jueves, 17 de julio de 2014

Guerra y paz. Libro cuarto y epílogo.

Libro cuarto.-
En San Petersburgo la vida transcurre con absoluta normalidad y Anna Pávlovna el mismo día de la batalla de Borodinó tiene anunciada una velada en la que, con toda seguridad, el tema de conversación será la repentina enfermedad de la condesa Bezújov. Si en las cercanías de Moscú, Rusia buscaba el aliento de la madre patria para salir victoriosa, en la capital del Imperio la condesa no pudo sobreponerse al mal que la aquejaba y falleció. Sin embargo, el impacto de la noticia muy pronto se vio empañado por la ocupación francesa de Moscú. Nikolái Rostov no tuvo ocasión de intervenir en la batalla de Borodinó por hallarse en Vorónezh donde había sido enviado para adquirir caballos. Y ocurrió que en dicha ciudad estaba la princesa María en casa de su tía materna Anna Ignátievna Málvintseva y que la gobernadora, muy buena casamentera, obtuvo de Nikolái cierto permiso mediador después de una confesión sentimental. Dos cartas ponen a los Rostov muy cerca de los Bolkonski: en la primera Sonia devuelve a Nikolái su promesa y en la otra la condesa Rostova da cuenta de los cuidados de Natasha al príncipe Andréi. Sin embargo, Sonia guarda en su corazón una esperanza.


Mientras tanto, Pierre comparece ante uno de los más duros mariscales franceses: Davout. El conde sabe que no son los hombres quienes condenan o absuelven, sino las circunstancias, ahora conoce que nadie está a salvo de la pobreza y la cárcel y escuchando al sabio Platón cae en la cuenta de la importancia de la resignación en la conciliación del sueño: “Dios mío, haz que duerma como una piedra y me levante hecho un pimpollo”. Pierre es como un niño que se alimenta de lo ve y de lo que oye.
Dos días antes de la llegada de la princesa el rostro de su hermano Andréi “se había dulcificado” y María recordó que su padre durante los últimos días de su vida había experimentado una transformación parecida. Las lágrimas vertidas por la muerte del príncipe Bolkonski poseían un significado muy distinto para cada uno de sus deudos y allegados, pero probablemente fuera Sonia quien mayor dolor sentía por la desaparición de su última esperanza.


La retirada del ejército ruso hacia Tarútino, en donde se habían concentrado todas las provisiones, se había completado con la incorporación de nuevos reemplazos de jóvenes. El día 5 de septiembre Kutúzov tenía que dirigir una batalla que no aprobaba conforme a unas órdenes redactadas por el emperador, pero la ofensiva tuvo que retrasarse un día entero a cuenta de cierta fiesta de generales y oficiales. Kutúzov rabiaba de ira. La batalla de Tarútino fue la primera victoria rusa sobre el ejército napoleónico cuya única ocupación era el saqueo de Moscú. Y demasiado cargados con cuanto habían logrado acumular, salieron los franceses en pos de los rusos para darles un escarmiento por lo de Tarútino.
Pierre, Kiril le llaman los franceses, parecía un campesino pobre con la cabeza llena de piojos y sin más calzado que unos peales. La serenidad que con tanto ahínco había buscado en la masonería, en los placeres o en el amor, termine por encontrarla en una vieja barraca que le sirve de prisión. En mitad del otoño Napoleón decide marcharse, abandonar Moscú consumida hasta los cimientos y buscar un sitio mejor donde pasar el invierno, una idea completamente absurda teniendo al ejército ruso emboscado en alguna parte de los alrededores. El prisionero Pierre parte con los hasta ayer ocupantes de Moscú. El ejército francés se dirige a Fóminskoie, al suroeste de Moscú y una patrulla rusa descubre el enclave de Napoleón. Kutúzov que es rápidamente informado llora al conocer la noticia: ¡Rusia está salvada! Todo su esfuerzo ahora se concentra en retener la excesiva fogosidad de sus propias tropas. Napoleón no entra en la provincia de Kaluga como parecía lo más lógico sino que gira a la derecha  y se encamina hacia Smolensk. Antes de que alcanzaran Vyazma los rusos inician a acosar al ejército francés con guerrillas. En uno de esos asaltos a las tropas francesas, concretamente aquellas entre las que está Pierre,  el pequeño Petia, el hermano de Nikolái y Natasha, encuentra la muerte. Este Pierre ya no es el mismo que el de la partida de Denísov y ni siquiera el que cayó preso. Cuenta las etapas que le quedan para llegar a Smolensk, come carne de caballo, busca las hogueras mejor servidas, se preocupa por sus pies maltrechos y todo lo demás le da igual.


Natasha, retorcida hacia dentro por la pérdida de Andréi, despide a la princesa María que se ve obligada a retornar a Moscú. Justo entonces llega la carta con el anuncio de la muerte de Petia y este dolor añadido instaura, paradójicamente, un nuevo orden: María cuidará de Natasha y esta de su madre.  
Cuando los franceses habían rebasada la frontera rusa y Kutúsov no era ya más que una gloria nacional impuesta por las circunstancias, la desaparición de estas llevó consigo inevitablemente la muerte de aquel. La muerte tan audaz a estas alturas de la novela cerca a Pierre en el momento mismo en que el destino lo hace libre: el cadáver de Petia a sus pies, el de su amigo Andréi y el de la condesa Bezújov. Los tres meses que estuvo solo en una ciudad desconocida luchando contra la enfermedad fueron la crisálida de la que emergió distinto, un hombre nuevo que ha dejado de mirar las cosas en la distancia y que ha obtenido del sufrimiento, la firme creencia de que sin la voluntad de Dios “no cae ni un solo cabello de la cabeza del hombre”. Mientras Pierre espera ser recibido y aguardaba en la sala de retratos del palacio de los Bolkonski en la calle Vozdvíshenka de Moscú, una mujer vestida de negro con un rostro severo y envejecido hace compañía a la princesa María. Tanto había cambiado Natasha que Pierre tardó muchos minutos en identificarla. Y muchos menos en recordar que llevaba muchos años enamorado de ella.


Epílogo.-

En 1813 Natasha y Pierre contraen matrimonio y unos meses después el viejo conde Rostov muere. Nikolái regresa a Moscú y descubre que las deudas de la familia doblan el valor de los bienes. Los acreedores le acosan y logra aplacarlos con los treinta mil rublos que le entrega su cuñado Bezújov. La situación le fuerza a abandonar su amado ejército, buscar un empleo civil y trasladarse a un pequeño piso donde convive con Sonia y su madre. El azar tira del cordón que la tristeza lleva anudado en uno de sus extremos y el amor renace entre la princesa María y Nikolái. Se casan en otoño del año siguiente y la familia Rostov se traslada a Lisie-Gori. Allí Nikolái se ocupa no de estudiar la compasión química de la tierra, sino el alma del mujik. También Natasha había tomado cierto mando en su matrimonio, a cambio de una mayor opacidad en su rostro que ahora era de matrona. Los años pasan rápidos y Pierre viaja incesantemente entre Moscú y San Petersburgo: ha comenzado a conspirar contra el zar. Nikolái que le reconocía a su esposa una gran superioridad moral, sin embargo, no la comprendía, ni siquiera lo intentaba. Su preocupación estaba en otra parte: en el valor de la finca Tambov o en las posibilidades de recuperar Otrádnoie. Y sin embargo, el pensamiento de su pérdida, la simple posibilidad de que María se fuera antes que él, le hacía girarse hacia el icono con aires de súplica: la súplica de un soldado cuyo máximo deber es obedecer y que no puede aceptar la conspiración. Y la pluma de Tostói se extingue lentamente entre las grandes preguntas de la historia y las frágiles observaciones de una voluntad individual cada vez más débil y supeditada a la naciente sociedad de masas. 

sábado, 28 de junio de 2014

Guerra y paz. Libro tercero.


El 12 de mayo de 1812 las tropas napoleónicas comienzan a atravesar el río Niemen dando inicio a la invasión. Al día siguiente el emperador Alejandro asistía a un baile en el palacio de Bennigsen en las afueras de Vilna. Para el primer vals el zar se fijó en la condesa Bezújov y para la embajada ante Napoleón en el general Alexander Bálashov. Andrei ha vuelto al servicio activo junto al general Kutusov y trata de localizar a Anatole Kuraguin para vengarse, pero no lo encuentra ni en Turquía, ni en Rusia ni tampoco en Bucarest. De regreso a Moscú pasa por Lisie-Gori y se hace cargo del sufrimiento de la princesa María. Es entonces cuando María le habla de la felicidad que encierra el perdón, pero Andrei no puede perdonar, aún no. Antes está la guerra que hace posible cosas que en época de paz resultan impensables.


Andréi está en Drissa, en el campamento fortificado sobre el río que el mismísimo general Pfull, el más ilustre teórico de la estrategia militar, había diseñado como una trampa para los franceses. El emperador tiene sus dudas y el consejo del Estado Mayor, al que Bolkonski asiste, comienza la discusión en tres idiomas: el alemán, el francés y el ruso. A lo largo de las muchas horas que dura el encuentro, Andréi tiene tiempo para pensar y adquiere la convicción de que el buen militar es aquel que está fuertemente limitado por la seguridad de que todo cuanto hace es absolutamente necesario, por eso al día siguiente pide un puesto lejos del Estado Mayor. El 13 de julio de 1812, dos escuadrones del regimiento de Pavlograd en el que servía el capitán Rostov estaban ya dentro de los límites de Rusia. Habían retrocedido partiendo de Vilna. Un día cualquiera después de una noche de tormenta, los húsares de Rostov se lanzan al galope en auxilio de una brigada de ulanos acosados por dragones franceses. Nuevo ascenso y primera condecoración que retienen a Nicolai lejos de casa, de la casa de Moscú donde Natasha parecía dejarse morir. La Natsha que salía poco a poco de la profunda depresión no era la de antes. Quizás por que nadie lo era ya: ni Rostov era aquel joven rendido admirador del emperador en 1805, ni el príncipe Andréi era aquel soldado que contempló el alto cielo de Austerlitz.
     

En julio de 1812 las voces alarmistas afirman que Bonaparte está a las puertas de Moscú con un millón de soldados y el emperador pide colaboración en un manifiesto. Mil hombres completamente equipados promete Pierre al zar. La hacienda del príncipe Nikolái Ändréievich Bolkonski, Lisie-Gori, está en el camino de los franceses, desde Smolensk a Moscú. El 5 de agosto a las cinco de la tarde Napoleón ordenaba iniciar el bombardeo sobre Smolensk. Cinco días después el regimiento de Andréi pasa muy cerca de Lisie-Gori: Smolensk en llamas se ha rendido. Los soldados rusos se retiran cansados y polvorientos, tienen hambre y sed. El viejo príncipe Bolkonski no llega a Moscú. En Boguchárovo, la aldea creada por Andréi, pide perdón a su hija María y expira. Presa de sí misma y de los mujiks en rebelión, la princesa María ni siquiera espera la llegada de un liberador. Y sin embargo, la providencia le envía a quien parecía destinado a convertirse en su cuñado, a Nicolai, el joven conde Rostov.

Kutúzov, “el Serenisimo” y general en jefe de todos los ejércitos rusos, y Bonaparte se enfrentan en la batalla de Borodinó. El día de antes, Pierre acude al lugar y desde un alto contempla el lugar donde no menos de veinte mil soldados rusos y otros tanto franceses morirán mañana. Todo el mundo lo sabe y sólo se sorprenden del sombrero blanco de Pierre. De un lado a otro, como una bala que cruza continuamente la divisoria de los ejércitos enfrentados, Pierre se mueve por el medio de la batalla, primero con la infantería y luego en el corazón de la batería de Raiveski. Ni siquiera Napoleón puede detener la terrible matanza de Semiónovkoie. Allí es donde el príncipe Andréi cae herido. En el hospital de campaña improvisado dentro del bosque próximo, Andréi encuentra en el rostro contraído por dolor de Anatole Kuraguin, la respuesta que estaba buscando desde hacía tiempo, pero era ya demasiado tarde. Hasta al mismísimo Napoleón que contaba los muertos por nacionalidades, verdugo de pueblos, era preciso amar.  La mitad del ejército ruso había desaparecido y no cabía más estrategia que retroceder, dejando Moscú en poder de los franceses. Kutúsov estaba rodeado de generales que pertenece a ese tipo de personas que defienden lo imposible como la mejor de las soluciones personales: si el plan fracasaba, la culpa sería de Kutúsov que lo había ordenado; pero si triunfaba, ¡ah entonces!, la participación de cada uno en el éxito quedaría al descubierto. Kutúsov no contaba más que con su cabeza, buena o mal, sin ningún otro aliado.

Moscú era un hervidero de rumores que se cruzaban entre los que había decidido marcharse y aquellos otros que estaban dispuestos a quedarse. Los Rostov no tomaban decisión alguna, tan solo Sonía, triste por las noticias que Nikolái daba de su encuentro con la princesa María, ahogaba su amargura en los preparativos. Por la calle Povárskaia avanzaba un interminable reguero de coches llenos de heridos. En un coche cerrado, acompañado de un médico y un cochero, entrada ya la noche llegó hasta el patio de la casa de Rostov un hombre mal herido: el príncipe Andréi Bolkonski. Nadie pareció percatarse del acontecimiento hasta que instante antes de la partida. Sonia informa a la condesa y ambas deciden ocultar el hecho a Natasha. La última persona que vio Natsha antes de salir de Moscú fue Pierre vestido con una extraña indumentaria mitad de campesino, mitad de cochero.


Napoleón contempla “la urbe asiática de innumerables iglesias”, la madre Moscú, desde el monte Poklónnaia. Espera en vano que una delegación de boyardos venga a ofrecerle las llaves de la ciudad conquistada, no puede haber recibimiento porque Moscú es una colmena vacía. Le coup de théâtre avait raté. Los que se han quedado, artesanos, siervos o campesinos en su mayor parte buscan en las tabernas y en las calles alguien a quién dirigirse para conocer la verdad de lo que sucede. Pierre, encerrado en el despacho de su amigo Osip Alexéievich, entre manuscritos masónicos concibe una gran idea: liberar a Europa de Napoleón. Sin embargo, en su primera acción Pierre salva la vida de monsieur Ramballe, capitaine de 13 léger y un francés no olvida nunca ni un insulto ni un favor. La cháchara con el francés, el vino y una buena comida acabaron con las intenciones de Pierre. La exaltación se había tornado en debilidad y al fuego que el cometa ponía en el cielo se añadió el primer incendio en la ciudad. Descubierto el secreto de la presencia del príncipe Andréi en el cortejo de los Rostov, Tolstoi funde en unas deliciosas páginas el perdón y el amor. Cada vez que Pierre trata de poner en práctica su plan de acabar con Napoleón, la providencia le manda una vida que salvar. Después del capitán francés una niña escrofulosa, más parecida a un animal que a un ser humano, se atraviesa para prolongarle la vida al de Ajaccio y conducir al conde a la cárcel. Unas semanas después de la ocupación, el ejército francés no era sino un puñado de merodeadores sin orden ni disciplina y Moscú ardía por los cuatro costados.

viernes, 20 de junio de 2014

Guerra y paz. Libro segundo.


Denísov acompaña a Nikolái en su regreso a Moscú donde los suyos lo reciben con inmensa alegría. De la derrota nadie quiere saber nada. Al general Bagration lo agasajan como héroe. A otros los ignoran, como al príncipe Bolkonski, que no figura entre los muertos ni con los heridos, ni siquiera con los prisioneros. Dólojov y el conde Bezújov se baten, pero lo sorprendente no son las razones, tan escondidas como evidentes, sino el resultado en el campo de duelo y después en el seno familiar. Con un poder para administrar la mitad de sus fincas, Pierre consuma la separación de hecho con su mujer, la bella Elena. Una de esas noches de marzo en las que el invierno parece retornar, Tolstói nos pone delante el nudo de la vida: el nacimiento, la muerte y la resurrección: Andréi resucita padre y viudo. Otro que vuelve es Dólojov que, tras recuperarse de la herida del duelo, comienza a frecuentar la casa de Rostov. El rechazo de Sonia hacia Dólojov precipita la venganza que el tiempo guarda en el corazón de los hombres y Nikolái pierde cuarenta y mes mil rublos a las cartas con Dólojov.


Pierre abandona a su mujer en Moscú y parte hacia San Petersburgo. En el camino conoce a un masón que lo introduce en la logia y poco después es portador de cartas para los masones de Kiev y Odessa. Napoleón había derrotado a lo largo de 1806 a los prusianos en las batallas de  Auerstädt y Jena y aproxima el teatro de sus operaciones reformadoras a la frontera rusa. En febrero de 1807 la batalla de Preussich-Eylau fue tomada por cada una de las partes como acción victoriosa. El príncipe Bolskonski está ajeno a todo, recluido tras su viudez en la comarca de Boguchárovo, mantiene una vida austera que la visita de Pierre turba no solo con su presencia, sino especialmente por las ideas de ejemplaridad que trae consigo. Aunque todos saben ya de la carga negativa de la experiencia, solo el joven Rostov acierta a vislumbrar que la ejemplaridad es mucho más fácil en el vida militar que en la civil.

En un hospital donde el tifus y la locura revientan las heridas de los soldados rusos, el conde Rostov encuentra a su amigo Denisov a quien no una bala francesa, sino un consejo de guerra han conducido hasta allí. Mientras tanto los dos emperadores negocian en medio del río Niemen, a solas, sobre una barcaza. Estamos en julio de 1807 y el zar reconoce a Bonaparte como su homólogo, ambos firman el tratado de paz de Tilsit.  


A mediados de mayo de 1809 el príncipe Andréi se entrevista con el conde Rostov para tratar temas relacionados con ciertas posesiones. Allí, en Otrádnoie, la alegría de Natasha llama la atención del adusto Andréi, hasta el punto que convencerse de la conveniencia de permitirse cierta participación en la vida. Y en agosto está ya en San Petersburgo para ser recibido por el conde Arakchéiev, el ministro de la Guerra de Alejandro. Muy pronto la fría recepción del ministro es compensada con el favor de Speranski, la mano derecha del zar y Andréi se convierte en codificador de leyes. Casi paralelamente el tedio ha sustituido al entusiasmo en francmasón pecho de Pierre, lo que es aprovechado por Elena, su mujer, para alcanzar una interesada reunificación. A Pierre todo le da igual, se abandona a los remordimientos y la autocompasión. Es en la nochevieja de 1809 en le réveillon de un alto dignatario palaciego de San Petersburgo, cuando Natasha asiste por primera vez a un gran baile. Tiene ya dieciséis años, la misma edad que su madre cuando se casó. Allí están el príncipe Andréi, el conde Bezújov, su mujer, la bella Elena, el embajador francés y el holandés y, naturalmente, también el mismísimo emperador. La dicha de una joven que baila durante toda la noche, no pasa desapercibida para el príncipe Andréi. Si cabe, la alegría de la condesa Rostov hace más evidente la esterilidad del trabajo que Andréi desarrolla para la patria traduciendo al ruso los códigos franceses que nunca podrán ser aplicados en el imperio. Los encuentros se suceden y el amor surge entre un hombre maduro, pero aún joven, y una jovencita, casi un niña: Andréi y Natasha. Otra jovencita de ojos negros y dulce corazón, pero más pobre que una rata, esto es, Sonia, manifiesta de forma abierta su abnegado amor hacia Nikolái. Pero los Rostov están atravesando una mala situación y tal vez un buen matrimonio podría poner remedio a una economía cuyo estatus social le exige disponer de quince cocheros y cien caballos. El pleito no vislumbra acuerdo posible. Solamente Natasha podía firmar un armisticio: que la condesa madre no ofendiera a Sonia y que Nikolái prometiera no hacer nada sin consultar a sus padres. La sutileza de esa hábil negociadora que deja vivas las cosas mientras los contendientes se toman un respiro.

No menos difícil es la situación de Pierre, quien convertido en un hombre rico, marido de una mujer infiel y gentilhombre de cámara retirado, continúa pensando que su destino le llevará algún día a hacer algo grande por la humanidad y, sin embargo, le resulta imposible salir de este personalísimo estado, mezcla de autocompasión y estupor, en el que la realidad del mundo humano lo ha sumergido.


Todos han vuelto a Moscú, también el príncipe Nikolái Adréievich Bolkonski y su hija María. La senilidad del príncipe ha centuplicado su egoísmo y la pobre María sufre el aislamiento y al mismo tiempo, sin que haya en esto contradicción alguna, añora su soledad. No solo había desechado cualquier, por vana, esperanza de matrimonio, sino también las que son más imprescindibles, las de la amistad. Lo peor de todo, lo que más le torturaba, era el haber reconocido en su interior la misma cólera que habitaba en su padre. ¡Qué esfuerzos se veía oblada a hacer cada vez que trataba de enseñar a su sobrino Nikolenka el abecedario francés! ¿Cuánto arriesga Andréi al casarse con Natasha en contra de la voluntad del príncipe Bolkonski? Mucho, sin duda. María lo sabe bien. Y sin quiera reprochárselo ha comenzado a odiar a la adorable Natasha. Una de las mansiones más de moda y agradable de aquel invierno de 1811 era la de la riquísima y soltera Julie Karáguina, cuya dote abarcaba extensas fincas en Penza y Nizhni-Nóvgorod que bien valían una declaración de amor como la que forzado por las circunstancias se ve obligado a formular el joven Borís Drubetskói, otrora galante merodeador de los encantos de Natasha.

S
í, también los Rostov llegan a Moscú con la idea de vender su casa y tratar de hacerse recibir por el autoritario príncipe Bolkonski. Deciden alojarse en casa de la madrina de Natasha, la viuda María Dimítrievna que vive en la calle Stáraia Koniúshennaia. La dama rusa visitaba las iglesias y las cárceles y no soportaba las debilidades ni las pasiones. Su intercesión se adivina como necesaria para que la visita de Natasha a la casa de su futuro suegro tenga un feliz resultado. Sin embargo, el encuentro no pudo ser más desdichado: el príncipe no solo se negó a recibirles, sino que acabó por hacerle a Natasha objeto de su menosprecio y, así, la antipatía cruzo sus armas con la envidia. Tal vez porque el destino está siempre al acecho de las desilusiones humanas, al día siguiente en la ópera, Natasha conoce al joven y atractivo Anatole Kuraguin, el hermano de Elena Bezújov. El endiablado poder de seducción de Anatole vació el alma de la pobre Natasha hasta el punto de planear juntos la huida para tomar un imposible matrimonio secreto. La frustración deja a Natasha al borde del suicidio y como si fuera un alacrán con la cola hacia arriba, un cometa atraviesa el cielo de Moscú anunciando tal vez no tanto la inminencia de una guerra, como el cambio ontológico de una realidad que parece obedecer a la voluntad del individuo llamado Bonaparte.

martes, 10 de junio de 2014

Una introducción a la Biblia. J.W. Rogerson.


Más que de la Biblia debemos hablar de las Biblias. La Biblia protestante, la católica, la ortodoxa o la judía, presentan diferencias no solo en relación al canon, es decir, los libros que las integran, sino también por el contenido mismo en que son vertidas a la pluralidad de idiomas que se manejan en todo el orbe terrestre. Naturalmente que las posturas dogmáticas de las distintas iglesias nos dejan también su impronta. La Biblia oficial de la Iglesia ortodoxa oriental es la septuaginta que se comenzó a traducir en el siglo III a. de C. Ni la Biblia hebrea o Tanaj ni la Biblia protestante contienen los llamados Deuterocanónicos, siete libros que forman parte del Antiguo Testamento para los cristianos. El simple hecho de abordar la lectura de este fundamental texto de la historia humana, nos obliga a tomar postura. Las primeras Biblias cristianas completas se corresponden con los códices unciales (es decir, texto manuscrito en letras mayúsculas) Sinaítico y Alejandrino de los siglos IV y V d. de C.

La tradición asigna a Moisés como el autor del Pentateuco, a Josué como autor del libro que lleva su nombre, a Samuel como el autor de Jueces y Rut, a David como autor de muchos de los salmos, a Salomón como el autor de la mayor parte del libro de los Proverbios, así como Eclesiástico y del Cantar de los Cantares y a los profetas como autores de los libros que llevan sus nombres. En la actualidad la mayoría de los expertos están de acuerdo en que la redacción de la Biblia se debe a sucesivas formas de adición y ampliación realizadas a los largo de los siglos por una pluralidad de autores. Este mismo hecho ha dado lugar a los llamados libros apócrifos. Muchos indicios apuntan a que este autor plural utilizaría la técnica del corta-pega para elaborar el texto a partir de varias fuentes. Los exegetas modernos, por ejemplo, aseguran que el libro de Isaías se debe a una escuela fundada por los discípulos del profeta que trabajó a lo largo de más de dos siglos para elaborar una sola obra literaria que recoge una experiencia plural. Como acertadamente dice Rogerson la Biblia no fue durante cientos de años más que una “colección de rollos separados”. Conviene tenerlo en cuenta.

A medida que nos vayan ocurriendo cosas mientras progresamos en la lectura, las iremos añadiendo en este apartado de la mano del estupendo libro Una introducción a la Biblia de J.W. Rogerson que puede tomarse como guía.

De momento abordaremos la lectura siguiendo los libros históricos comenzando por el llamado Tetrateuco: Génesis, Éxodo y Números. El Levítico, que también forma parte del Tetrateuco, lo dejaremos de momento al margen por las razones que apunta nuestro guía.

jueves, 29 de mayo de 2014

Guerra y paz. Libro primero.

San Petersburgo.
El entusiasmo, una auténtica posición social en la Rusia de principios del siglo XIX, de Anna Pávlovna por su zar Alejandro, el único que parecía capaz de pararle los pies a Napoleón, se hace patente durante la recepción que aquella ofrece en su casa. La bellísima Elena Vasílievna Kuráguina atraviesa el salón arrastrando tras de sí todo el esplendor de la fiesta, su elegante vestido se desliza sobre las alfombras impregnando en el corazón de los hombres tanta admiración como deseo. Su temprana marcha convierte en protagonista del resto de la velada al joven Pierre, hijo natural del conde Bezújov, recién llegado a San Petersburgo después de muchos años de ausencia. Alaba a Bonaparte, lo que escandaliza, claro que moderadamente, a la anfitriona Anna Pávlovna, pues al fin y al cabo Rusia está en guerra con Francia. La guerra es lo único capaz de cambiar la vida, al menos la del príncipe Andréi Bolkonski, cuyo matrimonio con Leisa Meinen, conocida como “la pequeña princesa” le hace profundamente infeliz. Que nada cambie es el deseo de de Kuraguin y Dólojov, dos auténticas celebridades entre los disolutos juerguistas de San Petersburgo: ¿Quién no recuerda al segundo en el alfeizar de la ventana bebiendo de un solo trago una botella de ron?

Moscú.
En la calle Póvarskaia de Moscú, la condesa Rostova y su hija Natasha de trece años celebran su santo. La inmensamente rica dama María Lvovna Karáguina y su hija Julie comentan con la condesa el disoluto comportamiento del hijo natural del conde Viril Vladimírovich Bezújov que no es otro que el mismo Pierre, a consecuencia de lo cual había sido expulsado de San Petersburgo en unión de sus amigos. Con los Rostov vivía también la sobrina del conde, Sonia, una joven morena, pequeña y de dulce rostro. Nikolái, el hijo mayor, abandona los estudios y se une al regimiento de húsares de Pavlograd al mando del coronel Schubert. Lágrimas placenteras son las que rebosan de los ojos de Anna Mijáilovna y de la condesa Rostova y aunque sea un puñado de rublos la causa, es la juventud pasada lo que lloran. La más adorable de las ternuras inspira ese hombre joven y grande llamado Pierre, torpe y modesto que se entretiene atando un oso a la espalda de un comisario, aunque María Dmítrievna, la madrina de Natasha, sostenga con reiteración que fue un comisario lo que Pierre ató a la espalda del oso. La más contundente de las razones le asiste a uno de los invitados a la mesa de los Rostov al argumentar por la necesidad que tiene Rusia de hacerle la guerra a Bonaparte. La más profunda de las verdades está en los labios de María Dmítrievna cuando asegura que: “Hay quien muere acurrucado junto a la estufa y hay a quien Dios devuelve sano y salvo de la batalla”.  El más azul de los edredones, sobre el arcón del corredor de la casa de los Rostov, recibe las tristezas de juventud de la nueva generación… Pero basta, es necesario esparcir un poco de paja bajo las ventanas de la casa del conde Bezújov, próximo a abandonar el mundo, para evitar el estrépito de tantos carruajes que van y vienen. En uno de ellos viaja su hijo natural, Pierre, que acude hasta el lecho de su padre en compañía de Anna Mijáilovna, sabedora de las intrigas que el príncipe Vasili, el padre de los Kuragin, prepara para apropiarse de la enorme herencia.
La severidad en el orden es el primer mandamiento en Lisie-Gori, la finca donde vive el príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski, el padre de Andréi y María, a ciento cincuenta kilómetros de Moscú. La princesa María reza todas las mañanas antes de saludar a su padre por el que siente una absoluta veneración. La pequeña princesa, la esposa de Andrei, se desmaya cuando contempla a su marido partir para la guerra. Esta embarazada: María cuidará de ella.

En el Danubio.
El general Kutúzov, general en jefe de las fuerzas rusas, y su ayudante de campo, el príncipe Bolkonski, pasan revista a las fuerzas concentradas en Braunau junto a la frontera austríaca. Los franceses han rebasado las líneas de Ulm y no tardarán en cruzar toda Alemania para internarse en Austria. Es octubre de 1805.  Los rusos se retiran hacia Viena, pero dejan atrás la dinamita suficiente para destruir los puentes sobre los afluentes del Danubio, el Inn, el Traun y el Enns. De vez en cuando la línea imaginaria que separa a los dos ejércitos se hace terrible.  Nikolái respira el olor que dejan los cañones franceses. El príncipe Andréi con la dentellada de la bala en el brazo parte hacia Brünn después de participar en la batalla de Krems. Imagina que será conducido ante el emperador Francisco y que este arderá en deseos de escuchar de un testigo presencial la primera victoria de toda Europa frente a los franceses. Sin embargo, las cosas no resultaron tal y como Andréi las imaginaba: Napoleón ha sobrepasado Viena y se dirige directamente hacia la hoy ciudad checa de Brünn, después de que los tres mariscales franceses lograran astutamente la conquista del puente Tabor sin necesidad de hacer un solo disparo. El príncipe Andréi parte de nuevo camino del frente; tiene una rabiosa hambre de heroísmo. Supone Murat que ante él, en Hollbrün, tiene a todo el ejército ruso y propone un armisticio de tres días. Justo el tiempo que necesita Kutúzov para llegar a Znaim antes que el enemigo. Bonaparte se da cuenta del engaño y ordena el ataque. Justo lo que Andréi desea: recorre las líneas y contempla el campo de batalla hasta detenerse junto a una batería. Los cañones del capitán Tushin disparan continuamente hacia la aldea que ocupan los franceses. En algún lugar del frente que Andréi no logra divisar, el hueso roto del brazo izquierdo de Nikolái Rostov se le clava en la carne y algunos soldados desnudos calientan sus delgados cuerpos amarillos ante las llamas de hogueras encendidas, ocultos detrás de un barranco. El príncipe Bogdánich discute con sus oficiales y las fuerzas rusas se reagrupan en torno a su jefe, el general Kutúzov. Estamos en medio de la batalla de Schoengraben. 

En casa.
Pierre, el rico heredero del conde Bezújov, no consigue quedarse solo más que en el interior de su cama y en su ingenuidad toma por sinceras cuantas muestras de interés recibe. La bella Elena Kuragin se exhibe tan seductora que el inocente Pierre apenas lográ imaginársela como su esposa. La fortuna y el astuto prícipe Vasili hicieron el resto. Tras el matrimonio la joven pareja se marcha a vivir a la mansión de los Bezújov en San Pertersburgo. El éxito alcanzado por su hija anima al príncipe Vasili hasta el extremo de decidirse a visitar al príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski en compañía de su hijo Anatole con la vista puesta en María, la hija de aquel. Pero la vesania de Bolkonski descara la fealdad de su hija. Aun así la princesa María lo intenta, pero sin armas ni estrategia la victoria era imposible, es suficiente con un enemigo “sin intención alguna, impulsado tan sólo por una alegría ingenua y frívola”.

En Olmütz.
Las tropas de Kutúzov esperan la llegada del zar ruso y del emperador austríaco, ante ellos Nikolái Rostov desfilará como oficial después de su ascenso por méritos de guerra. Y tanto peso tiene lo que Rostov siente mientras observa entre las filas de las tropas el paso del zar, que es preciso leer despacio, como siguiendo el paso seguro y a la vez enérgico del jefe del Estado pasando revista: “Sentía que una sola palabra de ese hombre bastaría para que toda la masa (y él con ella, como una brizna) se arrojara al fuego o al agua, al crimen o a la muerte, o al más grande de los heroísmos; por eso no podía contener el estremecimiento y la emoción ante esa palabra ya próxima”. Así, con ese sentimiento inundándolo todo, es más fácil aceptar la muerte, ciertamente que lo es, pero cuán lejos está todo eso… ¡Oh! ¡Qué lejos! Tal vez lo esté porque sabemos que son muy pocas las posibilidades de que la historia vuelva a conjurar en un hombre la habilidad francesa y el histrionismo italiano, al menos en las dosis precisas para engendrar otro Bonaparte.

Austerlitz.

Weyrother, el general austríaco, cuya actitud antes de la batalla es gráficamente descrita por Tolstói como un caballo enganchado a un carro que corre cuesta abajo, inicia ante el general en jefe Kutúzov la lectura del orden de batalla. El príncipe Bolkonski sueña otra vez con la gloria; a la fama se lo entregaría todo, incluso su propia vida. Tan presto al sacrificio como él lo está Rostov, cuyo amor por el emperador le sobrecoge continuamente. El príncipe cae en los altos de Pratzen, bajo un cielo que se torna infinito. Rostov cabalga a lo largo de todo el frente como oficial de órdenes del general Bagration, reconoce al emperador que aislado llora en soledad y entonces sabe que la batalla está perdida. Napoleón, como los emperadores romanos, señala en el campo de batalla a los vencidos que dan muestras de valor: allí topa con el príncipe Bolkonski que aún sostiene entre sus manos el asta de la bandera perdida.   

jueves, 10 de abril de 2014

El asno de oro. Apuleyo.


Apuleyo nació hacia el año 125 en una pequeña ciudad llamada Madaura en lo que sería la actual Argelia, en el seno de una familia acomodada lo que le permitió iniciar sus estudios en Cartago y ampliarlos luego en Atenas. Gran viajero, visitó el oriente y, naturalmente, Roma. Su curiosidad intelectual le llevó a interesarse por lo esotérico y la magia. En Sábratha, cerca de Trípoli, en el invierto de 158-159, Apuleyo fue juzgado por prácticas mágicas y hechicerías. Resultó absuelto. Parece que alcanzó cierta fama pues en varias ciudades se erigieron estatuas del escritor. Se desconoce la fecha de su muerte y también la de composición de su obra más relevante, El asno de oro.  
Aunque resulta interesante la postura que expone Penejaute acerca del estrecho parentesco que el nacimiento de la novela guarda con el de la ciudad helenística, postrero coletazo de una épica de última hora, la conclusión de hallarnos ante textos mistéricos no parece propiciada más que por la importancia que en aquellos remotos tiempos se daba a la religión. Y así parece en nuestra obra, pues fue San Agustín el primero que se refiere a ella bajo la denominación de Asinus aureus.
La fórmula autobiográfica, como en la picaresca, es la elegida para el relato que se vertebra en tres partes: antes de ser burro, mientras fui burro y tras dejar de ser burro. Curiosidad y crueldad son los dos leitmotiv.


A) Cuenta Lucio que yendo hacia Tesalia tropezó con dos que contaban historias para entretener el camino.
B) Uno de ellos, Aristómenes, dice que yendo de camino hacia Hipata tropezó con un conocido llamado Sócrates en lamentable estado.
c)  A Sócrates unos saltadores primero y una amante hechicera después llamada Meroe, le han reducido a tal estado.
d) Meroe cuenta a Sócrates cómo en una ocasión supo recluir a toda una ciudad en el interior de sus casas durante dos días.
B 1) Retoma el relato Aristómenes para dar cuenta del sanguinario rito que Meroe lleva a cabo con el corazón de Sócrates tras degollarlo y de las razones de aquella para dejar con vida al narrador.

A 1) Lucio abandona a sus dos compañeros para desviarse hacia Hipata, donde pregunta por Milón, usurero y tacaño, a quien va recomendado por carta de su amigo Demeas, de Corinto. Tesalia es la región de la magia y la hechicería y Lucio apenas puede creer que camino del mercado encuentre a su aya Birrena. Esta le advierte de los hechiceriles poderes de la esposa de Milón, Pánfila, y Lucio se enreda en amores con la criada Fotis. Durante la cena Lucio, imprudente, habla de las artes adivinatorias y señala a un caldeo que en Corinto divulga “los secretos del destino”.       
B 2) Eso hace que Milón recuerde que ese mismo caldeo, llamado Diófanes, pasó por Hipata y un día encontró a alguien al que llamó hermano y que le preguntó por su viaje por mar y por tierra desde Eubea.
                        C 1) Diófanes cuenta su naufragio y la muerte de su hermano Arignoto.

A 2) Lucio visita la casa de Birrena, su aya, y allí...
B 3) Telifrón cuenta que durante una noche estuvo velando a un muerto para impedir que las hechiceras se apoderasen de su cuerpo y cómo acabó por perder orejas y nariz.

A 3) De regreso a casa Lucio es asaltado por tres maleantes a los que da muerte y a la mañana siguiente es apresado y conducido ante el tribunal que los juzga ante la vista del pueblo y de los tres cadáveres. A fin de que compruebe la magnitud de su crimen se le ordena descubrirlos y entonces contempla que no son sino tres odres agujereados. Es, claro, una pesada broma, pero el bochorno hiere a Lucio que apresurado se encierra en casa. Es entonces cuando su amante Fotis le descubre el secreto de su señora Pánfila, una tan grande hechicera como la feroz Ericto de la que habla Lucano en su Farsalia. La curiosidad, que no sabe de peligros, le lleva a Lucilio a observar las evoluciones de un encantamiento, de una metamorfosis. Y de la de la maga a la del curioso Lucio todo fue uno, solo que si aquella lo fue en ave, este lo es en asno. La irrupción de una cuadrilla de ladrones en la casa de Milón y la salida apresurada con el botín, hace de Lucio un asno de caminos. Como bestia de carga es conducido por los ladrones hasta su cueva.
            B 4) Los ladrones cuentan sus hazañas.

A 4) Lucio-asno observa como los ladrones se marchan y traen secuestrada a una hermosa joven por la que piden rescate. La doncella llora y la vieja que cuida de los ladrones para entretener el tiempo cuenta un cuento.
B 5) Relata la vieja el cuento de Psique. La astuta Venus, prisionera de la envidia que la belleza de Psique le causa, urde la venganza, pero Cupido resulta víctima de sus propias flechas, lo que exacerba la irritación de la diosa contra Psique.

A 5) La respuesta que los ladrones dan al intento de fuga de Lucio-asno portando a la doncella secuestrada es terrorífica, pero la llegada del prometido de la muchacha que se esconde bajo el disfraz del temible bandolero Hemo de Tracia, los salva de una muerte atroz. Se las prometía felices nuestro amigo Lucio-asno, pero el escudero de la nueva pareja no pensó más que en sacarle todo el partido a las fuerzas del animal. A punto de morir o algo peor, llega la noticia de la desgracia de la joven pareja, la doncella secuestrada de nombre Gracia y su novio que la rescató.
B 6) El mensajero cuenta que un mal hombre llamado Trasilo, enamorado de Gracia, mata al marido durante una cacería, pero lo encubre de tal manera que se hace hasta respetuoso frente a la viuda. Sin embargo, la pasión acaba por cegarle y de forma imprudente confiesa su amor y su culpa. Gracia prepara la venganza y el sacrificio final.

A 6) Los pastores y criados de la triste pareja ante la nueva desgracia huyen y se llevan consigo a Lucio-asno. Perros salvajes, apedreamientos, hormigas carnívoras y hasta un dragón acompañan en su viaje a nuestro narrador. Acaba en manos de un afeminado sacerdote-mendigo que convierte en altar los lomos del animal. Después de no pocas aventuras llegan a una aldea.
B 7)  En la posada alguien cuenta la desgracia de un pobre hombre engañado por su astuta esposa que saca y mete hombres de una honda tinaja.

A 7) Los malos pasos del sacerdote-mendigo y sus compañeros hacen de Lucio-asno un semoviente subastado. El nuevo dueño es un molinero, la gran desgracia de un cuadrúpedo, que se ve obligado a pisar sin cesar sus propias huellas moviendo la muela del molino. Pero para nuestro Lucio-asno es aún peor porque le basta mirar el lamentable estado de sus compañeros para saber el futuro que le espera.
B 8) La historia de la mala vida que a un molinero daba su mujer y de su trágico final.
                        C 2) La historia de Filesitero.

A 8) Puesto de nuevo a la venta, termina Lucio-asno en manos de un hortelano muy pobre, el cual se ve envuelto en un áspero incidente con un legionario en cuya resolución posee buena parte de culpa la curiosidad de Lucio-asno. Un atroz crimen se fragua en la casa adonde Lucio-asno es conducido por el decurión.
            B 9) La historia de una madrastra que torna un amor incestuoso por una copa de vino envenenada.  

A 9) Otra vez Lucio-asno es vendido. En esta ocasión a dos hermanos, uno panadero y el otro cocinero, esclavos de un amo rico. Los nuevos dueños nadan en la abundancia, pues cada noche llevan a su casa una buena porción de las sobras. Así Lucio-asno deja el heno intacto y se atiborra de los manjares humanos. Esto llama la atención de los hermanos que descubren las habilidades del animal. Le enseñan a bailar y a sentarse a la mesa. Tiaso, el amo, se hace acompañar de Lucio-asno en su viaje a Corinto hasta donde ha llegado la fama del Lucio-asno. Su éxito es tal que cierta mujer abona el precio que se le exige por un encuentro sexual. También en la antigüedad el afán de lucro era tan poderoso estímulo que Tiaso no tiene reparos morales en ofrecer en espectáculo publico el apareamiento de una mujer con un asno.
            B 10) La historia de la depravada mujer que saldrá a la arena en unión de Lucio-asno.

A 10) Ante una perspectiva tan poco favorable, yacer con una mujer asesina condenada a ser devorada por las fieras, Lucio-asno escapa y suplica la ayuda de los dioses para acabar con su triste destino. Isis, la diosa egipcia a la que los romanos hicieron hueco en su Capitolio, se hace visible ante Lucio-asno y por su mediación se pone fin al encantamiento. Lucio renacido por la divina intervención decide consagrarse al servicio de la diosa. Una diosa que parece ocuparse de los problemas de los hombres.


Antes de ser burro, Lucio estaba siempre al borde del descubrimiento y la curiosidad lo era todo; mientras fue burro vio desfilar ante sus ojos y zumbar alrededor de sus grandes orejas, toda la miseria humana; y después de dejar de ser burro, los dioses no le dejan en paz.