jueves, 7 de enero de 2016

Fortuna y Jacinta. Parte primera.


La noche de San Daniel, la del 10 abril de 1865 es la primera referencia temporal que nos da Galdós. Juanito Santa Cruz no estuvo entre los muertos o los heridos, pero sí acabó con sus huesos en la cárcel de donde lo sacó su respetado padre don Baldomero Santa Cruz y su apenadísima madre doña Barbarita Arnaiz. Después el chico se volvió juicioso y empollón. Sacó Derecho con Filosofía y Letras a los veinticuatro años e inmediatamente después dejó de leer. Guapo de cara y porte, rico y simpático, doña Barbarita está loquita por su hijo. El hermano de esta, don Gumersindo Arnaiz, se casó con doña Isabel Cordero, que mucho más espabilada que su marido tuvo la gran idea de especializar la pañería de su suegro en ropa blanca, librándola así de una segura quiebra, sin que eso le quitase a la señora de Arnaiz tiempo para dar anualmente el correspondiente fruto matrimonial hasta un total de diecisiete partos. Aunque solo nueve sobrevivieron, tenía la familia Arnaiz en nada despreciable problema de que siete de los nueve fueran hembras. Sin embargo, nadie en Madrid sabía doblar esos pañuelotes grandes llamados mantones mejor que don Gumersindo Arnaiz. A las hijas se las fue casando. Unas, como Candelaria, hicieron boda modesta con un camisero llamado Pepe Samaniego; otras, como Benigna, la mayor, encontró mejor partido en Ramón Villuendas, hijo mayor de un adinerado cambiante; la tercera, Jacinta…


El reuma agudo de Estupiñá hace que Juanito Santa Cruz se tropiece con Fortunata en la escalera de Plácido. Tonteó Juanito unos meses, los suficientes para que Barbarita tomara cartas en el asunto y en el ejercicio de su mucho instinto maternal propusiera a su hijo matrimonio con la prima Jacinta. Se adivina en esta una espléndida, pero efímera, hermosura, que promete compensarse con cierta tenacidad de carácter. Unos pocos meses después del anuncio del noviazgo la feliz madre de la novia murió de repente, unos días antes de que también lo hiciera el general Prim.

En los años setenta de siglo XIX ya viajaba a Parías hasta el mismísimo Periquillo Redondo que poseía un bazar de corbatas al aire en la esquina de la casa de Correos, por eso nos sorprende un viaje de novios tan patriotero como el de los esposos primos. Ocupaban los matrimonios Santa Cruz una casa propia en la calle de Pontejos con doce balcones que daban a la plazuela. Hay que ver el gusto y la sutileza con la que don Benito se detiene en la descripción del pisazo santacrucero y la forma en que casi sin enterarnos nos revela la personalidad de cada uno de sus ocupantes. A estas alturas ya tenemos la impresión de que Jacinta parece poquita cosa, un espíritu monjil obsesionado por una maternidad que no llega.


Si Estupiñá le daba cuenta a doña Barbarita del estado del mercado entre los rezos de la tercera o la cuarta misa en san Ginés, Guillermina Pacheco, vecina, amiga y apasionada de la beneficencia, le administra las limosnas a la señora de Santa Cruz.Con la marcha del rey, Amadeo de Saboya, el marqués de Casa Muñoz anuncia, con cara muy parlamentaria, algún trastorno con un poco de república. Por aquel entonces hombres tenía el país que pensaba lo conveniente que resultaría castigar  y escarmentar “a todos los que van a la política a hacer chanchullos”. Rehostias y recontrahostia de república para quién se ha pasado en las barricadas desde la Vicalvarada hasta la Gloriosa. Quien así se expresa es José Izquierdo, alias Platón, el guardador del hijo abandonado de Juanito Santa Cruz y Fortunata. Jacinta llega a la casa de Izquierdo justo cuando el ataque del otro José, el de Ido del Sagrario, está en su cenit: las visiones que la carne en el estómago provoca en un cerebro reblandecido por el tifus y la miseria.


El Pituso tiene tres años, dice tacos y la mugre le cubre el cuello. Jacinta y Barbarita están convencidas de que es el vivo retrato de Juanito Santa Cruz, pero este lo desmiente asegurando sin lugar a dudas que su hijo, aquel retoño que nació de su aventura con Fortunata, murió de garrotillo un año antes. Estas navidades de 1873 que tanto juego le estaban dando a la familia Santa Cruz, culminan en el terreno político con el golpe del general Pavía que decidió meter a los guardiaciviles en las Cortes el día 3 de enero. Aunque este suceso no posee la trascendencia de un verdadero acontecimiento, como lo es el tropezón de los dos Joaquines, Villalonga y Pez, con una Fortunata tan cambiada que parece otra. Siguiendo su rastro Juanito Santa Cruz se echa a la calle una y otra vez hasta que un pulmonía...

No hay comentarios:

Publicar un comentario