La historiadora Carmen Iglesias,
actual cronista oficial de la villa de Madrid, nos introduce en la exposición
que conmemoraba el cuarto centenario de la publicación de la primera parte de
El Quijote. Por supuesto que corrían tiempos mejores y el impresionante
catálogo de la exposición celebrada entre el 11 de octubre de 2005 y el 8 de
enero de 2006 bajo el lema El mundo que
vivió Cervantes, confirma la necesidad de vivir anclados al pasado, vale
tanto del remoto y como del reciente, pues evocación ambos son.
Para Carlos Fuentes la tradición cervantina
del Quijote bebe en las fuentes erasmistas de la verdad plural. Hay en su
artículo un cierto lamento porque la tradición mágica del Quijote desembocara,
a causa de la Revolución Francesa, en los personajes burgueses de la Comedia
Humana y en el crimen de Raskolnikov. Todo parece más difícil después de la
invención cervantina.

Jean Canavaggio, el otro gran
cervantista de nuestra época que hace sombra a Francisco Rico, traza una
semblanza de Cervantes realmente exquisita. El debut de la mano de su maestro,
el humanista Juan de López de Hoyos allá por el año de la muerte de Isabel de
Valois, la tercera esposa de Felipe II. El precipitado viaje a Italia donde
sirve al joven cardenal Acquaviva y su inmediato paso a la carrera de armas
donde se distingue por su valor pues nada menos que tres arcabuzazos recibe en
la batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Esquivias, después del largo
cautiverio, es su lugar de residencia tras casarse con Catalina de Salazar. En 1585
publica la primera –y única-, parte de La Galatea. Comisiones en Sevilla y
Granada consecuencia del “busque por acá en que se le haga merced” que el
relator del Consejo de Indias anotó en la petición de Miguel de Cervantes para
pasar al Nuevo Mundo, y que le conducirán en dos ocasiones a las cárceles de
Castro del Río y de Sevilla, parece que en esta última es donde se gesta el
Quijote. En 1600 Cervantes abandona Sevilla, reina ya Felipe III. A punto
estuvo el nombramiento del conde de Lemos, protector de Miguel de Cervantes, en
1610 como virrey de Nápoles, de suponer un cambio de rumbo para el complutense.
Al final de su vida Cervantes ingresa en la Orden Tercera de San Francisco y con
el sayal de los franciscanos es enterrado. Su testamento se perdió, también sus
restos, queda la obra del ingenio.
El académico e historiador
Gonzalo Anes Álvarez nos habla de caballeros, hidalgos y pecheros. Resalta la
crítica contenida en
Noticia general para
la estimación de las artes, publicada en 1600 por Gaspar Gutiérrez de los
Ríos, dirigida a la ociosidad de hidalgos y caballeros, pues tal era “el
menosprecio del trabajo y descomedimiento de la ociosidad que, a algunos
hombres de bajos principios, les parecía que para ganar nobleza e hidalguía sus
hijos”, lo mejor es que estos permanecieran ociosos. Si Gaspar Gutiérrez
exponía con largueza sus pensamientos, cabe suponer con bastante certeza que la
noticia se daba más para el pueblo llano que para nobles e hidalgos, los cuales
mostraban ya una actitud al inicio del XVII muy favorable a los negocios
fabriles y mercantiles, lo que pone de manifiesto que don Quijote añadía al
anacronismo de hidalguías ociosas, el de caballerías andantes. Con expresividad
Cervantes por boca de Sancho expone: “El vulgo tiene a vuestra merced por
grandísimo loco… Los hidalgos dicen que, no conteniéndose vuestra merced en los
límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con
cuatro cepas y dos yugadas de tierra, y con un trapo atrás y otro adelante”.
El catedrático y lamentablemente
desaparecido Ignacio González Tascón, nos introduce en las artes liberales y
las mecánicas, ingenios y máquinas. Vemos al mismo rey Felipe II sufragando de
su peculio privado la creación de la Academia Real Matemática de Madrid, a San
Juan de Ávila (1499-1596) obteniendo privilegio real para explotar sus cuatro
ingenios de sacar aguas, a Mateo Alemán –estricto contemporáneo de Cervantes-,
convertido en juez visitador de las minas de mercurio de Almacén hacia 1593.
Asegura Tascón que cuando Alemán llegó a San Juan de Ulúa en México, el 9 de
agosto de 1608, llevaba consigo uno de los primeros ejemplares del Quijote que desembarco
en el Nuevo Mundo. Negará don Quijote conocer batanes y hasta refugiarse de la
lluvia en ellos, solo por tratarse de artes mecánicas, muy ajenas a las propias
de un caballero. Sí conoce estas artes Sancho, hasta el punto de comparar la
rueda de la fortuna a la de los molinos, la más rápida, como nos advierte
Tascón, de todas las máquinas de la época. El magnífico relato que hace nuestro
autor del enfrentamiento entre navegantes y molineros incluye la navegabilidad
del Tajo en tiempos de Felipe II y, como no, la aventura del barco encantado.
Atalayas en el Mediterráneo que servían a fines distintos de las existentes en
el Cantábrico; las primeras para avisar de la presencia de corsarios, las
segundas de ballenas de donde sacar el saín.
Quijotistas y cervantistas, la
criatura y el autor. Algo que no interesa a los historiadores que prefieren
mover la novela cervantina entre el Renacimiento y el Barroco, anudarla a la
mudanza de la corte, forjarla sobre el yunque de la decadencia y la corrupción
del valido de Felipe III, el duque de Lerma. Es la visión de Ricardo García
Cárcel, el último Premio Nacional de Historia de España.
¿Quién mejor para hablar de
caminos y viajes que un geógrafo? El profesor Ortega Cantero no puede tener
mejor inicio: cita a Rafael Altamira, a Juan Facundo Riaño y su mujer Emilia
Gayangos. Famosos estos dos últimos, del primero no parece necesario dar
referencial alguna, por su pasión por los libros de viajes. Complicado era
viajar por España en los tiempos de Cervantes; los caminos eran rudos,
“trazados con las huellas de sus pies [del hombre] y con los cascos de las
caballerías”, tal y como afirmaba Fermín Caballero el insigne geógrafo del
siglo XIX y la ausencia de puentes obligaba a vadear los ríos; las posadas, muy
espaciadas, mal servidas y caras, no ofrecían más que cama y pienso para las
cabalgaduras, de forma que el viajero se veía obligado a proporcionarse su
propia comida para ser cocinada por la ventera. Estas eran las condiciones que
tuvo que afrontar Cervantes antes de sacar por los caminos a don Quijote y
Sancho.
El jurista Feliciano Barrios
Pintado nos lleva de la mano por la Casa del Rey (Felipe II), nos presenta a
los dos sumilleres, el de boca y el de casa, nos hace la advertencia de que la
llamada Cámara son las estancia privadas del monarca y quien allí manda es otro
sumiller, el de corps. Si el Rey sale de palacio, todo depende del caballerizo
mayor que ha de velar por la correcta formación de la comitiva. A la cabeza de
la Real Capilla estaba el capellán mayor que
de iure correspondía al arzobispo de Santiago de Compostela. La
estructura gubernativa es la propia de un régimen polisinodial, esto es, a
través de consejos y juntas tanto de carácter temático como territorial.
Naturalmente que todo el aparato burocrático quedaba en manos de una curia
conciliar dirigida por el secretario, casi siempre de origen vizcaíno, razón
por la cual Barrios trae a colación la tal condición del secretario de Sancho
durante su mandato en la isla Barataria. Fueron tanto los que zumbaban
alrededor de la Corte que un auto del 6 de enero de 1588 de la Real Cámara de
Castilla indicaba a los postulantes a cargos que procedieran a abandonar la
corte, pues en otro caso no serían atendidas sus propuestas y se podía llegar a
desterrarlos. Barrios indica que no debió de ser muy observada porque en 1610
Felipe III transforma en Real Cédula el auto intimidatorio.

Un experto en economía y sociedad
en los siglos XVI y XVII, el palentino Marcos Martín, nos introduce en el
florecimiento urbano que vivió España y fundamentalmente Castilla en la época
de Cervantes. Sin embargo, antes incluso de la aparición de la peste de
1596-1602, advierte Marcos Martín, que causó más de medio millón de muertos, y
del decreto de expulsión de los moriscos de 1609, ya había aparecido las
primeras señales de un cambio. Los vaivenes de los tiempos que acabaron por
sepultar el atisbo de un crecimiento económico basado en el mundo urbano, fueron
consecuencia, como muy acertadamente apunta Marcos Martín, en los excesos
exteriores de los Habsburgos españoles “cuya financiación se había hecho recaer
conscientemente, por la vía de la fiscalidad indirecta, sobre las actividades y
los consumidores urbanos”. En el año de publicación de la primera parte del
Quijote, ya se hace evidente el retroceso de la población urbana a favor de
rural.
El polifacético Martínez Shaw se
ocupa de las Indias. Dos veces, en 1582 y 1590, pidió Cervantes cargo público
que servir en el Nuevo Mundo, y ambas veces le fue negado. Y por afortunado
debe tenerse el rechazo de la solicitud cervantina, pues a buen seguro que de
haberse aceptado no tendríamos Quijote.
Otro auténtico experto, el
profesor Martínez Ruiz, llama la atención sobre el importante cambio que en la
milicia se está produciendo en la época de Cervantes, la importancia que cobran
las armas de fuego hacen que la caballería pesada pierda su primacía a favor de
la infantería. Las armaduras había quedado obsoletas y en el mejor de los casos
solo defendían el pecho y la cabeza, dejando libres brazos y piernas. El escudo
desapareció porque la pica, el arcabuz y el mosquete exigían libres ambas
manos.
Los hidalgos entraban en las
llamadas
guardas, esto es, la
caballería, ahora ligera, que procedía de los Reyes Católicos. Para ello debían
aportar todo el equipo completo, incluido el caballo. Eran las
guardas un ejército que se ocupaba,
fundamentalmente, de la seguridad interior del Estado.
Nadie mejor que Hugo O’Donell,
que se hizo famoso por el caso Odyssey por identificar las singulares piezas de
artillería de la fragata española, para hablar del mundo marítimo en Cervantes.
Significativo ha de ser que un soldado de mar como Cervantes eligiera como
héroe de su novela a un personaje tan terrestre como don Quijote que cuando
contempla por primera vez el mar no le suscita más comentario de una breve
comparación con las lagunas de Ruidera. Más aún si caemos en la cuenta de lo
irónico de la aventura del barco encantado, en la que Cervantes convierte a su
héroe en marinero de agua dulce y a Sancho, no lo olvidemos, en gobernador de
una ínsula fluvial. Da la impresión de que Cervantes le da la espalda al mar a
través de don Quijote.
Julio Albi de la Cuesta nos habla
del Cervantes que nos falta, el arcabucero. En la compañía de Diego de Urbina
del tercio de Moncada, con veintitrés años Cervantes tomó parte en la batalla
de Lepanto, corría el año de 1571, le esperan cuatro años más de servicio y
cinco de cautiverio. Hace bien Julio Albi en poner de manifiesto la extrema
tenacidad de un hombre que se ve obligado a sufrir tan duras pruebas. Los
tercios estaban constituidos por varias compañías, entre diez y quince, explica
Julio Albi, de unos doscientos hombres cada una, pero lo característico era que
en cada compañía estaban entremezclados los arcabuceros y los piqueros de forma
que cada una de ellas podía tanto abatir al enemigo a distancia, como luchar
cuerpo a cuerpo. El mosquete más pesado que el arcabuz permitía un mayor
alcance. Además los tercios tenían carácter permanente y no se disolvían
terminada la campaña, agrupando a sus integrantes en una camaradería que
reforzaba su cohesión. El valor que se confundía con el honor, lo era casi
todo, el valor los hombres hace decía Lope, razón por la cual eran precisamente
las primeras filas del escuadrón las más deseadas. Incluso se vestían para la
batalla con sus mejores galas para poder ser distinguidos y admirados. Las
cuantiosas y bien traídas citas de Julio Albi, muestran los aguerridos ejemplos
de batallas y “memorables ocasiones” que con seguridad hubiera querido librar
el héroe cervantino, el cual advierte que siendo “mayor el trabajo del soldado,
es mucho menor el precio”.
Repite Jean Canavaggio repasando
ahora el mundo de las letras. Indudable parece la importancia que tuvo para
Cervantes el paso por Italia: Petrarca, Ariosto, Boccaccio… Se citan, poco más
se puede hacer, la
Arcadia de
Sannazaro, la
Aminta de Torcuato Tasso,
la
Diana de Jorge de Montemayor, los
Diálogos de amor del mencionado en el
Quijote, León Hebreo, como referencia inmediata de la Galatea. Después la senda
es nueva: comedias que se dieron a la estampa en lugar de las tablas, novelas experimentales
que se adjetivan con el ejemplo, las dos partes de un gigante y un final, el de
Persiles, solo frente a su deseo.
El estupendo y prolífico Julio
Valdeón Baruque que nos dejó hace unos años, se ocupa del mundo caballeresco.
Nobleza, caballería e hidalguía, términos muy próximos y a la vez muy
distantes. Precisamente fue en el siglo XVI cuando se gesta la expresión
“grandes de España” que aludía a los más altos linajes de la nobleza. Eran los
Mendoza, los Álvarez de Toledo, los Guzmán, los Ponce de León y otros muchos.
Los dominios de estos linajes, advierte Valdeón, pasaban indivisos a los
descendientes para mantener el señorío, cuyo rasgo fundamental era el abolengo,
el recio origen, y la privanza, el desempeño de importantes cargos en la corte.
Los caballeros era una especie de media nobleza que vivían de las rentas y
solían ostentar el cargo de corregidor. Menciona Valdeón un manuscrito del
siglo XVII que atribuye la condición de caballero a quien tenga doscientos mil
maravedíes, porque “puede sustentar caballo y acudir con armas y salir a servir
al rey”. Se aprecia en esta categoría social una cierta capacidad de acometer
nuevos empeños. Así, aunque algunos caballeros no se dedicaban más que a la
holganza, otros emprendieron negocios mercantiles y los hubo que se dedicaron a
la labor intelectual, a este respecto Valdeón cita a Nicolás Antonio que gastó
su dinero en comprar buenos libros en la ciudad de Roma. Los hidalgos, pobres
la mayoría, quedaban definidos por su sentido del honor y por el refrán: “En la
mesa del hidalgo mucho mantel y pocos platos”.

El siempre interesante Fernando
Marías se ocupa de su especialidad, la imagen del Quijote. La primera imagen
que se estampó de don Quijote es la famosa de Andreas Bretscheneider en 1614
con ocasión de la fiesta de bautizo celebrada en octubre de 1613 en Dessau del
príncipe de Sajonia Johann Georg II von Sachsen. Se trata de una especie de
cabalgata en la que aparecen además de don Quijote, retratado como caballero de
la Triste Figura, Sancho, Dulcinera, Maritornes, el cura y el barbero, y abriendo
y cerrando el desfile un enano. Acierta Marías al considerar la ilustración que
figura en la edición de la segunda parte del Quijote vertida al francés en
París en 1618 y se debe a los dibujantes Jacques Du Cocu y Dennos Moreu, como
la primera específica al representar a don Quijote con la bacía de barbero en
la cabeza y destacar al fondo un molino de viento. Vendría a continuación las
cuatro estampas anónimas de la edición alemana de Frankfurt de 1648 y las
treinta y ocho de excelente calidad debidas a Jèrôme David como dibujante y a
Jacques Lagniet como grabador, publicadas en la edición francesa de 1650-1652.
Ambas se adelantan a la que es considerada como la primera edición ilustrada,
la de Jacob Savery que se publica en Dordrecht en 1657 y que se copiarán en las
siguientes como la de Juan Mommarte de 1662 o la de Orleáns de 1665. Ahí lo
dejamos, quien tenga interés no tiene más que consultar el impagable libro
publicado por Lucía Megías Leer el
Quijote en imágenes. Aunque de poco sirva ya a estas alturas, hace bien
Marías en insistir en la falsedad absoluta del famoso retrato de Cervantes
pintado por Jáuregui, que ni lo pintó don Juan ni pintó a don Miguel.
El conocidísimo historiador
hispano-francés Joseph Pérez concreta en el mundo de los marginados su
aportación. La España rica del siglo XVI comienza a dar señales de cambio hacia
1580, un poco antes Felipe II había cedido a las exigencias de los banqueros
genoveses y les había autorizado a exportar el metal precioso. Hasta entonces
los prestamistas no podían sacar sus beneficios de España y se veían obligados
a comprar productos españoles que luego exportaban. La situación del campo se
complica a finales del XVI y las ciudades se llenan de pobres, enfermos, ancianos,
necesitados en general, pero también de vagos y maleantes, es decir, de pobres
fingidos. El caldo de cultivo idóneo para el nacimiento de la picaresca.
Durante el final del siglo XVI y los principios del siglo XVII muchos vivían o
de las rentas o del fraude, circunstancia que como indica Pérez creó “una
desmoralización general”, pues eran pocos los que elegían “un trabajo manual
cuando el holgazán medraba y el trabajador no tenía ninguna recompensa”. Víctimas
también de la marginación social fueron los judíos conversos, los moriscos que
fueron expulsados por Felipe III a principios del siglo XVII y los gitanos. Hay
cierta incapacidad como advierte Pérez de asimilación en la sociedad española
de aquella época.
Ya a finales del siglo XVI el
número de pícaros, vagabundos y pobres que invadían las ciudades fue tema de
las Cortes castellanas. Y tal y como indicada el profesor Manuel Rivero
Rodríguez, la solución de la creación de casa de misericordia no tuvo ningún
resultado práctico. Las mancebías que eran prostíbulos legales, perdían terreno
frente a la prostitución callejera, lo que provocaba la pérdida de ingresos en
las arcas municipales, la proliferación de la sífilis y el incremento de los
niños expósitos. El hampa estaba organizada y la jurisdicción desordenada. Si
se prendía al maleante, quedaba por conocer quién lo juzgaría: la Hermandad, el
municipio, el Santo Oficio, la Casa de Contratación, el arzobispado… Había una
clara incapacidad para perseguir el delito y también para ejecutar lo
sentenciado, pues el perdón de la víctima o de la autoridad dejaba el castigo
en nada y carecer de dinero o padrinos era en muchos casos un destino.
Un auténtico experto en
farmacopea, el historiador Francisco Javier Puerto Sarmiento, se ocupa de la
enfermedad y la medicina. Sea el padecimiento de don Quijote una nueva variante
maníaco-depresiva, una locura imaginativa o un artificio literario erasmista,
acierta Puerto al concluir que la locura de don Quijote fue la deseada por don
Miguel, pues de haber contado la verdadera historia de un orate, pocas
aventuras hubiera corriendo el protagonista. La medicina era puro galenismo, la
sangría y la purga eran las terapias habituales. “Hacerse fuentes [por sangría]
–dice don Quijote-, debe de ser cosa importante para la salud”. Azogados y
perlerinos, la sífilis y la viruela, el secreto del bálsamo de Fierabrás y ¡no
digo más!

Uno de los mejores conocedores de
los archivos y fondos eclesiásticos, el profesor Maximiliano Barrio Gozalo, se
ocupa de la vida religiosa. El catolicismo nacido después del Concilio de
Trento y de la Reforma Protestante, pone el acento en la mediación como nota
fundamental “instaurada por Cristo entre Dios y la humanidad”. Resultará así
que el papel del sacerdocio se convierte en punta capital, al quedar obligado
el cura a instruir a los fieles en la doctrina cristiana a través de la
catequesis y del sermón dominical. Este último poseía un valor singular, pues
no hay que olvidar que la misa era uno de los pocos espectáculos públicos que
en la época podía presenciarse. Del padre Rebolledo, Francisco Pacheco decía
que “sin quedar los oyentes ofendidos quedaban enseñados”. El santo se
convierte en modelo a seguir y los libros hagiográficos proliferan siguiendo
los dictados del concilio que hacía hincapié en que las vidas de santos se
ajusten a la verdad. La crítica protestante llego hasta Roma y así alguna de
las tradiciones fueron primero suprimidas y luego reestablecidas, como es el
caso de la fiesta de la presentación de la Virgen en el templo o las propias de
los padres de la Virgen, san Joaquín y santa Ana. También las reliquias a las
que se atribuía poderes mágicos, cobraron una notoria importancia y el propio
rey Felipe II se convirtió en el mayor coleccionista de reliquias de su tiempo.
Enrique Villalba Pérez elige un
tema del que ya se había ocupado con anterioridad: las mujeres y el orden
social, más concretamente las mujeres en la vida y en el tiempo de Cervantes. Hubo
de convivir Cervantes con dos de sus hermanas, Andrea y Magdalena, que tuvieron
una vida “azarosa” en lo sentimental. Andrea mantuvo amores con un hombre de
cierta alcurnia, Nicolás de Ovando, con quien tuvo una hija natural en 1565,
llamada Constanza y posteriormente gozó de la protección de un buen número de
galanteadores. Magdalena por su parte tuvo relaciones con el escribano de la
reina Ana de Austria, Juan Pérez de Alcega el cual rompió su promesa de
matrimonio y firmó compromiso de pago en compensación de trescientos ducados.
También Constanza, la hija natural de Andrea, acudió al notario en, al menos,
dos ocasiones para formalizar compensaciones. De la hija natural de Cervantes y
Ana Franca, Isabel de Saavedra, sabemos con seguridad que tuvo como “protector”
a Juan de Urbina, secretario del duque de Saboya, con el que muy probablemente
tuvo una hija, Isabel Sanz del Águila y Cervantes, cuya muerte prematura dio
lugar a un enrevesado proceso. Todo, como se ve, muy lejano a la compostura
honesta de “hacer ventana”.
Puede sacarse del Quijote la
conclusión de que resulta mejor la lectura en público o en común que la
solitaria. La profesora Sanz Ayán nos habla de los juegos, la diversión, la
fiesta en la época de Cervantes. Además del gozo intelectual de la lectura,
debe mencionarse el baile, los juegos de pelota, incluidos los bolos, y los de
azar donde el naipe era el rey. Por cierto que Felipe III parece haber sido un
entusiasta jugador de naipes. También “la oca” causó furor en las cortes
europeas a finales del siglo XVI. Pero por encima de todos los entretenimientos
estaba el teatro. En Madrid había funciones diarias en los dos corrales, el de
la Cruz y el del Príncipe. Las fiestas más importantes eran las de carnaval y
la del Corpus Christi.
El catálogo es una maravilla,
buen papel, magníficas ilustraciones y como puede apreciarse, textos de notable
calidad. No sé que ganas quedarán de repetir el acontecimiento con los
cuatrocientos años de la muerte de Cervantes, allá para el 2016.