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martes, 14 de enero de 2014

Epístolas morales a Lucilio (10). Séneca.



Catón el viejo
Catón el de Útica.

Sexagésima cuarta.-
Séneca se entusiasma con la obra de Quinto Sextio. Tiene su justificación porque este fue el maestro de Soción de Alejandría que a su vez lo fue de Séneca, para quien los textos de Quinto le dejan “lleno de enorme confianza”. Pero la figura de Séneca es tan grande que empalidece la de sus mentores intelectuales; su espíritu, que es capaz de contemplar a un tiempo la sabiduría y el mundo como si lo viera por primera vez, se preocupa por “incrementar las riquezas [culturales] recibidas”, como un buen padre de familia. Y es que el conocimiento siempre es nuevo aunque haya sido descubierto hace mil años, porque “a mortal alguno…, le faltará ocasión de aportar algo todavía”. La veneración que Séneca siente ante hombres tan ilustres como Platón, Sócrates, Zenón o los dos Catones [Catón el Censor o Viejo, famoso por su severidad, y Catón el de Útica, todo un dechado de perfección para Séneca, según nos aclara Roca Meliá], le hace ponerse de pie. La grandeza de la ejemplaridad.

Sexagésima quinta.-
Lucilio, árbitro de la disputa filosófica iniciada por Séneca en conversación con amigos, ha de seguir con atención la epístola. Los estoicos parecen distinguir entre la “materia que yace inerte” y “la causa, es decir, la razón [que] configura la materia”. El bronce y el escultor. Aristóteles añade a la causa de los estoicos otras dos: la formal y la finalidad, o sea, el peculiar aspecto que la estatua tiene en función de la idea del artista ejecutante, y aquello que ha impulsado al escultor a trabajar. Platón añade otra causa para que el total quede en cinco, naturalmente que se refiere a la idea, al modelo que está en la mente del artista y que “no sufre detrimento”. Séneca prefiere la versión estoica, Platón y Aristóteles o se exceden o se quedan cortos, que se dirige directamente a “la razón creadora”. El resto o no son causas o les falta la condición de eficientes. Porque “existe gran diferencia entre la obra y la causa de la obra”, es necesario que en primer lugar me examine “a mí mismo, luego a este mundo”. Y al mismo tiempo, en una suerte de misticismo contemplativo, el alma quedará liberada de la prisión del cuerpo gracias a la filosofía. Sin embargo, el cuerpo, “morada expuesta a los golpes [donde] habita un alma libre”, merece cierto respeto, como el mundo al que se asimila. La epístola está impregnada de una dignidad apabullante.

Sexagésima sexta.-
La virtud que “se origina en cualquier lugar” y que podría “producir almas desnudas”, puede salvar los obstáculos de un cuerpo deforme, cual es el caso de Clarano, un condiscípulo de Séneca. Iguales los bienes, las obras, los hombres, las virtudes, pues todo proviene de la razón divina. Lo mismo el que se abrasa en el toro de Fálaris (tormento que se debe a la crueldad del tirano de Agrigento y que consiste en introducir a los condenados dentro de un toro de bronce y abrasarlos), que el que está “recostado en un banquete”, porque la virtud, si es tal, “anula sus diferencias”.  Y así “el hombre de bien se asegurará sin ninguna demora a realizar toda bella acción…, aunque allí encuentre al verdugo”. Nada importa, ni la fortuna ni el cuerpo vigoroso, dice Séneca, que eso “supondría juzgar al señor por el aspecto de sus esclavos”. “En efecto, todas esas cosas sobre las que el azar ejerce su dominio son como esclavos: el dinero, el cuerpo, los honores son cosas débiles…” Ciertamente Séneca es actual porque le habla al hombre, que es siempre el mismo. Tal vez la diferencia esté en la aguda sordera que padece el de nuestros días.  

Sexagésima séptima.-
Aunque muy avanzada ya la primavera, todavía le resulta tibia a Séneca que permanece en el lecho, desde donde pensamos que da respuesta a la carta de Lucilio. Le aclara que lo deseable no es la contrariedad, “sino la virtud con que soportamos la contrariedad”. La virtud consiste en sufrir con fortaleza el tormento, no en desear el tormento.

Sexagésima octava.-
Ni del retiro hay que hacer ostentación. Quizás fuera más exacto decir que el retiro solo es tal si está alejado de la ostentación y mueve más a la compasión que a la envidia. La edad madurada de Séneca, pasados los tiempos de las pasiones, es “el tiempo propicio para un bien tan grande”, como el que se deriva del retiro.

Sexagésima nona.-
Para que el alma repose, antes ha de estar el cuerpo arraigado a un lugar, los ojos desaprendidos y los oídos abandonados de todas las cosas que enardecen. “En el retiro tienes que vivir de balde”, sin recompensas y sin tiempo que “el que abandonas no te pertenece”.


Septuagésima.-
Séneca está de nuevo en Pompeya. Según advierte Roca Meliá ha transcurrido casi un año desde la última vez, es probable que esta circunstancia sumerja al estoico en las revueltas aguas del paso del tiempo. Pero “el sabio vivirá mientras deba, no mientras pueda”. Séneca presenta las dos alternativas: la de Sócrates que esperó la llegada del verdugo y la de Druso [Marco Escribonio Libón], que se anticipó a él. Todo está en función de las circunstancias. Séneca se muestra proclive a admitir el suicidio y argumenta, quizás demasiado esquemáticamente, que la vida a nadie retiene y admite muchas salidas, olvidando que en otras ocasiones (epístola trigésima), nos ha dicho que no es conveniente ir a la muerte odiando la vida. Nos quedamos con esta oposición de elementos. Si “nada importa dónde comienza lo que al fin llega”, ¿puede acaso cobrar importancia el final mismo?

lunes, 7 de octubre de 2013

Epístolas morales a Lucilio (9). Séneca.



Quincuagésima séptima.-
Séneca regresa a Nápoles y al pasar por el túnel cerca de Pausilipo, reflexiona sobre el terror que causa al hombre la oscuridad profunda de la sima, la cual no se calma con virtud ni razón alguna. Sin embargo, “siendo uno mismo…, el final de todas las cosas…, ¿qué diferencia hay en que se desplome sobre uno la casilla del centinela, o una montaña?” Y sin embargo, si nos dan a elegir…

Quincuagésima octava.-
Séneca se refiere al género y la especie y luego habla de las seis categorías en las Platón dividió todo cuanto existe. El constante fluir y cambio de todo con mención expresa de Heráclito constituye el siguiente bloque del que se ocupa Séneca. Es asombrosa su actualidad: “He hablado del hombre, materia inconsistente y caduca, expuesta a cualquier contingencia; también el mundo…, cambia y no permanece el mismo.”

Quincuagésima nona.-
El gozo como “elevación del alma” sólo corresponde al sabio. Séneca lanza la pregunta: ¿Por qué la insensatez nos domina de forma tan pertinaz?, y proporciona una primera respuesta: la superficialidad con la que nos aplicamos a la filosofía, absortos como estamos en los negocios. El hombre olvida que “la fortuna no arrebata lo que no otorga”. De forma que basta con querer lo que no está en manos de la fortuna para quedar libres de su esclavitud.

Sexagésima.-
Si malas son las ambiciones que nuestros deudos nos han transmitido, peor resulta que nosotros pidamos ayuda a los dioses para colmarlas. Es esclavo quien vive para el vientre y libre quien busca ser “útil a muchos”.

Sexagésima primera.-
La cantidad de vida que haya pasado por el alma del hombre, es la medida. “Satisfecho, aguardo la muerte”. Hemos dejado los deseos infantiles atrás y dominado la voluntad  para disponer el “alma en orden a querer todo cuanto la situación exija, y en primer lugar a pensar sin tristeza en nuestro fin.”

Sexagésima segunda.-
Séneca se ocupa de los negocios y de los amigos, pero siempre tiene presente su proyecto interior y el ejemplo del cínico Demetrio, “el mejor de los hombres” a juicio de Séneca. Qué breve, pero que importante: ejemplaridad y vida interior. ¡De ambas cosas estamos tan huérfanos!

Sexagésima tercera.-
Rechaza Séneca la ostentación hasta en el dolor, que “del que lo alimenta se escapa y cesa tanto más presto cuanto más agudo es”. Las muestras tardías de afecto no son otra cosa que hipocresía y “es “preferible sustituir al amigo [muerto] que llorarlo”.  Si el hombre no abandona el dolor, será el dolor quien abandone al hombre. Señala Séneca que si se fijó un plazo para el luto es para poner fin al dolor, pues este cuando se extiende más allá, se torna “o fingido… o insensato”.

domingo, 4 de agosto de 2013

Epístolas morales a Lucilio (8). Séneca.



Quincuagésima.-
Séneca confía en que Lucilio sepa lo que hace, que no se comporte como la esclava Harpaste que habiéndose quedado repentinamente ciega, lo achaque a la oscuridad de la casa. El hombre ha de saber que los defectos, los vicios, están dentro de uno mismo y no en las cosas. Si “nos avergüenza aprender la virtud” es porque en alguna ocasión nos hemos alejado de la naturaleza. Pero “nada hay que no conquiste un trabajo persistente y un cuidado atento y diligente”, más aun cuando se trata de la virtud que enseguida da los primeros frutos al contacto con la filosofía.

Quincuagésima primera.-
El hombre virtuoso ha de escoger un lugar saludable para el cuerpo y el espíritu. No lo son las ciudades de Bayas en la Campania, famosa por sus aguas termales y también por sus costumbres libertinas, ni la de Canopo en Egipto. La desidia que acompaña al placer acaba por traer la victoria de los vicios, así le ocurrió a Anibal tras la victoria de Cannas y su estancia en Capua. La libertad es la recompensa del trabajo, no de la molicie.

Quincuagésima segunda.-
No conocemos el sentido de nuestros deseos “nada queremos de forma libre, perfecta, constante”. Vacilamos y nos hundimos en la insensatez. Pocos son los hombres que sin ayuda de nadie, “ellos mismos se abrieron el camino”, la mayoría de ellos necesita alguien que los guíe. La ayuda puede proceder de los presentes y, también, de los que nos han precedido. A los primeros debemos elegirlos entre “los que aleccionan con su vida”. Séneca alerta contra los filósofos que buscan el aplauso de la multitud no “por la alteza de su pensamiento” sino por “las inflexiones del discurso”.

Quincuagésima tercera.-
Séneca ha viajado por mar desde Parténope (Nápoles) a Putéolos (actual Puzzuoli), ciudades muy próximas. De pronto estalla la tempestad y Séneca asustado y mareado le pide al timonel que le aproxime a cualquier lugar de la costa. Pero nada, dice el timonel, hay más peligroso en medio de la tormenta que la tierra. Pese a ello la “náusea marina” es tan intensa que Séneca se arroja al mar tan pronto como la nave se aproxima a la costa. Invita ello a reflexionar al estoico. El hombre reconoce enseguida la dolencia física. Lo contrario sucede “en las enfermedad que aquejan al espíritu: cuanto peor uno se encuentra, menos lo siente.” Es por ello que consagrarse a la “salud del alma” ha de considerarse como tarea principal y soberana. La filosofía aproxima el hombre a Dios, le hace compartir con Él la ausencia de temor, aunque el hombre deba a su esfuerzo la conquista de lo que reside en la naturaleza divina.

Quincuagésima cuarta.-
Cuántas veces el hombre se comporta como aquel “que juzga haber ganado el pleito porque aplazó la comparecencia”. Una crisis de disnea conduce a Séneca a reflexionar sobre la muerte. La lámpara alternativamente encendida y apagada se toma como un buen ejemplo del paréntesis vital. La muerte no viene a continuación de la vida sino que la ha precedido, la lámpara tan apagada estaba antes de ser encendida, como después de ser apagada. Al sabio “no le aflige la muerte, aunque le agrade la vida… ha escapado a la necesidad porque desea lo que ella le ha de imponer”.

Quincuagésima quinta.-
Séneca pasea en litera entre Cumas y el cabo Miseno, llegando hasta donde se encuentra la quinta de Servilio Vacia, un rico y holgazán ex-pretor de la época de Tiberio. Vacia vivía en la holganza, que no en el retiro. No vive sabiamente quien lo hace para el vientre. “No vive necesariamente para sí quien no vive para nadie”, esto es, que sólo quien vive para otro vive para sí.

Quincuagésima sexta.-
Séneca fuerza “el alma a concentrarse en sí misma”, abstraerse del ruido exterior “con tal que por dentro no haya turbación”. La tranquilidad que el espíritu necesita no es la de la sosegada noche, sino “aquella en la que se desarrolla la sabiduría”. Muchas veces la quietud del cuerpo provoca la inquietud del alma, de ahí la conveniencia de ocuparnos en el trabajo. El retiro que Séneca propone no es una reclusión en la apatía o la abstinencia –esa es precisamente una de las críticas que en general se ha reprochado a su pensamiento-, sino una renuncia a la ambición. Ciertamente abandonar el tumulto es lo más cómodo, pero ¿acaso no estuvo más acertado Ulises cuando tapó con cera los oídos de sus compañeros?

viernes, 28 de junio de 2013

Epístolas morales a Lucilio (7). Séneca.





Cuadragésima tercera.-
La buena fama de Lucilio viaja desde Siracusa hasta Roma y eso le obliga a una mayor responsabilidad, a “vivir con la puerta abierta”. Solo cuando el hombre se oculta a sí mismo sus propias acciones, cobra importancia que éstas también permanezcan en secreto para los demás. “Si son honestas tus acciones todos deben saberlo; si son torpes, ¿qué importa que nadie lo sepa, puesto que tú lo sabes?”.

Cuadragésima cuarta.-
Todos pueden llegar hasta la sabiduría, “es accesible a todo; todos, en este aspecto, somos nobles”. Nada sabe la filosofía de insignificancias ni mezquindades, de reyes ni esclavos, que sólo “es el alma la que ennoblece… por encima de la fortuna”. A los humanos se les escapa la vida feliz mientras la buscan. La misma inquietud que lleva a los hombres a acumular seguridades y a rodear de inquebrantable confianza su vida, la convierte en infeliz. En el laberinto de la vida, avanzar despacio es imprescindible para evitar el desconcierto.   

Cuadragésima quinta.-
Siracusa sufre una penuria de libros, Séneca ofrece los suyos a Lucilio y le aconseja que busque en ellos la verdad con independencia. Debes huir de “sutilezas verbales”, que no son las palabras de lo que ha de ocuparse el hombre, sino de la vida. Y así no basta hablar de la felicidad, hay que señalar al hombre feliz “aquel que todo el bien lo tiene en su alma”. La vida se nos adelanta siempre y por eso yerran quienes buscan lo superfluo, “porque no viven, sino que se aprestan a vivir”. Una de mis favoritas, aunque me inquieta que esa penuria de libros pueda llegar a hacerse presente en un futuro no demasiado lejano.

Cuadragésima sexta.-
Séneca parece haber disfrutado mucho con el libro compuesto por Lucilio. Este habrá de esperar a una segunda lectura más reposada para obtener de Séneca un juicio más consistente y próximo a la verdad.

Cuadragésima séptima.-
Lucilio vive “familiarmente con [sus] esclavos” y Séneca le felicita por ello. El estoico se queda al borde del abolicionismo cuando afirma “también compañeros de esclavitud, si consideras que la fortuna tiene los mismo derechos sobre ellos que sobre nosotros.”  El esclavo que trincha las aves en la mesa, el que escancia el vino o el encargado de seleccionar los comensales, puede convertirse el día de mañana en señor, como sucedió con Calixto, esclavo manumitido por el emperador Calígula y que gozó de gran prestigio en la corte. La “regla de oro” de Mateo (7, 12) “todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos”, tiene una descriptiva versión senequista: “Siempre que recuerdes la gran cantidad de derechos que tienes respecto de tu esclavo, recuerda que otros tantos tiene tu dueño respecto de ti”. A tu mesa debes aceptar a los esclavos como a los libres, los unos comerán contigo “porque son dignos, otros para que se hagan dignos”.


Cuadragésima octava.-
“Has de vivir para el prójimo, si quieres vivir para ti”. La extraordinaria importancia que para Séneca tiene la amistad le impone afilar el carboncillo de sus pensamientos hasta convertirlos en auténticas máximas. Al filósofo, al sabio, se le ha llamado no para que haga silogismos, sino “en defensa de los desgraciados”: “A uno la muerte le reclama, a otro la pobreza le consume, a otro es el dinero ajeno o el suyo propio el que le tortura; aquél ante la mala fortuna se horroriza, éste desea sustraerse a su propia felicidad; a éste le tratan mal los hombres, a aquél los dioses”. Es preciso alejarse de lo superfluo, porque siendo el tiempo escaso y grandes las necesidades, la bondad debe ser bien administrada. ¿Qué otra cosa puede necesitar el hombre que una cuadragésima octava para el espíritu y un plato de garbanzos para el cuerpo?




Cuadragésima nona.-
Séneca viaja por Nápoles y Pompeya (antes de ser “conservada” por el Vesubio para posteridad), y la visita de estos lugares le provoca añoranza del amigo ausente, Lucilio, nacido en Pompeya. La vejez ha hecho que Séneca ya no esté absorto en el presente y que el pasado se muestre amontonado como si estuviera depositado en un mismo lugar. La niñez, la juventud, la madurez y la vejez. “¡Cuántos peldaños para una escalada tan corta!” Se indigna Séneca ante quienes consumen el corto tiempo de la vida en bagatelas. Si “la muerte me acecha, la vida se me escapa”, no hay otro remedio para esta situación que atender a “que el bien de la vida no se halla en la duración de esta, sino en su aprovechamiento” que para los hombres no puede consistir sino en perfeccionar su razón, adelgazando el lenguaje para acerca la palabra a la sencillez de la verdad. Carta ejecutoria de hidalguía espiritual.

jueves, 4 de abril de 2013

Epístolas morales a Luicilio (6). Séneca.



Trigésima sexta.-
Se hace necesaria una gran energía para explicar a los hombres que “la prosperidad es cosa turbulenta” y que es preferible “el sosiego a todas las cosas”. Para el joven serio que se ha comprometido con la sabiduría ya no hay libertad, pues es tiempo de aprender, de convertir la voluntad en conducta moral con la que llevar el alma a la perfección. El alma ha de tornarse insensible a cuanto la fortuna pueda dar o quitar y aprender a despreciar la muerte.

Trigésima séptima.-
Lucilio que se ha comprometido con la sabiduría tiene por delante una tarea difícil. Séneca la compara con la de “aquellos que trabajan a jornal para el circo”, esto es gladiadores, pues como ellos, Lucilio se verá obligado a luchar hasta la muerte sin esperanza. Para recorrer este difícil camino es necesaria la filosofía que nos aleja de las “violentas pasiones” y de “la rastreara necedad”. La filosofía hace el camino, la razón mide la zancada y el instinto pondrá en nuestro interior el germen de la curiosidad. «Lo vergonzoso no es que uno vaya a su ritmo, sino que se vea arrastrado y que, inmerso de repente en la vorágine de los acontecimientos, pregunte con sorpresa: “¿Cómo he llegado yo aquí?” ».

Trigésima octava.-
La epístola posee la intimidad de aquello que se dice al oído. Cuando de lo que se trata es de conseguir que alguien “se decida a aprender”, puede resultar conveniente utilizar lenguaje de “arengas”, mas si el tema es aprender, “hay que recurrir a este lenguaje nuestro más sencillo”.

Trigésima nona.-
Séneca confirma que emprenderá la redacción de unos compendios de filosofía para Lucilio, pero mientras tanto, le recomienda que lea “el catálogo de los filósofos […] que han trabajado para ti”. Así como “la llama se eleva en línea recta”, también el alma grande se consagra “a los mejores ideales”: se desentiende de la fortuna y reduce la adversidad. El deseo ha de ser contenido por la moderación natural, sólo así la rama no será quebrada por el peso del fruto.

Cuadragésima.-
Ni el discurso que se destila gota a gota, ni el precipitado en el que las palabras se agolpen atropelladamente en los labios; el sabio ha de poder transmitir su discurso apoyado en la verdad y con la misma armonía que impregna su alma. Séneca se decanta por la soltura del discurso de su maestro Papirio Fabiano, en lugar de la vehemencia de Quinto Haterio. Como el sabio ha de ser modesto en el porte y comedido en el hablar, concluye Séneca: “Te ordeno que seas lento en el hablar”.

Cuadragésima primera.-
Parece una carta de San Pablo. “Dios está cerca de ti, está contigo, está dentro de ti […] en cada uno de los hombres buenos”. Si el alma es aquello que no puede ser arrebatado ni tampoco otorgado, esto es “lo que es propio del hombre”, “vivir conforme a [la] propia naturaleza” es la esencial de la “razón perfecta”. Pero Séneca, consciente de la dificultad de cuanto formula, se pregunta como podrá vencer el hombre “a la turba [que le] empuja”.

Cuadragésima segunda.-
Muy pocos hombres pueden ser considerados buenos, pues incluso aquellos que lo parecen se asemejan a una “serpiente venenosa [que] se manosea sin peligro mientras está rígida por el frío”. Sin embargo, la estupidez humana está muy extendida hasta el punto de que considera gratuito aquello que se ha adquirido a “costa de inquietudes, de peligros, de pérdida del honor, de la libertad y del tiempo”, sin reparar que “con frecuencia tiene el máximo coste aquel por el que no se paga ninguno”. El ingenioso razonamiento de Séneca nos va conduciendo de la mano a conclusiones no por sencillas menos asombrosas. Así si has de desprenderte de algo, piensa que si lo has poseído durante largo tiempo, “lo pierdes después de quedar saciado”; y si lo has retenido en tu poder por un breve lapso, “lo pierdes antes de acostumbrarte a ello”. He aquí la máxima senequista: “Quien es dueño de sí, nada ha perdido”.

jueves, 21 de febrero de 2013

Epístolas morales a Lucilio (5). Séneca.



Vigésima nona.-
El sabio, como el arquero, “debe apuntar a un blanco seguro y […] apartarse de aquellos que no le han merecido confianza”. Nada parece más lejano entre sí que el favor popular y la virtud, pues para conseguir aquel han de seguirse “viles procedimientos”. Y aún dicen que Séneca es cosa del pasado.

Trigésima.-
Séneca ensalza la serenidad de Aufidio Baso ante su próxima muerte, “ya que los acontecimientos seguros se esperan; son los dudosos los que se temen”.

Trigésima primera.-
Carta oscura y, a veces, contradictoria. Lucilio, como todos hombres, debe culminar los propósitos internos, para ello lo primero es cerrar los oídos al canto de sirenas de la gente, incluso “muéstrate sordo a tus seres más queridos”. La prosperidad de la que ellos te hablarán, “los bienes que estima la gente”, no es un bien. Si “el único bien […] consiste en confiar en sí mismo”, debes antes elegir lo que pretendes, aquello “que deseas que te suceda”.  A través del trabajo el alma adquirirá la paciencia necesaria para alcanzar el conocimiento de la realidad, el cual deberá equilibrarse con el saber de lo divino. El hombre dispone del camino que le proporciona la naturaleza.


Trigésima segunda.-
Séneca se felicita por la conducta saludable de Lucilio: “la de no frecuentar las personas diferentes a nosotros, que aspiran a ideales distintos”. Esa es precisamente una diferencia cualitativa y con entidad suficiente para ser tomada en consideración. Como estoico, Séneca es partidario de la igualdad y aboga por el cosmopolitismo, pero teme, ya lo hemos comentado en otras cartas, la gran influencia que el vulgo causa sobre el espíritu. “No temo que te cambien, temo que te estorben”, aclara seguidamente Séneca, lo que supone una serio obstáculo por obligarnos a comenzar a vivir “sin cesar una y otra vez”, impidiéndonos “consumar la vida antes de la muerte”. Este bellísimo pensamiento solo fructifica cuando tienes “el dominio de ti mismo”, porque tu espíritu se mantiene firme y seguro, como sólo puede estarlo cuando “encuentra satisfacción en sí mismo”. He aquí la recompensa: “Aquel que vive después de haber consumado su vida, ha superado por fin las necesidades, y se halla exonerado y libre.” Una vida consumada, ¿qué mejor legado puede dejarse al morir?

Trigésima tercera.-
Lucilio pide a Séneca máximas “de nuestros eminentes maestros”. Séneca dicta una de sus lecciones magistrales. Afirma que las chrías, las frases notables, están bien para que los niños aprendan, pero no para el hombre ya adulto para el cual debe resultar “indecoroso obtener sus reconocimientos apoyándose en un libro de memorias”. El hombre después de aprender ha de ser capaz de “ejercer […] el mando”, de legar a la posteridad alguna idea, algo nuevo que no dependa ni de la memoria ni del maestro, porque “no es lo mismo recordar que saber”. Si no se abandona lo aprendido, si no “media alguna distancia entre ti y el libro”, permaneceríamos siempre en el mismo lugar, no habría avance, “nunca se harían hallazgos si nos contentáramos con los ya realizados”. Me pregunto por la fórmula que fuera capaz de meter esta idea, en la cabeza de todos los profesores del mundo. Y aún dicen que Séneca es cosa del pasado.

Trigésima cuarta.-
Séneca, educador de almas, se muestra orgulloso del progreso de su pupilo Lucilio. “La obra […] depende del alma” y el alma está guiada por la bondad de la acción que ni la violencia ni la necesidad pueden transformar. Ese es el recto camino del alma, aquella cuyas acciones concuerdan.

Trigésima quinta.-
La amistad, forma perfecta de amor, “resulta siempre provechosa”. El amor, por sí solo, sin el aditamento de la amistad “a veces hasta es perjudicial”. Vigila que tus deseos de hoy sean los mismos que ayer, pues “el cambio de voluntad indica que el alma fluctúa”.

miércoles, 23 de enero de 2013

Epístolas morales a Lucilio (4). Séneca.



Vigésima segunda.-
Persiste Séneca en la necesidad de abandonar los cargos públicos. Solo quien conoce los detalles de las circunstancias concretas puede actuar, esto es, aprovechar la ocasión para liberarse, “antes de que una fuerza mayor  intervenga y le quite la libertad de retirarse.”

Vigésima tercera.-
Tal vez sea la máxima de Epicuro la que comprima con mayor acierto la filosofía de Séneca. Dice aquél: “Es penoso comenzar siempre a vivir”. Explica éste: “Y no puede estar preparado para la muerte quien apenas si comienza a vivir. Hemos de obrar de manera que hayamos vivido bastante…” Tres son los fundamentos de la sabiduría: el gozo que ha de ponerse en las cosas serias, en aquellas que hacen al alma jubilosa y esperanzada, elevándola por encima de todo, incluso, de la misma muerte. La buena conciencia, fruto de la honestidad en las decisiones, de la rectitud en las acciones, del menosprecio al azar y de la serenidad en el discurrir de la vida que recorre un camino único. Y la última, por ser el poso de todo, es la reflexión que pone orden en el interior de uno mismo y en las cosas. Por eso no es extraño que vivan mal “quienes comienzan siempre a vivir.” La epístola es de tal profundidad que obliga a hacer una lectura pausadísima.

Vigésima cuarta.-
Lucilio se muestra preocupado por el resultado de un proceso. Séneca le aconseja que no anticipe la desgracia, que cuando esta llega, o no es tan grave o no es duradera. No faltan ejemplos que seguir: Rutilio Rufo, Cecilio Metelo, Mucio y, por supuesto, Catón de Útica. “¿Qué, pues?, ¿te enteraste ahora por vez primera que se cierne sobre ti la amenaza de la muerte, del destierro, del dolor? Has nacido para estos trances.” Compendio del sentir estoico. El consejo de Séneca es empujar el alma, sacarla del interior donde se halla refugiada y exponerla no a la preocupación sino al verdugo mismo. “Me haré pobre: estaré entre la mayoría. Iré al destierro: pensaré haber nacido en el lugar al que se me envíe. Seré encadenado: ¿y qué?, ¿acaso estoy ahora libre? La naturaleza me sujetó a esta carga pesada que es mi cuerpo. Moriré: es decir, abandonaré el riesgo de la enfermedad, el riesgo de la prisión, el riesgo de la muerte.” La prosa de Séneca nos lleva al entusiasmo de estar tocando una verdad que ha permanecido oculta hasta ese mismo momento. Y ahí nos deja. Nos preguntamos si Lucilio llegaría a tomar posesión plena de ella, si aún permanecerá flotando a nuestro alrededor, si estamos más cerca o más lejos. Pero sigamos escuchando a Séneca: “Todo el tiempo que ha transcurrido hasta ayer, se nos fue; este mismo día, en que vivimos, lo repartimos con la muerte.” Vulnerant omnes, ultima necat.
Encuentro en esta carta más poesía que en la mayoría de las obras de los poetas del veintisiete.

Vigésima quinta.-
Reflexiona Séneca sobre la máxima epicúrea que aconseja: “Retírate en ti mismo en el preciso momento en que te veas forzado a estar entre la multitud.” Este retirarse en el interior de uno mismo exige haber alcanzado un cierto grado de sabiduría, haberse transformado “en un hombre tal que en tu propia presencia ya no te atrevas a obrar el mal”. En otro caso serás como el vulgo que prefiere “estar con cualquiera antes que consigo” y no conoce otro retiro que el “retiro entre la multitud”.

Vigésima sexta.-
Aunque Séneca ha rebasado la vejez al contar con una edad tan avanzada, para la época, como sesenta y tres años, “no siente mi alma el rigor de los años”, antes al contrario es ahora cuando el alma se siente más vigorosa y “salta de gozo y me plantea la discusión sobre la vejez”. Si en tan larga vida ha visto extinguirse tanto, ¿de qué ha de quejarse?, si acaso, esa postrera disposición “a comportarme como si no quisiera todo aquello que me complace no poder realizar.” La vejez, que torna suave el camino por el que la vida desciende hacia la muerte, busca el testamento vital de la “calidad de tus obras”. No olvida Séneca “dotar a esta carta de las provisiones para el viaje”, esto es de la máxima de Epicuro, que introduce con estas hermosas palabras: “Aguarda un instante, y el pago te lo haré con dinero de nuestra escuela [la estoica]; entre tanto el préstamo me lo proporcionará Epicuro.” Y la promesa es cumplida inmediatamente. Epicuro dice: “Medita sobre la muerte”, el pensamiento de Séneca profundiza: “Es una gran cosa aprender a morir”.  Quedan dos párrafos para concluir la carta. Nadie debería morir sin haberlos leído antes.

Vigésima séptima.-
Séneca reconoce exponer remedios desde la misma enfermería. Nada que no proceda del alma y en ella se genere, “proporciona el gozo perenne, seguro”. Esa es una “tarea que no admite sustituto… [ni] colaboración”. Séneca cuenta la historia del liberto Calvisio Sabino para ejemplificar que “la sabiduría ni se presta, ni se compra, y pienso que si estuviera en venta no tendría comprador; por el contrario, la insensatez se compra diariamente.” Empeñado el tal Calvisio en aparecer como sabio y consciente de su mala memoria para citar con orden a “troyanos y aqueos”, decidió comprar esclavos e instruirlos para que cada uno de ellos conociera de memoria ya la obra de Homero, ya la de Hesíodo, Alceo o Píndaro. El cándido Calvisio no atinaba a acabar las frases que sus esclavos le apuntaban durante sus pláticas con los invitados y recibió las puyas de su bufón, Satelio Cuadrato, quien le aconsejó “se hiciera con gramáticos para recoger frases”, aquellas que Calvisio dejaba caer de sus labios desmemoriados.

Vigésima octava.-
“Alguna vez procúrate un disgusto”, con esta enigmática frase concluye la carta. Si la leemos al revés, es decir, del final al principio, podemos sacar alguna conclusión. En el último párrafo Séneca se refiere a aquellos que procuran su curación convirtiendo sus defectos en virtudes, lo que no es sino una negativa a investigarse por dentro, a ponerse a prueba. Esta autojustificación presupone la ausencia de “conciencia de la culpa”, como indica Epicuro y convierte al hombre que así obra, en esclavo no sólo de los vicios propios sino también de los ajenos. Si hastiado de estos últimos decides abandonar el foro y emprender viaje para hallar tranquilidad, esta no aparecerá hasta que seas capaz de procurarte el disgusto de enfrentarte contigo mismo. “A nada útil conduce ese ajetreo… Huyes contigo mismo”.   

domingo, 30 de diciembre de 2012

Epístolas morales a Lucilio (3). Séneca.



Decimoquinta.-
La filosofía es saludable para el alma, por eso Séneca inicia su carta que esta afirmación: “Si cultivas la filosofía me alegro”. Lo que equivale a decir que me alegro que goces de buena salud.

Decimosexta.-
Aunque basta iniciarse en la sabiduría para que la vida se haga soportable, es precisa la constancia en el estudio, pues sólo así el alma adquiere rectitud. Qué sino la filosofía, puede “modelar el espíritu, ordenar la vida, regir la acciones, mostrar lo que se debe hacer y lo que se debe omitir.” Y la presencia de los hados, el azar o Dios, no altera la importancia de la filosofía, que “ella nos exhortará a que obedezcamos de buen grado a Dios y con entereza a la fortuna; ella te enseñará a secundar a Dios, a soportar el azar.” Séneca advierte a Lucilio de la conveniencia de vivir conforme a la naturaleza y alejarse de la vanidad, “y cuando quieras saber si lo que pides responde a un deseo natural o a una ciega codicia, examina si puede detenerse en algún punto: si habiendo avanzado un gran trecho, siempre le queda otro más largo, ten por seguro que tal deseo no es natural.”

Decimoséptima.-
La pobreza es necesaria si “quieres consagrarte a tu alma”. Y también la pobreza puede practicarse a través de la frugalidad. “En consecuencia no hay que amontonar […] se puede llegar a la filosofía aun sin viático.” Tan penosa es la riqueza como la pobreza cuando el vicio “no está en las cosas, sino en la propia alma.”

Decimoctava.-
Las Saturnales de diciembre: nos cambiamos de vestido abandonando la toga por razones de placer y de fiesta. Mas también en tales momentos es necesario ofrecer “señal de mayor fortaleza: mantenerse seco y sobrio, cuando el pueblo está ebrio y vomitando.” Pero sin incurrir en la destemplanza de singularizarse y huir del contacto con todos. “Realizar las mismas cosas, pero no del mismo modo.”
Anima Séneca a Lucilio “a tener trato con la pobreza” que es “anticiparse a los dardos de la fortuna”, para ello conviene elegir unos días en los que mantenerse con lo indispensable, siendo a este respecto Epicuro el ejemplo a seguir, el cual se gloriaba de mantenerse con menos de un as (moneda antigua de muy escaso valor en la época de Séneca), al día. La carta termina, como todas, con un consejo: apartémonos de la ira que nos lleva a la locura.

Decimonona.-
“Hemos vivido en mar agitado; muramos en el puerto.” El retiro a la vida privada se hace imprescindible si no quieres envejecer en medio de la agitación y el aturdimiento. Ciertamente Lucilio, de origen humilde, había logrado ascender hasta desempeñar procuradurías y otros importantes cargos. Séneca le aconseja que prepare su retiro.

Vigésima.-
El retiro que Séneca aconseja a Lucilio en la carta anterior, ha de ir acompañado de un estudio de la filosofía para que aquel apartarse de la agitación de los cargos, tenga sentido. La carta es una de las más bellas joyas de la orfebrería senequista. Si “la firmeza del alma” corre paralela “a la disminución de los deseos”, aquella se enseñorea de las palabras que los hechos refrendan. Ajustar la vida al pensamiento, esa es la “ruta” misma, sin que importe la longitud de los pasos. La inconstancia hace a los hombres débiles porque “no saben lo que quieren, sino en el preciso momento en que lo quieren […] Nuestra opinión cambia diariamente y se muda en la contraria, y la mayor parte de los hombres pasa la vida en este juego.” Sólo perseverando en la “obra comenzada” alcanzará el hombre la cumbre, “o aquella altura que sólo tú sabes que no es todavía la cumbre.”  Inmediatamente Séneca muestra el camino: la pobreza no sobrevenida sino buscada. Sobre “un jergón y [en] harapos” el hombre se convierte en testigo y maestro de la verdad. Hay que “despertar del sueño nuestro alma” y mostrarle que “todo el que viene al mundo recibe la orden de contentarse con leche y pañales”. La carta aboca a una profunda reflexión. Así, en el penúltimo párrafo, Séneca incide en la preparación necesaria para llegar a la buscada situación de pobreza, empresa que si bien es materialmente sencilla, encierra una profunda transformación del espíritu.

Vigésima primera.-
A Lucilio le retiene “lo grandes que son las cosas que has de abandonar […] el brillo de esta vida a la cual debes renunciar”, para alcanzar la seguridad de la vida retirada y de la sabiduría. Séneca es tan consciente de la importancia que posee su propia figura y de la universalidad de su filosofía, que le ofrece a Lucilio la inmortalidad de su nombre por ser el destinatario de esta correspondencia. Tal como Séneca lo aventuró, ocurrió; que Lucilio no sería más que un intrascendental funcionario romano, de no ser por Séneca. A continuación el estoico habla de Epicuro y su clasificación de los deseos, a saber, los necesarios, los naturales y los que solo sirven para aumentar el placer, los superfluos podíamos llamarlos.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Epístolas morales a Lucilio (2). Séneca.




Octava.-
No es la indolencia lo que le lleva a Séneca a aconsejar separarse de los hombres, sino el cuidado del alma, pues “nada, excepto el alma, es digno de admiración, para la cual, si es grande, nada hay que sea grande.” Séneca se siente más útil en su retiro, ocupándose de las enseñanzas que han de preparar el futuro de los hombres, que en medio del senado o prestando su sello para legitimar un testamento.


Nona.-
Séneca nos habla de la interpretación que la escuela de la Estoa debe dar a la afirmación de que el sabio se basta a sí mismo. Igual que su sabiduría le lleva a no desear los miembros que le faltan (por amputación o pérdida), pero prefiere que no le falten; así este mismo sabio se basta a sí mismo, no porque desee estar sin amigo, sino porque puede estarlo. A pesar de todo, el sabio anhela tener un amigo “para tener por quién poder morir, para tener a quién acompañar al destierro, oponiéndome a su muerte y sacrificándome por él.”  “Sólo al sabio complacen sus bienes”, porque el necio no sabe usarlos y aún teniéndolos carece de ellos. El sabio sabe que todos sus bienes “están conmigo” y ha preparado su espíritu para “no considerar como un bien nada que se nos pueda arrebatar.” Una preciosa carta.


Décima.-
Insiste Séneca en lo acertado de huir de la multitud. “No encuentro a nadie con quien preferiría que estuvieras antes que contigo”, le manifiesta a Lucilio. La soledad aprovecha a quienes buscan la sabiduría y traiciona a los necios. Cuida de que nada te deprima y renueva tus votos a los dioses. Aquí Séneca se detiene para hablar de la plegaria a los dioses y condensa su pensamiento en una bella máxima: “Vive de tal suerte con los hombres como si Dios te contemplara, habla de tal suerte con Dios cual si los hombres te escuchasen.”

Undécima.-
No puede la sabiduría más que atemperar aquellas cualidades que dependen de la naturaleza. En todo caso elegir a alguien como modelo ayuda a corregir defectos y evitar vicios.


Duodécima.-
Séneca ha cumplido sesenta y dos años, una edad avanzada para aquella época. El estado de la quinta que posee en las afueras de Roma, le muestra, como un espejo, su propio reflejo. Comenta a Lucilio las ventajas de la vejez y ante la interpelación de la muerte afirma que “nadie hay tan anciano como para no aguardar razonablemente un día más”.


Decimotercia.-
Alaba Séneca a Lucilio que ha dado muestras de entereza: “ya te lisonjeabas bastante ante la fortuna”. Como buen estoico Séneca no se atemoriza ante la muerte, conoce su difícil situación en los círculos del emperador con Tigelino conspirando en su contra y sabe de la debilidad de Nerón. “Son más, Lucilio, las cosas que nos atemorizan que las que nos atormentan, y sufrimos más a menudo por lo que imaginamos que por lo que sucede en la realidad.” Conviene examinar si las “cosas tienen peso por sí mismas o a causa de nuestra debilidad.”  ¡Cuánto debía de saber Séneca del mal que ronda! Y pese a ello dice: “Aun cuando alguno tenga que venir, ¿de qué sirve adelantarse al propio dolor? Con suficiente prontitud te dolerás, cuando llegue; mientras tanto augúrate una suerte mejor.” Y para el peor de los casos cuando el miedo esté justificado, entonces es cuando hay que acudir al vigor del alma que sabe moderar el miedo con la esperanza. Impresionante epístola a la vista de la cierta situación de peligro en la que se encontraba Séneca.


Decimocuarta.-
“De esta manera debemos comportarnos: no como si tuviéramos que vivir para el cuerpo, sino como quienes no pueden hacerlo sin el cuerpo.” Un simple ejemplo de la actualidad del pensamiento de Séneca. Pero los hay también de la profundidad de su sabiduría. De los tres temores que puede sufrir el hombre, a saber, la enfermedad, la escasez y la violencia del más poderoso, es este último es el más temible, porque nos somete con “su sola exhibición y dispositivo”.  Por eso el sabio no debe provocar la cólera de los poderosos y esquivar “el poder político que podría perjudicarle, evitando ante todo el parecer rehuirlo”. La fina observación de Séneca es encomiable, pues inmediatamente aclara que “uno condena aquello que rehúye”, y a buen seguro que acaba por trasmitírselo al rehuido.
Más difícil parece protegerse del vulgo. El consejo es absoluto: “que tu vida represente el mínimo botín posible.” Porque “son más numerosos los que echan cuentas que los que odian.” Para lo demás, y la envidia es motivo de clara preocupación para Séneca, “acojámonos a la venerable y sagrada filosofía” que “no menos perjudica ser despreciados que ser admirados”.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Epístolas morales a Lucilio (1) Séneca.



Unas breves notas antes de abordar el comentario de cada una de las epístolas.
La fecha de su redacción se sitúa entre el verano del año 62 y los últimos meses del 64, la etapa en la que Nerón inició su rivalidad con el Senado y ordenó múltiples ejecuciones.
Es una afirmación bastante común en los tratados, que Séneca dice siempre lo mismo usando palabras distintas, creo que Ismael Roca (véase su magnífica introducción a las epístolas en la edición de Gredos), lleva mucha razón cuando indica que el estilo un tanto entrecortado de Séneca, construido a base de máximas, busca una cuidadosa matización de sus ideas y exige del lector una atenta lectura. Esta es una idea fundamental para cogerle el gusto a Séneca: leer muy despacio, pararse al acabar cada párrafo y retornar al principio con asiduidad. Es decir, nada que ver con la forma actual de leer. Es curioso que Séneca nos permita descubrir lo placentero que puede resultar un rincón tranquilo y apartado, donde no haya más objetos que una silla y este libro cuya lectura ahora comentamos.
Como quiera que Séneca cita muy frecuentemente a Epicuro, puede ser de utilidad un pequeño esquema de la relación entre el epicureismo y el estoicismo. Nuevamente, el esquema se ha tomado de la introducción de Ismael Roca:

Lo que Séneca comparte con Epicuro:
a.- El aprecio por la pobreza.
b.- El retiro e independencia del sabio.
c.- La búsqueda de un modelo ideal.
d.- El imitar o secundar la naturaleza y limitar los deseos.
e.- Aprender a morir.

Lo que Séneca añade a Epicuro:
a.- Que la pobreza ha de ser voluntaria, fruto de una elección no de una necesidad.
b.- La muerte como tránsito.
c.- El retiro espiritual estoico vigoriza el espíritu.
d.- La búsqueda de la felicidad en la virtud y no en el placer.

Un último apunte. La crítica moderna considera falsa con seguridad la presunta correspondencia entre Séneca y Pablo de Tarso, e improbable la conversión de Séneca al cristianismo. Pero, en cualquier caso, es cierto que nuestro filósofo fue la mente pagana que más se acercó al mensaje evangélico.

Puede ser buena idea que leamos una epístola diaria y que las agrupemos por semanas. 


Primera.-
Que mejor modo de comenzar que hablando del tiempo, pues todo “es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro”.

Segunda.-
La inquietud por cambiar de lugar el cuerpo, hace enfermiza al alma. Así ocurre también a los que no seleccionan en sus lecturas a los grandes escritores y se pierden por tratar de manejar “todos al vuelo y con precipitación”. Séneca elige una máxima de Epicuro, pero no sin antes advertir que su elección corresponde a la costumbre de pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador. La cita de Séneca no es exacta, advierte Roca, y dice: “Cosa honesta es la pobreza llevada con alegría”. Honestidad, pobreza y alegría. Deja para el final una de esas frases que Séneca escribe como si fuera una ola rompiendo a la orilla del mar. Ahí va: “Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.” La virtud está por allí en medio, que cada uno inicie su propia búsqueda.

Tercera.-   
Rechaza Séneca el amigo a medias que parece presentarle Lucilio como enviado de una misiva. Y aprovecha esta circunstancia para recordar a Teofrasto (un discípulo de Aristóteles), quien amonestaba a los que juzgan después de haberse encariñado. Séneca insiste en juzgar antes de amistar, pero no después. Esta es la idea central de la amistad para el de Córdoba.

Cuarta.-
Séneca instruye a Lucilio sobre la conveniencia de liberarse del temor a la muerte y del no menor de la pobreza. En ambos casos la vida tranquila y el espíritu sereno deben ser nuestros aliados. “La mayoría fluctúa miserablemente entre el miedo a la muerte y las penas de la vida, y no quiere vivir, pero no sabe morir” Esa contradicción que se encierra en ni vivir ni morir, es similar al hecho de que tanta muerte den los poderosos como los siervos. “Lo superfluo nos hace sudar”, basta la conformidad con lo necesario para que el temor de la pobreza quede espantado.

Quinta.-
Comienza con una exhortación a la perseverancia, al esfuerzo por alcanzar la sabiduría y mejorar el alma. ¡Qué lejos aquellos tiempos de los actuales! Discreción y filosofía son hermanas que han de caminar juntas. A un lugar situado en la lejanía se dirigen el deseo y el temor, aunque en este caso no caminan juntos: delante va la esperanza, detrás el miedo. Deliciosa carta.

Sexta.-
“Sin compañía no es grata la posesión de bien alguno”. Y la sabiduría no es una excepción. La separación de su amigo Lucilio, obliga a Séneca a enviarle sus propios libros anotados, pero le indica de la conveniencia de su presencia física “porque el camino es largo a través de los preceptos, breve y eficaz a través de los ejemplos”.

Séptima.-
Rehuir la multitud es la primera obligación de quien aspira a la sabiduría. Todos los comentaristas han destacado, con Scarpat a la cabeza, que la carta está redactada pensando en Nerón y sus excesos. “Dad gracias a los dioses inmortales de que el hombre a quien tratáis de enseñar la crueldad no pueda aprenderla.” El vulgo es tal, que se impone: o lo imitas o lo odias. Séneca aconseja a Lucilio que no haga ni una cosa ni la otra, es preferible “recógete en tu interior cuanto te sea posible”.