domingo, 15 de mayo de 2016

La piedra lunar. Wilkie Collins


A Borges le gustaba Collins. Para algunos The Moonstone es una obra maestra. Los hay que tienden a considerar a Collins como el Poe de la novela. Sea como sea, sus novelas son piezas donde la diversidad inagotable de los puntos de vista da al lector una visión cargada de fuerza y verosimilitud.

Por su color amarillo pudiera tratarse del diamante Florentino, lo más probable es que sea el llamado diamante Orlov, aunque también recuerda al famoso Ko-i-Nur por la maldición asociada.  El relato comienza con la referencia histórica del asedio a la ciudad de Seringapatam donde murió el sultán de Mysore, Fateh Ali Tipu, en el año 1799 a manos de los británicos. En el saqueo que siguió a la toma de la ciudad John Herncastle se apodera de una daga en cuya empuñadura se encuentra engastado el diamante conocido como la piedra lunar. Obligado a asesinar para hacerse con la joya, el moribundo hindú le lanza una maldición.


El punto de vista de Gabriel Betteredge, mayordomo al servicio de Lady Julia Verinder y ferviente lector de Robinson Crusoe, es de mayor amplitud. El diamante se había extraviado en 1848 en la casa que Lady Verinder poseía en Yorkshire. El jueves 25 de mayo Mr. Blake regresó a casa de su tía con un encargo realmente muy especial: entregar a su prima Raquel el diamante de su tío, el coronel Herncastle. Dicha entrega debía verificarse el día de su cumpleaños, lo que significaba que Mr. Blake disponía de cuatro semanas para tratar de mitigar los efectos negativos de su encargo. Ni que decir tiene que Mr. Blake se enamoró de su prima Miss Raquel, de la misma forma que lo hizo Mr. Godfrey Ablewhite, también primo de la jovencita como hijo de la Honorable Carolina, hermana de Lady Verinder. Los tratamientos propios de la sociedad inglesa noble nos crean cierta confusión.

Mr. Godfrey era rico, guapo y de buen temperamento. Gustaba de presidir las mesas petitorias y los comités o asambleas femeninos, hablaba en público como un predicador y todo el mundo le amaba.  Hay indicios suficientes para suponer que este hombre perfecto va a ser rechazado por Miss Raquel. Es comprensible que después de haber recibido el imponente diamante conocido como la piedra lunar de manos de Mr. Blake, opte por entregar a este sus atenciones.


A un lado de Miss Raquel está sentado el doctor Candy, al otro Mr. Murthwaiter, buen conocedor de la India que desaconseja a su anfitriona que se pasee con semejante pedrusco por la península Indostánica. El influjo que el diamante causó en el ánimo de Miss Raquel fue tan intenso que cuando a la mañana siguiente se reveló su desaparición, sufrió una profunda perturbación. El inspector Seegrave fue el encargado de desvelar el misterio. Naturalmente que las sospechas recayeron enseguida en todos los ocupantes de la casa, ante lo evidente que resultaba la ausencia de signos de fuerza para penetrar en ella. Pero muy pronto el inspector quedó varado en la orilla de sus pesquisas. Para relanzar la investigación llegó desde Londres el renombrado sargento Cuff. 


Inmediatamente la investigación toma rumbo. Una mancha en la puerta de Miss Raquel, la sorprendente falta de colaboración de esta y la desazón de Lady Verinder comienzan a tejer un sinfín de posibilidades. El método del sargento es tan enigmático que la curiosidad hace de  Betteredge un imprescindible colaborador. Y es que su comportamiento, el de Mr. Betteredge, no deja de ser un tanto sospechoso: esa manera tan injustificada de proteger a una ladrona como Rosanna Spearman. Las notas de La última rosa del verano que el sargento silva cada vez que hace un descubrimiento nos hace sentirnos como un perrito faldero.

Si las sospechas del lector son las confirmadas por el sargento Cuff, más le valdría fijarse en el verdadero dilema de la obra: ¿Qué es mejor para las rosas, los senderos de grava o de césped? ¿Qué es lo más conveniente para el desarrollo de la rosa blanca musgosa? Puede muy bien persistir el enigma, pero el problema ha cambiado. El sargento Cuff es muy consciente del giro de los acontecimientos. En especial cuando ve, después de la partida de Miss Raquel, a Mr. Betteredge corriendo hacia la playa con un zapato de Rosanna en la mano.

La noticia del aparente suicidio de Rosanna pone al sargento en la peor de las disposiciones frente a Lady Verinder. Antes de recoger sus honorarios el perspicaz detective lanza tres vaticinios, entre ellos, la inquietante entrada en escena de cierto prestamista de Londres, Mr. Septimus Luker. Mr. Betteredge se despide no sin antes advertirnos de que no creamos nada de lo que más adelante diga Miss Clack, una pariente probretona de la familia, y de que la confirmación de las tres profecías del sargento no tardó en producirse.


El relato de la sobrina de Lady Verinder, Miss Clack, sucede al de Mr. Betteredge. Miss Clack también recibe su cheque, en esta ocasión de Mr. Blake a cambio del relato de sus vivencias al lado de su tía en Montagu Square. Miss Clack es ordenada, pulcra y religiosa, pero escribe como una harpía que trata de esconder sus garras. Nos muestra a su prima Miss Raquel loca de remate y su tía, enferma de muerte. Y todo ello sin el más leve indicio de piedad. Todo esto tiene su lógica si pensamos que para Miss Clack el consuelo está impreso en folletos.

Todos los londinenses conocer el asunto de la piedra lunar y no son pocos los que hacen recaer sobre Mr. Godfrey Ablewhite una buena cantidad de sospechas, en especial después de su incidente con Mr. Luker. Para la abnegada Drusilla Clack el demonio se esconde entre los cojines del sofá y nada más conveniente para expulsarlo que dejar entre el pañuelo y la redoma de sales de su tía un piadosísimo libro. Pero lo más curioso de esta simpática Miss Clack es que estamos completamente seguros de que jamás a lo largo de toda su vida hizo una pregunta inocente. Por eso precisamente, no había mejor testigo que ella para la doble confesión Godfrey/Raquel, ni mejor receptáculo: detrás de las cortinas.

La repentina muerte de Lady Verinder y otro cúmulo de circunstancias disponen que Raquel y Drusilla habiten la misma casa durante algún tiempo. Brighton es la ciudad elegida. Rompe allí Miss Verinder su compromiso matrimonial con Mr. Godfrey, asistimos después a la espantosa escena de Ablewhite padre pidiendo explicaciones a su sobrina y a colosal estupidez de Miss Clack con la que se cierra su relato que muy bien podría calificarse de autobiográfico.


Mr. Mathew Bruff, el abogado de la familia Verinder, es nuestro tercer narrador. Resultó que Mr. Ablewhite echó un vistazo al testamento de la difunda madre de su prometida y descubrió que su contenido no era el esperado. El mismo Mr. Bruff puso en conocimiento de Raquel la aludida circunstancias y el compromiso salto por los aires sin demasiado estruendo. Una cosa más añade el buen letrado: la conveniencia de fijar nuestra atención en el primer aniversario de la desaparición de la piedra lunar.

Mr. Franklin Blake es el siguiente encargado de hacer progresar la historia. Enamorado profundamente de Raquel, el desplante de este hacia su persona después de los sucesos de  Yorkshire le obligó a abandonar Inglaterra. Regresa casi un año después, en la primavera de 1849. Por aquel entonces Miss Verinder vivía con su tía Mrs. Merridew y a pesar del tiempo transcurrido sigue volviéndole la espalda a Mr. Blake, actitud que a este como a todos nosotros, se nos hace incomprensible. Naturalmente que la única pista de que disponemos para aclarar la postura de Miss Raquel es la piedra lunar. Y a Yorkshire regresamos. Qué lástima que Mr. Collins tenga tanta prisa, ¡cuánto hubiéramos disfrutado de una reposada noche en la granja de Hotherstone! Pero sigamos en pos de la primera pista: la carta. Demasiado larga la misiva de Rosanna dirigida a su gran amor, Mr. Blake, sin que la misma descubra nada nuevo, si acabo confirmar una sospecha. De la entrevista entre Raquel y Franklin lo esperábamos todo menos justamente aquello que sucedió. El enigma ya no era la piedra lunar, sino la posición misma en que Mr. Blake aparecía situado. 



Ezra Jennings, el ayudante del malogrado doctor Candy, ofrece a Mr. Blake una posible explicación a unos hechos en apariencia inexplicables. Es comprensible que del resultado de cierto experimento se haga cargo el doctor Ezra y, por tanto, asuma también este el de narrador. Y es que es el mismo Mr. Blake quien se convierte en objeto del experimento. El 25 de junio, lunes, todo está preparado. El resultado obliga a Mr. Blake a tomar de nuevo la palabra y a cederla poco después a un irreconocible sargento Cuff. Una carta del doctor Candy y un anuncio hecho por Gabriel Betteredge ponen fin al relato. Bueno, queda el epílogo que da cuenta de tres famosos brahmanes hindúes. 

domingo, 3 de abril de 2016

El Ramayana.


Tan legendario como Homero resulta Valmiki, el autor del Ramayana, y es perfectamente posible que ambos fueran contemporáneos. Lo cual no deja de ser sorprendente en la medida en que estamos hablando de obras auténticamente emblemáticas, absolutos monumentos literarios.

El Ramayana, las aventuras del príncipe Rama, es la más pura representación del alma india, tan actual hoy como hace tres mil años. Esta contemporaneidad es fácil de entender: estamos ante un poema de amor. El príncipe Rama pertenece a la noble estirpe de los descendientes de la dinastía solar por la rama de Ayodhya. Primero Valmiki fue bandido, más tarde anacoreta, después se transformó en sabio y conoció la historia del príncipe Rama y su esposa Sita. Brhama, el creador, le prestó su ayuda para convertirse en poeta.


Todos los habitantes de Ayodhya eran felices y virtuosos. El afán de lucro era ignorado y con él también la pobreza. A la inconquistable Ayodhya la defendían los más valerosos guerreros mandado por el rey Dasharatha. El rey y todos los funcionarios y guerreros eran sumamente respetados. En ese país nadie mentía. Solo parecía existir un problema: la falta de descendencia del rey. Sumantra, el consejero del  rey, propone que se exponga el caso al sabio Rishyashringa que vive en el país de Anga, cuyo monarca es Romapada.

Tras la ceremonia, las tres esposas de Dasharatha concibieron. Kausalya dio a luz a Rama; Kaikeyi, a Bharata, y Sumitra trajo al mundo a los gemelos Lakshmana y Shatrughna. Rama, el mejor de todos, siente predilección por su hermano Lakshmana. Por su parte Bharata la tiene por el otro gemelo, Shatrughna. El gran sabio Vishvamitra acude a la corte de Dasharatha para que le ceda a su hijo Rama, el único capaz de acabar con los demonios Maricha y Subahu. Rama lucha con Taraka, la madre de Maricha. Después de acabar con la demonio, Vishvamitra enseña a su pupilo los secretos de las armas celestiales, con las cuales logra rechazar a los malvados Maricha y Subahu.

En compañía de su hermano Lakshmana y su maestro Vishvamitra, Rama acude a visitar a Janaka, el rey de Mithila. Por el camino, Vishvamitra le cuenta a Rama la historia de sus antepasados y del Ganges celeste, la Vía Láctea. Janaka tenía una hija, Sita, y un arco, Rudra, y decidió unirlos. Cinco mil soldados son necesarios para mover el arco divino, regalo al rey de Mithila de Varuna, el señor del océano. Rama tensa el arco de Rudra que se parte por la tensión y Janaka entrega a su hija al príncipe. Dasharatha y su corte asiste a la boda. Sin embargo, al regresar a Kosala un poderoso y temible brahmán, Parashurama, desafía a Rama. Con asombrosa facilidad Rama armó el arco de Vishnú que le ofreció el brahmán y la saeta reduce a nada las ascesis de Parashurama.


Doce años después, el rey decide dejar el poder en manos de su hijo Rama. Sin embargo, la reina Kaikeyi, la madre de Bharata, cae en la trampa de la jorobada Manthara y atribuye al rey una intencionalidad malvada que no poseía. Desharatha con inmensa desesperación accede a los deseos de su tercera esposa: el príncipe será Bharata y Rama partirá al destierro. No se marcha solo, su hermano y su esposa lo acompañan. No hay ni pena ni rencor en quien posee la virtud en grado tan alto como Rama. Su misión es salvar el honor de su padre a costa de renunciar a un reino.


Ayodhya, la inexpugnable, queda vencida y arruinada por la tristeza tras la marcha de Rama. Los tres desterrados atraviesan el río Ganges y el Yamuna, se internan en el bosque Dandaka y construyen un refugio en la colina celestina de Chitrakuta. Mientras tanto el rey Desharatha expira y los mensajeros tardan siete días en llegar al lejano país de Kekaya, donde se encontraban Bharata y Shatrughna. A su regreso Bharata queda horrorizado de la situación y, especialmente, del culpable, su madre, la reina Kaikeyi. El pueblo entero de Ayodhya encabezado por Bharata llega hasta la colina de Chitrakuta para pedirle a Rama que regrese. Sin embargo, nadie logra hacerle cambiar de opinión. Bharata reinará en nombre de Rama y para dejarlo claro coloca las paduka (sandalias de madera) de su hermano sobre el trono mientras él resuelve los asuntos sentado en los escalones.


Diez años y algún demonio después, los tres exiliados viven en Pañchavati, a orillas del río Godavari, un lugar muy parecido a la colina de Chitrakuta. Catorce mil demonios son abatidos por el arco de Rama. Ravana, el rey de los demonios, se encoleriza al conocer la derrota de su ejército y concibe la idea de secuestrar a Sita, la esposa de Rama, también conocida como Vaidehi o Janaki. Pese a la oposición de Jatayu, el rey de las águilas, Ravana logra conducir a Sita hasta su palacio de Lanka, pero no doblega su voluntad. En consecuencia, el abominable demonio ordena encerrar a la bellísima Janaki en el jardín Ashoka y le concede un período de reflexión de doce meses durante los cuales los miramientos se alternaran con las amenazas.


Los primeros signos de la desaparición de Sita, enfurecen a Rama por primera vez en su vida. El heroico comportamiento de Jatayu, la reina de las águilas, que muere en brazos del príncipe y las palabras sensatas de Lakshmana, acaban por calmar a nuestro héroe cuyo propósito inicial era la destrucción de los Tres Mundos. Pero la desesperación, “abyecta debilidad” del espíritu, regresa un día del mes de Chaitra en el bosque de Matanga. De nuevo es Lakshmana quien ha de restañar la dignidad quebrada de su hermano a quien recuerda que “es invencible el que sigue luchando”. El encuentro con Sugriva, el rey de los monos, le proporciona al príncipe de Kosala una prueba del secuestro de su amada Vaidehi. Sugriva vive en el exilio y sin la compañía de su esposa. Las mismas circunstancias en las que se encuentra Rama.


A los cuatro puntos cardinales envía su ejército Sugriva, después de que Rama le ayude a recuperar su reino de Kishkindha, con el fin de encontrar el rastro de Sita y su raptor. Cien mil monos sentados en la arena frente al mar esperan la muerte en medio de la desesperación después de haber recorrido el país entero sin encontrar el escondijo de Ravana. Alguien escucha sus lamentos: Sampati, la hermana de Jatayu. Su prodigiosa vista de águila alcanza hasta más allá del océano del sur, en dirección a Lanka (Sri Lanka), la isla donde está cautiva Sita. Hijo del viento, Hanuman, el jefe de las tropas, vuela como antaño lo hacían las montañas en dirección a la isla de Ravana con el pensamiento fijo en Rama.


Maruti, el otro nombre con el que es conocido Hanuman, se introduce en la ciudad de Ravana disfrazado de pequeño mono. Encaramado al carro de Ravana, el prodigioso Pushpaka capaz de volar a la velocidad del pensamiento, localiza el gran gineceo del ogro. Pero allí no encuentra a Maithili. Desesperado después de una búsqueda exhaustiva, Maruti repara en el jardín escondido tras unas altas murallas, es el jardín Ashoka. Allí, rodeada de ogresas infames, vive cautiva la princesa. Sin embargo, Hanuman, antes de partir para dar aviso a Rama del hallazgo de la princesa, decide destruir la ciudad de Lanka. Vence, uno tras otro, a los demonios y capitanes que Ravana le envía. Cuatro tigres feroces conducían el carro de Indrajit, el hijo mayor del rey de los demonios, desde el cual lanza contra Maruti una flecha mágica inmovilizadora. Las diez cabezas de Ravana se detienen a contemplar al enemigo vencido. Es entonces cuando Hanumann expone con toda sinceridad la naturaleza de su misión: Sita debe volver al lado de Rama.


¡Este mono está loco! Ravana ordena su ejecución. Vibhishana, el hermano menor de Ravana, lo impide. La vida del mensajero debe ser respetada. El castigo de prender fuego a la cola de un mono es una mala idea. Antes de regresar, Maruti incendia la ciudad del enemigo de Rama. En no menos de trescientos setenta millones de guerreros se calculan las fuerzas de Ravana. Pero un no menos poderoso ejército de monos y osos encabezado por Rama, Laskhmana, Sugriva y Hanuman, se dirige hacia Lanka para rescatar a la princesa secuestrada (es inevitable que el pensamiento se nos desvíe hacia el relato de Homero). Vibhishana es el único partidario de devolver a Sita. Tampoco Kumbhakarna, el más fuerte de los hermanos, está de acuerdo con el proceder de Ravana. Sin embargo, este último acepta quedarse en Lanka al contrario que su hermano Vibhishana que se marcha buscando la protección de Rama. No podía Ravana darse por vencido. Sobre él pesaba la maldición de Brahma, si tocaba a una mujer en contra de su voluntad la cabeza le estallaría, y su deseo hacia Sita es enorme.


Frente a frente los ejércitos se contemplan mutuamente, los rescatadores en la montaña Suvela y los ogros en el monte Trikuta. El campamento de Rama frente a la ciudad de Ravana. Los primeros combates dan ventaja a los sitiados e incluso Rama y Laskhmana son puestos fuera de combate por las saetas de Indrajit, el hijo mayor de Ravana y vencedor de Indra. El águila Garuda, el gran rey de todas las aves y montura de Vishnú, tiene que socorrer a los dos hermanos. Inmediatamente los capitanes de los demonios comenzaron a caer. Hanuman puso fin a la vida de Dhumraksha; Angada, el príncipe del  reino de Kishkindha, le cortó la cabeza al feroz Vajradamshtra; Hanuman repitió la demoníaca muerte con Akampana; Nila aplastó con una pesada roca la cabeza del jefe de las fuerzas de Lanka…


Ravana entra en liza y derrota sucesivamente a Nila, Hanuman y Laskhamana, pero resulta vencido por Rama. Humillado, el rey de los demonios tiene que retirarse. Le queda una última oportunidad: el gigante Kumbhakarna, el terror de los dioses. El problema era que el gigante dormía mucho y muy profundamente. Se necesitó una manada de mil elefantes para despertarlo. A punto de aplastar al ejército de los pueblos del bosque, Rama le cortó la cabeza al gigante con una flecha regida por Indra. Mahodara y Mahaparshva, los dos hermanos que le quedaban a Ravana, trataron de consolarle por la pérdida del gigante Kumbhakarna. Sin embargo, no tardaron también en morir. Indrajit es el último de los singulares héroes de los demonios que queda en pie. Ya antes había demostrado su enorme poder al dejar fuera de combate al mismísimo Rama. Hanuman primero y luego Vibhishana tuvieron que socorrer a los hijos de Dasharatha.


La muerte de Indrajit a manos de Laskhamana encolerizó a Ravana. Tan graves fueron las heridas que el rey de los demonios causó al hermano de Rama, que otra vez Hanuman tuvo que volar hasta el Himalaya para sanar sus heridas con las cuatro hierbas sagradas. A solas los dos grandes enemigos intercambias armas sagradas, pero la lucha parece desigual y los dioses envían ayuda a Rama que lucha a pie en clara desventaja con su enemigo que se mueve sobre el  prodigioso Pushpaka. La noche se acerca y todos saben que el tiempo de oscuridad es el mejor para un demonio. Rama recobra las fuerzas durante el tiempo suficiente para lanzar con su arco el proyectil de Indra que impacta contra el pecho del malvado Ravana. 


La especie de ordalía de Sita pasando a través del fuego parece responder a una suerte de religitimación post-secuestraria. Vibhishana, el nuevo rey de Lanka, pide a Rama que permanezca algún tiempo como su huésped, pero Rama tiene prisa por regresar a Ayodhya: han pasado ya los catorce años de exilio. Por fin, la corona de los Ikshvaku, los herederos de la dinastía solar, reposará sobre la cabeza de Rama. Pero la felicidad durará, muy poco, el tiempo justo para que los rumores sobre la pureza de la reina tras el secuestro comiencen a surgir. Rama repudia a su esposa Sita y la abandona al otro lado del Ganges.


Valmiki recoge y protege a la reina y a sus dos hijos gemelos. Lava y Kusha crecerán en el bosque y muchos años después se presentan ante Rama para recitar el poema que había compuesto su maestro: el Ramayana. Sita regresa, pero inmediatamente la diosa Dharani abre sus entrañas y deposita junto a su trono el más puro de los espíritus: su hija Sita. Rama llora y su rabia conoce límites. Brahma tiene que acudir para calmarlo.
Tras decenios de soledad y buen gobierno, la muerte llama a la puerta de Rama para descubrirle que su espíritu es, en realidad, el del gran dios Vishnú, la realidad absoluta manifestada y no hay, tal vez porque no sea posible, una unión posterior con el espíritu de Sita.  


jueves, 10 de marzo de 2016

Memorias de África. Isak Dinesen




Al pie de las colinas de Ngong el paisaje tiene un aspecto de cerámica que el viento borra y cuece varias veces al día. Allí el verde brillante de un cafetal es algo más que un trozo de tierra cultivada. Pero eso importa poco porque en un cafetal siempre hay trabajo atrasado. Los barrios y las calles de Nairobi, tan cerca que basta una motocicleta para llegar, son grandes. Los kikuyus cuidan la plantación y el criado somalí Farah Aden hace compañía a la Sayyida. Algunas veces los masai le piden que termine con algún león que esquilma sus rebaños. Durante muchos años la Sayyida fue cazadora. Ahora ya no lo es, se ha convertido en granjera. El reposo que exige la cosecha le hace detenerse en los nativos, tomarlos en cuenta y apreciar las diferencias con el ruidoso e inquieto hombre blanco. Los kikuyus están “acostumbrados a lo inesperado” y les molesta la aburrida sistematización de la pedantería blanca.


Msabu, que se ha convertido en doctora de los nativos, se sobresaltó al observar las llagas que presenta el niño Kamante, un duro sufridor que espera un poco de alivio del poder de la mujer blanca. Después, cuando Kamante se recuperó, una extraña mezcla de condescendencia y gratitud le hizo quedarse junto a Msabu, primero como cuidador de perros y más tarde como cocinero. También el viejo Knudsen apuró en la granja sus último días de vida, pero antes de morir alumbró el proyecto de enriquecerse con el guano depositado en el fondo del lago Naivasha. Lo encontró Kamante tirado en mitad de un sendero una tarde de abril, el mes de las grandes lluvias en Kenia. Los tiempos de felicidad en África están ligados a los caminos nocturnos de las estrellas, a la campanilla de Lulú, la antílope huérfana, a la alegría de ser el primero en contemplar el arco tenso de la luna nueva y, también, al anunciador disparo único en la noche. 


Kikuyus o somalíes, para todos los africanos los crímenes son igual a los desastres o las desgracias, y han de compensarse en ovejas, cabras, vacas, novillos o camellos. Msabu frente a la kyama, una especie de junta de ancianos, debía decidir sobre la desgracia de Kaninu. Su hijo, Kabero, había desparecido después de disparar accidentalmente contra otros dos muchachos. Uno de ellos, Wanyangerri, había perdido la mandíbula inferior que milagrosamente un cirujano de guerra había logrado reconstruir. Le cuesta tanto entender a los nativos, una mezcla de hipocresía e interés desnudo, que Msabu posa su mirada en las mujeres masai. Hace años que las mujeres masai no conciben y los niños kikuyus acaban en sus poblados


Denys Finch-Hatton frecuenta la granja de la baronesa después de sus largas expediciones de caza. Los blancos que viven en África a solas con los nativos adquieren la costumbre de decir siempre lo que piensan. Las mujeres somalíes acompañan a la desposada durante los primeros meses de su matrimonio. El marido somalí no conoce nada que sea tan valioso como su mujer, a ella consagra todo su patrimonio y cada uno de sus esfuerzos. La mujer somalí no puede “comprar un par de zapatillas como no sea a través de un hombre”. Y sin embargo, ella busca con afán al hombre para extorsionarlo y él a la mujer para cubrirla de oro.


Es el viejo Knudsen quien le propone a la baronesa la obtención de los recursos que necesita mediante la producción de carbón de leña. Aunque la idea resultó un completo fracaso dio lugar a otra de mucho mayor alcance: la construcción de tres estanques escalonados que muy pronto se llenaron de vida. La sorpresa, en África la sorpresa bebe en las charcas, fue la aparición de un cocodrilo en el estanque mayor que distaba doce millas del río Athi.

Los leones se muestran agresivos por la sequía en el territorio de los masai. Justamente el que se propone atravesar a pie Emmanuelson, un actor que podía reconocer un Chambertin 1906, camino de Tanganyka. La baronesa le acompaña las primeras diez millas, después confía en que los masai dejen al león hambriento.

Denys Finch-Hatton y su amigo Berkeley Cole disfrutan jugando a las construcciones con la cristalería de la baronesa. Le traían de Europa libros, vinos y discos de gramófono. Tenía Berkeley tan importante ascendencia sobre los masai que el gobierno británico le encargó la entrega de medallas a sus jefes después de la Gran Guerra.


Después las cosechas fueron malas y poco a poco las cosas se fueron torciendo más y más hasta desembocar en una pérdida irremediable. El paisaje, África misma, dio un paso atrás y la baronesa supo que había llegado el momento de despedirse. Ocurrió entonces uno de esos sucesos extraordinarios que consisten en la transformación de la incapacidad en necesidad, de manera que cuanto más evidente es aquélla, más se acentúa esta. El clerical funeral del jefe de los kikuyus, Kinanjui, y la negativa de la baronesa a acoger en su casa los últimos instantes de vida de aquel, guardan esa misma y extraña proporción.  

Una pareja de leones custodia la tumba de Denys Finch-Hatton. Desde Samburu, la baronesa contempla por última vez la noble ondulación de las colinas de Ngong. “La silueta de la montaña fue borrada y nivelada lentamente por la mano en la distancia”. Nunca regresó. No se puede.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Ilíada. Cantos XX a XXIV




Como muy acertadamente señala López Eire solo una mínima parte del canto XX habla de la teomaquia o batalla de dioses, pues la mayor parte hace referencia a las proezas de Aquiles. Su primer enfrentamiento es con Eneas, del cual Homero nos da una pormenorizada razón de su descendencia: Zeus, Dárdano, Erictonio. Tros, Asáraco, Capis y Anquises. Poseidón lo salva de una muerte segura, de la misma forma que Apolo hace lo propio con Héctor. Una violentísima furia ha sustituido a la cólera y Aquiles despedaza uno tras otro a los caudillos troyanos. En un intento de convertir el retraso en un arte, dilata Homero más de seiscientos versos el inevitable encuentro entre el Priámida y el Pelida. La espera se ameniza con un combate entre el río Escamandro y Aquiles, donde es este último quien se lleva la peor parte hasta el punto de tener que reclamar la intervención divina para no acabar muriendo en mitad del barro como un “niño porquerizo”.


A la muerte de Héctor le siguen unas muy singulares exequias por Patroclo, cuyo cadáver se ahoga en sangre antes de prender fuego a la pira funeraria. “Los blancos huesos del dulce amigo… en una urna de oro”. Juegos fúnebres que no sirven para que Aquiles olvide un dolor cada vez cercano de la locura. Doce días después de haber dado muerte a Héctor, aún su cadáver es arrastrado por el carro de su ejecutor y los dioses, sobrecogidos por tanta infamia, deciden ponerle fin. Hay una extraordinaria grandeza en Príamo que toma suplicante la mano del asesino de su hijo para obtener el rescate del cadáver. Pero es el llanto de Andrómaca, la esposa del héroe troyano, lo que mayor aflicción provoca. Su destino es tan negro como el de Troya.


Tal y como dice Caroline Alexander, La guerra que mató a Aquiles, los hombres y las mujeres de la Ilíada no cuentan más que con el débil recurso de rogar a los dioses y seguir en el campo de batalla, justamente allí donde la necesidad de no sentirse abandonado es mayor. Una y otra vez Homero golpea con el martillo de la muerte sobre el yunque del horror. Y es que el hombre homérico depende de las circunstancias tanto como el actual y para entender esto no hace falta recurrir a ninguna reconstrucción histórica de la ética.


Tras la cólera llega la culpa por la muerte de Patroclo y a esta le sucede la venganza. Solo la compasión de Aquiles por Príamo en el último canto parece redimirlo. ¿Qué es lo que quiere el hijo de Peleo? No es fácil aventurar una respuesta. ¿Justicia, gloria, vida? Es muy probable que se pueda hablar de un inmenso acto de rebeldía por la imposibilidad de escapar a su destino. Pero eso no es decir mucho. Es casi nada. Aquiles es, sin duda, un héroe, el mejor de los argivos, y es muy probable que su visión de la realidad sea distinta de la del resto de los mortales porque lo que de verdad define a un héroe es que tiene a los dioses de su parte y para conseguirlo igualar esta difícil ecuación debe buscar los términos entre las razones de lo imposible.


Para Hermann Fränkel la criatura homérica no tiene otro punto de referencia que la sociedad en la que se incrusta. Es un hombre velero, botado hacia el exterior, que apenas si reconoce una personalidad propia. Acepta esta tesis como punto de partida James M. Redfield, para desarrollar la idea de que Aquiles es un hombre de carencias, simple y esquemático, en el que las experiencias no dejan más poso que su corta historia. Héctor tiene planes de futuro. Aquiles se agota en su cólera.


Hay suficientes datos históricos y arqueológicos para afirmar que el ataque a Troya fue real. Quien tenga curiosidad por este tema puede comenzar por el texto de Carlos Moreu La guerra de Troya que no solo hace un magnífico recorrido por cuanto se sabe, sino que lleva a cabo una propuesta interesante acerca de la posibilidad de que la guerra de Troya esté vinculada a la invasión de los conocidos como Pueblos del Mar. El libro de Eric H. Cline, 1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó, es idóneo para seguir la pista a estos enigmáticos emigrantes. Simultanear ambas lecturas con el soberbio texto de Caroline Alexander antes citado, proporciona una comprensión global suficiente para emprender la lectura del libro del filólogo alemán Joachim Lacatz, Troya y Homero, que es un poco más exigente. Complementarios son los textos de Michael Wood, En busca de la guerra de Troya, el de James M. Redfield, La Ilíada: naturaleza y cultura y el Barry Strauss, La guerra de Troya.


Esa relación especial que une al lector con alguno de los libros a la que se refiere Antonio Muñoz Molina en su artículo en el Babelia del sábado, 6 de febrero de 2016, se comprende mal sin la inclusión de los textos de Homero.

domingo, 7 de febrero de 2016

Ilíada. Cantos III a XIX




Las primeras acciones bélicas aparecen en el canto III que se abre con el singular combate entre los dos pretendientes de Helena: el actual, Paris o Alejandro, y el antiguo, Menelao. La diosa Afrodita salva a Paris de perecer a manos del atrida. Agamenón proclama la victoria y exige la entrega de Helena. La acción queda en suspenso porque serán los dioses en el canto IV quienes tomen la decisión sobre la continuación de las hostilidades o la aceptación de la exigencia de Agamenón.  Entonces, Zeus conducirá la voluntad de Atenea hasta el corazón de Pándaro, vanidoso teucro que pretende pasar a la posteridad por la muerte de Menelao. Buen cuidado tiene la diosa de desviar la flecha hasta el cinturón del héroe. Y mientras Macaón, hijo de Asclepio, cura a Menelao, su hermano, Agamenón, se prepara para la lucha. En manos de su auriga, Eurimedonte, deja los corceles para pasar entre las filas de los dánaos. Sobre los cadáveres de Equepolo y Elefenor, los primeros en caer, teucros y aqueos se quitaban la vida. Odilo, Festo, Escamandro, Fereclo mueren a manos de los mejores caudillos argivos. Pándaro se lamenta de que su arco no consiga más que enardecer a los aqueos, pero Eneas le anima a subirse a su carro para poner fin a la matanza de teucros que Diomedes Tidida está ejecutando.  Cruzan sus armas los dos caudillos, Eneas y Diomedes, protegidos por sus diosas, Atenea y Afrodita. Nadie sale indemne, ni siquiera Afrodita cuya divina piel es desgarrada por el mortal bronce del Tidida. Combate singular es el que mantienen Sarpedón, el príncipe de los licios, y el heraclida Tlepólemo. Y el canto se cierra de nuevo con Atenea y Ares de protagonistas.


Con el anuncio de la retirada de los dioses del campo de batalla comienza el canto VI. Acamante, Axilio, Calesio, Dreso, Ofeltio, Esepo, Pedaso, Astíalo, Pidites percosio y muchos otros aliados de los troyanos fueron cayendo bajo las lanzas aqueas. Sospecha Helena que tanta desgracia parece estar hecha para servir de asunto en los cantos venideros. Andrómaca, la infeliz esposa de Héctor, tiene los peores presagios, pues no puede olvidar que su padre y hermanos fueron muertos por Aquiles en la ciudad de Tebas. Si Atenea se muestra decida partidaria de los aqueos, Apolo se inclina por los teucros. Pero ambos están de acuerdo en la conveniencia de detener, momentáneamente, la batalla. Dos heraldos bajan a avisar a los héroes que la luz del día se apaga y los contendientes aplazan la lucha e intercambian regalos de reconocimiento. La derrota de los aqueos irrita a Hera y Atenea que corren en auxilio de sus protegidos, pero Zeus se opone, pues ha empeñado su palabra a favor de los troyanos hasta que Aquiles olvide su cólera hacia el prepotente Agamenón.


La embajada a Aquiles es el tema del canto IX. El ofrecimiento de Agamenón es generoso, pues a la restitución de la hija de Briseo añade riquezas y honores, siete ciudades y tres hijas. Odiseo, Ayax y Fénix más dos heraldos son los designados para convencer al eximio eácida, como nieto de Éaco. Canta el héroe acompañado de argéntea lira o cítara y de su amigo más íntimo, Patroclo, el hijo de Menetio, cuando la embajada entra en su tienda. Odiseo es el primero en hablar y pedir al pelida que deponga su cólera. Aquiles se niega, su herida es tan actual como eterna: el saqueo recurrente de la vileza en la casa del prudente.


El canto X contiene la dolonía que toma su nombre del teucro Dolón que enviado para espiar a los aqueos es sorprendido por Odiseo y Diomedes. La victoria de los teucros sobre los aqueos y la preparación de la intervención de Patroclo se extienden a lo largo de los cantos siguientes. Inicialmente Agamenón rompe las falanges troyanas y entre sus víctimas se encuentran dos hijos de Príamo: Iso y Ántifo, y otros dos de Antenor: Ifidamante y Coón. Sin embargo, este último hiere al atrida, lo que le obliga a abandonar el campo de batalla. Héctor, que observa la debilidad del enemigo, entra como una tempestad y poco después Diomedes y Odiseo han de retirarse heridos. También el gigante Ayax Telamonio tiene que retroceder detrás de su enorme escudo de siete cueros. La victoria de los troyanos resulta tan aplastante que Aquiles manda a su amigo Patroclo a que se interese por el estado de Néstor y Macaón. Frente a las murallas y el foso que protege las cóncavas naves de los argivos, los héroes troyanos bajan de los carros. Cuando Héctor y Polidamante, los más valientes de los jóvenes teucros, atraviesan el foso un águila sobrevuela agorera con una serpiente entre sus garras. No hay para el hijo de Príamo mejor augur que combatir por la patria y el asalto continúa porque no se trata de conquistar, ni siquiera de vencer, es más bien lo que Sarpedón le dice a Glauco: “Vayamos y demos gloria a alguien, o alguien nos la dará a nosotros”. Los argólicos se repliegan a las naves cuando observan a Héctor atravesar los muros defensivos.
   

Aprovecha Posidón un descuido de Zeus para insuflar ánimo en el espíritu de los aqueos, quienes, gracias a la intervención divina, logran rechazar la acometida de los dárdanos. El deucaliónida Idomeneo, nieto del rey Minos y caudillo de los cretenses, repite la misma divisa que el teucro Sarpedón: entrar en batalla para dar gloria a alguien o que alguien nos la dé a nosotros. Pegados a las naves, los aqueos se recuperan y comienzan a poner en apuros a las falanges de Héctor. Este  rehacerse argivo no se confirma hasta la última parte del canto siguiente, el XIV, después de que Hera empleara la astucia, y algo más, para distraer la atención de Zeus. Vuelve este en sí, observa irritado el retroceso de los troyanos y dispone lo necesario para que la guerra vuelva a los costados de las naves aquivias. Sus disposiciones son muy claras: los argivos perderán terreno hasta que Aquiles vuelva a batallar. Así, Posidón desamparó a sus protegidos, los aqueos, y Apolo se puso al frente de los dárdanos.
  

Cuando ya el fuego llega a las naves, Patroclo, hijo de Menetio, pide a su amigo Aquiles que le deje intervenir portando su armadura. Consiente el pelida que dispone a sus mirmidones bajo los cinco caudillos: Menestio, Eudoro, Pisandro, Fénix y Alcimedonte al mando de Patroclo. Una atroz matanza provoca la aparición del menetíada. Sarpedón, el rey de los licios e hijo del mismísimo Zeus, caen bajo su lanza y otros muchos le siguen. Tal es la destreza del amigo de Aquiles que se necesita una triple intervención para acaba con su vida: la de un dios, Apolo, la de un héroe joven, Euforbo Pantoida, y la del máximo caudillo de los teucros, Héctor Priámida. Patroclo parece un personaje creado exprofeso por Homero para dar una solución natural a la obstinada negativa de Aquiles a intervenir. Ahora es Héctor quien porta la armadura de Aquiles y este necesita, por tanto, nuevas armas para vengar a su amigo. Hefesto se las forjará a petición de Tetis, la nereida madre de Aquiles. El día más largo de toda la epopeya termina con la presencia de Aquiles que como un dios despide fuego por encima de su cabeza. Polidamante Pantoida, augur e íntimo amigo de Héctor, aconseja  retroceder hasta las murallas de Ilión. Héctor rechaza el buen consejo y decide enfrentarse a Aquiles al día siguiente.