sábado, 5 de abril de 2025

A vuelo de pájaro. Cuadernos. Marcela Serrano

 


La obra que tenemos entre las manos pertenece a ese género ecléctico de los diarios y el cuaderno de notas del escritor. Ciertamente parece participar más de los primeros que del segundo porque todas las entradas están fechadas. Con A vuelo de pájaro la santiaguina confirma su giro de huida de la ficción que ya comenzó en su anterior novela El manto publicada en 2019.

El texto está dividido en tres cuadernos que se corresponden con el trienio de 2020 a 2023: Cuaderno de delicias, Cuaderno del asombro y Cuaderno del sol. El primero de ellos pertenece al año de la pandemia y la escritora se detiene constantemente en la búsqueda de las pequeñas cosas que dan significación a la vida, delicias que cobran vida en “el agua tibia de la piscina a la seis de la tarde”, en los olores del campo [Marcela vive mucha parte de su tiempo en una casa de campo situada en el valle de Mallarauco en la zona central de Chile], en el gallo que canta a lo lejos “probablemente dándome la razón”, en las uvas del parrón, en nuestra capacidad humana de lidiar con la ofensa…

La fugacidad y la fragilidad definen el asombro, fuerza motriz con la que la autora pone en marcha su maquinaria compositiva. Confiesa “escribo todo el día en mi mente. Luego olvido”. Lee con humildad y admiración hacia las palabras de los otros. Ve una serie turca, ama su soledad por encima de todas las cosas, mantiene una lucha constante contra las moscas y las arañas (no tolera su insolencia, su presencia impuesta), pasea con sus animales (perros y gatos), recibe las visitas de sus hijas, sus hermanas y su nieto Marcel por el que siente una inclinación absoluta.

El último cuaderno está dedicado a la plenitud, a disfrutar del sol en el rostro y dejar atrás las sombras. Viaja a Roma con su nieto “pájaros sobre el Tíber, helados de pistacho con nocciola, las visitas repetidas a Santa Maria Trastevere…

La lectura es una fiesta continua de encuentros y charla amena e inteligente. No bien entra uno se tropieza con Pessoa que saluda al sol en el último día de su vida, unos pasos más allá descubres la presencia de Borges advirtiendo a su contertulio que “no pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. El discreto Homero que apela al refinamiento, a la elegancia, a dejar la estridencia fuera del espíritu acompañado de sus héroes y semidioses. La punzada de soledad de Canetti que insiste en “narrar y narrar para soportar la existencia y el dolor… para calmar -dice mirando a Pessoa- el desasosiego”. En el jardín está Oscar Wilde: “Una flor florece para su propia alegría”. Marcela dice que ella escribe “porque toda otra actividad me horroriza”. Fiesta literaria porque, al fin y al cabo, estamos ante el cuaderno de una escritora que cumple con sus deberes de anfitriona. Nos presenta a una pluralidad de escritores chilenos que no conocemos. La novelista Carla Guelfenbein (1959, Santiago) que “sabe hurgar en el alma humana”, el filósofo Roberto Torretti (1930, Santiago), a los poetas Armando Uribe (1933-2020), Jorge Teillier (1935-1996), Stella Díaz Varín (1926-2006), Elvira Hernández (1951, Lebu), Gabriela Mistral (1889-1957) y Rosabetty Muñoz (1964, Ancud). El poeta chileno Alfonso Alcalde (1921-1992) es uno de sus preferidos: “Hoy pedí prestado / el sol a mis vecinos / ‘una pobre hebra de luz’ / -les dije- / algo para andar / sobre la tierra / con una despavorida sombra / a cuestas”. A tus lectores, Marcela, les importa, y mucho, cuánto has leído.

Pero los Cuadernos están llenos de otras cosas, muchas otras. Hay pequeños cuentos (el de ‘La rana’ es exquisito), revelaciones (me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria), reflexiones (la capacidad de amar termina por aturdirse ante la degradación moral), pequeñas pinceladas de sí misma y de su familia (una abuela vasca y una madre escritora), de preguntas sin respuesta (¿de qué mierda estamos hechos?), de música (Brahms, Beethoven, Satie… porque cuando la música llega arrasa con todo).

Marcela Serrano (1951, Santiago) es una escritora que apaga el ruido de muchos otros: es el silencio de la escritura hecha con buena letra.

 


sábado, 29 de marzo de 2025

El monte de las furias. Fernanda Trías

 


Llevaba ya un tiempo con ganas de leer a la uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976), cuya obra anterior Mugre rosa se me extravío entre otras lecturas. Al principio de su obra más reciente que lleva el sugestivo título de El monte de las furias hay una frase que yo creo resume la novela. La narradora cuyo verdadero nombre ignoramos escribe en la última hoja de sus cuadernos que “darte, la vida no te da nada, pero una se obstina en seguir viviendo”. Naturalmente que cuando eso ocurre, cuando la vida no te da nada, y nada le ha dado a la protagonista, pues no hay más alternativa que poblar de misterio la realidad.

Una brutalidad ancestral apegada a la naturaleza animal recorre la novela. Los personajes femeninos (la madre, la abuela, las mujeres de los testigos de Jehová) conforman un espacio emocional terrible. “Mi madre y yo permanecíamos amarradas por el cordón del odio, y yo quería soltar ese amarre. Vivía con ella, pero era como si viviera en un ataúd abierto en la sala”. El doble vínculo que la madre practica con su hija a la que da mensajes contradictorios de cariño y rechazo hace que el camino hacia la locura sea el único posible. Es allí, en la montaña, un destino que otros eligen para ella, donde el veneno que le corre por las venas tiene la posibilidad de ahogarse en la locura de la soledad.

La brutalidad de los personajes masculinos (el Celador, el hombre de la montaña, los que la expulsan de su casa) es incluso más destructiva porque está hecha de humillación, de olvido, de atropellado desprecio.

Y, sin embargo, uno no puede sino admirar la capacidad que tiene la narradora de los cuadernos de sobreponerse al veneno que la vida le ha insuflado en las venas. Asume un papel de cuidadora del que brota la milagrosa presencia de la vida suficiente. Cuida de la montaña, de su casa, del jardín, de la alambrada, del portón, de su vecino el Celador, de su madre cuando aparece con la apariencia de la abuela, de las mujeres de Jehová, de los cuerpos que van apareciendo…

Una de las mujeres de Jehová le dice a la protagonista: “Vos que fuiste abandonada por todos, que ni la luna te mira, ¿por qué no saltás a los brazos del Señor?”. Cualquier lo hubiera hecho, habría empaqueta sus cosas y se hubiera ido con ellas, pero la montañera ya ha dado el salto a un mundo propio no exento de lucidez. Confiesa que a ella nunca le enamoró la tristeza, pero tampoco aspiró a la felicidad. Prefiere la soledad tranquila del pajonal detrás de la escuela, allí donde aprendió que “la vida es un regalo difícil” que precisa de constante reinvención. “Yo pensé: si me cortan una mano, ¿de quién es la mano? ¿Y por qué, si me cortan una mano, mi yo se queda en el cuerpo y no se va con la mano? ¿La mano no soy yo? ¿O yo sigo siendo sin mi mano? Y si mi mano no soy yo, ¿dónde se aloja realmente la persona?”.

¿Podemos hablar de un cierto extravío? Tal vez, pero estamos ante una de esas obras que dejan poso en la memoria del lector y eso ya es mucho.  En el tercer cuaderno, el que comienza a hablar de los cuerpos, la escritora anota: “Los árboles pueden vivir añares con el troco completamente hueco. El que sabe de árboles no ignora que el tronco es casi todo madera muerta. Solo la parte exterior, por donde circula la savia, tiene vida. Así, el árbol está vivo y muerto al mismo tiempo”. Viva y muerta al mismo tiempo también está ella en un mundo propio de soledad extrema. Fernanda Trías nos mete ahí tanto tiempo como la literatura lo hace posible. Y lo hace consciente del riesgo que se corre cuando se trata de dar significación a un personaje insignificante. 


sábado, 22 de marzo de 2025

Una cena en Roma. La historia del mundo en un menú. Andreas Viestad


 

El noruego Andreas Viestad (Oslo, 1973) es gastrónomo, escritor, columnista, presentador de televisión, horticultor y activista de los alimentos en general. Es muy conocido internacionalmente, pero hasta ahora no habíamos tenido ocasión de acercarnos a su escritura. El libro que hoy comentamos fue publicado en Noruega en 2020 y traducido al inglés dos años después.

Una cena en Roma es un texto que habla de cocina, pero también de otras muchas cosas. Partimos de la plaza italiana Campo de Fiori, concretamente de un restaurante, La Carbonara, y a él volvemos después de hacer un largo recorrido por un menú típico de la cocina italiana, la historia y la cultura humana.

Andreas se las arregla para hablarnos, a propósito del pan, de lo fácil que es hacer el tonto en una panadería romana, del ataque de los piratas al puerto de Ostia en el 68 a.C. y del cisma de las iglesias de occidente y oriente.

En los entrantes (antipasti) descubrimos el secreto que guarda en su corazón la alcachofa.

De la mano del aceite el autor nos introduce en el huerto de Getsemaní que está al cuidado de los monjes de la orden franciscana.

La sal es la sal de la vida en toda su extensión por mucho que los científicos y los cocineros acaben casi siempre enfrentados cuando hablan de ella.

En cierto sentido Roma es pasta (rigatoni) alla carbonara que se prepara siguiendo una receta cuyo origen es tan discutido como el de la pasta misma. “Cuando preparas carbonara, estás haciendo el plato más importante de Roma, así que sería un error utilizar parmesano… En Roma utilizan pecorino, un queso elaborado con leche de oveja…Utilizar panceta o beicon también es pecado. Debe ser guanciale (careta de cerdo), que tiene la grasa más dulce y crujiente… Si tu novio hace la carbonara con panceta o beicon en lugar de guanciale, rompe con él… Si tu novio hace carbonara con ajo, rompe con él. Si tu novio hace carbonara con perejil, rompe con él. Si tu novio hace carbonara con cebolla, rompe con él. Si tu novio hace carbonara de bote, pide una orden de alejamiento”.

La pimienta es “el espíritu santo de la carbonara”. Y con eso está dicho todo. No, no es verdad que las especias se utilizaran para encubrir el mal sabor de la carne o el pescado “pasado”. Hay otro motivo, algo que está en la esencia de la naturaleza humana y que la pimienta pone al descubierto. Pero no voy a decir lo que es. Lo que voy a contar es otra cosa. Una curiosidad que me ha llamado mucho la atención después de la lectura de la obra de Catherine Nixey. Cuenta Andreas que cuando Vasco da Gama llegó a la India bordeando la costa africana en 1498, anunció: ‘Venimos a buscar cristianos y especias’. Las especias eran valiosas, los cristianos estaban perdidos.

El recorrido que hace Andreas cuando habla del vino es acertadísimo. Combina el humor, el bochorno, la erudición, la poesía y la anécdota histórica. ¿Y si el famoso e inexplicable monumento del Göbekli Tepe no fuera sino una enorme sala de fiestas?

Con la carne y el fuego nos vamos a la hipótesis cada vez más sostenible del mono cocinero, según la cual fue el dominio del fuego lo que hizo al homo inteligente. Y no al revés.

El sorbete de limón es el postre. Limones de Amalfi. Limones grandes con mucho albedo cargado con fuertes aceites aromatizados.

Compré el libro para regalárselo a una persona a la que aprecio mucho y resultó que ‘pagare a la romana’, sin calcular quién ha comido qué.

Buen provecho, el menú es excelente.

sábado, 15 de marzo de 2025

"El otro nombre" y “Yo es otro” Jon Fosse

 




Al principio la novela parecía aburrida y demasiado reiterativa, porque se repiten frases e ideas continuamente, porque no hay puntos y aparte, porque hay avances y retrocesos continuos en el tiempo, tan pronto está hablando del cuadro que está pintando cuando es anciano, y en ese mismo párrafo y sin cambiar de frase, se retrotrae a cualquier episodio de su infancia que te relata con todo detalle para situarte en su presente. Y así continúa página tras página, y capítulo tras capítulo.

Pero a medida que vas avanzando en la lectura te das cuenta que el autor lo ha hecho a propósito y te vas metiendo poco a poco en la cabeza de un septuagenario, que se repite las cosas cada poco tiempo y que se pasa de una cosa a otra dejando todo a medias. Sí, cuando llevas unos cuantos capítulos, ya te ha metido dentro de su argumento, te ha empapado de la mentalidad de un anciano, de sus intereses y preocupaciones, de sus inseguridades, manías...

El protagonista se llama Asle, y es un hombre de pueblo, que desde que era niño se ha dedicado a pintar y a vivir de sus cuadros, que se ha quedado viudo, y echa muchísimo de menos a su mujer. Su vecino, se llama Asleik, al que regala un cuadro cada Navidad, y que éste le ayuda quitándole la nieve de la puerta o encendiéndole las chimeneas de la casa o proporcionándole montones de leña. Son vecinos que se entiende muy bien.

De vez en cuando se acerca a, Bjørguin, una pequeña ciudad cercana a su pueblo de Dylgja, a hacer las compras, y donde cada Navidad hace una exposición de los cuadros pintados durante el año. Siempre le ha ido bien y se han vendido mucho, y eso le anima a seguir pintando, pero a mitad novela en la página 422 nos dice:

“Porque mis cuadros están al servicio del Reino de Dios, nada menos, y lo mismo pensaba antes de convertirme, pero ahora, por algún motivo, tengo de pronto la sensación de que ya he dicho todo lo que tenía que decir, sí, es como si ya no me apeteciera seguir pintando, como si no tuviera más que decir, más que añadir, pero si dejo de pintar, ¿a qué podría dedicarme? ¿Quizá leer más? Porque en realidad me gusta leer y quizá podría hacerme con una barca, y empezar a navegar por el fiordo siempre que el tiempo acompañe porque el mar me gusta de toda la vida y siempre he pensado en hacerme con un barco pues sí un barco y un perro hay que tener eso es lo que siempre he pensado, pero luego no me ha salido así, no me he hecho ni con un barco ni con un perro, pienso, porque es como si siempre hubiera estado inmerso en esto de pintar. No había sitio para más, ni para un barco ni para un perro...”.

En realidad, es como si el autor nos estuviera contando la historia de su vida, pero en presente, en experiencia viva, a pesar de los saltos en el tiempo. Hay poco recorrido argumental, con límites poco precisos entre sus protagonistas, y vuelve de nuevo a redondear los detalles de ese asunto en una especie de espiral. Es una forma arriesgada de escribir una novela, pero desde luego es original y creativa, y “o te atrapa y te sumerges en sus aguas, o acabas naufragando en sus fiordos”.

 

EFRÉN ARROYO ESGUEVA


sábado, 8 de marzo de 2025

Herejía. Las vidas de Jesucristo y de otros salvadores del mundo antiguo. Catherine Nixey

 


«Hubo otras voces que pensaron que Jesús no era un salvador, sino un farsante y un hechicero malévolo. En Occidente triunfó un tipo concreto de cristianismo que luego aplastó y erradicó a sus rivales. Solo una forma de cristianismo tuvo suerte y esa suerte la llamó “destino”. Pero no es así; las cosas habrían podido ser distintas con suma facilidad. Si miramos atentamente y escuchamos con cuidado, todavía hoy podemos oír murmullos que hablan de ellos. Están ahí, en la poesía de Milton y entre los condenados de Dante; están ahí, en las pinturas de Giotto, y están ahí, en las imágenes de la Navidad que sigue celebrándose en Occidente».

La obra que nos ofrece la escritora británica Catherine Nixey plasma el creciente interés de los últimos años por el cristianismo primitivo. Hay en el texto una enorme cantidad de historias que la autora recoge de textos que de forma milagrosa han logrado resistir al paso del tiempo y vencer el interés de la iglesia católica por alejarlos del canon cristiano. Aparecen personajes tan extraordinarios como Apolonio de Tiana, cuya vida nos ha llegado a través de la obra de Filóstrato. Es el Jesús pagano o el “anticristo” como fue conocido, mago o embaucador, cuya vida guarda un estrecho parecido con el de Jesucristo.

La curiosidad nos mueve a conocer qué otras formas de cristianismo hubo tras la muerte de Cristo. Y su riqueza nos sorprende. La imagen de la cueva y la compañía de la mula y el buey no está en los Evangelios canónicos o modernos, aparece en uno de los múltiples evangelios apócrifos que durante muchos años fueron leídos por los primeros cristianos. Hay un curiosísimo texto sagrado del cristianismo etíope que se lee el Jueves Santo conocido como el Libro del Gallo en el que Jesucristo resucita al gallo que fue servido durante la última cena y le manda que espíe a Judas para saber qué trama. No menos relevante es la descripción del infierno cristiano que ha dado lugar a tantísimas representaciones pictóricas o literaria que no está recogido en ninguno de los textos que forman las biblias modernas, sino que aparece en el Apocalipsis de Pedro. Hay notables ejemplos durante los primeros años en los que Cristo no es la figura bondadosa y que pone la otra mejilla cuando sufría una afrenta, alguno de los cuales pasaron a los textos canónico. Es el caso del episodio de la higuera que cuenta el Evangelio de Marcos. Jesús siente hambre y al ver una higuera, se dirige a ella para comer algunos higos, pero se da cuenta de que no tiene ninguno. Jesús se enfada y maldice el árbol: ‘Qué nunca jamás coma ya nadie fruto de ti’, le dice, y la higuera se seca. Esa no es una reacción muy propia del Jesús que ha pasado al cristianismo moderno.

La segunda parte de la obra tiene un objetivo distinto. Y queda reducida a un esbozo que parece anunciar un posterior estudio más minucioso y comprensivo de las circunstancias que hicieron que el cristianismo vencedor se lanzara con verdadera saña sobre las otras alternativas después de que el emperador Constantino abrazara el credo cristiano. Uno de los más implacables perseguidores de las otras formas de cristianismo fue Juan Crisóstomo (347-407) para quien “el verdadero cristiano no necesitaba para nada la curiosidad”. Donde hay fe, decía, no hace falta examinar ni investigar nada. Agustín de Hipona, contemporáneo de Juan, se reprendía a sí mismo por haber perdido el tiempo contemplando el trabajo de una araña “…distraer al hombre del único verdadero objeto digno de contemplación, Dios”.

El historiador Philip Jenkins (La historia olvidada del cristianismo) ofrece un dato que resulta revelador. Cuando Cristo pidió a sus seguidores que extendieran la palabra hasta los confines de la tierra, lo hizo en un rincón del oeste de Asia y lo expresó en arameo. Así las cosas, dice el historiador resulta que si nos dirigimos hasta el este desde Jerusalén tendremos que recorrer poco menos de mil kilómetros para llegar a Bagdad, poco más de mil seiscientos para Teherán y menos de dos mil hasta Samarcanda. París y Londres están, en cambio, a más de tres mil kilómetros de distancia. De manera que es fácil sacar la conclusión de que el primer cristianismo se extendió hacia oriente, no hacia occidente.

En fin, un texto sugestivo y lleno de interesantes propuestas. La enorme bibliografía que proporciona, son casi cien hojas, nos invita a seguir por nosotros mismos un proceso de investigación que enriquece nuestro legado cristiano.

Catherine Nixey es autora de otro libro titulado La edad de la penumbra donde nos relata cómo el cristianismo fue destruyendo gran parte de la cultura clásica, y lo hace no desde el reproche sino desde la necesidad de reflexionar que es la tarea primordial del ser humano. 

miércoles, 19 de mayo de 2021

“Las olas” de Virginia Woolf

 


En sus primeras páginas, los seis protagonistas y amigos (Bernard, Louis, Rhoda, Susan, Jinny y Neville), bajo la sombra de los árboles de un pequeño bosque cercano al instituto donde estudian, mientras esperan que suene el silbato de vuelta a las clases, enumeran frases cargadas de simbolismo y metáforas. Son sensaciones, idealismos, realidades, proyecciones, que en su desarrollo, la autora, a propósito, supera los límites, los tiempos y los deseos de los protagonistas.

Estas primeras páginas me traen a la memoria “El club de los poetas muertos”, donde los estudiantes se reúnen cada noche para recitar y disfrutar de la literatura que están descubriendo.

Al leer estas páginas pensaba, si en vez de reflexiones individuales e introspectivas, la autora las hubiera puesto en forma de diálogo, la novela habría ganado en cohesión y armonía, pero habría perdido toda la profundidad y belleza que alcanzan estos monólogos.

Y si bien son seis personajes (más un séptimo, Percival, sugerido, y desparecido, pero presente e idealizado por su temprana muerte en India), los caracteres de ellos son muy distintos. Bernard es dicharachero y espontáneo, el que anima, reflexiona y tira del grupo; Louis no suelta su muletilla de clasismo “mi padre es banquero en Brisbane”; Susan, la chica práctica de pueblo, que desarrolla su vida con sus hijos en su granja; Jinny, la atractiva y cautivadora, que sabe manejar a los hombres; Rhoda, la regordeta y tímida adolescente, que piensa que estorba en todos los sitios; y Neville, de familia noble, culto y clasista.

Pero ninguno está a gusto, ninguno es feliz. Todos se necesitan. Por eso, periódicamente, se reúnen para recordar los “viejos tiempos”, pero a la vez para escrutar cómo ha evolucionado la vida de cada uno, para evaluar dónde llegan y dónde se habían propuesto. Y así, capítulo a capítulo, con un marco inicial que la autora sitúa en el movimiento de las olas (que da nombre a la novela) mientras el sol va ascendiendo progresivamente, así va avanzando la vida de los protagonistas hasta el último capítulo, en el que llega el ocaso del sol y el fin de la novela. Y, entre líneas, la autora nos deja caer que la tímida Rhoda se suicida, como más tarde lo haría la propia autora.

Y como jóvenes que son, como adolescentes que son – y nosotros hemos sido y sentido-, una vez acabada su formación, están dispuestos a comerse el mundo, tienen intacto su tesoro: “Superadas las dudas, las oscuridades y el deslumbramiento de la adolescencia, miramos rectamente al frente, dispuestos a aceptar cuanto nos venga. Vendrán días y días, días de invierno y días de verano, apenas hemos comenzado a gastar nuestro tesoro”.

Y Bernard, que no es sino la mente de la autora puesta como hilo conductor de la novela, hace profundas reflexiones, que nos obligan a hacérnoslas a nosotros mismos:

 “Lo que yo llamo “mi vida”, esta vida, no es una vida contemplada en el recuerdo; no soy una sola persona; soy muchas personas; ni siquiera sé quién soy -Jinny, Susan, Neville, Rhoda o Louis-, ni sé distinguir mi vida de la suya.”

Aunque es Bernard el que se pregunta todo esto, en realidad se percibe que son reflexiones autobiográficas de la propia autora, Y de nuevo, aún más explícitas, vuelven estas reflexiones unas páginas más adelante, que, para acabar de confundir los límites entre autora y personajes de la novela, hacia el final del libro nos dice:

“¿Quién soy?” He hablado de Bernard, Neville, Jinny, Susan, Rhoda y Louis. ¿Seré acaso todos a la vez? ¿Soy uno y distinto? No lo sé. Aquí estamos sentados todos, juntos. Pero Percival ha muerto, y Rhoda ha muerto. Estamos divididos. Sin embargo, no veo obstáculo alguno que nos separe. Esa diferencia a la que tanta importancia damos, esa identidad que tan febrilmente ansiamos, quedó superada.

 

Informándome ligeramente sobre la autora en la Wikipedia, lo que más me llama la atención de su biografía es que se educa en el propio hogar, hija de un padre muy culto (novelista, ensayista, montañero…). Cuando tenía 13 años muere su madre de repente. Este hecho inesperado le hará caer en una profunda depresión. Además, un par de hermanastros comienzan a abusar sexualmente de ella y su hermana… Poco después muere una hermana, y algunos años más tarde su padre. Estos hechos hacen temblar su equilibrio mental. Logra cierta estabilidad casándose con un editor, y manteniendo cultas tertulias literarias del famoso Círculo de Bloomsbury, de alto nivel intelectual y librepensador, en las que participaron renombrados autores de la talla del economista Keynes, el escritor Henry James o el filósofo Bertrand Russell.

Parece que sus vacaciones veraniegas en Cornualles durante toda su infancia, dejaron profunda huella en su sentir.  Y esos sentimientos los refleja en las introducciones de cada capítulo, llenas de metáforas y comparaciones, que me han impresionado por su originalidad: “Las calles están atadas entre sí con hilos de telégrafos”. “Olas azules, verdes, dibujan rápidos abanicos en la playa”. “Al romper, las olas extendían sus blancos abanicos hasta muy lejos”. “Solo los leves pliegues, como los de un paño arrugado, permitían distinguir el mar del cielo”. “Los pájaros se van volando como el puñado de semilla que lanza el sembrador”.

Ese entorno literario de su infancia con su padre escritor, o más tarde, ya casada, sus amistades y su círculo literario, la enseñan otro mundo más agradable y distinto de vivencias y valores, y la animan a escribir. Pero su equilibrio mental nunca logró la estabilidad de la infancia, y, tras varios intentos de suicidio, finalmente se retiró de escena lanzándose al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras.  

EFRÉN ARROYO ESGUEVA