viernes, 20 de junio de 2014

Guerra y paz. Libro segundo.


Denísov acompaña a Nikolái en su regreso a Moscú donde los suyos lo reciben con inmensa alegría. De la derrota nadie quiere saber nada. Al general Bagration lo agasajan como héroe. A otros los ignoran, como al príncipe Bolkonski, que no figura entre los muertos ni con los heridos, ni siquiera con los prisioneros. Dólojov y el conde Bezújov se baten, pero lo sorprendente no son las razones, tan escondidas como evidentes, sino el resultado en el campo de duelo y después en el seno familiar. Con un poder para administrar la mitad de sus fincas, Pierre consuma la separación de hecho con su mujer, la bella Elena. Una de esas noches de marzo en las que el invierno parece retornar, Tolstói nos pone delante el nudo de la vida: el nacimiento, la muerte y la resurrección: Andréi resucita padre y viudo. Otro que vuelve es Dólojov que, tras recuperarse de la herida del duelo, comienza a frecuentar la casa de Rostov. El rechazo de Sonia hacia Dólojov precipita la venganza que el tiempo guarda en el corazón de los hombres y Nikolái pierde cuarenta y mes mil rublos a las cartas con Dólojov.


Pierre abandona a su mujer en Moscú y parte hacia San Petersburgo. En el camino conoce a un masón que lo introduce en la logia y poco después es portador de cartas para los masones de Kiev y Odessa. Napoleón había derrotado a lo largo de 1806 a los prusianos en las batallas de  Auerstädt y Jena y aproxima el teatro de sus operaciones reformadoras a la frontera rusa. En febrero de 1807 la batalla de Preussich-Eylau fue tomada por cada una de las partes como acción victoriosa. El príncipe Bolskonski está ajeno a todo, recluido tras su viudez en la comarca de Boguchárovo, mantiene una vida austera que la visita de Pierre turba no solo con su presencia, sino especialmente por las ideas de ejemplaridad que trae consigo. Aunque todos saben ya de la carga negativa de la experiencia, solo el joven Rostov acierta a vislumbrar que la ejemplaridad es mucho más fácil en el vida militar que en la civil.

En un hospital donde el tifus y la locura revientan las heridas de los soldados rusos, el conde Rostov encuentra a su amigo Denisov a quien no una bala francesa, sino un consejo de guerra han conducido hasta allí. Mientras tanto los dos emperadores negocian en medio del río Niemen, a solas, sobre una barcaza. Estamos en julio de 1807 y el zar reconoce a Bonaparte como su homólogo, ambos firman el tratado de paz de Tilsit.  


A mediados de mayo de 1809 el príncipe Andréi se entrevista con el conde Rostov para tratar temas relacionados con ciertas posesiones. Allí, en Otrádnoie, la alegría de Natasha llama la atención del adusto Andréi, hasta el punto que convencerse de la conveniencia de permitirse cierta participación en la vida. Y en agosto está ya en San Petersburgo para ser recibido por el conde Arakchéiev, el ministro de la Guerra de Alejandro. Muy pronto la fría recepción del ministro es compensada con el favor de Speranski, la mano derecha del zar y Andréi se convierte en codificador de leyes. Casi paralelamente el tedio ha sustituido al entusiasmo en francmasón pecho de Pierre, lo que es aprovechado por Elena, su mujer, para alcanzar una interesada reunificación. A Pierre todo le da igual, se abandona a los remordimientos y la autocompasión. Es en la nochevieja de 1809 en le réveillon de un alto dignatario palaciego de San Petersburgo, cuando Natasha asiste por primera vez a un gran baile. Tiene ya dieciséis años, la misma edad que su madre cuando se casó. Allí están el príncipe Andréi, el conde Bezújov, su mujer, la bella Elena, el embajador francés y el holandés y, naturalmente, también el mismísimo emperador. La dicha de una joven que baila durante toda la noche, no pasa desapercibida para el príncipe Andréi. Si cabe, la alegría de la condesa Rostov hace más evidente la esterilidad del trabajo que Andréi desarrolla para la patria traduciendo al ruso los códigos franceses que nunca podrán ser aplicados en el imperio. Los encuentros se suceden y el amor surge entre un hombre maduro, pero aún joven, y una jovencita, casi un niña: Andréi y Natasha. Otra jovencita de ojos negros y dulce corazón, pero más pobre que una rata, esto es, Sonia, manifiesta de forma abierta su abnegado amor hacia Nikolái. Pero los Rostov están atravesando una mala situación y tal vez un buen matrimonio podría poner remedio a una economía cuyo estatus social le exige disponer de quince cocheros y cien caballos. El pleito no vislumbra acuerdo posible. Solamente Natasha podía firmar un armisticio: que la condesa madre no ofendiera a Sonia y que Nikolái prometiera no hacer nada sin consultar a sus padres. La sutileza de esa hábil negociadora que deja vivas las cosas mientras los contendientes se toman un respiro.

No menos difícil es la situación de Pierre, quien convertido en un hombre rico, marido de una mujer infiel y gentilhombre de cámara retirado, continúa pensando que su destino le llevará algún día a hacer algo grande por la humanidad y, sin embargo, le resulta imposible salir de este personalísimo estado, mezcla de autocompasión y estupor, en el que la realidad del mundo humano lo ha sumergido.


Todos han vuelto a Moscú, también el príncipe Nikolái Adréievich Bolkonski y su hija María. La senilidad del príncipe ha centuplicado su egoísmo y la pobre María sufre el aislamiento y al mismo tiempo, sin que haya en esto contradicción alguna, añora su soledad. No solo había desechado cualquier, por vana, esperanza de matrimonio, sino también las que son más imprescindibles, las de la amistad. Lo peor de todo, lo que más le torturaba, era el haber reconocido en su interior la misma cólera que habitaba en su padre. ¡Qué esfuerzos se veía oblada a hacer cada vez que trataba de enseñar a su sobrino Nikolenka el abecedario francés! ¿Cuánto arriesga Andréi al casarse con Natasha en contra de la voluntad del príncipe Bolkonski? Mucho, sin duda. María lo sabe bien. Y sin quiera reprochárselo ha comenzado a odiar a la adorable Natasha. Una de las mansiones más de moda y agradable de aquel invierno de 1811 era la de la riquísima y soltera Julie Karáguina, cuya dote abarcaba extensas fincas en Penza y Nizhni-Nóvgorod que bien valían una declaración de amor como la que forzado por las circunstancias se ve obligado a formular el joven Borís Drubetskói, otrora galante merodeador de los encantos de Natasha.

S
í, también los Rostov llegan a Moscú con la idea de vender su casa y tratar de hacerse recibir por el autoritario príncipe Bolkonski. Deciden alojarse en casa de la madrina de Natasha, la viuda María Dimítrievna que vive en la calle Stáraia Koniúshennaia. La dama rusa visitaba las iglesias y las cárceles y no soportaba las debilidades ni las pasiones. Su intercesión se adivina como necesaria para que la visita de Natasha a la casa de su futuro suegro tenga un feliz resultado. Sin embargo, el encuentro no pudo ser más desdichado: el príncipe no solo se negó a recibirles, sino que acabó por hacerle a Natasha objeto de su menosprecio y, así, la antipatía cruzo sus armas con la envidia. Tal vez porque el destino está siempre al acecho de las desilusiones humanas, al día siguiente en la ópera, Natasha conoce al joven y atractivo Anatole Kuraguin, el hermano de Elena Bezújov. El endiablado poder de seducción de Anatole vació el alma de la pobre Natasha hasta el punto de planear juntos la huida para tomar un imposible matrimonio secreto. La frustración deja a Natasha al borde del suicidio y como si fuera un alacrán con la cola hacia arriba, un cometa atraviesa el cielo de Moscú anunciando tal vez no tanto la inminencia de una guerra, como el cambio ontológico de una realidad que parece obedecer a la voluntad del individuo llamado Bonaparte.

martes, 10 de junio de 2014

Una introducción a la Biblia. J.W. Rogerson.


Más que de la Biblia debemos hablar de las Biblias. La Biblia protestante, la católica, la ortodoxa o la judía, presentan diferencias no solo en relación al canon, es decir, los libros que las integran, sino también por el contenido mismo en que son vertidas a la pluralidad de idiomas que se manejan en todo el orbe terrestre. Naturalmente que las posturas dogmáticas de las distintas iglesias nos dejan también su impronta. La Biblia oficial de la Iglesia ortodoxa oriental es la septuaginta que se comenzó a traducir en el siglo III a. de C. Ni la Biblia hebrea o Tanaj ni la Biblia protestante contienen los llamados Deuterocanónicos, siete libros que forman parte del Antiguo Testamento para los cristianos. El simple hecho de abordar la lectura de este fundamental texto de la historia humana, nos obliga a tomar postura. Las primeras Biblias cristianas completas se corresponden con los códices unciales (es decir, texto manuscrito en letras mayúsculas) Sinaítico y Alejandrino de los siglos IV y V d. de C.

La tradición asigna a Moisés como el autor del Pentateuco, a Josué como autor del libro que lleva su nombre, a Samuel como el autor de Jueces y Rut, a David como autor de muchos de los salmos, a Salomón como el autor de la mayor parte del libro de los Proverbios, así como Eclesiástico y del Cantar de los Cantares y a los profetas como autores de los libros que llevan sus nombres. En la actualidad la mayoría de los expertos están de acuerdo en que la redacción de la Biblia se debe a sucesivas formas de adición y ampliación realizadas a los largo de los siglos por una pluralidad de autores. Este mismo hecho ha dado lugar a los llamados libros apócrifos. Muchos indicios apuntan a que este autor plural utilizaría la técnica del corta-pega para elaborar el texto a partir de varias fuentes. Los exegetas modernos, por ejemplo, aseguran que el libro de Isaías se debe a una escuela fundada por los discípulos del profeta que trabajó a lo largo de más de dos siglos para elaborar una sola obra literaria que recoge una experiencia plural. Como acertadamente dice Rogerson la Biblia no fue durante cientos de años más que una “colección de rollos separados”. Conviene tenerlo en cuenta.

A medida que nos vayan ocurriendo cosas mientras progresamos en la lectura, las iremos añadiendo en este apartado de la mano del estupendo libro Una introducción a la Biblia de J.W. Rogerson que puede tomarse como guía.

De momento abordaremos la lectura siguiendo los libros históricos comenzando por el llamado Tetrateuco: Génesis, Éxodo y Números. El Levítico, que también forma parte del Tetrateuco, lo dejaremos de momento al margen por las razones que apunta nuestro guía.

jueves, 29 de mayo de 2014

Guerra y paz. Libro primero.

San Petersburgo.
El entusiasmo, una auténtica posición social en la Rusia de principios del siglo XIX, de Anna Pávlovna por su zar Alejandro, el único que parecía capaz de pararle los pies a Napoleón, se hace patente durante la recepción que aquella ofrece en su casa. La bellísima Elena Vasílievna Kuráguina atraviesa el salón arrastrando tras de sí todo el esplendor de la fiesta, su elegante vestido se desliza sobre las alfombras impregnando en el corazón de los hombres tanta admiración como deseo. Su temprana marcha convierte en protagonista del resto de la velada al joven Pierre, hijo natural del conde Bezújov, recién llegado a San Petersburgo después de muchos años de ausencia. Alaba a Bonaparte, lo que escandaliza, claro que moderadamente, a la anfitriona Anna Pávlovna, pues al fin y al cabo Rusia está en guerra con Francia. La guerra es lo único capaz de cambiar la vida, al menos la del príncipe Andréi Bolkonski, cuyo matrimonio con Leisa Meinen, conocida como “la pequeña princesa” le hace profundamente infeliz. Que nada cambie es el deseo de de Kuraguin y Dólojov, dos auténticas celebridades entre los disolutos juerguistas de San Petersburgo: ¿Quién no recuerda al segundo en el alfeizar de la ventana bebiendo de un solo trago una botella de ron?

Moscú.
En la calle Póvarskaia de Moscú, la condesa Rostova y su hija Natasha de trece años celebran su santo. La inmensamente rica dama María Lvovna Karáguina y su hija Julie comentan con la condesa el disoluto comportamiento del hijo natural del conde Viril Vladimírovich Bezújov que no es otro que el mismo Pierre, a consecuencia de lo cual había sido expulsado de San Petersburgo en unión de sus amigos. Con los Rostov vivía también la sobrina del conde, Sonia, una joven morena, pequeña y de dulce rostro. Nikolái, el hijo mayor, abandona los estudios y se une al regimiento de húsares de Pavlograd al mando del coronel Schubert. Lágrimas placenteras son las que rebosan de los ojos de Anna Mijáilovna y de la condesa Rostova y aunque sea un puñado de rublos la causa, es la juventud pasada lo que lloran. La más adorable de las ternuras inspira ese hombre joven y grande llamado Pierre, torpe y modesto que se entretiene atando un oso a la espalda de un comisario, aunque María Dmítrievna, la madrina de Natasha, sostenga con reiteración que fue un comisario lo que Pierre ató a la espalda del oso. La más contundente de las razones le asiste a uno de los invitados a la mesa de los Rostov al argumentar por la necesidad que tiene Rusia de hacerle la guerra a Bonaparte. La más profunda de las verdades está en los labios de María Dmítrievna cuando asegura que: “Hay quien muere acurrucado junto a la estufa y hay a quien Dios devuelve sano y salvo de la batalla”.  El más azul de los edredones, sobre el arcón del corredor de la casa de los Rostov, recibe las tristezas de juventud de la nueva generación… Pero basta, es necesario esparcir un poco de paja bajo las ventanas de la casa del conde Bezújov, próximo a abandonar el mundo, para evitar el estrépito de tantos carruajes que van y vienen. En uno de ellos viaja su hijo natural, Pierre, que acude hasta el lecho de su padre en compañía de Anna Mijáilovna, sabedora de las intrigas que el príncipe Vasili, el padre de los Kuragin, prepara para apropiarse de la enorme herencia.
La severidad en el orden es el primer mandamiento en Lisie-Gori, la finca donde vive el príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski, el padre de Andréi y María, a ciento cincuenta kilómetros de Moscú. La princesa María reza todas las mañanas antes de saludar a su padre por el que siente una absoluta veneración. La pequeña princesa, la esposa de Andrei, se desmaya cuando contempla a su marido partir para la guerra. Esta embarazada: María cuidará de ella.

En el Danubio.
El general Kutúzov, general en jefe de las fuerzas rusas, y su ayudante de campo, el príncipe Bolkonski, pasan revista a las fuerzas concentradas en Braunau junto a la frontera austríaca. Los franceses han rebasado las líneas de Ulm y no tardarán en cruzar toda Alemania para internarse en Austria. Es octubre de 1805.  Los rusos se retiran hacia Viena, pero dejan atrás la dinamita suficiente para destruir los puentes sobre los afluentes del Danubio, el Inn, el Traun y el Enns. De vez en cuando la línea imaginaria que separa a los dos ejércitos se hace terrible.  Nikolái respira el olor que dejan los cañones franceses. El príncipe Andréi con la dentellada de la bala en el brazo parte hacia Brünn después de participar en la batalla de Krems. Imagina que será conducido ante el emperador Francisco y que este arderá en deseos de escuchar de un testigo presencial la primera victoria de toda Europa frente a los franceses. Sin embargo, las cosas no resultaron tal y como Andréi las imaginaba: Napoleón ha sobrepasado Viena y se dirige directamente hacia la hoy ciudad checa de Brünn, después de que los tres mariscales franceses lograran astutamente la conquista del puente Tabor sin necesidad de hacer un solo disparo. El príncipe Andréi parte de nuevo camino del frente; tiene una rabiosa hambre de heroísmo. Supone Murat que ante él, en Hollbrün, tiene a todo el ejército ruso y propone un armisticio de tres días. Justo el tiempo que necesita Kutúzov para llegar a Znaim antes que el enemigo. Bonaparte se da cuenta del engaño y ordena el ataque. Justo lo que Andréi desea: recorre las líneas y contempla el campo de batalla hasta detenerse junto a una batería. Los cañones del capitán Tushin disparan continuamente hacia la aldea que ocupan los franceses. En algún lugar del frente que Andréi no logra divisar, el hueso roto del brazo izquierdo de Nikolái Rostov se le clava en la carne y algunos soldados desnudos calientan sus delgados cuerpos amarillos ante las llamas de hogueras encendidas, ocultos detrás de un barranco. El príncipe Bogdánich discute con sus oficiales y las fuerzas rusas se reagrupan en torno a su jefe, el general Kutúzov. Estamos en medio de la batalla de Schoengraben. 

En casa.
Pierre, el rico heredero del conde Bezújov, no consigue quedarse solo más que en el interior de su cama y en su ingenuidad toma por sinceras cuantas muestras de interés recibe. La bella Elena Kuragin se exhibe tan seductora que el inocente Pierre apenas lográ imaginársela como su esposa. La fortuna y el astuto prícipe Vasili hicieron el resto. Tras el matrimonio la joven pareja se marcha a vivir a la mansión de los Bezújov en San Pertersburgo. El éxito alcanzado por su hija anima al príncipe Vasili hasta el extremo de decidirse a visitar al príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski en compañía de su hijo Anatole con la vista puesta en María, la hija de aquel. Pero la vesania de Bolkonski descara la fealdad de su hija. Aun así la princesa María lo intenta, pero sin armas ni estrategia la victoria era imposible, es suficiente con un enemigo “sin intención alguna, impulsado tan sólo por una alegría ingenua y frívola”.

En Olmütz.
Las tropas de Kutúzov esperan la llegada del zar ruso y del emperador austríaco, ante ellos Nikolái Rostov desfilará como oficial después de su ascenso por méritos de guerra. Y tanto peso tiene lo que Rostov siente mientras observa entre las filas de las tropas el paso del zar, que es preciso leer despacio, como siguiendo el paso seguro y a la vez enérgico del jefe del Estado pasando revista: “Sentía que una sola palabra de ese hombre bastaría para que toda la masa (y él con ella, como una brizna) se arrojara al fuego o al agua, al crimen o a la muerte, o al más grande de los heroísmos; por eso no podía contener el estremecimiento y la emoción ante esa palabra ya próxima”. Así, con ese sentimiento inundándolo todo, es más fácil aceptar la muerte, ciertamente que lo es, pero cuán lejos está todo eso… ¡Oh! ¡Qué lejos! Tal vez lo esté porque sabemos que son muy pocas las posibilidades de que la historia vuelva a conjurar en un hombre la habilidad francesa y el histrionismo italiano, al menos en las dosis precisas para engendrar otro Bonaparte.

Austerlitz.

Weyrother, el general austríaco, cuya actitud antes de la batalla es gráficamente descrita por Tolstói como un caballo enganchado a un carro que corre cuesta abajo, inicia ante el general en jefe Kutúzov la lectura del orden de batalla. El príncipe Bolkonski sueña otra vez con la gloria; a la fama se lo entregaría todo, incluso su propia vida. Tan presto al sacrificio como él lo está Rostov, cuyo amor por el emperador le sobrecoge continuamente. El príncipe cae en los altos de Pratzen, bajo un cielo que se torna infinito. Rostov cabalga a lo largo de todo el frente como oficial de órdenes del general Bagration, reconoce al emperador que aislado llora en soledad y entonces sabe que la batalla está perdida. Napoleón, como los emperadores romanos, señala en el campo de batalla a los vencidos que dan muestras de valor: allí topa con el príncipe Bolkonski que aún sostiene entre sus manos el asta de la bandera perdida.   

jueves, 10 de abril de 2014

El asno de oro. Apuleyo.


Apuleyo nació hacia el año 125 en una pequeña ciudad llamada Madaura en lo que sería la actual Argelia, en el seno de una familia acomodada lo que le permitió iniciar sus estudios en Cartago y ampliarlos luego en Atenas. Gran viajero, visitó el oriente y, naturalmente, Roma. Su curiosidad intelectual le llevó a interesarse por lo esotérico y la magia. En Sábratha, cerca de Trípoli, en el invierto de 158-159, Apuleyo fue juzgado por prácticas mágicas y hechicerías. Resultó absuelto. Parece que alcanzó cierta fama pues en varias ciudades se erigieron estatuas del escritor. Se desconoce la fecha de su muerte y también la de composición de su obra más relevante, El asno de oro.  
Aunque resulta interesante la postura que expone Penejaute acerca del estrecho parentesco que el nacimiento de la novela guarda con el de la ciudad helenística, postrero coletazo de una épica de última hora, la conclusión de hallarnos ante textos mistéricos no parece propiciada más que por la importancia que en aquellos remotos tiempos se daba a la religión. Y así parece en nuestra obra, pues fue San Agustín el primero que se refiere a ella bajo la denominación de Asinus aureus.
La fórmula autobiográfica, como en la picaresca, es la elegida para el relato que se vertebra en tres partes: antes de ser burro, mientras fui burro y tras dejar de ser burro. Curiosidad y crueldad son los dos leitmotiv.


A) Cuenta Lucio que yendo hacia Tesalia tropezó con dos que contaban historias para entretener el camino.
B) Uno de ellos, Aristómenes, dice que yendo de camino hacia Hipata tropezó con un conocido llamado Sócrates en lamentable estado.
c)  A Sócrates unos saltadores primero y una amante hechicera después llamada Meroe, le han reducido a tal estado.
d) Meroe cuenta a Sócrates cómo en una ocasión supo recluir a toda una ciudad en el interior de sus casas durante dos días.
B 1) Retoma el relato Aristómenes para dar cuenta del sanguinario rito que Meroe lleva a cabo con el corazón de Sócrates tras degollarlo y de las razones de aquella para dejar con vida al narrador.

A 1) Lucio abandona a sus dos compañeros para desviarse hacia Hipata, donde pregunta por Milón, usurero y tacaño, a quien va recomendado por carta de su amigo Demeas, de Corinto. Tesalia es la región de la magia y la hechicería y Lucio apenas puede creer que camino del mercado encuentre a su aya Birrena. Esta le advierte de los hechiceriles poderes de la esposa de Milón, Pánfila, y Lucio se enreda en amores con la criada Fotis. Durante la cena Lucio, imprudente, habla de las artes adivinatorias y señala a un caldeo que en Corinto divulga “los secretos del destino”.       
B 2) Eso hace que Milón recuerde que ese mismo caldeo, llamado Diófanes, pasó por Hipata y un día encontró a alguien al que llamó hermano y que le preguntó por su viaje por mar y por tierra desde Eubea.
                        C 1) Diófanes cuenta su naufragio y la muerte de su hermano Arignoto.

A 2) Lucio visita la casa de Birrena, su aya, y allí...
B 3) Telifrón cuenta que durante una noche estuvo velando a un muerto para impedir que las hechiceras se apoderasen de su cuerpo y cómo acabó por perder orejas y nariz.

A 3) De regreso a casa Lucio es asaltado por tres maleantes a los que da muerte y a la mañana siguiente es apresado y conducido ante el tribunal que los juzga ante la vista del pueblo y de los tres cadáveres. A fin de que compruebe la magnitud de su crimen se le ordena descubrirlos y entonces contempla que no son sino tres odres agujereados. Es, claro, una pesada broma, pero el bochorno hiere a Lucio que apresurado se encierra en casa. Es entonces cuando su amante Fotis le descubre el secreto de su señora Pánfila, una tan grande hechicera como la feroz Ericto de la que habla Lucano en su Farsalia. La curiosidad, que no sabe de peligros, le lleva a Lucilio a observar las evoluciones de un encantamiento, de una metamorfosis. Y de la de la maga a la del curioso Lucio todo fue uno, solo que si aquella lo fue en ave, este lo es en asno. La irrupción de una cuadrilla de ladrones en la casa de Milón y la salida apresurada con el botín, hace de Lucio un asno de caminos. Como bestia de carga es conducido por los ladrones hasta su cueva.
            B 4) Los ladrones cuentan sus hazañas.

A 4) Lucio-asno observa como los ladrones se marchan y traen secuestrada a una hermosa joven por la que piden rescate. La doncella llora y la vieja que cuida de los ladrones para entretener el tiempo cuenta un cuento.
B 5) Relata la vieja el cuento de Psique. La astuta Venus, prisionera de la envidia que la belleza de Psique le causa, urde la venganza, pero Cupido resulta víctima de sus propias flechas, lo que exacerba la irritación de la diosa contra Psique.

A 5) La respuesta que los ladrones dan al intento de fuga de Lucio-asno portando a la doncella secuestrada es terrorífica, pero la llegada del prometido de la muchacha que se esconde bajo el disfraz del temible bandolero Hemo de Tracia, los salva de una muerte atroz. Se las prometía felices nuestro amigo Lucio-asno, pero el escudero de la nueva pareja no pensó más que en sacarle todo el partido a las fuerzas del animal. A punto de morir o algo peor, llega la noticia de la desgracia de la joven pareja, la doncella secuestrada de nombre Gracia y su novio que la rescató.
B 6) El mensajero cuenta que un mal hombre llamado Trasilo, enamorado de Gracia, mata al marido durante una cacería, pero lo encubre de tal manera que se hace hasta respetuoso frente a la viuda. Sin embargo, la pasión acaba por cegarle y de forma imprudente confiesa su amor y su culpa. Gracia prepara la venganza y el sacrificio final.

A 6) Los pastores y criados de la triste pareja ante la nueva desgracia huyen y se llevan consigo a Lucio-asno. Perros salvajes, apedreamientos, hormigas carnívoras y hasta un dragón acompañan en su viaje a nuestro narrador. Acaba en manos de un afeminado sacerdote-mendigo que convierte en altar los lomos del animal. Después de no pocas aventuras llegan a una aldea.
B 7)  En la posada alguien cuenta la desgracia de un pobre hombre engañado por su astuta esposa que saca y mete hombres de una honda tinaja.

A 7) Los malos pasos del sacerdote-mendigo y sus compañeros hacen de Lucio-asno un semoviente subastado. El nuevo dueño es un molinero, la gran desgracia de un cuadrúpedo, que se ve obligado a pisar sin cesar sus propias huellas moviendo la muela del molino. Pero para nuestro Lucio-asno es aún peor porque le basta mirar el lamentable estado de sus compañeros para saber el futuro que le espera.
B 8) La historia de la mala vida que a un molinero daba su mujer y de su trágico final.
                        C 2) La historia de Filesitero.

A 8) Puesto de nuevo a la venta, termina Lucio-asno en manos de un hortelano muy pobre, el cual se ve envuelto en un áspero incidente con un legionario en cuya resolución posee buena parte de culpa la curiosidad de Lucio-asno. Un atroz crimen se fragua en la casa adonde Lucio-asno es conducido por el decurión.
            B 9) La historia de una madrastra que torna un amor incestuoso por una copa de vino envenenada.  

A 9) Otra vez Lucio-asno es vendido. En esta ocasión a dos hermanos, uno panadero y el otro cocinero, esclavos de un amo rico. Los nuevos dueños nadan en la abundancia, pues cada noche llevan a su casa una buena porción de las sobras. Así Lucio-asno deja el heno intacto y se atiborra de los manjares humanos. Esto llama la atención de los hermanos que descubren las habilidades del animal. Le enseñan a bailar y a sentarse a la mesa. Tiaso, el amo, se hace acompañar de Lucio-asno en su viaje a Corinto hasta donde ha llegado la fama del Lucio-asno. Su éxito es tal que cierta mujer abona el precio que se le exige por un encuentro sexual. También en la antigüedad el afán de lucro era tan poderoso estímulo que Tiaso no tiene reparos morales en ofrecer en espectáculo publico el apareamiento de una mujer con un asno.
            B 10) La historia de la depravada mujer que saldrá a la arena en unión de Lucio-asno.

A 10) Ante una perspectiva tan poco favorable, yacer con una mujer asesina condenada a ser devorada por las fieras, Lucio-asno escapa y suplica la ayuda de los dioses para acabar con su triste destino. Isis, la diosa egipcia a la que los romanos hicieron hueco en su Capitolio, se hace visible ante Lucio-asno y por su mediación se pone fin al encantamiento. Lucio renacido por la divina intervención decide consagrarse al servicio de la diosa. Una diosa que parece ocuparse de los problemas de los hombres.


Antes de ser burro, Lucio estaba siempre al borde del descubrimiento y la curiosidad lo era todo; mientras fue burro vio desfilar ante sus ojos y zumbar alrededor de sus grandes orejas, toda la miseria humana; y después de dejar de ser burro, los dioses no le dejan en paz. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

Corazón de Ulises. Segunda parte: un gozo duradero.


Atenas cierra filas frente a la amenaza persa que ha varado sus barcos de guerra en las playas de Maratón. Estamos en el año 490 a. de C. la victoria de las lanzas de los hoplitas sobre las espadas persas es aplastante y Filípides corre a anunciar la victoria a Esparta. Reverte visita el túmulo donde yacen los héroes atenienses y se sorprende al comprobar que al lado de la estela funeraria, veinticinco siglos después, hay un ramo de flores frescas. El hallazgo enciende su alma mediterránea para proponer el traslado de la sede de la Unión Europea. Diez años después el turno les llegó a los espartanos que, bajo el mando de Leónidas, retuvieron a los persas de Jerjes en el desfiladero de las Termópilas. La mayoría de los turistas que visitan Atenas nada saben de las cosas que cuenta Heródoto en su Historia, pero casi todos conocen cómo se baila la danza de Zorba y que la moussaka ha de acompañarse con una botella de retsina.


Sobre las victorias griegas en las guerras médicas se asienta el eterno brillo de la Atenas de Pericles. Con todo, la subida al poder de los demos no debe llamarnos a engaño: ni eran todos (la esclavitud era el pilar de la economía ateniense), ni estaban todos (mujeres, niños y extranjeros quedaba fuera). Conviene subrayar dos circunstancias que se olvidan con excesiva frecuencia: una, que la llegada de la democracia ateniense no aterrizó de improviso, sino que fueron necesarios pequeños pasos sucesivos durante muchas generaciones (desde las que apoyaron a Dracón en el año 621 a. de C. pasando por las vivieron las reformas de Solón en el 594 a. de C., hasta las que consintieron las nuevas leyes de Clístenes en el 507 a. de C.); y dos, que la igualdad de la democracia ateniense se basa no en la clase social a la que se pertenecía sino en los méritos. En este período de esplendor ateniense nace Sócrates que sirvió como hoplita en la guerra del Peloponeso y libró batalla contra los sofistas. Su discípulo Platón funda la Academia en el año 387 a. de C. y plasma en sus diálogos el camino que dejó apuntado el maestro: el recorrido del hombre por el saber, la virtud y la felicidad. De Platón aprendió Aristóteles lo suficiente para superarlo y abandonar la Academia camino de Asia Menor donde Filipo II le encargó la educación de su hijo Alejandro Magno en el año 343 a. de C. Regresó después a Atenas y fundó su propia escuela, el Liceo, donde instaló una biblioteca.


Apolo y las musas habitan el monte Parnaso y a sus pies está el santuario de Delfos, el centro del mundo helénico. Allí iban todos a consultar el oráculo y a beber las aguas de la fuente Castalia que daba la terna juventud. El templo reclamaba mesura y conocimiento propio a los peregrinos, buenos presupuestos con los que romper las cadenas del destino. De un salto atravesamos el estrecho de Corinto y aterrizamos en Patras. Reverte llega calado hasta los huesos a la iglesia de San Spriridione en Missolonghi, donde dicen las guías turísticas que reposa el corazón de Lord Byron. Pero allí nadie sabía nada del corazón del poeta inglés y aunque Reverte se echa a la calle y le dan razón sobre el paradero de la reliquia, el viajero desiste: no le place al cielo detener la lluvia. Naturalmente que estamos junto al estrecho de Lepanto y se hace inevitable la referencia a Cervantes.

A la pequeña isla del mar Jónico llamada Ítaca, le basta con ser la patria de Ulises. Vathy, la capital de la isla, tiene “un aire amable [por] la sencillez de sus casas bajas y cuadradas”. Reverte fue a Ítaca en busca de Ulises, pero encontró a Dimitris, el dueño de la pensión Tsiribis, que tenía escritas en sus ojos azules las palabras con las que comienza la Odisea. Descubre el viajero que si ha llegado a Ítaca es para pisar la tierra volcánica de la isla, leer la Odisea y conocer de propia mano la hospitalidad de un pueblo que ha viajado por el mundo desde la antigüedad.


Camino ya del espíritu heleno de Alejandría, torna Reverte a maldecir al gran enemigo de la convivencia pacífica: el nacionalismo. Alejandría es tan vieja y decrépita como irreal. Difícil de imaginar nos resulta también el talento militar de Alejandro Magno que conquistó la totalidad del mundo hasta entonces conocido para mezclarlo todo, civilizaciones, pueblos, religiones, culturas… Alejandro, que nunca regresó a su patria, tenía siempre cerca sus armas y un ejemplar de la Iliada. Ciertamente su figura sigue fascinando y para cerciorarse no hay nada más que echar un vistazo a las mesas de novedades de las librerías: casi siempre se encuentra algo sobre Alejandro, el discípulo de Aristóteles y eterno lector de Homero. Erraríamos si pensásemos que su vida está exenta de hechos crueles: el asesinato de su madrastra Cleopatra, el de su hermanastro o de Amintas, el último pariente que podía entorpecer su ascenso al trono, nos muestran que el pecho del héroe es tan cruento como fecundo. En Alejandría la sombra que persigue Reverte es la de Cavafis. La encuentra en un café L’Elite que nunca pisó el poeta. La Alejandría que nos enseña Reverte se cae a pedazos, vive a la espera de mejores tiempos, aquellos en los que los griegos formaban una cuajada muchedumbre de hombres empeñados en fundir lo ilustre con lo natural. Posiblemente por eso el dato de que el gobierno egipcio niegue a los griegos nacidos en Alejandría su condición de nacionales sea la mejor muestra de su decrépito existir actual. Con todo, Alejandría es una ciudad literaria, no en vano dispuso de la mayor biblioteca del orbe y alrededor del Mouseion se concentró un ingente número de sabios. Hasta aquí llegaron manuscritos de los cuatro rincones del mundo, que se estudiaron, interpretaron, clasificaron y copiaron hasta alcanzar más de medio millón de obras. Este gran tesoro del saber universal se conservó durante más de seis siglos y sabemos con certeza que al menos una parte de culpa de su desaparición se debe al fanatismo religioso cristiano.


Llega el momento de la despedida y Reverte lo hace con tan buena pluma que atravesamos el tiempo de esta Alejandría eterna: de madame Christine, la dueña del café L’Elite, a la heroína Hypatia y de Gasparo, el barbero, a la tumba de Alejandro. Consigue que contemplemos a Alejandría como una ciudad ciertamente irreal, suspendida en esa dimensión imposible para el pensamiento que es el espacio y el tiempo. Son, sin duda, las mejores páginas del escritor.

Javier Reverte es un tipo peculiar cuando se disfraza de Ulises y sale a recorrer el mundo. Las mujeres le chistan en las cafeterías o terrazas, curiosonas ante su aspecto de escritor, le persiguen ciertas maldiciones con lord Byron de fondo, se muestra ansioso por los restaurantes de pescado fresco, se mete en una barbería y le sale no un amigo cualquiera, sino uno reidor y charlatán. Tal vez Reverte goza de ese favor que muy pocas veces los dioses griegos conceden a un mortal: la infantil intensidad de un alma profundamente mediterránea. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Corazón de Ulises. Primera parte: una vuelta por el Egeo.


Todo viaje es circular. El de Ulises, el de Marco Polo, el de Cristóbal Colon y hasta el de Alejandro Magno que jamás retornó a su patria. Si el regreso está en la propia condición humana, el retorno depende única y exclusivamente de volver a tiempo la grupa.  Pero siempre el viaje es patrimonio del corazón y con él se hace. El puerto de Nauplia pone a Argos a tiro de flecha. Tan importante fue Argos en la antigüedad que daba nombre a todo el Peloponeso. Unos dos mil años antes de Cristo hasta sus llanuras llegaron procedentes de Asia Central los aqueos que debieron mezclarse con los habitantes de la zona. Su poder se extendió desde Tesalia hasta la misma Creta, cuya resistencia fue la última en caer. Aqueos fueron Ulises o Aquiles, “refinados hijos del mar”. Deber y valor para la acción, elocuencia e instrucción para cantar las gestas ajenas y propias. Estas son las armas del héroe aqueo que busca la gloria y la fama. También hoy mantiene el hombre esa misma aspiración, aunque las armas han cambiado, tal vez porque también lo han hecho los sueños: ¿Qué niño sueña hoy con los héroes de la Ilíada?


Si creemos a Reverte cuando afirma que Creta es, a su parecer, la menos griega de las islas que conforman esa víscera desagarrada que es Grecia, resulta interesante saber que buena parte de la cultura helena pasó antes por la civilización minoica. Y muy bien podemos considerar a Teseo como el primer héroe griego por sacar de la esclavitud del vasallaje a Atenas. Incurre Reverte en la típica paradoja del viajero: soporta las molestias de las nubes de turistas por saberse avispa del mismo panal. Más acertado está cuando se pregunta de dónde tomarían los griegos los ejemplos a seguir teniendo dioses tan poco recomendables. Es posible que los, de momento, indescifrables jeroglíficos estampados en el disco de Festos escondan alguna de esas claves que parecen faltarnos, o tal vez, como indica nuestro autor, no sea más que algo así como el juego de la oca en versión antigua.


Rodas, pegadita a la costa turca, es más pequeña de Creta. El lector se pregunta si acaso no será un rito antiguo de bienvenida, esa peculiar forma que tiene Reverte de entrar en los lugares que visita, lo mismo de la mano de un comerciante de electrodomésticos que de un profesor de matemáticas. Hasta consigue que nos resulte verosímil que sea un hostelero de Chicago el encargado de abrirle los ojos a un viejo trotamundos: para escritores y enamorados, mejor las islas pequeñas que las grandes. También el turismo, dios aburrido de nuestra época, se enseñorea de Rodo, la ninfa de la isla que según la leyenda fue esposa de Febo. El hijo de Antígono, uno de los generales de Alejandro Magno, transmitió a su hijo el famoso Demetrio Poliorcetes (su apellido dio nombre al arte de asediar ciudades amuralladas), la ambición de reunificar el imperio alejandrino y en el año 305 a. de C., sitió la ciudad de Rodas. De su fracaso nació el Coloso. Otro coloso, en este caso Solimán el Magnífico, logró por fin acabar con toda resistencia y conquistó la isla en 1523. Reverte abandona la bien rehabilitada Rodas para dirigirse a Kastellorizon, una pequeña isla al sureste de Rodas en dirección a Chipre. Esta isla que debe su nombre a la fortaleza, castillo rojo, levantada por los caballeros de Rodas, que alcanzó una insospechada prosperidad en los años de la Belle Époque y que fue bombardeada por los alemanes en la última guerra mundial, resulta de lo más interesante. Primero porque no tiene nada que visitar, segundo porque no hay turistas, tercero porque su población es muy pequeña y, por último, por ese vino peleón con sabor a ciprés llamado retzina.


Ya en Turquía el primer lugar donde se detiene nuestro guía es Mileto, la patria de Tales, Anaximandro y Anaxímenes. La verdad es que para lo que había que ver, bien pudo haberse quedado en la pensión de Söke. Las ruinas visibles del Efeso de Heráclito son las de la posterior ciudad romana, y el río Caistro, que debió de servir de inspiración a Heráclito, ha desaparecido. Y mientras Heráclito contempla ensimismado pasar las aguas del río, en la otra punta del mundo civilizado, en la Magna Grecia, el eleano Parménides nutre su obra de sólidos entramados metafísicos. Da la impresión, es posible que equivocadamente, de que Reverte disfruta más abandonando los lugares que visita que recorriéndolos. En Esmirna, al noroeste de Efeso, Reverte recuerda al rey lidio Creso, a Ciro el Grande, a Alejandro Magno. Los turcos después de la Primera Guerra Mundial la arrasaron y le cambiaron el nombre. Ahora es Izmir para los turcos y Esmirna para los griegos. No queda más que la vieja ágora romana, un reducto a salvo de retratos de héroes contemporáneos y de festividades religiosas.


Busca ya el viajero la costa del estrecho de los Dardanelos con el recuerdo puesto en la gran biblioteca de Pérgamo, Bergama para los turcos. La cuna del libro, tal y como lo conocemos en la actualidad, fue objeto de varios saqueos: Marco Antonio regaló a Cleopatra un buen número de ejemplares enviándolos a Alejandría y lo que quedó fue alimento de las hogueras de los cruzados cristianos. ¡Cuánto daño en nombre de Dios! ¡Cuántas obras desaparecidas para siempre! A estas alturas no hace falta ser muy vivo para darse cuenta del destino al que se dirige Reverte. Naturalmente que a Troya. Vivían los troyanos de cobrar pasaje a barcos y caravanas cuando allá por el año 1.200 a.C., llegó a sus puertas el príncipe Paris en compañía de Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta y como eran muchas las ganas que los griegos les tenían a los troyanos, armaron más de mil naves y partieron a Troya para hacer, sin saberlo, historia y para que tres mil años después un excéntrico millonario alemán llamado Heinrich Schliemann, convirtiera en su sueño de redescubrir el emplazamiento de la antigua Ilión sobre la colina de Hisarlik.
  


No cabe duda de que Reverte es un tipo con mucha suerte: entra en una tienda de souvenirs de Estambul y encuentra uno de los libros de viaje de Pierre Loti editado en 1890. Lástima que no sepamos de qué titulo se trata. Griegos llegados de Megara y Micenas fundaron Estambul hacia el año 658 a. de C., según Heródoto. La epopeya queda recogida en la leyenda de los Argonautas. Los persas la retuvieron antes de la llegada de Alejandro Magno, cuyo imperio quedó desmembrado tras su muerte. Tardaron los romanos un par de siglos en hacerse con esta codiciada urbe, pasando a ser designada como Constantinopla en lugar de Bizancio (por Bizas el griego de Megara que la fundó). Ya en el siglo VI d. de C. pasó a ser la capital del imperio bizantino. Los cruzados la saquearon destruyendo su biblioteca en el siglo XIII y en fecha tan señalada como la del año 1453, Constantinopla cayó a los pies del sultán turco Mehmet II. Santa Sofía se convirtió en mezquita y Constantinopla en Estambul. Tal era el empuje del imperio que hasta el estrecho de Lepanto tuvieron que viajar un par de españoles famosos, don Juan de Austria y don Miguel de Cervantes, para frenar a los turcos. El paulatino declive del imperio otomano tuvo su último episodio durante la Primera Guerra Mundial. En el periodo de entreguerras Atatürk proclama la República de Turquía y la capital se traslada al interior, a Ankara.


Atraviesa Reverte el estrecho del Bósforo recordando el ardid de que se sirvió Jasón para engañar a las asesinas rocas Simplégadas. En la Trebisonda de hoy, una de las más importantes colonias jonias en el Ponto Euxino y patria de Solimán el Magnífico, el hormigón ha expulsado a los turistas y no hay nada digno de ver. Pero Reverte persigue otra cosa. Ha dejado a Jasón y toma a otro aventurero, Jenofonte que en el año 404 a. de C., luchó como mercenario al lado de Ciro, el hermano del rey persa Aratajerjes II y cuyo desastroso regreso relató el ático en Anábasis. Entre griegos y turcos siempre ha andado el juego y Reverte ha de pasar la frontera a bordo de dos taxis porque el turco no tiene adherido a su chasis la pegatina de la Unión Europea. Y es que la pericia papelera de los europeos lleva camino de convertirse en síndrome. Los días de frontera son largos, pero Reverte comparte con los héroes griegos la sangre aventurera que le hace sentirse bien en la estación de autobuses de un pueblo perdido, entre rostros desconocidos y en un país que no es el suyo.


En Alexandrópolis, Reverte recuerda la leyenda de Orfeo. El enésimo autobús lo conduce hasta Tesalónica, la segunda ciudad más importante de Grecia, donde se habla el alemán como lengua subsidiaria. La referencia a la Macedonia de Filipo II y de su hijo Alejandro Magno es obligada para el fuste de un escritor con aspiraciones divulgadoras como es Reverte, y no le falta razón cuando afirma que sin estos dos héroes es muy probable que toda la cultura, ciertamente elitista, de la Hélade no hubiera impregnado las raíces culturales del mundo por entonces conocido y que nuestra realidad sería distinta. En tren desde Tesalónica hasta Tebas, el viajero va dejando atrás el monte Olimpo y el Parnaso, Delfos y el campo de Maratón, atraviesa la patria de Aquiles y el Egeo refulge en el trayecto hasta la capital de Beocia. Alceo-Hércules nació bajo sus murallas, el tebano Epaminondas liberó a los griegos de la tiranía espartana nacida tras la guerra del Peloponeso y más tarde Alejandro Magno la redujo a cenizas. Vuelve de nuevo Reverte a sorprendernos: elige la estatua de Píndaro alzada en un jardín como lo más relevante de la ciudad fundada por el fenicio Cadmo.