miércoles, 26 de marzo de 2014

Corazón de Ulises. Segunda parte: un gozo duradero.


Atenas cierra filas frente a la amenaza persa que ha varado sus barcos de guerra en las playas de Maratón. Estamos en el año 490 a. de C. la victoria de las lanzas de los hoplitas sobre las espadas persas es aplastante y Filípides corre a anunciar la victoria a Esparta. Reverte visita el túmulo donde yacen los héroes atenienses y se sorprende al comprobar que al lado de la estela funeraria, veinticinco siglos después, hay un ramo de flores frescas. El hallazgo enciende su alma mediterránea para proponer el traslado de la sede de la Unión Europea. Diez años después el turno les llegó a los espartanos que, bajo el mando de Leónidas, retuvieron a los persas de Jerjes en el desfiladero de las Termópilas. La mayoría de los turistas que visitan Atenas nada saben de las cosas que cuenta Heródoto en su Historia, pero casi todos conocen cómo se baila la danza de Zorba y que la moussaka ha de acompañarse con una botella de retsina.


Sobre las victorias griegas en las guerras médicas se asienta el eterno brillo de la Atenas de Pericles. Con todo, la subida al poder de los demos no debe llamarnos a engaño: ni eran todos (la esclavitud era el pilar de la economía ateniense), ni estaban todos (mujeres, niños y extranjeros quedaba fuera). Conviene subrayar dos circunstancias que se olvidan con excesiva frecuencia: una, que la llegada de la democracia ateniense no aterrizó de improviso, sino que fueron necesarios pequeños pasos sucesivos durante muchas generaciones (desde las que apoyaron a Dracón en el año 621 a. de C. pasando por las vivieron las reformas de Solón en el 594 a. de C., hasta las que consintieron las nuevas leyes de Clístenes en el 507 a. de C.); y dos, que la igualdad de la democracia ateniense se basa no en la clase social a la que se pertenecía sino en los méritos. En este período de esplendor ateniense nace Sócrates que sirvió como hoplita en la guerra del Peloponeso y libró batalla contra los sofistas. Su discípulo Platón funda la Academia en el año 387 a. de C. y plasma en sus diálogos el camino que dejó apuntado el maestro: el recorrido del hombre por el saber, la virtud y la felicidad. De Platón aprendió Aristóteles lo suficiente para superarlo y abandonar la Academia camino de Asia Menor donde Filipo II le encargó la educación de su hijo Alejandro Magno en el año 343 a. de C. Regresó después a Atenas y fundó su propia escuela, el Liceo, donde instaló una biblioteca.


Apolo y las musas habitan el monte Parnaso y a sus pies está el santuario de Delfos, el centro del mundo helénico. Allí iban todos a consultar el oráculo y a beber las aguas de la fuente Castalia que daba la terna juventud. El templo reclamaba mesura y conocimiento propio a los peregrinos, buenos presupuestos con los que romper las cadenas del destino. De un salto atravesamos el estrecho de Corinto y aterrizamos en Patras. Reverte llega calado hasta los huesos a la iglesia de San Spriridione en Missolonghi, donde dicen las guías turísticas que reposa el corazón de Lord Byron. Pero allí nadie sabía nada del corazón del poeta inglés y aunque Reverte se echa a la calle y le dan razón sobre el paradero de la reliquia, el viajero desiste: no le place al cielo detener la lluvia. Naturalmente que estamos junto al estrecho de Lepanto y se hace inevitable la referencia a Cervantes.

A la pequeña isla del mar Jónico llamada Ítaca, le basta con ser la patria de Ulises. Vathy, la capital de la isla, tiene “un aire amable [por] la sencillez de sus casas bajas y cuadradas”. Reverte fue a Ítaca en busca de Ulises, pero encontró a Dimitris, el dueño de la pensión Tsiribis, que tenía escritas en sus ojos azules las palabras con las que comienza la Odisea. Descubre el viajero que si ha llegado a Ítaca es para pisar la tierra volcánica de la isla, leer la Odisea y conocer de propia mano la hospitalidad de un pueblo que ha viajado por el mundo desde la antigüedad.


Camino ya del espíritu heleno de Alejandría, torna Reverte a maldecir al gran enemigo de la convivencia pacífica: el nacionalismo. Alejandría es tan vieja y decrépita como irreal. Difícil de imaginar nos resulta también el talento militar de Alejandro Magno que conquistó la totalidad del mundo hasta entonces conocido para mezclarlo todo, civilizaciones, pueblos, religiones, culturas… Alejandro, que nunca regresó a su patria, tenía siempre cerca sus armas y un ejemplar de la Iliada. Ciertamente su figura sigue fascinando y para cerciorarse no hay nada más que echar un vistazo a las mesas de novedades de las librerías: casi siempre se encuentra algo sobre Alejandro, el discípulo de Aristóteles y eterno lector de Homero. Erraríamos si pensásemos que su vida está exenta de hechos crueles: el asesinato de su madrastra Cleopatra, el de su hermanastro o de Amintas, el último pariente que podía entorpecer su ascenso al trono, nos muestran que el pecho del héroe es tan cruento como fecundo. En Alejandría la sombra que persigue Reverte es la de Cavafis. La encuentra en un café L’Elite que nunca pisó el poeta. La Alejandría que nos enseña Reverte se cae a pedazos, vive a la espera de mejores tiempos, aquellos en los que los griegos formaban una cuajada muchedumbre de hombres empeñados en fundir lo ilustre con lo natural. Posiblemente por eso el dato de que el gobierno egipcio niegue a los griegos nacidos en Alejandría su condición de nacionales sea la mejor muestra de su decrépito existir actual. Con todo, Alejandría es una ciudad literaria, no en vano dispuso de la mayor biblioteca del orbe y alrededor del Mouseion se concentró un ingente número de sabios. Hasta aquí llegaron manuscritos de los cuatro rincones del mundo, que se estudiaron, interpretaron, clasificaron y copiaron hasta alcanzar más de medio millón de obras. Este gran tesoro del saber universal se conservó durante más de seis siglos y sabemos con certeza que al menos una parte de culpa de su desaparición se debe al fanatismo religioso cristiano.


Llega el momento de la despedida y Reverte lo hace con tan buena pluma que atravesamos el tiempo de esta Alejandría eterna: de madame Christine, la dueña del café L’Elite, a la heroína Hypatia y de Gasparo, el barbero, a la tumba de Alejandro. Consigue que contemplemos a Alejandría como una ciudad ciertamente irreal, suspendida en esa dimensión imposible para el pensamiento que es el espacio y el tiempo. Son, sin duda, las mejores páginas del escritor.

Javier Reverte es un tipo peculiar cuando se disfraza de Ulises y sale a recorrer el mundo. Las mujeres le chistan en las cafeterías o terrazas, curiosonas ante su aspecto de escritor, le persiguen ciertas maldiciones con lord Byron de fondo, se muestra ansioso por los restaurantes de pescado fresco, se mete en una barbería y le sale no un amigo cualquiera, sino uno reidor y charlatán. Tal vez Reverte goza de ese favor que muy pocas veces los dioses griegos conceden a un mortal: la infantil intensidad de un alma profundamente mediterránea. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Corazón de Ulises. Primera parte: una vuelta por el Egeo.


Todo viaje es circular. El de Ulises, el de Marco Polo, el de Cristóbal Colon y hasta el de Alejandro Magno que jamás retornó a su patria. Si el regreso está en la propia condición humana, el retorno depende única y exclusivamente de volver a tiempo la grupa.  Pero siempre el viaje es patrimonio del corazón y con él se hace. El puerto de Nauplia pone a Argos a tiro de flecha. Tan importante fue Argos en la antigüedad que daba nombre a todo el Peloponeso. Unos dos mil años antes de Cristo hasta sus llanuras llegaron procedentes de Asia Central los aqueos que debieron mezclarse con los habitantes de la zona. Su poder se extendió desde Tesalia hasta la misma Creta, cuya resistencia fue la última en caer. Aqueos fueron Ulises o Aquiles, “refinados hijos del mar”. Deber y valor para la acción, elocuencia e instrucción para cantar las gestas ajenas y propias. Estas son las armas del héroe aqueo que busca la gloria y la fama. También hoy mantiene el hombre esa misma aspiración, aunque las armas han cambiado, tal vez porque también lo han hecho los sueños: ¿Qué niño sueña hoy con los héroes de la Ilíada?


Si creemos a Reverte cuando afirma que Creta es, a su parecer, la menos griega de las islas que conforman esa víscera desagarrada que es Grecia, resulta interesante saber que buena parte de la cultura helena pasó antes por la civilización minoica. Y muy bien podemos considerar a Teseo como el primer héroe griego por sacar de la esclavitud del vasallaje a Atenas. Incurre Reverte en la típica paradoja del viajero: soporta las molestias de las nubes de turistas por saberse avispa del mismo panal. Más acertado está cuando se pregunta de dónde tomarían los griegos los ejemplos a seguir teniendo dioses tan poco recomendables. Es posible que los, de momento, indescifrables jeroglíficos estampados en el disco de Festos escondan alguna de esas claves que parecen faltarnos, o tal vez, como indica nuestro autor, no sea más que algo así como el juego de la oca en versión antigua.


Rodas, pegadita a la costa turca, es más pequeña de Creta. El lector se pregunta si acaso no será un rito antiguo de bienvenida, esa peculiar forma que tiene Reverte de entrar en los lugares que visita, lo mismo de la mano de un comerciante de electrodomésticos que de un profesor de matemáticas. Hasta consigue que nos resulte verosímil que sea un hostelero de Chicago el encargado de abrirle los ojos a un viejo trotamundos: para escritores y enamorados, mejor las islas pequeñas que las grandes. También el turismo, dios aburrido de nuestra época, se enseñorea de Rodo, la ninfa de la isla que según la leyenda fue esposa de Febo. El hijo de Antígono, uno de los generales de Alejandro Magno, transmitió a su hijo el famoso Demetrio Poliorcetes (su apellido dio nombre al arte de asediar ciudades amuralladas), la ambición de reunificar el imperio alejandrino y en el año 305 a. de C., sitió la ciudad de Rodas. De su fracaso nació el Coloso. Otro coloso, en este caso Solimán el Magnífico, logró por fin acabar con toda resistencia y conquistó la isla en 1523. Reverte abandona la bien rehabilitada Rodas para dirigirse a Kastellorizon, una pequeña isla al sureste de Rodas en dirección a Chipre. Esta isla que debe su nombre a la fortaleza, castillo rojo, levantada por los caballeros de Rodas, que alcanzó una insospechada prosperidad en los años de la Belle Époque y que fue bombardeada por los alemanes en la última guerra mundial, resulta de lo más interesante. Primero porque no tiene nada que visitar, segundo porque no hay turistas, tercero porque su población es muy pequeña y, por último, por ese vino peleón con sabor a ciprés llamado retzina.


Ya en Turquía el primer lugar donde se detiene nuestro guía es Mileto, la patria de Tales, Anaximandro y Anaxímenes. La verdad es que para lo que había que ver, bien pudo haberse quedado en la pensión de Söke. Las ruinas visibles del Efeso de Heráclito son las de la posterior ciudad romana, y el río Caistro, que debió de servir de inspiración a Heráclito, ha desaparecido. Y mientras Heráclito contempla ensimismado pasar las aguas del río, en la otra punta del mundo civilizado, en la Magna Grecia, el eleano Parménides nutre su obra de sólidos entramados metafísicos. Da la impresión, es posible que equivocadamente, de que Reverte disfruta más abandonando los lugares que visita que recorriéndolos. En Esmirna, al noroeste de Efeso, Reverte recuerda al rey lidio Creso, a Ciro el Grande, a Alejandro Magno. Los turcos después de la Primera Guerra Mundial la arrasaron y le cambiaron el nombre. Ahora es Izmir para los turcos y Esmirna para los griegos. No queda más que la vieja ágora romana, un reducto a salvo de retratos de héroes contemporáneos y de festividades religiosas.


Busca ya el viajero la costa del estrecho de los Dardanelos con el recuerdo puesto en la gran biblioteca de Pérgamo, Bergama para los turcos. La cuna del libro, tal y como lo conocemos en la actualidad, fue objeto de varios saqueos: Marco Antonio regaló a Cleopatra un buen número de ejemplares enviándolos a Alejandría y lo que quedó fue alimento de las hogueras de los cruzados cristianos. ¡Cuánto daño en nombre de Dios! ¡Cuántas obras desaparecidas para siempre! A estas alturas no hace falta ser muy vivo para darse cuenta del destino al que se dirige Reverte. Naturalmente que a Troya. Vivían los troyanos de cobrar pasaje a barcos y caravanas cuando allá por el año 1.200 a.C., llegó a sus puertas el príncipe Paris en compañía de Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta y como eran muchas las ganas que los griegos les tenían a los troyanos, armaron más de mil naves y partieron a Troya para hacer, sin saberlo, historia y para que tres mil años después un excéntrico millonario alemán llamado Heinrich Schliemann, convirtiera en su sueño de redescubrir el emplazamiento de la antigua Ilión sobre la colina de Hisarlik.
  


No cabe duda de que Reverte es un tipo con mucha suerte: entra en una tienda de souvenirs de Estambul y encuentra uno de los libros de viaje de Pierre Loti editado en 1890. Lástima que no sepamos de qué titulo se trata. Griegos llegados de Megara y Micenas fundaron Estambul hacia el año 658 a. de C., según Heródoto. La epopeya queda recogida en la leyenda de los Argonautas. Los persas la retuvieron antes de la llegada de Alejandro Magno, cuyo imperio quedó desmembrado tras su muerte. Tardaron los romanos un par de siglos en hacerse con esta codiciada urbe, pasando a ser designada como Constantinopla en lugar de Bizancio (por Bizas el griego de Megara que la fundó). Ya en el siglo VI d. de C. pasó a ser la capital del imperio bizantino. Los cruzados la saquearon destruyendo su biblioteca en el siglo XIII y en fecha tan señalada como la del año 1453, Constantinopla cayó a los pies del sultán turco Mehmet II. Santa Sofía se convirtió en mezquita y Constantinopla en Estambul. Tal era el empuje del imperio que hasta el estrecho de Lepanto tuvieron que viajar un par de españoles famosos, don Juan de Austria y don Miguel de Cervantes, para frenar a los turcos. El paulatino declive del imperio otomano tuvo su último episodio durante la Primera Guerra Mundial. En el periodo de entreguerras Atatürk proclama la República de Turquía y la capital se traslada al interior, a Ankara.


Atraviesa Reverte el estrecho del Bósforo recordando el ardid de que se sirvió Jasón para engañar a las asesinas rocas Simplégadas. En la Trebisonda de hoy, una de las más importantes colonias jonias en el Ponto Euxino y patria de Solimán el Magnífico, el hormigón ha expulsado a los turistas y no hay nada digno de ver. Pero Reverte persigue otra cosa. Ha dejado a Jasón y toma a otro aventurero, Jenofonte que en el año 404 a. de C., luchó como mercenario al lado de Ciro, el hermano del rey persa Aratajerjes II y cuyo desastroso regreso relató el ático en Anábasis. Entre griegos y turcos siempre ha andado el juego y Reverte ha de pasar la frontera a bordo de dos taxis porque el turco no tiene adherido a su chasis la pegatina de la Unión Europea. Y es que la pericia papelera de los europeos lleva camino de convertirse en síndrome. Los días de frontera son largos, pero Reverte comparte con los héroes griegos la sangre aventurera que le hace sentirse bien en la estación de autobuses de un pueblo perdido, entre rostros desconocidos y en un país que no es el suyo.


En Alexandrópolis, Reverte recuerda la leyenda de Orfeo. El enésimo autobús lo conduce hasta Tesalónica, la segunda ciudad más importante de Grecia, donde se habla el alemán como lengua subsidiaria. La referencia a la Macedonia de Filipo II y de su hijo Alejandro Magno es obligada para el fuste de un escritor con aspiraciones divulgadoras como es Reverte, y no le falta razón cuando afirma que sin estos dos héroes es muy probable que toda la cultura, ciertamente elitista, de la Hélade no hubiera impregnado las raíces culturales del mundo por entonces conocido y que nuestra realidad sería distinta. En tren desde Tesalónica hasta Tebas, el viajero va dejando atrás el monte Olimpo y el Parnaso, Delfos y el campo de Maratón, atraviesa la patria de Aquiles y el Egeo refulge en el trayecto hasta la capital de Beocia. Alceo-Hércules nació bajo sus murallas, el tebano Epaminondas liberó a los griegos de la tiranía espartana nacida tras la guerra del Peloponeso y más tarde Alejandro Magno la redujo a cenizas. Vuelve de nuevo Reverte a sorprendernos: elige la estatua de Píndaro alzada en un jardín como lo más relevante de la ciudad fundada por el fenicio Cadmo. 

sábado, 1 de marzo de 2014

El Mahabharata. El desenlace.



La restitución de su reino a los Pandava es un acto de justicia. Así lo entiende Krishna, su hermano Balarama y el gran guerrero Satyaki, llegados todos de Dvaraka; también se pronuncia en este sentido el rey Drupada, el padre de Draupadi. A fin de evitar la guerra Yudhishthira reduce sus derechos a la restitución de Indraprastha y cinco aldeas a su alrededor, pero Duryodhana rechaza la petición y desoyendo los consejos de su padre y de Vidura dice: “Estoy dispuesto a renunciar a todos mis posesiones, al trono, a la vida, pero no puedo vivir en paz con los hijos de Pandu. No les cederé ni la tierra que cubre la punta de una aguja”. Dhritarashtra, el rey ciego, el padre de Duryodhana, se levanta y se marcha en un profundo silencio. Krishna hace un último intento de paz que es rechazado y desvela a Karna su verdadero origen con el propósito de que abrace la justa causa de los Pandava, sin embargo Karna, el único capaz de enfrentarse a Arjuna, mantiene su fidelidad hacia los Kaurava.


Los Pandava designan comandante en jefe de sus tropas a Dhrishtadyumna, el hijo de Drupada. Duryodhana y los Kaurava nombran jefe de su ejército a Bhishma, el Venerable antepasado, quien dividido entre ambos contendientes, afirma que combatirá solo diez días y cada día abatirá a diez mil soldados, pero no se enfrentará con ninguno de los Pandava. Los dos ejércitos se dirigen hacia Kurukshetra, el campo de batalla sagrado. La batalla que durará dieciocho días y una noche es relatada por Sanjaya, el amigo y cochero real de Dhritarashtra, a quien Vyasa le dio el don de la visión celestial. Junto al estandarte del mono que ondea en el carro de Arjuna, Krishna contempla la pesadumbre del Pandava que ha de enfrentarse a sus propios parientes, a sus maestros y a sus amigos. Los dos ejércitos esperan a que Arjuna comprenda la sabiduría impregnada en las palabras de Krishna, es el conocido como Canto del bienaventurado, el Bhagavad Gita.


El primer encuentro entre ambos ejércitos es bello, después el polvo tapará al sol y los muertos cubrirán el campo. En el segundo día de combate el protagonismo se lo llevan Arjuna y Bhimasena, pues son tales los estragos que causan entre las tropas de los Kaurava que estas se ven obligadas a retirarse. Bhishma quiere vengar la derrota del día anterior y dispone sus tropas con la formación del águila. Yudhishthira adopta la defensa de la media luna. La corona de fuego de las flechas de Bhishma causa pánico y Arjuna se ve obligado a intervenir utilizando la terrible Mahendra que origina una lluvia cerrada de flechas sobre el ejército de los Kaurava. El cuarto día es una nueva derrota para los Kaurava, cinco de ellos mueren con la maza de Bhimasena. Bhishma lo sabe bien, Vishnú, el Señor supremo, está con los Pandava reencarnado en Arjuna y Krishna. Los suicidas Trigartas se lanzan contra Arjuna después de dos días de combates igualados. Es el séptimo día de lucha. A Bhimasena se le escapa por muy poco el gran guerrero Kritavarman y después es el mismísimo Bhishma quien ha de arrojarse del carro para no morir aplastado por la maza de Bhimasena. Los Kaurava parecen estar al filo de la derrota. En el octavo día los Kaurava son duramente castigados por Ghatokacha, el hijo de Bhimasena, y Duryodhana le retira a Bhishma su confianza. Su sustituto es el invencible Karna que hasta ahora se ha mantenido en la sombra. Es ya el décimo día, el último para Bhishma según él mismo predijo. Las flechas de Arjuna lo traspasan tantas veces que cuando se desploma no llega a tocar el suelo. Pero ni siquiera los ruegos de paz del venerable Bhishma mueven a Duryodhana a pactar con los Pandava.


Drona es el nuevo comandante en jefe de las tropas de los Kaurava. Aislar a Arjuna es la única estrategia posible. El duodécimo día los Kaurava consiguen una victoria significativa: dan muerte al hijo de Arjuna, Abhimanyu. El Pandava jura venganza contra Jayadratha, rey de los Sindhu. Gracias a Krishna, la cabeza de Jayadratha rueda a los pies de su padre lo que convierte a este en víctima de su propia maldición. El golpe siguiente lo dan los Kaurava, aunque a un alto precio porque Karna se ve obligado a utilizar la única arma capaz de matar a Arjuna, para acabar con Ghatokacha –el hijo de Bhimasena-. Drona, el invencible maestro de armas, acaba con Drupada y su hijo Drhishtadyumna, jura acabar con la vida del aliado de los Kaurava. Drona efectivamente muere, o por mejor decir, se deja morir, pero Yudhishthira se ve forzado a mentir por primera vez en su vida y el carro del justo “que siempre rodaba a cuatro pulgadas del suelo, desciende con estrépito y toca el polvo del campo de batalla”. Tal es la matanza que sigue a la desaparición del maestro Drona que su cuerpo no se encontrará jamás. Karna es el nuevo comandante de los Kaurava. Es el decimoséptimo de la batalla. En este día Bhimasena tomará venganza sobre el segundo de los Kaurava, Duhshasana, y Arjuna dejará de sin comandante a sus primos. Yudhishthira acaba con su tío el rey del país de Madra, Shalya. Al terminar el último día, de todo el ejército de los Kaurava, más de un millón de hombres, no quedan sino cuatro. El último combate lo protagonizan Bhimasena y Duryodhana. Balarama, el hermano de Krishna, reprocha a los Pandava el empleo constante de la astucia y el golpe bajo para derrotar a los Kaurava. Ciertamente es así, confiesa Krishna, pero de alguna arma ha de servirse la justicia para conquistar la victoria.


Krishna consuela al rey ciego y su esposa, Gandhari, y le acometen presentimientos funestos sobre el futuro de los Pandava. Ashvatthaman, el hijo de Drona, jura venganza por la deshonrosa muerte de Duryodhana. Le acompañan el maestro Kripa y Kritavarman. El plan de Ashvatthaman es atacar a los Pandava mientras duermen, algo vergonzoso para un verdadero guerrero. El intento resulta inútil y es entonces cuando Ashvatthaman se inmola en honor de Shiva. El sacrificio mueve a Vishnú, el Señor supremo, el Gran Dios, que hasta ese momento había estado al lado de los Pandava, a variar su elección. Ashvatthaman como un demonio extermina a todo el ejército, incluso a los hijos de los Pandava cuya descendencia queda así comprometida. Draupadi reclama el castigo del asesino, pero ya no correrá más la sangre porque Krishna y Vyasa (el abuelo de los hijos de Pandu), anticipan el castigo: “Durante tres mil años sin tener comercio con nadie en absoluto, sin compañía, vagarás por los desiertos, encorvado bajo el yugo de todas las enfermedades” y sin otro refugio que el bosque. Krishna augura que Uttarâ, la esposa del hijo de Arjuna, Abhimanyu, dará a luz a un niño que será rey durante sesenta años y se llamará Parikshit. Así los Pandava se prolongarán en el tiempo. El tiempo que calmará un dolor que es hondo, el de Dhritarashtra y Gandhari que han perdido a sus cien hijos y el de Yudhishthira que ha de tomar un trono manchado por la sangre de su hermano Karna, de sus primos y amigos. Bhishma que durante cincuenta y ocho días permaneció sobre un lecho de flechas esperando la muerte, mostró a Yudhishthira el camino del buen soberano. Los sacrificios hacen de Yudhishthira un hombre puro y un rey con el alma en paz. Krishna rescata de la muerte al único sucesor de los Pandava y le pone el nombre anunciado de Parikshit, “El que se prolonga”. Durante quince años Dhritarashtra fue objeto de la máxima consideración. Después pidió permiso a Yudhishthira para retirarse al bosque y dedicarse a la oración y la ascesis.


Sauti cuenta que Vaishampayana contó a Janamejaya la aparición a orillas del Ganges de los antepasados de los Kaurava y los Pandava y que treinta seis años después de la batalla de Kurukshetra, negros presagios volvieron a inundar la tierra. Y resultó que Krishna había abandonado su cuerpo después de que los dos clanes guerreros de Dvaraka, el reino de aquel, se hubieran exterminado luchando entre sí. Arjuna, el gran amigo de Krishna, celebró los ritos funerarios y recogió a los pocos habitantes que quedaban en Dvaraka, fundamentalmente mujeres, niños y ancianos. Un grupo de bandidos reveló a Arjuna que el tiempo había pasado y a duras penas consiguió salvar a una parte del convoy y llegar a Indraprastha. Poco después, seis peregrinos, los cinco Pandava y Draupadi, vestidos con pieles de gamo y cortezas de árbol, abandonaban Indraprastha camino del monte Meru, la montaña más alta, la morada de los dioses. Por el camino uno tras otro van muriendo. Queda Yudhishthira y un perro vagabundo que les ha acompañado durante el largo viaje. El dios Indra baja a buscar a Yudhishthira, pero este se niega a aceptar la invitación del dios si antes no se ocupa del perro. La virtud del Pandava la confirma su mismo padre que se había ocultado en el fiel animal.


El Mahabharata está construido con millones de imágenes apiñadas y el lector tiene la impresión de hallarse en un territorio de inmensa belleza en el que nada sobra porque todo lo abraza. Los héroes lo son en la medida en que construyen su propio universo y conocen que aquí lo que protege es protegido y lo que destruye es destruido. Hay, desde luego, un orden secreto que desde el principio se siente como universal, pero que solamente se construye en el interior del hombre. Tan inmenso y denso es el material narrativo de la epopeya india que el hombre actual, acostumbrado a la paja seca y áspera de la literatura contemporánea, se ve obligado a detenerse continuamente para construir rápidos relatos yuxtapuestos. El texto está plagado de soberbios sacrificios, de oscuros presagios y también de los más miserables sentimientos humanos, pero todo ello es tan sorprendente como familiar, tanto como las palabras apaciguadoras de Vidura que nunca son escuchadas. De eso, del hombre, de la vida, del destino, de la implacable maldad y de la inmarcesible misericordia, de un orden amenazado y de un arma todopoderosa, de una época de destrucción que lo es también de leyenda. El Mahabharata es omnímodo y para probarlo basta recordar la escena en la que Krishna prolonga indefinidamente la túnica de Draupadi para que esta no quede desnuda y pierda su dignidad. ¿No cabe ahí casi todo?

viernes, 14 de febrero de 2014

El Mahabharata. Kaurava contra Pandava.




Los hijos de Pandu crecieron felices, pero un día cuando Arjuna tenía catorce años, Pandu no pudo resistir su deseo y pese a la oposición de su esposa Madri que conocía la maldición yació con ella y Pandu murió. Madri lo acompañó en la pira funeraria y Kunti con los Pandava fueron recogidos por Bhishma que los condujo hasta Hastinapura para que se educasen con sus primos, los Kaurava. Anunció Vyasa a su madre Satyavati, la reina madre, que los días dichosos habían terminado y que los de sufrimiento estaban a punto de empezar porque los Kaurava sembrarían la destrucción. Satyavati y sus dos nueras, Ambika y Ambalika, se retiraron al bosque. Duryodhana, harto de ver a los Kaurava siempre superados por los Pandava, intentó envenenar a su primo Bhimasena, pero los Pandava decidieron pasarlo por alto. Poco después con ocasión de un torneo, Karna, el hijo de Kunti y del dios del Sol hizo su aparición, pero como había sido criado por un carretero, los Pandava los despreciaron y el astuto Duryodhana le ofreció su protección.


La trampa que inmediatamente prepara Duryodhana no acabó con los Pandava, pero sí los llevó a una precaria situación: fueron dados por muertos y tuvieron que vagar perdidos por el bosque. Recalaron los Pandava en el reino de los Panchala, cuyo rey, Drupada, había organizado un torneo para casar a su hija la bella Draupadi. Hasta allí llegaron también el hermano de Kunti, Krishna, junto con su hermano Balarama, de la familia de los Yadava, venidos desde Dvaraka. Duryodhana, el mayor de los Kaurava, no reconoció a los Pandava que se habían disfrazado de brahmanes. Nadie superó las pruebas hasta que se alzó Arjuna. Draupadi se convirtió en la esposa de cada uno de los cinco Pandava y se dice que cada noche volvía a ser virgen. Todo esto llegó hasta Hastinapura y los Kaurava fueron a quejarse al rey Dhritarashtra porque los Pandava no habían perecido en el fuego de Varanavata.


Buen momento este para intentar agrupas los apoyos con los que cuenta cada uno de los bandos, ya claramente perfilados. A los Kaurava se ha sumado Karna y Shakuni, tío materno de los Kaurava y por tanto hermano de Gandhari. Cuentan también con los tres fieles consejeros del rey Dhitarashtra, esto es, Bhishma, Drona –el gran maestro de armas que instruyó a los Kaurava y los Pandava-, y Vidura. A ellos hay que añadir a Kripa, el otro gran maestro de armas, y a Ashvatthaman, el hijo de Drona. El venerable Bhishma aconseja repartir el reino entre los Pandava y los Kaurava, opinión que mantienen los otros dos consejeros. Los Pandava con el apoyo del rey Drupada y su hijo Dhrishtadyumna y de la familia de los Yadava, porque Kunti pertenecía a la dinastía de Yadu, aceptan la división del reino y gracias a Vishvakarman, el maestro de obras universal, construyen Indraprastha, ciudad que muy pronto se hará célebre. Todo parecía en calma cuando Arjuna viola el acuerdo al que había llegado los cinco hermanos de respetar durante un año la alcoba matrimonial de Draupadi y ha de partir al exilio que se extenderá durante ocho años. En este tiempo Arjuna se casa con Subhadra, la hermana de Krishna, y da a luz a un niño llamado Abhimanyu y después regresa a Indraprastha.


En la batalla entre Agni, el dios del fuego, e Indra, Arjuna y Krishna apoyan al primero y obtienen de él dos armas maravillosa: el arco Gandiva, cuyo ruido siembra el pánico en el corazón de cuantos lo oyen, y el disco invencible Chakra que regresa a la mano después de matar a los enemigos. Maya, un demonio artista, construye para Yudhishthira, el primogénito Pandava, una incomparable sala de asamblea en Indraprastha y necesita de una gran hazaña para hacerse coronar rey de reyes. El rey de Magadha, el poderoso Jarasandha, secundado por el rey Shishupala, que se ha adueñado de la región central de la India después de haber hecho prisioneros a más de veinte reyes, y se comporta de forma contraria al código del honor, es el prototipo de la injusticia. Bhimasena, después de trece días de combate cuerpo a cuerpo, venció a Jarasandha, desgarrándolo en dos mitades. Obtenida así la gran hazaña, Yudhishthira manda recaudar los tributos necesarios para llevar a cabo el sacrificio real, el raja-suya, propio de quien se siente rey de reyes. Durante la ceremonia Yudhishthira distingue a Krishna, lo que irrita al rey Shishupala. Entonces Bhisma, el Venerable, relata la historia de Krishna que es Vishnú, el increado, el no-nacido, el perfecto. Shishupala no se deja convencer y comienza a insultar y a blandir sus armas como armas contra Bhishma y también contra Krishna. Este le perdonará cien veces y agotado este número le decapitará, para ello a Krisha le basta con pensar en Chakra, el disco invencible.

Terminado el sacrificio Vyasa regresó a la montaña Kailasa, la morada de Shiva, pero antes indicó a Yudhishthira que la muerte de Shishupala no había alterado los malos presagios. Duryodhana regresó a Hastinapura lleno de envidia por la riqueza y bienestar de sus primos. Vidura no puede evitar que el rey ciego acepte la propuesta de su hijo Duryodhana y los Pandava son retados a una partida de dados. Yudhishthira pierde primero todo su tesoro, luego todo su imperio, más tarde a sus propios hermanos y a él mismo que se convierte en esclavo de los Kaurava; solo le queda una cosa, su esposa Draupadi. La desdichada reina convertida ya es esclava, invoca a Vishnú, es decir a Krishna. Duhshasana, el segundo de los Kaurava, comenzó a arrancarle la ropa a Draupadi, pero Krishna iba añadiendo nuevos vestidos. La dignidad de Draupadi salva a los Pandava y el rey ciego, alertado por los pésimos presagios que traía Gandhari, acepta el consejo de Vidura: todo vuelve a su estado inicial, como antes de la partida, pero las humillaciones no pueden ser borradas.


Duryodhana no se conforma y torna a visitar a su padre, quien hace regresar a los Pandava para una nueva partida. En esta ocasión los perdedores habrán de abandonar todas sus posesiones y convertirse en ermitaños durante doce años, al cabo de los cuales habrán de regresar y vivir un año en sociedad sin ser reconocidos, sólo entonces recobrarán todos sus derechos. Los Kaurava harán trampas y los Pandava perderán. Los hermanos con su esposa Draupadi y un grupo numeroso de leales parten para el exilio, buscan la virtud, el desapego por las cosas de este mundo. Yudhishthira pronuncia los ciento ocho nombres del Sol y este le entrega un vaso que siempre estará lleno de comida hasta que Draupadi quede saciada, por esa razón el rey y su esposa siempre comen los últimos. Yudhishthira se inclina por el perdón, hecho que el resto de sus hermanos y Draupadi consideran inadecuado. Arjuna por consejo de Vyasa debe partir en busca de armas divinas que estén a la altura de su valía.

Armado con Gandiva, el arco invencible, y sus dos aljabas siempre llenas de flechas, Arjuna marcha hacia el Himalaya para encontrarse con su padre, el dios Indra. Shiva le entrega a Arjuna el arma Pashupata, invencible y única que puede ser lanzada con el pensamiento, con la vista y con el arco. Yama, el dios de la Muerte, le entrega su propia maza, aquella que nadie puede esquivar. Muchas otras armas le fueron cedidas a Arjuna y durante cinco años permaneció en la ciudad divina de Amaravati instruyéndose en el arte del manejo de las armas divinas. Antes de regresar con sus hermanos Arjuna acabó con los Nivatakavacha, una tribu de unos treinta millones de demonios.


Duryodhana, Shakuni y Karna, sabedores del lugar donde se encontraban los Pandava, acudieron con un numerosísimo ejército, pero acaeció que el lugar que habían elegido para acampar, lo habían ocupado los habitantes de las nubes guiados por Chitrasena, el maestro de danza de los seres celestiales. La derrota de los Kaurava fue tan severa que corrieron a pedir ayuda a sus primos. Yudhishthira olvidó las villanías pasadas porque “sacar a un enemigo de una situación apurada es todavía más hermoso que convertirse en padre”. Los Gandharva, los habitantes de las nubes, súbditos de Chitrasena, se burlaron de Arjuna cuando este les pidió que pusieran en libertad a Duryodhana, quien finalmente tuvo que prosternarse ante Yudhishthira para recuperar la libertad. Profundamente ofendido Duryodhana decide volver a Hastinapura, abdicar a favor de su hermano Duhshasana y ayunar hasta morir. Tal resolución preocupó a los espíritus de las tinieblas que veían como uno de los suyos se rendía. Comenzaron a adularlo con mentiras, le prometieron ayuda y convertirle en el dueño del mundo. ¿Quién puede negarse?

Próximo ya a vencer el plazo del exilio, Indra, el protector de los Pandava, se dispuso a arrebatar a Karna, aliado de los Kaurava, la armadura y los pendientes que le hacían invencible, pero el Sol, padre de Karna, advierte a su hijo de las intenciones de Indra. Karna entrega las prendas de su invulnerabilidad a Indra, pero a cambio exige de este la entrega de Shakti, el arma absoluta capaz de aniquilar a cualquier adversario, que Karna pretende emplear contra Arjuna.


Los Pandava eligieron el país de los Matsya donde reinaba Virata para pasar el año decimotercero, aquel en que no debían de ser reconocidos. Después de diez meses de tranquilidad, Kichaka, el comandante en jefe del ejército del rey, comenzó a acosar a Draupadi. Bhimasena acabó con la vida del villano. La violenta muerte de Kichaka levantó las sospechas de Duryodhana y mandó al rey de los Trigarta, Susharma, para que robara al rey Virata sus rebaños. Los Pandava, que están obligados a favorecer a su anfitrión, deciden intervenir aplastando los ejércitos de Susharma y haciendo a este prisionero. Pero Duryodhana aprovecha la ocasión para atacar por el otro extremo del país de los Matsya. En palacio no hay nadie más que el pretencioso hijo de Virata, Uttara, y un eunuco, cuya verdadera identidad se corresponde con Arjuna. El ejército de Duryodhana oyó la espantosa vibración de Gandiva y sufrió la acción de Sammohana, el proyectil que trae el sueño. Arjuna recupera el rebaño y después de infringir numerosas bajas al enemigo y cortar de las vestiduras blancas de Kripa y de Drona, de las amarillas de Karna y de las azules de Duryodhana, un trozo, abandona el campo de batalla ante la estupefacción de quienes lo tenían rodeado. Duryodhana se retira a Hastinapura. Virata entrega la mano de su hija Uttarâ al hijo de Arjuna, Abhimanyu. El exilio ha terminado.

martes, 4 de febrero de 2014

El Mahabharata. Los Bharata.

         


            Parashara, célebre ermitaño, seduce a Satyavati, hija de un rey de los pescadores, en el curso de la travesía por el río Yamuna. El ermitaño hace surgir una niebla tan espesa que ni la noche pudo atravesarla y sustituyó el olor a pescado de Satyavati por un embriagador perfume, razón por la cual pasó a ser conocida como Ghandavati, la perfumada. Fruto de sus amores nacerá Vyasa en una isla del mismo río Yamuna donde fue concebido. Fue apodado Dvaipayana: “El que nació en la isla”. Vyasa nace para crear el gran poema de la India con la ayuda de Brahma. Este concede su bendición a Vyasa y para su redacción le envía a Ganesha, el dios con cabeza de elefante famoso por la belleza de su escritura, hijo del Gran Dios Shiva. Es el Mahabharata.

           


          Sauti, el narrador, se presenta ante un grupo de sabios y ermitaños en el bosque Naimisha, dispuesto a confirma la sospecha que corre entre ellos. Sí, efectivamente, Sauti ha escuchado el Mahabharata de labios de Vaishampayana, discípulo de Vyasa, mientras se hallaba en la corte del rey Janamejaya. Un día el padre de Janamejaya, el rey Parikshit, causó una humillación al brahmán Shamika y el hijo de este maldijo al rey, anunciando su muerte por el veneno de la serpiente Takshaka. El rey Parikshit tomó mil precauciones pero en el último instante del plazo, Takshaka logra darle muerte enroscándose alrededor de su cuello.
           
La acción de Takshaka, el príncipe de las serpientes, puso en guardia al rey de las serpientes, Vasuki, quien preocupado por la reacción de Janamejaya, decidió asegurar el futuro de las serpientes casando a su hermana Jaratkaru con un asceta del mismo nombre. El hijo nacido fue llamado Astika, era serio, inteligente y virtuoso. Como era de temer Janamejaya se acordó de su padre y el gran brahmán de la casa real consigió que los súbditos de Vasuki fueran arrojándose al fuego gracias a un encantamiento. Takshaka se refugió junto al dios Indra, pero este ante la insistencia de los brahmanes acabó cediendo y fue la intervención de Astika la que evitó que el príncipe de las serpientes se precipitara en el fuego.
           

Cuenta Sauti estando en este sacrificio apareció Vyasa, tataraabuelo del rey Janamejaya, y este le ruega que cuente la historia de los Kaurava y los Pandava. El discípulo de Vyasa, Vaishampayana, asegura que lo que no está presente en el Mahabharata no existe en otro lugar. Janamejaya arde en deseos de escuchar la historia completa. Y dijo Sauti a los suyos cómo empezó Vaishampayana a cantar la epopeya de los Bharata.
           
La historia comienza con el rey Dushyanta, padre de Bharata, quien un día organizó una cacería, en el transcurso de la cual y al internarse por el bosque halló a una joven en el interior de una cabaña de ermitaño. La joven le cuenta que un santo ermitaño llamado Vshvamitra había adquirido tales poderes que el mismo rey de los dioses, Indra, se mostró preocupado y decidió mandar a la ninfa Menaka para que lo sedujera. La ninfa alumbró a Shakuntala que fue recogida por el sabio Kanva y criada en el bosque. El joven rey pidió a Shakuntala que fuera su esposa y esta aceptó con la condición de que su hijo fuera el heredero del reino. El hijo se crió entre los ermitaños y se llamó Bharata y reinó con tanta diligencia que fue tomado por modelo por sus sucesores, los Bharata, y por todos los habitantes del país, el país de Bharata.


 
El vigésimo segundo rey que sucedió a Bharata fue Shantanu, el Pacificador, que poseía la rara cualidad de devolver la paz a las almas, tal vez porque el sabio Mahabhisha había elegido a Shantanu para renacer en la Tierra, después de que un incidente en el cielo de Brahma condenara a Mahabhisha y a la diosa Ganga a descender adonde reina el sufrimiento.

La bella diosa del río Ganges, es decir Ganga, en su camino hacia la Tierra encontró a los ocho Vasu que también habían sido desterrados y para aliviar su sufrimiento obtuvieron de Ganga la promesa de que serían que arrojados al agua en cuanto nacieran, a excepción de uno de ellos que habría de quedarse en la Tierra.

Shantanu prendado de los encantos de Ganga acepta la condición que esta le impone para convertirse en su esposa: no hacer preguntas, pues aquella sabía que su compromiso con los Vasu no sería entendido por Shantanu. Mantuvo este su promesa hasta el nacimiento de su octavo hijo, momento en el cual ante el temor de que también este acaba en las aguas del río, faltó a la palabra dada y le pidió explicaciones a Ganga quien abandonó a Shantanu llevándose consigo a Devavrata, “promesa divina”, el hijo que no regresó al lado paterno hasta que se hubo convertido en un noble joven.

Devavrata renuncia al trono y al matrimonio, para que su padre, Shantanu, pudiera unirse a Satyavati, ya que el padre de esta, el rey de los pescadores, había impuesto como condición para permitir la unión que su nieto fuera el único heredero. Tan sobrehumano fue el sacrificio de Devavrata que desde entonces fue llamado Bhishma, “El terrible” y Shantanu lo bendijo diciéndole que viviría tanto tiempo como quisiera.


Shantanu y Satyavati vivieron muchos años felices y tuvieron dos hijos, Citragada, el mayor, que reinó poco tiempo tras la muerte de su padre, y Vichitravirya. Como a la muerte de su hermano Vichitravirya era aún menor, Bhishma se hizo cargo de la regencia y buscó esposa para su hermanastro. Vichitravirya se casó con dos hermanas, Ambika y Ambalika, hijas del rey de Kashi. Sin embargo, murió joven, víctima de la propia pasión que sus esposas despertaban en él, y sin descendencia. Satyavati rogó a Bhishma que olvidara su promesa de celibato y se uniera con las viudas de su hermanastro, pero Bhishma rehusó. Así pues, no le quedó otra solución a Satyavati que llamar a su hijo Vyasa y se cuenta que para recibirlo primero saludó al anacoreta con respecto y después al hijo con amor. Vyasa consiente en remediar el peligro de un reino sin rey y yace con cada una de las esposas de su hermanastro Vichitravirya. Vyasa no era atractivo y Ambika cerró los ojos cuando lo vio entrar en su lecho y no los volvió a abrir hasta que se fue. Vyasa dijo: “El hijo deseado nacerá, tendrá la fuerza de mil elefantes y será padre de cien hijos, pero será ciego por el pecado de su madre. Su nombre será Dhritarashtra”. La segunda esposa, Ambalika, no cerró los ojos, pero palideció y tembló cuando vio al rudo Vyasa. Su hijo se llamó Pandu y nació pálido y enfermizo. Styavati le rogó a su hijo que, dadas las circunstancias, volviera a yacer con la primera esposa. Ambika simuló aceptar, pero la noche del encuentro se hizo reemplazar por una sirvienta. Su hijo sería sabio entre los sabios y la gloria le sonreirá, se llamara Vidura. Así la satya-yuga, la edad de oro o edad de la verdad reinó sobre la ciudad de Hastinapura. Bhishma educó a sus tres sobrinos como si fuera hijos. Ni Dhritarashtra por ciego, ni Vidura por bastardo, podían reinar así que el elegido fue Pandu.

Dhritarashtra se casó con Gandhari, quien desde entonces se colocó una venda en los ojos diciendo: “¿Por qué voy yo a ver el mundo si mi marido no lo ve?”.


Pandu tuvo dos esposas, Kunti y Madri. Kundi ya tenía un hijo cuando se casó con Pandu, era el hijo de Vivasvat, el dios del Sol, su nombre fue Karna y nació recubierto con una armadura adherida a la piel. Karna fue criado por Adhiratha, la mujer de un carretero. La segunda esposa, era costumbre que el rey tuviera dos mujeres, fue Madri, pero temeroso el rey de que se repitiera la historia de su tío Vichitravirya, no pasó más de treinta días con sus dos esposas. Después partió a la guerra y como regreso victorioso fue apodado “el león de Hastinapura”. Sin embargo, poco después cayó sobre Pandu una extraña maldición: moriría se si acercaba a sus esposas como marido. Entonces Kunti recordó que tenía el poder de invocar a cualquier dios y primero llamó al dios de la Virtud, Dharma, y concibió a Yudhishthira que será un modelo de virtud entre los hombres; luego llamó al dios del Viento, Vayu, y el segundo hijo de Pandu se llamó Bhimasena, tan fuerte como un gigante; finalmente el invocado fue Indra y el tercer hijo se llamó Arjuna que será invencible. Madri se quejó y Kunti le transmitió la formula de evocación, así Madri concibió a dos gemelos, Nakula y Sahadeva, que por su belleza e inteligencia superarían a los gemelos divinos Ashvin. Estos son los cinco hijos de Pandu, los Pandava.

Por su parte Dhritarashtra tuvo cien hijos y una hija, todos nacidos del interior de ciento un calderos en los que Vyasa había introducido un trozo de carne cortada de una bola de carne desprendida del vientre de Gandhari. El primogénito Duryodhana trajo muy malos augurios y aunque el sabio Vidura le aconsejó que no le reconociera, Dhritarashtra no renunció a su hijo. Estos son los cien Kaurava.

martes, 14 de enero de 2014

Epístolas morales a Lucilio (10). Séneca.



Catón el viejo
Catón el de Útica.

Sexagésima cuarta.-
Séneca se entusiasma con la obra de Quinto Sextio. Tiene su justificación porque este fue el maestro de Soción de Alejandría que a su vez lo fue de Séneca, para quien los textos de Quinto le dejan “lleno de enorme confianza”. Pero la figura de Séneca es tan grande que empalidece la de sus mentores intelectuales; su espíritu, que es capaz de contemplar a un tiempo la sabiduría y el mundo como si lo viera por primera vez, se preocupa por “incrementar las riquezas [culturales] recibidas”, como un buen padre de familia. Y es que el conocimiento siempre es nuevo aunque haya sido descubierto hace mil años, porque “a mortal alguno…, le faltará ocasión de aportar algo todavía”. La veneración que Séneca siente ante hombres tan ilustres como Platón, Sócrates, Zenón o los dos Catones [Catón el Censor o Viejo, famoso por su severidad, y Catón el de Útica, todo un dechado de perfección para Séneca, según nos aclara Roca Meliá], le hace ponerse de pie. La grandeza de la ejemplaridad.

Sexagésima quinta.-
Lucilio, árbitro de la disputa filosófica iniciada por Séneca en conversación con amigos, ha de seguir con atención la epístola. Los estoicos parecen distinguir entre la “materia que yace inerte” y “la causa, es decir, la razón [que] configura la materia”. El bronce y el escultor. Aristóteles añade a la causa de los estoicos otras dos: la formal y la finalidad, o sea, el peculiar aspecto que la estatua tiene en función de la idea del artista ejecutante, y aquello que ha impulsado al escultor a trabajar. Platón añade otra causa para que el total quede en cinco, naturalmente que se refiere a la idea, al modelo que está en la mente del artista y que “no sufre detrimento”. Séneca prefiere la versión estoica, Platón y Aristóteles o se exceden o se quedan cortos, que se dirige directamente a “la razón creadora”. El resto o no son causas o les falta la condición de eficientes. Porque “existe gran diferencia entre la obra y la causa de la obra”, es necesario que en primer lugar me examine “a mí mismo, luego a este mundo”. Y al mismo tiempo, en una suerte de misticismo contemplativo, el alma quedará liberada de la prisión del cuerpo gracias a la filosofía. Sin embargo, el cuerpo, “morada expuesta a los golpes [donde] habita un alma libre”, merece cierto respeto, como el mundo al que se asimila. La epístola está impregnada de una dignidad apabullante.

Sexagésima sexta.-
La virtud que “se origina en cualquier lugar” y que podría “producir almas desnudas”, puede salvar los obstáculos de un cuerpo deforme, cual es el caso de Clarano, un condiscípulo de Séneca. Iguales los bienes, las obras, los hombres, las virtudes, pues todo proviene de la razón divina. Lo mismo el que se abrasa en el toro de Fálaris (tormento que se debe a la crueldad del tirano de Agrigento y que consiste en introducir a los condenados dentro de un toro de bronce y abrasarlos), que el que está “recostado en un banquete”, porque la virtud, si es tal, “anula sus diferencias”.  Y así “el hombre de bien se asegurará sin ninguna demora a realizar toda bella acción…, aunque allí encuentre al verdugo”. Nada importa, ni la fortuna ni el cuerpo vigoroso, dice Séneca, que eso “supondría juzgar al señor por el aspecto de sus esclavos”. “En efecto, todas esas cosas sobre las que el azar ejerce su dominio son como esclavos: el dinero, el cuerpo, los honores son cosas débiles…” Ciertamente Séneca es actual porque le habla al hombre, que es siempre el mismo. Tal vez la diferencia esté en la aguda sordera que padece el de nuestros días.  

Sexagésima séptima.-
Aunque muy avanzada ya la primavera, todavía le resulta tibia a Séneca que permanece en el lecho, desde donde pensamos que da respuesta a la carta de Lucilio. Le aclara que lo deseable no es la contrariedad, “sino la virtud con que soportamos la contrariedad”. La virtud consiste en sufrir con fortaleza el tormento, no en desear el tormento.

Sexagésima octava.-
Ni del retiro hay que hacer ostentación. Quizás fuera más exacto decir que el retiro solo es tal si está alejado de la ostentación y mueve más a la compasión que a la envidia. La edad madurada de Séneca, pasados los tiempos de las pasiones, es “el tiempo propicio para un bien tan grande”, como el que se deriva del retiro.

Sexagésima nona.-
Para que el alma repose, antes ha de estar el cuerpo arraigado a un lugar, los ojos desaprendidos y los oídos abandonados de todas las cosas que enardecen. “En el retiro tienes que vivir de balde”, sin recompensas y sin tiempo que “el que abandonas no te pertenece”.


Septuagésima.-
Séneca está de nuevo en Pompeya. Según advierte Roca Meliá ha transcurrido casi un año desde la última vez, es probable que esta circunstancia sumerja al estoico en las revueltas aguas del paso del tiempo. Pero “el sabio vivirá mientras deba, no mientras pueda”. Séneca presenta las dos alternativas: la de Sócrates que esperó la llegada del verdugo y la de Druso [Marco Escribonio Libón], que se anticipó a él. Todo está en función de las circunstancias. Séneca se muestra proclive a admitir el suicidio y argumenta, quizás demasiado esquemáticamente, que la vida a nadie retiene y admite muchas salidas, olvidando que en otras ocasiones (epístola trigésima), nos ha dicho que no es conveniente ir a la muerte odiando la vida. Nos quedamos con esta oposición de elementos. Si “nada importa dónde comienza lo que al fin llega”, ¿puede acaso cobrar importancia el final mismo?