan acaba por encontrar al viejo y borracho Linero. Este se burla y hace una proposición indecente para un escritor: trabajar de negro. Juan le golpea. Linero cae. La sangre forma charco. Juan acaba de matar a la gallina de los huevos de oro. O tal vez no.
Hay, no sé explicar por qué, un inicio cervantino. Le sigue un interesante enredo metaliterario: la elección de la voz que ha de servirnos de guía. Gana la novela en ritmo, pero pierde su sentido. La voz de Juan no poliniza y todo acaba con un farragosísimo dictamen forense.