martes, 19 de marzo de 2013

Viajes de Alí Bey por África y Asia. (I)






En el fortín de Qelat Daba, cerca de Amman, está la tumba de Alí Bey. Domingo Badía Leblich había nacido en Barcelona, más concretamente en el interior de la Ciudadela levantada por orden del primer Borbón español, pues su padre era el secretario del gobernador. Corría el año de 1774 y tan sólo siete años le duró a Domingo Badía su catalanidad, con esa edad abandonó Barcelona y nunca más regresó. Roger Mimó asegura en el prólogo que Badía era culto en extremo, testarudo, soñador e irresponsable, bonapartista, ilustrado por el siglo que abandona y romántico por el que estrena.

Y capaz, capaz de adaptarse a cualquier situación. Cuando Alí Bey regresa de su viaje en 1808, la situación que encuentra en España es muy distinta de la que existía cuando se despidió del “Príncipe de la Paz” (Godoy). Los bonapartistas no dudan en apoyar la publicación de los textos que Badía había recogido durante su largo viaje y le prometen la adquisición de doscientos cincuenta ejemplares de su obra. Sin embargo, cuando aún no se había publicado, la monarquía tradicional es restaurada en Francia en la persona de Luis XVIII. Badía teme perderlo todo y no duda en cambiar la dedicatoria: “Al Rey” en lugar de “A Bonaparte”. Naturalmente que el texto se publicó en francés.

Alí Bey es el “religioso, príncipe, doctor, erudito, jerife (que lleva sangre del Profeta), peregrino, hijo de Osmán, príncipe de los Abasíes (descendientes de Abbas, uno de los tíos de Mahoma)”.

El estrecho de Gibraltar, el eslabón que une “los dos extremos de la cadena de la civilización”, ¿qué mejor sitio para comenzar o terminar? Tánger. Alí Bey, recién llegado, sustituye sus ropas europeas por la almalafa o jaique, una gran sábana con la que cubrirse desde los hombros a los pies. Hay que rasurarse porque es viernes y los hadices de Mahoma exigen no dejar más pelo que el de la barba. Alí es (se finge) turco y las costumbres de Marruecos son algo distintas.  

La circuncisión es una fiesta para todos y el morabito situado a las afueras de Tánger se llena de familiares y amigos, las mujeres ululan, hay soldados, caballos y una banda de seda ciñe la cabeza del niño. El alboroto, los alaridos y una música estridente y disonante no deja oír los gritos de la víctima que es curada con alumbre e hilas.

Los moros en la época que nos describe Alí Bey daban muy poca importancia a la infantería en la guerra y por eso los relevos son simples ejercicios y las guardias se hacen sentados y sin fusil. Todo lo cifran en la caballería y Tánger está llena de caballos.


El caíd es el gobernador y administra la justicia penal, no hay más sentencia que la verbal y se ejecuta inmediatamente. El juez civil es el cadí. Los moros comen sentados en el suelo alrededor de una mesa y mencionan a Dios al comenzar y al terminar; lo hacen con la mano derecha directamente del plato común, el cuscús es la base de la alimentación. La carne o el pescado se suele aderezar con perejil, apio y cilantro. A la novia la llevan dentro de una cesta cubierta hasta la casa del futuro esposo y al muerto en unas parihuelas. El cadáver es llevado deprisa al cementerio, se queda esperando en el exterior de la mezquita mientras concluye la oración y es enterrado sin ataúd; es una forma de espantar al ángel de la muerte.

Los judíos en Tánger no tienen barrio aparte y este hecho incrementa la humillación y el maltrato de que son objeto. Visten de una forma especial que permite su identificación, se ven forzados a caminar descalzos la mayor parte del tiempo y han de rendir vasallaje a todos los musulmanes. La poca habilidad que los moros tienen con las manos hace que sean los judíos quienes se ocupen de la artesanía.

Roger Mimó en la tumba de Alí Bey
Roger Mimó nos explica la misión que llevaba Alí Bey en 1803 cuando llegó a Tánger, y que, naturalmente, no aparece en el libro. España necesitaba  que el sultán Mulay Solimán autorizara la exportación de granos hasta España. Alí Bey debía o bien convencerlo o bien derrocarlo. Y ello explica sus esfuerzos por ganarse la confianza de las autoridades tingitanas.

En África hay dos Nilos: el del Cairo y el de Tombuctú. Dos también son los panes que, envueltos en una bolsa de tela de oro y plata, envía el sultán a Alí Bey. Es un símbolo de fraternidad. Pero la aproximación entre ambos ha sido mérito de la ciencia. Días después Alí Bey sale para Mequinez y Fez.

Ríos anchos, sinuosos, de escarpadas orillas. Refugios naturales “muy adecuados para la defensa”. Tierras donde plantar castillos. El Loukos, el Sebou, el Rdom. El margen derecho de este último nos conduce hasta Mequinez. A una sola jornada está Fez.

Al-Karaouine
En Fez hay más de doscientas mezquinas, sus calles, extremadamente angostas, son oscuras y sucias. Al-Karaouine es la aljama de Fez, pero la más frecuentada es la dedicada al sultán Mulay Idris a quien se atribuye la fundación de la ciudad y uno de los lugares más sagrados de Marruecos. Por la mañana los baños son de los hombres, por la tarde de las mujeres y por la noche de los ricos y de los genios o duendes (yenún). Algo de yin (singular de yenún) tienen las cigüeñas que “muchos creen hombres de unas islas lejanas que, en una determinada época del año, toman la forma de pájaros para venir aquí y que en el momento adecuado regresan a su país donde recuperan la forma humana hasta el año siguiente”. Nos mueve a la incredibilidad que Alí Bey asegure haber hecho entrar en razón a alguno de los sabios sufíes de Fez. Parece pecar también de cierta exageración, y así lo pone de manifiesto Roger Mimó, el pobre panorama cultural que describe. El 13 de enero de 1804, la tierra tembló bajo el suelo de Fez; el epicentro del terremoto se situaba en la costa española.

Alí Bey se aloja en casa de Haj Idris, el almocadén que se encarga de la administración de los bienes que lo fieles donan al sepulcro de Mulay Idris. El enfado de Alí con el sultán parece razonable, al parecer éste trata de retener a nuestro Alí en Fez nombrándole “pendulero imperial”, un trabajo aburridísimo. Por fin sultán llega a Fez y Alí, después de ciertas maquinaciones, logra entrevistarse con él. Alí, no hay que olvidarlo, es uno de los últimos ilustrados. Pero la ilustración no le exime de comportarse como musulmán, cuya cultura no ve con buenos ojos que un hombre de posición no tenga mujeres. Se ve Alí forzado a aceptar una esclava negra de nariz chata. Después del eclipse de sol del 10 de febrero de 1804, Alí parte para Marrakech, antes pasará por Rabat, es el 27 de febrero. En el camino los naranjales de Sidi Kacem, los beduinos del margen izquierdo del río Beht, un bosque de encinas que llega hasta la misma ciudad de Salé. Enfrente Rabat, infectada de piratas moriscos. Alí visita la necrópolis de Chellah, un asentamiento cartaginés en la desembocadura del “río de Rabat” que es como llaman los autóctonos al Bou Regreg.


El 10 de marzo, Alí emprende el camino de Marrakech. El itinerario es seguir por la línea de la costa hasta Azemmour para luego bajar en línea recta. Alí recoge plantas, mide la temperatura y la humedad, marca las coordenadas, describe el suelo y el cielo. Se detiene en Fedala (hoy Mohammedia) y en la vecina Al Dar al Beida (Casablanca), que por aquel tiempo no era más que “un pueblecito encerrado en una gran recinto de murallas” con un pequeño puerto. La alheña o henna es el cultivo de la zona entre el río Hawara y las proximidades de Azemmour, otra ciudad fortificada como la mayoría de la costa. Azemmour fue portuguesa durante algún tiempo y tiene un morabito dedicado a uno de los primeros sufíes de Marruecos. La atraviesa un río, el Oum er Rabia, uno de los más largos y caudalosos del país y sus aguas durante la época de las lluvias se tornan limosas, como las del Nilo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Algo va mal. Tony Judt.






Saca uno la impresión de que el texto de Judt está construido yuxtaponiendo un cúmulo de ideas que no acaban de desarrollarse. El lector espera que el autor vaya ordenando sus propuestas, y aunque puntualmente lo consigue, lo cierto es que nunca llega el libro cobrar vida autónoma. Pese a todo el libro es algo más que la propuesta de llevar la socialdemocracia a América.  

La primera aproximación para identificar aquello “que va mal”, la construye Judt sobre dos hechos: el afán por “la búsqueda del beneficio material” (léase, dinero), que es el único elemento colectivo que nos queda, y la desigualdad social. Aquella obsesión puramente materialista y egoísta ha neutralizado todo debate, incluido el ideológico. Como faltan ideales, ya nadie trabaja para cambiar el mundo sino para conseguir dinero, la admiración se pone en la riqueza en lugar de en la honestidad y consecuentemente la sociedad se ve obligada a soportar la pesada carga de la corrupción. Paralelamente la desigualdad se torna corrosiva porque es utilizada por todos para “normalizar” la situación, la actitud de “cruzarse de brazos” es la que predomina en toda la escala social. El resultado es una paulatina, pero insidiosa, perdida de la permeabilidad de las capas sociales: el rico es cada vez más rico y el pobre depende más del Estado. Dos vectores transversales parecen recorren las sociedades actuales: el que transita desde la explotación a la injusticia y aquel otro que anuda la corrupción con el privilegio. Y es el dogma del interés individual el que está detrás de todo.

Durante los años sesenta el protagonismo correspondió al sector público, hasta el punto de que un gasto alto se consideraba por las autoridades y expertos como buena política y que se tildara de egoístas e insolidarios a quienes se atrevían a disentir. A partir de los años noventa la situación revertió y dio paso a la consideración de que el sector privado estaba en mejor disposición. El ulterior fracaso del sector privado en la gestión de los servicios públicos, tal y como nos lo cuenta Judt, pasa por alto un dato importante: que el Estado se dedicó a mirar hacia otro lado, esto es, se desentendió de sus obligaciones. La situación fue más o menos esta: el Estado se dijo si yo tengo que prestar el servicio de salud o de ferrocarriles, pues una buena solución es encomendárselo a una sociedad privada a cambio de una contraprestación y se acabó el problema. La empresa privada aceptó la propuesta pensando que en todo caso el servicio público no era suyo y si algo salía mal ya vendrá el Estado a rescatarlo. Sinceramente, no sabe uno decir cuál de los dos fue más irresponsable. Pero sigamos. La entrega de los servicios públicos a las empresas privadas supone “una contracción del espectro público del Estado”. Cabe admitir como cierta esta afirmación, pero lo que no está tan claro es que deba ser así. Al fin y al cabo lo privado también forma parte de la ciudadanía. A Judt parece bastarle con dirigir los dardos contra la hiena del sector privado y disculpar a la leona perezosa de lo público, para sacar conclusiones un tanto precipitadas, del estilo “estamos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley que la fuerza”. Ni todo es “a corto plazo” en lo privado, ni todo lo público está investido de “altruismo”. Podemos estar de acuerdo en reivindicar lo público, pero no a costa de demonizar lo privado, porque eso no es más que ir de un extremo del péndulo al otro.

Lo que se ha llamado “déficit democrático”, esto es, el progresivo desinterés de los ciudadanos por la política, parte de una idea muy simple, de ahí probablemente su popularidad, se dice: como ellos, los políticos, van a hacer lo que quieran (principalmente atender sus propios asuntos), para qué me voy a molestar yo en ir a votar. Los políticos “no transmiten ni convicción ni autoridad” y las alternativas son pocas: “echar a esos sinvergüenzas o dejarles que sigan haciendo de las suyas”. Pero echarlos no es tan fácil como parece y, en todo caso, vendrán otros. Y la otra postura, la de dejarlos, parece inadmisible. Así pues el único camino que nos queda es cambiar el sistema. “Sin idealismo –dice Judt-, la política se reduce a una forma de contabilidad social, a la administración cotidiana de personas y cosas”. Y esta verdad digamos que la soporta mejor la derecha que la izquierda. Como casi siempre lo que ocurre es lo inesperado. Es aceradamente profundo Judt cuando advierte el componente totalitario del estado del bienestar. La gran masa “débil” que el Estado decide proteger, reacciona con dureza ante cualquier mínima fluctuación que comprometa su blando colchón y dirige sus diatribas contra los fuertes, ricos y privilegiados a los que acusa de insolidarios. La reacción de estos no es difícil de prever.

La virtud que Judt anuncia para aquel que se posicione frente a la opinión mayoritaria, lleva visos de santidad. Como resulta que esa era precisamente la función de los intelectuales y hoy en día es esta una especie que se ha extinguido y ha sido sustituida por los tertulianos, a este mártir de la templanza que deberá soportar la burla y la soledad, el menosprecio y la humillación, nada podemos ofrecerle. Y el caso es que este héroe es más preciso que nunca. Tiene ante sí la difícil tarea de desbloquear las vías convencionales del cambio que están obturadas por “un reducto de enchufados, subordinados serviles y pelotas profesionales”. Echa de menos Judt a las grandes figuras del liberalismo constitucional europeo, el francés Léon Blum, el británico David Lloyd George... Por supuesto que no menciona a los españoles, pero los tuvimos (Maura, Canalejas, Cambó…) Los problemas que tuvieron que afrontar son muy distintos de los actuales. Ellos sabían cosas que nosotros hemos olvidado. Sabían por ejemplo que en política el dinero debe estar más cerca de la ética que de la utilidad. Para abrir la caja del dinero de todos no debe bastar con la llave del deseo, ha de ser necesaria la del bien común, lo que es tanto como la de la justicia. ¿Es justo este gasto señor político mientras haya pobreza, desempleo, desigualdad? Seguramente no, así que vuelva usted a meter ese dinero en la caja de todos. Es entonces cuando nos damos cuenta de que el político está sonriendo, que sus ojos chisporrotean de astucia, porque la caja de todos ha sido reemplazada por la caja de unos pocos.




Era así, tal y como nos lo cuenta Judt. Nadie pensó que la ortiga del nacionalismo fuera a invadir el bien cuidado prado europeo. Pero la guerra estalló y duró cuatro décadas. Las fronteras que se fijaron en 1945 han ido cambiando con la desaparición y el nacimiento de nuevos estados. Ahora, la globalización trata de acabar con ellos, con los nuevos y también con los viejos estados. Muchos piensan que los estados han quedado para hacer política, fundamentalmente social se entiende, porque para la economía ya están los órganos supraestatales y el mercado. Judt considera que la superviviencia del Estado es esencial para preservar las conquistas alcanzadas. Resulta llamativo que tal aspiración se haya convertido en el objetivo de la izquierda aplicando la receta del orden, mientras que las alternativas aportadas por la derecha sean notoriamente revolucionarias (privatizaciones, flexibilidad de mercado laboral, “adelgazamiento” de servicios públicos…)

Dos ideas rápidas de las muchas que ofrece el texto: aunque el comunismo se ha marchado definitivamente sigue resultando inquietante la sospecha de que el sentido de la libertad política del capitalismo es hacer dinero; y que al mismo tiempo sigue en pie la cuestión de cómo hemos de organizarnos en beneficio común.


miércoles, 27 de febrero de 2013

El hombre invisible. H.G. Wells.






Blamblehurst, estación de ferrocarril, febrero, viento y nieve. La posada de la señora Hall. Un desconocido que oculta su aspecto por completo y sólo deja ver la punta de su nariz. Servilletas, vendas, pañuelos, sombreros, todo le sirve al desconocido para tapar su cara. Teddy Henfrey, el relojero, desconfía de quien dice ser un investigador en busca de aislamiento. En seguida los habitantes de Iping, distrito de Chichester y condado de Sussex Occidental, convirtieron al desconocido en el centro de sus conversaciones. Uno de los rumores, quizás el mejor fundado, afirmaba que el desconocido se oculta tras ropas y prendas porque es de “colores” y se avergüenza de ello, como es natural. Por Pentecostés, Cuss, el boticario, descubre el brazo “vacío” del desconocido y corre a contárselo al señor Bunting, el vicario, a quien esa misma noche le robaron delante de sus narices la totalidad de sus ahorros.  




Los muebles de Jenny, la señora Hall, han sido embrujados por el desconocido y, como es natural para tales casos, se llama al herrero, el señor Wadgers, quien recomendó un par de herraduras.
Conviene tomar nota de que el secreto del forastero se descubrió por una cuenta pendiente de pago, la momentánea falta de liquidez que coloca a cada uno en su sitio, sólo que en este caso, dadas sus peculiaridades, desalojó a unos, los videntes, y realojó a otros, los invidentes. Pero todos  recibieron con alivio el lenitivo de la ley que en situaciones tan difíciles no debe permanecer de brazos cruzados. La orden de arresto deja al desconocido al “desnudo” y en tan ventajosa situación huye hacia Adderdean, según relato del naturalista Gibbins que oyó pasar en esa dirección una mezcla de toses y maldiciones. Un proscrito, Thomas Marvel, que filosofa ante dos pares de botas, se ofrece a ayudarle. No hay que olvidar que nuestro hombre anda desnudo por la vida y como científico necesita de libros y apuntes. Tiene, por tanto, que volver a Iping. Pero Marvel harto de una voz que no es la suya, decide huir y el hombre invisible es tiroteado en una taberna de Burdock. Si alguien aventuró una respuesta negativa, se equivoca: el hombre invisible tiene sangre roja.

Griffin, que así es como se llama el hombre invisible, se refugia en casa de otro científico, el doctor Kemp, compañero de estudios y al que dará cuenta del drama que está debajo de su descubrimiento.
La invisibilidad sitúa a Griffin a medio camino entre la transparencia del aire y la terrosidad del plantígrado. Cualquier acto lo delata: comer, dormir, vertirse…, y ha de vigilarlo todo y a todos. Cruzar una calle se convierte en una acción peligrosísima, Griffin ha de esquivar a los coches y a los peatones: ha de vigilar a la persona que le precede y a quien viene por detrás, mirar a ambos lados y al frente al mismo tiempo... La invisibilidad ha apretado los barrotes del cuerpo sobre el alma del pobre Griffin que se siente más atrapado y más solo. En presencia de los demás debe cosificarse para pasar inadvertido. Dolido ante la falta de comprensión, Griffin decide imponer el terror. ¿Qué hace mister Kemp? ¿Ayudarle? No. Lo traiciona. Hasta ese momento el hombre invisible no ha matado a nadie, es cierto que ha causado algunos heridos, pero también hay que reconocer que su situación es verdaderamente excepcional. Sin embargo, a partir de la traición de Kemp, Wells transforma a su personaje de una forma hasta cierto punto incomprensible. Lo convierte en pieza de caza y le declara abyecto. Si el poder de la ciencia devoró el cuerpo de Griffin hasta confundirlo con la transparencia del aire, fueron todos los hombres quienes armados con la goma de la sospecha le borraron el alma. Invisible el alma de Griffin, invisible su cuerpo ¿quién es realmente Griffin? Es curioso que siendo la sociedad actual la de la imagen, haya a nuestro alrededor tanta gente que no vemos: los invisibles.

jueves, 21 de febrero de 2013

Epístolas morales a Lucilio (5). Séneca.



Vigésima nona.-
El sabio, como el arquero, “debe apuntar a un blanco seguro y […] apartarse de aquellos que no le han merecido confianza”. Nada parece más lejano entre sí que el favor popular y la virtud, pues para conseguir aquel han de seguirse “viles procedimientos”. Y aún dicen que Séneca es cosa del pasado.

Trigésima.-
Séneca ensalza la serenidad de Aufidio Baso ante su próxima muerte, “ya que los acontecimientos seguros se esperan; son los dudosos los que se temen”.

Trigésima primera.-
Carta oscura y, a veces, contradictoria. Lucilio, como todos hombres, debe culminar los propósitos internos, para ello lo primero es cerrar los oídos al canto de sirenas de la gente, incluso “muéstrate sordo a tus seres más queridos”. La prosperidad de la que ellos te hablarán, “los bienes que estima la gente”, no es un bien. Si “el único bien […] consiste en confiar en sí mismo”, debes antes elegir lo que pretendes, aquello “que deseas que te suceda”.  A través del trabajo el alma adquirirá la paciencia necesaria para alcanzar el conocimiento de la realidad, el cual deberá equilibrarse con el saber de lo divino. El hombre dispone del camino que le proporciona la naturaleza.


Trigésima segunda.-
Séneca se felicita por la conducta saludable de Lucilio: “la de no frecuentar las personas diferentes a nosotros, que aspiran a ideales distintos”. Esa es precisamente una diferencia cualitativa y con entidad suficiente para ser tomada en consideración. Como estoico, Séneca es partidario de la igualdad y aboga por el cosmopolitismo, pero teme, ya lo hemos comentado en otras cartas, la gran influencia que el vulgo causa sobre el espíritu. “No temo que te cambien, temo que te estorben”, aclara seguidamente Séneca, lo que supone una serio obstáculo por obligarnos a comenzar a vivir “sin cesar una y otra vez”, impidiéndonos “consumar la vida antes de la muerte”. Este bellísimo pensamiento solo fructifica cuando tienes “el dominio de ti mismo”, porque tu espíritu se mantiene firme y seguro, como sólo puede estarlo cuando “encuentra satisfacción en sí mismo”. He aquí la recompensa: “Aquel que vive después de haber consumado su vida, ha superado por fin las necesidades, y se halla exonerado y libre.” Una vida consumada, ¿qué mejor legado puede dejarse al morir?

Trigésima tercera.-
Lucilio pide a Séneca máximas “de nuestros eminentes maestros”. Séneca dicta una de sus lecciones magistrales. Afirma que las chrías, las frases notables, están bien para que los niños aprendan, pero no para el hombre ya adulto para el cual debe resultar “indecoroso obtener sus reconocimientos apoyándose en un libro de memorias”. El hombre después de aprender ha de ser capaz de “ejercer […] el mando”, de legar a la posteridad alguna idea, algo nuevo que no dependa ni de la memoria ni del maestro, porque “no es lo mismo recordar que saber”. Si no se abandona lo aprendido, si no “media alguna distancia entre ti y el libro”, permaneceríamos siempre en el mismo lugar, no habría avance, “nunca se harían hallazgos si nos contentáramos con los ya realizados”. Me pregunto por la fórmula que fuera capaz de meter esta idea, en la cabeza de todos los profesores del mundo. Y aún dicen que Séneca es cosa del pasado.

Trigésima cuarta.-
Séneca, educador de almas, se muestra orgulloso del progreso de su pupilo Lucilio. “La obra […] depende del alma” y el alma está guiada por la bondad de la acción que ni la violencia ni la necesidad pueden transformar. Ese es el recto camino del alma, aquella cuyas acciones concuerdan.

Trigésima quinta.-
La amistad, forma perfecta de amor, “resulta siempre provechosa”. El amor, por sí solo, sin el aditamento de la amistad “a veces hasta es perjudicial”. Vigila que tus deseos de hoy sean los mismos que ayer, pues “el cambio de voluntad indica que el alma fluctúa”.

jueves, 14 de febrero de 2013

Los hermanos Oppermann. Lion Feuchtwanger.

"Se nos ha encargado trabajar en la obra,
pero no nos ha sido dado culminarla."
Talmud.

Personajes a modo de guía. Y de cómo, de pronto, todo cambia.
A Gustav Oppermann, doctor de cincuenta años, orgulloso de su casa en la Max Reger Strasse, al pie del Grunewald, el gran espacio verde en el oeste de la ciudad de Berlín, le va bien. Es formalmente director general de una empresa de muebles, coleccionista y entendido de libros antiguos y posee una suculenta cuenta corriente. Su criado Schlüter y la cocinera Bertha son los primeros en felicitarle por su quincuagésimo cumpleaños. Cabalgada, baño, desayuno y las cincuenta cartas que yacen sobre la mesa de su, estamos seguro de ello y no podemos evitar una punzada de envidia, espléndida biblioteca. Sybil Rauch es su última compañera, veinte años más joven que él. La anterior Anna, es dictatorial y enjuiciadora. Martin Oppermann es dos años mayor que Gustav pero aparenta diez más que este. Los Oppermann, judíos oriundos de Alsacia, residían desde tiempos inmemoriales en Alemania.
La técnica de la presentación de los personajes es exquisita: el cumpleaños, el correo, un cuadro, una visita...
Salir del círculo de Gustav es entrar en el de Martin, que es quien lleva el peso del negocio, ya sabemos, los muebles Oppermann. Hoy tiene una entrevista con Heinrich Wels que se anuncia desagradable. Son tiempos difíciles: el antisemitismo crece. Hay entre los judíos Oppermann y los arios Wels una contraposición que va más allá de la simple competencia comercial: el partido nacionalsocialista y los populares de las camisas pardas andan por en medio. Pero los Oppermann aún piensan que su posición no está comprometida.
Las medidas a tomar en el negocio permiten que conozcamos a Jacques Lavendel, el marido de Klara Oppermann y coleccionista de objetos antiguos de los ritos judíos; a Liselotte y Berthold, la esposa e hijo de Martin; ella, Liselotte, procede de una severa familia cristiana de Prusia; el cuñado, Jacques, es un judío oriental astuto, clarividente y lleno de fuerza  vital. Se lo puede permitir, pues posee la nacionalidad estadounidense. No sería mala idea convertir el negocio de muebles Oppermann en una empresa americana transfiriéndoselo a Jacques.
Arthur Mühlheim, uno de los mejores juristas de Berlín, y el novelista Fiedrich Wilhelm Gutwetter, amigos de Gustav, le traen como reglado de cumpleaños el sí de la editorial Minerva a la publicación de su biografía de Lessing. No es una elección al azar esta de Lessing, se trata del sajón Gotthold Ephraim Lessing, el autor de uno de los textos más famosos sobre la tolerancia religiosa, Nathan el Sabio. Conviene señalar que la versión que de esta pequeña joya hizo Juan Mayorga, se estrenó en lectura dramatizada el 12 de mayo de 2003 en el Real Monasterio de Santo Tomnás de Ávila. La fiesta de cumpleaños no puede tener un mejor inicio. Los chistes sobre el Führer están hechos por judíos alemanes tan integrados que creen poder bromear sobre el antisemitismo. Quizás por eso les sorprende más el sionismo de Ruth, la sobrina de Gustav e hija del gran cirujano Edgar Oppermann, que se burla de las tesis raciales.
Bernd Vogelsang es el nuevo catedrático del instituto Königin Luise, el colegio de Berthold, que viene avalado por el temor que genera su fama de nacionalista y que refrenda el sable que porta y la cicatriz que luce en la mejilla. El alumno Berthold utiliza el racionalismo para analizar el mito de Hermann el alemán, también conocido como Arminio el querusco (ya saben ustedes el germano que derrotó a los romanos en el bosque de Teutoburgo en el año 9 d.C.), y, naturalmente, nada puede ofender más a un nacionalista como Volgelsang que siente alrededor de su cuello la opresión del tratado de Versalles.
El señor Markus Wolfsohn, vendedor de Muebles Oppermann, y el difícil sillón barroco modelo 483, cuya venta le proporciona a Markus unos marcos suplementarios de comisión. Markus tiene una esposa y dos hijos, y un cuñado sionista que está decidido a marcharse a Palestina. Markus bromea y si no fuera por su vecino nazi y por la mancha de humedad en la pared, sería completamente feliz en Berlín.
El doctor Edgar Oppermann tiene problemas con “el asqueroso asunto de la naturaleza humana”, su mejor discípulo Jacoby no solo es judío sino que además tiene un inequívoco aspecto de judío. Cierto sector de la prensa viene acusando al doctor Oppermann de derramar “a raudales” sangre cristiana en sus intervenciones quirúrgicas.
Navidades de 1932. Dos judíos discuten: uno prefiere quedarse en Alemania, el otro emigrar a Palestina. Curiosamente las luces del Hanuká y las del árbol de navidad brillan al mismo tiempo. Gustav piensa que si su patrimonio permanece en Alemania es seguro que será empleado para la injusticia, pero el desorden de llevarlo fuera de su patria le causa mayor sufrimiento. “Las actas de los sabios de Sión” y el insondable mar de la estupidez humana le son suficientes al ideólogo nazi Alfred Rosenberg para construir un nuevo “mito del siglo XX”.
Gustav, con Hitler ya en el poder, llena sus pupilas de literatura y filosofía, ciego de historia no sabe que en los momentos difíciles la aproximación a los hechos ha de hacerse con los pasos cortos del hortelano que vigila su huerto, y no con los anchurosos del intelectual en medio de su biblioteca. Gustav debería haber acumulado la suficiente experiencia como para conocer que en el pensamiento de la calle el éxito siempre demuestra algo y el de Hitler tiene algo de acontecimiento. Tres sillas acabarán por convencer a Gustav.
A pocos días de las elecciones de marzo de 1933, Martin es un hombre abatido. Poco a poco la humillación se convierte en el primer sentimiento del judío, y los Oppermann sentados alrededor de una mesa, Gustav, Martin, Edgar y Jacques Lavendel, contemplan como su mundo, el “de la fuerza y la inteligencias del individuo”, nada puede contra el más elemental de los acontecimiento: la necedad humana. El único que aparentemente resiste es Berthold, el muchacho que se atrevió a clavar el asta de la razón en el ojo de Polifemo. Para este chico de diecisiete años, el problema es algo más complejo: se ve intimidado a retractarse de algo que no ha terminado de decir y el cerco se estrecha aún más cuando comprende que en realidad a un judío le está vedado expresarse sobre el mito del querusco. De pronto, el 27 de febrero, el Reichstag está ardiendo, Gustav tiene que dejar Alemania, Berthold no encuentra la salida y el humilde judío vendedor de muebles, Markus Wolfsoh, es detenido por su participación en el hecho.
El 1 de abril de 1933 se inicia el primer boicot a nivel nacional promovido por los camisas pardas con la aquiescencia del partido nazi contra los negocios y profesionales judíos. Mientras Martin es “sotaneado”, Gustav atraviesa el lago de Lugano. Muy pronto tendrá noticias de los pogromos. El hombre no puede remontar dos veces la misma ola, pero sí puede detenerla, congelar la imagen con la palabra, con la voz, con la piedra, con el pincel… El arte generador de conciencia.
Los judíos celebran en Pesah, el 14 de abril es la noche del Seder y se lee el libro del Éxodo donde se narra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del faraón. Dios eligió a su pueblo y este tiene que tener algo que celebrar y también algo que hacer. “Este es el pan de al miseria que nuestros padres comieron en Egipto. El que esté hambriento que venga a comer de él. El que esté necesitado que venga y celebre con nosotros la fiesta del Pesah. Este año aquí, el año que viene en Jerusalén. Este año siervos, el año que viene hombres libres.” Los Oppermann están en Lugano y cuando acabe la celebración cada uno saldrá con un destino distinto. Porque ya la Alemania de hoy no es la de ayer, aunque en el fondo sigan pensando que “la vida sigue, como siempre”.
Gustav vuelve, traspone la esquina suiza para mirar de frente la nueva identidad de Alemania. Lo hace embozado, pero no tarda en ser conducido a un campo de concentración, el de Moosach, un subcampo de Dachau, definido por los alemanes como de reeducación. Gustav quiere ser testigo, quiere dar testimonio. Feuchtwanger, también.

jueves, 31 de enero de 2013

Si esto es un hombre. Primo Levi.

“Quien ha realizado la experiencia del poder, de la capacidad irrestricta de humillar a otro ser humano..., automáticamente pierde el poder sobre sus propias sensaciones. La tiranía es una costumbre, tiene su propia vida orgánica y se convierte finalmente en enfermedad. La costumbre puede destruir y embrutecer al mejor hombre, reduciéndolo al nivel de una bestia..., el retorno a la dignidad humana, al arrepentimiento... llega a ser casi imposible.”
La casa de los muertos. Dostoievski.


Primo Levi, un joven e ingenuo judío italiano, es capturado por la milicia fascista el 13 de diciembre de 1943. Piensa que alegar su condición de judío le salvara de la tortura y la muerte que va aparejada a su militancia comunista. En enero de 1944 es enviado al campo de Fossoli, cerca de Módena. Llega la orden de deportación. Él sabe, todos saben, rezan y lloran. Lamentan el dolor antiguo del pueblo judío. Y se pregunta ¿cuál es el sentimiento que corresponde a golpes propinados sin cólera? Vagones de mercancías atestados de hombres, de mujeres, de niños. Sed y frío y puñadas a ciegas. Austria, Checoslovaquia, Polonia. Un tren con destino a Auschwitz, un lugar que entonces carecía de significado. El andén de Asuchwitz hormigueante de sombras, y enseguida las mujeres, los niños, los viejos desaparecen en la oscuridad. De esa misma oscuridad que traga y vomita, surge el futuro vestido de balandrán.
En la puerta del campo: “Arbeit Mach Frei” y en la sala vacía donde esperan, un grifo que gotea agua envenenada. Los desnudan para que obedezcan, los rapan para que sepan que todos tienen ahora la misma cara de idiota. Si los nazis se han tomado la molestia de aplicar el protocolo de la “indiferenciación”, es porque los van a utilizar como mano de obra. Así es, están en Buna-Monowitz, un subcampo de Auschwitz. Se trata de un campo de trabajo, distinto del campo de exterminio que es el de Birkenau. Trabajarán en una fábrica de goma. La transformación, ya no son los mismos que llegaron, termina con los zapatos de madera, los andrajos y los azulados números tatuados bajo la piel. El mar del Lager se los ha tragado. Levi lleva el número 174.517.


La maraña de las reglas, problemas, prohibiciones y tabúes del Lager exige un cerebro despierto y una concentración absoluta. Lo esencial se aprende pronto, pero aquello de lo que depende la supervivencia es más complejo. Saber, por ejemplo, que la muerte comienza por los zapatos y que la chaqueta cuyos cinco botones has de saber coser con alambre, es el petate en el que reposar la cabeza durante la noche. El desgaste es agudo y rápido, si dejas de ver alguien conocido durante tres o cuatro días, te cuesta trabajo reconocerlo.
El “sagrado pedacito gris” de pan, la única moneda del Lager, lo reparten a primera hora de la mañana. Basta una semana para que el campo te convierta en un animal y la rebeldía, único depósito de la dignidad, acaba refugiándose en las abluciones matutinas con agua sucia, sin jabón y con el atillo de la chaqueta entre las piernas. Los universos inferiores son complejos, quizás más que los superiores. El orden moral del campo impone que “los privilegiados opriman a los no privilegiados”. No hay otra forma de mantenerse en el escalón superior, que descargando el peso en el escalón inferior.


Levi tiene una fea herida en un pie y acude al Ka-be, abreviatura de Krankenbau, enfermería. Nuevas reglas: a la Ka-Be se ha entrar descalzo y descubierto. Levi, el judío cojo italiano, se convierte primero en Arztvormelder (algo así como “mañana no vas a trabajar y te pasas a ver al médico por si eso que tienes en el pie es importante”), es destinado después al Block-23 donde esta el hospital y termina por recibir el vaticinio de un enfermero polaco: “Jude kapput…, Krematorium”. Sorprendentemente cuando ya nada importa, Levi descubre que en el Ka-Be ¡se vive bien! Por el interior del Schonungsblock, “el pabellón de reposo” del campo donde está Levi, los pasos del oficial de la SS resuenan como si se tratara de una caja vacía. El nazi traza una cruz sobre los números del registro anotados en una libreta. Es la selección. Al día siguiente del Ka-Be salen dos grupos, pero sólo uno de ellos lleva recados para los vivos. La herida ha cicatrizado y después de veinte días en el Ka-Be, Levi tiene que abandonarlo. El reingreso en el campo es volver a empezar: nuevos (por distintos) zapatos, prendas, compañeros de Block y de trabajo. Los mecanismos de adaptación del ser humano se ven obligados a rendir al máximo. Pero Levi tiene suerte y es destinado al Block 45 que es el de su amigo Alberto, un “hombre fuerte y apacible contra quien se rompen las armas de la noche”. Cuando Levi toca esa zona irrecuperable, muerta y al mismo tiempo hiperestésica, de su retorno, no al campo sino del campo a su casa, a su hogar, provoca en el lector la misma contradictoria reacción que él padece: el placer y el dolor de volver a casa. Es un sueño. Pero es que hasta el sueño parece haber sido hecho en este lugar para devorar: “Se despierta uno a cada instante, helado de terror, con todos los miembros sobresaltados, bajo la impresión de una orden gritada por una voz llena de cólera, en una lengua que no se entiende”.

La meta de Levi, de todos los Levi del campo, no es otra que la llegada de la primavera, y por eso todas las mañanas se espera y comenta la salida del sol: hoy un poco antes, un poco más caliente que ayer. Tres litros de sopa después, la infelicidad toma la forma de los hombres libres. El homo economicus está también presente en medio de la barbarie, el precio de un litro de potaje, de la Mahorca, de los nabos, sufre las fluctuaciones de la regla clásica oferta/demanda que, en ocasiones, se extiende fuera del Lager. Se trafica con todo, con las ropas viejas, con los zapatos de los muertos, con las cucharas…

Los hundidos y los salvados, las dos únicas categorías reales del Lager. A ambos dedicará Levi el último texto de la trilogía. Para sobrevivir era necesario renunciar al mundo moral. Elías es un producto del campo, un sobreviviente porque es “físicamente indestructible” y un demente en el interior. En libertad, Elías acabaría en la cárcel o en un manicomio, pero aquí, en el Lager, es un triunfador. En el lado opuesto está Henri que utiliza su extraordinaria inteligencia para desarrollar un completo programa de supervivencia: organización y compasión. El retrato que Levi traza de Henri que se mueve entre la fascinación de la cobra y la repugnancia del gusano, tenía nombre y apellidos. Se trataba de Paul Steinberg. Cuenta Antonio Muñoz Molina que cuando Steinberg se enteró allá por los años noventa de su aparición en el libro de Levi, el sentimiento de culpa le llevó a redactar, Crónicas del mundo oscuro, como una especie de alegato de defensa ante un juez, Levi, que ya había fallecido.  


En agosto de 1944, cinco meses después del ingreso en el Lager, comienzan los bombardeos aliados en la alta Silesia. La Buna es uno de los objetivos, al fin y al cabo es una fábrica de goma sintética aunque aún no haya llegado a producir nada. Levi ya sabe lo que es un invierno en la Buna, “trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela”. Pero ahora sobran dos mil que se han acumulado durante la primavera y el verano en tiendas de campaña. Hay rumores que insisten en una selección. Todos hablan de ello, pero no hay ni resignación ni desesperación. “La lucha contra el hambre, el frío y el trabajo deja poco margen al pensamiento”. A pesar de todo la angustia de saber si hay esperanza, les lleva a mostrarse desnudos los unos a los otros para conocer su apariencia y mentirse. “Hoy es domingo de trabajo, Arbeitssonntag: se trabaja hasta las trece, después se vuelve al campo para la ducha, el afeitado y el control general de la sarna y de los piojos y, en el tajo, misteriosamente, todos hemos sabido que la selección será hoy.” Levi da los dos o tres pasos que le separan de la salida donde está el suboficial de la SS que hace la selección y al pasar junto a él le entrega su ficha. El SS ha pasado la ficha a la derecha. Es entonces, después de terminada la selección, cuando resulta absolutamente imperioso saber cuál es el lado malo: el derecho o el izquierdo. Para saber el “lado infausto” ya no hay lugar a la compasión ni los escrúpulos, y todos se agolpan en torno a los más viejos, los más desnutridos, para conocer a qué lado han ido sus fichas. La pregunta es: “¿Quién ha hecho realmente la selección?”


Noviembre de 1944. Llueve. Levi trabaja con las piernas clavadas en el fango. Afortunadamente no hay viento. Su compañero, un húngaro que aún no ha aprendido que el Lager hay que economizarlo todo “el aliento, los movimientos…, el pensamiento”, trabaja con demasiado ímpetu. Después la lluvia se convierte en la nieve del invierno. Las posibilidades de Levi de superar un nuevo invierno son pocas. De los noventa y siete italianos que llegaron no quedan más que veintiuno. Es entonces cuando nace el Kommando 98, el Kommando Químico y Levi es seleccionado y tiene derecho a una camisa y unos calzoncillos nuevos. Justo a tiempo, porque además se dice que los rusos están a ochenta kilómetros. Se los oye acercarse en el temblor de la tierra bajo los pies. Levi trabaja a cubierto y caliento en el laboratorio.

Enero de 1945. Los rusos se acercan. Levi con escarlatina entra en el Ka-Be. El campo fue evacuado el 18 de enero de 1945. Partieron más de veinte mil, la mayoría moriría en las llamadas “marchas de la muerte”, Levi gracias a la escarlatina se quedó esperando a los rusos.

18 de enero. La Buna es bombardeada. Decenas de enfermos de un barracón alcanzado aporrean las puertas del Ka-Be. Imposible dejarlos entrar. Las bombas han roto los cristales y el frío es intenso. Levi no tiene fuerzas más para hablar con un par de franceses que tiene a su lado. Los pocos alemanes que quedaban han desaparecido.

19 de enero. Dos sacos de patatas y una estufa es el resultado de la expedición de Levi y los dos franceses fuera del Ka-Be. “El Lager, apenas muerto, ya estaba descompuesto. Ni agua, ni electricidad: las ventanas y las puertas desbaratas eran batidas por el viento, chirriaban las chapas desajustadas de los tejados y las cenizas del incendio volaban alto y lejos. A la obra de las bombas se juntaba la obra de los hombres: andrajosos, deshechos, esqueléticos, los enfermos en condiciones de moverse se arrastraban por todas partes como una invasión de gusanos, sobre la tierra endurecida por el hielo.”

20 de enero. Nueva expedición por las ruinas del Lager: unos nabos helados arrancados con un pico de un enorme montón, un bidón de agua y una batería de camión. Se oye continuamente y se ve a lo lejos a la Wehrmacht retirarse. Dos judíos se pelean a cámara lenta en la cocina por un puñado de patatas podridas.

21 de enero.- Potaje y un poco de orden.

22 de enero.- Incursión en el campo de los SS. La abnegación de Charles.

23 de enero.- Patatas y difteria.

24 de enero.- Cadáveres. Los “ricos” del barracón 14. Cadáveres. Una industria de velas. Cadáveres.

25 de enero.- La agonía de Sómogyi.

26 de enero.- Zarabanda.

27 de enero.- ¡Los rusos!


En el Lager nunca es mañana por la mañana.