miércoles, 24 de febrero de 2016

Ilíada. Cantos XX a XXIV




Como muy acertadamente señala López Eire solo una mínima parte del canto XX habla de la teomaquia o batalla de dioses, pues la mayor parte hace referencia a las proezas de Aquiles. Su primer enfrentamiento es con Eneas, del cual Homero nos da una pormenorizada razón de su descendencia: Zeus, Dárdano, Erictonio. Tros, Asáraco, Capis y Anquises. Poseidón lo salva de una muerte segura, de la misma forma que Apolo hace lo propio con Héctor. Una violentísima furia ha sustituido a la cólera y Aquiles despedaza uno tras otro a los caudillos troyanos. En un intento de convertir el retraso en un arte, dilata Homero más de seiscientos versos el inevitable encuentro entre el Priámida y el Pelida. La espera se ameniza con un combate entre el río Escamandro y Aquiles, donde es este último quien se lleva la peor parte hasta el punto de tener que reclamar la intervención divina para no acabar muriendo en mitad del barro como un “niño porquerizo”.


A la muerte de Héctor le siguen unas muy singulares exequias por Patroclo, cuyo cadáver se ahoga en sangre antes de prender fuego a la pira funeraria. “Los blancos huesos del dulce amigo… en una urna de oro”. Juegos fúnebres que no sirven para que Aquiles olvide un dolor cada vez cercano de la locura. Doce días después de haber dado muerte a Héctor, aún su cadáver es arrastrado por el carro de su ejecutor y los dioses, sobrecogidos por tanta infamia, deciden ponerle fin. Hay una extraordinaria grandeza en Príamo que toma suplicante la mano del asesino de su hijo para obtener el rescate del cadáver. Pero es el llanto de Andrómaca, la esposa del héroe troyano, lo que mayor aflicción provoca. Su destino es tan negro como el de Troya.


Tal y como dice Caroline Alexander, La guerra que mató a Aquiles, los hombres y las mujeres de la Ilíada no cuentan más que con el débil recurso de rogar a los dioses y seguir en el campo de batalla, justamente allí donde la necesidad de no sentirse abandonado es mayor. Una y otra vez Homero golpea con el martillo de la muerte sobre el yunque del horror. Y es que el hombre homérico depende de las circunstancias tanto como el actual y para entender esto no hace falta recurrir a ninguna reconstrucción histórica de la ética.


Tras la cólera llega la culpa por la muerte de Patroclo y a esta le sucede la venganza. Solo la compasión de Aquiles por Príamo en el último canto parece redimirlo. ¿Qué es lo que quiere el hijo de Peleo? No es fácil aventurar una respuesta. ¿Justicia, gloria, vida? Es muy probable que se pueda hablar de un inmenso acto de rebeldía por la imposibilidad de escapar a su destino. Pero eso no es decir mucho. Es casi nada. Aquiles es, sin duda, un héroe, el mejor de los argivos, y es muy probable que su visión de la realidad sea distinta de la del resto de los mortales porque lo que de verdad define a un héroe es que tiene a los dioses de su parte y para conseguirlo igualar esta difícil ecuación debe buscar los términos entre las razones de lo imposible.


Para Hermann Fränkel la criatura homérica no tiene otro punto de referencia que la sociedad en la que se incrusta. Es un hombre velero, botado hacia el exterior, que apenas si reconoce una personalidad propia. Acepta esta tesis como punto de partida James M. Redfield, para desarrollar la idea de que Aquiles es un hombre de carencias, simple y esquemático, en el que las experiencias no dejan más poso que su corta historia. Héctor tiene planes de futuro. Aquiles se agota en su cólera.


Hay suficientes datos históricos y arqueológicos para afirmar que el ataque a Troya fue real. Quien tenga curiosidad por este tema puede comenzar por el texto de Carlos Moreu La guerra de Troya que no solo hace un magnífico recorrido por cuanto se sabe, sino que lleva a cabo una propuesta interesante acerca de la posibilidad de que la guerra de Troya esté vinculada a la invasión de los conocidos como Pueblos del Mar. El libro de Eric H. Cline, 1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó, es idóneo para seguir la pista a estos enigmáticos emigrantes. Simultanear ambas lecturas con el soberbio texto de Caroline Alexander antes citado, proporciona una comprensión global suficiente para emprender la lectura del libro del filólogo alemán Joachim Lacatz, Troya y Homero, que es un poco más exigente. Complementarios son los textos de Michael Wood, En busca de la guerra de Troya, el de James M. Redfield, La Ilíada: naturaleza y cultura y el Barry Strauss, La guerra de Troya.


Esa relación especial que une al lector con alguno de los libros a la que se refiere Antonio Muñoz Molina en su artículo en el Babelia del sábado, 6 de febrero de 2016, se comprende mal sin la inclusión de los textos de Homero.

domingo, 7 de febrero de 2016

Ilíada. Cantos III a XIX




Las primeras acciones bélicas aparecen en el canto III que se abre con el singular combate entre los dos pretendientes de Helena: el actual, Paris o Alejandro, y el antiguo, Menelao. La diosa Afrodita salva a Paris de perecer a manos del atrida. Agamenón proclama la victoria y exige la entrega de Helena. La acción queda en suspenso porque serán los dioses en el canto IV quienes tomen la decisión sobre la continuación de las hostilidades o la aceptación de la exigencia de Agamenón.  Entonces, Zeus conducirá la voluntad de Atenea hasta el corazón de Pándaro, vanidoso teucro que pretende pasar a la posteridad por la muerte de Menelao. Buen cuidado tiene la diosa de desviar la flecha hasta el cinturón del héroe. Y mientras Macaón, hijo de Asclepio, cura a Menelao, su hermano, Agamenón, se prepara para la lucha. En manos de su auriga, Eurimedonte, deja los corceles para pasar entre las filas de los dánaos. Sobre los cadáveres de Equepolo y Elefenor, los primeros en caer, teucros y aqueos se quitaban la vida. Odilo, Festo, Escamandro, Fereclo mueren a manos de los mejores caudillos argivos. Pándaro se lamenta de que su arco no consiga más que enardecer a los aqueos, pero Eneas le anima a subirse a su carro para poner fin a la matanza de teucros que Diomedes Tidida está ejecutando.  Cruzan sus armas los dos caudillos, Eneas y Diomedes, protegidos por sus diosas, Atenea y Afrodita. Nadie sale indemne, ni siquiera Afrodita cuya divina piel es desgarrada por el mortal bronce del Tidida. Combate singular es el que mantienen Sarpedón, el príncipe de los licios, y el heraclida Tlepólemo. Y el canto se cierra de nuevo con Atenea y Ares de protagonistas.


Con el anuncio de la retirada de los dioses del campo de batalla comienza el canto VI. Acamante, Axilio, Calesio, Dreso, Ofeltio, Esepo, Pedaso, Astíalo, Pidites percosio y muchos otros aliados de los troyanos fueron cayendo bajo las lanzas aqueas. Sospecha Helena que tanta desgracia parece estar hecha para servir de asunto en los cantos venideros. Andrómaca, la infeliz esposa de Héctor, tiene los peores presagios, pues no puede olvidar que su padre y hermanos fueron muertos por Aquiles en la ciudad de Tebas. Si Atenea se muestra decida partidaria de los aqueos, Apolo se inclina por los teucros. Pero ambos están de acuerdo en la conveniencia de detener, momentáneamente, la batalla. Dos heraldos bajan a avisar a los héroes que la luz del día se apaga y los contendientes aplazan la lucha e intercambian regalos de reconocimiento. La derrota de los aqueos irrita a Hera y Atenea que corren en auxilio de sus protegidos, pero Zeus se opone, pues ha empeñado su palabra a favor de los troyanos hasta que Aquiles olvide su cólera hacia el prepotente Agamenón.


La embajada a Aquiles es el tema del canto IX. El ofrecimiento de Agamenón es generoso, pues a la restitución de la hija de Briseo añade riquezas y honores, siete ciudades y tres hijas. Odiseo, Ayax y Fénix más dos heraldos son los designados para convencer al eximio eácida, como nieto de Éaco. Canta el héroe acompañado de argéntea lira o cítara y de su amigo más íntimo, Patroclo, el hijo de Menetio, cuando la embajada entra en su tienda. Odiseo es el primero en hablar y pedir al pelida que deponga su cólera. Aquiles se niega, su herida es tan actual como eterna: el saqueo recurrente de la vileza en la casa del prudente.


El canto X contiene la dolonía que toma su nombre del teucro Dolón que enviado para espiar a los aqueos es sorprendido por Odiseo y Diomedes. La victoria de los teucros sobre los aqueos y la preparación de la intervención de Patroclo se extienden a lo largo de los cantos siguientes. Inicialmente Agamenón rompe las falanges troyanas y entre sus víctimas se encuentran dos hijos de Príamo: Iso y Ántifo, y otros dos de Antenor: Ifidamante y Coón. Sin embargo, este último hiere al atrida, lo que le obliga a abandonar el campo de batalla. Héctor, que observa la debilidad del enemigo, entra como una tempestad y poco después Diomedes y Odiseo han de retirarse heridos. También el gigante Ayax Telamonio tiene que retroceder detrás de su enorme escudo de siete cueros. La victoria de los troyanos resulta tan aplastante que Aquiles manda a su amigo Patroclo a que se interese por el estado de Néstor y Macaón. Frente a las murallas y el foso que protege las cóncavas naves de los argivos, los héroes troyanos bajan de los carros. Cuando Héctor y Polidamante, los más valientes de los jóvenes teucros, atraviesan el foso un águila sobrevuela agorera con una serpiente entre sus garras. No hay para el hijo de Príamo mejor augur que combatir por la patria y el asalto continúa porque no se trata de conquistar, ni siquiera de vencer, es más bien lo que Sarpedón le dice a Glauco: “Vayamos y demos gloria a alguien, o alguien nos la dará a nosotros”. Los argólicos se repliegan a las naves cuando observan a Héctor atravesar los muros defensivos.
   

Aprovecha Posidón un descuido de Zeus para insuflar ánimo en el espíritu de los aqueos, quienes, gracias a la intervención divina, logran rechazar la acometida de los dárdanos. El deucaliónida Idomeneo, nieto del rey Minos y caudillo de los cretenses, repite la misma divisa que el teucro Sarpedón: entrar en batalla para dar gloria a alguien o que alguien nos la dé a nosotros. Pegados a las naves, los aqueos se recuperan y comienzan a poner en apuros a las falanges de Héctor. Este  rehacerse argivo no se confirma hasta la última parte del canto siguiente, el XIV, después de que Hera empleara la astucia, y algo más, para distraer la atención de Zeus. Vuelve este en sí, observa irritado el retroceso de los troyanos y dispone lo necesario para que la guerra vuelva a los costados de las naves aquivias. Sus disposiciones son muy claras: los argivos perderán terreno hasta que Aquiles vuelva a batallar. Así, Posidón desamparó a sus protegidos, los aqueos, y Apolo se puso al frente de los dárdanos.
  

Cuando ya el fuego llega a las naves, Patroclo, hijo de Menetio, pide a su amigo Aquiles que le deje intervenir portando su armadura. Consiente el pelida que dispone a sus mirmidones bajo los cinco caudillos: Menestio, Eudoro, Pisandro, Fénix y Alcimedonte al mando de Patroclo. Una atroz matanza provoca la aparición del menetíada. Sarpedón, el rey de los licios e hijo del mismísimo Zeus, caen bajo su lanza y otros muchos le siguen. Tal es la destreza del amigo de Aquiles que se necesita una triple intervención para acaba con su vida: la de un dios, Apolo, la de un héroe joven, Euforbo Pantoida, y la del máximo caudillo de los teucros, Héctor Priámida. Patroclo parece un personaje creado exprofeso por Homero para dar una solución natural a la obstinada negativa de Aquiles a intervenir. Ahora es Héctor quien porta la armadura de Aquiles y este necesita, por tanto, nuevas armas para vengar a su amigo. Hefesto se las forjará a petición de Tetis, la nereida madre de Aquiles. El día más largo de toda la epopeya termina con la presencia de Aquiles que como un dios despide fuego por encima de su cabeza. Polidamante Pantoida, augur e íntimo amigo de Héctor, aconseja  retroceder hasta las murallas de Ilión. Héctor rechaza el buen consejo y decide enfrentarse a Aquiles al día siguiente.

martes, 2 de febrero de 2016

Ilíada. Cantos I y II




Y a un tiempo allí estalló lamento y ufanía de hombres
matando y muriendo, y corría con sangre la tierra.
Ilíada IV, 450-451 (F. Javier Pérez)

Es la actitud injusta de Agamenón, ante el legítimo requerimiento del sacerdote Crises, la que provoca la cólera del pelida Aquiles y esta a su vez la que causa los reveses de los aqueos. Atenea calma la respuesta impulsiva de Aquiles con la promesa de recibir tres veces más, suponemos que en el futuro botín de Troya, pero Homero parece estar haciendo una promesa al lector más de postergación que de anticipación. Taltibio y Euríbates son los heraldos enviados por Agamenón para que recojan a Briseida en la  tienda de Aquiles. Afirma Bowra: “El canto I de la Ilíada es un poema exuberante y pulido, con magníficos contraste de tono y acción, pasiones inflamadas y exaltada elocuencia: comienza con una crisis y acaba con los dioses retirándose al Olimpo para dormir”.


Sin duda, la guerra de Troya debilitó profundamente el poder de los aqueos hasta el punto de que cincuenta años después (hacia el 1200)  se produjo la invasión de los dorios que destruyó prácticamente todo cuanto encontró a su paso, incluida la escritura micénica. Hasta el 750 no se reintrodujo de nuevo la escritura. Los aqueos se refugiaron en Micenas o Atenas y la mayoría huyó por mar para fundar colonias en Jonia. Sin duda se llevarían consigo los cantos que recordaban a sus antepasados y, entre ellos, a los héroes de Troya.

Tan inextricablemente unidos están Aquiles y Troya que aunque la obra de Homero no cuenta el final, el lector sabe de su trágico destino paralelo e inminente. La justa queja del Pelida da la oportunidad a Zeus de contradecir a Hera y Atenea, partidarias de los aqueos. Sin embargo, los dioses se muestran a lo largo de todo el poema poco leales con los hombres. El sueño falaz que Zeus manda a Agamenón provoca en este una reacción desconcertante: en lugar de lanzar su ejército contra ciudad en la seguridad revelada de conseguir la victoria, da la espalda a las murallas y sugiere el retorno a casa. Que los aqueos se retiren y dejen incólume Troya obliga a intervenir a Atenea quien desciende para hablar con su protegido Ulises, el único capaz de utilizar un ardid que revierta la situación.


Homero comprende y transmite con acierto aquello que el honor exige de la rectitud  de los héroes cuya única meta es la gloria reservada a los hombres. Dice Bowra: “El héroe toma una decisión por motivos de honor y paga un alto precio por ella… Esta clase de decisión desastrosa no es asimilable a las que acarrean la catástrofe en la tragedia propiamente dicha. En el primer caso nos topamos con algo que no se puede eludir sin mancillar el honor, pero en la auténtica tragedia los errores suelen deberse a una tacha en el carácter o en la inteligencia, a un exceso o un defecto de la personalidad que enceguece a la víctima y la condena a un destino funesto. El héroe trágico puede actuar de otra forma; el heroico, no. Ahí radica la clave de Aquiles, pero también de Héctor y tal vez hasta de Troya. Tal es el principio que mueve el mundo heroico y le confiere su grandeza y su rigor. La gloria pueda ser una suerte de recompensa; el cumplimiento de la vida heroica estriba en observar los imperativos del honor hasta últimas consecuencias”.


Agamenón es un insensato. No solo se traga de un hambriento bocado el cebo enviado por Zeus en forma de sueño, sino que confía en tomar Troya, después de diez años de asedio, en un solo día. Es la escasa credibilidad de la promesa lo que debería de haber puesto en guardia al atrida. Para orar en torno a su sacrificio mandó Agamenón llamar a los principales caudillos: Nestor (el rey de la arenosa Pilos), Idomeneo (rey de los cretenses, famoso por su lanza), los dos Ayaces o Ayantes, el hijo de Tideo (Diomedes, al mando de los de Argos) y Ulises (caudillo de los cefalenios). Suponemos que también estaría presente Menelao, el hermano de Agamenón, rey de Lacedemonia. Con Ares en la cintura y Poseidón en el pecho marcha Agamenón en el centro de su ejército por la llanura del Escamandro. Aquí detiene Homero la acción para recoger el catálogo de las naves y los contingentes: mil ciento ochenta y seis naves, cuarenta y cuatro caudillos y más de sesenta mil hombres. También entre los teucros hay valientes líderes además de Héctor, el primogénito priámida. Entre ellos destaca Eneas, hijo de Venus y Anquises, que capitanea a los dárdanos, y los hermanos Hipotoo y Pileo. Los troyanos y algunas de las zonas próximas, Misia, Caria y Licia, utilizaban un lenguaje conocido como luvita, muy próximo al hitita. Los aqueos, un sistema silábico llamado lineal B que es una forma arcaica del griego.

domingo, 24 de enero de 2016

Fortunata y Jacinta. Parte cuarta.


Falto de lucidez, Maximiliano confunde las tinturas alcohólicas con los alcoholatos y el licenciado Segismundo Ballester no tiene más remedio que mandarlo a casa con unos derivativos. Vemos al sobrino Rubín colocándole etiquetas a los frasquitos de jarabe y a la tía registrando las pertenencias de Fortunata. Busca aquel la calma que pierde en casa por las sospechas de infidelidad de su esposa; y la tía, por su parte, el guano que está segura que Fortunata recibe de Santa Cruz. La Maxi-locura adquiere tintes de criminales venenos que no se consuman por su simplicidad de niño. El verano termina, los burgueses Santa Cruz regresan a Madrid, Fortuna recibe otra vez las esquelitas de su Juanito, pero la novedad está en otra parte: en el interés que el primo Moreno, don Manuel Moreno, el del desamor patriótico, viene mostrando en los últimos meses por Jacinta. En el fondo este solterón rico no busca más que un pretexto para despedirse de la vida y no hay nada mejor que este amor imposible.


Hasta la virtud se convierte en palo para Fortunata. En noviembre Juanito Santa Cruz busca ya un pretexto para romper por tercera vez su relación con Fortunata. Loco ya de remate el Rubín boticario, la tía pone de patitas en la calle a su sobrina política, tras conocer el embarazo de la misma. ¿Dónde podía ir la desdichada sino a casa del señor Feijoo? Ocurre, sin embargo, que el agravamiento del estado de Maxi ha sido paralelo al de don Evaristo. Si a aquel la locura lo ha conquistado por entero, a este la parálisis lo ha  convertido en una sombra. No hay más amparo que el de tornar al mismo lugar de donde salió Fortunata la primera vez que se tropezó con Juanito Santa Cruz, a la Cava junto a su tía Segunda Izquierdo, vecina, por cierto, de Estupiñá.


Muchos años llevan los españoles dándoles duro a los políticos. No hay más que leer a Galdós para darse cuenta de ello. Tan diestros eran los españoles de la época en ajustarles las cuentas a los políticos que sin dificultad calculaban a cuanto de cebada tocaba cada concejal por las mulas suprimidas en el ramo de jardines. Infinitamente más listos que los ciudadanos de ahora, los de antes sabían mantener la corrupción dentro del saco de cebada. Claro que todo eso no quita para que, de vez en cuando, una bomba caiga sobre la arena del circo político. Verbi gratia: Juan Pablo Rubín es nombrado gobernador y cinco minutos después en el café ya habla de espíritu de conciliación y de contemporizar lo necesario para armar el palo.


Casi simultáneamente, la mejoría de Maxi coincide con el nacimiento de Juan Evaristo Segismundo. El natalicio provoca un haz de reacciones en el mundo de los personajes galdosianos. Fortunata muere después de haber dado su merecido al serpentón que la había sustituido en las preferencias de Juanito Santa Cruz. Esclava  siempre de un destino en que mínimamente podía influir, la sangre de Fortunata, la del pueblo, acaba en el seno de la familia de los Santa Cruz. La piedra, la buena piedra de Novelda que adornará su tumba, se parece a la tela de los sastres y mercaderes de trapos que son siempre los primeros en agradecer un cambio político. 

domingo, 17 de enero de 2016

Fortunata y Jacinta. Parte tercera.


Don Evaristo González de Feijoo, la autoridad del militar retirado, y don Basilio Andrés de la Caña, el vulgo recostado en el diván, son quienes más sobresalen en la tertulia de Juan Pablo Rubín. Pero señores contertulios, hagan ustedes el favor de servirse todo lo abundante que quieran de estos dos platos galdosianos: de primero, socialismo sin libertad y de segundo, absolutismo sin religión. Lo apreciable del caso es que si en la época de nuestra Primera República no era posible comer de ambos platos sin que se le formara a uno un “revoltijo de mil demonios”, resulta que en la actualidad semejantes viandas no forman ya parte de nuestra insulsa dieta política. Pero pocas cosas había más igualitarias que estas tertulias de café donde lo mismo era aceptada la viuda con mantón de borrego que el carnicero de la plaza de San Ildefonso. Universidad popular que educó y cultivó a más españoles que el conjunto de universidades y colegios.


La llegada de la Restauración les dio a don Baldomero y doña Barbarita el nieto que no tenía: el joven Alfonso XII. Pero España sigue siendo la misma, incluso para quienes no la visitan a menudo. Tal es el caso de don Manuel Moreno que no transige con la patria porque cuanto más la mira, menos le gusta. Está uno tentado a preguntarse por las tres cosas que el señor Moreno dice haber buenas en España, pero es preferible no hacerlo no vaya a ser que nos contagie su desamor patriótico. Sin embargo, si se piensa con mayor cuidado, tal vez haya un efecto de llamada en la voz de Manolo Moreno: piense cada uno las tres cosas buenas que tiene España. Esa sí sería una buena encuesta para el Centro de Investigaciones Sociológicas. Tampoco estaría mal esa otra que se propusiera analizar los entresijos sociales de la ingratitud del pueblo español. Nada mal, pero que nada mal. A todo esto, que el señorito Santa Cruz se ha cansado de Fortunata y regresa con su mujer, Jacinta, igualito que los españoles alternan la república y la monarquía. Claro que a rey muerto, rey puesto, y por ese resquicio se cuela don Evaristo González de Feijoo que se convierte en interesado tutor de los encantos de Fortunata que, madrileña neta de la Cava de San Miguel, pegadita a la plaza Mayor, sabe lo que a cada estación le es propio.



Un preparado de peptona le ofrece el boticario Maximiliano a don Evaristo para remediar la indisciplina de su estómago. Ignora el primero que el ex coronel está a punto de ofrecerle en pago a la mismísima Fortunata, porque es esta, que no los males estomacales, el verdadero interés de don Evaristo con su aproximación a Maximiliano. A Lavapiés, al ladito justo de la botica de Samaniego, en la calle del Ave María, se traslada, abandonando el barrió de Chamberí, allá por marzo del 75, doña Lupe la de los pavos con su sobrino Maximiliano. Y allí es adonde regresa Fortunata, tras el perdón conseguido, a base de tesón y mucho sentido práctico, por el ex coronel. La muerte de Mauricia la Dura es el inicio de las complicaciones que desembocan en el incidente del gabinete de doña Guillermina, lástima es que no se atreviera don Benito a representarlas agarrándose del moño por un tonto a las tres como Juanito Santa Cruz. 

martes, 12 de enero de 2016

Fortunata y Jacinta. Parte segunda.


La Casa Rubín con establecimiento abierto en los soportales de Platerías cerró el mismo año que la monarquía parte para el exilio, esto es, en el 68. Buena parte de la culpa del punto y final del establecimiento, la tuvo doña Maximiliana Llorente, la esposa del último Rubín, don Nicolás. Tres vástagos tras el padre: Juan Pablo, el mayor (28) que era guapo y simpático; Nicolás, el mediano (25), peludo y vulgarote, que se fue a vivir con su tío don Mateo Zacarías Llorente, capellán de Doncellas Nobles en Toledo y con el tiempo se hizo sacerdote. Y Maxilimiano, el pequeño 19, raquítico y sin gracia, que estudió Farmacia ante la insistencia de Juan Pablo.


Vivía este Maxilimiano con una tía paterna conocida como Lupe la de los pavos. Era estudiante de mucho trajín y poco magín. Fue por mediación de otro estudiante como Maxilimiano conoció a Fortunata y se convirtió en su redentor. Alquiló con ahorros de hucha un piso interior en la calle de San Antón y un mes después el encanijado Maximiliano le pide matrimonio a Fortunata. La de los pavos se opuso, pero el muchacho, que no podía competir con la tía en lo tocante a palabrería, porfió con los hechos.


El hermano cura, Nicolás, propone a Fortunata el internamiento en el convento de las Micaelas a efectos reeducativos y depurativos de conductas pasadas. A todos les parece de perlas esta especie de lejía religiosa, aunque en el caso de doña Lupe su talante liberal le fuerza hacia una traducción más laica. Y es que la de los pavos reviste de humanismo lo que no es más que “la imperiosa necesidad que sienten los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que poseen”.



Pero ni los sermonazos del don León Pintado ni las apariciones que de Nuestra Señora tenía Mauricia la Dura son suficientes para que Fortunata abandone el mundo exterior. Y cuando a él retorna tras concluir el tratamiento conventual, la trampa urdida por un repuesto Juanito Santa Cruz no tarda en cerrarse alrededor del anillo de casada. Mucha hembra era Fortunata para la poquita cosa de su marido. Tras el adulterio Nicolás se empeño en sahumar.