miércoles, 26 de marzo de 2014

Corazón de Ulises. Segunda parte: un gozo duradero.


Atenas cierra filas frente a la amenaza persa que ha varado sus barcos de guerra en las playas de Maratón. Estamos en el año 490 a. de C. la victoria de las lanzas de los hoplitas sobre las espadas persas es aplastante y Filípides corre a anunciar la victoria a Esparta. Reverte visita el túmulo donde yacen los héroes atenienses y se sorprende al comprobar que al lado de la estela funeraria, veinticinco siglos después, hay un ramo de flores frescas. El hallazgo enciende su alma mediterránea para proponer el traslado de la sede de la Unión Europea. Diez años después el turno les llegó a los espartanos que, bajo el mando de Leónidas, retuvieron a los persas de Jerjes en el desfiladero de las Termópilas. La mayoría de los turistas que visitan Atenas nada saben de las cosas que cuenta Heródoto en su Historia, pero casi todos conocen cómo se baila la danza de Zorba y que la moussaka ha de acompañarse con una botella de retsina.


Sobre las victorias griegas en las guerras médicas se asienta el eterno brillo de la Atenas de Pericles. Con todo, la subida al poder de los demos no debe llamarnos a engaño: ni eran todos (la esclavitud era el pilar de la economía ateniense), ni estaban todos (mujeres, niños y extranjeros quedaba fuera). Conviene subrayar dos circunstancias que se olvidan con excesiva frecuencia: una, que la llegada de la democracia ateniense no aterrizó de improviso, sino que fueron necesarios pequeños pasos sucesivos durante muchas generaciones (desde las que apoyaron a Dracón en el año 621 a. de C. pasando por las vivieron las reformas de Solón en el 594 a. de C., hasta las que consintieron las nuevas leyes de Clístenes en el 507 a. de C.); y dos, que la igualdad de la democracia ateniense se basa no en la clase social a la que se pertenecía sino en los méritos. En este período de esplendor ateniense nace Sócrates que sirvió como hoplita en la guerra del Peloponeso y libró batalla contra los sofistas. Su discípulo Platón funda la Academia en el año 387 a. de C. y plasma en sus diálogos el camino que dejó apuntado el maestro: el recorrido del hombre por el saber, la virtud y la felicidad. De Platón aprendió Aristóteles lo suficiente para superarlo y abandonar la Academia camino de Asia Menor donde Filipo II le encargó la educación de su hijo Alejandro Magno en el año 343 a. de C. Regresó después a Atenas y fundó su propia escuela, el Liceo, donde instaló una biblioteca.


Apolo y las musas habitan el monte Parnaso y a sus pies está el santuario de Delfos, el centro del mundo helénico. Allí iban todos a consultar el oráculo y a beber las aguas de la fuente Castalia que daba la terna juventud. El templo reclamaba mesura y conocimiento propio a los peregrinos, buenos presupuestos con los que romper las cadenas del destino. De un salto atravesamos el estrecho de Corinto y aterrizamos en Patras. Reverte llega calado hasta los huesos a la iglesia de San Spriridione en Missolonghi, donde dicen las guías turísticas que reposa el corazón de Lord Byron. Pero allí nadie sabía nada del corazón del poeta inglés y aunque Reverte se echa a la calle y le dan razón sobre el paradero de la reliquia, el viajero desiste: no le place al cielo detener la lluvia. Naturalmente que estamos junto al estrecho de Lepanto y se hace inevitable la referencia a Cervantes.

A la pequeña isla del mar Jónico llamada Ítaca, le basta con ser la patria de Ulises. Vathy, la capital de la isla, tiene “un aire amable [por] la sencillez de sus casas bajas y cuadradas”. Reverte fue a Ítaca en busca de Ulises, pero encontró a Dimitris, el dueño de la pensión Tsiribis, que tenía escritas en sus ojos azules las palabras con las que comienza la Odisea. Descubre el viajero que si ha llegado a Ítaca es para pisar la tierra volcánica de la isla, leer la Odisea y conocer de propia mano la hospitalidad de un pueblo que ha viajado por el mundo desde la antigüedad.


Camino ya del espíritu heleno de Alejandría, torna Reverte a maldecir al gran enemigo de la convivencia pacífica: el nacionalismo. Alejandría es tan vieja y decrépita como irreal. Difícil de imaginar nos resulta también el talento militar de Alejandro Magno que conquistó la totalidad del mundo hasta entonces conocido para mezclarlo todo, civilizaciones, pueblos, religiones, culturas… Alejandro, que nunca regresó a su patria, tenía siempre cerca sus armas y un ejemplar de la Iliada. Ciertamente su figura sigue fascinando y para cerciorarse no hay nada más que echar un vistazo a las mesas de novedades de las librerías: casi siempre se encuentra algo sobre Alejandro, el discípulo de Aristóteles y eterno lector de Homero. Erraríamos si pensásemos que su vida está exenta de hechos crueles: el asesinato de su madrastra Cleopatra, el de su hermanastro o de Amintas, el último pariente que podía entorpecer su ascenso al trono, nos muestran que el pecho del héroe es tan cruento como fecundo. En Alejandría la sombra que persigue Reverte es la de Cavafis. La encuentra en un café L’Elite que nunca pisó el poeta. La Alejandría que nos enseña Reverte se cae a pedazos, vive a la espera de mejores tiempos, aquellos en los que los griegos formaban una cuajada muchedumbre de hombres empeñados en fundir lo ilustre con lo natural. Posiblemente por eso el dato de que el gobierno egipcio niegue a los griegos nacidos en Alejandría su condición de nacionales sea la mejor muestra de su decrépito existir actual. Con todo, Alejandría es una ciudad literaria, no en vano dispuso de la mayor biblioteca del orbe y alrededor del Mouseion se concentró un ingente número de sabios. Hasta aquí llegaron manuscritos de los cuatro rincones del mundo, que se estudiaron, interpretaron, clasificaron y copiaron hasta alcanzar más de medio millón de obras. Este gran tesoro del saber universal se conservó durante más de seis siglos y sabemos con certeza que al menos una parte de culpa de su desaparición se debe al fanatismo religioso cristiano.


Llega el momento de la despedida y Reverte lo hace con tan buena pluma que atravesamos el tiempo de esta Alejandría eterna: de madame Christine, la dueña del café L’Elite, a la heroína Hypatia y de Gasparo, el barbero, a la tumba de Alejandro. Consigue que contemplemos a Alejandría como una ciudad ciertamente irreal, suspendida en esa dimensión imposible para el pensamiento que es el espacio y el tiempo. Son, sin duda, las mejores páginas del escritor.

Javier Reverte es un tipo peculiar cuando se disfraza de Ulises y sale a recorrer el mundo. Las mujeres le chistan en las cafeterías o terrazas, curiosonas ante su aspecto de escritor, le persiguen ciertas maldiciones con lord Byron de fondo, se muestra ansioso por los restaurantes de pescado fresco, se mete en una barbería y le sale no un amigo cualquiera, sino uno reidor y charlatán. Tal vez Reverte goza de ese favor que muy pocas veces los dioses griegos conceden a un mortal: la infantil intensidad de un alma profundamente mediterránea. 

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