sábado, 28 de febrero de 2015

Mansfield Park. Jane Austen.


El número de hombres acaudalados es muy inferior al de mujeres bonitas. Y la señorita María Ward de Huntingdon tuvo la suerte de resolver a su favor este binomio al unirse a sir Thomas Bertram de Mansfield Park y obtener así el tratamiento de lady. Unos cuantos años después vino a unirse a la familia, Fanny Price, sobrina de lady Bertram, un acto lleno de caridad para con la familia de su esposa por parte de sir Thomas. Y como el matrimonio de Frances Ward no había sido tan afortunado como el de su hermana María, la prevención de sir Thomas ante una más que esperable “tosca ignorancia, mediocridad de opiniones y modales penosamente vulgares” de su sobrina estaba justificada. La jugosa concatenación de reservas es de una actualidad sorprendente. Pero no hay aquí envanecimiento por parte de sir Thomas, sino que era muy esperable que su sobrina hubiera adquirido esas deficiencias de la sociedad en la que se había educado. Aunque Fanny terminó metiendo en la cama sus penas el día de su llegada a Masfield, por su cabeza se pasó un pensamiento revelador de un carácter poco común: “Que sería una perversidad por su parte no ser feliz”. Nadie como Jane Austen para explicar en unos cuantos párrafos de perfecta ejecución, cómo se siente una niña de diez años recién llegada a una familia que ve en ella poco más que un objeto de caridad.


Fue Edmund, el hijo menor de los Bertram, quien primero prestó atención a Fanny después de encontrarla en las escaleras llorando. Fanny le tomó afecto a Edmund y lo colocó un poco por debajo del que sentía por su hermano William. Unos años después sir Thomas ha de abandonar Inglaterra y decide llevar consigo a su hijo mayor, Tom, muy dado al gasto excesivo. Las sutilezas, inabordables desde nuestro tiempo, se revisten de una puntillosa complejidad en el caso de la muerte de la jaca de Fanny, que es resuelta por la bondad de Edmund. Pero si nos referimos a sutilezas probablemente ninguna como la de la señora Norris, la otra tía de Fanny, que es capaz  de admirar el discernimiento ajeno si, y solo si, es usado para descubrir los méritos propios. A los veintiún años, María Bertram se compromete con el muy rico señor Rushworth condicionado por el consentimiento de sir Thomas que todavía permanece fuera. La llegada al condado de Mary y Henry Crawford, hermanastros de la señora Grant, la esposa del párroco de Mansfield, trajo novedades importantes: una semana después, Julia Bertram estaba total y absolutamente dispuesta a dejarse enamorar por el gallardo Henry. Enfermos como estaban los Crawford de engaño, su decisión de hacer una cura en Mansfield trajo las consecuencias propias de una epidemia.

Comparten la velada las preocupaciones del señor Rushworth por la riqueza paisajística de las trescientas hectáreas de parque que rodea la mansión de Sotherton y las vicisitudes del arpa de la señorita Crawford en su viaje desde Londres hasta Mansfield. Primero disfrutó Edmund de la habilidad de la señorita Crawford con el arpa y más tarde de las largas excursiones cabalgando en su compañía, lo que, inevitablemente, suponía el abandono de Fanny. Aunque no tardó Edmund en rectificar y el incidente sacó a la superficie las virtudes de ambos: la responsabilidad de él y la bondad de ella.


La visita a Sotherton nos permite conocer alguno de los pliegues de la futura señora Rushworth en cuyo corazón se disputan el terreno la vanidad y el orgullo. Enseñar una casa como la de Sotherton exige de cierta preparación porque cada cosa es bellísima en su género y los retratos de la familia son demasiado numerosos. En la capilla, que por su falta de personalidad decepciona a Fanny, la señorita Crawford conoce las serias intenciones de Edmund de convertirse en clérigo, al fin y al cabo, como segundo hijo, no le quedaba más remedio que elegir entre servir al Rey, a la Ley o a Dios. En el soto o parque, Fanny se queda doblemente a solas, mientras la señorita Crawford y Edmund pasean por su interior y la señorita Bertram y el señor Crawford recorren el exterior. Desde ese lugar seguro llamado Fanny va el lector examinando a los que huyen, persiguen o permanecen.



El anuncio del regreso de sir Thomas supone la proximidad de importantes acontecimientos: el enlace de María y la ordenación de Edmund. El halago de este a Fanny nos brinda la oportunidad de recibir de la boca de la señorita Crawford un certero perfil psicológico de la señorita Price, “más acostumbrada a merecer las alabanzas que a oírlas”. Y sin embargo, las estrellas fueron desplazadas, esa noche, por el coro.

El plan de representar en Mansfield  una obra de teatro por los Bertram y los Crawford con el auxilio y colaboración de los amigos más íntimos de la casa, cuenta con la estéril oposición de Edmund y de Fanny. La elección de la obra y el reparto de los papeles liberan una compleja sucesión de intereses y sentimientos quedando los primeros solo satisfechos en función de los segundos. El corazón de Fanny le lanza una advertencia cuando se entera de que Edmund ha reconsiderado su postura tras advertir un papel vacante muy próximo al de la señorita Crawford. Si al principio Fanny se sintió sola, muy pronto las continuas quejas de todos y cada uno de los demás sobre expectativas incumplidas o atenciones desatendidas, le sirvieron de entretenimiento. Todo bullía como en el interior de una olla al fuego. Jane Austen utiliza la pieza de teatro para sacar a la superficie de la realidad aquello de lo que nadie se quiere dar por enterado.


La inesperada llegada de si Thomas supone un brusco giro de la situación. El primero en marcharse fue Henry Crawford dejando un hondo pesar en el corazón enamorado de María y un aliviado resentimiento en el de Julia. El poco fuste del señor Rushworth, el prometido de María, era tan evidente que el mismísimo si Thomas invitó a su hija a expresarse con sinceridad sobre su relación con el heredero de Sotherton. La respuesta le satisfizo doblemente, pues al carácter ventajoso se la alianza se venía a sumar la certeza de que una joven “que no se casaba por amor era en general sumamente apegada a su propia familia”. Lo que sir Thomas ignoraba era que la respuesta de su hija estaba dictada por el despecho nacido del desinterés de Henry Crawford y, lo que era aún más grave, por el odio hacia Mansfield. Un par de meses después María se trasladará con su marido y Julia a la aristocrática Brighton, dejando para Fanny el primer lugar en Mansfield. En realidad lo que queda en Mansfield es un prometedor triángulo: Edmund, Mary y Fanny. Sir Thomas no es hombre que escatime sus opiniones: Fanny puede aceptar la invitación a cenar de la señora Grant. Muy al contrario que la señora Norris, cuya perorata admonitoria dirigida a Fanny, encuentra por esta la más humilde de las respuestas: reitera las gracias y se apresura con su labor, pese a lo cual Norris le recuerda a Fanny que su lugar es siempre el último. Tal es la virtud de esta jovencita que cuando sir Thomas le pregunta a qué hora quiere el coche para que la lleve hasta la casa de la señora Grant, nuestra querida Fanny no puede sino sentirse como un criminal ante la presencia de su tía. La velada contó incluso con la sorpresa de la presencia de Henry Crawford que tomó muy buena nota de lo extraordinariamente bien que le sentaba el otoño a la señorita Price. Encantos que se centuplicaron con el regreso de su hermano William.


La llegada a Mansfield del sobrino de lady Bertram incrementó la simpatía hacia los hermanos Price hasta el punto de decidir a sir Thomas a ofrecer un baile para diversión de los jóvenes. En la víspera, Fanny, tras el incidente de las dos cadenas, descubre el amor que su primo Edmund siente por la señorita Crawford. Fanny se prohíbe considerar tal hecho como un desengaño: sabe que no posee el privilegio de la solicitud. Durante el baile Edmund se mueve inquieto y solo logra el descanso cuando baila con Fanny. Para quien no hay amparo, y no deja de sorprendernos porque durante trescientas páginas no hemos visto en su corazón más que una turbina, es para el frívolo Henry Crawford. Tan seguro está de ganar la partida del amor que no duda en elevar a los altares propios la virtud ajena. Las cartas que exhibe el señor Crawford son tan buenas, las recomendaciones necesarias para que William sea nombrado teniente de corbeta, que la negativa de Fanny le parece a sir Thomas insuficiente. Fanny revela una independencia de espíritu inesperada para la época y la posición social de sir Thomas, La cascada de reproches parece no tener fin: terca, obstinada, egoísta, desagradecida. Pretendiente y tío acabaron por decidir que Fanny no sabía de sus sentimientos y que era mejor esperar que insistir. Aunque con menos sorpresa que sir Thomas por el rechazo de Fanny, Edmund compartía el punto de vista de su padre. Hasta tal punto es presionada la virtuosa Fanny que acaba pidiendo perdón por no tener a disposición del señor Crawford el sentimiento por este reclamado. Los Crawford ensayaron una maniobra de retirada dejando en manos de sir Thomas y Edmund la observación del campo de batalla. ¡Qué lejos parecen todos de conocer a Fanny!: su espíritu no podía navegar por mejores aguas que las de Mansfield donde su secreto está mejor guardado. Y sin embargo, quizás por intuición psicológica, sir Thomas traza el plan de alejarla de Mansfield permitiéndole que visite a su familia en Portsmouth. No tiene más que dieciocho años, ha vivido más de la mitad de su vida en Mansfield, sabe que cuando regrese la suerte de Edmund estará ya decidida, ignora cuanto la espera en casa de su madre, no cuenta más que el amor de su hermano William y su propia virtud. ¡Pobre Fanny!



Hay dos jornadas de viaje entre Northampton y Portsmouth, tiempo suficiente para que Fanny piense y abra su corazón a sí misma. Era un secreto que poco a poco nos había ido siendo revelado. Ahora lo sabemos con absoluta certeza: Fanny está enamorada de su primo Edmund. La noticia en el domicilio de los Price no es la llegada de Fanny, sino la salida del barco de William, la corbeta Thrush, del puerto para fondear en Spithead. Tan triste y árido fue el exilio de Fanny en la casa paterna que cuando recibió carta de la señorita Crawford su corazón brinco de alegría. Un mes después de su llegada a Portsmouth, Fanny se sentía abatida y los primeros síntomas de una depresión eran ya perceptibles en su rostro. Ahora ya sabía que su casa era Mansfield. Pero Mansfield no era ya el mismo que había dejado atrás: primero la enfermedad de Tom y después el escándalo de la señora Rushworth, huida en compañía del señor Crawford, habían sumido a los Bertram en el hondo pozo de la desgracia y el deshonor. El único consuelo para sir Thomas y su familia era la virtud de Fanny. El abatimiento absoluto que mostraba la señora Norris a la llegada de Fanny era la mejor muestra de aquello a lo que se enfrentaban las hermanas Price, pues por expreso deseo de sir Thomas, Fanny viajaba acompañada de su hermana Susan. El tiempo trajo consigo la mejoría de Tom y el regreso de Julia a Mansfield acompañada con su marido, el frívolo Yates, cuyas deudas le parecieron a sir Thomas menos de las esperadas. Más tarde, el acuerdo de construir un retiro deliberadamente infortunado para María, liberó a todos de la presencia de la señora Norris y con absoluta seguridad hubo una tarde en la que bajo los árboles de Mansfield Park, Edmumd cobró conciencia de que la paz había regresado y que frente a sí tenía lo que era demasiado bueno para cualquier hombre: los ojos tranquilos y dulces de Fanny Price.
  


domingo, 22 de febrero de 2015

Principales personajes de "La esquina"



El Gordo Curt Davis: el mejor captador en la esquina de Fayette con Monroe. Sus manos gordezuelas nunca conocen el fondo de los bolsillos; camina apoyado en un bastón de aluminio.

El señor Blue: cobra dos billetes por entrar en su casa-picadero (el palacio de las agujas) a chutarse y otros dos si necesitas jeringuilla. Es pintor.

Bryan Sampson: esquinero que coloca detergente en polvo a sus clientes.

Dennis: hermano de Curt y como él necesita bastón.

Verónica Boice: la prima de Tony, conocida como la Flaca o Ronnie. Es la pareja ocasional de Gary. Ronnie, que apenas pesa cincuenta kilos, es capaz de crear el caos y la discordia a su alrededor con sus mentiras. “Una extraña mezcla de voluntad, sabiduría y maldad”.

Neacey: la hija de Ronnie Boice.

Lightlaw: la empresa constructora de Gary.

DeAndre McCullough: hijo de Gary y Fran. Es un chico espabilado, hasta el punto de que mandar a su hermano a la escuela un sábado con el encargo de esperar allí a que sea lunes. El hecho de que lleve el pelo a lo Bart Simpson hace que se le reconozca a una esquina de distancia. Al principio, su territorio es el callejón de Fairmount.

DeRodd: hermano de DeAndre.

Tae, Sean, Boo, Linwood, Dewayne: amigos de DeAndre.

Michael Hearns: padre de DeRodd.

Odell y Shorty Boyd: atracadores de esquineros.

Little Kenny y Hungry o Charlene: ladrones de alijos.

El 1625 de Fayette es la casa de los Boyd, conocida como el Dew Drop Inn, allí vive la madre de DeAndre que se llama Fran, y los hermanos/as de Fran: Bunchie, Stevie, Alfred y Sherry (su novio es Kenny y el hijo de ambos es Ray Ray que vive conectado a un monitor cardíaco). Scoogie, el hermano mayor, vive con su familia en otro lugar, es el único Boyd que está limpio de drogas, al menos eso asegura él.

Corey: el novio de la prima (Nicky) de DeAndre y socio de este en la esquina de Fairmont.

Bugsy: el proveedor de De Andre.

Bod Brown: el azote policial de todos los colgados.

Rose Davis: la directora del instituto Francis M. Woods al que asiste DeAndre.

Ella Thompson: directora del centro cívico Martin Luther King Jr., un viejo edificio entre las calles Fayette, Mount y Vincent.

Dana Lamm: el muerto a cuyo funeral asiste Ella. Dana es amigo del hijo de Ella, Tito.

Gordon: el tercer amigo (Dana, Tito y Gordon). Tres chicos estupendos que le dieron la espalda a la esquina.

Allen: marido de Ella, drogadicto y maltratador, padre de Tito y Donilla.

Pequeño Melvin, Gran Lucille, Gánster Webster, Kid Herderson, Liddie Jones, Zinder Blanchard: los grandes camellos y gánsteres del pasado.

Dink-Dink: probablemente el vendedor más joven, nueve años. Está deseoso de cargarse a su primer tipo.

Eggy Daddy, Pimp, Bryan, Bread: colgaos, consumidores que trabajan en la esquina como captores, vigilantes o lo que sea. Bryan es un consumado adulterador de la cocaína.

Rita Hale: la adicta, médico en lo de Blue, capaz de encontrar la vena en lo más profundo del brazo.

Gee, Shamrock, Dred, Nitty, Tiny: traficantes.

Kwame: el hermano más pequeño de Gary. Trapichea con DeAndre.

Shamrock o Sham: el compinche de Kwame.

Tyrone: el hermano de Ronnie Boice.

Los McCullough son quince: Kathy, Jay, William Jr. (conocido como June Bey), Joanne, Judy, Gary, Ricardo, Rodney, Darren, Sean, Chris, Kwame, Kenyetta, Dan, (el que falta creo que se llama Cardy). Gary es uno de los protagonistas de la novela, se trata de un adicto que siempre lleva puesta una gorra de los California Angels.

Dontayn: el hijo de Blue, el último traficante de la acera de la calle Pratt.

Collins: policía.

Tyreeka (Reeka) Freamon: la novia de DeAndre.

Stubby y Scar: traficantes.

Huffham: el policía que detiene a DeAndre.

MLK: equipo de baloncesto formado en el centro cívico por Ella, a él pertenecen R.C., Brooks, Dewayne, Tae, Linwood. En el banquillo esperan Boo, Brian, Manny Man, Dinky y Randy.

Ike Motley: amigo de Ella, canta en los funerales.

Ricky Cunningham: amigo de Ella, a medio camino entre la  comunidad y la esquina. Se declara por carta remitida desde la prisión.

Kiti: el hijo de Ella.

Tianna: nieta de Ella.

Domilla (Donnie): madre de Tianna e hija de Ella.

El gordo Curt, Eggy Daddy, Dafnis, Rita, Shardene, Joyce y Charlene Mack, Chauncey, Pimp y Scalio: drogadictos que antes vivían en la casa de Blue y después se marchan a la de Annie, al lado de la casa de los McCullough.

Fatty Pool: hija de Ella, en 1988 con trece años de edad fue asesinada en un callejón de la calle Baltimore.

Daymo, T.J., Chubb, Michael, DeRobb y Little Stevie (primo de DeAndre): son el futuro de la calle, los más pequeños que ya han empezado a ser “enderezados” por los de quince.

Joyce Smith y Myrtle Summers: directivas de la junta de la plaza Franklin.

Skip: un yonqui con cerebro.

Gene el Limpio: yonqui que tiene el único picadero limpio de drogas.

Mike Ellerbee: el aspirante a marinero y condenado por homicidio.

Mike, el de la calle Payson, Truck y Twin: los chicos de Hilltop, el vecindario al oeste de Monroe.

David Sanford: hermano de R.C., heroinómano, víctima mortal de la brutalidad policial.

Sarah: la madre de Ronnie. Insulta a la madre de Gary, Roberta, a la salida del juicio.

Will: el compinche de Gary en el asunto de los coches.

Preston, Shamrock, Jaime, Kwame: generación anterior a la de los HMC y amigos de Kiti, el hijo de Ella.

Smitty y Gale: vecinos de Ella. Gale es la hermana de Ricky Cunningham.

Pimp: uno de los legendarios clientes de los picaderos, capaz de salir de una joyería con una bandeja de anillos de oro.

Marlene: hermana de R.C.

Sargento Timothy Devine (Stashfinder: el encuentra alijos): policía veterano del distrito oeste.

Regina: compañera sentimental de Kwame.

Nicky: la hija de Bunchie.

DeQuan: hijo de Nicky.


miércoles, 4 de febrero de 2015

El extranjero. Albert Camus.



La frase con la que concluye La peste: “Hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio” es fruto de un largo proceso que se inicia precisamente con El extranjero. Meursault es un hombre sin polaridades; no hay en él ni verdadero resentimiento ni tampoco satisfacción. En el profundo sentir mediterráneo de Camus confluye una extraña mezcla de luz y sangre; la primera alumbra las calles sucias y pobres de Argel y la segunda le proporciona la sabiduría que habita en el espíritu andaluz de su madre. Solo la belleza hace soportable la miseria. Ciertamente no hay salvación posible, pero, al menos, queda la dicha de la contemplación de lo bello. En Meursault todo se explica como el profundo aturdimiento que sigue a una insolación. Meursault es un romántico sin vida interior que ha descubierto el hedonismo de las playas del Mediterráneo.


No era más que cuestión de esperar a que la muerte de su madre se convirtiera en “un asunto archivado”. Hay una cierta insolencia en el hecho de ir en autobús al entierro de tu madre, en tomarlo a la carrera y hacer dormido el trayecto. El portero de la residencia le hace compañía hasta que la llegada de los amigos de su madre le obliga a abandonar la somnolencia a la que se había entregado en medio de una sala atrozmente iluminada. Una docena de ancianos que buscan algo para desviar la mirada del féretro. De repente una mujer llora y Meursault descubre que su madre tenía una amiga. Durante el sepelio, una línea de cipreses entre el azul del cielo y el rojo de la tierra, le proporcionan a Meursault una explicación sobre su madre. El hecho de que solo tres personas acompañen el féretro de su madre no parece llamar la atención de Meursault. Se disculpa una y otra vez por la muerte de su madre como si se trata de un contratiempo pasajero, de una leve hinchazón en el alma.


A un rápido encuentro sexual con Marie Cardona, una antigua compañera de oficina, le sucede una comida a base de huevos cocidos, un paseo por el apartamento y una asomada al balcón. Lo mejor que se puede hacer con el resto del día es asegurarse de que nada había cambiado. Los vecinos parecen ser los mismos. Meursault accede a los deseos de camaradería del Raymond de quien se dice en el barrio que vive de las mujeres. Parece un tipo sin escrúpulos que puede meter en problemas al estúpido de Meursault. Menos preocupación causa el viejo Salamano, pese a la identidad de aspecto que comparte con su perro, y hasta resulta de agradecer que ponga ante los ojos Meursault el hecho contrastado a estas alturas del poco afecto que sentía hacia su madre. Durante una escaramuza con dos árabes, Raymond resulta herido. Unas horas después Meursault dispara contra el agresor y lo mata.


El juez, alto y canoso; el abogado, gordo y joven. La insensibilidad de Meursault es el primer cargo. El segundo, una amoralidad nacida del aburrimiento. Tal vez sea la visita de Marie a la cárcel, el acontecimiento que marca el primer atisbo de sufrimiento en el espíritu de Meursault. Esa repugnante mezcla de vergüenza y deseo en que consiste la privación de la libertad. El calor provocaba en la sala de enjuiciamiento un “ruido continuo de papel arrugado” que anticipaba el resultado de las pruebas. Hay un rápido paso por la nostalgia, la curiosidad y el solipsismo para volver después y, definitivamente, a la misma indiferencia y pesadez que llevó a Meursault a disparar contra el árabe. Al fiscal, Meursault le parece un monstruo y pide pena de muerte. También el abogado defensor, entre grandes ventiladores y multicolores abanicos, se asoma al alma meursaultiana y la encuentra tan llena de virtudes que hasta su mismo poseedor siente vértigo. Es justamente entonces cuando la trompeta de un vendedor de helados lleva hasta la garganta de Meursault algo parecido a un sentimiento del que apenas retiene otra cosa que cansancio. Después el corazón de Meursault se cerró y nada replicó tras escuchar que  sería decapitado en la plaza pública y en nombre del pueblo francés.

En la celda, después de conocer la sentencia, Meursault no muestra ni rebeldía ni indignación. Piensa, eso sí, en la evasión, en el placer de verse en el otro lado, detrás del cordón policial que rodea la plaza, en la necesidad desadjetivada de colaborar moralmente con el verdugo, en el alma mecánica de lo inevitable; pero no en Dios, en Dios, no: Dios carecía de importancia. ¿Y cómo podía tenerla si a él, a Meursault, lo habían condenado a morir como asesino por no haber llorado en el entierro de su madre? El hombre camusiano, culpable y sin redención posible.  


martes, 13 de enero de 2015

El libro del Éxodo.


Dios, Moisés y el pueblo de Israel. Tres fuerzas extraordinarias: el primero ha decidido cumplir la promesa dada a los patriarcas, el segundo ha de servir de instrumento a la acción divina y el tercero al salir de la esclavitud se hace responsable de su propia libertad ante Dios y los hombres. Ningún texto en la historia humana posee tanta universalidad como este.


Aquellos setenta y cinco descendientes de Jacob que en unión de sus once hijos entraron en Egipto, José ya estaba allí, se multiplicaron y la tierra se llenó de ellos. Y cuando subió al trono un faraón que ya no conocía a José, desconfió de los hijos de Israel y los esclavizó. Como pese al duro trabajo al que los hebreos eran sometidos continuaban en aumento, se ordenó que los varones recién nacidos fueran arrojados al río y solo a las hembras se las dejara con vida. Uno de estos recién nacidos fue abandonado en el río sobre una cesta embreada, la cual fue a parar a un juncal donde se bañaba la hija del faraón. Sabiendo que era un hebreo abandonado se compadeció de él y lo dio a criar para ella a la madre del niño. Cuando creció y la hija del faraón pudo disfrutar del niño le puso por nombre: Moisés, diciendo: “Del agua lo he recogido”. El niño creció y hasta los oídos del faraón llegó la noticia de la muerte de un egipcio a manos del hebreo Moisés que ha de exilarse a la región de Madián para evitar el castigo. Allí conoció a Sepfora con la que tuvo un hijo, Gersam. Un día en el monte Khoreb (el monte Sinaí) Moisés observa una zarza o arbusto que arde sin consumirse y se acerca para admirar el prodigio. Es Dios que se manifiesta bajo esta poética forma. Moisés es el instrumento divino para liberar al pueblo hebreo de la opresión egipcia. Pero Moisés pregunta a Dios una y otra vez, le pone mil y una pegas, hasta de forma velada le pregunta: ¿Pero, bueno, tú quién eres? Y entonces Dios da la famosa respuesta: “Yo soy el que soy”, el único, por tanto, que tiene existencia por sí mismo. La igualdad antigua de un Dios que trata primero de convencer y se enfada ante las reticencias continuas de un Moisés pusilánime.


El faraón suprime la entrega de la paja sin aminorar el número de ladrillos; esa es la respuesta a la demanda de libertad: “Vayan ellos y cojan la paja”. Los hijos de Israel son ahora más esclavos que antes porque han de procurarse la paja. Lleva razón Moisés: en tales condiciones cómo van a escucharle. Tan importante es la genealogía que se nos da cuenta de la procedencia de Moisés y su hermano Aarón: Leví, Kaath y Amram serían respectivamente bisabuelo, abuelo y padre. Y el duro corazón del faraón hizo que el Señor mandara las sucesivas plagas sobre el pueblo de Egipto: la sangre, las ranas, los mosquitos (Casiodoro de Reina habla de piojos), el tábano (“mosca de perro” aclara la Septuaginta), la mortandad del ganado, las llagas, el granizo… ¿Hasta cuándo el faraón va a negarse a dejar que Dios lo conmueva? ¿Por qué Dios no se decide a actuar directamente en el corazón del faraón en lugar de obrar prodigios en el exterior? Hizo subir la langosta, la octava plaga, para que devorara cuanto había dejado tras de sí el granizo y después que descendiera la oscuridad durante tres días el faraón continuaba negándose a dejar salir a los hebreos. La última de las plagas enlaza la pascua, la fiesta de los ázimos y la muerte de los primogénitos, preludios de la salida definitiva de la esclavitud. El Pésaj judío. “Guardaréis los días de los ácimos, porque en aquel mismo días saqué vuestros ejércitos de la tierra de Egipto; por tanto guardaréis este día por todas vuestras edades, por costumbre perpetua. En el primero, a los catorce días del mes, a la tarde, comeréis los panes sin levadura, hasta el veintiuno del mes, a la tarde”. (Versión de Casiodoro de Reina).   


Pero no bien los hebreos se hubieron adentrado en el desierto (la enorme distancia entre la esclavitud y la libertad exige de un aprendizaje), corrió el faraón en pos de ellos al mando de seiscientos carros y frente al mar Rojo los encontró. Al ver al faraón, los hijos de Israel dudaron: mejor esclavos en Egipto que muertos en el desierto. Por mandato del Señor, Moisés separó las aguas, abrió el camino de la libertad para los hebreos y cerró el féretro del faraón. Y Moisés arrojó un palo y el agua amarga de Merra (Mará) en el desierto se endulzó. Pero como el pueblo continuaba dirigiendo sus quejas contra Moisés y Aarón, el Señor envió el maná y el precepto del descanso sabático. Al llegar a Rafidín, de nuevo la sed hizo a los israelitas quejarse e injuriaron a Moisés que se preguntaba: “¿Qué voy a hacer con este pueblo?”. El Señor le dijo que se pusiera delante del pueblo y con el mismo cayado que Moisés apartó el mar, hizo brotar agua de la piedra. Puso como nombre a aquel lugar Massah y Meribah, prueba e injuria. Allí, en Rafidín, Amalek, que el Génesis presenta como hijo de Elifaz, esto es nieto de Esaú, combate a los hijos de Israel y es derrotado por Iesoús (Josué). Moisés, aconsejado por su suegro, elige hombres capaces que pone al frente de diez, de cincuenta, de cien y de mil. Y estando en el Sinaí, Dios llamó a Moisés y este subió al monte. El pueblo elegido, la nación santa, aceptó la alianza con Dios. Tres días después Dios bajó del monte Sinaí y habló directamente al pueblo mostrándole las leyes del Decálogo. Con sangre de novillos que Moisés asperjó sobre el pueblo quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Regresó Moisés al monte Sinaí a recoger las tablas de piedra y allí estuvo en lo alto cuarenta días y cuarenta noches. Ordena el Señor a Moisés la construcción de un arca para guardar el Decálogo con un propiciatorio adornado de querubines y a continuación le da normas muy precisas para la construcción del santuario (tienda del testimonio donde guardar las tablas de piedra escritas por el dedo de Dios) y el altar. Los preceptos se extienden a las vestiduras de Aarón y sus hijos que han de ejercer el sacerdocio para Dios. Y tan pormenorizadas fueron las instrucciones del Señor que mucho fue el tiempo que Moisés tardó en volver con su pueblo y se encontró con que este había fundido un becerro de oro y se había postrado ante él. Hizo Moisés pedazos las tablas y redujo a polvo el becerro. Después hizo que tres mil cayeran a mano de los levitas y volvió a suplicar a Dios, quien lo escuchó y le mandó regresar al monte Sinaí con nuevas tablas donde volver a imprimir el Decálogo. Tan pronto como Moisés descendió se comenzaron los trabajos para la construcción de la tienda del testimonio, del arca donde guardar las tablas, del altar, de las vestiduras, del candelabro, las lámparas, la mesa de la presentación, de los pilares, cortinas, pieles y aparejos. Y cuando el santuario estuvo terminado el espíritu de Dios descendió sobre él y los israelitas avanzaban por el desierto siguiendo la nube divina.


Por la Pascua, los judíos aún hoy recuerdan la necesidad de sentirse como recién salidos de la esclavitud egipcia, porque solo así cabe preguntarse por la identidad de un pueblo elegido que vagó durante cuarenta años por el desierto de la mano de un Dios que parecía perdido.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Odisea. Homero.


Un viaje de un par de semanas, el que transita entre Troya e Ítaca, se convierte para Ulises u Odiseo en un dilatado ciclo de aventuras que se desarrolla a lo largo de diez años. El de las mil caras y los diez mil recursos, Odiseo, a un tiempo seductor y seducido, astuto y nostálgico, dantesco y homérico, ¡Odiseo, tú mujer te está esperando!

La ojizarca Atenea intercede por Odiseo ante Zeus que accede a sus ruegos. Disfrazada de señor de los tafios y portando en la mano la fornida lanza de bronce, Atenea se planta en el hogar de Odiseo. Canta Femio y el corazón de Penélope se entristece. Los pretendientes gritan, comen, beben y esperan. Telémaco piensa en el consejo de Atenea: salir a buscar a su padre, Odiseo.

Clama Telémaco contra los pretendientes de su madre Penélope que devoran la casa. Claman los pretendientes contra la astucia de Penélope que con sus tejemanejes los mantiene a todos a la misma distancia. Clama Haliterses interpretando los augurios que dos águilas dejan en el cielo. Pero Atenea indujo al sueño a todos los pretendientes y disfrazada de Mentor subió a bordo precediendo al divino hijo de Ulises.

Nueve toros sacrificaban los pilios cuando Telémaco ancló en el puerto. Néstor, el caballero gerenio, domador o guiador de caballos, es quien interroga a los recién llegados. Ninguna noticia puede aportar el rey de Pilos sobre el destino de Odiseo, pero cuenta la trágica historia de Agamenón, pastor de hombres.


Menelao, el rey de la Esparta micénica, recibe a los dos forasteros: Telémaco y Pisístrato, el hijo de Néstor; pues recuerda que también él comió en hospitalarias mesas hasta que logró volver. Evoca Menelao al astuto Odiseo que urdió en Troya la “hueca emboscada” y contuvo férreamente a los argivos hasta que llegó el momento propicio. Indignado después de conocer la situación actual de la casa del héroe, Menelao relata la forma en que logró salir de la isla de Faro y cómo llegó a tener noticias de la muerte de su hermano Agamenón. Sabe, porque así se lo rebeló el veraz anciano de los mares llamado Proteo, que el hijo de Laertes, el que tiene en Ítaca su morada, es decir Odiseo, se halla prisionero en poder de la ninfa Calipso en la isla Ogigia (de incierta localización). Mientras tanto los pretendientes redoblan el cerco acosador sobre Penélope y, enterados de la salida de Telémaco, urden una cobarde emboscada para asesinarlo a su vuelta.

Hermes el Argifonte es enviado por Zeus para que la ninfa Calipso deje salir a Odiseo de la isla donde está cautivo. Antes de cumplir el deseo del dios, la ninfa advierte a Odiseo de los peligros que le esperan antes de llegar a su patria y le ofrece la inmortalidad a cambio de su renuncia a partir. Sale con favorables vientos al quinto día, pero diecisiete después cuando está próximo a la tierra de los feacios (probablemente Corfú),  Poseidón desencadena una gran tormenta y otra ninfa, Ino Leucotea, la diosa blanca, rescata a Odiseo del fondo del mar y lo protege hasta llegar a tierra firme. El paciente y divinal Odiseo pasa la noche entre las hojarascas de un olivo y un acebuche.


Atenea, la diosa que protege a nuestro héroe, se cuela en los sueños de Nausícaa, la hija del rey de los feacios, Alcínoo, para que se dirija a la ribera del río. El alboroto de las mujeres despierta a Odiseo que corre a cubrir sus genitales desnudos con alguna rama. Nausícaa no se ofende por la desnudez del forastero y después de ofrecerle ropas para que se cubra y de invitarle a comer y lavarse, le aconseja que acuda a la casa de su padre donde será bien recibido. Precavida, la diosa protectora de Odiseo, la de ojos de lechuza, le cubre con una densa niebla para evitar que su condición de extranjero pueda soliviantar a las gentes. Atenea explica a su protegido la descendencia directa de los reyes feacios del mismo dios Poseidón y la conveniencia de que Odiseo se gane el aprecio de la reina Arete o Areta. Gracias a la ayuda de la diosa Atenea, Odiseo es bien recibido. No obstante, el canto de Demódoco sobre las luchas en torno a Troya entristece al héroe y el mal desafío que en los juegos le lanza Euríalo, lo enfurece. El rey Alcínoo le pide, antes de que los barcos feacios le lleven hasta su patria, que revele quién es y cuáles fueron sus desventuras.



Cicones, lotófagos, cíclopes; Polifemo se burla de las invocaciones divinas de Odiseo y toma a dos de sus hombres por cena y a los dos siguientes por desayuno. El astuto héroe ciega al cíclope y este lanza su maldición: que Odiseo no regrese nunca o si ha de hacerlo porque esté en su destino, que solo lo consiga después de muchas cuitas. Tal vez fuera la postergación que los compañeros de Odiseo observaban en las preferencias divinas, las que los llevaron a abrir el presente que Eolo había hecho a Odiseo con consecuencias de retorno a la posición más alejada de las costas patrias. Después de la experiencia con los gigantes lestrigones, todos se sienten inquietos cuando desembarcan en la isla de Eea. Tenían motivos para la preocupación. Allí vivía la maga Circe que convirtió en puercos a la mitad de los hombres, pero su corazón resultó conmovido por la presencia del laertíada y durante más de un año convivieron juntos en una continua fiesta sin que nadie reparara en la suerte del retorno a Ítaca. Odiseo ha de descender hasta el Hades para interrogar al adivino Tiresias acerca de su futuro y el de sus compañeros. El vate le advierte de la conveniencia de evitar la isla Trinacia y de la gravedad, en todo caso, de causar mal alguno al ganado que en ella pace. Hace una pequeña pausa en su narración Odiseo para que los feacios se muestren conmovidos. En su paso por el Hades, Odiseo se encuentra con la sombra de Agamenón que se lamenta de la traición de su esposa Clitemnestra de quien recibió la muerte a su regreso, con la de Aquiles que pregunta por las muestra de valor que ha dado su hijo Neoptólemo, con la de Ayax, aún resentido con Odiseo por el reparto de las armas de Aquiles; observa los trabajos de Sísifo, las torturas de Tántalo y una muy lejana imagen de Heracles.


Resignada Circe a perder a su amado Odiseo, le previene contra los peligros de su viaje hasta Ítaca: los cantos de las sirenas, los que se esconden en el interior de la gruta donde habita el monstruo Escila, la devastación que causa entre los navegantes las peñas erráticas y la insaciable fuerza del remolino de Caribdis. No sin bajas pasó la embarcación de los héroes entre Escila y Caribdis (tradicionalmente se ha identificado con el estrecho de Mesina). Tan fijado estaba el destino que los dioses adormecieron a Odiseo para que sus compañeros pudieran aliviar el hambre dando muerte a las vacas del dios Sol, el hijo de Hiperión. Zeus lanzó su rayo contra el barco que navegaba ya lejos de la isla de las sagradas vacas y Odiseo quedó solo y náufrago. Nueve días erró por el mar hasta llegar a la isla Ogigia, donde vive Calipso.

Concluido el relato, los feacios despiden a Odiseo con múltiples regalos y lo conducen hasta las playas de Ítaca en cuyas arenas lo depositan dormido, colocando junto a un olivo todas las riquezas entregadas. Sin embargo, Poseidón castigó a los  feacios por ayudar a Odiseo convirtiendo en peñasco el barco en el que regresaban a Esqueria. Para evitar que fuera inmediatamente reconocido por amigos y vecinos y los pretendientes avisados, Atenea oculta tras una nube a Odiseo y después le desfigura hasta convertirlo en un pordiosero que nadie podría reconocer. De esta guisa, Odiseo entra en la majada de su porquero Eumeo quien lo toma por lo que representa, esto es, un viejo vagabundo. A las preguntas del porquero, Odiseo responde contando una serie de aventuras menos fabulosas que las verdaderas. Por su parte la diosa Atenea viaja hacia Esparta para introducirse en los sueños de Telémaco y sugerirle su vuelta a casa. El regreso de Telémaco pone al descubierto las asechanzas de los pretendientes y el amor que su madre Penélope le profesa. El divinal Odiseo se hace acompañar por su porquerizo, quien sigue tomándolo por un vagabundo, hasta la fiesta que los pretendientes celebran en el palacio de la reina Penélope. Festines diarios en los que se consume desde hace años todo el patrimonio del héroe. A solas con Penélope, el vagabundo fingido asegura conocer a Odiseo y tener certeza de que su regreso está próximo. A un descuido de Atenea debe achacarse que el reconocimiento de Odiseo por la vieja aya Euriclea, pues aquella que emborronó con aspereza la piel del héroe, dejó intacta la cicatriz que le infirió un jabalí en el monte Parnaso. Junto “a las arcas de los perfumados vestidos” de la divina Penélope reposaba el arco y la aljaba de su marido, un reglado de Ífito Eurítida, el semejante a los inmortales. Penélope propone un certamen para probar la destreza con el arco de los pretendientes. Leodes, hijo de Énope, es el primero en fracasar. Eurímaco, hijo de Pólibo, se avergüenza de no poder armarlo y Antínoo, hijo de Eupites, desiste del intento. Este es el primero en caer bajo las saetas del arco manejado por Odiseo que se desprende de su disfraz para dar comienza a la matanza de los pretendientes. Junto a él luchaban su hijo Telémaco, Eumeo y Filetio, el boyero. Perdonó la vida a Femio, el aedo cantor, y a Medonte, el heraldo que siempre era amable con Penélope. A las esclavas infieles que habían mantenido relaciones con los pretendientes, les negó Telémaco la dignidad del bronce y ordenó ahorcarlas.


Tras purificar la casa con azufre, Odiseo manda llamar a su esposa Penélope, adormecida por Atenea durante toda la lucha. Veinte años después de que Odiseo partiera para “aquella Ilión perniciosa y nefanda”, Penélope penetra en la misma estancia en la que se encuentra el héroe. Su corazón de mujer abandonada cubierto de las cicatrices de la soledad no es fácil de convencer. Desconfía de que ese forastero en el que no acaba de reconocer a su marido, no sea sino otro pretendiente más porfiado. Los detalles del lecho creado por el mismo Odiseo acaban por convencerla. El regreso se ha consumado. Los dioses han abolido el tiempo e imponen la paz. Odiseo vuelve a Ítaca tarde, mal y solo. Embustero, astuto y seductor no es indiferente a los dioses ni a los hombres.

Si bajo el nombre de Homero hay un único poeta o una multiplicidad de autores ha sido y continúa siendo una cuestión muy discutida. Los “cabezazos” de Homero son pocos, pero tan llamativos que dejan a los unitaristas sin argumentos para sostener su postura. Y sin embargo, esa voz única y perfectamente identificable que suena constante bajo los versos, desmiente las pretensiones de los analíticos.


A los griegos, Homero los llama de tres formas distintas: aqueos, dánaos y argivos. Explica Bowra que este último parece proceder de una época anterior a la invasión de los dorios en la que todo el Peloponeso se conocía como Argos. A los troyanos, dárdanos por la región que habitan y también teucros porque Teucro fue el mítico rey de la Tróade.

Los constantes y repetidos epítetos que con ligeras variantes Homero aplica a lugares, personajes y dioses, proporciona una gran unidad a la epopeya creando un universo muy particular, algo así como una comunidad en la que todos se conocen. La grosería y brutalidad que los pretendientes ponen de manifiesto son un reflejo del cambio de los tiempos porque la era de los héroes ha quedado atrás y el triunfo de Odiseo sea, tal vez, el último.

Hay también en la Odisea una magnifica lección de síntesis política y social. La ninfa Calipso y la maga Circe ofrecen una visión del matriarcado mágico y autosuficiente que se contrapone con la brutalidad cavernícola y viril del mundo de los cíclopes. Y de isla a isla: Esqueria acoge el espacio ideal de los feacios donde el orden, la rectitud y la virtud (la esposa del basileus Alcínoo se llama precisamente Areté) convierten en natural el don de la hospitalidad al extranjero, Odiseo, a quien cada uno de los doce basileis ha de entregar un manto, una túnica y un talento de oro.

Odiseo es el último héroe, un superviviente heroico en un mundo que ya no lo es. Si bien se mira no han transcurrido más que diez años desde el final de la guerra de Troya, por lo que es muy posible que sea aquí, justamente en el panorama político y social de Ítaca, donde Homero plasma su propia época contemporánea.


La grandeza rebosa por los cuatro costados homéricos. Hasta el propio Argo, el perro de Odiseo que muere echado sobre un montón de estiércol y cubierto de garrapatas, la posee porque el final es el apropiado en el momento apropiado. Platón criticó a Homero por su poco apego a los dioses y abusar de las emociones. Pero el aedo hizo mucho más al convertir el sino de los héroes en materia de canto y como dijo Bowra: “El canto los conmemora, los trasciende y los eleva al orden imperecedero del ser”. Con hilo de lino y gancho de bronce Homero pesca en los mares del tiempo la valía testimonial del héroe que siempre elige hacer aquello que de él se espera.




domingo, 23 de noviembre de 2014

El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez.


Atormentado por la memoria, el refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour había puesto punto y final a su vida. Los detalles se solapan con ánimo encubridor: el olor de los amores contrariados, la guerra, las fotografías de niños, el magnesio para los relámpagos, el ajedrez, el cianuro, el catre de campaña, las muletas, el gran danés, la alcoba-laboratorio, los resquicios amordazados, los frascos, las revistas, el polvo ausente… Su viejo amigo, el doctor Juvenal Urbino, se hace cargo de las primeras diligencias y de las últimas voluntades. La noche anterior, la víspera de Pentecostés, Jeremiah había ido al cine de don Galileo Daconte. Este era el plazo irrebasable: el día de Pentecostés siguiente a cumplir sesenta años. Así lo había fijado el mismo Jeremiah. El suceso había ocurrido en una ciudad caribeña y costera donde en invierno las letrinas rebosaban y en verano los vientos se llevaban a los niños por el aire. Allí, los más viejos portaban aún en el pecho la marca real de los esclavos. Es gustoso situar la acción en los años treinta o cuarenta del siglo pasado. Tal vez por los tres mil libros “idénticos empastados con piel de becerro y con sus iniciales [las del doctor Urbino] doradas en el lomo”. O quizás por el silencioso desplante histórico que el loro del doctor Urbino protagonizó durante la visita del presidente de la República de Colombia, don Marco Fidel Suárez.


El mismo día que Jeremiah falleció, el loro real de Paramaribo que doña Fermina Daza había regalado a su marido el doctor Urbino, se escapó. Pero aquel día era especial para el viejo médico porque además de la muerte de su amigo, el doctor Lácides Olivilla, su más amado discípulo, celebraba las bodas de plata. De manera que por un día bien podía Juvenal Urbino olvidar las muchas encrucijadas de incomprensión a las que la vida lo había sometido. Pero eso se convirtió en un descuido imperdonable porque después de la sagrada siesta, en un momento de pausa en la lectura y mientras se balanceaba ligeramente en el mecedor, el doctor lo vio: el sirvergüenza del loro en la rama más baja del mango, casi a la altura de la mano. Eran poco más de las cuatro de la tarde del día de Pentecostés, cuando el doctor se dio cuenta de que la vida se le iba tras la escalera a la que se había encaramado, sin más tiempo que para despedirse de su esposa: “Solo Dios sabe cuánto te quise”.


En medio de las urgencias que una muerte de tanta significación trae consigo, una figura ignorada hasta entonces, Florentino Ariza, puso algunos remedios y fue uno de los pocos que aguantó bajo la lluvia hasta que el cuerpo del doctor Urbino reposó en el mausoleo familiar. Despedido el velatorio post-inhumatorio, Florentino Ariza no se anda por las ramas, se presenta ante la viuda del doctor y renueva allí mismo unos votos de amor que ya habían cumplido sus bodas de oro. Naturalmente que doña Fermina Daza lo despide con cajas destempladas. Cincuenta y pico años antes del entierro del doctor Urbino, el telegrafista Lotario Thugut había mandado a Florentino a casa de Fermina para entregar un telegrama y para dar inicio a un intercambio de misivas que terminaron en compromiso de noviazgo. Pero el tratante de mulas y padre de Fermina, Lorenzo Daza, puso a su hija fuera del alcance del pretendiente, transportándola a lomos de una mula, como si fuera pescado en salazón, por las veredas de la Sierra Nevada de Santa Marta, hasta llegar a una pequeña población, Valledupar, repleta de gallos, acordeones, jinetes, cohetes y campanas. La prima Hildebranda Sánchez recibió a la desamparada Fermina y poco a poco le hizo ver que es posible ser feliz contra el amor. Y año y medio después de la separación, al girar la cabeza en un revuelo de mercado, Fermina se da cuenta del desencanto brusco que el rostro de Florentino causa en su corazón. Percibe en un solo instante sus “aires de perro apaleado [y] su atuendo de rabino en desgracia”.


Cuando a los veintiocho años el doctor Juvenal Urbino regresó de París tras completar sus estudios, una epidemia de cólera morbo había convertido al pueblo en algo remoto y ajeno. Ocupó el consultorio del padre fallecido y lucho contra letrinas y basuras. También el trabajo le llevó al doctor Urbino hasta Fermina por sospecha de apestamiento, pero le costó mucho más que una borrachera de anisado y una serenata con piano y pianista llegar hasta el corazón de la hija de Lorenzo Daza. La llegada de la prima Hildebranda resultó capital. Cierto día que ambas salían de ser retratadas, el landó de los caballos de oro del doctor Urbino las rescató de en medio de la turba que había comenzado a burlarse de su aspecto. Y entonces el interés de la prima por dueño de la casa del Marqués de Casalduero, despertó en Fermina las “chispas de azufre… de los años que le faltaban por vivir” y no quiso hacerlo sola.


Si algo podía poner remedio a la noticia de la boda de Fermina era iniciar los preparativos del exilio del desamor. Y un domingo de julio a las siete de la mañana Florentino tomó el navío de la Compañía Fluvial del Caribe que llevaba el nombre de su padre: Pío Quinto Loayza. En un viaje de ida y vuelta buscó Forentino el olvido en las aguas del río Magdalena y el consuelo en los brazos de Rosalba. Y más tarde, bajo las bombas del general rebelde Ricardo Gaitán, en los de la viuda de Nazaret, “una mujer de recursos pueriles, que además no paraba de hablar en la cama de su congoja por el esposo muerto”. Los amores terceros lo fueron en cueros con Ausencia Santander que desnudaba a los hombres como si fueran un pescado vivo. Los clandestinos de la succionadora Sara Noriega. Los mensajeros de la malograda Olimpia Zuleta. Vinieron después algunos cientos más hasta completar más de una veintena de cuadernos, todas rendidas ante este menesteroso del amor. Amores de esposo infiel sin traición.


En parecidos términos teóricos podía decirse que el doctor Urbino y Fermina se habían casado más por desafío que por amor, pero en su viaje no había caimanes en los playones, ni gallinazos, ni niños dormidos dentro de jaulas. El lujo de atravesar el Atlántico predispone el espíritu para el amor y, sin duda, de París se vuelve con un baúl lleno de objetos y, también, de recuerdos. Fermina regresó embarazada y la capacidad intacta de resumir dos años de viajes y matrimonio en cuatro palabras: “Más es la bulla”. Por las referencias que la novela proporciona debemos estar en la última década del siglo XIX porque Victor Hugo ya estaba muerto, pero aún vivía Oscar Wilde.  

Cuando Florentino vio a Fermina embarazada tomó dos decisiones: ganar fortuna y nombre y esperar la muerte del marido. Con esta determinación Florentino fue a visitar a su tío León XII, el magnate de la navegación fluvial presidente de la Compañía Fluvial del Caribe. Y sin poner más carne en el asador que el cuerpo mismo de Fermina, Florentino llegó a Presidente y Director General.


Regresada del dilatado viaje de bodas, Fermina se dio cuenta de que estaba a punto de iniciarse su cautiverio. Seis años vividos entre el color venoso de las berenjenas de doña Blanca, la suegra, y la imbecilidad de las dos cuñadas. El espanto no es eterno y muerta doña Blanca, Fermina regresó por segunda vez de París embarazada. El noble y odiado palacio del Marqués de Casalduero fue vendido para dar inicio a las obras de la quinta de La Manga, donde a las berenjenas se les eliminó el veneno convirtiéndolas en puré. La crisis, la única crisis, del matrimonio coincidió con el torneo de ajedrez en el que Jeremiah de Saint-Amour se enfrentó a cuarenta y dos adversarios. La desgracia tuvo que ver con el afán husmeador de Fermina y la reconciliación con cierta mediación del arzobispo de Riohacha.

Cuando Florentino oyó las campanas de la catedral doblar por la muerte del doctor Urbino, las trampas de compasión de Florentino Ariza habían terminado de girar. Al fin “la muerte había intercedido en favor suyo” y es entonces cuando comprendemos cómo cincuenta años de tregua pueden desembocar en una noche de torpeza. Después vinieron las cartas que en realidad no eran más que hojas sueltas del libro de la vida, y las visitas, todos los martes a las cinco, que muy pronto reivindicaron un lugar familiar junto a la baraja, los almuerzos y las flores. Sin embargo, las escaleras se encargaron de trastocar dos meses de felicidad y retrotraer el intercambio epistolar a la estéril ñoñería de los versos melancólicos. Del resto, mejor olvidar.